Detalle de El caminante sobre el mar de niebla (1818) de Caspar David Friedrich, óleo sobre tela, Kunsthalle de Hamburgo, Alemania. Fuente: https://upload.wikimedia.org
Nuestro camarada Ariel Petruccelli nos envía un ensayo inédito en el que aborda críticamente el auge de la inteligencia artificial desde una perspectiva ecológica y comunista, en consonancia con su último libro Ecomunismo. Defender la vida: destruir el sistema. En la parte final de este texto, su autor nos ofrece una bibliografía imprescindible sobre el tema. Más allá de algunas diferencias puntuales, nos parece un texto muy valioso para el análisis del tema. En este mismo número de Kalewche publicamos un artículo de Moreno Pasquinelli, titulado “El cibercapitalismo y las tres variantes de la tecnocracia”, una nota de Diego Genoud, “Empleo en la era IA: el Sindicato Mundial de Trabajadores de Datos”, y dos charlas de Ramón López de Mántaras, cuya lectura y/o visionado recomendamos.
Para quien haya tenido una mínima interacción con la IA, aunque más no sea leer en línea algún texto sobre el tema, usar redes sociales o haber hecho alguna inocente consulta a un chat bot (vale decir, para la inmensa mayoría de la población del planeta), es prácticamente imposible que pase una semana sin que le llegue a sus dispositivos electrónicos vinculados a internet alguna noticia espectacular relacionada con las llamadas inteligencias artificiales. Desde el Papa a Bill Gates –pasando por Putin, Trump y Xi Jiping; Zuckerberg, Thiel o Altman– parece haber un consenso absoluto: nos hallamos ante lo más extraordinario entre lo extraordinario. Estaríamos a las puertas de trascender todas las limitaciones humanas y construir un mundo feliz de abundancia, ocio, diversión e incluso inmortalidad… o a punto de ser convertidos en esclavos de robots. A un paso de construir el paraíso en la tierra o de autodestruirnos. La “sigularidad” se anuncia como cosa inminente, aunque su advenimiento, al igual que el segundo advenimiento de Cristo, es pospuesto una y otra vez. La parousía de la religión de los datos (un término bastante atinado que tomo de Jaron Lanier) se prorroga en el tiempo como se prorrogó, y aún se sigue prorrogando, la segunda venida de Cristo. Pero la misma ansiedad que la inminencia del juicio final provocó hace dos milenios en las minúsculas comunidades cristianas, ahora parece hacer presa de buena parte de la población del planeta, que se siente a un tris de volverse inmortal o, mucho más habitualmente, de perder el empleo a manos de un chat bot. La IA puede ser vista como un producto angelical o satánico, como obra de Dios o del anticristo, pero siempre, siempre, como algo absolutamente sin precedentes y, desde luego, cuyo desarrollo no puede ser en verdad detenido, por mucho que el Papa diga que hay que detenerla.
¿Es posible hallar algo de orientación en esta maraña de discursos tan tremendistas como contradictorios? Se puede, al menos, hacer el intento, aunque la propia dinámica de la cultura contemporánea, a la que los algoritmos potencian pero en modo alguno han creado, nos obliga a ser cautelosos respecto al impacto popular que cabe esperar de cualquier análisis sobrio e informado. Estos no son buenos tiempos para la serena razón crítica. Son, por el contrario, tiempos dominados por una exaltada emocionalidad, motorizada a marcha forzada por la estructura de negocios de las empresas tecnológicas que controlan la “nube”, manipulan los algoritmos y cuyas ganancias dependen de la conquista de la atención de todas las personas, para lo que no dudan en generar sofisticados mecanismos de adicción.
Comencemos entonces por un aspecto fundamental. En el desarrollo de la IA se conjugan tres grandes dimensiones: la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas; el negocio (vale decir, la obtención de dividendos); y la puja geopolítica entre potencias. Pero cabría dejarlo bien claro de entrada: son los intereses comerciales los que llevan la delantera, los que orientan el desarrollo específico y los que deciden la configuración concreta y los usos principales de esta tecnología. Y son estos intereses comerciales de las grandes tecnológicas los que promueven todo tipo de discursos tremendistas, desde los más bobamente entusiastas hasta los más angustiosamente apocalípticos. Lo que hay detrás de estos gemelos contrapuestos es la lógica de la publicidad. Porque se sabe: cuando la publicidad –una vez superados sus ya lejanos balbuceantes orígenes– se convierte en una realidad omnipresente en la vida social, deja de haber cualquier significativa diferencia entre la buena y mala publicidad. Lo importante, lo único importante, es que se hable a toda hora del producto. Así, pues, el objetivo es crear la sensación de que la IA es una realidad indetenible que provocará consecuencias incomparables: elija usted si las prefiere o las imagina bondadosas o maliciosas. A los efectos prácticos es lo mismo: todo el mundo está hablando de la IA y consumiendo sus productos. El objetivo es que los inversores no disminuyan el flujo de fondos, que las empresas aceleran la incorporación de IA en sus operaciones y que los miles de millones de consumidores la empleen en su vida cotidiana aunque más no sea para hacer una consulta (que harían con menos costo energético y más rigor en Wikipedia). Mientras los beneficios económicos para los inversores son todavía más una promesa que una realidad, los perjuicios sociales son ya patentes. Entre los mismos cabe consignar el desarrollo de nuevas adicciones, la pérdida de capacidad intelectiva de la personas, casos tempranos de demencia, ansiedad asociada a las redes sociales, proliferación de noticias falsas, manipulación algorítmica de las campañas electorales, entre otros. Pero no importa: siga, siga. El objetivo es instalar la IA a tan gran escala en la vida social que los “costes se salida” sean sumamente grandes. No se trata de que la IA introduzca cambios irreversible en sí y de por sí. Esto no es así ya que esa tecnología no es autónoma ni lo será en ningún futuro previsible, por mucho que cada semana se anuncie que ya lo es: quienes entienden cómo funcionan los modelos de lenguaje saben perfectamente que estos discursos son o bien mentiras interesadas o bien sonseras que repiten entusiastas crédulos.
En síntesis: lo que buscan los magnates tecnológicos (secundados por las autoridades que gobiernan los Estados) es introducir la IA de tal manera y a tal escala que el efecto sea crear una situación irreversible o muy difícilmente reversible. Y esto tiene mucho más que ver con los intereses de las empresas y con la estructura social del capitalismo que con las características de los modelos de lenguaje o artefactos semejantes. Es un caso de manual de “profecía auto-cumplida”, pero en este caso respaldada por un flujo de dinero sin equivalente histórico.
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La ideología que da una pobre justificación a esta carrera demencial es el llamado “largoplacismo”, que en el fondo no es más que una burda y bastante pobre filosofía consecuencialista basada en la ciega fe en los beneficios que la IA conllevaría aunque más no sea en un futuro lejano: en nombre de ese futuro se puede sacrificar cualquier cosa en el presente, ya sea la salud mental de las personas, los empleos de los trabajadores, los recursos no renovables que no estarán disponibles para las generaciones venideras, los equilibrios naturales de los que depende la vida humana en la tierra y un largo etcétera.
Desde luego, lo que hace posible que las empresas tecnológicas difundan con tanta impunidad visiones tan aparentemente dispares (la IA tomará el control y nos esclavizará o extinguirá / la IA satisfará todas nuestras necesidades, tanto materiales como emocionales), y a la vez tan profundamente idénticas (pase lo que pase la IA dominará el mundo), reside en su sólida posición hegemónica dentro de la clase capitalista actual y, por supuesto, en la desorientación y la impotencia política de la clase trabajadora. Por el lado de los capitalistas, tanto los que miran esperanzados el desarrollo de la IA como quienes lo observan con temor, ante la duda, prefieren incorporar IA en sus empresas y, lo que es hasta el momento más importante, invertir en estas empresas con la promesa de las ganancias futuras. Y aquí aparece una cuestión clave. Hasta ahora estas empresas no arrojan ganancias apreciables. Sus ingresos dependen del flujo masivo de fondos con la expectativa de los beneficios futuros debidos a aumentos gigantescos en la productividad. Sin embargo, esos aumentos son de momento mucho menores de lo que proclama la propaganda, y mucho más locales que generales. Detrás de la IA puede haber, como no pocos analistas piensan, una gigantesca burbuja financiera, semejante aunque a una escala incomparablemente mayor a la burbuja de las puntocom en los años noventa.
Ante la perspectiva de que tras la IA se esconda una burbuja financiera, más que una tecnología maravillosa (aunque lógicamente podría ser ambas cosas), no faltan quienes anuncian el estallido de una crisis fenomenal, sin precedentes, cuando el globo estalle. Es una posibilidad. Pero habría que tener cuidado. La propia magnitud de las inversiones realizadas hace prever que las autoridades políticas (fuertemente maridadas con, dependientes de o, como mínimo, fuertemente influidas por las grandes empresas tecnológicas) emplearán todos los recursos para salvarlas. Por una lógica perversa, la misma dinámica económica delirante que hace crecer la burbuja de la IA favorece la protección política de los grandes especuladores disfrazados de filántropos o de innovadores. Al igual que los bancos durante la crisis del 2008, son demasiado grandes para caer. Aunque por su magnitud inicial y potencial la crisis del 2008 podría haber tenido consecuencias equivalentes a las de los años treinta, lo cierto es que sus consecuencias fueron mucho menores: todos los agentes públicos que regulan mal que bien el funcionamiento del capitalismo –desde la Reserva Federal de USA hasta el gobierno chino– actuaron de conjunto para que la sangre no llegara al río. Los costos de la crisis pudieron ser transferidos sin problemas –amortiguados por algunos atenuantes parciales, sobre todo en los países más ricos– a la clase trabajadora. La crisis económica generó disturbios aquí o allá, dio inicio a la llamada “primavera árabe”… y no mucho más. Nada comparable a las convulsiones de los años treinta. Y nada hace suponer que ante un eventual estallido de la burbuja de la IA el poder político capitalista –en todas su variantes ideológicas–, no intentará salir al rescate. Que la IA pueda generar una crisis del capitalismo sin precedentes es una posibilidad, pero en modo alguno algo seguro. Y aun cuando los aprendices de brujo no puedan desactivar la bomba y la misma estalle, lo que suceda tras la explosión depende de diversos factores: construir una sociedad mejor que el desquicio en que vivimos requiere de muchas cosas. El desplome de la sociedad del entretenimiento, la basura y la IA no traerá nada mejor por sí solo.
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Inteligencia Artificial, se dice. Y ya con ello nos hallamos en el reino del equívoco o la falsedad. Lo que los padres de lo que ahora se denomina IA buscaban en los años cincuenta era replicar los mismos mecanismos de la inteligencia humana sobre una base no biológica. Aun nos hallamos a años luz de eso. En lo que se pudo avanzar es en el procesamiento de imágenes o en el análisis masivo y veloz de datos. A eso es a lo que se ha llamado IA, en parte como subproducto de estrategias publicitarias. Como recuerda Jaron Lanier: “la IA es un cuento que elaboramos los informáticos para conseguir financiación en el pasado, cuando dependíamos de los fondos de las agencias gubernamentales”. Vale decir, no hay auténtica inteligencia (mucho menos conciencia) en la IA. Los más grandiosos sistemas de IA son émulos electrónicos del personaje borgeano del cuento “Funes el memorioso”, publicado en 1942. Y de ellos cabe decir exactamente lo mismo:
“Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. (…) Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
Efectivamente, hay en el IA cierta balbuceante grandeza (y multimillonarias inversiones). Pero también hay montañas de insensatez. Los grandes modelos de lenguaje fracasan estrepitosamente ante uno de los más célebres indicadores de inteligencia, aquél que permitió a la diosa considerar a Sócrates el más sabio de los hombres: la conciencia de la propia ignorancia.
Los diseñadores de Moxi, el robot que se empleó para explorar Marte, sabían perfectamente que la principal falencia de esa maravilla tecnológica era la incapacidad de captar y dimensionar cualquier novedad radical: podía detectar y seguir pistas de todo aquello que hubiera sido incorporado como digno de interés por sus creadores, pero pasaría completamente por alto, como carente de interés, cualquier cosa radicalmente nueva. Dicho crudamente: de toparse con un marciano seguiría de largo. No podría ver allí nada de interés. Los modelos de lenguaje son eficientes traductores de idiomas pero muy mediocres creadores de escritos (además de propensos a la reiteración, la homogeneización, la falacia, el error o la invención de referencias inexistentes). La IA puede ser un casi imbatible jugador de ajedrez, pero un muy regular programador. No hay duda, sin embargo, de que algunas actividades las realiza aceptablemente bien, y otras de manera excelente. Lo que no se tiene siempre en cuenta es el costo de todo esto. Y al hablar de costo no lo podemos reducir al costo económico: hay que incluir el energético (en una sociedad que se encamina hacia una dura crisis de las energías no renovables en las próximas décadas); el ecológico (enmarcado en una situación ya catastrófica); el social y el político.
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De momento, los costos económicos son difíciles de evaluar. Todavía estamos en el período en el que las inversiones manan a raudales, a la espera de dividendos de momento inciertos. Tampoco se puede saber a ciencia cierta cuál será el costo efectivo de los modelos de lenguaje para los usuarios. Se sabe sobradamente que cuando las empresas intentan instalar un producto no dudan en venderlo a pérdida. Cuando el producto está instalado y muchos usuarios ya no pueden continuar operando sin él o les resultaría sumamente costoso hacerlo, entonces los precios suben. Tampoco es sencillo medir el impacto de la IA en la productividad. Varía mucho de sector en sector y abundan los “estudios” maliciosamente sesgados, bien financiados por las empresas. En cualquier caso, de momento no se puede apreciar un impacto significativo y generalizado. Algunos de los estudios más exhaustivos prevén aumentos de productividad en torno al 0,5 / 0,6 % al año. Nada para deslumbrarse. El aumento de la productividad global en los últimos años ha sido bastante modesto, a pesar de la difusión masiva de la IA. Hasta ahora, el aumento de la productividad conseguido por su empleo se halla por debajo del obtenido por otras tecnologías en la historia del capitalismo. Conviene recordar que hace treinta o cuarenta años se hablaba a diario de la automatización, de los aumentos de productividad que conllevaría y de cómo la misma acabaría con millones de empleos. Simplemente, no sucedió. Los aumentos de productividad fueron reales pero pequeños, y aunque hubo empleos que se perdieron en diferentes sitios, ello se debió más a la relocalización de empresas que a la automatización. Con la IA, esa dinámica parece repetirse: de manera semejante a los incrementos de la productividad conseguidos por la automatización en los años noventa, sus logros son modestos. La razón de esto reside en los enormes costos y las fabulosas inversiones que requieren estas nuevas tecnologías. Los grandes modelos de lenguaje demandan incorporaciones cada vez más grandes de nuevos datos para conseguir mejoras decrecientes en su rendimiento. E incluso hay señales preocupantes: a medida que en la web hay más y más material producido por IA, las respuestas de la misma tienden a empeorar, al estar abastecida cada vez más por “basura” a la que no puede diferenciar con claridad de las investigaciones serias y bien hechas. Por supuesto, medir la productividad es una tarea endemoniadamente difícil. Pero hay un indicador relativamente sencillo y casi infalible: cuando la productividad crece de manera significativa la economía capitalista lo hace más o menos a la par, dando lugar a una época de alto crecimiento. Pero no es eso lo que se observa a nivel mundial, con una economía que sigue en una larga onda de crecimiento lento, a la que la IA no consigue revertir.
Los costos laborales de la IA son otro gran problema. En las oficinas de Silicon Valley hay trabajadores muy bien pagos con las más cuidadas condiciones laborales. Pero esta es una muy minoritaria élite. En las catacumbas de la IA pululan entre 150 y 425 millones de trabajadores dedicados a entrenar, corregir y supervisar a los grandes modelos de lenguaje por salarios de miseria, con contratos precarios y muchas veces con cláusulas de confidencialidad, prohibición de hablar de sus labores y presiones para que no formen sindicatos. La informalidad del sector, su alta movilidad y el contexto de superexplotación en el que se hallan estos trabajadores es lo que hace tan difícil establecer cuántos son. Pero incluso la cifra más baja es enorme. En cualquier caso, las estimaciones más sólidas plantean la existencia de unos 200 millones de trabajadores de datos. La Inteligencia artificial, después de todo, no es tan artificial. Los modelos de lenguaje dependen de sus entrenadores y supervisores humanos, que deben hacer un trabajo de Sísifo para lograr que la más potente de las IA consiga lo que cualquier niño comprende tras un par de interacciones. Basta haber visto dos o tres imágenes de un conejo para que un niño reconozca a un conejo. Las IA necesitan visualizar miles. Comparadas con un ser humano, son tontos rápidos.
Los supuestos autos autónomos no son tan autónomos: tras bambalinas hay operadores humanos que resetean la máquina y la ponen nuevamente en funcionamiento tras su detención al haber visto algo que no pudo decodificar. En la actualidad estas detenciones se producen en promedio cada pocos kilómetros: más o menos tres. Tampoco está exenta de fraudes flagrantes la economía basada en la IA. Milagros Miceli, quien en 2025 fuera incluida por la revista Time entre las 100 personas más influyentes en el mundo de la Inteligencia Artificial, publicó un trabajo para el que entrevistó a trabajadores de Kenia que son contratados para simular ser “novias virtuales”. En el ambiente es de sobra conocido el caso de la empresa Builder.ai, que decía producir programas con IA, cuando en realidad lo hacía con un ejército de 700 programadores en la India. La empresa fue descubierta y quebró.
La poco romántica conclusión es que IA no solo no es inteligente: es además mucho menos artificial de lo que nos venden.
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Los costos energéticos que implica esta tecnología, a diferencia de los económicos, son muy fácilmente medibles. La famosa “nube” da una sensación de inmaterialidad, pero así como detrás de los chat bots hay millones de trabajadores precarios, la “nube” poco tiene de inmaterial: la forman hectáreas y hectáreas de galpones con enormes procesadores de datos que consumen ingentes cantidades de agua para enfriarse y de electricidad para funcionar. El nivel de estos consumos resulta a esta altura escandaloso. Internet ya consume más energía que toda la aviación civil mundial. El gasto energético de la más elemental consulta a un chat bot es comparativamente exorbitante. La industria digital, además, está colaborando a gran escala en el agotamiento a pasos agigantados numerosos minerales críticos.
¿Y cuáles son los costos ecológicos de todo este negocio? Hay una propaganda muy interesada en asociar la digitalización con impactos ecológicamente benévolos. Pero se trata de un mito. El resultado de la expansión comercial de la IA ha sido el aumento de las emisiones de carbono, del consumo de agua y de la producción de basura. Con plena justicia, Wim Vanderbauwhede se pregunta: “¿Queremos quemar el planeta para producir ilustraciones baratas con IA?”. El impacto ecológico de la digitalización es en realidad altamente negativo. Y todo esto resulta casi delirante cuando observamos que el empleo cuantitativamente dominante que se está haciendo de la IA poco tiene que ver con los usos más específicos y sensatos. Por el contrario, la mayor parte de su empleo tiene que ver con anodinas consultas a los chat bots, la difusión masiva de publicidad, la elaboración imparable de memes, ilustraciones de baja calidad artística, difusión de noticias falsas, etc., etc.
Los costos sociales y políticos del actual empleo de la IA no son menos onerosos: acentuada caída de los estándares educativos, disminución de la cantidad de palabras empleado por las personas promedio, niveles de ansiedad sin precedentes, enlodamiento del debate público, enjaulamiento algorítmico en “islas” ideológicas o temáticas, daños a la salud causados por seguir consejos de los chat bots, etc. Mención aparte merece el desarrollo de drones militares y otras armas que emplean IA.
Que hay un vínculo entre las nuevas tecnologías y la degradación de las democracias en el mundo occidental parece indudable. Como no lo es menos que en China las mismas han servido para crear un sistema de control social y político que hubiera asombrado al mismo Orwell. Lo que Anton Jäger denomina “hiperpolítica” sería difícil de explicar sin el impacto de las redes sociales y de la IA. Y lo mismo cabe decir de la “emocracia”, el gobierno de las emociones, que del que habla Niall Ferguson desde el otro polo ideológico, pero retratando el mismo problema.
De todos modos, no habría que atribuir a esta tecnología más de la cuenta. Las nuevas tecnologías han potenciado y acelerado ciertas tendencias sociales, pero casi todas ellas encuentran su origen en períodos anteriores. Aunque las redes sociales fomentan enormemente la ansiedad y la depresión, estos sentimientos son muy típicos del desarrollo urbano y de la atomización a la que propende la sociedad capitalista. Su presencia era ya notoria a finales del siglo XIX. La emocionalización de la vida pública, por ejemplo, se ve patentemente incentivada por los algoritmos, pero mucho antes de que los mismos existieran la omnipresencia de la publicidad y el desarrollo de una nueva cultura audiovisual (sobre todo con la TV) estaban motorizando pautas culturales que marchaban en la misma dirección. El resultado acumulado y a largo plazo tiene mucho de paradójico. La sociedad mundial del capitalismo globalizado es indudablemente la más compleja de las sociedades humanas conocidas hasta el momento, aunque habitada mayoritariamente por los que quizá sean los ejemplares más simples de nuestra especie. Hay muchos estudios que muestran que las facultades lingüísticas, físicas, de orientación, intelección del entorno y autodominio de los individuos del presente son, en promedio, más reducidas que las de los individuos promedio del paleolítico o del neolítico. Desde luego, nuestra sociedad incluye a profesores de lengua que pueden hacer alarde de un dominio excelso del lenguaje; atletas de elite capaces de batir marcas; ingenieros y mecánicos con grandes conocimientos y cualidades técnicas; científicos con fabulosas facultades intelectuales, etc. Pero la mayoría de las personas parece hacer un empleo cada año menor de palabras, no tener idea de cómo funcionan los sistemas técnicos que la rodean (¿cuántos de nosotros podríamos explicar los rudimentos de la teoría eléctrica de la que depende casi todo lo que hacemos día tras día?), o desarrollar tareas sumamente simples. Las facultades cognitivas y físicas que exhibía cualquier cazador o recolector del paleolítico, e incluso las que exhibe un campesino, un artesano o un obrero cualificado, son muchísimo más complejas que las que un moderno urbanita necesita para la venta ambulante, el expendio de hamburguesas, la atención de una caja o la reposición de mercancías en una góndola, que constituyen posiblemente la gran mayoría de los “empleos” que las modernas economías de servicio pueden ofrecer. No hablemos ya de las nulas capacidades que se necesita para ser un consumidor. La IA potencia increíblemente la descualificación de la gran mayoría de la población y la pérdida de control sobre la propia vida. Pero esta era una tendencia que venía de mucho antes: se debe más a la dinámica del desarrollo capitalista que a una tecnología en particular. En cualquier caso, no deberíamos cerrar los ojos ante esta realidad.
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El desarrollo de la IA, a pesar de todas sus especificidades, se explica perfectamente por la lógica inherente a la competencia de capitales que es constitutiva del capitalismo. Creer que hemos ingresado en lo que algunos llaman “tecnofeudalismo” es mucho más lo que desorienta que lo que orienta. Para entender cómo y por qué se desarrollan estas tecnologías, se las emplea para los fines que se las emplea, y terminan adoptando las características concretas que adoptan, debemos entender qué es y cómo funciona el capitalismo, no el feudalismo. De todos modos, hay dos asuntos importantes detrás del desafortunado título de tecnofeudalismo. El primero es la discusión sobre hasta qué punto y en qué medida las grandes tecnológicas obtienen ingresos por medio de la ganancia o de la renta. Es un asunto complejo, bien analizado por Evgeni Morozov en su crítica a la “tesis tecnofeudal”. El otro asunto es el interrogante sobre la posibilidad de que se esté desarrollando una fusión de lo público y lo privado, de manera en algún sentido comparable a cómo los señores feudales detentaban, a la vez, el poder económico y político. Se trata de una cuestión difícil, azotada por tendencias y contratendencias y sobredeterminada por los discursos ideológicos. Por un lado, se aprecia que algunos de los grandes propietarios privados han ejercido el rol de jefes de Estado: Trump es el caso más claro. Pero otros magnates, como el inefable de Peter Thiel, apuntan a la virtual desaparición de los Estados y al desarrollo de auténticas ciudades privadas. Quizá lo más concentrado de la clase dominante pueda jugar fichas en muy distintos tableros. En cualquier caso, y viendo los duros datos más que escuchando las proclamas ideológicas, lo que se puede observar en los últimos años es cierta acentuada tendencia a emplear el poder político para beneficiar a los grandes capitales, como muy bien lo analizaran Robert Brenner y Dylan Riley para el caso de EEUU. Pero observando precisamente los datos hay que concluir que hoy en día, de manera ciertamente irónica y paradójica, es posible que el grado máximo de fusión entre poder económico y político se encuentre en China. El Partido Comunista Chino (PCCh) permitió la afiliación de capitalistas en 2001, y ya para 2018, el patrimonio neto de los 153 miembros de la Asamblea Popular Nacional (APN) de China y su órgano consultivo alcanzaban la astronómica suma de 650.000 millones de dólares estadounidenses, según los datos recogidos por Williams Jefferies en su libro La guerra y la economía mundial: comercio, tecnología y conflictos militares en un mundo desglobalizado, publicado en 2025 por Palgrave McMillan. Esos mismos datos muestran que para 2023, más de 80 diputados y miembros de comités eran multimillonarios. Los 41 diputados multimillonarios de la APN poseían en conjunto una fortuna de 191 mil millones de dólares. Parece una enormidad pero resulta una cifra insignificante comparada con los 313 mil millones de dólares que acumulan los 40 multimillonarios del comité consultivo. El desarrollo económico chino, al igual que sus relaciones de propiedad, ha seguido en las últimas décadas pautas claramente capitalistas, exhibiendo algunas de las formas más salvajes de control sobre la fuerza de trabajo, precarización de los empleos, desigualdad de ingresos y privatización masiva de antiguas propiedades públicas. La propaganda oficial, empero, sigue anunciando que el objetivo final es el comunismo, cosa que pocos chinos toman en serio, aunque sí lo hacen algunos académicos occidentales. En torno a la IA, por supuesto, se juega buena parte de la puja geopolítica entre USA y China en tanto que potencias capitalistas.
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Habría que tener en claro que, si bien el tipo de empleo creado por las grandes empresas de IA se halla actualmente concentrado en países de bajos ingresos y se caracteriza por condiciones de extrema precariedad laboral e informalidad legal, nada de esto es un resultado necesario de la tecnología en sí y de por sí. Los usos –y, por consiguiente, las consecuencias sociales y políticas– de la tecnología (de cualquier tecnología) son relativamente independientes de las mismas, sin que por ello tengamos que caer en una despistada creencia en la neutralidad absoluta de los productos tecnológicos. Un fusil puede ser usado para defender o atacar un gobierno, pero nadie cree que sirva para mantener los alimentos frescos. Como bien supo ver Marx, no eran las máquinas de hilar las que dejaban sin empleo a los trabajadores. Los responsables eran los capitalistas. Pero, dicho esto, hay que añadir dos cosas. Una referida a la tecnología en general, la otra a la IA en particular. Aunque el despido de los obreros –hoy como ayer– es responsabilidad de los capitalistas y no de las máquinas, los empresarios no actúan sin estar fuertemente condicionados. La competencia capitalista los obligaba a disminuir los costos, y si no pueden seguir el tranco de la carrera corren el riesgo de desaparecer como agentes económicos. La explotación del trabajo y la reducción de los costos no es una opción para los capitalistas, sino lo que se ven obligados a hacer en el marco de las relaciones de producción en las que se hallan insertos. Por ello, la cosa tiene poco arreglo sin la abolición de las relaciones capitalistas de producción, en beneficio de una economía socializada y planificada. Por supuesto, la resistencia obrera y ciertas regulaciones legales dentro del capitalismo pueden morigerar un poco estos resultados, pero no cambiar la situación de raíz. En cualquier caso, hay que ver con los ojos claros que en las últimas décadas la tendencia abrumadoramente dominante ha sido el aumento de la precarización laboral y la concentración de las riquezas en pocas manos, invirtiendo la tendencia en sentido contrario que se registró entre finales de la Segunda Guerra Mundial y mediados de los años setenta, y reproduciendo pautas más parecidas a las de los siglos XVIII y XIX que a las de ese breve período excepcional. Esto nos lleva a nuestro segundo aspecto, referido a la IA. La expansión de la IA ocurre en un momento de extremo desequilibrio entre el poder respectivo de trabajadores y empleadores. Pero, ante todo, los modelos de negocio de las grandes empresas tecnológicas se basan en el control de la atención de millones de usuarios. Estas empresas generan de manera deliberada ansiedad y adicción, en un sentido y a una escala que ninguna tecnología del pasado podía generar. En este contexto, aunque teóricamente tiene mucho sentido y no pocos matices y complejidades el debate sobre los usos posibles –más o menos benéficos o perjudiciales– de la IA, en la práctica toda esta discusión se ve arrasada por un desarrollo desbocado impulsado por empresas que quieren imponer esta tecnología a como dé lugar y emplearla para obtener beneficios monetarios. Un equipo de investigación científica puede valerse positivamente de un sistema de procesamiento avanzado de datos; el uso de la IA en medicina, correctamente empleada, puede ser beneficioso; utilizar IA para traducir un texto de un idioma que no conocemos puede ser una alternativa relativamente barata y eficiente. Estos beneficios son tangibles, aunque muchas veces tienen consecuencias negativas menos visibles. Por ejemplo, el empleo de IA para traducir textos tiene el efecto de que si se lo hace sistemáticamente el usuario disminuye su dominio del idioma o directamente no aprende un idioma nuevo. Se ha documentado que el uso de los pilotos automáticos en los aviones ha deteriorado las capacidades de los pilotos de aeronaves, un asunto sensible cuando suceden cosas imprevistas que los navegadores automáticos no pueden afrontar y se hace necesaria la intervención humana. El GPS sirve para orientarnos (aunque a veces falle), pero, quien abusa de su uso, rápidamente pierde sus facultades de orientación.
Bajo determinadas condiciones y usada de manera selectiva y cuidadosa, la IA puede ser muy positiva, aunque, como dijimos, no sin consecuencias negativas. Pero en el plano de la realidad en que vivimos, esas condiciones no existen en lo más mínimo, y las empresas que lucran con esta tecnología no tienen ningún interés y ningún incentivo para favorecer ni la selectividad ni la cautela. Se hallan embarcadas, de hecho, en su proliferación masiva e indiscriminada. Es una carrera que ninguno de los participantes puede detener, por mucho que algunos de los grandes magnates o CEOs tengan parcial conciencia de marchar al abismo. Ellos se benefician del capitalismo, pero no pueden controlar las leyes de la competencia que le son intrínsecas. Pueden jugar bien el juego, pero son incapaces de cambiarlo.
En el plano de la teoría, por supuesto, es posible imaginar la posibilidad de un consumo responsable de cualquier tipo de drogas. En la dura realidad, la cosa no funciona: la mayoría de las personas no pueden hacer un consumo responsable de las drogas en contextos de problemas personales y en el marco de agentes interesados en vender droga a troche y moche. La comparación de las drogas con la IA no es del todo exagerada: los sistemas comerciales de IA, al igual que las redes sociales, están diseñados para atrapar la atención de los usuarios. No se trata de un efecto colateral. Se trata de la base del negocio. La ansiedad y la adicción que generan los teléfonos móviles no es un subproducto menor y prescindible: es su corazón. Dan muestra de una ingenuidad enorme quienes creen que lo que deberíamos hacer es enseñar, sobre todo a las jóvenes generaciones, a hacer un uso crítico, juicioso, selectivo e inteligente de la IA. Hay una fabulosa maquinaria orientada precisamente en la dirección contraria. A los mercaderes de la IA les interesa que la inmensa mayoría consuma sus productos, y tanto más los consumirán cuanto menos críticos, juiciosos, selectivos e inteligentes sean. Ellos producirán y venderán los nuevos productos tecnológicos sin dedicar ni un segundo a las preguntas que Neil Postman considera con toda razón que debemos hacernos: ¿qué problemas soluciona una nueva tecnología?; ¿de quién es el problema?; ¿qué nuevos problemas se crean al solucionar uno viejo?; ¿quién podría resultar dañado por una solución tecnológica?; ¿se gana o se pierde en los cambios producidos por las nuevas tecnologías?; ¿quién adquiere poder gracias al cambio tecnológico? Los magnates tecnológicos más bien procurarán que estas preguntas queden debajo de la alfombra.
Por supuesto, una misma tecnología podría ser socialmente utilizada para otras cosas y/o de maneras muy diferentes a como se la usa. Pero con las tecnologías digitales ni usted ni yo tenemos cartas en este asunto. La digitalización, por caso, no se impuso a toda máquina en la educación porque alguien haya demostrado en estudios controlados y bien realizados sus beneficios. Se impuso porque empresas como Microsoft hallaron en las escuelas un espectacular nicho de negocios. Hoy, en día algunos de los países que fueron pioneros en la digitalización escolar (como los nórdicos), se está desandando el camino. Lo hicieron tras constatar que la introducción de ordenadores en las escuelas está asociada de manera ostensible con un deterioro del rendimiento escolar. Pero quienes toman las decisiones y las imponen a golpe de publicidad y de flujos millonarios de dinero son las empresas capitalistas que controlan y desarrollan esta tecnología. Incluso los Estados más poderosos van a la zaga, intentando débiles e ineficaces regulaciones que aparecen mucho después de efectos sociales masivos o desandando un camino cuando los daños producidos son ya inocultables. En el orden individual, lo único que se puede hacer es tratar de “engancharse” lo menos posible y eventualmente retirarse de las “redes”. Pero el individuo no puede competir en igualdad de condiciones con las grandes corporaciones: la inmensa mayoría simplemente caerá en las infinitas trampas muy bien camufladas. El control de la IA, para ser usada sensatamente, depende de acciones colectivas a gran escala, que deberían estar orientadas contra el núcleo del problema, no contra sus efectos. Lo cual presupone, por utópico que hoy a muchos les parezca, una revolución llevada adelante por los miles de millones de proletarios y orientada a socializar la propiedad de los medios de producción, el control de las inversiones y las decisiones sobre el futuro. Sin esto, todo es básicamente ilusión. O a lo sumo resistencia en condiciones desesperadas.
El impacto social y ecológicamente negativo de la IA comercial obliga a reclamar que se frene la marcha desbocada, para dar lugar a un uso prudente, mesurado y bien meditado de esta tecnología. Pero ninguno de los actores relevantes en el desarrollo de la IA está en condiciones de aplicar el freno: son presa de la “lógica de la situación” inherente a la estructura profunda del capitalismo. Sólo una rebelión de los “perdedores de siempre” bajo el orden del capital –vale decir, una rebelión del proletariado– podría torcer el rumbo. De momento, esta parece una posibilidad lejana. Pero es en favor de la misma por lo que debemos luchar. La posibilidad de un futuro mínimamente digno en un planeta habitable demanda una muy sólida fusión revolucionaria de las demandas de socialización y democracia económica que caracterizaron a la tradición socialista o comunista, y de las exigencias ecologistas. A la fusión revolucionaria de las orientaciones más radicales del socialismo y del ecologismo la podemos denominar, como propuse en una obra reciente, Ecomunismo.
Bibliografía y referencias
Quien desee comprender qué hay de cierto, qué de exagerado y qué de falso en todo lo que se dice sobre las capacidades de la IA, así como conocer su historia, lo mejor que puede hacer es leer el libro 100 cosas que hay que saber sobre la inteligencia artificial, de Ramón López de Mántaras Badía, posiblemente el mayor experto en IA de habla castellana y que trabaja en el desarrollo de la misma desde 1975. Dado que en América Latina este libro puede ser difícil de conseguir, una buena alternativa, aunque menos actualizada, es la obra que López de Mántaras escribiera junto a Pedro Meseguer González: Inteligencia Artificial, publicada conjuntamente por el CSIC y la Editorial Catarata en 2017, y que puede ser descargada en PDF en algunos sitios de internet, como Libgen.li. De Ramón López de Mántaras hay innumerables conferencias y entrevistas en la web. Por su brevedad, brillantez y contundencia cabe recomendar su reciente intervención ante el Congreso Futuro. También la entrevista que le hiciera Jon Hernández a comienzos del año pasado vale también mucho la pena. Ambas se publican en este número de Kalewche.
La cita de Jaron Lanier empleada al inicio está tomada de su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (disponible en Epub Libre). Un buen retrato, no exento de problemas, pero aun así recomendable para hacer inteligible el funcionamiento de la economía digital se encuentra en Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power, Londres, Profile, 2019. Un buena reseña crítica de este libro puede leerse en Rob Lucas, “El negocio de la vigilancia”, New Left Review, Nro. 121, marzo/abril de 2020.
Son numerosos los estudios que arriban a inquietantes conclusiones sobre el impacto de las nuevas tecnologías digitales en las personas. Entre ellos cabe destacar tres libros: Nicholas Carr, Superficiales. Qué está haciendo internet con nuestras mentes, Madrid, Taurus, 2010; Manfred Spitzer, Demencia digital. El peligro de las nuevas tecnologías, Barcelona, Ediciones B, 2013; Jonathan Haidt, La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes, Ediciones Deusto, 2024. Para una mirada breve y muy atinada de cómo relacionarnos con la tecnología y qué preguntas hacernos, nada mejor que leer a Neil Postman, Por un ateísmo tecnológico. La cultura frente a la civilización informática, Alicante, El Salmón, 2024. Un excelente análisis de los antecedentes remotos del tipo de cultura que promueven las nuevas tecnologías digitales puede llerse en Neil Postman, Divertirse hasta morir. El discurso público en la era del “show business”, Ediciones de la tempestad, 2012. Sobre el abandono de los dispositivos electrónicos tras constatar sus nocivas consecuencias escolares puede leerse: Maddy Savage, “Suecia vuelve al lápiz y papel: por qué uno de los países más tecnológicos de Europa está reduciendo la educación digital”, BBC, 17 de abril de 2026. A quien le interese el concepto de “hiperpolítica”, puede leer, por ejemplo, “La era de la hiperpolítica, una conversación con Anton Jäger”, El Grand Continent, 21 de enero de 2026.
La tesis de que viviríamos en un tecnofeudalismo ha sido defendida en diferentes sitios y por diferentes autores. El más conocido posiblemente sea Yanis Varoufakis, autor de Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo (Ariel, 2024). Una crítica excelente a esta tesis ha sido desarrollada por Evgeny Morozov en “Crítica de la razón tecnofeudal”, New Left Review, N.° 133/134, mayo-junio de 2022. El texto mencionado de Brenner y Riley sobre el empleo de la política en beneficio del poder económico es “Siete tesis sobre la política estadounidense”, New Left Review, Nro. 138, 2022. El mejor estudio empírico de las tendencias a la desigualdad social y la concentración de riquezas en el capitalismo actual es la obra de Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, Madrid, Akal, 2014.
Una sólida crítica a la propaganda falaz sobre el carácter ecológicamente benéfico de las tecnologías digitales puede leerse en Jorge Riechmann, “Decrecer, desdigitalizar: quince tesis”, que oportunamente reprodujéramos en Kalewche. Para una revisión crítica de las discusiones sobre la automatización, cabe recomendar el libro de Aarón Benanav, La automatización y el futuro del trabajo, Traficantes de sueños, 2021. Un interesante análisis de los usos posibles de la IA en el marco de una sociedad socialista puede hallarse en Aarón Benanav, “Más allá del capitalismo”, I y II, New Left Review, Nro. 153 y 154, 2025. Mi defensa de un ecologismo revolucionario fue desarrollada en Ariel Petruccelli, Ecomunismo. Defender la vida, destruir el sistema, Ediciones IPS, 2025. Un resumen de esta obra puede leerse en “Ecomunismo: fundamentos y propuestas para una alternativa pos capitalista”, Huella del sur, 2026.
Ariel Petruccelli