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Naglfar Nicolás Torre Giménez

Historia nacional de la infamia. Episodio 3: “El ladino maestro de estafas Luis «Toto» Caputo”

15 de marzo de 202629 de marzo de 2026
Kalewche

Ilustración: detalle de una lámina de Gustave Doré para la Divina Comedia de Dante, Infierno, canto XXI: “Los Malebranche atrapan a un malversador con sus harpones”, grabado en madera, sin fecha. Puede verse la ilustración completa aquí.
El octavo círculo del infierno dantesco está dividido en diez fosas concéntricas, cada una destinada a un tipo de fraude. La fosa quinta está dedicada al castigo eterno de los barattieri (malversadores, corruptos y estafadores). Están condenados a arder en un lago de brea hirviendo, y si se atreven a salir son ensartados con harpones y devueltos al légamo abrasador por demonios diligentes.
“Así, de puente en puente, hablando de otras cosas / que mi comedia no se ocupa en cantar, / veníamos; y llegamos a la cima, cuando / nos detuvimos para ver la otra fosa / de las Malebolge y los otros vanos lamentos; / y la vi maravillosamente oscura.
Como en el arsenal de los venecianos / hierve en invierno la pegajosa brea / para remendar las naves dañadas, / que no pueden navegar (…)
así, no por fuego sino por arte divina, / allí abajo hervía una espesa brea / que enviscaba la orilla a cada lado.
Yo veía la brea, pero no veía en ella / nada más que las burbujas que el hervor levantaba, / inflando toda la masa y volviendo luego a hundirla.
Mientras yo miraba fijamente allí abajo, / mi guía (Virgilio), diciendo: «¡Mira, mira!», / me atrajo hacia sí desde el lugar donde estaba.
Entonces me volví como el hombre que tarda / en ver aquello de lo que debe huir / y al que el miedo de repente sobresalta / que, para ver, no se demoró en partir; / y vi detrás de nosotros venir corriendo / por el peñasco a un diablo negro.
¡Ah, qué feroz parecía en su aspecto! / y cuán amenazante me pareció en su acción, / con las alas abiertas y ligero sobre los pies.
Su hombro, que era agudo y soberbio, / cargaba a un pecador por las caderas, / y lo tenía agarrado por los tendones de los tobillos.
Desde nuestro puente dijo: / «¡Oh Malebranche, / aquí hay uno de los ancianos de Santa Zita! / Métanlo debajo, que yo vuelvo / a aquella ciudad que está bien provista de ellos: / todo hombre allí es corrupto [barattier], / excepto Bonturo; / por dinero, allí el no se vuelve sí».
Lo arrojó, y por la roca dura / se volvió; y nunca fue mastín / soltado para perseguir a un ladrón / con tanta prisa.
Aquel se hundió y volvió a salir cubierto; / pero los demonios que estaban bajo el puente / gritaron: «¡Aquí no tiene lugar el Santo Rostro! / Aquí se nada de otra manera que en el Serchio; / por eso, si no quieres sentir nuestros pinchos, / no sobresalgas por encima de la brea».
Luego lo pincharon con más de cien arpones / y dijeron: «Aquí conviene que bailes / por lo bajo, y si puedes, rapiña bien los fondos».
No de otro modo los cocineros hacen hundir / la carne en medio del caldero con tridentes, / para que no flote.”

Dante Alighieri, Divina Comedia, Infierno I, c. XXI, v. 1-57, trad. de Jorge Gimeno, Bs. As., Penguin Clásicos, 2021, pp. 220-223. Traducción modificada.

Publicamos –antes de lo esperado– la tercera entrega de Historia nacional de la infamia, una suerte de sátira político-literaria de nuestro compañero Nicolás Torre Giménez, escrita a partir de la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Después de “El atroz redentor Javier Milei” y “El impostor inverosímil Federico Sturzenegger”, el autor nos envía este nuevo episodio dedicado a uno de los mayores estafadores que haya conocido la República Argentina (y eso que el país austral los produce en abundancia): el agente de Wall Street enviado por el J. P. Morgan para expoliarla –en especial a los trabajadores, los verdaderos productores de la riqueza del capitalismo– y beneficiar de manera obscena a los grandes financistas internacionales, contribuyendo significativamente a terminar de consumar a nivel local la fenomenal –y sin precedentes– transferencia de ingresos de los que menos tienen a los ultrarricos del mundo, que está teniendo lugar en nuestro presente histórico.
Recordemos que no es la primera vez que Luis “Toto” Caputo saquea a la Argentina en beneficio exclusivo de los capitales concentrados a quien representa (y también en su propio favor, claro está). Ya tuvo oportunidad de ejercer la rapiña durante el gobierno del Ingeniero “ojos de cielo“ Macri, que gobernó entre 2015 y 2019, ocupando también el cargo de “ministro de Economía“, expresión eufemística que usa la extrema derecha argentina para denominar al funcionario que realiza las operaciones financieras con dinero ajeno para fundir al país, rifar los bienes públicos y estatales, empobrecer –en un bucle que parece infinito– a la clase trabajadora activa y pasiva, y sumir en la miseria más absoluta a amplios sectores sociales. Pero no nos confundamos, Caputo no es una rara avis del funcionariado –aquí se justificaría forjar el neologismo “prevaricariado“–. Es el último eslabón de una larga y aceitada cadena de ministros de Economía o Hacienda liberales de derecha, a quienes se les otorgó –a sabiendas– la oportunidad de reincidir en el ejercicio de la expoliación: Domingo Felipe Cavallo, José Alfredo Martínez de Hoz, Adalbert Krieger Vasena, Álvaro Alsogaray y Federico Pinedo (el abuelo del actual dirigente del PRO, igualmente llamado Federico Pinedo). Ellos también merecen su lugar en una extensísima historia nacional de la infamia.
Una aclaración final para nuestros lectores: además de los “infames“ Caputo y Milei, también el personaje del tío “Chicho“ –personaje heroico, al contrario de los otros dos– tiene un referente en el mundo real. Aquí ficcionalizado, el “Chicho“ realmente existente es una de las tantas víctimas de la obscena plutocracia que preside su sobrino.
Antes de dejarlos con el relato, les contamos que Nicolás coordinará, de forma tanto presencial como virtual, un taller de lectura e interpretación de Ficciones, quizás el libro de relatos más importante de Jorge Luis Borges. Los invitamos a consultar más información y/o inscribirse aquí.



El infame de este capítulo es el ladino maestro de estafas Luis “Toto” Caputo, aciago funcionario que contribuyó a la humillación y la muerte del señor de la Rosada de Mileilandia y no quiso devolver lo que debía cuando la apropiada venganza lo conminó. Es hombre que mereció durante un tiempo la gratitud de todos los financistas de Wall Street, porque generó preciosas ganancias y fue la negra y ominosa ocasión de un fraude fenomenal a favor de ellos. Un centenar de libros de historia, de monografías, de tesis doctorales y de relatos populares conmemoran el hecho (por no hablar de las efusiones en oro, en dólares y en deuda del tesoro). Hasta el versátil celuloide lo sirve, ya que la Historia criminal de los quichicientos financistas –tal es su nombre– es la más repetida inspiración del cinematógrafo argentino. La minuciosa ignominia que esas ardientes atenciones afirman es algo más que justificable: es inmediatamente justa para cualquiera.

Sigo la relación de F. Mare, que omite las continuas distracciones que obra el color local y prefiere atender al movimiento del ignominioso episodio. Esa buena falta de «criollismo» europeizante (que satura de gauchos, pampa y tango cada esquina porteña) deja sospechar que se trata de una versión autóctona.


La calculadora averiada

En la desvanecida primavera de 2027, el ilustre señor de la Rosada de Mileilandia tuvo que recibir y agasajar a un enviado imperial. Cincuenta y tantos años de expoliaciones (algunos mitológicos), habían complicado angustiosamente el procedimiento de la recepción de dólares. El enviado representaba a Wall Street, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte imperial lo precedía en calidad de maestro de estafas financieras. Lejos de la comodidad neoyorquina y la haute couture, y condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Luis “Toto” Caputo impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su discípulo, el señor de la Rosada, procuraba disimular su ignorancia en materia financiera. Vaya si sabía replicar, pero la conveniencia le vedaba –esta vez– toda violencia verbal. Una mañana, sin embargo, la calculadora importada del maestro se averió y éste le pidió que le hiciera unos cálculos mentales. El caballero del mameluco de YPF lo hizo con su habitual impericia aritmética y con indignación interior. El ladino maestro de estafas le dijo que, en verdad, la contabilidad creativa era sólo para la “gilada” y que sólo los patanes de los medios adictos eran capaces de tratar como ciertos, como veraces, unos informes estadísticos tan torpes. El señor de la Rosada, humillado en su orgullo, le espetó una retahíla de improperios que el “Toto”, aunque acostumbrado al desprecio popular, jamás había oído. El “Toto” huyó, apenas rubricada su frente por un hilo tenue de saliva… Años después, levantamiento popular mediante, dictaminaba el tribunal revolucionario contra el tirano injuriador y lo condenaba a decapitación. En el patio central de la Plaza de Mayo elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y lo vistieron con un mameluco de YPF y se leyeron públicamente sus múltiples culpas y se fue consumiendo en disculpas, lágrimas y lamentos, y se abrió el overol, las tres camperas de cuero negro y el chaleco antibalas, hizo a un lado dos buzos azules, cuatro remeras grises y dos camisetas blancas para descubrirse el pecho y ostentar un tatuaje de un león con la inscripción VLLC, y murió como el cobarde que siempre había sido, y los espectadores más alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso, un jubilado precarizado, lo había decapitado con la motosierra: “Chicho”, el repartidor de Pedidos Ya, su tío.


El simulador de la infamia

La Casa Rosada fue derribada y la plaza pública aumentó así sus dimensiones. La misma suerte corrió la Quinta Real de Olivos; en este caso, fue el parque aledaño el que resultó acrecentado. El cuerpo del tirano fue incinerado y sus cenizas esparcidas por las plantas de tratamiento de aguas residuales de todo el país; sus funcionarios, desbandados; sus aliados, exiliados; sus beneficiarios sociales, expropiados y arruinados; su nombre, vinculado a la execración y a la materia excrementicia. Un rumor quiere que la idéntica noche que lo mataron, quichicientos de sus financistas, arrojados a la pobreza, deliberaran en la cumbre de un ruinoso rascacielos de Wall Street –todavía en pie a pesar de los bombardeos que asolaron al declinante imperio trumpista por aquellos años– y planearan, con toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre de un rascacielos de Nueva York, sino en una capilla en un barrio popular, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno que la caja rectangular que contiene un espejo. Estos financistas reducidos a la más absoluta miseria apetecían la venganza, y la venganza debió parecerles inalcanzable.

Luis “Toto” Caputo, el odiado maestro de estafas, había fortificado su mansión –una de las tantas que poseía– en el country Club Newman de Benavídez, y una nube de francotiradores y de guardaespaldas custodiaba su palacete dentro de esta especie de bastión de la contrarrevolución rioplatense, que él mismo comandaba, donde sus adinerados habitantes habrían de correr la misma suerte –trágica– que sus pares de Saint-Domingue ajusticiados por los esclavos juramentados de Bois Caïman en 1791, y aquellos del Val-d’Oise en la Grande Jacquerie de 1358, que fueron asesinados a palos y cuchillos por los campesinos insurrectos de las afueras de París. “Toto” contaba con espías pretendidamente incorruptibles, puntuales y secretos. A ninguno celaban y vigilaban tanto como al presunto capitán de los vengadores: “Chicho”, el tío del sátrapa ajusticiado. “Chicho” lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese dato.

Él y los quichicientos se mudaron al microcentro de Buenos Aires, ciudad insuperada en todo el imperio estadounidense por el color de sus otoños. Se dejaron arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se codearon con rameras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez los expulsaron de una taberna y amanecieron dormidos en el umbral, las cabezas revolcadas en un inmenso vómito colectivo.

Un hombre de Avellaneda reconoció al líder, y dijo con tristeza y con ira: “¿No es éste, por ventura, aquel tío de Javier Milei, quien lo ayudó a morir de una muerte rápida, aunque cargada de simbolismo, y que en vez de vengar a su pariente se entrega a los deleites y a la vergüenza? ¡Oh, tú, indigno de esa noble sangre!”

Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Luis “Toto” Caputo sintió un gran alivio.

Los hechos no pararon ahí. El tío se despidió de sus amigos y se agenció una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por desvincular a los guardias que vigilaban al “Chicho”.

Una de las noches atroces del invierno de 2030 los quichicientos financistas bajo el liderazgo del tío se dieron cita en un desmantelado jardín de los alrededores de la Reina del Plata, cerca del Puente de Barracas y un matadero. Iban con las banderas de su señor, el poderoso caballero Don Dinero. Antes de emprender el asalto, el “Chicho” advirtió furtivamente a los vecinos que no se trataba de una contrarrevolución, sino de una operación militar de estricta justicia.


La marca

Dos bandas atacaron el palacio de Luis “Toto” Caputo. El “Chicho” comandó la primera, que atacó la puerta del frente; la segunda, una mujer llamada Juana, su «querida», que se había hecho pasar por prostituta, pero en realidad lideraba la resistencia feminista. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, los gritos del ataque, la precipitación de los defensores, los francotiradores apostados en la azotea, el directo destino de los proyectiles hacia los órganos vitales del hombre, las prendas harapientas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después es glacial, los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve financistas fueron comprados por la contrarrevolución; los defensores (agentes de Caputo y otros vecinos del country) no eran menos alienables y algunos intentaron venderse al otro bando. Poco después de medianoche toda resistencia cesó.

Luis “Toto” Caputo, razón ignominiosa de esas transacciones, no aparecía. Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio y ya desesperaban de encontrarlo cuando Juana notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de oro y plata. Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de escasa estatura y de inferior valía. Un revólver tembloroso estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin disparar. Le rayaba la frente los vestigios de un escupitajo: viejo dibujo de la corrosiva saliva de Javier Milei.

Entonces, los sangrientos financistas se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los beneficiarios sociales del capitalismo financiero argentino, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que les devolviera lo que les debía, como un tahúr de bolsillo ajeno debe hacerlo.

En vano exigieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.


La justicia popular

Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los financistas y los cientos de vecinos que se vendieron a cambio de conservar su vida se dirigieron a la puerta de salida del country.

Clavada en un palo de golf llevan la increíble cabeza de Luis “Toto” Caputo y se turnan para exhibirla. Atraviesan el palacio y las calles del barrio privado, a la luz sincera del día. Miles de hombres y mujeres los esperan a la puerta del country con antorchas encendidas y bidones de combustible; entre ellos está Juana. Los dos guardias de seguridad también se encuentran entre ellos –“malditos traidores”, comentan los vecinos, “¿por qué no accedimos a subirles el sueldo?”–. El imponente portón de hierro forjado está cerrado con candados. Comprenden que no hay salvación posible.

El Tribunal Popular había emitido su fallo. Es el que adivinan: han sido condenados a morir en el fuego alimentado por sus propias pertenencias, en la hoguera de sus propias vanidades. Años después, se erigirá sobre las cenizas una moderna planta de tratamiento de aguas residuales, que traerá salubridad y progreso a la comuna socialista de Benavídez.


El hombre de Avellaneda

Entre los peregrinos que acuden al lugar para conocer el escenario de la batalla final, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido de lejos. Se prosterna ante el monumento al “Chicho”, el tío, y dice en voz alta: “Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de San Telmo y pensé que tendrías que estar orquestando la venganza de tu sobrino y te creí un hombre sin honor y te escupí en la cara. Pero he comprendido que estabas pergeñando un acto de justicia superior que la venganza de la sangre. Yo voté y apoyé a ese hombre infame. Y mi arrepentimiento no puede ser mayor. He venido a ofrecerte un sacrificio.” Dijo esto y prendió fuego una remera de La Libertad Avanza.

Éste es el final de la historia de los quichicientos y tantos más hombres infames que sacrificaron un país y los destinos de sus trabajadores, sus jubilados y los más desfavorecidos en el altar de la codicia infinita de los ricos, pero también de la organización del pueblo para tomar su suerte en sus propias manos –salvo que no tiene final, porque los otros hombres, que no pasamos a la acción todavía, pero que nunca perderemos del todo la esperanza de hacerlo, seguiremos honrando a estos últimos con palabras.

Nicolás Torre Giménez

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