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Moreno Pasquinelli Nautilus Nuevo2

El cibercapitalismo y las tres variantes de la tecnocracia

6 de septiembre de 20266 de septiembre de 2026
Kalewche

Detalle de una ilustración digital intervenida © iStock / iLexx. Fuente: https://www.spektrum.de

El siguiente artículo fue publicado en Sollevazione en marzo de este año. Su autor, Moreno Pasquinelli, es un activista y teórico político italiano, nacido en Spoleto en 1956, con una larga trayectoria en la izquierda radical y el antimperialismo, y más recientemente figura del movimiento Fronte del Dissenso. Junto con el ensayo de Ariel Petruccelli, “¿Cómo orientarse en la niebla de la IA? Un esbozo cartográfico y una brújula ecomunista” y las charlas de Ramón López de Mántaras, forma parte del bloque temático sobre inteligencia artificial.


Lo que nos distingue, aquello de lo que no se puede prescindir

El Frente de la Disidencia1 parece ser el único movimiento político que ha señalado como ineludible comprender el enorme alcance social de la “revolución tecnológica” en curso, y que ha considerado políticamente esencial la lucha contra la ideología que esta encarna: el transhumanismo.

El cibercapitalismo es el sistema social que está tomando forma gracias a la combinación de la Cuarta Revolución Industrial (caracterizada por la estrecha correlación entre las esferas física, digital y biológica) y la visión del mundo mecanicista y poshumana. Su llegada no solo implica el nacimiento de un nuevo sistema social –al que corresponderán nuevas superestructuras políticas e institucionales–, sino que conlleva profundos cambios y vuelcos en el plano antropológico. Si el capitalismo ha transformado al ser humano en una mercancía, en una cosa entre las cosas, arrodillado (auri sacra fames) a los pies del más maldito de los fetiches, el dinero –el dinero no solo como medio, sino como símbolo de una riqueza material que se acumula a expensas de la esfera espiritual, cultural e intelectual del ser humano–; el cibercapitalismo llevará los fenómenos de la cosificación y la alienación a sus límites más extremos y autodestructivos, de ahí el inevitable agravamiento, en formas sin duda inéditas, de las contradicciones sociales.

Al inicio de nuestra investigación sobre el transhumanismo2, hemos dado la palabra a los artífices del salto cibercapitalista que se está produciendo, para comprender bien el mundo al que quieren llevarnos:

“Es hora de preguntarnos si un cuerpo de bípedos que respiran, con visión binocular y un cerebro de 1400 cc, es una forma biológica adecuada” (Manfred E. Clynes, Nathan S. Kline). “El salto tecnológico basado en la interacción entre la genética, la nanotecnología y la robótica permitirá, ya a partir de 2030, la existencia de individuos híbridos que trascenderán nuestras raíces biológicas” (Ray Kurzweil). “Todo esto requiere que la vida se someta a una última actualización a Vida 3.0, capaz de diseñar no solo su propio software, sino también su propio hardware. En otras palabras, Vida 3.0 es dueña de su propio destino, por fin totalmente libre de las limitaciones de la evolución” (Max Tegmark). “Los poshumanos estarán libres de enfermedades, del envejecimiento y de la inevitabilidad de la muerte” (Max More). “Por supuesto que las máquinas pueden pensar; nosotros podemos pensar y somos máquinas de carne” (Marvin Minsky). “El futuro es tan brillante que tengo que llevar gafas de sol… Los humanos deben convertirse en cíborgs si quieren seguir siendo relevantes en un futuro dominado por la inteligencia artificial” (Elon Musk). “Si queremos vivir en el paraíso, tendremos que diseñarlo nosotros mismos. Si queremos la vida eterna, entonces tendremos que reescribir nuestro código genético, lleno de errores, y convertirnos en algo parecido a un dios” (David Pearce).

El Frente de la Disidencia ha planteado y descrito la única visión del mundo posible para hacer frente al monstruo del transhumanismo: un humanismo nuevo y revolucionario3 que encuentra precisamente en la naturaleza del ser humano el arma esencial para fundar un orden social liberado de las cadenas de la injusticia, la explotación y la alienación.

Seremos más claros: si las ideas de bien, justicia, fraternidad, piedad y amor no fueran innatas en el ser humano; si, por lo tanto, fuera cierta su antítesis según la cual “el hombre es un lobo para el hombre”; entonces cualquier proyecto que se proponga como fin un orden social y político justo sería una quimera, una idea descabellada carente de fundamento verdadero.

Se nos pide que seamos más explícitos, que demos forma y nombre al sistema social que, por fin, elimine las causas de las injusticias y los antagonismos sociales. No daremos –porque no existe– una respuesta unívoca, monosémica. En el siglo que dejamos atrás parecía que no se podía escapar al bipolarismo del capitalismo frente al socialismo. El socialismo –es decir, su versión estalinista con una economía vertical de mando– salió derrotado, y una de las causas de ese revés irrevocable fue que, a diferencia del capitalismo, ese modelo se mostró incapaz de reformarse, de autocorregirse, de adaptarse a las nuevas condiciones históricas, de asimilar y satisfacer las nuevas y multifacéticas necesidades sociales generadas por la modernidad. En pocas palabras, los socialismos reales no tuvieron capacidad autopoiética. El término “capitalismo” no se generalizó hasta mediados del siglo XIX, cuando el modo de producción capitalista había surgido, entre dolorosísimos dolores de parto, del seno de la sociedad feudal. Debemos preguntarnos: si los pueblos y las civilizaciones vencieran la lucha contra el cibercapitalismo, ¿qué forma social y política adoptarían? ¿Y qué pueblo abrirá el primer camino hacia la liberación? No lo sabemos; sabemos, sin embargo, que imaginar algo precede a darle un nombre; sabemos que, sea cual sea el nombre, surgirá en el fragor de la batalla; sabemos, por último, que esa cosa no podrá sino ser heredera de la gigantesca tradición del socialismo, el cual, a su vez, recogió y transformó el antiguo anhelo de los oprimidos hacia un mundo más justo.


La revolución digital: subversiva pero reaccionaria

Hay que plantearse una pregunta: ¿cuáles podrían ser las formas, los tipos ideales o los modelos de dominio político que se corresponderán con el inminente sistema cibercapitalista? ¿Qué hipótesis se están gestando en los círculos de la élite transhumanista occidental?

Es necesaria una premisa epistemológica. Sabemos que nunca ha existido un reflejo automático entre la estructura económica capitalista y su superestructura institucional y estatal. Una misma sustancia puede revestirse de diversas formas, que dependen de múltiples factores. Y se aplica el principio de codeterminación, es decir, la existencia de una correlación biunívoca entre lo determinante y lo determinado. La forma político-estatal que una determinada estructura económica tiende a adoptar –y que se ve necesariamente obligada a asumir so pena de sucumbir– resulta del encuentro entre causas objetivas que maduran espontáneamente (y que, por tanto, responden a causas necesarias) y la acción política de agentes teleológicos, es decir, de fuerzas intelectuales y sociales que se fijan unos fines. Por mucho que lo realizado pueda apartarse de lo imaginado, un orden político se convierte en acto porque existe primero en potencia, en estado latente, en la esfera del pensamiento.

Volviendo a las preguntas anteriores, parecen surgir tres modelos político-sistémicos principales. Todos ellos parten de un supuesto fundamental común: la última ola de la revolución tecnológica, sobre todo debido al impacto devastador de la última generación de inteligencia artificial, supone el fin definitivo del orden político democrático, tanto en su variante liberal como en la socialista. Los tres modelos ofrecen soluciones diferentes, pero responden, por tanto, a la misma pregunta: ¿cuál podrá y deberá ser un sistema político posdemocrático?

¿Por qué, según estos teóricos (y no solo según nosotros), la revolución tecnodigital supondría el fin de la democracia? Se basan en estudios empíricos sobre el impacto y los resultados que está generando, y que desmienten la ingenuidad (interesada) de aquellos a quienes podríamos definir como “tecnoilusionistas”. Para justificar la tesis de que las fulgurantes transformaciones tecnocientíficas en curso siguen la estela del progreso, los “tecnoilusionistas” establecen una analogía entre la difusión de la cultura de la prensa y la de los medios digitales, sosteniendo que las nuevas tecnologías, lejos de constituir una amenaza para la democracia y la participación de los ciudadanos en la vida política, preludian, por el contrario, la ansiada llegada de la democracia directa. Esta analogía no resiste el examen de los hechos.

Es un hecho demostrado que la imprenta tipográfica con tipos móviles fue decisiva en el advenimiento de la modernidad. Supuso un acelerador de la revolución cultural desencadenada por el Humanismo. Si la escritura fue determinante para potenciar las capacidades cognitivas humanas y para modificar la propia conciencia que el ser humano tiene de sí mismo, la difusión de la tecnología de la imprenta no solo permitió la alfabetización masiva, la circulación y la asimilación de contenidos complejos; sino que indujo transformaciones sociales, culturales, científicas y psicológicas que tuvieron efectos políticos de gran alcance, los cuales resultaron esenciales para la trayectoria hegemónica del capitalismo burgués.

Todos los estudios demuestran que las nuevas tecnologías digitales tienen una capacidad para condicionar y moldear las conciencias colectivas e individuales mucho más profunda que la que tuvo la prensa; sin embargo, su eficacia produce resultados opuestos, una “paideia” adversa: ponen en peligro la formación de ciudadanos dotados de espíritu crítico, de capacidad analítica y de discernimiento racional, comprometiendo así aquellas cualidades humanas que han representado, a pesar de sus límites, el sello distintivo del hombre moderno. De hecho, los estudios sobre el impacto de las tecnologías digitales integradas en los dispositivos inteligentes revelan un deterioro cognitivo generalizado, el colapso del umbral de atención y concentración, y la disminución de la capacidad de razonamiento y de asimilación de contenidos complejos. Nos encontramos ante el fenómeno de la atrofia de la capacidad de pensar, que se acentúa rápidamente con la dependencia de la inteligencia artificial –una entidad de naturaleza depredadora, que se alimenta saqueando los recursos del ser humano, el cual sufre, por tanto, un proceso de progresivo deterioro intelectual y espiritual–.

Si, por tanto, son infundadas las ilusiones de los “tecnoilusionistas”, es decir, los llamados “ciberhumanistas”, para quienes las tecnologías digitales no pueden sino mejorar tanto al ser humano como la calidad de vida y la democracia; lo cierto es entonces más bien lo contrario: que nos encontramos ante una auténtica contrarrevolución cultural, ante un fenómeno reaccionario y antropológicamente subversivo.

Volvamos, pues, a la pregunta inicial: “¿Cuáles podrían ser las formas, los tipos ideales o los modelos de dominio político que se corresponderán con el inminente sistema cibercapitalista? ¿Qué hipótesis están madurando en los círculos de la élite transhumanista occidental?”. Hay tres hipótesis, es decir, tres versiones diferentes de un sistema político tecnocrático.


El anarcocapitalismo

Está a la vista de todos el fenómeno del poder incontenible que han adquirido las multinacionales en las últimas décadas de globalización y libre mercado. Entre estas multinacionales, las “Big Tech”, es decir, aquellas que han impulsado y dirigido la revolución digital y cibernética, se sitúan en la cima de la pirámide. Hablamos, en primer lugar, de las estadounidenses, pero también hay chinas. Conocidas hace años como GAFAM y hoy como las “siete magníficas” –es decir, Nvidia, Microsoft, Apple, Alphabet-Google, Amazon, Meta, Tesla–, tienen un valor de mercado que en 2025 superó el PIB de toda la Unión Europea. Ya en 2022, empresas como Apple y Microsoft tenían una capitalización bursátil casi el doble del PIB italiano. Solo Nvidia, con sus cuatro billones de dólares de capitalización bursátil, tiene un valor que supera el PIB de países enteros.

Es fácil imaginar la extraordinaria fuerza de determinación e influencia que estas multinacionales ejercen sobre los gobiernos y los responsables políticos. De hecho, actúan como auténticas superpotencias apátridas, sometiendo a los Estados –incluidos los EE. UU.– a sus intereses. No es un aspecto secundario, sino todo lo contrario, que en la cúpula de casi todas estas multinacionales –por excelencia, Silicon Valley– haya transhumanistas convencidos, algunos de los cuales (véase Peter Thiel, de Palantir) se consideran incluso filósofos. Hace muy poco escribimos sobre este libertario reaccionario y sus vaticinios sobre la llegada del Anticristo4.

A la visión transhumanista del hombre y del mundo –es decir, al llamamiento a llevar el progreso tecnológico y científico más allá de cualquier límite–, Thiel añade una escatología mesiánica de claro carácter cristiano-sionista. A esta mezcla teórica tecno-mesianista, Thiel añade su ferviente anarcocapitalismo en el plano político, la idea de que el Estado debe ser eliminado para dar paso a una privatización integral de todas las funciones públicas (seguridad, justicia, sanidad, educación, investigación científica, transportes, etc.). En otras palabras, se trata de la tesis de que las grandes empresas multinacionales, con la ayuda de la capacidad de cálculo y predicción de la inteligencia artificial, deben tomar directamente las riendas del poder político y social, eludiendo toda intermediación y resolviendo de una vez por todas el conflicto entre democracia y mercado, aboliendo la primera y dejando solo el segundo.


Democracia en enjambre

Existe una versión que se hace pasar por “progresista” de un orden político cibercapitalista. Sus defensores, partiendo de la base de que no se puede –ni mucho menos se debe– dar marcha atrás en la sociedad mecatrónica totalmente informatizada, presentan su modelo como radicalmente democrático, e incluso respetuoso con el principio de la soberanía popular. El fundamento teórico es que el demos tal y como lo hemos concebido, vinculado a una comunidad y a un territorio físicos, ya ha pasado a mejor vida, sustituido por un demos virtual y cibernético global (universal). Dado que es en esta esfera virtual donde los individuos (incluidos sus avatares en el metaverso), a través de los dispositivos digitales, se manifiestan y expresan ideas, opiniones y necesidades, es precisamente en esta esfera donde surgirán las correspondientes configuraciones institucionales y las modalidades adecuadas para el ejercicio del poder político que respeten la “voluntad popular”. Los teóricos de esta concepción, en gran parte herederos de la izquierda liberal, sostienen que, gracias a Internet y a lo digital, habría una mayor participación directa de los ciudadanos, una mayor capacidad representativa y legitimidad popular, y menos atomización individualista –tesis sobre la participación de organismos sociales como las ONG, las partes interesadas, etc., que, como es bien sabido, ha sido adoptada por el Foro Económico Mundial–. No es casualidad que estos teóricos pongan como ejemplo virtuoso la “Operación Covid-19”, como un procedimiento que ha hecho realidad un sistema automatizado global “por el bien común”, en el que los recursos (la “vacuna”) se habrían distribuido de forma social y equitativa. Sin embargo, todos sabemos que, precisamente durante la pandemia, hemos asistido, a través de un golpe de Estado sanitario, a la puesta en marcha de un régimen tecnocrático total y totalitario.

El caso es que estos restos de la izquierda liberal no dudan en llamar a su modelo “democracia en enjambre”, imaginando que una sociedad plenamente tecnificada debe funcionar imitando el comportamiento colectivo de organismos naturales como las abejas, las hormigas o las bandadas de pájaros. Para ser precisos, el modelo de democracia en enjambre se concibe literalmente como una analogía con el paradigma tecnológico del sistema de inteligencia colectiva digital (Swarm Intelligence Digitale), según el cual un gran número de entidades simples, digitales o físicas (como robots o algoritmos), colaboran de forma descentralizada para resolver problemas complejos. Esta concepción se presenta como democrática, defensora de una democracia espontánea que surge desde abajo; en realidad, es una versión vertical de la tecnocracia, ya que serán los tecnócratas, gracias al big data y al pilotaje automático de la inteligencia artificial, quienes darán un propósito y una forma organizativa a la masa-enjambre.


La monarquía o el rey populista como decisor de última instancia

Frente a las dos versiones de régimen tecnocrático se alza la alternativa de los llamados “progresistas de derecha”. Estos no sólo aceptan como inexorable una sociedad dominada por la técnica, sino que combinan la versión anarcocapitalista con la de “enjambre”, defendiendo que la función de decisor de última instancia debe recaer en el ser humano. Pero si en un régimen algorítmico (cibercapitalismo) han desaparecido los ciudadanos con conciencia política y capaces de pensamiento crítico, si no tenemos ni demos ni democracia, ¿a quién corresponderá la decisión de última instancia respecto a las predicciones y las directrices proporcionadas por la inteligencia artificial? Suponiendo que se evite el temido advenimiento del dominio de la singularidad tecnológica, ¿quién establecerá entonces los objetivos políticos? En otras palabras, ¿a quién corresponderá el poder? Respuesta: a un ser humano capaz de juzgar, a un rey sabio, fortalecido por un vínculo carismático con sus súbditos, es decir, al monarca ilustrado pero absoluto, y, obviamente, legibus solutus [es decir, no sujeto a las leyes comunes por ser él mismo la fuente del derecho].


Conclusiones

Tal y como se sostiene en las Tesis sobre el Humanismo Revolucionario5, el cibercapitalismo consiste:

“en la despolitización total de la sociedad. En este sentido, actúa en un terreno ya labrado por medio siglo de globalización neoliberal y de pensamiento posmoderno, que han convertido en sentido común el fin de las visiones sistemáticas, el fin de la verdad, el fin de la historia y el fin de la revolución. El resultado tóxico es la creencia de que todo viene decidido de antemano por las fuerzas económicas y de que la política, si no es directamente inútil, estaría condenada a intervenir solo a posteriori, para proteger la autonomía y la supremacía de la esfera económica y del mercado. La meticulosa y obstinada labor de despolitización de los ciudadanos los ha convertido desde hace tiempo en súbditos, y si hay súbditos no hay vida democrática, sino solo una apariencia de ella. El proceso de despolitización ya ha superado el umbral más allá del cual la propia Polis ha dejado de existir, dando paso a una atomización desmesurada y sin sentido”.

Precisamente en esta tesis, partiendo de la premisa de que no hay esperanza sin una repolitización general de la vida, hemos intentado esbozar un modelo social posible que se oponga a las distintas variantes del cibercapitalismo. Hay quien considera que la “democracia social” que defendemos no representa una respuesta adecuada ni exhaustiva. Lo sabemos, sabemos que la montaña que debemos escalar es alta y escarpada. Otros nos han tachado de inmediato de utopistas. A ellos les respondemos que

“Para justificar su sistema de opresión social y presentarlo como algo eterno, los dominantes de todas las épocas y de todos los lugares, en nombre de un vulgar realismo, tachan de «utopía» cualquier idea de revolución social y política. En realidad, no habría habido ningún progreso si quienes nos precedieron no hubieran previsto ir más allá de la situación existente. Son muchas las «utopías» que al final se han hecho realidad, lo que confirma que «hay que querer lo imposible para que lo imposible suceda». No condenamos la utopía, sino el utopismo político”.

Moreno Pasquinelli

NOTAS

1 véase el manifiesto del Frente de la Disidencia en https://drive.google.com/file/d/1_bBPwsmQNakd2XIq6JEjpE0iBman6W1Q/view
2 https://www.sollevazione.it/2025/12/inchiesta-sullideologia-del-transumanesimo-di-moreno-pasquinelli.html
3 https://www.sollevazione.it/2025/04/per-un-umanesimo-rivoluzionario-di-fronte-del-dissenso.html
4 https://www.sollevazione.it/2026/03/peter-thiel-lanticristo-larmageddon.html
5 https://www.sollevazione.it/2025/04/per-un-umanesimo-rivoluzionario-di-fronte-del-dissenso.html

Etiquetado en: anarcocapitalismo ciberhumanismo democracia en enjambre Frente de la disidencia inteligencia artificial revolución digital tecnoilusionismo transhumanismo

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