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Karl Marx Naglfar Nuevo

Poemas «satánicos» de Karl Marx

6 de septiembre de 20266 de septiembre de 2026
Kalewche

Satanás contemplando el abismo por el que el río Tigris se hunde bajo tierra, en el momento en que busca una entrada al Edén. Detalle de un grabado de Gustave Doré para El paríso perdido, de John Milton, Libro IX, versos 74-75 (1866).

El pastor luterano Richard Wurmbrand (Bucarest, 1909 – Los Ángeles, 2001) no tomó a bien que Rumania, su patria burguesa y cristiana, se volviera de pronto, al término del cataclismo de la Segunda Guerra Mundial, una república socialista y laica alineada con la Unión Soviética de los ateos bolcheviques, con Stalin a la cabeza. Cuando el Ejército Rojo ocupó el país balcánico en 1944, hacía varios años que la Guardia de Hierro y el dictador Antonescu habían fascistizado el reino de Miguel I, alineándolo con la Alemania nazi y su racismo genocida. Wurmbrand, anticomunista visceral, predicó insistentemente contra el cambio de régimen en Bucarest, captando la atención de la Securicate, la policía secreta de la naciente República Popular Rumana. Tras dos largas y traumáticas estadías en prisión (1948-1956 y 1959-1964), se exilió resentido en Estados Unidos a fines de 1966, donde, bajo el patrocinio de los halcones neoconservadores de la Guerra Fría (nostálgicos incurables de la “caza de brujas” macartista), volvería a la carga con su anticomunismo militante en clave teológica, mística y apocalíptica. Evangelista muy activo en el Bible Belt, creó a ese fin la ONG Misiones Cristianas para el Mundo Comunista, luego rebautizada La Voz de los Mártires.
En 1976, a una década de iniciado su destierro norteamericano, mientras en la República Socialista de Rumania discurría la dictadura de Ceaușescu, publicó en California su obra más popular:
Marx y Satanás. En este libro, hito de su cruzada anticomunista que se volvería un bestseller de la “batalla cultural” librada por el neoconservadurismo “occidental y cristiano”, Wurmbrand defendió la extravagante tesis de que Marx era satanista… ¿Los argumentos? Paupérrimos. Básicamente, Wurmbrand se limitó a interpretar literalmente y fuera de contexto algunas metáforas o tropos oscuros de un joven Marx aficionado a la poesía y la dramaturgia, que, como tantos alemanes letrados de su generación, acusaba fuertes influencias –góticas y no tanto– del Romanticismo en general y del Fausto de Goethe en particular, un universo literario donde la temática e imaginería satánicas eran habituales, en consonancia con una tradición revisionista que venía de largo, desde al menos el siglo XVII (Milton y su Paradise Lost: “Más vale reinar en el Infierno que servir en el Cielo”). Ya se sabe: Lucifer como ángel rebelde y caído, criatura enfrentada a Dios y castigada por Dios a causa de su orgullo e insubordinación, personaje complicado y fascinante, héroe-antihéroe épico y trágico, modernamente rescatado por los cultores del Sturm und Drang más por su compleja ambigüedad antropomórfica que por su chata maldad sobrehumana, más por las sutiles pregnancias morales y psicológicas –o estéticas– del mito bíblico que por la dogmática exégesis que de él había formulado la teología judeocristiana en tiempos antiguos y medievales. La atracción alegórica del Romanticismo por el Príncipe de las Tinieblas –el “satanismo literario”, en palabras de Ruben van Luijk– rebasó ampliamente el ámbito de Alemania. Lo encontramos también en Inglaterra, con William Blake y Percy B. Shelley; en Francia, con Alfred de Vigny y Victor Hugo…
Pero, desde luego, el interés del joven Marx por Satanás iba más allá del
topos literario, del pathos romántico. El futuro autor de El capital ya estaba embarcado –como estudiante universitario y como lector autodidacta– en un proceso de reflexión filosófica que habría de conducirlo no mucho después al materialismo ateo, de la mano del librepensador Ludwig Feuerbach y su revolucionaria obra La esencia del cristianismo (1841), libro crucial en la génesis de la juventud hegeliana de izquierda y en la temprana formación intelectual de Nietzsche. Otra luminaria del socialismo ateo decimonónico, Mijaíl Bakunin, también abrevaría en la fuente del satanismo literario, igual que en el manantial del materialismo antropológico feuerbachiano. En Dios y el Estado (1871), el ácrata ruso habría de caracterizar románticamente a Satanás como “el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos”.
A Wurmbrand, el exégeta demasiado literal del joven Marx, le caben como anillo al dedo varios refranes mordaces: “El problema con la gente que no entiende el sentido figurado es que camina por la vida tropezando con las palabras como si fueran muebles”, “No hay nada más peligroso que un tonto que se toma una figura retórica como un manual de instrucciones”, etc. También le queda bien este sayo aforístico de Chesterton: “La metáfora es la forma más corta de decir una cosa larga; la literalidad es la forma más larga de no entender nada”.

En estos poemas del joven Marx, que recogimos de MEGA 1 (Marx-Engels Gesamtausgabe, tomo 1) y tradujimos al español para nuestros lectores, es fácil reconocer la influencia no sólo del ateísmo de Feuerbach, sino también de tópicos presentes en la literatura de Goethe –en especial de su Fausto– y del romanticismo alemán en general: el pacto con el diablo, el orgullo prometeico, la desesperación existencial, la figura del artista marginal, las imágenes de ruinas sublimes… Se trata de los poemas “Spielmann” (pp. 670-671), “Menschenstolz” (pp. 487-489), “Des Verzweiflenden Gebet” (pp. 640-641) y “Das bleiche Mädchen” (pp. 494-496), los cuatro escritos entre 1835 y 1838, antes de cumplir veinte años. ¿Cuánto de «satanismo» se esconde en ellos? Que juzgue el lector.
La metáfora en estos poemas de Karl Marx –junto con la de la obra de teatro inconclusa Oulanem, que no traducimos aquí por limitaciones de espacio– perece bajo la lectura hiperliteral y necrosante del pastor luterano. No en vano expresó el mitólogo Joseph Cambell que el literalismo provoca la muerte de los mitos y la poesía. O, en palabras de Pablo de Tarso, “la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Corintios 3:6).
Acompañan a esta antología «satánica» dos artículos de Fernando Rosso, agrupados por nosotros bajo el título común “El satánico doctor Marx o el sanatero profeta Milei” y el texto “Los poemas satánicos de Marx. O bien: Crítica poética y teoría de la conspiración” de Christiane Kiesow.


Juglar

El juglar toca el violín,
Sus cabellos castaños claros se inclinan,
Lleva un sable al costado,
Viste una túnica amplia y plisada.

«Juglar, juglar, ¿por qué tocas con tanto ímpetu
Juglar, ¿por qué miras a tu alrededor con tanta ferocidad?
¿Por qué te hierve la sangre, por qué se agita en oleadas?
¡Se romperá tu arco!».

«¡Qué toco, hombre! ¿Qué oleadas rugen?
Que estallen con estruendo contra la roca,
que el ojo se ciegue, que el pecho se agite,
que el alma resuene hasta el infierno».

«Juglar, desgarra tu corazón con burla,
el arte que te concedió un dios luminoso,
¡debes fluir, debes brotar sobre ondas de sonido,
para elevarte hasta la danza de las estrellas!»

«¡Qué, qué! Clavo, clavo sin fallar,
Negro de sangre el sable en tu alma,
¡fuera de la casa, fuera de la vista,
quieres jugar a ser un niño con tu cuello?»

«Dios no lo conoce, Dios no aprecia el arte,
Que se alzó hasta mi cabeza desde el vaho del infierno,
Hasta que el cerebro se extravió, hasta que el corazón se transformó:
¡Se lo he comprado, vivo, al Oscuro!»

«Él me marca el compás, él traza las señales,
Debo, pleno, frenético, tocar la marcha fúnebre,
Debo tocar oscuro, debo tocar luminoso,
Hasta que el corazón se quiebre por la cuerda y el arco.»

El juglar toca el violín
Sus cabellos castaños claros se inclinan,
Lleva un sable al costado,
Viste una túnica amplia y plisada.

Spielmann

Spielmann streicht die Geigen,
Die lichtbraunen Haare sich neigen,
Trägt einen Säbel an der Seit‘,
Trägt ein weites, gefaltet Kleid.

«Spielmann, Spielmann, was streichst Du so sehr,
Spielmann, was blickst Du so wild umher?
Was springt das Blut, was kreist’s in Wogen?
Zerreiß’t Dir ja deinen Bogen.»

«Was geig‘ ich Mensch! Was brausen Wellen?
Daß donnernd sie am Fels zerschellen,
Daß ’s Aug‘ erblind’t, daß der Busen springt,
Daß die Seele hinab zur Hölle klingt!»

«Spielmann, zerreiß’t Dir das Herz mit Spott,
Die Kunst, die lieh Dir ein lichter Gott,
Sollst ziehn, sollst sprühn auf Klangeswellen,
Zum Sternentanz hinanzuschwellen!»

«Was, was! Ich stech‘, stech‘ ohne Fehle,
Blutschwarz den Säbel in Deine Seele,
Fort aus dem Haus, fort aus dem Blick,
Willst Kindlein spielen um dein Genick?»

«Gott kennt sie nicht, Gott acht‘ nicht der Kunst,
Die stieß in den Kopf aus Höllendunst,
Bis das Hirn vernarrt, bis das Herz verwandelt,
Die hab‘ ich lebendig vom Schwarzen erhandelt!»

«Der schlägt mir den Takt, der kreidet die Zeichen;
Muß voller, toller den Todtenmarsch streichen,
Muß spielen dunkel, muß spielen licht,
Bis ’s Herz durch Sait‘ und Bogen bricht.»

Spielmann streicht die Geigen,
Die lichtbraunen Haare sich neigen,
Trägt einen Säbel an der Seit‘,
Trägt ein weites, gefaltet Kleid.

Orgullo humano (A Jenny)

Cuando contemplé estas salas majestuosas
Y el peso gigantesco de los edificios,
Y el bullicio tempestuoso de la gente,
Y la inquietante prisa febril;

Sentí latir mi pulso,
Y el orgulloso ardor titánico de mi alma:
¿Te llevarán las olas
Hacia la vida y hacia las aguas del mar?

¿Debo asombrarme ante las masas,
Que audaces se alzan hacia el cielo?
¿Debe dejarme atrapar por esta vida,
Que se precipita hacia lo incierto?

¡No! Vosotros, pobres gigantes enanos,
Y tú, monstruo frío y pétreo,
Observen la mirada, tan versada en el camino,
¡La impetuosidad del alma la abrasa por dentro!

Atravesando los círculos a su alrededor,
Huye a través de ellos con rápido espíritu explorador,
Y el anhelo destella, ardiente,
Burlándose a través de las amplias salas.

Cuando todos ustedes se precipiten, se hundan,
No quedará más que un mundo de fragmentos coloridos,
Ya sea que el frío esplendor nos deslumbre,
Ya sea que la ruina, sombriamente, se nos oponga.

Ninguna frontera está trazada,
Ningún pedazo de tierra duro y pobre nos retiene,
Y navegamos por las olas,
Y nos adentramos en tierras más lejanas.

Nada puede retenernos,
Nada encierra nuestra esperanza,
Las figuras se desvanecen,
Y solo quedan en el pecho el ardor y el dolor.

Esos vastos monstruos
No son más que escombros, amontonados con temor,
Y nunca sienten el fuego,
Que, desde la nada vacía, los crea con esfuerzo.

Ninguna columna gigante se alza
Por sí misma, triunfante, en unidad,
Tejida precariamente piedra a piedra
Forman apenas el cauteloso avance de un caracol.

Pero el alma lo abarca todo,
No es más que un gran y gigantesco resplandor,
Incluso en su caída
Arranca soles en la vorágine de la destrucción.

Desde sí misma se eleva victoriosa
Hacia el noble trono del cielo,
Acuna dioses en las profundidades,
Y en su mirada brilla el rayo del trueno.

Y no vacila ante los puentes,
Donde la idea de Dios avanza meditativa,
Se atreve a acunarlo en su pecho,
Su propia grandeza es su suprema oración.

Si debe consumirse en sí misma,
Perecer en su propia grandeza,
Entonces resuena como erupciones volcánicas,
Y los demonios se agolpan a su alrededor llorando.

Desafiante, quiere sucumbir,
Erigir un trono para la burla de los gigantes,
Y su propia caída es victoria,
Y su orgulloso desprecio, la recompensa del héroe.

Pero, cuando el ardor mutable se enlaza,
Cuando dos almas se funden,
Una le susurra a la otra,
Ya no tendrás que recorrer el universo tan sola;

¿Se oye resonar con fuerza a través de los mundos,
Suave, con el pleno sonido del arpa eólica;
Y en el resplandor de la belleza eterna,
Brillan juntos el deseo y el anhelo del alma?

¡Jenny! ¿Puedo atreverme a decir,
Que hemos intercambiado nuestras almas,
Que laten ardientes como una sola,
Que una corriente murmura entre sus olas?

Entonces arrojaré el guante con desdén
A la amplia faz del mundo,
Y la enana gigante se derrumbará gimiendo,
Sus escombros no sofocarán mi ardor.

Puedo caminar como un dios,
Avanzar victorioso por su reino de ruinas,
Cada palabra es ardor y acción,
Mi pecho es como el seno del Creador.

Menschenstolz (An Jenny)

Als ich diese stolzen Hallen
Schaute und der Häuser Riesenlast,
Und der Menschen stürmisch Wallen,
Und die unruhvolle Fieberhast;

Fühlte ich der Pulse Schlagen,
Und der Seele stolze Riesengluth:
Sollen dich die Wellen tragen
Hin in Leben und in Meeresfluth?

Soll ich staunen vor den Massen,
Die zum Himmel keck sich aufgethürmt?
Soll mich dieses Leben fassen,
Das dem Ungefähr entgegenstürmt?

Nein! ihr armen Zwerggiganten,
Und du kaltes, steinern Ungethüm
Schaut den Blick, den Weggewandten,
Ihn durchglüht der Seele Ungestüm!

Er durchkreuzet rings die Kreise,
Flieht durch sie mit raschem Forschersinn,
Und die Sehnsucht blitzt, die heisse,
Höhnend durch die weiten Hallen hin.

Wenn ihr alle stürzet, sinket,
Giebt’s nur eine bunte Scherbenwelt,
Ob die kalte Pracht uns blinket,
Ob Ruin sich dumpf entgegenstellt.

Keine Grenze ist gezogen,
Keine harte, arme Scholle bannt,
Und wir segeln durch die Wogen,
Und wir wandern fort in fern’res Land.

Keines mag uns festzuhalten,
Keines schliesset unser Hoffen ein,
Es enteilen die Gestalten,
Und es bleibt des Busens Gluth und Pein.

Diese weiten Ungeheuer
Sind nur Bruchwerk, ängstlich aufgerafft,
Und sie fühlen nie das Feuer,
Das aus leerem Nichts sie mühsam schafft.

Keine Riesensäule hebet
Aus sich selbst in eins sich siegend auf,
Dürftig Stein an Stein gewebet
Formen arm den bangen Schneckenlauf.

Doch die Seele fasset Alle,
Ist nur eine hohe Riesengluth,
Selber noch in ihrem Falle
Reißt sie Sonnen in Vernichtungsfluth.

Aus sich selber hebt sie siegend
Auf sich zu der Himmel hehrem Sitz,
Götter in der Tiefe wiegend,
Und in ihrem Auge Donn’rers Blitz.

Und ihr schwindelt nicht vor Stegen,
Wo der Gottgedanke sinnend geht,
Wagt am Busen ihn zu pflegen,
Eigne Grösse ist ihr Hochgebet.

Muß sie in sich selbst verzehren,
In der eignen Grösse untergehn,
Dann tönt’s, wie Vulkanengähren,
Und Dämonen weinend um sie stehn.

Trotzend will sie unterliegen,
Einen Thron erbaun für Riesenhohn,
Und ihr Fallen selbst ist Siegen,
Und ihr stolz Verschmähen Heldenlohn.

Doch, wenn Wechselgluth sich bindet,
Wenn zwei Seelen ineinanderwehn,
Eine leis der andern kündet,
Nicht so einsam mehr durch’s All zu gehn;

Hört man’s laut durch Welten tönen,
Mild in vollem Aeolsharfenklang;
Und im Strahl des Ewigschönen
Glühn zusammen Wunsch und Seelendrang.

Jenny! Darf ich kühn es sagen,
Daß Wir unsre Seelen ausgetauscht,
Daß in eins sie glühend schlagen,
Daß ein Strom durch ihre Wellen rauscht?

Dann werf‘ ich den Handschuh höhnend
Einer Welt in’s breite Angesicht,
Und die Riesenzwerginn stürze stöhnend,
Meine Gluth erdrückt ihr Trümmer nicht.

Götterähnlich darf ich wandeln,
Siegreich ziehn durch ihr Ruinenreich,
Jedes Wort ist Gluth und Handeln,
meine Brust dem Schöpferbusen gleich.


La oración del desesperado

«¿Acaso un dios me ha arrebatado todo,
arrastrado en la maldición y el yugo del destino
sus mundos –todo– ¡lo he perdido todo!
Una cosa quedó, la venganza me quedó al fin y al cabo»

«En mí mismo quiero vengarme con orgullo,
en ese ser que se entroniza allá arriba,
que mi fuerza no sea más que un mosaico de debilidades,
¡y que mi propia bondad quede sin recompensa!»

«Quiero construirme un trono,
fría y gigantesca será su cima,
que el horror sobrehumano sea su baluarte,
¡y que su mariscal sea el tormento sombrío!»

«Quien mire hacia arriba con ojos sanos,
regrese pálido como la muerte y en silencio,
agarrado por el aliento ciego de la muerte,
que cavará él mismo la fosa de su propia suerte».

«Y que los relámpagos del Altísimo reboten
contra la alta construcción de hierro;
si él derriba mis muros, mis salones,
la eternidad los reconstruirá desafiante».


Des Verzweifelnden Gebet

«Hat ein Gott mir alles hingerissen
Fortgewälzt in Schicksalsfluch und Joch
Seine Welten –alles– alles missen!
Eines blieb, die Rache blieb mir doch»

«An mir selber will ich stolz mich rächen,
An dem Wesen, das da oben thront,
Meine Kraft sei Flickwerk nur von Schwächen,
Und mein Gutes selbst sei unbelohnt!»

«Einen Thron will ich mir auferbauen,
Kalt und riesig soll sein Gipfel sein,
Bollwerk sei ihm übermenschlich Grauen,
Und sein Marschall sei die düst’re Pein!»

«Wer hinaufschaut mit gesundem Auge,
Kehre todtenbleich und stumm zurück
Angepackt vom blinden Todteshauche,
Grabe selbst die Grube sich sein Glück.»

«Und des Höchsten Blitze sollen prallen
Von dem hohen, eisernen Gebäu,
Bricht er meine Mauern, meine Hallen,
Trotzend baut die Ewigkeit sie neu.»

La muchacha pálida (balada)

La doncella está sentada tan pálida,
Tan quieta y cerrada,
El alma, blanda como un ángel,
Está turbia y descontenta.

No entra en ella ningún rayo de luz,
Allí se agitan las olas,
Allí juegan el amor y el dolor,
Que se han engañado mutuamente.

Era tan piadosa, tan dulce,
Entregada al cielo,
La dichosa imagen de la inocencia
Que tejen las Gracias.

Entonces llegó un caballero ilustre
Sobre un caballo ostentoso,
En el ojo, un mar de amor
Y dardos de fuego.

Aquello hirió tan hondo en el pecho,
Pero él se alejó de allí,
Lanzándose al furor de la guerra,
Nada puede retenerlo.

Y la quieta paz ha huido,
El cielo se ha hundido,
El corazón, trono del sufrimiento,
Y lleno de anhelo.

Y cuando llega el atardecer,
Ella se postra en tierra,
Ante el santo Cristo,
Y reza de nuevo.

Mas entre su figura
Otro se interpone,
Que la arrebata con violencia,
Por más que su corazón se esfuerce en resistir.

«Pero tú eres mi amada,
Y para siempre mía,
Puedes, en apariencia, mostrar al cielo
Tu alma.»

Entonces la embarga un horror
Como un temblor de hielo,
Y ella huye despavorida,
Rodeada de oscuridad.

Retuerce su mano de lirio
Y estalla en lágrimas:
«Así el pecho se ha encendido,
Y el corazón está lleno de delirios.»

«Así el cielo me ha sido arrebatado,
Así estoy perdida,
El espíritu que creía en Dios
Está condenado al infierno.»

«Pero ¡ay! él era tan grande,
Tan semejante a un dios,
La mirada tan insondable,
Tan noble y tan poderoso.»

«Y no me ha visto,
No me ha dirigido ni una mirada,
Y me deja consumirme sin consuelo
Hasta que el alma se apague.»

«A otra ciñe su brazo
Y puede estrecharlo,
Y no sospecha mi dolor
Tan inmenso.»

«Con gusto daría la salvación del alma
Y toda mi esperanza,
Si tan solo me concediera su mirada,
Si su corazón se me abriera.»

«Qué frío debe ser el cielo
Que él no atraviesa con su ardor,
Una tierra llena de anhelo y dolor,
Y bañada en sufrimiento.»

«Aquí braman la ola y la marea,
Que puedan refrescar
La ardiente hoguera del corazón
Y el sentir del alma.»

Y ella se arroja con fuerza
En las burbujeantes olas,
Y hacia la lóbrega y fría noche
Es arrastrada.

Y el corazón, que tan ardientemente sintió,
No puede seguir latiendo,
Y la mirada, tierra de llamas,
Está muda y quebrada.

Y el labio, tan dulce y suave,
Está descolorido y pálido,
Y su esbelta imagen etérea
Se desvanece en la nada.

Y no cae ninguna hoja llorosa
De las ramas hacia abajo,
La tierra, el cielo están sordos,
No despiertan de nuevo.

Y la ola sigue bramando tranquila
Por valles y acantilados;
En el duro y rocoso lugar
Se destrozan las costillas.

Y al caballero noble y grande
Lo abraza una amante,
Y de dicha y destino de amor
Suena la cítara.

Das bleiche Mädchen (Ballade)

Das Mägdlein sitzt da so bleich,
So still und verschlossen,
Die Seele, engelweich
Ist trüb und verdrossen.

Da lacht kein Strahl hinein,
Da treiben die Wogen,
Da spielen Liebe und Pein,
Die sich wechselnd betrogen.

Sie war so fromm, so mild,
Dem Himmel ergeben,
Der Unschuld selig Bild,
Das Grazien weben.

Da kam ein Ritter hehr
Auf prunkendem Rosse,
Im Auge ein Liebemeer
Und Gluthgeschosse.

Das traf so tief in die Brust,
Doch er zog von dannen,
Hinstürmend in Kriegeslust,
Nichts mag ihn zu bannen.

Und die stille Ruhe geflohn,
Der Himmel gesunken,
Das Herz des Jammers Thron,
Und sehnsuchtstruken.

Und wie es nun Abend ist,
Da wirft sie sich nieder,
Hin vor den heiligen Christ,
Und betet wieder.

Doch zwischen seine Gestalt
Ein and’rer sich drängt,
Der faßt sie mit Allgewalt,
Wie sie’s Herz auch zwängt.

«Bist doch das Liebchen mein,
Und für stets mir eigen,
Dem Himmel magst du zum Schein
Die Seele zeigen.»

Da ergreift es sie graus,
Wie Eises Beben,
Und sie stürmt entsetzt hinaus,
Vom Dunkel umgeben.

Sie ringt die Lilienhand,
Und bricht in Thränen:
«So ist die Brust entbrannt,
Und das Herz voll Wähnen.»

«So ist der Himmel geraubt,
So bin ich verloren,
Der Geist, der an Gott geglaubt,
Ist der Hölle erkoren.»

«Doch ach! er war so groß,
So gottgestaltig,
Das Auge so bodenlos,
So hehr und gewaltig.»

«Und hat mich nicht gesehn,
Keinen Blick mir gesendet,
Und läßt mich trostlos vergehn,
Bis die Seele endet.»

«’ne Andre umschlingt sein Arm
Und darf ihn pressen,
Und ahnt nicht meinen Harm
So unermessen.»

«Wie gern gab’ ich Seelenheil
Und all mein Hoffen,
Würd’ mir sein Blick zu Theil,
War’ sein Herz mir offen.»

«Wie kalt muß der Himmel sein,
Den er nicht durchglühet,
Ein Land voll Sehnsucht und Pein,
Und Schmerz durchsprühet.»

«Hier rauschet Welle und Fluth,
Die mögen kühlen,
Des Herzens rasende Gluth,
Und der Seele Fühlen.»

Und sie wirft sich mit Macht
In die sprudelnden Wogen,
Und in düstere kalte Nacht
Wird sie fortgezogen.

Und das Herz, das so heiß empfand,
Darf nicht weiter pochen,
Und der Blick, ein Flammenland,
Ist stumm und gebrochen.

Und die Lippe, so süß und mild,
Ist entfärbt und gebleichtet,
Und ihr schlankes Aetherbild
Im Nichts entweichet.

Und es fällt kein weinendes Laub
Von den Zweigen nieder,
Die Erde, der Himmel sind taub,
Erwecken nicht wieder.

Und die Welle rauscht ruhig fort
Durch Thal und Klippen;
Am harten, felsigen Ort
Zerschmettern die Rippen.

Und den Ritter hehr und groß
‘ne Buhle umschlinget,
Und von Glück und Liebesloos
Die Zyther klinget.

Karl Marx

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