Ilustración: detalle de A Time of Uncertainty, de James Gleeson. Óleo sobre lino, 1995, Galería Charles Nodrum (Melbourne, Australia). Fuente: https://charlesnodrumgallery.com.au
Las conflictivas relaciones entre Rusia, Ucrania, la Unión Europea y los Estados Unidos es uno de los grandes temas de la geopolítica mundial, al que no conviene perderle pisada habida cuenta su relevancia, complejidad y dinamismo (máxime teniendo en cuenta la avalancha de simplificaciones y tergiversaciones que genera la propaganda otanista). Para eso, en lengua castellana, nada mejor que leer al prolífico y perspicaz Rafael Poch-de-Feliu, autor de numerosos artículos y libros sobre la materia, que investiga desde hace muchos años consultando numerosas y variadas fuentes –primarias y secundarias– en varios idiomas, incluyendo el ruso.
El presente texto del periodista y ensayista catalán, intitulado “El conflicto de Ucrania y las incertidumbres de Trump”, fue originalmente publicado en la revista trimestral española Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nro. 169, abril de 2025, págs. 13-26. Posteriormente, el miércoles 30/4, Poch lo difundió en su blog personal, de donde lo obtuvimos.
Hemos republicado numerosos artículos de Poch en Brulote, nuestra sección de política internacional. También reseñamos su libro más reciente, Ucrania, la guerra que lo cambia todo (2023), y le hicimos una extensa entrevista.
No dejen de leer, si tienen tiempo, “Para entender el regreso de Stepán Bandera”, su último escrito para su columna Imperios Combatientes en CTXT, donde recensiona la traducción española del libro Stepán Bandera: fascismo, genocidio y culto (2014), del historiador polaco Grzegorz Rossoliński-Liebe (Barcelona, Dirección Única, 2025), extensa y erudita biografía de casi 600 páginas sobre el líder etnonacionalista ucraniano, sus vínculos con el nazismo y su responsabilidad en el Holocausto contra la población judía y eslava del Este europeo; sin dejar de lado, por supuesto, su anticomunismo visceral y su lucha contra la Unión Soviética, otro elemento troncal de su pensamiento y militancia. Un personaje siniestro del siglo XX “corto”, hoy reivindicado ad nauseam por sus compatriotas civiles y militares de ultraderecha (muchos de ellos desembozadamente neofascistas y admiradores de Hitler), especialmente en el oeste del país y en varias unidades del Ejército. El tristemente célebre Batallón Azov, por ejemplo, una milicia regularizada y ampliada a brigada de la Guardia Nacional, está atestado de seguidores de Bandera que exhiben con orgullo la Wolfsangel, la insignia nazi, muy usada por las Waffen-SS.
Permítasenos una digresión, que nos parece justificada porque anteayer, 9 de mayo, se celebró en toda la Federación Rusa –más que de costumbre porque se trató del octogésimo aniversario– el Den’ Pobedy o “Día de la Victoria”, el triunfo final de los soviéticos sobre los germanos en la “Gran Guerra Patria”, allá por 1945: también el Batallón Ruiseñor está atestado de seguidores de Bandera. Este batallón es una de las unidades ucranianas que invadieron la provincia rusa de Kursk el año pasado, que así se llama en homenaje al Batallón Nachtigall («Ruiseñor» en alemán) del Tercer Reich, integrado por voluntarios banderistas. Nótese la malicia ideológica, la provocación mayúscula de elegir un nombre de fuerte connotación nazi para una unidad militar que participó de la ofensiva contra el óblast de Kursk, sitio histórico –casi legendario– del patriotismo antifascista ruso, donde se libró una de las batallas más importantes y sangrientas del Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial en 1943, entre la menguante Wehrmacht y el pujante Ejército Rojo.
Vivimos una época convulsa. El drama de los cambios a los que asistimos reside en su profunda desconexión y contradicción con las necesidades de la humanidad. Cuando urge una concertación de las grandes potencias para afrontar cuestiones planetarias existenciales e inaplazables como la del cambio climático, asistimos a todo lo contrario: el escenario bélico de los imperios combatientes. En este artículo me centraré en la génesis del conflicto de Ucrania, tan mal explicado por nuestros medios de comunicación, y en las nuevas incertidumbres que aporta la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. (El lector interesado en un punto de vista más general sobre el momento de las relaciones internacionales, puede consultar el texto “El año 2024: Gaza, Ucrania y Eurasia en la crisis del declive occidental”, publicado por la Universidad Pompeu Fabra, de acceso libre)1. Respecto a la posición del autor, vaya por delante que su simpatía está con las víctimas de esta guerra, con los cientos de miles de soldados muertos y mutilados, con sus viudas y huérfanos. También con los encarcelados y represaliados por antibelicismo: en Rusia unos 800, a los que hay que sumar varios miles de multados; en Ucrania, entre 10.000 y 15.000 condenados, por “traición”, “colaboracionismo” o “simpatías con la agresión rusa”, sin olvidar a los centenares de miles de desertores que en ambos países huyen de la perspectiva de morir por la patria.
La “garantía de seguridad” de Ucrania es su neutralidad
Desde los años noventa, la estrategia occidental –mayormente de EE.UU.– tuvo como objetivo integrar a Ucrania en su esfera de influencia y alinearla militarmente en su campo para zanjar la debilidad de Rusia, privarla de su acceso al mar Negro e impedir su reconstitución como potencia euroasiática. Todo esto está perfectamente documentado y acreditado en infinidad de informes oficiales en materia de política militar y exterior, declaraciones de responsables, así como en las propias acciones que se llevaron a cabo desde entonces. Tal estrategia se deducía de la premisa de que Estados Unidos había vencido en la Guerra Fría. De ello se derivaba que Washington podía ignorar los intereses rusos sin consecuencias. Se desestimaba la posibilidad de que Rusia recompusiera su tradicional y secular potencia. Eran los tiempos del “fin de la historia” y Rusia se había hecho irrelevante. Fue así que se dio vía libre a una seguridad europea primero sin Rusia y luego contra Rusia.2
Aprovechando el caos postsoviético, en primer lugar la mala política rusa3 y la corrupción estructural de la política ucraniana, con su universo de oligarcas, Occidente fue forzando el alineamiento occidentalista de sectores políticos y sociales de la élite ucraniana. Vía la financiación de sus organizaciones no gubernamentales, se compró y colonizó Kiev, creando efectivas redes de dependencia clientelar en la política y los medios de comunicación. Fue un proceso dilatado, a lo largo de unos veinte años. Moscú se mostró incapaz de contrarrestarlo, ante todo porque su élite estaba concentrada en el asalto a la propiedad pública: el latrocinio de los ingentes recursos naturales rusos mediante el cual realizaba su reconversión social desde su condición de casta administrativa socializante en el antiguo régimen a clase propietaria en línea con el estándar capitalista. En segundo lugar, porque el régimen ruso, ni reconoce ni apenas entiende la autonomía social, por lo que su acción para impedir ese tipo de procesos se limitó a operar con intereses elitarios sin anclajes con la sociedad. En tercer lugar, porque, para una gran parte de la sociedad ucraniana, el sistema autocrático ruso no inspiraba simpatías ni era visto como modelo deseable. Fue así como Moscú asistió impotente a la erosión y barrido de su íntimo vínculo con Ucrania.
En medio de ese tumultuoso contexto, la política ucraniana mantuvo su pluralismo interno, con fuerzas predominantemente rusófilas u occidentalistas que se alternaban en el poder. En 2014 ese equilibrio se rompió definitivamente cuando la élite occidentalista ucraniana, apoyada por el movimiento social hostil a Rusia –mayoritario en Ucrania occidental–, tomó el poder en una rebelión apoyada por Washington y la Unión Europea, que derribó al gobierno legítimo. Se rompió así el equilibrio fundamental sobre el que reposaba el pluralismo, la soberanía e integridad territorial del país. El nuevo gobierno estaba decidido a adoptar el programa occidental por el que porfiaban desde hacía años sus padrinos de Washington y Bruselas, desalojando a la marina rusa de sus bases en Crimea, reprimiendo militarmente la oposición popular y elitaria contra el cambio de régimen en las regiones del este y sur del país, e ingresando en la OTAN (esto último contra la voluntad mayoritaria de la ciudadanía expresada en multitud de encuestas de opinión y elecciones, que demuestran que la neutralidad seguía siendo la primera opción para los ucranianos).
Abandonando paulatinamente –definitivamente en 2014– su estatuto de neutralidad y la promesa de no alineamiento en bloques, los gobiernos de Ucrania rompieron el pilar básico de su independencia de la URSS proclamada en 1991. Consagrada en los documentos fundamentales de su constitución como Estado, esa neutralidad era apoyada por la inmensa mayoría de la población; y no sólo era condición de una relación armónica con Rusia, sino también –y sobre todo– base y fundamento de la estabilidad interna de un país con una identidad nacional que era geográfica y etnopolíticamente diversa. Esa diversidad incluía diferencias fundamentales en cómo cada región contemplaba su historia, el papel de la URSS, la memoria de la Segunda Guerra Mundial, el lugar de la lengua y cultura rusas, la tradición religiosa, etc. El papel de puente entre Rusia y la Unión Europea –con las provincias orientales y meridionales mayoritariamente rusófilas, mientras que las del oeste, occidentalistas/europeístas– era condición del consenso interno entre regiones, y, por tanto, de la soberanía e integridad territorial del país.4
Habiendo perdido Ucrania, el Kremlin intentó salvar por lo menos su posición en el mar Negro, anexionándose la península de Crimea en marzo de 2014, en una operación militar incruenta con el apoyo de la población local, pero sin decidirse a implicarse abiertamente en la rebelión popular armada de la población y las élites del Dombás.5 Se inició un proceso de negociación diplomática (Minsk), donde las potencias europeas (Alemania y Francia) decían actuar como mediadoras, cuando la realidad es que sus dirigentes –el presidente François Hollande y la canciller Angela Merkel– reconocieron más tarde haber actuado en complicidad con el mandatario ucraniano (Petro Poroshenko), no para llegar a un acuerdo negociado, sino para ganar tiempo a fin de fortalecer al Ejército ucraniano. Desde 2014 –y esto también está detalladamente documentado– la OTAN se volcó a adiestrar, pertrechar y modernizar las Fuerzas Armadas ucranianas. Ucrania no estaba en la OTAN, pero la OTAN estaba en Ucrania.6
En febrero de 2019, la constitución ucraniana fue enmendada en su estatuto de neutralidad y no alineamiento en bloques, declarando la adhesión a la OTAN como un objetivo irrenunciable del gobierno. Tres meses después, Volodimir Zelensky, un rusoparlante, ganó las elecciones por una mayoría del 70% con un programa de pacificación, restablecimiento de los derechos lingüísticos y culturales de la mayoría rusófona del país, e intensificación de las negociaciones en el conflicto armado del Dombás, donde, tras muchas dudas y vacilaciones, Rusia terminó por implicarse lo justo para impedir que las milicias rusófilas fueran arrolladas por la “operación antiterrorista” del Ejército ucraniano. Las presiones de la ultraderecha ucraniana, electoralmente minoritaria pero muy fuerte en el Ejército, con amenazas directas al presidente si negociaba (y de la OTAN animando al enfrentamiento con Rusia), anularon por completo las promesas de Zelensky. En marzo de 2021, el presidente adoptó un programa para recuperar Crimea por todos los medios, incluidos los militares (“Plataforma de Crimea”). En julio, 32 países de la OTAN participaron en las maniobras Defender 21 cerca de la frontera rusa, pese a que una inmensa mayoría de ucranianos se declaraba en contra de tales maniobras.7 En agosto del mismo año, EE.UU. firmó con Ucrania un acuerdo de defensa estratégica, seguido unos meses después de una Carta de Asociación Estratégica en la que se establecía el “apoyo inquebrantable” de Washington a la recuperación de Crimea. A finales de 2021, Rusia denunció que la mitad del Ejército ucraniano estaba desplegado en la zona del Dombás.8
La información actualmente disponible es, por tanto, concluyente: toda esta escalada se hizo contra la voluntad manifiesta de la población ucraniana. El 17 de diciembre de 2021, dos meses antes de la invasión, Rusia envió propuestas en materia de garantías de seguridad a Washington y a la OTAN. Pedía poner fin a la expansión de la OTAN, restablecer la neutralidad de Ucrania y restringir el despliegue de tropas y armas occidentales en Europa del Este, amenazando en caso contrario con adoptar “medidas técnico-militares apropiadas”. Las propuestas de Moscú fueron tajantemente rechazadas por Washington.9
Occidente declaró desde el principio como “agresión no provocada” la invasión rusa iniciada el 24 de febrero de 2022, y rechazó toda relación de esta con su propia actividad a lo largo de más de veinte años. La realidad es que las potencias occidentales provocaron la guerra, rechazaron la posibilidad de negociar para evitarla, y una vez iniciada se opusieron a cualquier negociación de paz, rompiendo el proceso comenzado pocos días después de la invasión, con reuniones primero en Minsk (marzo) y luego en Estambul (abril). Sin eludir las responsabilidades rusas en la carnicería que siguió, y mucho menos justificándola, la simple realidad es que, con una Ucrania neutral, no alineada en bloques y sin expansión de la OTAN hacia el Este, nunca habría habido elementos de guerra civil en Ucrania. Y sin ambas circunstancias, difícilmente habría habido invasión rusa. En una declaración del 9 de julio de 2023, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, contradijo por primera vez la afirmación general de la propaganda occidental (“agresión no provocada”) al decir que la invasión fue la consecuencia de que la OTAN no aceptara las propuestas rusas presentadas en diciembre de 2021.10
Conflicto de intereses oligárquicos
En Occidente se invocan “valores europeos”, la defensa del “mundo libre” y la dialéctica de “democracia contra autocracia”. En Rusia se habla de “amenaza existencial a la soberanía rusa”, de “lucha contra el nazismo” e incluso de nueva “guerra patriótica”, a la par con los ataques de Napoleón y Hitler. Con este arrullo, centenares de miles han perdido su vida y se ha vuelto a crear todo un ejército de viudas, huérfanos y mutilados en Europa. Pero si hablamos en serio, toda esa cronología –digamos militar o «geopolítica»– que hemos expuesto, es consecuencia de un conflicto superior de intereses entre élites capitalistas.
Una de las diferencias del sistema ruso con el occidental es el carácter político de su oligarquía. Los “oligarcas” rusos están subordinados al Estado ruso, como la nobleza rusa lo estaba a la autocracia zarista. Es un rasgo de la historia secular de ese país. Si en Occidente una oligarquía económica domina lo político, en Rusia el poder económico se deriva del control del Estado. Los oligarcas son estatales o están subordinados al Estado. Tras la privatización de los años noventa, los dirigentes rusos estaban convencidos de su homologación internacional. Estaban convencidos de que Occidente les iba a dejar entrar en la globalización capitalista como socios “libres e iguales”. Desconocían el mundo al que accedían. Habían olvidado todo aquello por lo que sus abuelos hicieron la revolución en busca de una solución al problema del desigual desarrollo capitalista que empujaba al Imperio Ruso de principios del siglo XX a convertirse en una especie de gran potencia colonizada. Consideraban que, con la URSS, su país se había apartado de la “civilización” a la que ahora regresaban. Moscú quería ser Nueva York, París o Londres, pero lo que la globalización capitalista le ofrecía era un estatuto subalterno y dependiente donde la “Tercera Roma” (Moscú, en la vieja ideología imperial abrazada en el siglo XVI) debía renunciar a su identidad y realidad de gran potencia, con su nueva oligarquía en el papel de mera intermediaria en el comercio transnacional de materias primas. Ese papel la élite rusa no lo aceptó. Con Putin, la élite rusa cayó del caballo y se dio cuenta de la cruda realidad. Si el capital occidental hubiera tenido libre acceso al control de los recursos energéticos y minerales de Rusia, y si en ese negocio la élite rusa se hubiera conformado con un papel subalterno y solícito hacia los intereses extranjeros, no habría habido ampliación de la OTAN, ni se hubiera excluido a Rusia ni demonizado al régimen de Putin. El conflicto geopolítico es, por tanto, consecuencia de ese choque fundamental de intereses.11
El Ejército ruso entró en Ucrania en febrero de hace tres años sin un plan concreto, pero con la idea de que, cuanto más se demorara la operación, más peligrosa se haría. El Kremlin creía que, en el mejor de los casos, el gobierno huiría de Kiev a Leópolis, y que los generales del Ejército ucraniano llegarían a algún acuerdo con sus excompañeros de la Academia militar Frunze de Moscú, donde se formaron como oficiales soviéticos. Confrontada a una acción militar rusa corta y exitosa, la reacción occidental no superaría ciertos límites. Los norteamericanos no iban a entrar en guerra por Ucrania, y la Unión Europea –bajo liderazgo alemán– tenía demasiados intereses energéticos y comerciales en la región como para ir más lejos de la protesta y el griterío. Los reveses iniciales ante la resistencia militar y popular ucraniana, y la asistencia de inteligencia militar brindada por la CIA y el Pentágono, complicaron el escenario y convirtieron lo que para Moscú debía ser una corta “Operación Militar Especial” en una larga guerra por procuración entre la OTAN y Rusia, con Ucrania como víctima propiciatoria. Inmediatamente, el objetivo occidental quedó establecido: infligir una “derrota estratégica” a Rusia, “arruinar” su economía con las sanciones más radicales decididas hasta la fecha por Estados Unidos y la UE, y, en última instancia, provocar un cambio de régimen en Rusia. Alrededor de esos objetivos, los gobernantes europeos –mayormente desprestigiados desde la crisis del casino de 2008– y la propia OTAN conocieron cierta consolidación, con la incorporación de Suecia y Finlandia y el fin de los restos de neutralidad en Austria y Suiza. Confrontada a tales objetivos de parte de un adversario económica y militarmente mucho más poderoso que ella, Rusia recordó y tomó medidas para hacer valer su condición de gran superpotencia nuclear, enmendando su doctrina en la materia para compensar el desequilibrio y conjurar lo que consideró “amenaza existencial”. Fue así como la guerra por procuración se convirtió en un conflicto potencialmente global, enormemente peligroso para el conjunto de la humanidad y sin precedentes desde la crisis de los misiles de Cuba (1962).
Para el verano de 2023, la derrota de Ucrania estaba mucho más clara que el significado de una victoria rusa en el conflicto.12 Rusia había resistido las sanciones, diversificado su comercio y convertido su industria militar en motor de un keynesianismo de guerra. Mientras la economía alemana –principal motor de la UE– rozaba la recesión al haber renunciado unilateralmente a la energía rusa, la economía rusa crecía. El aislamiento de Moscú en Occidente había sido compensado por sus apoyos en Asia y en el Sur Global, donde, sin justificar la invasión rusa, comprendían las responsabilidades compartidas del conflicto. La actitud occidental en Ucrania pudo compararse y leerse en el contexto de las masacres israelíes en Palestina, entre las ruinas de Gaza y Líbano, consolidando la secesión del Sur Global expresada en diversos vectores, con cambios de actitud en África, dinamización de los BRICS+ y medidas para independizarse del dólar en el comercio internacional. En ese contexto, tuvo lugar el cambio de administración en Washington.
La anomalía Trump
En enero de 2025, inició su segundo mandato en Washington un presidente anómalo que declaró querer cambiar las prioridades de Estados Unidos. Donald Trump anunció castigos comerciales a sus principales proveedores, tanto socios como adversarios, proyectos expansionistas hacia Groenlandia [y el Canal de Panamá], iniciativas inmobiliario-genocidas en Gaza y la sugerencia de querer economizar esfuerzos en Europa para concentrarse en China, lo que pasa por un rápido acuerdo de paz con Rusia. Trump declaró también no querer empezar nuevas guerras, e incluso habló de un acuerdo de desarme radical a negociar con China y Rusia. A siete semanas de su inicio –cuando se escriben estas líneas– y en medio de una desconcertante y a veces contradictoria sucesión de declaraciones y anuncios, apenas hay perspectiva para pronósticos y conclusiones. Es difícil imaginar que se realice, por ejemplo, lo que dice el ayudante presidencial Elon Musk, de que EE.UU. se vaya de esa OTAN que el secretario de defensa, Pete Hegseth, quiere “más fuerte y letal”. Aún más que abandone Europa, pieza fundamental de la proyección del poder norteamericano en el mundo. Sin embargo, el mero hecho de que el primero en la cadena de mando de la guerra entre la OTAN y Rusia que se libra en Ucrania exprese comprensión hacia los intereses rusos e insista en acabar la guerra, ha quebrado la narrativa occidental sobre el conflicto y crea una enorme confusión en las filas europeas unidas en su hostilidad a Rusia, lo que abre una ventana de oportunidad a Moscú.
En el Kremlin deben preguntarse hasta qué punto es firme esa oportunidad. Tras décadas de deslocalización y desindustrialización en busca del máximo beneficio cortoplacista, la dependencia de la economía de Estados Unidos de sus proveedores es grande. Los castigos arancelarios anunciados pueden crear rupturas y carestías. El mundo ya conoció, en la Rusia de Boris Yeltsin de los noventa, grandes promesas de “volver a hacer grande” el país saldadas con un fenomenal desbarajuste. En los inicios de segundo mandato, Trump –el presidente que sufrió dos atentados durante la campaña electoral– tiene a su favor la inercia del shock que provoca el anuncio de su política entre sus adversarios estadounidenses y europeos, pero su posición está lejos de ser firme. Su mayoría en el Congreso es exigua, de solo tres votos. En el dossier ucraniano, todo el Partido Demócrata y parte del Republicano no sintonizan con el giro hacia un acuerdo con Moscú. En el probable caso de que la economía se le tuerza, Trump perderá dentro de dos años la mayoría en las elecciones de midterm y recibirá la suma de la energía opositora que ya se está gestando contra él. Desconocemos también cuánto durará la unidad en su bizarro equipo, formado por criterios de fidelidad. Esa es la principal incertidumbre. Respecto a Ucrania, la tragedia parece servida.
El propio Zelensky reconoce que, sin la ayuda militar norteamericana, “las posibilidades de supervivencia de Ucrania son muy reducidas”. El posible colapso del frente y del Ejército comportará el colapso del régimen. Del mero seguimiento de la prensa ucraniana se desprenden desde hace meses evidentes tensiones y rivalidades entre dirigentes. El jefe de la inteligencia militar, Kiril Budanov, un hombre de la CIA, está enfrentado con el jefe de la administración presidencial y mano derecha de Zelensky, Andri Yermak. Hay rumores de destitución de Budanov, que en enero dijo en una reunión legislativa a puerta cerrada que, si no había negociaciones de paz, pronto el país se iría al garete. El jefe del grupo parlamentario oficialista, David Arajamiya, también está peleado con la administración presidencial que le quiere relevar del cargo. Arajamiya fue quien confirmó que en las negociaciones de marzo-abril de 2022 en Estambul había un acuerdo de paz ya preparado que fue echado para atrás por la presión occidental. El ex jefe del Ejército, Valeri Zaluzhni, al que Zelensky destituyó y envió de embajador a Londres por ser más popular que él, tiene ambiciones y mantiene contacto con el ex mandatario Petró Poroshenko, otro rival de Zelensky al que éste ha represaliado. La negativa actitud de Trump hacia Zelensky y sus sugerencias directas de que el presidente ucraniano no es capaz de negociar la paz, no hacen más que reavivar estas tensiones y disputas por el poder en el interior del régimen de Kiev. ¿Sobreviviría la integridad territorial de lo que quede de Ucrania a ese posible colapso del régimen? La pregunta es razonable.
Peligrosa ineptitud europea
En términos históricos, parece que el hegemonismo del Norte Global se está desmoronando. La conducta de los que van a menos en el actual tránsito está plagada de peligros. Eso incluye a Rusia, pero en el ámbito de los objetivos, los de Moscú están claros: 1) restablecer la neutralidad de Ucrania y evitar el despliegue allí de bases y armas de la OTAN, 2) restablecer los derechos de la población rusófila en la región y 3) renegociar un sistema de seguridad europeo integrado donde los intereses de Rusia sean tenidos en cuenta. Los objetivos estadounidenses están menos claros, aunque entre todo lo declarado, se extrae una lógica de economía de recursos para poder seguir dominando el mundo. En el caso de Europa, no hay objetivos definidos. Hay un partido belicista –con gran peso de bálticos, polacos y nórdicos– que arrastra al resto, y que podría degenerar en la transformación/ampliación del conflicto de Ucrania en una nueva “Gran Guerra del Norte” en el área del mar Báltico. ¿Cómo se ha llegado a esto? Desde luego no de repente.
El papel de la Unión Europea no es el de “una gran Suiza”, como se desprende de su propia retórica cada vez más orwelliana. Desde hace veinte años, está militarmente presente en el mundo. Ha realizado más de cuarenta operaciones en Europa, África y Asia, diez de ellas militarmente activas hoy. Revestidas de “promoción de la paz y la seguridad” y financiadas frecuentemente por el “Fondo Europeo por la Paz” sin apenas control parlamentario, estas operaciones sirven en realidad para promover intereses europeos, coherentes con el pasado colonial de las principales potencias del continente. La UE ha suministrado armas a zonas de guerra, ha agravado conflictos en Somalia y el Sahel –donde está siendo rechazada por varios gobiernos– y mantiene un mortífero régimen de fronteras e internamiento en países de su entorno mediterráneo, responsable de la muerte de decenas de miles de personas. La UE considera rutinariamente a los Balcanes como su patio trasero, y de vez en cuando sus barcos de guerra participan en el acoso a China e Irán. El cambio de administración en Washington no ha creado todo esto. Solo lo ha acelerado.13
La élite política europea se caracteriza por la ineptitud. En casi su totalidad, se trata de gente que durante décadas externalizó a EE.UU. la función de pensar geoestratégicamente, adoptando el infantilismo político, el narcisismo y la arrogancia de unos “principios y valores” que, desde luego, la Unión Europea no encarna –como ha quedado meridianamente patente en Gaza–, practicando una política basada en la imagen, y creyéndose su propia propaganda mediática sobre el motivo y origen del conflicto de Ucrania, a saber: el deseo de un malvado dictador populista de ampliar su imperio y recrear una especie de URSS en el siglo XXI.
La UE no puede resolver un conflicto cuyos motivos no entiende. Es incapaz, por tanto, de negociar, porque desconoce sus propios intereses: no los ha formulado, limitándose a seguir los de Washington, que ahora gira y la deja en la estacada.
Europa no quiere acabar la guerra de Ucrania, porque su burocracia oligárquica ha encontrado en la confrontación con Rusia la fórmula para consolidar su poder, su razón de ser. Este cúmulo de circunstancias explica su actual despropósito: pretender ganar sin EE.UU. una guerra que, en su actual estado, ha perdido con EE.UU. ¿De dónde van a salir los 800.000 millones anunciados para el rearme? Alemania, su principal potencia, está en puertas de otro año de recesión. ¿De dónde saldrán los hombres dispuestos a morir en la enésima cruzada de la historia europea contra Rusia? Sus principales potencias militares –Gran Bretaña, Alemania y Francia– disponen cada una de ellas de menos de una decena de sistemas de defensa antiaérea y antimisiles, pero para cubrir mínimamente el espacio ucraniano (ciudades e industrias clave) en la época soviética se disponían allí de centenares de ellos. Es solo un ejemplo. Es verdad que los presupuestos de defensa combinados de los Estados europeos suman cifras enormes, bien superiores a las de Rusia, pero eso no cambia la realidad de un mosaico operativamente incoherente de retazos de diferentes sistemas de armas, como ha demostrado la estrategia militar occidental en Ucrania. Respecto a la invocada “invasión rusa de Europa”, sólo es una fantasía. Choca con la propia realidad del lento y penoso avance militar ruso en Ucrania y con la propia narrativa europea. Durante años, la UE ha mantenido que la inclusión de Ucrania en la OTAN es la garantía de seguridad, porque Rusia no se atrevería a atacar a la OTAN, pero al mismo tiempo, se afirma esa posibilidad al agitar el “que vienen los rusos”. Lo que deberían hacer los políticos europeos es abrir su propia negociación con Rusia, en lugar de mendigar un puesto en la mesa de Trump. Antes deberían reconocer que la única “garantía de seguridad” de Ucrania es su neutralidad. Seguramente es pedirles demasiado… Sea como sea, nadie puede garantizar que el siguiente presidente de Estados Unidos no vaya a parecerse más a Joe Biden que a Donald Trump. Este escenario de “paréntesis anómalo” en Washington, puede ser la esperanza de futuro de los ineptos dirigentes europeos que buscan en la continuidad de la guerra una loca salida a su debacle. ¿Podría coordinarse el belicismo europeo con la oposición a Trump en el establishment securitario de EE.UU. –que probablemente irá en aumento– y en el Partido Demócrata para hacer fracasar el vector de una negociación en Ucrania? Por supuesto, el propio Trump parece consciente de tal peligro. En sus recepciones en la Casa Blanca, maltrató a Zelensky, pero se cuidó mucho de hacer lo mismo con Macron y Starmer, gente que, aliada con sus enemigos en Estados Unidos, puede resultar peligrosa.
Desde una perspectiva geográfica, en ningún lugar como en el Báltico hay mayor probabilidad de que el rumbo europeo hacia la continuación y profundización de la confrontación con Rusia conduzca no al fin, sino a la transformación de la guerra de Ucrania en un conflicto más amplio que implique, por ejemplo, a tropas finlandesas, bálticas y polacas a lo largo de la frontera norte de la OTAN. Podría no ser una guerra de toda la OTAN ni de toda la UE, pero sí de parte de ellas y con el apoyo del resto. La suma de este frente con el ucraniano supondría un estrés y una amenaza considerables incluso para una Rusia revigorizada, lo cual podría convertir la histeria en esa zona sobre una “invasión rusa” en profecía autocumplida.
Mientras todo eso se cuece, es indudable que se ha abierto una ventana de oportunidad para la distensión entre Estados Unidos y Rusia, en la que Moscú podría replegar sus tropas de Bielorrusia a cambio de una retirada de tropas norteamericanas en la Europa del Este, así como una retirada mutua de misiles de medio alcance en ambos espacios. El planeta tiene otras prioridades urgentes perfectamente claras y definidas, y Europa debe dejar de ser la vanguardia del despropósito.
Rafael Poch-de-Feliu
NOTAS
1 https://repositori-api.upf.edu/api/core/bitstreams/acf681b4-3bee-4807-8f2f-d2d719c2f698/content.
2 El 28 de enero de 1992, el presidente George Bush declaró ante el Congreso la victoria en la Guerra Fría: “Por la gracia de Dios, América ha ganado la Guerra Fría. No es que haya acabado, es que la hemos ganado (…) Somos los Estados Unidos de América, el líder de Occidente que se ha convertido en el líder del mundo”.
3 Recordemos que el desbarajuste ruso de los noventa incluyó tres golpes de Estado, el fallido de agosto de 1991 contra las reformas de Gorbachov, la propia disolución conspirativa de la URSS de diciembre del mismo año a cargo de los dirigentes de sus tres grandes repúblicas europeas, y el de octubre de 1993 con el cual Boris Yeltsin reinstauró la última versión del tradicional sistema autocrático moscovita actualmente vigente, pasando por una caótica reforma de mercado/privatización que hundió la economía de la mayoría y enriqueció a una minoría, y una guerra contra varios miles de guerrilleros en Chechenia que evidenció la debilidad militar rusa.
4 La neutralidad se inscribió en los documentos fundacionales del Estado ucraniano moderno. La Declaración de Soberanía, adoptada el 16 de julio de 1990, decía que Ucrania sería “un Estado permanentemente neutral que no participará en bloques militares”. Mas tarde, la constitución sería enmendada, primero para omitir ese compromiso y luego para incluir en ella el objetivo de ingreso a la OTAN. Cuando Ucrania firmó en 1994 el Memorándum de Budapest (traslado a Rusia de las armas nucleares soviéticas estacionadas en su territorio, con compromiso de los firmantes –Rusia, Estados Unidos y Reino Unido– de respetar la soberanía e integridad territorial ucraniana), lo hizo como un país “permanentemente” comprometido con la neutralidad y el no alineamiento en bloques. El compromiso hacia el respeto a su soberanía era tanto más importante porque Ucrania carecía de una alianza militar de defensa debido a su posición neutral. La declaración de la cumbre de la OTAN de 2008 en Bucarest, en la que se nombraba a Ucrania como miembro potencial, violentaba directamente las disposiciones del Memorándum de Budapest y los consensos internos fundamentales de la Ucrania postsoviética. Cinco días antes de la invasión rusa, en su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Zelensky amenazó con salirse del Memorándum de Budapest y retomar el armamento nuclear. Rusia, con su invasión militar, ciertamente violó su compromiso de 1994, pero lo hizo después de que Occidente lo hiciera. Según Moscú, la implicación de los países occidentales en la toma de poder inconstitucional de 2014 violó la soberanía de Ucrania. En su entrevista con Tucker Carlson del 8 de febrero de 2024, Putin se refirió a ese contexto general cuando observó: “habíamos acordado las fronteras de Rusia en 1991, pero nunca acordamos la expansión de la OTAN, ni que Ucrania fuera parte de la OTAN”. Por supuesto, por más que el ingreso en la OTAN no sea una cuestión de opción para la población implicada, sino más bien de los intereses de Estados Unidos, una sociedad tiene derecho a elegir la integración en un bloque militar. El punto es que los ucranianos no estaban a favor, sino en contra de tal ingreso. En diciembre de 2007, en vísperas de la cumbre de Bucarest que estableció que Ucrania y Georgia “serán miembros de la OTAN”, menos del 20% de los ciudadanos ucranianos apoyaron unirse a la Alianza. La mayoría de los ucranianos se dividieron entre el apoyo a una alianza militar con Rusia o la retención del estatus neutral de no integrar en ningún bloque. La entrada en la OTAN siguió siendo el objetivo de solo una pequeña minoría dentro de la sociedad ucraniana hasta los tumultuosos eventos de 2014. Como resultado de la anexión de Crimea por parte de Rusia y el comienzo de la guerra en el Dombás, el apoyo a la entrada en la OTAN aumentó hasta alrededor del 40 por ciento, pero las encuestas ya no incluían para entonces a los ciudadanos ucranianos más prorrusos de los territorios que no están bajo el control del gobierno ucraniano: Crimea y Dombás. Millones de ciudadanos ucranianos. Y ni siquiera así, el ingreso a la OTAN tenía el apoyo de la mayoría… Nada de todo esto justifica la invasión militar rusa, pero le da un contexto mucho más complejo y matizado de lo que sugiere la propaganda occidental. El atropello de la voluntad popular fue general, como lo es ahora la opción de continuar la guerra cuando todas las encuestas –en la Unión Europea, en Rusia y en Ucrania– arrojan mayorías a favor de una negociación.
5 Pese a que se ha repetido hasta la saciedad que hubo una presencia militar rusa directa desde el principio de la rebelión armada del Dombás, contra el nuevo gobierno occidentalista de Kíev, la realidad es que, en el verano de 2014, el Estado Mayor ucraniano informó –según el Kyiv Post– que en la región solo había 56 voluntarios rusos combatiendo al Ejército ucraniano. El mejor testimonio directo sobre la evolución de la actitud rusa y las reticencias del Kremlin a implicarse en el Dombás se encuentra en el libro de Anna Arutunyan, Hybrid Warriors. Proxies, Freelancers and Moscow’s Struggle for Ukraine (2022). Aruntunyan reside en Estados Unidos y es una clara opositora a Putin.
6 El 14 de febrero de 2023, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, lo reconoció explícitamente al declarar: “la guerra no empezó en febrero del año pasado (2022). La guerra empezó en 2014. Y desde 2014, los aliados de la OTAN han dado apoyo a Ucrania con entrenamiento y material, de tal forma que las Fuerzas Armadas ucranianas eran mucho más fuertes en 2022 que en 2020 o 2014”. Richard Clarke, jefe del Special Operations Command de Estados Unidos, declaró el 28 de agosto de 2022 a David Ignatius del Washington Post: “Lo que hicimos a partir de 2014 fue crear las condiciones. Cuando los rusos invadieron en febrero, llevábamos siete años trabajando con las fuerzas especiales ucranianas”.
7 21% “a favor”, 53% “en contra”, 26% “no sabe”. La oposición a las maniobras ganaba en todas las regiones del país. Pero en el oeste, el 39% estaba a favor, cinco veces más que en el este y sur (7,1 y 8,3%, respectivamente). Ver Washington Post, 19 de enero de 2022.
8 Vease Geoffrey Roberts, “Now or Never: The Immediate Origins of Putin´s Preventative War on Ukraine”, en Journal of Military and Strategic Studies. vol. 22, nro. 2.
9 El documento de propuestas rusas del 17 de diciembre de 2021 dirigido a la OTAN, en www.mid.ru/ru/foreign_policy/rso/nato/1790803.
10 Véase el siguiente video: www.youtube.com/watch?v=Zf5xEBwBhds.
11 Desarrollo más este y otros aspectos en “El año 2024”, art. cit.
12 Véase https://rafaelpoch.com/2023/07/19/ucrania-esta-perdiendo-la-guerra-pero-rusia-no-la-esta-ganando.
13 Sobre las “misiones de paz” de la UE, ver www.tni.org/en/publication/under-the-radar.