Manifestación estudiantil en Nueva Delhi (julio de 2026). Fotografía de Punit Paranjpe para AFP. Fuente: https://observer.co.uk
El presente artículo de la escritora india Arundhati Roy que hemos traducido del inglés, referido a las protestas estudiantiles –y campesinas– en el país más populoso del mundo, apareció en The Wire, el 22 de julio del corriente año, bajo el título «Cockroach Democracy: Unarmed and Dangerous». Con posterioridad a esta publicación, el movimiento juvenil de las “cucarachas” no cesó, aunque ha ido perdiendo masividad e intensidad a causa de la brutal escalada de represión, censura y persecución del gobierno ultraderechista de Narendra Modi, tristemente célebre por su mixtura de neoliberalismo autoritario y populismo reaccionario, de plutocracia e islamofobia, de laissez faire económico y etnonacionalismo hindú. Aunque por ahora no hay muertos entre los activistas y manifestantes de la precarizada “Generación Z” indostana, muchos han sido los heridos y encarcelados por la policía, especialmente en la capital Nueva Delhi, epicentro de las movilizaciones contra la corrupción en los exámenes de ingreso académico y la falta de oportunidades profesionales para quienes egresan de la educación superior (en Delhi se encuentran las universidades más grandes y prestigiosas del país, como la Universidad Jawaharlal Nehru, con una rica tradición de militancia estudiantil). El 27 de julio, la Corte Suprema de la India se pronunció –aunque muy tibiamente y por «corrección política»– a favor del derecho constitucional de la ciudadanía a protestar pacíficamente sin impedimentos ni represalias de los poderes públicos. Pero el régimen de Modi y su Partido Popular Indio (BJP) ha hecho caso omiso de eso, redoblando la política de mano dura impunemente, tanto a través de sus fuerzas de seguridad como de sus tentáculos de violencia paraestatal (las milicias de la RSS).
El texto de Roy sobre las “cucarachas” ya tiene un mes, pero el flujo de noticias no se ha detenido. El movimiento parece ya haber alcanzado su cenit y entrado en declive, pero no se ha extinguido. ¿Experimentará un rebrote? Por lo pronto, hallarán información más actualizada aquí.
Arundhati Roy es una escritora estupenda, tanto en los rubros de la narrativa ficcional y la crónica como en el género ensayístico. Belleza, lucidez y sensibilidad son atributos constantes en su obra literaria y periodística, donde la doble crítica de izquierdas al capitalismo y al patriarcado se articula con la deconstrucción poscolonial de la historia moderna de la India y el cuestionamiento radical de su sistema atávico de castas (muy anterior, por cierto, al Raj británico y al proceso de liberación nacional liderado por Gandhi); y también con una defensa tenaz de las libertades públicas y los valores laicos, en salvaguarda de la democracia y los derechos humanos de las minorías (religiosas o étnicas), cada vez más en peligro por la ofensiva supremacista del hindutva. Su primera novela, El dios de las pequeñas cosas (1997), es de lectura imprescindible; igual que su último libro de memorias, Mi refugio y mi tormenta (2025). No solo por razones de goce estético, sino también por razones de esclarecimiento político e histórico.
Hemos publicado muchos textos de Roy. Pueden leerlos aquí. También tradujimos una muy interesante entrevista que le hizo una revista india en 2024: “El lenguaje es la piel de mi pensamiento”.
Por primera vez en años, es maravilloso sentirse parte de la India. Justo cuando parecía que la esperanza se había perdido, llegaron. Jóvenes cucarachas que llegaron con la lluvia. La descendencia de la unión impía entre un juez y una broma.
Todos conocemos la historia, pero aquí la dejamos, para que conste. En respuesta a un comentario arrogante y despectivo del presidente de la Corte Suprema de la India, Surya Kant, que tildó de “cucarachas” a algunos jóvenes indios desempleados, Abhijeet Dipke, un estudiante que vive en Boston, publicó un comentario en Instagram: “¿Y si todas las cucarachas se unieran?”. Millones de personas respondieron. Y así nació el Partido Popular Cucaracha. Dipke se convirtió en el flautista de las cucarachas. Su primera exigencia fue la dimisión de Dharmendra Pradhan, el ministro de Educación que se pone con aire de suficiencia al frente de un ministerio corrupto y podrido, bajo cuyo mandato se filtran regularmente los exámenes públicos. Se estima que han sido 152 desde 2014, según los partidos de la oposición. Estas filtraciones han devastado las vidas de millones de jóvenes que dedicaron años a prepararse para estos exámenes, algunos de cuyos padres han tenido que vender sus tierras o sus casas para financiar los estudios de sus hijos y pagar la tasa que da derecho a presentarse a dichos exámenes. Una novedosa forma de extorsión legal. Tras la reciente filtración del examen de la Prueba Nacional de Elegibilidad y Acceso (NEET, por sus siglas en inglés), doce estudiantes angustiados y destrozados se quitaron la vida.
A medida que la indignación por el asunto “cucaracha” se convertía en un tsunami en Internet, Dipke regresó de Boston el 6 de junio y se dirigió directamente desde el aeropuerto a Jantar Mantar, el famoso lugar de protesta de Delhi. Sonam Wangchuk, el conocido activista y reformador educativo de Ladaj, se unió a él y declaró una huelga de hambre por tiempo indefinido. Seis estudiantes universitarios (Neha Bora, Manish Kumar, Aameen Amitosh, Danish Ali, Hrishikesh y Deepak), miembros de la Asociación de Estudiantes de toda la India (AISA), la rama estudiantil del Partido Comunista de la India (Liberación), anunciaron que también harían ayuno y se situaron en un escenario adyacente. Hubo protestas en otras ciudades. A medida que el estado de salud de los huelguistas ayunadores se agravaba, jóvenes cucarachas que habían inundado Internet empezaron a aparecer en persona en Jantar Mantar. El Partido Popular Cucaracha anunció que el 20 de julio, día en que el Parlamento iba a inaugurar su sesión del monzón, marcharían hacia el Parlamento. Dos días antes de la marcha prevista, Sonam Wangchuk fue sacado a la fuerza del escenario por la policía y retenido, primero en un hospital público y, más tarde, ante la insistencia de su esposa, en un sanatorio privado. Sigue en ayuno. La mañana del 20 de julio, día de la marcha, los estudiantes de la AISA pusieron fin a su ayuno.
Las cucarachas tomaron la capital por asalto. Llegaron en tren, en autobús, en avión y en metro, y su número aumentaba hora a hora. Horas antes de que los primeros rayos de sol iluminaran los cielos monzónicos de Delhi, comenzaron a llegar en masa a Jantar Mantar por decenas de miles. Al amanecer ya estaba claro que una generación de jóvenes desesperados y furiosos, que han visto cómo su futuro se desvanecía ante sus ojos, iba a reclamar lo que las generaciones de sus padres y abuelos habían cedido: nuestra dignidad como pueblo y como país. Nuestros derechos como ciudadanos de una democracia. Con su valentía y elegancia, los manifestantes exorcizaron el miedo corrosivo que se ha convertido en algo natural para todos nosotros. Y con su humor. Al final del día, quedó claro que la protesta se trataba de algo mucho más grande que lo que exigían los manifestantes o sus líderes. Dharmendra Pradhan ya no es más que una minucia. Hay mucho más en juego. La podredumbre de todo el sistema de gobierno, de arriba abajo, es claramente visible y ha empezado a apestar como un cadáver en descomposición. Incluso las cucarachas más diminutas, algunas de apenas siete u ocho años, fueron capaces de expresarlo con claridad.
A pesar del nombramiento rápido y casi clandestino de un nuevo jefe de policía días antes de la marcha, y a pesar de los rumores preocupantes sobre la aterradora eficacia de nuestro aterrador ministro del Interior de la Unión, tanto la policía como el Ministerio del Interior calcularon completamente mal la magnitud del tsunami que arrasó Delhi el 20 de julio. Lo intentaron todo. Bloquearon autobuses, carreteras y estaciones de metro. No sirvió de nada. Intentaron bloquear Internet. Pero las jóvenes cucarachas –esas criaturas de Internet– lograron de alguna manera frustrar aquel esfuerzo con un aluvión de memes y videos que te hacían reír y llorar a la vez. En Delhi, precisamente en Delhi, las jóvenes que formaban parte de la protesta dijeron que se sentían seguras entre la multitud, aunque algunas se quejaron de haber sido manoseadas por la policía. Vimos a musulmanes, hindúes, cristianos, sijs, budistas, personas de todas las castas y clases unirse, ayudarse mutuamente y protegerse unas a otras mientras se enfrentaban a la policía. En lugar de sermonearnos o pronunciar discursos grandilocuentes, nos mostraron, nos demostraron, la India posible, la hermosa India de nuestros sueños.
Para hacer frente a este peligro, la policía soldó entre sí sus barricadas metálicas amarillas y trajo su atrezo de toda la vida: camiones llenos de piedras y vehículos ya dañados, con la esperanza de que pareciera que los jóvenes se habían vuelto violentos y que la policía actuaba en defensa propia. Trajeron un ejército de matones vestidos de civil armados con porras y palos. A fin de prepararse para la acción, la Fuerza de Acción Rápida (RAF) se quitó las placas identificatorias de los uniformes. Los fieles canales de televisión de los principales medios estaban alineados, listos para difundir las mentiras. (Algunos se adelantaron y empezaron a informar cosas que aún no habían sucedido. Las noticias en la India suelen tratar sobre el futuro, no sobre el presente). Nada funcionó. La policía y la RAF blandieron sus lathis [bastones largos de bambú] con saña, rompieron cabezas a los muchachos y les fracturaron extremidades. Dispararon gas lacrimógeno. Pero los jóvenes siguieron marchando. Directamente hacia el Parlamento. Directamente hacia donde habían dicho que irían. A medida que se acercaban, las fuerzas de seguridad tomaron posiciones, con sus AK-47 apuntando a estudiantes inermes. Aun así, las cucarachas siguieron marchando. Y mientras marchaban, despojaron al gobierno de cualquier vestigio del guante de terciopelo que enmascara su puño de hierro; y dejaron al descubierto al régimen actual, tal y como es y como siempre ha sido. Un puño de hierro fascista. Una confederación de brutos sin capacidad para comprender la historia y la diversidad del país que gobiernan. Gente que solo sabe odiar, pero que no tiene ni idea de cómo amar. Ni de cómo pensar. [La autora se refiere al Partido Popular Indio o BJP de Narendra Modi, fuerza populista de ultraderecha que amalgama neoliberalismo con hindutva. Básicamente, el hindutva es unarevisión integrista y etnonacionalista del hinduismo con altas dosis de supremacismo e islamofobia.]
A medida que se acercaban los manifestantes, nuestro valiente y fanfarrón primer ministro [Modi] fue trasladado rápidamente a un lugar seguro. Se impidió a los diputados salir del reluciente y nuevo edificio del Samvidhan Sansad, cuyo único propósito parece ser socavar la Constitución día tras día.
Al atardecer, la policía había destrozado el escenario principal del lugar de la protesta. Al caer la noche, el pueblo lo había recuperado una vez más. Cuando la policía se retiró por la noche, las cucarachas les dedicaron una ovación de pie. Por golpear a chicos. ¡Bravo, señor Modi! ¡Bravo!
Es absurdo esperar que de esto surja un cambio político importante. Pero descartarlo como un mero momento de euforia sería una tontería. No es de extrañar que las agencias de noticias y los canales de televisión, con sus retransmisiones en directo, estén que arden con rumores, insinuaciones y teorías conspirativas sobre financiación extranjera y complots de la CIA. Hablando como una orgullosa andolanjeevi (el nombre despectivo que Modi da a gente como yo) [algo así como «agitador profesional»], confieso que, cuando todo empezó, yo también me mostré recelosa. Me preocupaba que nos encamináramos hacia otro momento “Anna Hazare” –ese supuesto movimiento popular anticorrupción de 2011– que, independientemente de sus intenciones iniciales, acabó regalándonos tres legislaturas bajo el gobierno de un partido político [el BJP] que ha destruido todas las instituciones de este país, un partido que no distingue entre sí mismo como partido político y el gobierno de la India, que no respeta ni al país ni a sus ciudadanos, y que nos ha avergonzado a nivel internacional y ha puesto a la India de rodillas.
Pero mis sospechas sobre el Partido Popular Cucaracha se disiparon cuando vi la hostilidad de los principales medios de comunicación hacia ellos. Eso, para mí, fue la primera señal y la más tranquilizadora. Me emocionó que Abhijeet Dipke fuera de una comunidad dalit [paria], y me emocionó aún más que eso no fuera en lo que se centrara nadie. Todo cambió para mí cuando le oí decir: “Si me hubiera llamado Jalid [nombre de origen árabe, muy común entre personas de fe islámica], o si fuera musulmán, a estas alturas ya estaría en la cárcel”. Tuvo el valor de denunciar la vulgaridad de cómo funcionan realmente las cosas en la India: el hecho de que en nuestro país nada (incluida, y sobre todo, la ley) se aplica por igual a todo el mundo. Todo depende por completo de tu religión, casta, clase social, origen étnico y género. Fue una observación profunda, expresada con sencillez. El hecho de que él dijera esto públicamente, cuando incluso los políticos de la oposición se limitan a decir “comunidad minoritaria” en lugar de “musulmana” por miedo a una “reacción hindú”, me llevó a dirigirme inmediatamente a Jantar Mantar. También sabía que, cuando Dipke eligió el nombre “Khalid”, bien podría haber estado refiriéndose a Umar Khalid, el estudiante de la JNU [Universidad Jawaharlal Nehru, por sus siglas en inglés] que, junto con Sharjeel Imam y muchos más, lleva ya casi seis años en prisión sin juicio. ¿Cuál fue el delito de Umar? Instar a los manifestantes a mantener la no violencia durante las protestas de 2020 contra la Ley de Enmienda de la Ciudadanía, incluso mientras Delhi se veía convulsionada por una oleada de incendios provocados, asesinatos y quemas de mezquitas instigados por matones de las milicias hindúes bajo la mirada de una policía benévola y que, en ocasiones, participaba en los hechos. Los jueces, que parecen haber perdido el valor para hacer –o incluso para comprender– lo que es correcto, han denegado una tras otra todas las solicitudes de libertad bajo fianza.
Mientras las cucarachas marchaban y su número crecía sin cesar, me sorprendí a mí misma pensando: “menos mal que no son en su mayoría musulmanes, ni sijs, ni cristianos, ni adivasi [se les dice adivasi o «autóctonos» a quienes integran las comunidades tribales originarias del Indostán, anteriores a la migración aria del Bronce tardío]. Los habrían aplastado, matado, baleado o encarcelado. Gracias a Dios que no son cachemires. Podrían haber quedado ciegos (aunque algunos sí que sufrieron heridas causadas por perdigones). Menos mal que son en su mayoría hindúes”. Así de triste es este momento en la India. Sin embargo, las cosas podrían cambiar en un instante. Nos encontramos en lo que llaman una “situación en desarrollo”. Llegan informes de que se están trasladando en avión miles de efectivos paramilitares desde otros estados. No sabemos qué nos depararán los próximos días.
¿En qué situación nos deja todo esto? A diferencia del movimiento de Anna Hazare, que contó con semanas de cobertura frenética e ininterrumpida las veinticuatro horas del día, los sietes días de la semana, en cientos de canales de TV histéricos que son propiedad de grandes grupos mediáticos, el Partido Popular Cucaracha solo puede contar consigo mismo y con Internet. A diferencia del movimiento de Anna, que había sido infiltrado y copado por la Rashtriya Swayamsevak Sangh [Asociación de Voluntarios Nacionales, RSS, una organización paramilitar de extrema derecha], con el BJP liderado por Modi apostado a las puertas, totalmente preparado para sacar partido electoral del frenesí generado por la televisión, las cucarachas no tienen partidos de oposición organizados esperando entre bastidores, listos para llevar las cosas más allá. La ira espontánea que estamos presenciando se disipará, a menos que comience un verdadero trabajo político. A menos que los adultos y los partidos de la oposición dejen de lado sus maniobras e internas mezquinas, y muestren algo de solidaridad. El gobierno sabe que eso es poco probable. No se inmuta porque considera que lo único que tiene que hacer es esperar. Los Estados tienen el poder de esperar; el pueblo, no.
En estos momentos, el levantamiento de las cucarachas es una de las numerosas protestas que tienen lugar en toda la India. Los adivasis de Madhya Pradesh se manifiestan contra el proyecto de conexión fluvial Ken-Betwa. Los habitantes de las aldeas de Uttarakhand protestan contra la tala masiva de árboles. La gente protesta contra la destrucción medioambiental de las Islas Nicobar Mayores. Manipur está en ebullición. Los puestos de trabajo están desapareciendo. Los precios se disparan. La furia va en aumento. Y el “juego de Dios” del BJP y la RSS está quedando al descubierto como lo que siempre ha sido. Un engaño. Una fiebre del oro impulsada por mafiosos. El saqueo del templo de Ram en Ayodhya nos ha proporcionado un pésimo guion de Bollywood que se está desarrollando ante nuestros ojos: elegantes “hombres de Dios” y políticos corruptos que construyen hoteles, acumulan propiedades inmobiliarias, van de un lado a otro en camionetas 4×4 y se enriquecen a costa de la fe de los pobres y los incautos. Los tentáculos de la corrupción y el latrocinio a plena luz del día se extienden hasta lo más alto.
¿Podrá la energía de las cucarachas sacarnos de este atolladero? No es fácil. Un rápido repaso a los resultados de los movimientos populares en la India no resulta alentador. Es una breve historia de ambiciones menguantes y sueños rotos. En los años sesenta y setenta, diversos movimientos –incluida la rebelión armada de los naxalitas [una guerrilla maoísta]– exigieron la redistribución de la riqueza y la tierra a favor de los labradores. Fueron aplastados. En los años ochenta y noventa, los movimientos sociales –entre los que destacan el Narmada Bachao Andolan y, más tarde, los maoístas de Andhra Pradesh, Chhattisgarh y Jharkhand– lucharon contra el desplazamiento de los agricultores y los pueblos indígenas de sus tierras. En otras palabras, reclamaban que no se les arrebatara lo poco que aún les quedaba a los pobres. También fueron aplastados. En la década de 2000, se habían visto reducidos a estar agradecidos por la Ley Nacional de Garantía de Empleo Rural (NREGA). El derecho a tres meses de empleo con el salario mínimo (una cantidad que equivale al precio de una buena comida en un restaurante caro de la ciudad). Pero incluso eso ha sido archivado por este régimen y sustituido por raciones de supervivencia –bolsas de alimentos con la cara de Modi impresas– que se lanzan con desdén a la gente, como limosnas a mendigos, desde coches en marcha, a cambio de gratitud y votos. A medida que la economía se hunde, incluso esto está en peligro.
Hoy, en 2026, nos hemos visto reducidos a luchar por nuestro derecho al voto y nuestra ciudadanía. La Ley de Enmienda de la Ciudadanía (CAA), junto con el Registro Nacional de Ciudadanía (NRC), es la versión Hindu Rashtra de las Leyes de Núremberg de 1935 de la Alemania nazi, mediante las cuales el Tercer Reich concedía la ciudadanía a los alemanes en función de sus “documentos de ascendencia”. (¿Cuántos en la India tienen esos documentos?). El movimiento contra la CAA y el NRC se desvaneció después de que las protestas masivas derivaran en el asesinato de manifestantes y el encarcelamiento de activistas. Sin embargo, las protestas hicieron que el gobierno ralentizara la aplicación de esas nuevas leyes. Pero ahora, la CAA y el NRC –que muchos creían, con razón, que estaban dirigidos principalmente contra los musulmanes– han regresado, disfrazados como la SIR (Revisión Especial Intensiva) de los censos electorales. Se nos ha informado de pasada que ni siquiera nuestros pasaportes son prueba de ciudadanía. Se está eliminando a millones de personas de los censos electorales. Todo el país busca desesperadamente “documentos de ascendencia”. No sabemos en qué situación nos encontramos. ¿Somos legítimos? ¿Ilegítimos? ¿Tenemos derechos? ¿Quiénes de nosotros acabaremos en esos enormes centros de detención que se están construyendo para los “ciudadanos dudosos”? ¿Pasaremos nuestros días corriendo de un tribunal a otro? A los fascistas les encanta el caos y la confusión.
Nuestro pánico y nuestra angustia pueden llevarnos a depositar demasiadas esperanzas en el levantamiento de las cucarachas. Algunos ya lo han comparado con las revueltas juveniles que provocaron un cambio de régimen en Bangladés, Nepal y Sri Lanka. Pero la India es un país demasiado extenso como para que eso ocurra. Otros lo comparan con el movimiento liderado por Jayaprakash Narayan que derrocó a Indira Gandhi en 1977. Estas comparaciones no sirven de nada. El Partido Popular Cucaracha no es ninguna de esas cosas. Es algo en sí mismo. Un producto único de su época. Se trata de jóvenes vulnerables que se enfrentan a un gobierno despiadado y vengativo que ha demostrado ser implacable con quienes se le oponen. Sin duda, se está tramando una venganza que recaerá sobre aquellos a quienes considere los principales instigadores.
¿Cómo es posible que un régimen que, claramente, se está volviendo tremendamente impopular tenga la osadía de no hacer ninguna concesión a las personas que le votaron? Probablemente porque considera que ha sabido manipular con éxito el sistema electoral. Se ha apoderado de la maquinaria. La Comisión Electoral adolece de defectos en su propia composición y ya no se puede confiar en su imparcialidad. Las máquinas de votación electrónica (EVM) han sido manipuladas, los censos electorales excluyen ahora a millones de personas reales e incluyen millones de nombres fantasmagóricos, la burocracia que supervisa las elecciones ha demostrado ser totalmente cómplice, se puede contar con que los tribunales retrasen o hagan la vista gorda ante las irregularidades flagrantes, la policía no tiene ni idea de lo que es la imparcialidad y la prensa se doblega cada vez que alguien en el poder le chasquea los dedos. Las circunscripciones van a ser rediseñadas para garantizar que el BJP siempre salga beneficiado. ¿Qué tiene que temer el partido gobernante? ¿Por qué debería escuchar a alguien? Es el partido político más rico del planeta, respaldado por los industriales más ricos del mundo. Puede comprar cualquier cosa. Y a cualquiera. O al menos eso cree.
Pero ¿puede este juego durar para siempre? ¿Se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo? ¿Se puede arrastrar para siempre como a un cadáver a un país con una población de mil quinientos millones de habitantes? No se puede. Las cucarachas están por doquier. Los agricultores han vuelto a ponerse en marcha hacia Delhi, esta vez para protestar contra el acuerdo comercial entre la India y EE.UU., la sentencia de muerte que el gobierno indio ha aceptado firmar servilmente en su nombre. Se han cerrado las fronteras de la ciudad, pero es poco probable que eso los detenga. Quizá el resto de nosotros podamos aprender de nuestros granjeros y de nuestras cucarachas cómo volvernos un poco peligrosos. Los jóvenes nos han hecho un regalo. Depende de todos nosotros, de cada uno de nosotros, hacer que lo que han hecho tenga importancia.
Una vez que un primer ministro huye físicamente, no tardará mucho en tener que huir políticamente.
Pero este régimen no se irá fácilmente. No tolerará ser humillado en las calles de la capital. Es probable que veamos sangre. Los ánimos de los jóvenes se están caldeando. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que alguien de esa multitud juvenil y exaltada pierda los estribos y le dé a la policía una excusa para abrir fuego? Harán todo lo que puedan para doblegarnos. Debemos hacer todo lo que podamos para detenerlos.
Arundhati Roy