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Fernando Rosso Jangada Rioplatense Nuevo

El satánico doctor Marx o el sanatero profeta Milei

6 de septiembre de 20266 de septiembre de 2026
Kalewche

Ilustración original de Andrés Casciani

“Cuando el sabio señala a la luna, el necio mira al dedo”, dice un proverbio popular. Si acaso es válido considerar a Karl Marx entre los primeros, no cabe ninguna duda de que Richard Wurmbrand –el descubridor del supuesto satanismo marxista, cuyo apellido puede traducirse como “gangrena de gusano”– se ha ganado un merecido lugar entre los segundos. Pero… ¿y Milei? Qué lugar merece este personaje mediocre –amén de altamente nocivo–, de una formación intelectual rayana en la ignorancia más supina, y sin embargo ostentador de una arrogancia infinita, autopercibido instrumento de la divinidad y sedicente merecedor de un premio Nobel de Economía. Siendo que Milei se presenta como epígono del necio de Wurmbrand –todo un necio al cuadrado–, uno está tentado de preguntarse un tanto borgeanamente, ¿qué necio detrás del necio la trama corona?
Publicamos a continuación –con permiso del autor– dos artículos del periodista Fernando Rosso, editor de La Izquierda Diario Argentina y conductor del programa radial El círculo rojo, que se emite todos los sábados de 12 a 14 por Radio Con Vos FM 89.9. El primero de ellos, titulado “El satánico doctor Marx”, apareció en Revista Panamá el 28 de abril de 2026, con ocasión del delirante discurso del libertariano en la Universidad Bar Ilán en Israel. El segundo, “Milei sanatero”, es el editorial del programa de radio del día 29 de octubre de 2026, y es una respuesta a una nueva intervención disparatada del ultraderechista, esta vez frente a una audiencia de estudiantes del colegio ORT de Buenos Aires. Posteriormente, el artículo de Rosso apareció en La Izquierda Diario con la siguiente bajada: “Milei es el vendehumo más sobrevalorado de los últimos cincuenta años.”
De este bloque temático, que podríamos titular –sub specie ioci– “Marx satánico”, forman parte también la reseña crítica –no exenta de fina ironía– de Christiane Kiesow de uno de los brulotes de Wurmbrand, titulada “Los poemas satánicos de Marx. O bien: Crítica poética y teoría de la conspiración”, como así también una breve antología de poemas «satánicos» del joven Karl Marx, especialmente traducidos por nosotros para nuestros lectores.
Agradecemos a Fernando Rosso por autorizarnos a republicar sus textos de manera conjunta.



EL SATÁNICO DOCTOR MARX

La extrema derecha considera que hay ideas que no admiten discusión ni refutación alguna: simplemente deben ser exorcizadas. Javier Milei decidió que las ideas de Marx pertenecen a esa especie. En su discurso en la Universidad Bar Ilán, en Israel, mientras presentaba al capitalismo como “la divina maquinaria del paraíso”, dijo sobre el marxismo: “Se autodeclara como una teoría satánica. Marx era satanista”.

La escena tiene algo de novedad apenas superficial. Cambia la escenografía, cambian los apellidos o cambia el peinado del predicador. El libreto, sin embargo, tiene décadas de circulación. Ronald Reagan hizo escuela cuando llamó a la Unión Soviética “imperio del mal”. Fue en Florida, a principios de la década del ochenta del siglo pasado durante su discurso ante la National Association of Evangelicals. De esa manera, desplazó el debate del terreno geopolítico al de la guerra moral. Richard Wurmbrand, rescatado por Milei en Israel, publicó en 1986 un libro con un título provocador: Marx y Satán. En su “investigación”, el pastor evangélico anticomunista perseguido y encarcelado por el régimen rumano, sostiene que Marx no fue sólo un ateo o un crítico de la religión, sino alguien marcado por una rebelión espiritual profunda contra Dios. Wurmbrand intenta demostrar sus “tesis” a partir de la poesía y de las obras teatrales incompletas del joven Marx. Sobre todo, del drama Oulanem, que en su centro literario tiene un monólogo con una voz cargada de nihilismo, desesperación, odio a la existencia y desafío metafísico. Con la misma vara se podrían juzgar como “satanistas” textos como el Fausto de Goethe, por razones obvias; Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline o El Aleph de nuestro Borges, en el que el satánico Carlos Argentino Daneri asegura haber encontrado el punto de vista de Dios en el sótano de la vieja casona de Beatriz Viterbo en el barrio de Constitución. Lo peor no es eso, lo peor es que el narrador –Borges– confirma que ese lugar existe.

Con “argumentos” similares, el politólogo conservador Paul Kengor recicló la operación en 2020 con El Diablo y Karl Marx, en el que asegura que los poemas juveniles del autor de El Capital evidencian una fascinación persistente por imaginería demoníaca. Milei no inventó nada: entró a una biblioteca muy concurrida de la derecha occidental y sacó un volumen del estante más gastado. Le puso su extravagante color local a ese anaquel plagado de exorcismos.

Antes de Reagan, antes de Kengor, antes de que los libertarianos descubrieran que también se puede agitar como un televangelista austríaco, el franquismo ya había hecho su contribución al género. En septiembre de 1945, Franco les habló a los asesores religiosos de la Sección Femenina del movimiento franquista de las maquinaciones satánicas del enemigo. El generalísimo llenó su jarra loca oscurantista con una constelación donde masonería, anti-España y marxismo solían mezclarse en el mismo pantano metafísico. El truco era ennegrecer el conflicto hasta volverlo cósmico para que el adversario dejara de ser un error y se transformara en una presencia maligna. El franquismo no hablaba del comunismo como quien habla de un adversario político, sino como quien nombra una peste moral. El aire de familia con la narrativa de Estado en nuestro país entre los años 1976 y 1983 no es casualidad.

Lo curioso (o lo menos curioso, según como se mire) es que la imaginería infernal nunca fue del todo ajena a Marx. Entra por una puerta sinuosa y creativa: la de la ironía, la literatura o la negatividad. Está, efectivamente, en sus poemas juveniles, en ese romanticismo sombrío de estudiante alemán demasiado leído, demasiado febril, demasiado convencido de que una idea necesita también una escenografía. Los versos existen. También existen, para desgracia de los inquisidores amateurs, el nombrado Goethe, el gusto de época por los pactos y las tinieblas, la grandilocuencia adolescente, el placer de escribir como si cada noche fuera la última del mundo. No se puede condenar o absolver a esos poemas porque no se puede juzgar a la literatura con el manual de instrucciones de los comisarios de metáforas: alcanza con leerlos como poemas y no como prontuario policial.

En El 18 Brumario de Luis Bonaparte aparece la frase de Mefistófeles en su versión libre: “Todo lo que existe merece perecer”. También admite formulaciones más rotundas y de una densidad literaria mayor: “Porque todo lo que surge merece ir a la ruina” o “todo lo que nace merece perecer”. Engels la retomó más tarde en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana para condensar el nervio revolucionario de la dialéctica. Ahí, el diablo no es el señor de las tinieblas de catecismo, sino el nombre literario de la corrosión, de la crítica, del derecho de lo histórico a no arrodillarse ante lo dado. Ese hilo, una vez lanzado, siguió vibrando mucho después de Marx.

En América Latina, ese parentesco lateral entre marxismo y figura demoníaca tuvo su propia escena, más sobria y bastante más inteligente. José Aricó tituló La cola del diablo a uno de sus libros decisivos sobre la recepción de Gramsci en nuestra región. Rescataba una frase que el comunista sardo dejó caer en los Cuadernos de la Cárcel, en la que decía que, si en el momento decisivo el diablo metía la cola, entonces habrá que aprender a tenerla de nuestro lado. El título tenía algo de declaración de método: meterse en la zona incómoda, tantear lo que desordena, no huirle a la parte maldita de la tradición.

La pregunta sobre si Marx era o no era satanista no tiene ningún sentido ni para la historia ni para la literatura. Lo interesante reside en registrar quién necesita decirlo, cuándo necesita decirlo y qué mundo imagina al decirlo. Más que comentar un poema de juventud de Marx, Milei y sus precursores estaban cerrando una arquitectura simbólica en la que el capitalismo coincide con la ley de Dios, el paraíso es una promesa de mercado, y el marxismo aparece como la serpiente que viene a arruinar el jardín en el que florecen primero la plusvalía e, íntimamente vinculada con ella, la ganancia. En esa teología, la propiedad privada, más que una institución histórica, es una revelación. Y toda crítica a la propiedad se vuelve, por definición, blasfemia.

De modo que hay una lógica bastante rigurosa en todo esto. La expresión más radical de la ideología capitalista no podía ver en Marx un simple economista decimonónico, ni un sociólogo molesto, ni un filósofo pesado. Necesita verlo como adversario absoluto. El Satán no es, en la cosmovisión religiosa, cualquier enemigo: es el ángel caído que no obedece, el que cuestiona, el que rompe la obediencia del mundo divino. Marx hizo exactamente eso con el capitalismo: le arrancó la aureola, le mostró la trastienda, le pinchó la mística, lo bajó del cielo de las virtudes y lo devolvió a la tierra de la explotación, del fetichismo y de la historia. Para una sensibilidad que llama “divina” a la maquinaria del capital, ese gesto sólo puede leerse como obra del demonio.

Y tal vez ahí, sin querer, Milei rozó una verdad: cuando el capitalismo (sobre todo en tiempos de crisis) deja de presentarse como sistema económico y comienza a hablar en el idioma religioso, Marx se transforma en una figura bíblica invertida: el ángel negro de la crítica, el aguafiestas del paraíso patronal, el intruso que entra al templo y recuerda que detrás de cada armonía hay una contabilidad hecha de sangre y lodo, de nervios estallados y músculos en ruinas. Resulta perfectamente coherente, entonces, que la forma más exaltada del credo capitalista vea en Marx a un Satán. No porque Marx haya venido del infierno, sino porque fue uno de los que mejor explicó cómo se fabrica, cómo es la arquitectura secreta y cómo se blinda con bruma divina ese infierno que todos los días se construye aquí en la tierra.


MILEI SANATERO

Es bastante revelador que Javier Milei, presidente de la Nación y autoproclamado defensor de la racionalidad científica, haya decidido volver a una vieja tradición de la humanidad: cuando no podés discutir una idea, acusala de provenir del infierno. Esta semana, volvió a repetir esta cantinela de que Marx era satanista en su discurso en un colegio secundario. Mucha gente se quejó de que esto era “adoctrinamiento”, pero para que exista adoctrinamiento tiene que haber alguna doctrina. Y el vendehumo, el charlatán de feria al que los vericuetos de la historia transformaron en presidente, no sabe de doctrinas, ni de teorías ni de nada.

La última genialidad de la batalla cultural libertariana consiste en descubrir, más de ciento cuarenta años después de la muerte de Karl Marx, que el problema no era su teoría del valor, ni su análisis del capitalismo, ni su crítica a la explotación. No. El problema era que Marx era… satanista. Una revelación extraordinaria. Después de años de debates sobre economía, filosofía, historia y política, Milei llegó al fondo de la cuestión: encontró el cuerno del diablo escondido entre las páginas de un libro que no leyó: El Capital. La plusvalía era una pista falsa. La lucha de clases era una distracción. El verdadero problema era que el viejo Marx tenía una agenda con Lucifer. Un pacto con el diablo.

Es una pena que durante dos siglos de universidades, bibliotecas y debates intelectuales nadie hubiera reparado en este descubrimiento. Por suerte llegó Milei y se acabó la distracción. Armado con una motosierra y una formación acelerada en demonología política, pudo iluminar a la humanidad.

Pero la escena tiene una lógica. Porque cuando una ideología necesita transformar a su adversario en una encarnación del mal absoluto, es porque ya abandonó el terreno de las ideas. Se retiró, arrugó, tiró la toalla. Una discusión política supone argumentos, pruebas, historia. Una cruzada moral supone demonios. Y ahí aparece el problema de fondo: a la llamada “batalla cultural” de Milei, la palabra cultura le queda enorme. Porque una batalla cultural supone cultura. Supone leer libros, discutir conceptos, conocer aquello que se critica. Supone enfrentarse con una tradición intelectual con herramientas intelectuales. Esto es otra cosa. Esto no es cultura. Es barbarie.

La barbarie no es solamente destruir libros o quemar bibliotecas. También es dejar de leerlos y reemplazar la discusión por supersticiones. Es transformar adversarios políticos en monstruos. Es abandonar la crítica para entrar en el terreno del exorcismo. La derecha reaccionaria siempre tuvo esa tentación. Cuando no podía responder una crítica al orden existente, necesitaba presentarla como una amenaza moral, religiosa o civilizatoria. El enemigo no era alguien equivocado: era alguien malvado.

Por eso Marx no podía ser simplemente un economista equivocado o un revolucionario con el que se puede coincidir o disentir. Tenía que ser Satán. Porque si Marx fuera solamente un intelectual que analizó cómo funciona el capitalismo, entonces habría que discutirlo. Habría que leerlo. Habría que responderle. Pero si Marx es el demonio, problema resuelto. No hace falta argumentar contra El Capital. Alcanza con persignarse.

La paradoja es que, el hombre que llegó a la política prometiendo terminar con las “castas”, terminó creando su propia teología: el mercado como divinidad, la propiedad privada como mandamiento y el Estado como encarnación del pecado original. En esa religión particular, cualquier crítica al capitalismo deja de ser una discusión económica y pasa a ser una blasfemia.

Quizá Milei no odia tanto a Marx por sus errores como por sus aciertos incómodos. Porque Marx tuvo una obsesión bastante peligrosa para cualquier apologista del capitalismo: mostrar que detrás de las apariencias hay relaciones sociales, detrás de los precios hay trabajo humano y que detrás de la riqueza hay una historia de explotación.

Marx hizo algo imperdonable para quienes quieren presentar al capitalismo como un orden natural: le sacó el halo de misterio. Lo bajó del cielo y lo puso en la tierra. Y eso, para quienes transforman al mercado en una especie de fuerza divina, tiene que parecer una obra demoníaca.

Pero, si vamos a jugar con categorías religiosas, conviene ordenar un poco las cosas. Si Marx era satanista porque criticaba los poderes establecidos y porque quería explicar las contradicciones del mundo que tenía delante, entonces habría que revisar una larga lista de pensadores incómodos de la historia. El problema es que Milei no está haciendo historia de las ideas. Está haciendo una película de terror de bajo presupuesto. Mucho demonio, mucho apocalipsis, mucha épica del bien contra el mal. Poca lectura. Poca cultura. Y mucha, mucha sanata.

Por eso, si Marx era satanista, Milei es sanatista. Un sanatero bárbaro. El sanatero más sobrevalorado de los últimos 50 años. La cuestión nunca fue Marx. Marx es apenas el nombre que eligieron esta vez. Mañana puede ser cualquier otro: una organización obrera, un movimiento social, una universidad, una idea que ponga en discusión los privilegios de los poderosos.

Pero los problemas del capitalismo no desaparecen porque alguien invoque al diablo. La lucha entre quienes viven de su trabajo y quienes se apropian de esa riqueza no nació en un libro de Marx: nació en la realidad. Quizás por eso necesitan tanto inventar demonios. Porque discutir con Marx implica discutir con preguntas que siguen abiertas: quién produce la riqueza, quién decide sobre ella y por qué una minoría concentra lo que millones generan todos los días.

La verdadera batalla cultural no se gana con exorcismos. Se gana enfrentando ideas con ideas, y realidad contra fantasías. Lo demás no es una batalla cultural. Es una misa negra de la ignorancia.

Fernando Rosso

Etiquetado en: batalla cultural Javier Milei Karl Marx Marx satanista marxismo Richard Wurmbrand

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