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Brulote Michael von der Schulenburg

Una puerta al infierno: cómo la guerra contra Irán perjudicará a Occidente

15 de marzo de 202629 de marzo de 2026
Kalewche

Detalle de una miniatura medieval persa hallada en un manuscrito de la epopeya Shahnameh, del poeta musulmán iraní Ferdousí, compuesta hacia el año 1000. Fuente: www.meisterdrucke.com

Habíamos prometido compartir en nuestra sección de geopolítica Brulote, cuando se despejara parcialmente la niebla propagandística de las primeras horas y fuera posible pensar con la cabeza más fría, un buen artículo de análisis y opinión sobre la guerra en el Golfo Pérsico –otra más– entre el belicoso tándem Israel-Estados Unidos y la numantina República Islámica de Irán. Un Irán que, a pesar de las numerosas sanciones económicas, presiones diplomáticas y agresiones militares que ha sufrido in crescendo durante largos años, se resiste a ser la «Venezuela de Medio Oriente»: entregar parte de su independencia real y de sus recursos naturales al hegemón imperial, a cambio de cierta paz o distensión en el frente externo (impedir bombardeos, levantar el bloqueo, reabrir mercados, normalizar las relaciones con Washington), y de la continuidad del régimen bolivariano sin Maduro en el plano interno (un pequeño «ajuste de régimen» para evitar un cambio de régimen a fondo, en palabras de Korybko).
Claro que también hay semejanzas entre Irán y Venezuela. Ambos países del Sur Global poseen un gran valor geoestratégico asociado a sus abundantes y tentadoras reservas de hidrocarburos, y han sido acusados ad nauseam de conculcar las libertades democráticas y los derechos humanos, algo que no molesta en lo más mínimo (el manido e hipócrita doble rasero del Occidente liberal «civilizado») cuando otros Estados lo hacen en igual –o incluso mayor– medida, como la despótica Arabia Saudita del rey Salmán bin Abdulaziz o el El Salvador populista-draconiano de Bukele, vasallos lamebotas del Tío Sam. Los gobiernos de Irán y Venezuela, asimismo, han sido atacados y descabezados por medio del poder naval y aéreo, sin boots on the ground, sin invasión de una fuerza terrestre, aunque con métodos distintos de decapitación: magnicidio en Teherán este mes, secuestro en Caracas hace dos meses.
Pero está claro que Irán no es Venezuela, por múltiples razones: extensión territorial y ubicación geográfica, población y PBI, poderío militar y capacidad nuclear, vecindario y alianzas, cultura y cosmovisión, nivel de cohesión y patriotismo/antiimperialismo entre sus dirigentes políticos y mandos militares… Caracas parece haber claudicado ante Trump, mientras que Teherán ha elegido resistir y contraatacar.
Pues bien, encontramos muchos textos sobre la nueva guerra del Golfo, tanto en castellano como en otros idiomas (principalmente en inglés). Elegimos uno que tiene el interés adicional de no haber sido, hasta ahora, traducido a nuestra lengua: «Gateway to Hell: How the War Against Iran Will Harm the West», de Michael von der Schulenburg, publicado en In Depth News (IDN) hace pocos días. Von de Schulenburg es diputado del Parlamento Europeo y ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas, organización en la cual se desempeñó por más de treinta años, cumpliendo misiones de desarrollo y paz en diversos países de Asia, África y América Latina (Afganistán, Irán, Irak, Pakistán, Haití, Somalia, Siria y Sierra Leona). Ha publicado numerosos escritos acerca de temas relacionados con la guerra y la paz, las insurgencias y la reforma de la ONU.
Quienes deseen profundizar en el análisis de Michael von der Schulenburg sobre la actual escalada en la región de Medio Oriente y sus implicaciones geopolíticas y geoeconómicas a nivel global, pueden ver en YouTube la estupenda entrevista que le hizo el politólogo e historiador noruego Glenn Diesen para su programa The Greater Eurasia –atalaya cada vez más imprescindible– el jueves 12 de marzo. Si les cuesta seguir la conversación en inglés, pueden reproducir la versión castellana con doblaje automático generado por IA. El audio adolece de algunas imprecisiones y lagunas esporádicas, pero en general está muy bien.


En el mundo occidental actual, hay un número alarmante de políticos y medios de comunicación que justifican o incluso acogen con satisfacción la acción militar de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán. Impulsados por esa actitud moralista que tan bien conocemos, muchos creen que EE.UU. vuelve a defender el bien en la lucha contra el mal. Precisamente por eso es urgente hacer una pausa y reflexionar. Porque con esta guerra, EE.UU. e Israel están cometiendo un crimen de enormes proporciones, no solo contra Irán, sino, en última instancia, también contra ellos mismos y contra todos nosotros. Esta guerra podría haber abierto las puertas del infierno, y al final Occidente se erigirá como el perdedor.

Es probable que esta guerra sea larga y sangrienta.


Ecos de la guerra de Irak

Gran parte de esto recuerda al inicio de la guerra de Irak en 2003. También por aquel entonces, un presidente estadounidense estaba obsesionado con la idea de «liberar» a Irak de su dictador. En aquel entonces, George W. Bush también afirmó que el régimen poseía armas de destrucción masiva, de las que había que proteger al mundo. Y un servil primer ministro británico, Tony Blair, llegó incluso a declarar que Sadam Husein podría atacar Londres en quince minutos. Nada de eso era cierto.

Se suponía que la guerra terminaría rápidamente; apenas un mes después, Bush anunció: “misión cumplida”. Pero eso también resultó ser una ilusión. Irak se hundió en una brutal guerra civil, y de las ruinas del país surgió una de las organizaciones terroristas más peligrosas de nuestro tiempo: el llamado Estado Islámico. Muchos de los iraquíes que supuestamente iban a ser «liberados» pagaron con sus vidas y con la destrucción de su país. Las estimaciones hablan de hasta un millón de muertos, algunas incluso de dos o tres millones. Las consecuencias de esta guerra siguen pesando mucho sobre Irak hoy, veintitrés años después.

Debemos recordar todo esto, porque gran parte de ello parece estar repitiéndose ahora. Estados Unidos e Israel están librando actualmente una guerra contra Irán, justificándola con supuestas armas nucleares, sabiendo perfectamente que Irán no posee ninguna bomba nuclear y no está fabricando ninguna.

Una vez más, se dice que hay que “liberar” a los iraníes y, una vez más, todo debe hacerse rápidamente. Pero en Irán, las consecuencias de esta invasión podrían ser aún más devastadoras que en Irak. La población es el doble de numerosa, tiene un alto nivel educativo y, a pesar de las tensiones internas, el país es más estable en términos de organización. Cuenta con un Ejército más fuerte y su sistema político no se derrumbará con la eliminación de líderes concretos. Además, Irán es ahora miembro de los BRICS+ y cuenta con el apoyo –aunque no abiertamente– de Rusia y China.

Mientras que la administración Bush al menos afirmaba estar reconstruyendo Irak política y económicamente, las acciones de EE.UU. e Israel hoy en día están dirigidas exclusivamente a la devastación desde el aire. Esto, sin duda, no mejorará las posibilidades de que esta invasión tenga éxito.


¿Podría perder Occidente?

¿Podrían Estados Unidos e Israel perder también esta guerra?

Contrariamente a lo anunciado por el presidente Trump, es poco probable que este conflicto termine pronto. Por el contrario, hay muchos indicios de que nos enfrentamos a una guerra larga, extremadamente sangrienta y costosa, una conflagración que EE.UU. e Israel podrían perder tanto en el plano militar como en el político y el moral. Las consecuencias para todo Occidente serían considerables.

El resultado de esta guerra podría decidirse menos en el campo de batalla que por los acontecimientos políticos internos en Irán, EE.UU., Israel y los países árabes vecinos. En este sentido, EE.UU. e Israel parecen estar en desventaja. Su estrategia –si es que se puede hablar de una estrategia clara– se basa en un “ataque de decapitación”. La esperanza era que la rápida eliminación de los líderes iraníes provocara levantamientos masivos en Irán y que parte de las fuerzas armadas se pasara al bando de los insurgentes, provocando el colapso de la República Islámica. Aunque el ataque de decapitación parece haber tenido éxito [el líder supremo Alí Jamenei y varios jerarcas del aparato militar-securitario fueron asesinados], hasta ahora no se ha producido ni una rebelión popular ni una sublevación militar, a pesar de los repetidos llamamientos de Trump. Ya han transcurrido varios días de la guerra, y los dirigentes iraníes han absorbido este golpe notablemente bien. No hay informes sobre tensiones entre los numerosos centros de poder en Irán. Con cada jornada que pasa, disminuye la probabilidad de una revuelta interna y una asonada militar. Esto significaría que la estrategia estadounidense-israelí ha fracasado.


Riesgos políticos para EE.UU. e Israel

La guerra es extremadamente impopular en Estados Unidos, especialmente entre los votantes de Trump [muchos del movimiento de masas MAGA] que confiaron en su promesa de no iniciar nuevas guerras. Con cada nueva noticia sobre la destrucción, sobre las víctimas civiles –incluidas las 160 colegialas asesinadas– y los soldados estadounidenses caídos, la resistencia política interna irá en aumento. A esto se suma el peligro de una ruptura política entre EE.UU. e Israel, cuyos intereses en este conflicto están muy alejados. Israel ya está perdiendo apoyo en EE.UU., incluso entre los grupos evangélicos del Bible Belt [los estados sureños e interiores del «Cinturón Bíblico», baluartes del cristianismo protestante más conservador y sionista, como Texas, donde el mesianismo apocalíptico y la teología dispensacionalista están muy arraigadas entre los pastores y fieles, incluso, paradójicamente, entre aquellos que son racistas antisemitas]. El fuerte aumento de los precios de la energía como consecuencia del bloqueo del estrecho de Ormuz está empañando aún más el ambiente. Trump se enfrenta a las elecciones de medio término en noviembre. Si no logra poner fin a la guerra rápidamente con una victoria, los comicios podrían ser desastrosos para él. El tiempo se le está acabando, mientras que a Irán le favorece. Por lo tanto, no es de extrañar que Trump haya planteado ahora, en varias ocasiones, la posibilidad de nuevas negociaciones con Teherán. Pero es poco probable que Teherán responda.

También podría estar produciéndose un replanteamiento en los países árabes del Golfo Pérsico [las petromonarquías e Irak, mayormente sunitas a diferencia de Irán, nación islámica pero chiita], que están densamente salpicados de bases militares estadounidenses. Irán no solo está atacando las bases norteamericanas allí, sino que cada vez más ataca también objetivos de los Estados del Golfo propiamente dichos [sus infraestructuras energéticas, por ejemplo]. Con drones sencillos y baratos, Teherán está obligando a Washington y sus socios a desplegar defensas antimisiles caras y difíciles de reemplazar. Por lo tanto, es probable que muchos países del Golfo se pregunten hasta qué punto son realmente fiables las garantías de seguridad estadounidenses, sobre todo porque EE.UU. ha sido incapaz hasta ahora de contrarrestar los ataques iraníes.

Para Israel, surge la pregunta de cuánto tiempo podrá resistir ataques misilísticos más intensos por parte de Teherán. Los misiles iraníes ya están logrando atravesar los sistemas Cúpula de Hierro, Honda de David y Arrow II & III. La situación podría agravarse todavía más. Israel se ha expuesto a un riesgo enorme con esta guerra. No ha sido capaz de ganar de forma decisiva ninguno de sus conflictos recientes: ni en Gaza, ni en Cisjordania, ni en Siria, ni contra Hezbolá en el Líbano o los huzíes en Yemen [el llamado Eje de la Resistencia, diversos regímenes y milicias de Medio Oriente aliados con Teherán, aunque no siempre chiitas, como ilustra el caso de Hamás en los territorios palestinos]. Una derrota en la guerra contra Irán podría, por tanto, plantear al Estado de Israel retos existenciales sin precedentes.


Daño para Occidente

La guerra contra Irán está causando graves daños a Occidente.

La conflagración comenzó el 28 de febrero con una crueldad difícil de superar. Incluso mientras aún se estaban llevando a cabo negociaciones promisorias –y en contra de todas las normas internacionales– Israel asesinó, en un masivo ataque sorpresa con misiles, a gran parte de los líderes iraníes, incluidos el líder religioso y estatal e integrantes de su familia, en su residencia. Las imágenes mostradas por Al Jazeera revelan solo restos pulverizados de paredes. La intención era claramente asegurarse de que nadie se salvara. Describir el ataque como un “golpe de decapitación” es, en sí mismo, prueba de una profunda degradación moral. El hecho de que los gobiernos europeos también guarden silencio sobre esta acción pesará mucho sobre todo Occidente durante mucho tiempo.

Sin embargo, los negociadores iraníes habían hecho concesiones importantes en Ginebra el 26 de febrero. Un alto funcionario del gobierno estadounidense confirmó a la revista Axios que se habían logrado avances considerables. El canciller de Omán, que actuó como mediador, también habló de un gran progreso. El 27 de febrero, el presidente Trump declaró que prefería una solución diplomática a la guerra. Sin embargo, para entonces, la decisión de atacar al día siguiente ya debía de haberse tomado. ¿Acaso fue así, como sospechaban muchos observadores, que EE.UU. e Israel solo fingían negociar para adormecer al gobierno iraní en una falsa sensación de seguridad? Tal maniobra constituiría una ruptura de confianza sin precedentes en el mundo moderno.

Esta guerra no solo ha destruido la confianza en la sinceridad de Occidente. También ha acabado por destruir el derecho internacional basado en la Carta de las Naciones Unidas, la normativa que el propio Occidente creó en su tiempo [al término de la Segunda Guerra Mundial].

Las relaciones con la Carta de la ONU siempre han sido tensas, especialmente en Israel y Estados Unidos. Pero la violación relacionada con el ataque a Irán [la operación Furia Épica o León Rugiente] no tiene precedentes. Mientras que el presidente George W. Bush aún intentó –aunque en vano– obtener un mandato del Consejo de Seguridad para la guerra de Irak en 2003, el presidente Trump no consultó a nadie, ni siquiera a su propio Congreso. Al hacerlo, ha abierto de par en par las puertas a un orden mundial basado únicamente en la ley del más fuerte. El hecho de que todo esto esté ocurriendo sin que se oiga ninguna protesta en el mundo occidental dice mucho acerca del estado intelectual y moral de nuestras sociedades.

La guerra también socavará todos los esfuerzos por frenar la proliferación de armas nucleares. Aunque EE.UU. e Israel afirman que esta guerra tiene como objetivo impedir la proliferación de armas nucleares, es probable que consigan exactamente lo contrario. Sus acciones reforzarán la convicción en muchos países de que solo la posesión de armas nucleares puede proteger contra este tipo de ataques [la tranquilidad securitaria de Corea del Norte, poseedora a título disuasorio de medio centenar de ojivas, constituye un ejemplo más que elocuente]. Los EE.UU. y el Estado de Israel –ambos potencias nucleares– solo pudieron atacar a Irán porque este no contaba con armas de destrucción masiva ni estaba a punto de desarrollarlas. Si Irán las tuviera, lo más probable es que esta guerra nunca hubiera ocurrido.

¿Y qué significa todo esto para nosotros, los europeos? Una vez más, somos incapaces de encontrar las palabras adecuadas y la actitud correcta. Al igual que en la guerra perdida en Ucrania, estamos adoptando la misma retórica belicista y las mismas amenazas vacías, sin ninguna influencia propia. Pero mucho después de que los estadounidenses crucen el Atlántico para ponerse a salvo, nos quedaremos sentados sobre las ruinas y los enormes costos de una guerra perdida en Irán. Europa podría acabar pagando no solo las consecuencias de una conflagración perdida en Ucrania, sino también, pronto, las de una guerra perdida en Irán.

Muchos políticos estadounidenses lamentaron en su día haber entrado en guerra contra Irak. Pronto lamentaremos todos la actual guerra con Irán como un error garrafal. Pero para entonces, ya será demasiado tarde. El daño ya estará hecho.

Michael von der Schulenburg

Etiquetado en: Estados Unidos Golfo Pérsico imperialismo Irán Israel Medio Oriente petromonarquías sionismo

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