Protestas juveniles en Italia. Fuente: https://jacobinitalia.it
Carlo Formenti acaba de publicar en su blog este artículo sobre las protestas estudiantiles en Italia, que continúan sin perder masividad ni intensidad (el viernes pasado, más de un millón de trabajadores fueron a la huelga general y se movilizaron con la juventud por las calles de Roma, Milán, Turín, Génova, Nápoles, Bolonia, Florencia, Padua y otras ciudades de la península contra el gobierno de Meloni, elevando la consigna “Bajen las armas, suban los salarios” y enfrentando la represión policial, que redobla su ferocidad). La traducción del italiano es nuestra.
Muchos amigos se habrán sorprendido por mi silencio ante los acontecimientos de los últimos días (me refiero, obviamente, a las manifestaciones estudiantiles). El motivo es sencillo y puede resumirse con uno de los dichos del presidente Mao que considero más acertados: “Quien no haya investigado no tiene derecho a hablar”. Dada mi edad (dentro de un año cumpliré ochenta) y dado que mi experiencia como docente ha sido exclusivamente universitaria, además de lejana en el tiempo, mientras que la actual se centra en universidades populares que no involucran a adolescentes ni a jóvenes, sino a adultos ya formados y politizados, no sé lo suficiente sobre los jóvenes que han salido a la calle. No he estudiado sus problemas, su situación ni sus necesidades lo suficiente como para poder esbozar un análisis sensato.
Por supuesto, puedo intuir fácilmente las raíces de una ira alimentada por los efectos de décadas de políticas neoliberales que han hecho trizas la escuela, al igual que todos los demás servicios públicos, los ingresos y los derechos sociales de las clases subalternas (y, por tanto, de las familias de esos jóvenes). De esto han hablado, obviamente, muchos amigos y compañeros en los medios de que disponen; sin embargo, al leerlos, no he podido evitar fijarme en lo genérico de los argumentos: faltaban análisis en profundidad sobre la especificidad de este movimiento, sobre sus características inéditas, sobre por qué estalló de forma tan impredecible y, aparentemente, sin preparación ni organización, y sobre su ajenidad a cualquier sujeto político estructurado (incluidos los movimientos de la izquierda radical y los centros sociales).
Por eso no he querido sumar mi voz al coro de banalidades. Pero, sobre todo, no he querido sumarme al irritante tópico con el que comienzan todos estos análisis «de izquierdas»: “Dado que la violencia es condenable, hay que investigar sus causas… etc.” Esto va de la mano de la fórmula habitual con la que la izquierda inicia sus discursos sobre la guerra en Ucrania: “Dado que Rusia ha iniciado la guerra violando el derecho (¿cuál?) internacional, hay que reconocer que la OTAN… etc.” Disociar la violencia de las causas que la generan significa aceptar, de hecho, la lógica del poder político y económico que produce esas causas. La violencia callejera es el resultado de la acumulación de necesidades insatisfechas, al igual que la «agresión» rusa es el resultado de la ampliación de la OTAN hacia el Este, del golpe fascista de 2014 y de la limpieza étnica contra los rusoparlantes del Donbás. La violencia callejera y la guerra estallan cuando ningún otro medio pacífico logra detener la violencia de las clases (y de las naciones) dominantes.
Pero vayamos al motivo por el que he decidido romper el silencio. No hablaré de los movimientos por las razones antes mencionadas, sino de la violencia: no de la violencia de los llamados “maranza”1 (una jerga racista ignominiosa), sino de la violencia con la que el sistema está intentando aterrorizar a toda una generación (tal y como hizo en Génova en 2001) antes de que pase de las manifestaciones espontáneas a convertirse en un movimiento político organizado y estructurado, dotado de programas e ideologías definidas.
Lo que más llama la atención es la uniformidad (palabra adecuada por su referencia militar al uniforme). Uniformidad de lenguaje (“maranza”, vandalismo, delincuencia, terrorismo, etc.), de argumentos y de soluciones sugeridas para reprimir el fenómeno. Una uniformidad que une a políticos, periodistas e intelectuales de todo tipo y de todos los bandos, con muy pocas excepciones (no es casualidad que a una de estas últimas, Il Fatto Quotidiano, estén intentando silenciarla haciéndola comprar por el magnate de turno). Al leer los titulares de los periódicos y ver los informativos (ahora todos rigurosamente melonianos), me ha dado vergüenza ajena por mi pasado como periodista (profesión que también ejercí para editores y medios conservadores o filogubernamentales en una época en la que en su seno reinaba un mínimo de dignidad y respeto por los hechos que hoy ya no veo).
Hemos oído contar la fábula sobre el supuesto “organizador” de los movimientos, un tal Youssef Siher, un treintañero de Brescia acusado nada menos que de “terrorismo” por su actividad en las redes sociales y cuyo único “delito”, a día de hoy, parece ser el de ser un inmigrante indignado de segunda generación, como muchos de los jóvenes que han salido a la calle. Si no fuera trágico, el hecho sería una ridícula (la historia se repite aquí como una farsa y parece incluso una farsa de una farsa) reedición del mito del “gran viejo”2 de las Brigadas Rojas, creado por los medios de comunicación de los años setenta.
Hemos visto cómo se aprobaban leyes de carácter fascista que han introducido nuevas restricciones, además de las ya impuestas recientemente, a los derechos de manifestación y de expresión, así como a la libertad individual, todo ello con el aplauso de la mayoría de periodistas e intelectuales. Y hasta aquí nada extraño, dada la ideología de las fuerzas gobernantes y la eficaz campaña de colonización de todos los espacios de comunicación llevada a cabo por dichas fuerzas en los últimos años.
Más extraño (o quizá no, pero sin duda vergonzoso) resulta escuchar al presidente del PD [Partito Democratico, el principal partido de centroizquierda de Italia], Stefano Bonaccini, invitado del payaso de Chiambretti en el programa con el título tan acertado (para estos días de fin de imperio) “Fin che la barca va”3, alabar una solución a base de bofetadas para los jovencísimos casseurs [“vándalos” en francés], imitado por el alcalde de Salerno, De Luca (mismo partido, misma ideología «de izquierda» partidaria de la horca), quien ha evocado el uso de golpes más contundentes para defender los intereses de los comerciantes (que, por lo demás, son, junto con las nuevas «clases creativas», los actuales referentes de clase de los demócratas).
Hemos visto el centro de Milán, que en su día fue escenario de grandes manifestaciones obreras, custodiado por los paracaidistas de la Folgore [la brigada paracaidista más famosa del ejército italiano], mientras que en otros lugares agentes de la Digos [División de Investigaciones Generales y Operaciones Especiales] vestidos de civil deambulaban en moto para localizar, aterrorizar y, en su caso, castigar allí mismo a unos subversivos de catorce años sumamente peligrosos. Por no hablar del uso sistemático de cargas «preventivas», incluso en ausencia de actos vandálicos o provocaciones contra las «fuerzas del orden».
Me detengo aquí porque me parece que basta para caracterizar el clima que se está intentando instaurar antes de que la situación «degenere» (desde el punto de vista del poder).
Deseo y espero que la huelga general convocada por los sindicatos de base para el día 30 sirva de ocasión para una primera unión entre la ira estudiantil y la de otros sectores sociales oprimidos por el yugo neoliberal. Veremos si también sirve como primer paso hacia la reconstrucción de una fuerza política capaz de representar los intereses de las clases populares.
Añado una reflexión sobre la dimensión internacional de una crisis que está sacudiendo el corazón (Francia, España, Alemania e Italia) de una construcción europea que, con su continuo avance hacia el colapso social, político y económico, y con la única forma en que cree poder salir de él –la guerra–, está confirmando el diagnóstico formulado hace más de un siglo por Lenin cuando afirmó que los Estados Unidos de Europa eran irrealizables y que, si alguna vez se hubieran materializado, habrían sido una pesadilla reaccionaria.
Volviendo brevemente a los hechos de los últimos días, y tras reiterar que no pretendo emitir juicios de valor sobre un fenómeno que se encuentra en sus inicios y cuyas posibles dinámicas y desarrollos aún no están claros, al menos para mí, me limito a advertir contra las comparaciones demasiado simplistas entre ciertas prácticas del “proletariado juvenil” (por utilizar el término acuñado en su momento por los teóricos de la Autonomía Obrera) y las llevadas a cabo en los últimos días por los jóvenes que han salido a la calle: otros tiempos, otro clima político-cultural, otra composición social (y étnica), otra espontaneidad (que hoy me parece mucho mayor que entonces). Sobre todo, es mejor no hacerse demasiadas ilusiones sobre la continuidad de este tipo de estallidos: nos encontramos ante un “grado cero” de conciencia y de lucha de clases; o bien evoluciona hacia formas políticas más avanzadas, o bien se apaga bajo el impacto de la represión.
Carlo Formenti
NOTAS
1 “Maranza” es un término de jerga italiana que en los últimos años se ha popularizado para referirse a ciertos jóvenes, generalmente de barrios populares o periféricos, asociados en el discurso mediático con comportamientos considerados problemáticos: pequeños delitos, provocaciones, peleas, vandalismo, etc. Sin embargo, el término tiene una fuerte carga social y política. En muchos contextos se usa de manera despectiva para estigmatizar a jóvenes de origen inmigrante o hijos de inmigrantes, especialmente del norte de África, aunque no se limita exclusivamente a ellos (Nota del editor).
2 Durante los “años de plomo”, cuando actuaban las Brigadas Rojas y otros grupos armados, una parte de la prensa, de la política y de los servicios de seguridad sostenía que detrás de los atentados existía un misterioso “gran viejo”, una especie de cerebro oculto que dirigiría los acontecimientos desde las sombras. Ese personaje nunca fue identificado y, con el tiempo, la expresión pasó a utilizarse para burlarse de las teorías que buscan un organizador secreto detrás de fenómenos complejos o espontáneos (Nota del editor).
3 El nombre del programa de televisión que cita el autor, “Fin che la barca va” [“Mientras la barca siga adelante”], proviene de una canción muy popular, cuyo estribillo dice “Fin che la barca va, lasciala andare…” [“Mientras la barca siga adelante, déjala ir…”. En italiano se utiliza a menudo con el sentido de “aprovechar la situación mientras funcione», “seguir adelante sin cuestionar demasiado las cosas”, “dejar que todo continúe como está.”