Protestas en París, octubre de 2026. Fuente: https://www.psephizo.com
Los hechos que desencadenan revueltas y que, en determinadas circunstancias, pueden transformarse en revoluciones son, en gran medida, imprevisibles. Por esa razón, la izquierda debe estar preparada para distintas formas de lucha y para responder a situaciones extraordinarias. La contingencia forma parte de la historia y en ello reside la diferencia entre el comportamiento humano y el funcionamiento de muchos sistemas naturales. No existe aquí una ciencia exacta capaz de anticipar el curso de los acontecimientos; apenas es posible identificar tendencias.
No es extraño que los estallidos sociales se produzcan a raíz de un hecho simbólico que, considerado aisladamente, podría parecer menor. Ese acontecimiento actúa como detonante de una indignación acumulada tras años de atropellos, pérdida de derechos, humillaciones o empobrecimiento. Sin embargo, cuándo, cómo y dónde una chispa encenderá la pradera es algo que nadie puede prever. Tal vez ni siquiera llegue a encenderse. En España, por ejemplo, la indignación social encontró un símbolo en el desalojo de Maricarmen; en Chile, en 2019, en el aumento del precio del transporte; en Francia, en la degradación de la educación pública secundaria, marcada por edificios deteriorados, cursos masificados y la insuficiencia de becas. Se trata, por lo demás, de problemas que hoy afectan en diversa medida a gran parte de los sistemas educativos públicos del mundo.
Europa parecía sumida en un largo letargo. La militarización creciente, el deterioro generalizado de las condiciones de vida y la ausencia de respuestas colectivas daban la impresión de que todo eso sucedía ante una sociedad resignada. Sin embargo, la reacción popular llegó. El hartazgo acumulado se transformó en rebelión frente a los recortes permanentes, las políticas especulativas que disparan el precio de la vivienda y la creciente precarización de la existencia. También fue una respuesta contra la guerra y contra el genocidio en Palestina.
En un mundo marcado por luchas fragmentadas y reivindicaciones dispersas, la rebelión logró reunir demandas que a menudo aparecían como desconectadas entre sí. La crisis de la vivienda, la degradación de los servicios públicos, el rechazo a la militarización y la solidaridad con Palestina emergieron como expresiones diversas de un mismo conflicto: la subordinación de la vida social a los intereses del gran capital.
Como ocurre en todo estallido popular, no faltan los elementos caóticos y destructivos. Pero ello resulta inseparable de la naturaleza misma de estos procesos. Son la reacción, a menudo violenta, frente a años de violencia estructural, de desposesión y de exclusión social. Algunas acciones pueden ser obra de provocadores; muchas otras, sin embargo, expresan una indignación genuina acumulada durante años.
Miles de jóvenes, y no tan jóvenes, descargan su ira contra un sistema que les exige resignarse a un horizonte de empleos precarios, viviendas inaccesibles, servicios públicos cada vez más deteriorados y una movilidad social en permanente retroceso, mientras un reducido grupo de oligarcas concentra riquezas obscenas. También se rebelan contra la hipocresía de unas clases dirigentes que invocan constantemente los derechos humanos, pero que, por acción u omisión, han permitido la masacre del pueblo palestino.
No es posible saber de antemano si este proceso producirá una transformación del régimen político o si la rebelión llegará a convertirse en revolución. Las rebeliones populares siempre han avanzado entre avances y retrocesos, entre irrupciones y repliegues, entre victorias parciales y derrotas temporales. Ya lo había advertido Marx hace más de ciento cincuenta años:
“(…) las revoluciones proletarias, como las de siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzar de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está la rosa, baila aquí!”
La “Santa Alianza” que va desde las ultraderechas hasta los progresismos neoliberales saldrá, una vez más, en defensa del “orden”, de esa “paz de los cementerios” de la que habla Lenin. Un orden que se presenta como democrático, pero que para amplios sectores de la población se ha convertido en una suerte de alternancia administrada, donde las elecciones parecen limitarse a escoger quién gestionará los sacrificios sociales exigidos por el mercado. En una Europa donde las socialdemocracias impulsaron en otro tiempo mejoras reales –aunque muy limitadas en su alcance– en las condiciones de vida de las clases trabajadoras, hoy suelen aparecer únicamente como una versión menos agresiva –pero no muy diferentes en el fondo– de las políticas promovidas por la derecha y la extrema derecha.
La extrema derecha habla de conspiración islámica. Sin embargo, en las calles aparecen estudiantes, trabajadores y desocupados de los más diversos orígenes étnicos, culturales y religiosos, junto con muchos otros que seguramente no profesan religión alguna. Lo que inquieta a las fuerzas reaccionarias no es la diversidad de los manifestantes, sino precisamente aquello que las rebeliones pueden producir: formas de unidad popular que trascienden divisiones identitarias, étnicas o confesionales. Son esas divisiones las que durante décadas han sido utilizadas sistemáticamente para fragmentar a los sectores subalternos y debilitar su capacidad de acción colectiva. Los levantamientos populares cuestionan ese mecanismo al revelar intereses comunes allí donde se buscaba imponer enfrentamientos permanentes.
Los más legalistas señalarán que los gobiernos han sido elegidos mediante procedimientos formalmente legítimos. Sin embargo, para una larga tradición de pensamiento político que va de Tomás de Aquino a Locke, la tiranía no se define únicamente por el origen ilegítimo del poder. También puede surgir cuando quienes gobiernan dejan de perseguir el bien común para poner las instituciones al servicio de intereses particulares. En tales circunstancias, sostuvieron estos autores, la resistencia al poder deja de ser una transgresión y adquiere legitimidad política.
La cuestión fundamental es entonces quién ejerce realmente la soberanía. En las democracias contemporáneas, el pueblo ocupa ese lugar en el plano jurídico y discursivo. El verdadero “soberano“” para las clases dirigentes es el gran capital. Pero no se trata más que de un tirano que se ha impuesto de forma ilegítima.
La Europa de la Francia de 1789, de los jacobinos, de la comuna de París de 1871, de los partisanos antifascistas, de las miles de rebeliones obreras, esa Europa parece renacer contra la Europa de la reacción, del imperialismo y del fascismo, y eso sería una excelente noticia. El capitalismo nihilista y tanático ha despertado las fuerzas de rebelión: éstas se expresan muchas veces en forma caótica y destructiva, pueden ser presentadas por los representantes de la reacción como algo monstruoso que debe ser erradicado, pero son en su esencia una respuesta vital, de afirmación de la vida, de construcción de un mundo más justo, de libertad, igualdad y fraternidad reales, y no meramente formales.
Compartimos este artículo de Juan Manuel Olarieta, apareció el 26 de octubre en Observatorio de la crisis, en el que su autor hace un recuento de las revueltas que están teniendo lugar en Europa en estos días. Los agregados entre corchetes son nuestros.
Hace tiempo que los “expertos” aseguran que la juventud europea es de “extrema derecha” y el baño de realidad no ha podido ser más espectacular. Los estudiantes han salido a la calle con una determinación que no deja lugar a dudas, y no sólo en Francia, donde el gobierno está al pie de los caballos.
Tenemos a la vista un movimiento en el que trabajadores y jóvenes plantean las mismas reivindicaciones en cada país europeo, lo cual no deja lugar a dudas de que las causas son las mismas: carestía de la vida, recortes presupuestarios, reducción de las pensiones, rearme, militarismo… En las tiendas de campaña instaladas por los manifestantes en Atenas, Tesalónica y Patras se lee el lema: “Grecia y Francia, ¡revuelta por todas partes! Mismos problemas, mismo enemigo”.
Por su parte, los gobiernos han respondido de la misma manera: con una brutal represión policial, miles de detenidos y golpes indiscriminados. En Europa ha comenzado una etapa de terrorismo de Estado, de ley marcial y toques de queda.
En varios países están convocadas huelgas generales para el mes que viene, que ponen de manifiesto el abismo que separa a la población de sus respectivos gobiernos. Hay una profunda oposición contra el rápido empobrecimiento de la población, que va mucho más allá de la clase obrera. También hay una clara oposición al rearme, el servicio militar y la guerra.
Cuando un gobierno reduce los gastos en educación está acabando con el futuro, el suyo y el de sus habitantes. Cuando el primer manifestante lanza un ladrillo contra un escaparate, es el principio del fin, la señal de que el callejón no tiene salida y hay que abrirse camino de otra manera. El resto es charlatanería sociológica de la peor especie sobre los “violentos”.
El miércoles [21 de octubre], en Grecia, estudiantes, docentes y funcionarios del sector público se manifestaron en más de 50 ciudades; en Atenas, la movilización reunió a unas 20.000 personas. Los participantes protestaron contra los bajos salarios, la situación de la educación pública y el costo exorbitante de la vivienda estudiantil.
En Italia, grupos de estudiantes organizaron manifestaciones masivas en solidaridad con Francia. La red de estudiantes lanzó un mensaje a los huelguistas franceses: “Estamos a vuestro lado. Desertaremos de sus guerras. Dinero para las escuelas, no para las armas”. El 16 de octubre, estudiantes marcharon en varias ciudades del país coreando: “Si nada cambia, haremos lo mismo que en Francia”.
Los sindicatos de trabajadores portuarios de Italia, Francia, Grecia, Turquía, Marruecos y el País Vasco han convocado una jornada internacional de acción contra la guerra y la militarización de los puertos para el 30 de octubre1. La CGIL, la federación sindical italiana, ha anunciado una jornada de huelga para el 20 de noviembre.
En Europa el terreno está abonado. Las movilizaciones estudiantiles en Francia suscitaron rápidamente manifestaciones de solidaridad por parte de estudiantes belgas en Lieja y Bruselas, en contra del aumento de las tasas de matrícula. Se enmarcaban en un movimiento de protesta de mayor alcance, caracterizado por huelgas contra las políticas de austeridad y el aumento del gasto militar por parte del gobierno; entre las acciones más recientes, cabe destacar la manifestación en Bruselas del 9 de octubre y una huelga en el sector público tres días después.
Además de esos países, también hay huelgas o manifestaciones de jóvenes en España, Portugal, Irlanda y Albania.
Las reivindicaciones de los trabajadores y los jóvenes en toda Europa no se pueden satisfacer mediante reformas impuestas desde arriba por gobiernos actuales. La clase dirigente no está dispuesta ni en condiciones de hacer concesiones. La oligarquía financiera ha acumulado una concentración de la riqueza que es incompatible con las formas democráticas de gobierno.
Francia, Italia, Bélgica y Grecia tienen deudas públicas superiores al 100 por cien de su PIB, y la de España está muy cerca de ese porcentaje. Acosados por sus acreedores y enfrentados a la especulación sobre sus deudas, esos gobiernos solo podrían financiar concesiones sociales gravando a la oligarquía financiera, algo que no quieren hacer.
En cambio, invierten masivamente en la guerra y financian al régimen ucraniano para que la guerra no se acabe nunca. Hay previsto hasta 800.000 millones de euros en gastos militares adicionales para rearmar a Europa. Alemania ha eximido el gasto militar del tope constitucional al endeudamiento para financiar el ejército. Solo pueden reunir sumas de tal magnitud recortando drásticamente el gasto social.
Los gobiernos europeos están reaccionando brutalmente frente a las movilizaciones porque se niegan a reducir los escandalosos beneficios de la oligarquía financiera, de tal manera que su única alternativa es lo que están haciendo: recurrir a la represión, incluido el apoyo los mamporreros fascistas. Como se decía en la transición, “de día uniformados, de noche encapuchados”.
La crisis en Europa demuestra que los trabajadores y los jóvenes no pueden librar este combate ni dentro de unas negociaciones sindicales, ni en unas elecciones. Esto impone la tarea de luchar contra el capitalismo y su Estado. La crisis no tiene otra salida que construir una sociedad socialista.
Juan Manuel Olarieta
NOTAS
1 Los paros portuarios del día de ayer, que afectaron a «113 puertos de 22 países», bloquearon envíos militares a Israel y EE.UU. Ver: https://www.resumenlatinoamericano.org/2026/10/31/internacional-la-huelga-portuaria-global-113-puertos-de-22-paises-bloquean-envios-militares-a-israel-y-ee-uu/ (Nota del editor)