Imagen extraída de https://plazapublica.com.gt
Una progresía tan centrista que intenta contener –apenas eso– el ímpetu neoliberal del capitalismo, frente a una extrema derecha que –sin tapujos ni frenos– pugna por acelerarlo en medio de su crisis estructural constantemente agravada, cual huida hacia adelante. Medicina de paliativos o fascinación con el monstruo desenjaulado, populismo derrotista de redistribución en migajas o populismo triunfalista de “securitización de lo existente”, compensación (insuficiente) de la desigualdad de clases o “politización (odiosa) del resentimiento social”, Estado de bienestar residual y disfuncional o Leviatán de la “guerra de todos contra todos”, tejido comunitario prendido con alfileres o fractura expuesta de la “sociedad caníbal”, promesa rota de justicia o ruda resignación a la barbarie del “sálvese quien pueda”, desesperanza con la democracia o desesperación por la “mano dura”…
De esta endiablada disyuntiva pendular nos viene hablando desde hace años el intelectual de izquierda brasileño Fabio Luis Barbosa dos Santos, historiador y sociólogo, profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Federal de São Paulo (UNIFESP), autor y coautor de varios libros imprescindibles para entender los límites del progresismo y los avances de la ultraderecha dentro y fuera de su país, en América Latina y más allá también (incluyendo los Estados Unidos del movimiento MAGA y del presidente Trump): Historia de la ola progresista en Sudamérica, 1998-2016 (Elefante, 2019), Além do PTA crise da esquerda brasileira em perspectiva latino-americana (Elefante, 2020), Brasil autofágico. Aceleración y contención entre Bolsonaro y Lula (con Daniel Feldmann, Tinta Limón, 2022) El Salvador de Bukele (con John Gibler, Tinta Limón, 2025) y Saudades do que nunca fomos: brasileiros e o futebol (Elefante, 2026).
En el artículo que aquí traducimos del portugués, “De Fidel a Bukele: um novo tempo do mundo”, publicado en Teia dos Povos el 17 de octubre, ocho días antes del balotaje en Brasil, Barbosa dos Santos se propone cartografiar la «bukelización» de nuestra región a la sombra del trumpismo: el Ecuador de Noboa, el Chile de Kast, la Bolivia de Paz, el Perú de Keiko Fujimori, el Honduras de Asfura… El “populismo punitivo” se propaga como una peste por América Latina, incluso en países administrados por partidos o coaliciones progresistas (o que todavía afirman serlo, como el Nicaragua de Ortega). El caso brasileño, con la ajustada reelección de Lula por una diferencia de 3,58% y el revés final del bolsonarismo (que, no obstante, se volverá primera fuerza en las dos cámaras del Congreso y oficialismo en la mayoría de las gobernaciones, directamente como Partido Liberal o por medio de sus aliados, ventaja que incluye los tres estados más grandes en población y producto bruto: San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais), no refutan su tesis, como se verá; tan solo la matizan. Llamativamente, por razones que no logramos dilucidar, Barbosa no dice nada de la ultraderechizada Argentina de Milei, cuyo Ministerio de Seguridad Nacional ha estado gestionado por dos damas de hierro fuertemente asociadas al bukelismo: Patricia Bullrich primero (admiradora, defensora y promotora del “modelo Bukele”) y Alejandra Monteoliva después (ex consultora del dictador salvadoreño y antigua tecnócrata del nefasto Plan Colombia, diseñado por la CIA y la DEA). Por otra parte, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Jorge Macri del PRO se ha vuelto un ejemplo de manual –a niveles obscenos– del populismo punitivo bukeleano, tanto en su política securitaria como en su retórica de mano dura.
Las aclaraciones y observaciones entre corchetes son nuestras, no del autor.
1
La segunda ola progresista no prosperó en América Latina. La marea subió, pero en otra dirección.
La tendencia la marca el salvadoreño Nayib Bukele. Desde que declaró la guerra a las pandillas en 2022, el dictador más cool del mundo ha renovado el estado de excepción 45 veces (y sumando), ha encarcelado a 85 mil personas, ha alcanzado la tasa de encarcelamiento más alta del planeta y ha construido una prisión para 40 mil reclusos, ofreciendo cupos a Trump (una nueva mercancía geopolítica). Sin embargo, la violencia de las maras ha disminuido, lo que le ha dado popularidad a quien pisoteó la Constitución para reelegirse.
Más que un populismo punitivo, Bukele encarna el ocaso de lo social: “Podemos tener hospitales, escuelas (…) pero ¿de qué sirve si en cualquier parte nos pueden matar? No sirve de nada. Resolver el problema de la seguridad es resolver un problema de origen”1.
La cuestión social queda subordinada y reducida a la seguridad. Gobernar es resolver el mal en la raíz de todos los males. Construir sociedad deja de ser un camino hacia la paz. La tendencia es contener, mediante la guerra, a las sociedades que se desmoronan.
2
En febrero de 2024, Bukele fue reelegido. Meses después, juró lealtad a la Constitución, que prohíbe la reelección.
En su discurso de asunción, contó una parábola. Habló de una persona que vivía enferma y sufriendo. Esta persona escuchó a los médicos decir que la enfermedad no era grave. Otros reconocían la gravedad, pero le recetaban tratamientos ineficaces, que casi llevaron al paciente a la muerte. Entonces, en medio de todas las dolencias que padecía, apareció un cáncer. Finalmente, consultó a un octavo médico que le recetó un medicamento amargo, prometiéndole curarlo. El paciente siguió el tratamiento y venció al cáncer. Y quiere curarse de las enfermedades que aún padece. El presidente concluyó diciendo: “¿A quién le harían caso? ¿Al doctor que lo curó del cáncer o a los doctores que casi lo matan y lo estafaron?”. Para el doctor que extirpó el cáncer de las masas, la democracia no es remedio para nada. Ni nos va a curar de Bukele.
3
En el libro Brasil autofágico, también hicimos una analogía médica. Al igual que en el relato Doctor Jekyll y Mr. Hyde, analizamos el «lulismo» como una forma de gestionar las contradicciones brasileñas definida por la contención de la crisis a través de políticas públicas (el médico). Por su parte, el «bolsonarismo» encarna su aceleración (el monstruo). Son formas opuestas, pero no contradictorias, de lidiar con la crisis. Ante el ocaso del progresismo, ¿será que la securitización encarnada por Bukele es la nueva forma de contención? Una contención que solo puede acelerar la barbarización. La masacre policial que mató a más de cien personas en Río de Janeiro en octubre de 2025 fue bautizada como “operación contención”.
4
El México de López Obrador y Sheinbaum parece haber sido el último en atravesar el portal progresista: en este país, el progresismo aún cumple una función regeneradora del orden, recomponiendo la legitimidad de la política. A diferencia de la ola de principios de siglo, el progresismo de Lula ya no propone horizontes de cambio, sino la defensa de las instituciones que la extrema derecha amenaza. En el mejor de los casos, el progresismo se ha vuelto conservador. Y en el peor, dictatorial: cansado de cometer fraudes, Daniel Ortega anunció que no habrá más elecciones en Nicaragua.
En este mundo, Uruguay sobrevive como una especie de museo de la política que alguna vez fue normal.
5
En Chile, la situación dio un giro. Y fue más temprano que tarde, a pesar de lo que deseaba Allende. Desde el extraordinario estallido social de 2019 [contra el gobierno neoliberal de Piñera], las avenidas se fueron cerrando poco a poco [en gran medida a causa –y so pretexto– de la emergencia pandémica]. En las elecciones de 2021, José Antonio Kast ganó la primera vuelta, pero Gabriel Boric se impuso en la segunda. Una asamblea constituyente radical y diversa vio cómo su trabajo era rechazado al año siguiente, y el gobierno nunca más se recuperó. Otra constitución, más reaccionaria que la pinochetista vigente, fue bloqueada a continuación; dadas las circunstancias, fue una victoria. Todos sabían lo que se venía.
En las elecciones de 2025, la extrema derecha se dividió en múltiples candidaturas y el dique progresista se rompió. Fue la primera vez, sin contar a Lugo en Paraguay, que el progresismo no logró la reelección en Sudamérica. La segunda fue en la Colombia de Gustavo Petro. ¿Se habrá cerrado el portal progresista?
6
¿En qué momento el impulso contra el orden se pervirtió en un deseo autoritario en Chile? Quizás en el acuerdo para quitar a la gente de las calles en diciembre de 2019, sellado por Boric. A falta de una vía emancipatoria, la ira popular se resignó al intento progresista.
Pero la paciencia de los chilenos se agotó hace muchos años. Como no impulsó el cambio ni cohesionó el pensamiento, la ira siguió a la deriva, hasta reclamar autoridad. O novedad. O ambas cosas. En Kast, el viejo pinochetismo se puso lentes oscuros, posó como el Capitán América, se lanzó a TikTok y triunfó en las urnas (algo que el propio Pinochet no logró). Ya que no habrá cambio, que al menos haya orden (piensan muchos). Y si es posible, una risa.
¿Será que el entretenimiento es la nueva forma de progreso?
7
El progresismo tenía el mandato de marcar la diferencia, pero se acabó el tiempo. Y no fue solo en Chile. En Bolivia, el progresismo se desmoronó entre disputas internas y el agotamiento político. En las elecciones de 2025, el candidato del MAS obtuvo el 3% de los votos y los bolivianos eligieron entre dos opciones de derecha.
Con el pretexto de la austeridad, el nuevo presidente eliminó el subsidio a los combustibles. Pero también eliminó el impuesto a las grandes fortunas y se aumentó su propia dieta. Se quitó el poncho que lució en campaña para autorizar el extractivismo acelerado y saquear los derechos comunales. Seis meses después, quienes lo eligieron se levantaron para derrocarlo. Y el presidente Rodrigo Paz se rindió ante la guerra.
El “escudo de las Américas” formado por Trump salió en defensa del represor. A los rebeldes se les acusó de ser golpistas “financiados por el narcotráfico y el crimen transnacional”. Al igual que ocurrió con Maduro, al enemigo político se le tildó de criminal. Son otras formas de reducir la política a la seguridad, como lo hace Bukele. Como se hace en la guerra.
8
En Ecuador, las cifras favorecían al progresismo en la segunda vuelta. Se habló de fraude, pero es plausible que el rechazo al correísmo, sumado al discurso de mano dura del presidente candidato –a pesar de todo lo que enfrentaba–, haya dado un giro a la contienda. En su breve primer mandato (2023-2025), Daniel Noboa decretó el estado de excepción, anunció la construcción de megacárceles y generó imágenes de hombres semidesnudos y esposados, escoltados por policías y militares encapuchados. El guion de Bukele se disfrazó como “el Noboa way”. Desde entonces, Ecuador vive espasmos de agitación social reprimidos con una violencia espantosa. Cuando llegue el día de la rebelión en El Salvador, conoceremos el lado B del “Bukele way”.
9
En el país andino donde el movimiento progresista nunca tuvo éxito, la corrosión de la política parece no tener fin. Tras el fallido autogolpe de 2022 que llevó a Pedro Castillo a la cárcel, Dina Boluarte asumió la presidencia. Sin embargo, el poder se concentró en el parlamento, formado por una constelación de agrupaciones mafiosas que aprobaron leyes que favorecían al crimen organizado, entre otras aberraciones. La violencia aumentó y el descontento también. Cuando el grupo de cumbia Agua Marina fue blanco de un ataque por parte de extorsionadores, la indignación se desbordó. Con la mirada puesta en las elecciones que se avecinaban, el Congreso respondió a la presión de las calles. En menos de veinticuatro horas, se destituyó a la presidenta más impopular del mundo. Pero en el mundo de hoy, hemos aprendido que es posible odiar lo existente en nombre de algo peor. Al igual que Lula y también Allende, Keiko Fujimori llegó a la presidencia en su cuarto intento. Perú aún no ha encontrado una forma política de contención. Habiendo saltado la página del progresismo, ¿podrán los peruanos derivar directamente hacia el bukelismo?
10
Tampoco en Honduras se logró la reelección del progresismo. Ante las limitadas posibilidades de invertir en lo social dentro de un contexto de violencia aguda, Xiomara Castro se deslizó hacia el estado de excepción. Entre la contención progresista a través de políticas sociales o la contención violenta a lo Bukele, Castro se quedó a medio camino. Y su sucesión presidencial a finales de 2025 quedó definida entre dos candidatos de derecha.
Uno de ellos cuenta con el apoyo de Trump. Pertenece al mismo partido que Juan Orlando Hernández (JOH), el narcodictador condenado a 45 años de prisión a quien el presidente de Estados Unidos indultó días antes de la votación.
Este problema no lo tendrá Bukele. Entre los presos enviados por Estados Unidos a El Salvador se encuentran aquellos que podrían demostrar la relación del presidente con organizaciones criminales, tal como ocurrió con JOH.
11
Semanas después de liberar al narcodictador hondureño, el gobierno de Trump acusó a Maduro de lo mismo para secuestrarlo. Fue una acción espectacular. En el primer ataque militar de Estados Unidos en Sudamérica [en realidad hubo uno anterior: la incursión de los tripulantes del USS Lexington contra Puerto Soledad en las Malvinas argentinas, allá por 1831, poco antes de la ocupación británica], se presenció una captura sin invasión. No era necesario. A diferencia del golpe frustrado en 2002, no hubo respuesta ni en los cuarteles ni en las calles. Los muertos armados fueron casi todos cubanos. La principal reacción popular fue acaparar comida. En las filas, silencio. Bajo ese silencio, el miedo a la represión.
Detrás de las divergencias ideológicas, se revelaron convergencias. A Estados Unidos no le interesa la democracia, sino la estabilidad. Tampoco al chavismo, cuyo principal activo es el control social. Y así, el trumpismo pasó a operar a través de los engranajes del enemigo, con un revólver apuntando a la cabeza. Los yanquis exigieron petróleo y la ruptura con Cuba. El ejército de ocupación es el que ya estaba allí. Para el pueblo venezolano, poco ha cambiado. Descubrieron que el chavismo sin Maduro podía ser el chavismo con Marco Rubio. En el mundo que vota por Trump, América Latina retrocede a la condición de patio trasero. Y el derecho internacional deja de ser una forma de gestión del orden. Trump somete a América Latina basándose en la violencia espectacular, tal como Bukele sometió a El Salvador. En la lógica imperial del siglo XXI, ambos se complementan.
12
También en casa, la derecha hace caso omiso del derecho. Trump liberó a JOH, contra quien la justicia de su país había construido un caso irrefutable. En este atropello, queda al descubierto que el camino autoritario en Estados Unidos pasa por la activación de los mecanismos antidemocráticos de su propia democracia. Empezando por el indulto a los golpistas del 6 de enero de 2021. Empezando por la reelección de Trump, que enterró las investigaciones de las que era objeto. Los demócratas brasileños aprendieron de Estados Unidos y [Jair] Bolsonaro fue detenido. Como es sabido, los militares no se sumaron al golpe del 8 de enero más por pragmatismo que por convicción. Fundamental en ese cálculo fue la postura de los Estados Unidos de Biden, que respaldaron a Lula. ¿Cuál habría sido el desenlace del golpe si el presidente hubiera sido Trump? ¿Cuál será el desenlace de los comicios de 2026 [en Brasil] bajo la presidencia de Trump? [Recuérdese que el autor escribió este artículo en vísperas del balotaje, ocho días antes de la poco holgada reelección de Lula, tras una primera vuelta que había ganado Flávio Bolsonaro con 47% de los votos.]
Aquí y allá, los demócratas aprendieron, pero los antidemócratas también. Desde entonces, el trumpismo apoya candidatos a gobernadores estaduales comprometidos con alterar los resultados electorales. El presidente coloca a seguidores leales en instituciones civiles y en las fuerzas armadas, mientras que el apoyo corporativo ha crecido. Solo el tiempo dirá si se mantendrá el apoyo popular.
Lo cierto es que los trumpistas estarán más preparados si llega el momento del fraude. ¿Y quién podrá detenerlos?
13
¿Y María Corina? ¿Por qué fue descartada? En una discusión sobre la influencia de la Iglesia, Stalin preguntó cuántas tropas comandaba el papa. Pues María Corina no comandaba ninguna.
Una golpista galardonada con el Premio Nobel de la Paz, que se lo dedicó a Trump, en un mundo que sangra por Gaza: síntoma de que el liberalismo se diluye y se confunde cada vez más con la extrema derecha. Hemos aprendido que la «derecha» es un concepto relativo, en constante cambio. Y que el genocidio no es el límite.
En un mundo donde María Corina sea el centro, la política anticapitalista se deslizará hacia un horizonte lejano que se pierde de vista, a la izquierda del infinito.
14
El Sáhara Occidental no está tan lejos. En este caso, peor que estar lejos de la vista es estar lejos del corazón.
Al igual que la cuestión palestina, la última ocupación colonial de África tiene poca visibilidad. Desde que la España franquista bloqueó la independencia en 1975, Marruecos libra una guerra contra el pueblo saharaui, condenada por las Naciones Unidas y por la mayoría de los países africanos. Con el apoyo de Occidente e Israel, la monarquía marroquí construyó un muro de 2.700 kilómetros y explota los recursos del territorio ocupado. En el proceso, miles de saharauis fueron asesinados y decenas de líderes siguen presos. Expulsado de su tierra, el pueblo saharaui vive desde hace cinco décadas en campamentos de refugiados en medio del desierto de Argelia.
En este territorio inhóspito, olvidado y donde todo escasea, hay una escuela a la que asisten cientos de jóvenes saharauis. El edificio fue construido por la Venezuela chavista, pero quienes hacen que todo funcione son los maestros cubanos. La isla que más ha necesitado solidaridad en las últimas décadas sigue siendo la que más solidaridad ofrece. Y los maestros cubanos están bien capacitados e informados. Uno de ellos pregunta sobre la masacre policial en Río de Janeiro. Pregunta por Lula: ¿qué postura tomó el presidente? Reflexiona un instante. Luego se pregunta si, en este escenario, ¿no sería Bukele mejor que Lula?
15
El oponente complementario de Bukele en la región no es Lula, sino el ex policía haitiano Jimmy Chérizier, conocido como Barbecue. Mientras Bukele se hacía elegir presidente, Barbecue reunía a nueve grupos armados que formaron el “G-9 y familia”. Mientras Bukele acumulaba estados de excepción, Barbecue forjaba una alianza con la federación rival, bautizada como Viv Ansanm (Viviendo Juntos).
Cuando el primer ministro Ariel Henry viajó para movilizar una nueva intervención liderada por Kenia, Viv Ansanm se rebeló: “Nosotros, los haitianos, tenemos que decidir quién va a ser el jefe del país y qué modelo de gobierno queremos”, declaró Barbecue.2 Semanas después de que Bukele fuera reelegido en 2024, se incendiaron comisarías de policía en Haití, se tomaron puertos y prisiones y se rodeó el aeropuerto de la capital. Al no poder aterrizar, Henry se refugió en Puerto Rico y renunció. Un consejo de transición presidencial asumió el control del país con la esperanza de, eventualmente, celebrar elecciones. Cinco años después del asesinato de Jovenel Moïse, Haití sigue sin presidente, mientras que el palacio presidencial, que se derrumbó en el terremoto de 2010, continúa en ruinas. La comunidad internacional anunció comicios para finales de 2026. Pero ¿cómo celebrar elecciones en un territorio que no se controla? ¿Y quien gane, cómo gobernará? Maniobrando a base de violencia para frenar el juego del Estado, en connivencia con la intervención internacional, Barbecue se presenta como el polo opuesto del populismo punitivo de Bukele, cuya espectacular eficacia se basa en una violencia capaz de acabar, literalmente, con el desorden encarnado por líderes como Barbecue.
16
¿Qué política es posible donde reinan la inseguridad material y el miedo? En estas condiciones, la posibilidad de planear el futuro se reduce. Sin futuro, la vida cotidiana en el Haití de Barbecue se asemeja a la de El Salvador bajo el yugo de las maras. Al cerrarse las vías hacia la autonomía del sujeto, la política se vacía como horizonte colectivo y se confunde con la lucha por la supervivencia a corto plazo. Y a corto plazo, los haitianos quieren otra invasión internacional: otra MINUSTAH [Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití, por sus siglas en francés].3 Ante la imposibilidad de la paz, se aspira a la pacificación. Las voces más audaces consideraban llamar a las confederaciones armadas para negociar: una modalidad haitiana de construcción de la paz. Sin embargo, al igual que en El Salvador, el historial de violencia de estos grupos implica un alto rechazo popular a cualquier acuerdo.
En este contexto, el camino que anima los corazones y las mentes de los haitianos es el de Bukele.4 Si los salvadoreños cambiaron la democracia por la seguridad, ¿por qué no lo harían los haitianos, que ni siquiera tienen una democracia que sacrificar? ¡Quien cambie la democracia por la seguridad en América Latina, que levante la mano! Cuidado con la pregunta, pues puede resultar difícil contar…
17
En el pasado, la Cuba de Fidel Castro era muy respetada en Haití. Esto no significaba necesariamente una adhesión al socialismo, sino que los haitianos identificaban en su vecino caribeño un liderazgo que garantizaba estabilidad, unidad y respeto internacional. Más que una pérdida de prestigio de la democracia, la admiración por Bukele es síntoma de una inflexión de alcance global. El horizonte revolucionario encarnado por Fidel proyectaba el cambio social como futuro, mientras que el populismo punitivo de Bukele propone securitizar lo existente. Al igual que en Haití, también en Cuba la conciencia orgullosa del pasado ya no alimenta horizontes futuros.
En este desplazamiento entre el cambio social y el castigo, se revela una reducción de las expectativas. Sin futuro, el presente autofágico se cierra sobre nosotros. Y líderes como Bukele surgen como los nuevos guardianes de esas rejas, para asegurar que nadie escape de ellas.
Fabio Luis Barbosa dos Santos
NOTAS
1 www.youtube.com/watch?v=XTUAwOqEdZY.
2 www.theguardian.com/world/2024/mar/12/haiti-pm-ariel-henry-resignation-details-update.
3 www.reuters.com/world/americas/around-70-haitians-back-international-force-fight-gangs-survey-says-2023-02-04.
4 Conversación con el profesor Géraldo Saint-Armand en Cabo Haitiano (enero de 2025).