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Nicolás Torre Giménez Nuevo2 Parley

Narrativas del terror. La novela “77” de Guillermo Saccomanno y la última dictadura

29 de marzo de 202629 de marzo de 2026
Kalewche

Ford Falcon verde, modelo 1978: La combinación funesta de un color –verde militar, por supuesto– y una marca de automóviles –combinación que quedará para siempre ligada en Argentina al terrorismo de Estado, como símbolo metonímico suyo– se repite en la novela de Saccomanno como una letanía. Gómez deambula por las calles de Buenos Aires, por lo general en busca de alguna aventura sexual, ante la presencia –inquietante al principio, como parte del paisaje urbano, después– del vehículo de la Ford. La automotriz, al igual que otras empresas, instaló centros clandestinos de detención –los campos de concentración, tortura y exterminio nacionales– en sus propias plantas. Y que algunos de sus directivos –tal fue el caso de la Ford– participaran de los secuestros, detenciones y torturas es un botón de muestra de que, más que una mera complicidad entre la última dictadura y las grandes empresas, lo que existió en Argentina entre 1976 y 1983 fue un plan genocida –o “ideocida”, como proponen algunos autores, para aludir a la motivación política e ideológica de la matanza sistemática llevada a cabo– dirigido a exterminar a la militancia de izquierda, y amedrentar y disciplinar a la clase obrera en su conjunto, plan orquestado tanto por empresarios, como por  militares, y con la complicidad de una buena parte de la sociedad, que veía con buenos ojos la llamada “lucha contra la subversión”. Fuente: https://parabrisas.perfil.com

Nuestro compañero, Nicolás Torre Giménez, nos envía este texto híbrido, a mitad de camino entre un ensayo, género ya de por sí bifronte (sobre este tema recomendamos el ensayo de Federico Mare titulado “Centauromaquia. Reflexiones sobre el ensayo y la ensayística”), y una reseña literaria. La novela de Saccomanno, aunque analizada aquí con rigor y justicia, es una excusa para reflexionar sobre otros temas, que el mismo autor explicita al comienzo de su artículo, a propósito de los cincuenta años del último golpe militar en la Argentina.


A 50 años del último golpe militar en la Argentina, el más sangriento del país y la región, que abrió un período de siete años de terrorismo de Estado, y que, a su partida, nos dejó en herencia una democracia formal sumamente devaluada que, como una fina epidermis siempre a punto de desgarrarse por completo, trasluce la verdadera dictadura del capital que opera tras la superficie, quedando a veces más oculta, y que, otras veces, como en nuestro ominoso presente histórico, sale obscenamente a la luz…

A 50 años del comienzo de la ejecución de un plan sistemático y clandestino de exterminio de la disidencia política, que nos dejó un saldo de 30.000 desaparecidos, con el objetivo de poder ejecutar sin oposición un plan económico neoliberal que llevara a cabo una transferencia fenomenal de ingresos de la clase trabajadora hacia los poderes económicos concentrados nacionales e internacionales…

A 50 años del inicio de un proceso incontenible de destrucción del tejido social del país que llega hasta nuestros días, en el que un anarcocapitalista perverso y desaforado; personaje ruin y execrable salido de nuestras peores pesadillas; infame y malvado villano de dibujos animados tan aterradores como nunca nadie imaginó; fantoche siniestro poseído por una vanidad infinita; apologeta entusiasta de la última dictadura militar y descartable testaferro de los grandes capitales –a todo cerdo le llega su San Martín–, dirige los destinos de la nación…

A 50 años del comienzo de la última dictadura militar, digo, me propongo pensar, a partir de una novela de un escritor argentino contemporáneo, algunas relaciones entre ficción e historia, entre ideología y política, entre terrorismo de Estado y complicidad, entre el ejercicio del terror y la sumisión, entre ideología y política, entre enunciación y ejercicio del poder, entre pasado y presente, entre dictadura militar y democracia burguesa…


* * *



77 (editada en 2008), de Guillermo Saccomanno, es –a su manera– una novela de terror. Pero no por una supuesta intención de su autor de causar miedo o angustia en el lector, como define la RAE al género, sino más bien por su temática específica: la representación y recreación de una época, el reinado del terrorismo de Estado en Argentina, más específicamente el año 1977, año funesto para la Argentina, de alta intensidad represiva. El terror, en 77, es más que un Leitmotiv; es el elemento en el que se mueven con zozobra los personajes, forma parte de su atmósfera enrarecida, como un factor más de las condiciones climáticas en las que les toca vivir, como la lluvia persistente o el frío húmedo de aquella Buenos Aires dantesca: “Afuera me esperaba la calle. Y lo que me esperaba, una vez más, era el terror. El terror y la llovizna”1, dice Gómez.

Y la novela nos presenta a una sociedad concreta, con sus héroes contradictorios –humanos, demasiado humanos–, sus monstruos, sus canallas –los salauds, como los llamaría Sartre–. Por sus páginas deambulan los jóvenes comprometidos que luchan por una sociedad mejor, con sus virtudes y sus defectos. También irrumpen a cada rato las fuerzas represivas, sembrando el terror a su paso, generalmente a bordo de algún Falcon verde, cuya aparición recurrente en la narración introduce un elemento perturbador y de tensión permanente. Y, finalmente, los cómplices, que son legión, como lo fueron en la Argentina real –y lo siguen siendo–, por acción u omisión: los que colaboraron denunciando y los que «no vieron nada» (que a veces coinciden con los anteriores). Y está también el profesor Gómez, que al principio no sabemos bien dónde ubicarlo, ya que la literatura y la búsqueda constante de aventuras sexuales le sirven como formas de evasión y parecen protegerlo en una supuesta «neutralidad»; pero poco a poco, empujado por los hechos, terminará por tomar partido y acoger en su casa a Diana, una guerrillera perseguida por los servicios de tareas. Las circunstancias mismas lo llevarán a comprender que la indiferencia y la neutralidad son posiciones imposibles. No sólo porque contienen implícitamente una aceptación pasiva del statu quo, sino porque para los militares no existía una tercera posición: o se estaba con ellos, o contra ellos. 

Pero se echa en falta en la novela un actor principal de aquellos –y de estos– años: los monstruos de buenos modales, los demonios con careta, que, como los titiriteros, suelen permanecer entre bambalinas y raras veces salen a escena: los beneficiarios económicos del golpe. Esos casi no aparecen. Esos casi nunca aparecen: son i soliti ignoti, los «desconocidos» de siempre. Sí está representada la jerarquía católica, que supo sacar su tajada del botín; los milicos que se apropiaron de cuanto pudieron, bebés incluidos. Pero los grandes empresarios y los terratenientes casi no aparecen; la oligarquía argentina, con sus manos manchadas de sangre humana y sus pies embadurnados de bosta de vaca, brilla por su ausencia. Y la expresión es aquí muy pertinente, pues uno presiente su fulgor, los intuye actuando por detrás; el lector –por lo menos el que es consciente de quiénes mueven siempre los hilos– los repone en escena. Releo lo anterior e introduzco un matiz: sí está Sergio, antiguo amante de Gómez, y aparece fugazmente su familia. El padre tiene cáncer. Sergio y su hermana Gina sólo piensan en quedarse con su fortuna. Finalmente, Sergio con su nuevo amante envenenan al viejo y a Gina. Terminan sus días en prisión. Ellos representan a la gran burguesía argentina, la clase parasitaria que no repara en crímenes y toda clase de delitos y abusos para enriquecerse, tanto ayer como hoy.

“Un Falcon verde”, “dos Falcon verdes”, “tres Falcon verdes”: la combinación funesta de un color –verde militar, por supuesto– y una marca de automóviles –combinación que quedará para siempre ligada en Argentina al terrorismo de Estado, como símbolo metonímico suyo– se repite en la novela de Saccomanno como una letanía. Gómez deambula por las calles de Buenos Aires, por lo general en busca de alguna aventura sexual, ante la presencia –inquietante al principio, como parte del paisaje urbano, después– del vehículo de la Ford. Recordemos aquí que la automotriz, al igual que la Mercedes Benz y otras muchas empresas de diversos rubros, instaló centros clandestinos de detención –los campos de concentración, tortura y exterminio nacionales– en sus propias plantas2. Y que algunos de sus directivos –tal fue el caso de la Ford– participaran de los secuestros, detenciones y torturas,3 es un botón de muestra de que, más que una mera complicidad entre la última dictadura y las grandes empresas4, lo que existió en Argentina entre 1976 y 1983 fue un plan genocida –o “ideocida”, como proponen algunos autores, para aludir a la motivación política e ideológica de la matanza sistemática llevada a cabo– dirigido a exterminar a la militancia de izquierda, y amedrentar y disciplinar a la clase obrera en su conjunto, plan orquestado tanto por empresarios, como por  militares, y con la complicidad de una buena parte de la sociedad, que veía con buenos ojos la llamada “lucha contra la subversión”.

Que amplios sectores sociales hayan aceptado en un principio –con distintos grados de consentimiento y/o complicidad– el terrorismo de Estado, eso es una fatalidad histórica cuyas causas hunden sus raíces en la historia política y social de la Argentina de los años previos, desde el golpe militar del 55. Por eso la novela se retrotrae hasta esos años, en que Delia, la madre de Martín –un guerrillero, compañero de Diana–, muere en la masacre de la Plaza de Mayo, junto a su amante Lía, mientras buscaban escaparse hacia Uruguay. El esposo de Delia fue uno de los pilotos de la aviación naval que, desde aviones con la consigna “Cristo vence”, lanzaron las bombas sobre la población civil de su propio país, con el objetivo de derrocar a Perón. Ese acto de terror sobre la ciudadanía indefensa, junto con las ejecuciones sumarias posteriores –entre otras, las de José León Suárez, inmortalizadas por Rodolfo Walsh en su libro Operación Masacre– de la llamada “Revolución Fusiladora”, fueron el preludio del terrorismo de Estado que sistematizarían los militares argentinos desde el 24 de marzo de 1976. La historia –con minúscula– de Martín, combatiente revolucionario en 1977, hijo de una víctima de los bombardeos del 55 y de un capitán que participó en aquella masacre, condensa la Historia –con mayúscula– del país de aquellos años. Que la mujer de uno de aquellos militares muy católicos, tradicionalistas, homofóbicos, misóginos y patriarcales, que hacían –y siguen haciendo– un culto de la virilidad y el machismo, se escape con su amante lesbiana, y que al mismo le «salga» un hijo guerrillero, parece poner en evidencia la contradicción entre la nostalgia reaccionaria y defensora de un orden opresor de los señores de la muerte, por un lado, y una realidad social que se resiste a encajar en esos estrechos moldes, por el otro.

Este vínculo entre las historias de la literatura y la Historia del país, entre la ficción y la política, no es algo forzado –mucho menos en la Argentina–, ya que los relatos políticos que sostienen simbólicamente a un país se construyen sobre mitos, relatos, ficciones. Pero no sólo los ideologemas, que, como una argamasa, pretenden unificar artificialmente sociedades atravesadas por diferencias de clase materialmente irreconciliables; sino también los relatos que tienden a erigir clivajes ficticios en el interior de una sociedad, que enmascaran –conscientemente o no– diferencias materiales concretas, en especial, la posición que los individuos y los grupos ocupan en la producción y reproducción de la vida social. Estamos hablando de ideología, por supuesto. Y una de las formas recurrentes de ideología que atraviesa tanto la literatura como la historia de Argentina, es el mito sarmientino decimonónico –como veremos más adelante– de una cruzada de la «civilización europea» contra la «barbarie indígena», que se actualizará en el siglo XX como el enfrentamiento a muerte entre «civilización occidental y católica» contra la subversión de los valores «eternos» representados por el primer polo, y llevada a cabo por el marxismo y por la izquierda en un sentido amplio –mito que llega hasta nuestros días, reactualizado por la burda ideología mileísta, que pretende ampliar el alcance del concepto «izquierda» hasta límites irrisorios, para llegar a abarcar a derechas apenas un poco menos extremistas que la delirante ideología del gobierno libertariano y liberticida–.

“¿Cómo se cuenta el espanto?”, se pregunta el profesor Gómez, allá por el 2001 –si el cálculo no me falla–, a sus ochenta y tantos años. En el frío invierno de 1977 han sucedido los acontecimientos que busca exorcizar mediante palabras. Porque de demonios versa el asunto, de esos que desde el exterior se apoderan de uno y parecen no querer largarnos. Pero, ¿para qué sirven las palabras? “Para nombrar lo innombrable, reflexiona. Nos esforzamos por encontrar las palabras certeras para explicar lo que más nos lastima, como si nombrándolo se pudiera atenuar el sufrimiento. En el afán de nombrarlo, nos distraemos del dolor”. Insignificante papel el de la literatura, reducida aquí a mera distracción. Empero, se transformarán luego portadoras de un testimonio y, en última instancia, de denuncia.

“Del terror, voy a hablar. Del terror y de la pobreza”, dice Gómez. Del terrorismo de Estado, pero también de las complicidades civiles, aquella ignominia generalizada sin la cual los señores de la muerte no hubieran llegado a ser lo que fueron. Y se trata –creo que ya se ha comprendido– de una pobreza que va más allá de lo material. El mismo Saccomanno lo especifica: “la complicidad civil (…) es el eje de esta novela”5.

Cuando el terror se vuelve cotidiano, cuando se naturaliza hasta el punto en que el recurso a la razón y a la acción racional parece vedado, lo sobrenatural se abre paso. “¿Cómo entrar en este período? –reflexiona el autor de la novela–. Porque a mí me parece que, en los momentos de mayor terror, en la desesperación, el terror te paraliza, te anula, te destruye. Ahí es donde entra a funcionar el pensamiento mágico”.6

“Pero a quién rezarle cuando Dios da su bendición a los ricos” –ahora es el personaje el que habla–. Y cuando los curas de los pobres son perseguidos o fusilados. “Dios, si alguna vez pudo existir, había muerto. Más valía pedirle socorro a los charlatanes que la iban de milagreros.” Se entiende, a los otros charlatanes.

“La mía era una condición privilegiada: la de un turista en un campo de concentración”. Profesor de literatura inglesa, peronista, homosexual, de extracción popular (“cabecita negra”), intelectual cultivador de un “marxismo a la criolla”, amante de un policía y servicio de tareas, colaborador ocasional de “subversivos”, testigo privilegiado del horror, replegado en su soledad, pero necesitado de compañía, Gómez encarna una serie de contradicciones históricas que lo desgarran internamente. La desesperación lo lleva a visitar a un mentalista, Lutz, quien no le revela nada que no sepa: “está jodido”, “usted tiene la muerte en el alma”.

Gómez está enseñando a sus alumnos el Facundo de Sarmiento, libro fundacional de esa tradición política tan argentina que consiste en imponer a la fuerza el «liberalismo» y el «republicanismo» –según afirman–, sin economizar sangre de gauchos, indios, trabajadores, estudiantes… La «civilización» contra la «barbarie»: fin tan noble que justifica cualquier medio, incluso el genocidio, tanto ayer como hoy.

“Y yo, un cabecita negra, nacional y popular, mientras hacía una lectura revisionista del Facundo, me preguntaba sobre la naturaleza de mi deseo. Por qué desear un efebito rubio [se refiere a su alumno Esteban] si descendía de los malones. En qué me diferenciaba del autor de ese libro tan violento [El Facundo] como mi deseo. El cabecita negra que desea lo rubio. Una vez más, en nombre de la belleza, traicionaba mis orígenes, mis recuerdos de provincia, una tienda perdida en el sur desierto de la costa patagónica, una madre soltera.

Con la tiza todavía en la mano, me volví hacia la clase. Cuál es la sombra terrible que inspira el ensayo, pregunté.

Sombra terrible de Juan Domingo, voy a evocarte, dijo Esteban.”7

Juan Domingo Perón –pero también el peronismo y la clase obrera combativa– es a los ideólogos de la dictadura lo que Facundo Quiroga era para Domingo Faustino Sarmiento: la «barbarie» a exterminar para dar lugar a la «civilización» –«occidental y cristiana» agregarán sus epígonos–. Después de aquellas palabras de Esteban, un grupo de tarea irrumpe en el aula, secuestran y finalmente “desaparecen” al joven. Los herederos de Sarmiento intentando en la praxis –inútilmente– refutar al maestro –precursor ilustrado del vandalismo callejero–, quien allá por 1840 habría inmortalizado en una pared la frase de Fortoul «on ne tue point les idées«8, que libremente traduciría en su libro más importante como “a los hombres se degüella; a las ideas, no”9.

Esta segunda generación de genocidas argentinos –herederos de los ideólogos y perpetradores de la eliminación de los pueblos originarios– buscaban erradicar las ideas de izquierda, mediante el mismo procedimiento desaconsejado por el mayor ideólogo de la primera: la desaparición física de sus portadores. Pero claro, como ya había advertido el sanjuanino, las ideas no morirían, y hasta nosotros han llegado. Y así como los autopercibidos «civilizados europeos» desplegaron la barbarie contra quienes denominaban «bárbaros indígenas», los «caballeros» –parafraseando a Borges– de las tres armas implementaron el terrorismo de Estado contra los jóvenes «terroristas». En 77 se puede leer una de las tantas declaraciones de Videla para justificar la matanza: “Un terrorista no es solamente alguien con un revolver o con una bomba, sino también cualquiera que difunda ideas contrarias a la civilización occidental y cristiana”. Y contra el «terrorismo», ya se sabe, todo está permitido. Las operaciones retóricas, y el recurso a los tropos, se imponen por sí mismos. Podemos pensar en la antífrasis: llamar «civilización» al terrorismo de Estado y a toda violencia estatal; también en el oxímoron: la civilizada barbarie; en la paradoja: la civilización que es la verdadera barbarie; en la ironia: qué bárbaros estos civilizados…

77 habla de la historia argentina, pero también habla de la literatura (“metaliteratura”, dirán algunos). La literatura argentina, a su vez, habla de la historia del país, pero a la vez incide sobre ella. La interpretación en clave ideológica de la realidad actúa sobre ésta última y la configura. Y la historia, con sus dimensiones políticas y económicas, determina –no de forma mecánica, claro está– a la literatura. La circularidad es patente. Mito e historia son hilos de una misma trama. Lo que no significa, de ninguna manera, –vade retro, relativismo posmoderno– que no puedan desenlazarse o que sean lo mismo; lo que no impide que se puedan aislar de forma analítica, que es lo que de hecho hacen los historiadores serios. No es sólo que la realidad está en la ficción, sino que la ficción está en la realidad, como expresó Ricardo Piglia10, que es, en última instancia, el problema de la ideología. La historia y la ficción, como vemos, se entrelazan en la novela, pero porque ese entrelazamiento ya existe en la realidad.

Otro texto fundamental de la literatura argentina que jalona la novela de Saccomanno es el cuento El matadero (circa 1840), de Esteban Echeverría, en el que el sacrificio de animales deviene un símbolo de la violencia política y social del país. Anterior al Facundo (1845), este relato pone en juego la misma lógica binaria que Sarmiento lleva a su apoteosis y eleva a una suerte paradigma interpretativo de la política nacional: los «bárbaros» federales, principalmente la plebe, que se pelea en el matadero por un trozo de carne, y a la que presenta como fea, sucia y mal educada, contra los «civilizados» unitarios. Gómez reflexiona que la conservación a lo largo de los años del color rosado de la Casa de Gobierno argentina –que debería ese tono a la sangre vacuna con la que se habría pintado en sus orígenes– “era más que una metáfora del matadero que siempre había sido nuestro país”. Y cuando recuerda la masacre de Ezeiza –en el que la derecha peronista disparó contra la izquierda peronista, dejando un saldo de más de una decena de muertos y algunos centenares de heridos, durante el regreso de Perón del exilio–, leemos:

“Hay francotiradores de la derecha en los árboles. Desde abajo, los guerrilleros responden los tiros. Los manifestantes quedan en medio del fuego cruzado. Los zurdos que caen prisioneros de la derecha son torturados en el hotel del aeropuerto. El matadero. El Viejo [Perón] no puede ignorar que su mayordomo, el Brujo [López Rega, Ministro de Bienestar Social], está escribiendo un ensayito titulado La Vaca, una continuación esotérica de El matadero de Echeverría.”

La perversa relación que la literatura canónica y la política han tenido en la Argentina son tema de reflexión recurrente para Gómez, alter ego de Saccomanno, que rinde cuentas con los escritores consagrados de su época:

“En un país como el nuestro, los escritores no podían agruparse bajo otro nombre que no fuera el del autor de los 20 días de Sodoma. Entre la humorada y lo siniestro, a la Sociedad Argentina de Escritores se la llamó la Sade, feminizando al Divino Marqués. En el país campo de concentración, la Sade juntaba a los gorilas mediocres que respaldaban golpes militares y persecuciones de obreros.

Un año antes, me acuerdo, cuando fue el golpe, el presidente de la Sade, Ratti, junto con Borges, Sabato y el cura Castellani aceptaron una invitación a almorzar del dictador Videla. El único que se animó en la comida a mencionar a Haroldo Conti entre los tantos escritores desaparecidos, me acuerdo, fue el cura Castellani. Al salir del almuerzo, los esperaba la prensa. Borges y Sabato, me acuerdo, se deshicieron en elogios al dictador. Un caballero, les había parecido. Un año más tarde, en el que transcurren los hechos que estoy contando, desaparecerían Walsh y Oesterheld. Walsh, antes de tirotearse con un grupo de tareas, había perdido una hija en combate y su nieta había sido llevada por el ejército. Más cruento todavía el caso de Oesterheld: cuatro hijas y sus compañeros, asesinados, sus nietos secuestrados. En tanto Victoria Ocampo ingresaba soberbia en la Academia Argentina de Letras con un presunto discurso feminista que ignoraba a las madres que pedían por sus hijos frente a la Casa Rosada. Me acuerdo, sí.” Ni olvido, ni perdón.

Otro escritor ignominioso, esta vez de ficción, aparece en la novela. Su historia un tanto patética –en los dos sentidos del término– tiene algo de simbólico. Gabriel de Franco ha escrito un libro que presenta en la Sade: “De Franco no podía haber caído más bajo”. Sus versos triviales, insulsos, llenos de lugares comunes –Flor de piba es el título de uno de sus libros– han sido inspirados por su relación con una alumna, Azucena –repárese en el hecho de que su nombre es también el nombre de una flor–. La amante se casa con un tal Pedro y tiene un hijo al que llama Gabriel, como su antiguo amante y profesor. El hijo cae víctima de la represión y desaparece. El padre se pega un tiro, pero termina en una silla de ruedas. El poeta retoma la relación con su antigua alumna, con el impotente Pedro como testigo. La victoria –que se develará pírrica– del escritor se construye sobre la tragedia de la familia.

Hay otros personajes significativos, los jóvenes de organizaciones armadas que caen víctimas del terrorismo de Estado, y que movilizan a Gómez a tomar partido: Martín, Mara/Marta, Diana/Lili. Y están los cómplices, personajes grises, que representan a la sociedad civil que aplaudió entusiastas a los militares, y después escondió las manos: el portero Ramón, que, además de haber denunciado a uno de los vecinos de Gómez, un «subversivo», mata a golpes a su hijo por haberse travestido. Raimundi, el profesor de anatomía, colega de Gómez, que participaba como médico en las sesiones de tortura. Bodhi, un muchacho esotérico y partidario de las «ciencias ocultas», que termina como skin head, vendiendo literatura nazi en una plaza de Buenos Aires. Lutz, el mentalista, que se convierte en líder de una secta, cuyos rituales incluyen prácticas sexuales con menores y decapitación. El ejercicio pretendidamente despolitizado y amoral de la ciencia, pero al servicio de los crímenes de Estado, por un lado; la espiritualidad new age y las pseudociencias, supuestas prácticas inofensivas, pero claros elementos de evasión y de mala fe –en sentido sartreano–, con sus ominosas derivas políticas, por el otro –¿cómo olvidar aquí al astrólogo y líder de la Triple A, José López Rega? ¿Cómo olvidar a los personajes de Arlt, que la novela misma, además, rescata?– Se trata de personajes menores de la novela que recrean una época, los setenta en la Argentina, pero que también podrían formar parte de la nuestra, y de todas las épocas. Están los que apuestan a lo colectivo, que a veces obran bien y otras veces se equivocan, pero que de todas maneras aspiran a un objetivo más encomiable que cualquier proyecto de enriquecimiento personal. Están también los dueños de todo, que operan en las sombras. Y los que hacen el trabajo sucio por ellos, los que cobran un sueldo por ensuciarse las manos con sangre ajena. Y, finalmente, una enorme masa de individuos grises que son arrastrados por la corriente de aquí para allá, que un día pueden tener un gesto solidario hacia un desconocido, y otro día pueden denunciar a un vecino para que termine en una cama de metal picaneado hasta la muerte.

Sabemos que Gómez está escribiendo un “ensayito sobre la ausencia”, que finalmente perderá. Adivinamos que por sus páginas podrían pasar una serie de figuras de la ausencia, analizadas bajo la lupa de la reflexión filosófica: desde la falta del cuerpo deseado de otro, pasando por la pérdida de un gran amor, la muerte de familiares y amigos, hasta la que sea quizás la más terrible de todas las ausencias, la desaparición de un hijo. El ejercicio de la desaparición de personas orquestada desde la maquinaria todopoderosa de un Estado, que utiliza para ello al Ejército, la Armada, la Fuerza aérea, las policías locales y demás fuerzas represivas; que ejerce el terrorismo con el auxilio del Poder Judicial, la Iglesia católica y la sociedad civil, con vecinos que denuncian, médicos que ponen su saber al servicio de la crueldad, para intensificar el sufrimiento y hacer las torturas más efectivas, sacerdotes que entregan a sus fieles o bendicen el suplicio ajeno… No se me ocurre forma más ominosa del horror: el terrorismo de Estado como subgénero del terror, o mejor aún, como su versión más depurada y más inquietante. La historia argentina como una página de terror dentro de la historia universal de la literatura…

Y a propósito de los desaparecidos, Saccomanno recurre a la literatura, como tantas veces, para echar luz sobre la realidad: “La pata del mono, ese cuento de Jacobs. Un fakir, un santón, quiso demostrar que el destino maneja la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele. El santón le ha otorgado un poder a una patita de mono momificada. Si se le piden tres deseos a la pata del mono, la pata los cumplirá. El talismán suele cumplir uno, dos deseos. Pero el tercero es siempre fatal. Un matrimonio ha perdido a su hijo en un accidente industrial, trozado por las máquinas de la fábrica en que trabajaba. El cadáver quedó prácticamente irreconocible. El cementerio donde yace el hijo muerto no queda lejos de la casa. Zona de viento y desolación, la madre le pide el tercer deseo a la pata del mono: que su hijo vuelva. En la noche, el marido oye golpes en la puerta, oye a su mujer abriendo y oye también su alarido. Nuestra realidad no era menos terrorífica que ese relato. La dictadura denominaba desaparecidos a sus víctimas. El prefijo des- sugería que, en el caso de ser encontrados, lo que esas madres iban a recibir eran aparecidos. Por más explicaciones y teorías psicológicas que se elucubraran para superar ese duelo, siempre serían fantasmas, siempre, fantasmas rondándolas como ellas rondaban la Plaza exigiendo una aparición a ese edificio rosado. Quizá el terror fuera el género más apto para contar nuestra historia patria.”


* * *


A pocos días de haberse conmemorado el 50 aniversario del golpe militar más sangriento de la historia argentina, conviene recordar lo que expresó Saccomanno, y actualizarlo al presente. El escritor dijo allá por 2008: “Macri representa el triunfo de la complicidad civil”. Cabe aclarar que, en aquel momento, el empresario Mauricio Macri era Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ocho años después llegaría a ser Presidente de la Nación. Pero yo iría más allá de Saccomanno: la presidencia de Macri en aquel momento, como la de la inefable marioneta de los poderes económicos concentrados en la Argentina actual, no pueden leerse más que como el triunfo de la clase empresaria que codirigió el golpe militar y diseñó su política económica, con uno de sus cuadros, José Alfredo Martínez de Hoz, en el Ministerio de Economía entre 1976 y 1981, con el fin de –en palabras de la historiadora de la dictadura Gabriela Águila– “recomponer el orden y la dominación social y política, erradicando a través del uso de la violencia la intensa movilización que había caracterizado al período precedente para dar paso a una sociedad disciplinada y desmovilizada, instaurar un orden político autoritario y estable tutelado por los militares, reorganizar el funcionamiento del Estado y reestructurar la economía en favor de las fracciones más concentradas del capital”11. A esa clase empresaria a la que representan Macri –por extracción social– y el ultraderechista Milei –por adopción pasajera e interesada–, que fue la verdadera beneficiaria (cui bono) del golpe militar, no le tembló la mano a la hora de ordenar y/o defender la tortura, el asesinato y la desaparición de personas, con el único objetivo de enriquecerse todavía más. Y no tengamos ninguna duda de que volverían a hacerlo si vieran otra vez peligrar sus privilegios. Esa misma clase empresaria, que hoy ejerce el poder en la Argentina, interposita persona, está continuando la tarea de la dictadura por otros medios, utilizando la cada vez más devaluada democracia argentina –“democracia de la derrota”, la llamó Alejandro Horowicz– para lograr sus objetivos pecuniarios, a costa de los derechos, el bienestar, la salud y la vida de la clase trabajadora. Los miembros de los tres poderes de la Argentina, salvo honrosas excepciones, no sólo traicionan sus promesas electorales o quebrantan sus juramentos, sino que violan sistemáticamente todos y cada uno de los principios republicanos que dicen hipócritamente defender: ni respetan la soberanía popular, ni representan efectivamente al pueblo, ni atienden a la división de poderes, ni actúan conforme a la constitución y las leyes, ni respetan el principio de igualdad ante la ley, ni defienden los bienes comunes, ni están en condiciones de responder por sus actos. Nada de eso, sino más bien lo contrario: gobiernan en favor de los grandes poderes concentrados de la economía, violan la Constitución Nacional y las leyes de manera recurrente y obscena, pocas veces vista en la historia argentina, rifan los bienes comunes, participan de hechos de corrupción escandalosos, empezando por la criptoestafa protagonizada por Javier Milei, el Presidente de la Nación, las coimas recibidas por su hermana Karina, Secretaria General de la Presidencia, el enriquecimiento ilícito del Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y un sinnúmero de delitos evidentes, sospechados y por descubrir.

Nicolás Torre Giménez


Notas
1 Guillermo Saccomanno, 77, Bs. As., Planeta, 2024.
2 Gabriela Águila, Historia de la última dictadura militar. Argentina, 1976-1983, Bs. As., Siglo XXI, 2026, p. 121.
3 Idem, p. 457. También puede consultarse: https://flacso.org.ar/wp-content/uploads/2017/03/Responsabilidad-empresarial-en-delitos-de-lesa-humanidad-I.pdf
4 https://www.laizquierdadiario.com/Por-que-el-Ford-Falcon-verde-fue-simbolo-de-la-dictadura
5 Citado en https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2976-2008-03-16.html
6 Citado en https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-2976-2008-03-16.html y en https://www.pagina12.com.ar/781722-reeditan-77-de-guillermo-saccomanno/
7 Con similares palabras, “sombra terrible de Facundo, voy a evocarte…”, comienza la introducción del Facundo sarmientino. Ver Domingo Faustino Sarmiento, Facundo. O civilización y barbarie en las pampas argentinas, Bs. As., Emecé, 2000, p. 25.
8 https://casanatalsarmiento.cultura.gob.ar/noticia/sarmiento-y-la-frase-inmortal-las-ideas-no-se-matan/
9 Domingo Faustino Sarmiento, op. cit., p. 24.
10 https://medium.com/@equivocos/borges-por-piglia-transcripci%C3%B3n-de-la-clase-1-f5bf82f0513d
11 Gabriela Águila, op. cit., pp. 222-223.

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domingo marzo 29, 2026