Fuente de la imagen: New Cartographies (blog del autor).
Tradujimos del inglés «The Scrolly Chair», el último artículo que el tecnólogo crítico estadounidense Nicholas G. Carr publicó en su blog, New Cartographies, el 14 de julio. Versa sobre la adicción a los smarphones o, mejor dicho, sobre la preocupación culposa que esta dependencia consumista genera entre sus usuarios. Una preocupación que también puede resultar –vaya paradoja endiablada del capitalismo digital de nuestro tiempo– profundamente adictiva...
El poder infantilizador de los medios digitales modernos nunca se pone tan de manifiesto como cuando intentamos resistirnos a él. En una nueva columna, la editorialista del New York Times, Meher Ahmad, revela su estrategia para moderar su uso de las redes sociales. Es bastante compleja:
“He eliminado todas mis aplicaciones de redes sociales –Instagram, Twitter, TikTok– y las he trasladado a un viejo iPhone que tenía en casa. A este teléfono lo he bautizado como mi ‘Teléfono de Escroleo’. He designado un único lugar de mi casa donde puedo usarlo: un sillón a rayas de mi living, al que ahora he bautizado como el Sillón de Escroleo (…)
El Sillón de Escroleo existe para que no acabe haciendo exactamente lo mismo que hacía cuando mi ‘teléfono de verdad’ era también mi Teléfono de Escroleo: cenar con mi Teléfono de Escroleo, ver la tele con mi Teléfono de Escroleo, sentarme en el inodoro con mi Teléfono de Escroleo (…) Si estoy con el Teléfono de Escroleo, tengo que estar en el Sillón de Escroleo. Incluso compré un soporte telefónico con forma de chanchito para el Teléfono de Escroleo y dejarlo en mi estantería, una forma de recordarme lo que estoy haciendo cuando lo agarro: devorar las redes sociales como un cerdo en el comedero.”
Para frenar su adicción al celular, Ahmad tiene que tratarse a sí misma como si fuera una niñita rebelde: poner nombres ridículos a objetos inanimados, comprarse un soporte para el móvil con forma de «chanchito» y designar un “sillón a rayas” como zona de castigo con el fin de modificar su comportamiento. Me pregunto si escuchará la lista de reproducción Raffi Essentials [cancionero infantil muy popular en plataformas digitales] cuando esté sentada en su Sillón de Escroleo.
Escribir libros y artículos de instrucciones sobre cómo superar la adicción al celular ha sido un próspero negocio casero durante al menos un cuarto de siglo, desde que al BlackBerry se le apodó CrackBerry. Solo el Times ha publicado docenas de notas sobre el tema. Una búsqueda rápida revela que, nada más que en los últimos dos años, han aparecido en el periódico los siguientes titulares:
“Cómo liberarte de tu celular”
“Los mejores consejos para reducir el tiempo frente a la pantalla”
“¿Te cuesta superar la adicción al celular? Prueba estos remedios”
“Cómo pasar menos tiempo en las redes sociales (o dejarlas por completo)”
“Cómo tener una relación más sana con tu celular”
“Algunos lo dejan inutilizable. Otros lo dejan en un lugar fijo”
“Colgar el teléfono”
“¿Te gustaría liberarte de tu celular?”
“Todo lo que necesitas para romper con tu celular, desde trucos gratuitos hasta cajas fuertes para celulares”
“Desactivé la pantalla a color en mi celular. El resultado me sorprendió”
“Crecieron con los smartphones. Así es como viven sin ellos”
“Una hora. Sin celulares. Una nueva forma de socializar para la Generación Z”
“¿Necesitas un respiro de tu celular? Estos libros pueden ayudarte”
“¿Hay vida después de los smartphones?”
No me gusta ser cínico, pero supongo que la razón principal de la proliferación de este tipo de artículos es que son como golosinas para los algoritmos. Son síntomas de la enfermedad que pretenden curar. Somos adictos a leer sobre nuestra adicción a los celulares. Si estos artículos tienen algún valor terapéutico, probablemente radica menos en ayudar a la gente a controlar los medios de comunicación que en renovar una fantasía tranquilizadora de ese control.
Pero los artículos y libros también ofrecen un retrato sorprendente, a modo de negativo fotográfico, de hasta qué punto la tecnología ha transformado profundamente nuestra forma de vivir. “¿Cuál es la urgencia irresistible de la máquina que le permite entrometerse de tal manera en la materia misma con la que el hombre construye su mundo?”, se preguntaba el informático Joseph Weizenbaum –inventor del chatbot Eliza– en su libro de 1976 Computer Power and Human Reason. La reconfiguración del mundo de Meher Ahmad para adaptarse a su adicción al teléfono puede parecer una expresión trivial de la idea de Weizenbaum, pero en el Teléfono de Escroleo y el Sillón de Escroleo, así como en ese soporte telefónico con forma de chanchito, vemos, con detalles conmovedores, la intrusión de la máquina en los rincones más íntimos de nuestras vidas. Ahora somos sus hijos.
Nicholas Carr