Fotografía de Jean Batou. Fuente: https://www.unil.ch
Jean Batou es en la actualidad miembro del sitio web Marx21. Se trata de una página en idioma francés dedicada a abordar problemas teóricos, históricos, sociales y políticos, de actualidad o de largo plazo, desde perspectivas marxistas. Para quienes no lean en francés, cabe destacar que la página dispone de un traductor automático al castellano, de muy sencilla aplicación. Dado que Jean se explaya extensamente en la propia entrevista sobre su trayectoria política e intelectual, no es necesario agregar de nuestra parte mucho más, salvo la más enfática recomendación de leerle y visitor el sitio, cuyo enlace es: https://marx21.ch/. La entrevista fue realizada por nuestro camarada Ariel Petruccelli.
¿En qué circunstancias se politizó?
Mi compromiso político comenzó en 1968 de manera espontánea, sin un marco político definido, atraído más bien por la acción directa, con referentes como el Che Guevara, Angela Davis o Ho Chi Minh. Se trataba de un antiimperialismo orientado hacia el Tercer Mundo, antimilitarista y antifascista (Franco, Salazar y los coroneles griegos estaban en el poder; había comenzado el ciclo de las dictaduras en América Latina con Brasil), con tintes libertarianos. Desde los 14 años participé en numerosas manifestaciones callejeras y ocupaciones de viviendas vacías, espacios culturales, embajadas, etc.
En 1971 –tenía 17 años– me uní a la Liga Marxista Revolucionaria, la sección suiza de la Cuarta Internacional, porque me atrajo la coherencia del trotskismo, a pesar del carácter un tanto vertical de esa organización. Fue una verdadera escuela de formación, siempre y cuando se mantuviera el espíritu crítico, se siguiera pensando por uno mismo y no se cayera en un bolchevismo de pacotilla. Por fortuna, la Liga Comunista (la organización francesa de la Cuarta Internacional, con Alain Krivine y Daniel Bensaïd), con la que he mantenido una relación muy cercana, no se parecía en nada a las pequeñas sectas que poblaban entonces buena parte del panorama trotskista.
Pero el retroceso del movimiento del 68 comenzó muy pronto, con el fracaso de la experiencia de Allende en Chile, con la transición posfranquista controlada por la burguesía en España y con la recuperación de la revolución portuguesa por la socialdemocracia. Al mismo tiempo, el fin de la larga ola expansiva de las décadas posteriores a la guerra volvió a situar la recesión económica y el desempleo masivo en el centro de la agenda social y dificultó las luchas obreras que habían sacudido Francia, Italia y España durante los años anteriores. Los compañeros que se habían dedicado en cuerpo y alma al activismo comenzaron entonces a plantearse preguntas relacionadas con su incorporación a la vida laboral. Muchos perdieron la fe en cualquier perspectiva revolucionaria e incluso abandonaron todo compromiso político. Cada vez se hablaba más de “la crisis del activismo“”. En realidad, quienes habían basado su compromiso en la inminencia de la revolución no pudieron identificarse con esa “lenta impaciencia” que evoca Daniel Bensaïd en su autobiografía.
¿Cómo continuó con su compromiso político después del giro neoliberal de los años 80?
Tras creer en la posibilidad de una revolución socialista a corto plazo en América Latina y Europa, sin hacer después una crítica razonada de este pronóstico –lo que desorientó a muchos militantes–, la Cuarta Internacional apostó por un resurgimiento de las luchas obreras en un contexto de mayor presión sobre los salarios, desempleo creciente y desmantelamiento progresivo del Estado de bienestar. A principios de la década de 1980, promovió una política de inserción de sus militantes en la industria, en la que participé durante unos meses, pero que rápidamente llegó a un punto muerto, ya que las luchas en el sector industrial retrocedieron notablemente debido al desempleo masivo y a la generalización de las políticas neoliberales. Esta nueva orientación errónea y carente de un balance serio provocó deserciones en las secciones de la Cuarta Internacional, mientras que las demás corrientes del trotskismo experimentaban las más variadas evoluciones y, en general, desarrollaban diversas formas de sectarismo autoprotector.
A principios de la década de 1990, la reintegración del bloque del Este al mundo capitalista sin que se vislumbrara la perspectiva de una revolución política antiburocrática (excepto en Polonia, sin embargo, la experiencia de Solidarnosc terminó conduciendo a una adhesión al liberalismo) me hizo comprender que no habíamos entendido la evolución de las sociedades del Este durante las seis décadas de estalinismo y neostalinismo y que la fórmula consagrada de “Estados obreros burocráticamente degenerados”, respecto a la cual Trotsky fue siempre mucho más prudente, no había captado la dinámica de sus formaciones sociales a largo plazo. En esa época me dediqué a un intenso activismo para organizar la resistencia contra las políticas neoliberales, que yo consideraba, al igual que muchos marxistas, un giro de los sectores dominantes del capital para contrarrestar la caída de las tasas de ganancia.
Fue el momento de la formación de coaliciones de izquierda combativa en algunos países, como la Alianza Roja y Verde en Dinamarca (1989) o el Bloque de Izquierda en Portugal (1999), que reunían a organizaciones de tradición trotskista y no trotskista. Participé activamente en estos procesos en la Suiza francófona, con cierto éxito. Mientras la socialdemocracia aceptaba plenamente el giro neoliberal, junto con una parte de los partidos comunistas (en particular, en Italia, donde el PCI se convirtió en el Partido Democrático de Izquierda), nosotros queríamos agrupar a las fuerzas políticas que se oponían a esa rendición y fomentar una oposición social y política.
¿Cuál fue su evolución intelectual?
Desde el principio, mi formación intelectual estuvo estrechamente ligada a mi activismo, ya que era una época en la que el marxismo vivía un gran auge y mi interés por los asuntos internacionales me impulsaba a estudiar los fundamentos teóricos de los temas más diversos. Al mismo tiempo, estudié Historia Económica y defendí una tesis doctoral sobre las primeras experiencias de desarrollo industrial moderno en América Latina y Oriente Medio antes de la formación del imperialismo moderno, a finales del siglo XIX. ¡En este sentido, las experiencias de Egipto y Paraguay fueron las más impresionantes! Publiqué los principales resultados de mi tesis en un artículo redactado en inglés (Jean Batou, “Nineteenth-Century Attempted Escapes from the Periphery: The Cases of Egypt and Paraguay”, Review, Fernand Braudel Center, 1993, 279-318).
Posteriormente, trabajé sobre numerosos temas diferentes, aunque con una preferencia por la historia política y social, en particular la de la década de 1930 (el auge del fascismo, la Guerra Civil española, etc.) y la de los años sesenta y setenta1. Junto con mi pareja y un tercer investigador, acabamos de publicar un extenso volumen sobre el voluntariado internacional en las brigadas, las milicias y los servicios civiles durante la Guerra Civil española2.
Sin embargo, no he dejado de lado los temas más generales de la historia económica y social, como la historia de la globalización capitalista a largo plazo, la contribución de la trata de esclavos a la Revolución Industrial o el tema de la acumulación por desposesión desde una perspectiva histórica de larga duración, sobre los cuales he publicado artículos bastante extensos. Los cursos que impartía en la Universidad de Lausana, donde fui nombrado profesor en 1994, estaban relacionados con esos estudios3.
Sabemos que se encuentra escribiendo un libro sobre la historia del mundo islámico. ¿Podría adelantarnos un resumen de su contenido? ¿Qué lo motiva a escribirlo?
Durante mis últimos años como docente, comencé a estudiar la historia de las sociedades musulmanas desde Mahoma hasta la actualidad. Impartía un curso sobre este tema. Por supuesto, elegí este tema por el auge de la islamofobia en Europa y en el mundo. Más allá de los tópicos, mi intención era mostrar que se puede hacer una historia materialista del mundo musulmán y de los conflictos sociales que se han desarrollado a lo largo de su historia, aunque generalmente hayan adoptado una expresión religiosa. Esta investigación me ha llevado a volver a interesarme por los temas fundamentales del materialismo histórico.
Me jubilé en 2016 y, después de pasar más de cinco años en el Parlamento del cantón de Ginebra, volví a dedicarme al estudio de la historia del mundo musulmán. He terminado una síntesis de los siglos VII al XIV y he escrito un artículo sobre lo que, siguiendo a Manuel Acién Almansa, llamo la “formación social musulmana”.
¿Cómo caracterizaría la época en la que nos encontramos desde la crisis de 2007-2008?
A partir de la segunda mitad de la primera década del siglo XXI se produjo un verdadero cambio de época, marcado por un claro endurecimiento de la ofensiva capitalista y un fuerte auge de la extrema derecha en el ámbito político-electoral (que atrae cada vez más a amplios sectores de la derecha tradicional). Este cambio se vio impulsado por la prolongada depresión que comenzó en 2007-2008, el apoyo masivo de los Estados al sector financiero privado, el surgimiento de China como potencia competidora de Estados Unidos, la creciente agresividad militar de Rusia (guerra contra Georgia en 2008, anexión de Crimea e intervención en el este de Ucrania en 2014) y la desaceleración persistente del crecimiento capitalista global. El genocidio que se está llevando a cabo en Gaza, con el apoyo más o menos declarado de las principales potencias capitalistas, da testimonio del salto cualitativo en la violencia sistémica de un capitalismo acorralado por su propia crisis de acumulación, su crisis ambiental, su crisis de representación política, el aumento de las tensiones interimperialistas y la carrera armamentista que las acompaña.
En este nuevo contexto, las fuerzas de izquierda o “progresistas” también atraviesan una profunda crisis. La socialdemocracia tradicional intenta, sin mucho éxito, alejar a una parte de la derecha de los cantos de sirena de la extrema derecha, con la esperanza vana de resucitar una política burguesa de centro. Por su parte, las coaliciones o formaciones más o menos amplias de la izquierda combativa tratan de defender una política antirracista, pacifista y de reactivación keynesiana, como La France insoumise de Jean-Luc Mélenchon. Sin duda, esta política tiene un aspecto positivo, ya que favorece la confrontación con los sectores dominantes y los medios de comunicación burgueses, así como con los políticos –desde la izquierda moderada hasta la extrema derecha– que consideran esta orientación altamente subversiva (y denuncian la condena del genocidio israelí en Gaza como antisemita).
Al mismo tiempo, alimenta ilusiones sobre la posibilidad de conquistar el Estado por la vía electoral y lograr que defienda los intereses de la mayoría, incluso de algunos sectores de la pequeña y mediana burguesía, contra las capas dominantes del capitalismo (los gigantes digitales o los supuestos señores tecnofeudales). Se trata, por así decirlo, de una reinvención –aunque más moderada– de los frentes populares de los años treinta del siglo pasado. Sin embargo, ninguna de estas fuerzas parece tener en cuenta la nueva etapa del capitalismo en la que hemos entrado, que exige una mayor explotación del trabajo y no puede tolerar ningún compromiso social, lo que, objetivamente, vuelve a poner sobre la mesa la vieja alternativa, cada vez más candente: “revolución socialista o barbarie”.
Por supuesto, no estoy en contra de que los socialistas revolucionarios participen en las elecciones, de que sean elegidos en parlamentos o de que presenten candidatos a la presidencia de su país. Son asuntos tácticos, tan importantes como sean. Pero, en todo caso, creo que habrá que reconfigurar en profundidad la maquinaria del Estado, forjada a lo largo de siglos de dominación burguesa. Aspiramos fundamentalmente a un proceso de superación de la división del trabajo entre administradores y administrados, lo que implica una reducción de la jornada laboral y una ampliación de los derechos políticos y de la democracia directa, cuyas formas institucionales precisas, en el espíritu de los consejos de la historia del movimiento obrero, aún están por inventarse. No obstante, no creo que cientos de altos funcionarios de izquierda colocados al frente de Estados como los nuestros pudieran desarrollar el socialismo desde arriba.
Actualmente se encuentra muy comprometido con el sitio Marx21. Por favor, cuéntenos sobre él. ¿Quiénes lo integran? ¿Cuándo se creó? ¿Qué objetivos se proponen?
Después de abandonar la política activa en Suiza, me establecí en un pequeño pueblo del sur de Francia, donde puedo trabajar acompañado por el sol, la lluvia y los pájaros, no obstante, también paso una parte del año en París. Con algunos camaradas, mi pareja y yo hemos desarrollado el sitio web Marx21, porque consideramos que la izquierda marxista estaba muy atrasada en la comprensión del mundo actual. Seguimos reflexionando demasiado con los conceptos del pasado, aunque hemos vivido una aceleración de la historia desde la crisis de 2007-2008 que exige un estudio urgente de muchas cuestiones y un cambio de referentes.
Los temas que nos parecen urgentes de profundizar son: 1. Las transformaciones actuales del capitalismo y de los sectores dirigentes de la burguesía; 2. La dinámica del imperialismo y de las contradicciones entre los imperialismos; 3. La cuestión estratégica de la unificación del proletariado como sujeto revolucionario (relaciones entre clase, raza y género); 4. La rápida aceleración de la crisis ambiental y los desafíos que plantea a los revolucionarios (fuerzas sociales, alianzas, programa); 5. La caracterización de los regímenes autoritarios que avanzan en todas partes del mundo.
¿Por qué es importante distinguir estos espectaculares avances electorales de las extremas derechas del fascismo de los años veinte y treinta?
No solo las izquierdas radicales europeas son muy reacias a discutir esos asuntos, sino que a menudo también se niega a abrir debates que podrían generar controversias. Por ejemplo, una revista española marxista en línea a la que tengo mucho aprecio rechazó un artículo mío sobre las relaciones entre clase, género y raza porque su comité editorial estaba dividido al respecto. Mientras tanto, fue publicado por Huella del Sur en Argentina y será traducido al inglés y publicado por Jacobin US.
Encontramos dificultades similares al cuestionar la calificación de las extremas derechas actuales como fascistas (o neofascistas) y al argumentar que nos encontramos ante un realineamiento de las derechas relacionado con las más recientes evoluciones del capitalismo. De hecho, carecen de cualquier afincamiento social sólido, como el que tuvieron los partidos de masas y los grupos paramilitares de los fascistas italianos y de los nazis alemanes. También les falta un proyecto económico y una ideología coherente. Apuestan más bien por regímenes autoritarios apoyándose en el fortalecimiento del aparato represivo del Estado, como han hecho siempre las derechas en períodos de crisis. Esto significa que son más frágiles que los poderes fascistas del siglo pasado y que su fuerza radica sobre todo en la división y la falta de perspectiva estratégica ofensiva del proletariado y de sus organizaciones.
¿Cuáles son los temas que más le ocupan en la actualidad? ¿En qué se centran principalmente sus investigaciones e intervenciones políticas?
Mi pareja, que es historiadora como yo, y yo dejamos en 2021 la organización de izquierda alternativa4 que habíamos contribuido a construir porque se negaba a discutir el actual cambio de época y abandonaba cada vez más el terreno de la lucha de clases para defender objetivos democráticos interclasistas que, si no se vinculan con reivindicaciones sociales y económicas, no pueden sino perder el apoyo de las clases populares. Nos hemos vinculado al NPA [Nuevo Partido Anticapitalista], el principal grupo de la Cuarta Internacional en Francia, sobre todo para apoyar su trabajo de formación y debate, pero sin cerrar la puerta a la discusión con otras corrientes o personas de la izquierda marxista. Además, consideramos que estar políticamente –al menos en parte– huérfanos en este período puede ser una ventaja, ya que no tenemos que defender la coherencia de opciones tácticas a menudo cuestionables que, con demasiada frecuencia, impedían una reflexión realmente seria.
Estoy convencido de que la izquierda se enfrenta a una nueva época de guerras y revoluciones. La indignación social está creciendo rápidamente, como muestra la actual explosión de protesta de la juventud y de otros sectores de la sociedad en Francia. La violencia real de algunos grupos de la protesta puede estar provocada por la policía, pero creo que, en la mayoría de los casos, se trata de una violencia más o menos espontánea. El hecho de incendiar edificios municipales a la vista de la policía sin que esta pueda impedirlo es algo nuevo. Por su parte, la represión es más fuerte que nunca (10.000 detenciones policiales y más de 2.500 procesos judiciales). El 19 de octubre, el Gobierno decretó un toque de queda parcial en ciertas ciudades. Sin embargo, la izquierda sindical (CGT, Solidaires, FSU) convocó un largo movimiento de asambleas en los lugares de trabajo y de huelga desde el 5 de noviembre. Vivimos una situación crítica.
Las actuales movilizaciones de masas, desde España hasta Albania, muestran que un espectro recorre de nuevo el Viejo Continente. Sin embargo, debido al debilitamiento de las organizaciones tradicionales del movimiento obrero europeo, las formas y dinámicas de estas protestas recuerdan quizás más a las de la Revolución francesa que a las de la rusa. La sensación de que los poderes políticos no ofrecen soluciones a los problemas más graves de la gente, desde la pobreza hasta la crisis ambiental, pasando por la escasez de vivienda, está provocando que cada vez más sectores importantes de la población desconfíen de ellos y se muestren dispuestos a movilizarse. La crisis de la reproducción social (vivienda, costo de vida, educación y salud) está en el centro de las protestas. Esta es la razón por la que me interesó la carta abierta de ustedes en Argentina5, que puso de manifiesto la perspectiva de un gobierno de los trabajadores. Mucha gente piensa que el creciente éxito electoral de la extrema derecha exige una actitud cada vez más defensiva por parte de la izquierda. Creo que es un error.
Hoy, el verdadero enemigo es el Estado autoritario, policial y militarista que sigue desarrollándose en un número creciente de países y que se esfuerza por imponer una disminución constante de la participación del trabajo en el ingreso nacional. Sin embargo, los sectores dominantes hoy en día no cuentan con apoyos sólidos en la sociedad civil, como sí los tenían los partidos fascistas del siglo pasado, que constituían organizaciones de masas con estructuras paramilitares (como las camisas negras y las camisas pardas) y reivindicaban una ideología más o menos coherente (una especie de utopismo reaccionario). Ahora dependen principalmente del aparato del Estado y de sus cuerpos represivos para hacer frente a una sociedad demasiado atomizada. Esa no es una posición asegurada frente a una creciente ira popular.
En los últimos años usted ha escrito mucho en torno a la guerra en Ucrania. ¿Podría exponer su interpretación del conflicto? ¿En qué difiere de otras perspectivas de izquierda?
Para entender mi postura respecto a la guerra en Ucrania, hay dos puntos a considerar:
1. El imperialismo ruso tiene una larga historia que no se reduce al imperialismo moderno. Se desarrolló a lo largo de los siglos, mucho antes de la segunda mitad del siglo XIX. Tiene una dinámica expansionista propia, sostenida por una ideología que siempre ha ejercido una gran influencia sobre las élites. Es lo que muestran claramente Ilya Budraitskis y Ilya Matveev en su reciente libro Russia’s New Imperialism6, sobre el que escribí una reseña7. Por eso es un error analizar las guerras de Putin como si fueran, ante todo, respuestas a el avance de los imperialismos occidentales. Lenin lo entendía muy bien cuando describió Rusia, en 1917, como el país “más atrasado desde el punto de vista económico, en el que el imperialismo capitalista moderno se halla envuelto, por así decirlo, en una red particularmente densa de relaciones precapitalistas”. Su particularidad, explicaba él, residía en su inmenso territorio y en su capacidad para explotar a los pueblos no rusos del imperio.
2. Ucrania fue durante siglos una colonia del Imperio ruso, pero este la consideraba, al igual que Bielorrusia, indispensable para su propia existencia. No logró su independencia hasta 1991, respaldada entonces por una gran mayoría de votantes, incluso en su parte oriental. Desde 2014, la guerra de Putin es, por supuesto, una guerra imperialista por la reconquista del territorio y de la población de una nación históricamente oprimida. Esta es la razón por la que debemos apoyar la resistencia del pueblo ucraniano, aunque esté dirigida por un gobierno burgués. Al mismo tiempo, debemos apoyar a los trabajadores, sindicatos y movimientos sociales que se manifiestan contra la política neoliberal y autoritaria de este gobierno.
Los imperialismos occidentales no esperaban tal resistencia por parte del pueblo ucraniano. Hoy en día, intentan negociar un acuerdo con Putin a sus espaldas porque quieren sacar provecho de la explotación de los recursos naturales y de la mano de obra calificada y barata de la parte del país que no caerá bajo el dominio de Rusia. La diferencia entre los dos proyectos imperialistas –el de Rusia y el de las potencias occidentales– es que Rusia niega la existencia misma de una nación ucraniana, mientras que Europa occidental y Estados Unidos quieren explotarla. Desde el punto de vista de las futuras condiciones de lucha del pueblo ucraniano, esto marca una diferencia significativa. Sobre todo, porque un pueblo que lleva cinco años resistiendo la agresión armada de Rusia, que a menudo protesta contra su gobierno saliendo a las calles y oponiéndose a su propia burguesía, y que fue capaz de construir un sindicato nacional de soldados, también se opondrá al saqueo imperialista. Por eso, es necesario que el movimiento obrero y los sectores “progresistas” del mundo se solidaricen con el pueblo ucraniano en todas sus luchas.
NOTAS
1 Puede consultarse en:https://www.mollat.com/livres/2241474/jean-batou-nos-annees-68-dans-le-cerveau-du-monstre.
2 Al respecto, véase: https://www.syllepse.net/quand-vient-la-nuit-_r_62_i_1168.html.
3 Ver por ejemplo: https://cdn.vientosur.info/VScompletos/vs_0161.pdf?utm_source=chatgpt.com, y https://www.researchgate.net/publication/279031897_Accumulation_by_Dispossession_and_Anti-Capitalist_Struggles_A_Long_Historical_Perspective.
4 Se refiere a SolidaritéS, fundada en 1992.
5 Se refiere a la carta abierta publicada el 22 de abril de 2026 por Aldo Casas, Ariel Petruccelli, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello, titulada “La izquierda ante un gran desafío”: https://huelladelsur.ar/2026/04/22/la-izquierda-ante-un-gran-desafio/.
6 Ver:https://www.sup.org/books/politics/russias-new-imperialism.
7 Disponible en: https://internationalviewpoint.org/Russia-s-New-Imperialism.