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Este nuevo ensayo de Nicholas Carr que compartimos con ustedes nos invita a revisar críticamente una de las creencias más arraigadas en las democracias modernas: la idea de que más información conduce necesariamente a la conformación de ciudadanos más lúcidos y de sociedades más justas. El artículo dialoga con un siglo de debates sobre democracia, opinión pública y medios de comunicación, y nos presenta una paradoja de la que rara vez somos conscientes: que más información puede significar menos comprensión. Fue publicado originalmente en New Cartographies, la página web del autor, el 6 de mayo de 2026 con la siguiente bajada: “Mi último libro, Superbloom: How Technologies of Connection Tear Us Apart [Superbloom: cómo las tecnologías de la conexión nos separan], sale a la venta en edición de bolsillo esta semana. Para celebrarlo, aquí les dejo un ensayo adaptado del libro.” La traducción es nuestra y los agregados entre corchetes, también.
A mediados del siglo XIX, cuando la construcción de la red telegráfica estadounidense hizo posible la comunicación instantánea a larga distancia por primera vez en la historia, una utopía de entendimiento universal parecía estar al alcance. “Se ha abierto un nuevo canal de bendiciones para el mundo”, dijo el prominente pastor de Boston, Ezra Gannett, a su congregación en un sermón de 1858. “Es una institución para el pueblo. Su función es difundir la inteligencia; su efecto, mitigar las diferencias. Los hombres que conversan diariamente no pueden odiarse ni repudiarse”. La consecuencia “más notable” del sistema telegráfico, continuó, “será el acercamiento a una unidad práctica de la humanidad; de la cual aún no hemos tenido ningún presagio, excepto en el evangelio de Cristo”.
La telegrafía “une con un cordón vital a todas las naciones de la tierra”, escribieron los autores de La historia del telégrafo, un éxito de ventas publicado ese mismo año. “Es imposible que los viejos prejuicios y hostilidades sigan existiendo”. El libro tomó su epígrafe del Libro de los Salmos:
“Su mensaje se ha extendido por toda la Tierra,
y sus palabras han llegado hasta el fin del mundo”.
La Conferencia Internacional del Telégrafo de 1865, celebrada en París, se autoproclamó “un auténtico Congreso de la Paz”. El presidente de la reunión aseguró a los asistentes que todos los malentendidos que antaño habían provocado guerras serían erradicados por “este cable eléctrico que transmite pensamientos a través del espacio a la velocidad del rayo, proporcionando una conexión rápida e ininterrumpida para los dispersos miembros de la humanidad”. El telégrafo es un “aniquilador de la distancia”, proclamó el director general de correos de Alemania en un discurso de 1876. Al liberar la comunicación de las dificultades materiales, inauguraría una era de fraternidad internacional. “Hemos recibido esta maravillosa fuerza de la naturaleza como un don del Creador”.
La llegada de la red telefónica a finales de siglo amplió aún más la capacidad de las personas para compartir sus pensamientos y opiniones a grandes distancias. En un apasionado editorial de 1899 que celebraba el tendido de cables de telecomunicaciones transatlánticos, el New York Times instó a Western Union, el gigantesco monopolio estadounidense de las comunicaciones, a reducir el costo de los envíos internacionales. Al hacer sus tarifas más asequibles, argumentaba el periódico, la compañía extendería el privilegio y el placer de la comunicación de alta velocidad y larga distancia al público en general. Y lograría algo aún más importante: contribuiría a difundir la paz y la buena voluntad por todo el mundo. “Nada fomenta y promueve tanto el entendimiento mutuo y la comunidad de sentimientos e intereses”, declaraba el editorialista, “como una comunicación barata, rápida y conveniente”. La veracidad de este sentimiento habría parecido obvia para los lectores del periódico.
La construcción de redes de telecomunicaciones requirió un capital enorme y una extensa coordinación gerencial. En Estados Unidos, los medios de comunicación se convirtieron en un gran negocio, como lo demostró el auge de Western Union. Para inventores, emprendedores y ejecutivos corporativos, la celebración pública de la comunicación resultó ser una gran ventaja. No solo reforzó su mesiánico sentido de autoimportancia, sino que también sirvió a sus intereses comerciales. Les garantizó clientes ávidos, inversores entusiastas y reguladores indulgentes. A medida que el ritmo del progreso tecnológico se aceleraba, cada avance en los sistemas de comunicación desencadenaba un nuevo estallido de retórica milenarista. Nikola Tesla, en una entrevista de 1898 sobre su plan para crear un telégrafo inalámbrico, dijo que sería «recordado como el inventor que logró abolir la guerra». Para no quedarse atrás, su rival, Guglielmo Marconi, declaró en 1912 que su invención de la radio «haría imposible la guerra».
Estas optimistas predicciones se pusieron a prueba en el verano de 1914. Inmediatamente después del asesinato del archiduque austríaco Francisco Fernando a manos de un nacionalista serbio en Sarajevo, el 28 de junio, cientos de mensajes diplomáticos urgentes circularon entre las capitales europeas a través de las recién instaladas redes telegráficas y telefónicas. Como describe el historiador Stephen Kern, la rápida sucesión de mensajes degeneró rápidamente en ultimátums y amenazas. En lugar de apaciguar la crisis, la exacerbaron. “La tecnología de la comunicación impuso una velocidad vertiginosa al ritmo habitualmente lento de la diplomacia tradicional y pareció suprimir la diplomacia personal”, escribe Kern. “Los diplomáticos no pudieron hacer frente al volumen y la velocidad de la comunicación electrónica”. La diplomacia, un arte comunicativo, se vio desbordada por la comunicación. En agosto, la Primera Guerra Mundial ya había comenzado.
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Poco después del asesinato del archiduque, el joven periodista estadounidense Walter Lippmann, recién graduado de Harvard, rebosante de ideas radicales y trabajando en el lanzamiento de una revista política progresista que se llamaría The New Republic, se embarcó en un crucero para pasar unas vacaciones en Europa. Tras un mes en Inglaterra, donde asistió a un idílico simposio sobre socialismo organizado por George Bernard Shaw en el Distrito de los Lagos, cruzó el canal de la Mancha hasta Bruselas y, como recordaría más tarde, “compró un billete para un viaje a través de Alemania hasta Suiza, donde pensaba pasar las vacaciones recorriendo pasos de montaña”. Permaneció “totalmente ajeno” a las crecientes tensiones políticas a su alrededor, incluso cuando estallaron los tiroteos en el continente. “Recuerdo haberme quedado asombrado y bastante molesto cuando fui a la estación de tren y descubrí que la frontera alemana estaba cerrada”.
Lippmann regresó sano y salvo a Estados Unidos, y ese otoño The New Republic comenzó a publicarse puntualmente, con gran éxito. La revista adoptó una postura neutral y aislacionista respecto a la guerra, en consonancia con las ideas liberales predominantes. Sin embargo, Lippmann quedó conmocionado, tanto por el conflicto como por su desconocimiento de que era inminente. Empezó a cuestionar su comprensión de los acontecimientos que lo rodeaban. Se dio cuenta de que la imagen del mundo que tenía en mente no se correspondía con la realidad. Según escribió, lo invadió una “náusea de ideas”.
A medida que los informes sobre la carnicería en Europa se volvían más alarmantes, su aversión a los enredos extranjeros se disipó, junto con su pacifismo. Después de que los submarinos alemanes comenzaran a hundir barcos civiles, incluido el abarrotado transatlántico británico Lusitania, se convenció de que Estados Unidos debía aliarse con Inglaterra y Francia. En la primavera de 1917, apenas unas semanas después de que el presidente Woodrow Wilson declarara la guerra a Alemania, Lippmann anunció, para sorpresa de sus colegas, que dejaba la revista para convertirse en asistente del secretario de Guerra de Wilson, Newton Baker.
Un año después, tras ser ascendido a capitán en el Ejército de los Estados Unidos, regresó a Europa como agente de inteligencia militar, con órdenes de reforzar la campaña de propaganda aliada. En Londres, participó en reuniones donde se elaboraron planes para la manipulación de la opinión pública. Luego, desde una oficina cerca del Frente Occidental en Francia, utilizó sus dotes literarias para escribir panfletos que instaban a los soldados alemanes a desertar, prometiéndoles un trato compasivo y abundantes comidas al estilo estadounidense con “carne de res, pan blanco, papas, ciruelas pasas, café, leche y mantequilla”. Arrojados al campo de batalla por cientos de miles desde globos y aviones, los panfletos fueron considerados un gran éxito. A menudo se encontraba que los soldados alemanes que se rendían los llevaban consigo cuando eran conducidos a los campos de prisioneros.
Cuando Lippmann regresó a casa después de la guerra, su antiguo optimismo había desaparecido, según relata su biógrafo Ronald Steel. Su participación en la propaganda en el extranjero, sumada a sus primeras ideas erróneas sobre la guerra, le generó profundas dudas sobre la objetividad y la estabilidad de la mente humana. Su inquietud se vio acentuada por el éxito de la campaña de propaganda interna del gobierno de Wilson. Dirigido por George Creel, un ambicioso periodista y político ocasional de Denver, el Comité de Información Pública del gobierno reunió a escritores, artistas, cineastas y celebridades, junto con unos 75 mil voluntarios locales, en una iniciativa bien financiada para promover el orgullo nacional, demonizar al enemigo y reprimir las opiniones disidentes. El objetivo, como Creel lo expresó en sus memorias How We Advertised America, era utilizar todos los medios de comunicación –“la palabra impresa, la palabra hablada, el cine, el telégrafo, el cable, la radio, los carteles, los letreros”– para “unir al pueblo de Estados Unidos en un solo instinto colectivo”. Y lo lograron. Al convertir la propaganda en una forma de entretenimiento, la campaña no solo unificó al país, sino que avivó pasiones y prejuicios chovinistas. Multitudes cubrieron de alquitrán y plumas a los opositores a la guerra y golpearon a inmigrantes alemanes.
En 1919, Lippmann publicó en la revista Atlantic Monthly un ensayo lleno de desesperación titulado “El problema fundamental de la democracia”. Argumentaba que el ideal fundacional de la democracia –el de una ciudadanía bien informada, capaz de emitir juicios razonados sobre los problemas y planes nacionales– había surgido en una época mucho más sencilla, cuando la mayoría de las preocupaciones eran locales y la gente las experimentaba directamente. Las ideas de los fundadores de Estados Unidos, una élite pequeña, aislada y mayoritariamente agraria, tenían poca relevancia para el bullicioso mundo moderno, con su dinamismo urbano e industrial y sus comunicaciones ultrarrápidas. La sociedad era ahora mucho más compleja, y la percepción que la gente tenía de ella no provenía de sus propias observaciones de primera mano, sino de información recibida de segunda, tercera o cuarta mano.
La comprensión pública de los asuntos sociales y políticos estaba destinada a ser incompleta, distorsionada y fácilmente manipulable. “El mundo sobre el que se supone que cada hombre debe tener opiniones se ha vuelto tan complejo que desafía su capacidad de comprensión”, escribió Lippmann. “Las noticias llegan a distancia; llegan de forma caótica, en una confusión inconcebible; tratan temas difíciles de entender; llegan y son asimiladas por personas ocupadas y cansadas”. El ciudadano democrático “debe aprovechar los eslóganes y los titulares, o nada”.
Amplió su argumento en el libro de 1922, Public opinion, un tratado fundamental sobre psicología social que el estudioso de la comunicación James Carey llamaría más tarde “el libro fundacional de los estudios de medios estadounidenses”. Antes de la obra de Lippmann, la teoría democrática asumía que la libertad, la información y el bien común estaban intrínsecamente ligados en un sistema de refuerzo mutuo. Carey resumió la lógica: “Si las personas son libres, tendrán información perfecta; si tienen información perfecta, podrán ser racionales al elegir los medios más eficaces para sus fines individuales, y si es así, de una manera que nunca se ha explicado del todo, se logrará el bien social”. Era una teoría interesante, escribió Lippmann en Public Opinion, pero una fantasía. Ignoraba la complejidad del mundo y la perversidad de la psicología humana.
El entorno donde vivimos –el “entorno real”– es “demasiado grande, demasiado complejo y demasiado efímero para conocerlo directamente”, argumentó. “Para actuar en ese entorno, tenemos que reconstruirlo sobre un modelo más simple”. Recurriendo a la información disponible y filtrándola a través de nuestros propios deseos y prejuicios, cada uno de nosotros crea un “pseudoentorno” mental –una imagen simplificada y necesariamente ficticia de la realidad– y luego adaptamos nuestros pensamientos y acciones a los contornos de ese espejismo.
Dependiendo del individuo, su educación y personalidad, el pseudoentorno puede adoptar la forma de cualquier cosa, desde una “alucinación total” hasta un “modelo esquemático” científico, pero nunca es una imagen fiel y completa de la realidad. Esta es la razón, según sugirió Lippmann, por la que las creencias y el comportamiento de los demás a menudo nos resultan tan misteriosos. Todos “vivimos en el mismo mundo, pero pensamos y sentimos en mundos diferentes”. También es la razón por la que somos tan susceptibles a los intentos de modificar nuestra percepción de la realidad mediante la manipulación de la información que recibimos. “¿Qué es la propaganda, sino el esfuerzo por alterar la imagen a la que responden los hombres, por sustituir un patrón social por otro?”
Construimos nuestro pseudoentorno a partir de lo que Lippmann denominó estereotipos. Ante la “gran y bulliciosa confusión del mundo exterior”, debemos recurrir a reglas generales, juicios intuitivos y otros atajos mentales –heurísticos, como las llaman los psicólogos cognitivos– para comprender las cosas. Entendemos mediante la intuición, no mediante el análisis, encajando rápidamente los nuevos fenómenos en patrones conocidos. Vemos el mundo en “formas estereotipadas” derivadas de “nuestros códigos morales, nuestras filosofías sociales y nuestras agitaciones políticas”, así como de los símbolos culturales que nos brindan el arte, la literatura y el entretenimiento.
Cuanto más distraídos estamos, más rápido y superficial se vuelve nuestro procesamiento de la información, y más dependemos de los estereotipos. Incluso en esos raros momentos en que nos permitimos el lujo de la reflexión profunda, nuestro enfoque es necesariamente limitado. No podemos pensar profundamente sobre todo. Así, incluso los más reflexivos entre nosotros se basan principalmente en estereotipos para construir una imagen del mundo. “Hay economía en esto”, señaló Lippmann. “Porque el intento de ver las cosas con frescura y detalle, en lugar de como tipos y generalidades, es agotador, y en medio de las ocupaciones, prácticamente imposible”. A medida que envejecemos y nos afianzamos en nuestras opiniones y rutinas, los estereotipos se vuelven aún más poderosos como filtros de la realidad. “Imaginamos la mayoría de las cosas antes de experimentarlas”, y nuestras ideas preconcebidas “gobiernan profundamente todo el proceso de percepción”.
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Lippmann tenía, por supuesto, su propio entorno idealizado, su propio conjunto de estereotipos. En ocasiones, pecó de extralimitación. Subestimó la capacidad del público, incluso con información imperfecta y visiones distorsionadas de la realidad, para desenvolverse como pudiera. Y la solución que ofreció al final de su libro –una burocracia de expertos que guiaría la toma de decisiones gubernamentales sin verse contaminada por la política– parece una quimera. Pero Public Opinion es una obra valiente y psicológicamente perspicaz. Con una mirada fría pero comprensiva, Lippmann va más allá del ciudadano ideal de la teoría democrática –“soberano y omnicompetente”, en su memorable frase– para centrarse en la persona real: agobiada por el tiempo y distraída, parcial, susceptible al resentimiento y al sentimentalismo, bombardeada por mensajes e imágenes, sobrecargada, vacilante entre la confusión y el exceso de confianza.
Lippmann sería atacado y tachado de elitista antidemocrático, pero al pintar su retrato del ciudadano medio, también estaba, como dejó claro en su siguiente libro, Phantom Public, de 1925, ofreciendo un autorretrato:
“Me solidarizo con él, pues creo que se le ha encomendado una tarea imposible y que se le exige que persiga un ideal inalcanzable. Yo mismo lo percibo así, ya que, si bien los asuntos públicos son mi principal interés y dedico la mayor parte de mi tiempo a observarlos, no encuentro tiempo para cumplir con lo que se espera de mí según la teoría de la democracia: estar al tanto de lo que sucede y tener una opinión que merezca ser expresada sobre cada cuestión que afecta a una comunidad autogobernada. Y no he conocido a nadie, desde un presidente de los Estados Unidos hasta un profesor de ciencias políticas, que se haya acercado siquiera a encarnar el ideal aceptado del ciudadano soberano y omnicompetente.”
Lippmann no sostenía que el público [en el sentido de “conjunto de personas que forman una colectividad”] fuera estúpido o incompetente. Uno de sus puntos centrales, como subraya el historiador del periodismo Michael Schudson, es que la capacidad de autogobierno no tiene nada que ver con la inteligencia innata, sino con las limitaciones que todos compartimos: una capacidad reducida para ocuparnos de asuntos que van más allá de nuestra experiencia cotidiana. Lippmann se mantuvo fiel a la libertad y la democracia, incluso cuando, según escribe Schudson, perdió la fe en las aspiraciones utópicas del papel del público como participante en la toma de decisiones democráticas diarias. El ideal del ciudadano plenamente informado no es un ideal indeseable, escribió Lippmann. Es un ideal inalcanzable, malo solo en el sentido de que es malo que un hombre gordo intente ser bailarín de ballet.
La obra de Lippmann anticipa la crítica al agente racional (rational decision maker) –el teórico homo oeconomicus de la economía clásica– que los psicólogos sociales y cognitivos lanzarían más adelante. En una serie de artículos de la década del 50, el politólogo y futuro premio Nobel Herbert Simon argumentó que el modelo de individuo teórico –el hombre que posee un conocimiento de los aspectos relevantes de su entorno que, si bien no es absolutamente completo, es al menos impresionantemente claro y extenso– necesitaba una revisión. Dado que la racionalidad humana siempre está limitada por las restricciones del conocimiento, la previsión, la habilidad y el tiempo, las personas deben construir simplificaciones mentales del mundo real para tomar decisiones. Reconociendo la obra de Lippmann como antecedente de la suya, Simon enfatizó que la racionalidad limitada de las personas moldea y distorsiona sus decisiones políticas tanto como sus decisiones económicas.
Simon se basó principalmente en el sentido común para fundamentar su argumento. En la década del 50, existía poca investigación empírica sobre cómo las personas forman opiniones y toman decisiones. Pero esta carencia pronto se subsanó. Psicólogos cognitivos y científicos sociales, en particular Daniel Kahneman y Amos Tversky, llevaron a cabo durante los decenios siguientes innumerables experimentos y estudios que revelaron cómo la percepción y el pensamiento humanos se ven distorsionados por todo tipo de sesgos cognitivos y percepciones erróneas. No se trata solo de que la racionalidad esté limitada en la toma de decisiones y juicios cotidianos; a menudo, la racionalidad está completamente ausente. Nuestra intuición siempre nos cuenta historias sobre el mundo, e incluso cuando se desvían notablemente de la realidad, tendemos a creerlas. La suposición de un mercado eficiente de ideas se basa en el ideal de un consumidor racional de ideas, un homo philosophicus que, al igual que su primo oeconomicus, resulta ser un personaje de ficción.
Una línea de investigación relacionada, sobre cómo las personas forman opiniones políticas y emiten votos, ha llegado a conclusiones similares. En su libro de 2016, Democracy for Realists, los politólogos Christopher Achen y Larry Bartels, al analizar más de medio siglo de encuestas de opinión e investigación electoral, señalan que la “teoría popular” de la democracia, que “celebra la sabiduría de los juicios populares de ciudadanos informados y comprometidos”, ha sido refutada desde hace tiempo por los hechos. “Los sistemas de creencias políticas de los ciudadanos comunes suelen ser débiles, desorganizados e ideológicamente incoherentes”. Haciéndose eco de Lippmann, concluyen que “las ideas democráticas convencionales no son más que cuentos de hadas”.
En cuanto al reducido grupo de votantes que dedica mucho tiempo a leer, reflexionar y hablar de política, la investigación revela que su intensa participación rara vez amplía su perspectiva. De hecho, son los más propensos a un partidismo estrecho y ferviente. Cuantas más noticias consumen, más convencidos están de tener razón y de que cualquiera con una opinión diferente está equivocado. Como señalan Zac Gershberg y Sean Illing en su estudio de 2022, The Paradox of Democracy, “los votantes más informados, los que prestan más atención a la política, son también los más propensos a tomar decisiones sesgadas o con una visión limitada”.
Un efecto similar se observa con el nivel educativo. Cuanto más educadas son las personas, más distorsionada se vuelve su comprensión de las opiniones de sus oponentes políticos. Esto parece ser particularmente cierto en el caso de los demócratas, según un extenso estudio de 2019 sobre la polarización política estadounidense. La razón aparente es que los demócratas con un alto nivel educativo se esfuerzan por evitar relacionarse con los republicanos. “A medida que los demócratas se educan más, sus círculos de amigos se vuelven menos diversos políticamente”, escriben los autores del estudio. Restringen su círculo social a versiones afines de sí mismos. En resumen, “las personas más comprometidas, activas y educadas son las menos precisas en sus opiniones” sobre aquellos con quienes discrepan.
Mucho antes de la llegada de internet y las redes sociales, la evidencia histórica, psicológica y electoral ya indicaba que inundar el espacio público con más información de más fuentes no iba a abrir la mente de la gente ni a propiciar debates más profundos. Ni siquiera iba a mejorar su nivel de información. A pesar de la expansión revolucionaria del acceso público a todo tipo de información durante el último cuarto de siglo, las encuestas actuales demuestran claramente que, como afirma el politólogo Donald Kinder, “los estadounidenses no están mejor informados sobre asuntos públicos que hace una o dos generaciones”.
¿Qué iba a lograr exactamente la supuesta democratización de los medios de comunicación en lo que respecta a la vida política del país? Ahora conocemos la respuesta: ampliaría la brecha entre los pseudoentornos en los que la gente piensa y siente y el entorno real en el que vive y actúa. Revelaría una paradoja fundamental de los sistemas de comunicación modernos: más información puede significar menos comprensión.
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El filósofo John Dewey, el intelectual público más destacado de Estados Unidos a principios del siglo XX, quedó profundamente impresionado por Public Opinion de Lippmann, y también profundamente preocupado por él. “Leer el libro es una experiencia reveladora”, escribió en una reseña de 1922. “Uno termina el libro casi sin darse cuenta de que es quizás la crítica más eficaz jamás escrita a la democracia tal como se concibe actualmente”. Pero Dewey creía que, a pesar de la brillantez del “análisis implacable y realista” de Lippmann, sus conclusiones eran innecesariamente catastrofistas. El periodista subestimó la determinación y el buen juicio del pueblo estadounidense. Si bien admitía que los desafíos que enfrentaba la democracia eran tan desalentadores como los describía Lippmann, Dewey mantenía su fe en la capacidad del público para superarlos. “Cuando la necesidad apremia, la invención y el logro pueden responder de manera asombrosa”.
Cuatro años después, en una serie de conferencias impartidas en el Kenyon College, Dewey retomó la cuestión del papel del público en el sostenimiento de la democracia, analizándola a la luz de la llegada de las nuevas tecnologías de la comunicación de masas. Estas conferencias fueron revisadas y recopiladas un año más tarde en el libro The Public and Its Problems, la expresión más completa de la filosofía política de Dewey. En un pasaje conmovedor cerca del final del libro, Dewey ofrece un contrapunto al pesimismo de Lippmann: una visión de una “Gran Comunidad” fundada en un sistema de comunicación libre y abierto que permita el surgimiento de un “público organizado y articulado”.
“La indagación más elevada y compleja, junto con un arte de la comunicación sutil, delicado, vívido y sensible, debe apoderarse de la maquinaria física de transmisión y circulación e insuflarle vida. Cuando la era de la máquina haya perfeccionado su maquinaria, esta se convertirá en un medio de vida y no en su amo despótico. La democracia alcanzará su plenitud, pues es el nombre de una vida de comunión libre y enriquecedora. Tuvo su visionario en Walt Whitman. Alcanzará su máxima expresión cuando la libre indagación social se una indisolublemente al arte de una comunicación plena y conmovedora.”
La visión que Lippmann tenía del público –de nosotros mismos– a principios del siglo XX chocaba con el optimismo y el excepcionalismo estadounidenses. La visión de Dewey, en cambio, seguía esa tendencia. Para cuando el siglo llegó a su fin y una nueva revolución de las comunicaciones estaba en marcha, la valoración de Lippmann había sido rechazada, descartada como las quejas amargas de un crítico arrogante. La de Dewey, por su parte, gozaba de un nuevo auge, infundiendo en el público la confianza y el sentido de democratización de internet.
Aunque sigue inspirando, al igual que los versos de Whitman, la visión de Dewey de una Gran Comunidad, donde la maquinaria y el arte de la comunicación entran en perfecta y viva armonía, se ha hecho añicos. Vivimos en sus ruinas, abrumados por la información que debía iluminarnos, aprisionados por los datos que nos describen. Las palabras de Lippmann, por el contrario, no han hecho sino resonar con mayor fuerza. En Public Opinion, que ahora tiene un siglo de antigüedad, publicada el mismo año que Ulysses [Ulises, de James Joyce] y The Waste Land [La tierra baldía, de T. S. Elliot] –otros dos testimonios igualmente implacables de la fragmentación de la conciencia, de un mundo vuelto incomprensible por la información– encontramos un retrato de nosotros mismos y de nuestra situación. La forma en que vemos el entorno social y político, la forma en que creamos una imagen de la realidad a través de la avalancha de mensajes proporcionados por nuestros medios de comunicación cada vez más omnipresentes, está y siempre estará refractada
“por la escasa atención, la pobreza del lenguaje, la distracción, las constelaciones inconscientes de sentimientos, el desgaste, la violencia y la monotonía. Estas limitaciones en nuestro acceso a ese entorno, sumadas a la oscuridad y la complejidad de los hechos mismos, obstaculizan la claridad y la justicia de la percepción, sustituyen las ideas viables por ficciones engañosas y nos privan de controles adecuados sobre quienes se esfuerzan conscientemente por engañar.”
Dewey nos dijo lo que queríamos escuchar. Lippmann nos dijo lo que necesitamos escuchar.
Nicholas Carr