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Autores varios Corsario Rojo

Novena incursión del Corsario Rojo

23 de noviembre de 20257 de diciembre de 2025
Kalewche

Muy pronto, el Corsario Rojo emprenderá su novena incursión de piratería contra la Gran Armada del capital. Filibusterismo auténtico, 100% sedicioso, radicalmente subversivo, sin patente de corso. Aquí, un muestrario de los pertrechos que estamos estibando en la santabárbara de nuestro galeón: pólvora de ideas, artillería de panfletos, municiones de parresía. Faltan solo dos semanas para hacernos a la mar. Hay suficientes autores en la tripulación: rioplatenses, mexicanos, del Perú, españoles, de Inglaterra… ¿Pero habrá bastantes lectores y de tan variada procedencia? Confiamos en que este adelanto de Corsario Rojo IX en el Kalewche del 23 de noviembre vaya incrementando poco a poco la marinería de entusiastas o expectantes hasta el 7 de diciembre, cuando finalmente deba levar anclas e izar velas para navegar hacia la batalla. ¡Catorce jornadas de estiba y reclutamiento en los arsenales y las tabernas del puerto! Para matar la espera, pueden leer también, aparte de los fragmentos que aquí anticipamos, los números anteriores de Corsario Rojo.


SECCIÓN BITÁCORA DE DERROTAS

(…) De una concepción materialista dialéctica no se deduce en forma apodíctica un posicionamiento socialista: este es producto de determinadas opciones políticas y éticas que no se pueden inferir deductivamente a partir de la teoría. Se puede ser partidario del materialismo dialéctico como filosofía basada en los desarrollos positivos de la ciencia, y ser también un reformista o un conservador. Pero lo que sí resulta posible es fundamentar –a partir de la dialéctica– una visión revolucionaria de la sociedad, y esta es la concepción que nos permite una argumentación más sólida de una visión y estrategia revolucionarias. Las filosofías escépticas, o las que conciben el cambio en forma evolutiva y no dialéctica, o más aun las que perciben la realidad como una eterna repetición del presente, donde “no hay nada nuevo bajo el sol”, son más coherentes con un posicionamiento político que prefiere dejar “todo como está”, o a lo sumo promover pequeños cambios que no afecten la totalidad social, a la que suelen concebir como una suma de individuos. La concepción que concibe la realidad como un conjunto de procesos y no como un conjunto de objetos; donde no solo hay cambios cuantitativos, sino también saltos cualitativos; donde la contradicción es el motor de las transformaciones, las cuales suponen, a su vez, no la negación metafísica sino dialéctica –que implica suprimir y conservar al mismo tiempo–; y donde lo prioritario es lo material, pero sin caer en reduccionismos, es una poderosa herramienta para comprender y transformar la realidad; y lo es no porque constituya una construcción arbitraria, sino porque expresa en forma más adecuada a la misma realidad, basándose en los desarrollos del conocimiento científico.

Alexis Capobianco Vieyto, “Friedrich Engels, la dialéctica y la política”


Dice el historiador marxista británico Christopher Hill que “cada generación hace nuevas preguntas al pasado y encuentra nuevas áreas de simpatía al tiempo que revive diferentes aspectos de las experiencias de sus predecesores”. La llamada mirada de género y una mayor atención por las vidas privadas y las trayectorias individuales, cuando no han sido unilaterales y/o mistificadas, han tenido el beneficio de proporcionar más completo material sobre el papel de las mujeres en la historia rusa y de algunas personalidades en especial. Las revoluciones, al trastocar el orden establecido, al hacer visible lo que permanecía velado (poner arriba lo que estaba abajo, parafraseando el título del clásico libro de Hill, ya citado, sobre la Revolución Inglesa), suelen traer a escena a las mujeres, sobre todo como sujeto colectivo. Pero en este sentido, el caso de Rusia es particular.

Las mujeres rusas no necesitaron la crisis del antiguo régimen para entrar en escena: de hecho, por muchos años lucharon para provocar ese derrumbe. Integraron todos los movimientos y organizaciones que enfrentaron a la autocracia zarista y al sistema social, actuaron decididamente, militaron en la clandestinidad, cumplieron responsabilidades dirigentes, elaboraron teoría, sufrieron la cárcel, el destierro interior y el exilio por mérito propio. Bastaría revisar los archivos policiales.

Fueron las obreras textiles de Petrogrado –antaño y hoy San Petersburgo– las que, aun contrariando a los dirigentes sindicales que pensaban que no estaban dadas las condiciones, convocaron a la huelga y la manifestación por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, acciones de protesta que encendieron la chispa de la Revolución de Febrero de 1917.

María Luisa Battegazzore, “Las mujeres en la Revolución Rusa”


Dossier A cien años del nacimiento de Manuel Sacristán. Homenaje latinoamericano

Manuel Sacristán Luzón refutó la lectura escatológica, la interpretación teleológica y de filosofía de la historia de la obra de Marx. Explicó: a) por qué el marxismo no es una ciencia pura sino una concepción emancipadora del mundo; b) por qué la dialéctica no es una lógica ni un método, sino un sistema holístico para pensar la totalidad; y c) cuáles son las concatenaciones materializadas en el metabolismo entre naturaleza y sociedad. Sacristán enseñó sus claves para comprender los nuevos problemas del capitalismo actual, comprensión que es condición sine qua non para la reelaboración del programa de emancipación humana en la era post-Primavera de Praga y post-socialismo real, época lastrada por la precarización del trabajo, la destrucción ecológica y la nuclearización del mundo.

Ignacio Perrotini Hernández, “Sacristán, un legado socrático eco-comunista”


Un poco fastidiado por el bajo nivel de sus oponentes y otro poco con espíritu de sorna, Trotsky tituló una vez uno de sus artículos con la frase “aprendan a pensar”. Efectivamente, pensar de manera articulada es algo que se aprende. En las diversas tradiciones marxistas suele pasar que muchas veces la reproducción de ciertas ideas que forman parte del canon se presenta de manera ritual, es decir, acrítica y poco fundamentada. En este marco, Manuel Sacristán aporta diversos puntos de apoyo para una perspectiva revolucionaria: un amplio conocimiento de los debates de la filosofía y la epistemología de Europa y el mundo anglosajón durante el siglo XX, un conocimiento sólido de la lógica formal que le permite identificar todo tipo de inconsistencias en los más variados debates y una perspectiva del marxismo como tradición capaz de ejercer no solo la crítica de otras posiciones sino también la propia autocrítica.

Juan Dal Maso, “¿Por qué leer a Sacristán? Recomendación a la militancia revolucionaria”


En septiembre de 1985 el colectivo de redacción de la revista mientras tanto le daba el “último adiós al amigo inolvidable”, a Manuel Sacristán Luzón, quien acababa de fallecer el 27 de agosto de ese mismo año. Fue Miguel Candel quien in memoriam escribió sobre “La largueza del pensamiento” de quien fuera considerado en España uno de los filósofos marxistas más influyentes de la segunda mitad del siglo XX –en compañía nada menor, en ese entonces, de José Ortega y Gasset. La vigencia de su pensamiento y de su praxis conservan, a cien años de su nacimiento, una fuerza y una motivación para quienes nos inspiramos en el rigor y en la ética de su vida hasta el día de hoy y en un mundo moderno enfrentando nuevas formas de dogmatismo, populismo, nacionalismo y polarización.

Gabriel Delgado Toral, “¿Cómo podría leerse a Sacristán? Ideas para una primera aproximación”


Muchas intervenciones de Sacristán deben haber causado sorpresa cuando las enunció. Pero casi todas ellas resisten muy bien el paso del tiempo. Sus ideas podía resultar escandalosas, pero él mismo se hallaba muy lejos de buscar el escándalo: su discreta retirada del PCE-PSUC así lo atestigua, entre mil ejemplos posibles. Desde luego, la revisión que propuso de la tradición revolucionaria a la luz de las nuevas evidencias ecológicas pudo haber parecido herética en 1979, pero hoy en día es un punto de partida para cualquiera que quiera ser comunista y realista a la vez.

Ariel Petruccelli, “La paradoja Sacristán”


Nunca tuvo dudas Sacristán sobre el papel central de movimiento obrero en las luchas emancipatorias. Empero, en la Carta de la Redacción del número 1 de mientras tanto, por él escrita tras largas discusiones del colectivo de la redacción de la revista, observaba que la tarea de lucha ecosocialista o ecomunista se podía ver de varios modos, según el lugar desde el cual se la emprendiera: “consiste, por ejemplo, en conseguir que los movimientos ecologistas, que se cuentan entre los portadores de la ciencia autocrítica de este fin de siglo, se doten de capacidad política revolucionaria”. Consistía también en que los movimientos feministas, “llegando a la principal consecuencia de la dimensión específicamente, universalmente humana de su contenido, decidan fundir su potencia emancipadora con la de las demás fuerzas de libertad”. O consistía en que las organizaciones revolucionarias clásicas (partidos obreros, sindicatos, asociaciones de trabajadores) comprendieran que “su capacidad de trabajar por una humanidad justa y libre tiene que depurarse y confirmarse a través de la autocrítica del viejo conocimiento social que informó su nacimiento”, pero no para renunciar a su inspiración revolucionaria, perdiéndose en el triste e integrado ejército socialdemócrata, “sino para reconocer que ellos mismos, los que viven por sus manos, han estado demasiado deslumbrados por los ricos, por los descreadores de la Tierra”.

Salvador López Arnal, “Sobre las últimas consideraciones político-filosóficas de Manuel Sacristán”


Javier Milei, economista ultraliberal e influencer gurú devenido líder populista de extrema derecha, se ha ganado un merecido lugar en los anales de la demagogia mesiánica. Llegó a la presidencia de la República Argentina creyéndose un salvador cuasi-celestial, una especie de nuevo Moisés (o de nuevo Aarón, si seguimos a pies juntillas su delirio místico, pues el protagonismo mosaico él se lo atribuye a su hermana Karina, quien no le va a la zaga en megalomanía). Arribó a la Casa Rosada diagnosticando que el gran problema nacional –la causa primordial del déficit fiscal y la inflación, a su entender– radicaba en la codicia criminal y estructural de su dirigencia política (“degenerados fiscales”, “zurdos empobrecedores”, “kukas inmundos”, etc.), y prometiendo que remediaría con urgencia la decadencia “socialista” o “estatista” del país mediante un ajuste gigantesco e inmisericorde, “el más grande de la historia de la humanidad”. Un ajuste que anunció y asumió como una cruzada moral, cual palingenesia redentora-punitiva: la “motosierra” de las “fuerzas del Cielo” contra “la casta” y sus “curros”, en salvaguardia de “los argentinos de bien”, en aras de una prosperidad capitalista digna del “Primer Mundo” (y con derrame social asegurado).

Hoy, a dos años de su victoria sobre Massa en el balotaje presidencial, la imagen pública Milei es una claraboya trizada por el granizo de la crisis económica y las acusaciones de corrupción, una cerámica kintsugi llena de junturas en nácar dorado que mal disimulan su indemnidad perdida. (…)

Ironía de la historia, búmeran de justicia poética. Los Milei están hasta la cintura en la ciénaga de la podredumbre cleptocrática, igual que sus dos secuaces de apellido Menem, entre otros personajes farsescos de una politiquería criolla que nunca muere y siempre se recicla (Espert, por caso, que debió renunciar a su candidatura por sus frondosos nexos con el narcotráfico). Notable parábola-paradoja la de Javier Milei: aquel vicio calamitoso que tanto había denunciado y jurado erradicar cuando era candidato, pavoneándose ante el electorado como un paladín ultraterreno de la austeridad y la honestidad, acabó siendo uno de sus peores defectos, una de sus mayores máculas como jefe de Estado.

Los escándalos se suceden en cascada: la venta de candidaturas “libertarias”, el caso Kueider, la criptoestafa $Libra, las coimas en ANSES y PAMI, el contrabando de las valijas de Scatturice en Aeroparque, la turbia licitación del Banco Nación a favor de Tech Security, el descontrol impune del fentanilo contaminado (con su trágico centenar de muertos), los “retornos” de la Suizo Argentina a la Agencia Nacional de Discapacidad… Más recientemente, los narcoescándalos de Espert y Villaverde, que invitan a pensar en clave local el fenómeno regional de la narcopolítica.

Federico Mare, “Cleptocracia y honestismo. El fenómeno de la corrupción desde una mirada anticapitalista”


SECCIÓN MAR DE LOS SARGAZOS

El Corsario Negro, evidentemente, es la obra maestra del ciclo y ninguna de las otras cuatro novelas que lo componen se acerca siquiera a ella. A esto contribuye, cierto, la novedad de las peripecias, repetidas luego en términos muy similares en las siguientes como se ha indicado antes. Pero sobre todo, lo que la distingue por encima de todas las demás es la conseguida atmósfera de tragedia que la envuelve, impregnada del necesario aroma mortuorio. Literariamente también es la más destacable: en ninguna otra están tan bien equilibradas la sucesión de escenas de acción (siempre más numerosas, por supuesto) con los momentos de introspección de su torturado protagonista o con las conversaciones con la mujer de la que se enamora sin remisión, que dotan a la historia de un contenido dramático que, además, la distingue especialmente en la obra del autor.

Si bien Salgari no explica en profundidad, hasta bien entrada la acción (nada menos que en su capítulo XVIII), los detalles de la atormentada empresa de su protagonista, desde el primer momento el propósito vengador impregna cada rincón de la obra. Es magnífica por ello la presentación del personaje desde el punto de vista de los dos hombres que su barco rescata en las aguas cercanas a Maracaibo: dos miembros de la tripulación del Corsario Rojo, el segundo hermano apresado por Wan Guld, que han escapado de la prisión de este y que portan la noticia de su ejecución y de la infamante exposición pública de sus restos prevista para varios días en la plaza principal de la ciudad. La admiración con que esos dos hombres reconocen la voz del Corsario en la noche, el respeto reverencial con que se dirigen a su presencia y la monumental descripción de su semblante y de su indumentaria, que ya conocemos, bastan para crear una notable expectativa sobre el capitán de esa nave, que se verá cumplida con creces enseguida. (…)

En la primera aventura del libro, el Corsario [Negro] penetra en Maracaibo para rescatar el cuerpo de su hermano, mas es descubierto y debe escapar, tras pasar unas horas sitiado en la casa de un notario donde ha encontrado refugio. Este arranque es puro Salgari: acción sin tregua, decisiones sin cálculo de los personajes que aumentan sus apuros, diálogos teatrales que caracterizan a aquellos tanto como lo hacen sus acciones… Solventado el peligro y retornados al barco, tiene lugar el primer pasaje luciferino de la novela: el funeral del Corsario Rojo en alta mar, durante el cual pronuncia el fabuloso juramento (…). Esta escena permite lucir al escritor una de sus grandes cualidades: la brillantez con que levanta la atmósfera adecuadamente grandiosa que aquí, por supuesto, se ampara en el escenario marino, con su océano embravecido, sus tinieblas preternaturales y los misteriosos sonidos que bien pueden interpretarse como el llamado de los muertos. De hecho, el espectro de los hermanos será una constante alucinación del protagonista hasta la consumación de su venganza.

José Miguel García de Fórmica-Corsi, “Del Corsario Negro y otros piratas del Caribe”


A esa madre condenada a la pobreza por las condiciones sociales en las que le tocó nacer y crecer, que poco pudo hacer de su vida más que resignarse y entregar su existencia toda para ofrecer un futuro más digno a sus hijos, presa de la “certidumbre –según su hijo– de que la vida entera era una desgracia contra la cual lo único que podía hacerse era aguantar”, a ella está dedicada la obra. A esa misma madre en la que pensó Camus cuando, el 13 de diciembre de 1957, durante un intercambio con estudiantes en la Universidad de Estocolmo, luego de haber recibido el Premio Nobel de Literatura, le reprocharon su indefendible postura en contra de la independencia de Argelia. El francoargelino respondió: “Siempre he condenado el terror. También debo condenar el terrorismo que se ejerce ciegamente, por ejemplo, en las calles de Argel, y que algún día puede afectar a mi madre o a mi familia. Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia”. Camus escondía su posición contraria a la independencia de Argelia tras su rechazo a los atentados en espacios públicos que causaban víctimas civiles. Y temía por la vida de su madre, que es algo humanamente comprensible. Pero nunca quiso admitir que era totalmente posible oponerse al terrorismo, a la vez que se admitía el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Y que incluso podía defenderse la lucha armada contra el poder colonial, sin tener que justificar el asesinato de civiles. Además, Camus ponía en pie de igualdad la violencia colonial con la contraviolencia del pueblo oprimido, y condenaba a ambas por igual. Ingenuamente, creía en la solución de un «colonialismo bueno», un «colonialismo con rostro humano», un «colonialismo sin violencia», sin llegar nunca a comprender que el colonialismo mismo es una forma de violencia, y supone la negación sistemática del otro, como lo denunció Frantz Fanon por aquellos años. El moralismo abstracto de Camus, fuertemente sobredeterminado por su condición de pied-noir –o, mejor dicho, por la manera en la que él asumía esa facticidad–, y el temor que le provocaba la suerte de su madre –también la del resto de su familia y sus amigos en la colonia–, primó a la hora de tomar una postura política sobre el destino de Argelia. Su posición era interesada, además de formalista y abstracta, lo que lo condenó al ostracismo en los círculos de izquierda donde siempre se movió. Y el Nobel fue –con razón– visto como la recompensa oficial por su «corrección política».

Nicolás Torre Giménez, “Entre la noche de la verdad y el sueño de los pobres. Parentalidad y pobreza en El primer hombre de Albert Camus”


La prensa se regodeó con las exigencias extremas de la carrera; los periodistas se superaban unos a otros en sus descripciones de los rostros “devastados” y “demacrados” de los ciclistas. Pero la descripción del editor de L’Auto, Henri Desgrange, del Tour ideal como aquel en que “solo había un ganador” provocó críticas por considerarse que los espónsores explotaban a los atletas de clase trabajadora para su propio beneficio.

El ciclismo nunca fue un deporte amateur: se profesionalizó ya a finales del siglo XIX, lo que lo convierte en uno de los primeros deportes practicados con fines comerciales. El ciclismo también había sido durante mucho tiempo la afición de los franceses de clase trabajadora y era seguido por los obreros. La gran mayoría de los ciclistas procedían de entornos campesinos y proletarios, y vivían en el campo, en lo que el sociólogo Christophe Guilluy denomina la “periferia”, es decir, aquellas zonas sociales y geográficas de Francia que se han quedado atrás por culpa de las fuerzas de la globalización.

En 1924, los ciclistas se rebelaron contra sus condiciones laborales. El vigente campeón del Tour, Henri Pélissier, abandonó la carrera en señal de protesta. Los ciclistas profesionales, declaró, eran les forçats de la route, “los trabajadores forzados de la carretera”, una frase incendiaria que reflejaba las enormes divisiones socioeconómicas del país.

Pélissier escribió al periódico del Partido Comunista L’Humanité diciendo que aceptaba el “cansancio excesivo, el sufrimiento y el dolor” de su profesión, pero que él y sus compañeros corredores querían ser “tratados como hombres, no como perros”. El periódico se hizo eco de la protesta con titulares sobre una “rebelión” de ciclistas que enarbolaban “la bandera de la revuelta”. Los corredores que abandonaron eran “huelguistas”; y el Tour, una vasta operación comercial organizada por “especuladores deportivos” para explotar al “proletariado ciclista”.

L’Humanité mantuvo la presión durante el período de entreguerras, denunciando la “explotación feroz y, en ocasiones, criminal” de los “trabajadores del pedal” y exhortando a sus lectores a reconocer que la carrera formaba parte de la cínica manipulación del capitalismo burgués, que ofrecía “pan y circo” a las masas trabajadoras. Se establecieron analogías entre la vida deshumanizante y excesivamente regulada del ciclista del Tour y la del operario fabril moderno, vinculando su protesta a una crítica más amplia del exceso de trabajo, la aceleración del ritmo laboral y el taylorismo.

Los organizadores del Tour, por su parte, insistían en que el ciclismo era un medio para ascender socialmente. Los ciclistas profesionales eran héroes populares de la época, y se les presentaba como trabajadores modelo: valientes, disciplinados y humildes. En 1925, L’Auto realizó una película muda de varios episodios titulada Le roi de la pédale [El rey del pedal], donde se mostraba a un chico de clase obrera que ascendía socialmente gracias al Tour.

Charlotte Jones, “El Tour de France siempre ha sido político”


SECCIÓN AL ABORDAJE

Ayer, al final de una clase en línea, comenzamos a hablar de Palestina y una chica comentó de manera muy confusa: “claro, el conflicto en Palestina lleva miles de años”. Pero, no, no es un conflicto que lleva miles de años. Yo creo que eso es importante aclararlo. (…) Porque cuando se dice que viene de muy, muy atrás, lo que se implica es que es religioso. Esto es, “por definición, musulmanes y judíos no se entienden”. Pero eso es absolutamente falso. Sabemos que, en Palestina, convivieron, durante muchos años, una minoría muy pequeña (de 5 o 10% de judíos) con una mayoría musulmana. Seguramente (y eso también lo recalco), pudo haber conflicto. En donde hay una relación de dos personas, en una pareja, hay conflicto. (…) Lo que quiero decir es que hay una historia de convivencia, que, sin llegar nunca a ser armónica, se mantuvo, en general, en actividades diversas y complementarias.

La gran ruptura sobrevino con la invención del sionismo. Hay antecedentes del sionismo, no en el mundo judío, sino en el mundo cristiano. Básicamente, hubo una especie de protestantismo sionista que, desde 1830, planteó algo semejante al proyecto sionista de fundación de una patria judía en algún lugar del mundo. Pero el gran brinco se da con la propuesta de Theodor Herzl a finales del siglo XIX. Esta propuesta fue muy bien acogida por los gobiernos occidentales, sobre todo por dos razones: en primer lugar, fue una manera de «solucionar» el antisemitismo reinante en Europa (no hay que olvidar que el caso Dreyfus, que polarizó a la sociedad francesa, es de finales del XIX); y en segundo lugar, lo que tal vez es más relevante (puesto que todavía está presente), la fundación de un Estado judío en Palestina permitía tener un enclave occidental en Medio Oriente. Eso es lo que –palabras más, palabras menos–, Herzl plantea: “vamos a llevar la civilización occidental a Medio Oriente, allí donde no existe civilización”. Es la visión orientalista de la que hablaba Edward Said: el Oriente es bárbaro. Allí hay un hito fundamental porque implicó la llegada, primero molecular, de judíos europeos –orientales y centroeuropeos– a Palestina, y después de la guerra, en grandes cantidades, expulsando a la población palestina. La llamada Nakba [catástrofe], que expulsó a más de 700 mil personas de sus territorios.

Enrique Rajchenberg Sznajer, “La batalla por Gaza” (entrevista con Carlos Herrera de la Fuente)


Con Mariátegui ha pasado también lo mismo que pasó con Antonio Gramsci. Se ha acostumbrado a leerlo temáticamente según la organización de sus Obras completas, así como a Gramsci se lo ha leído según la organización en seis grandes temas de sus Cuadernos de la cárcel, establecida por Palmiro Togliatti. No se los ha leído en orden cronológico, que es justamente el laboratorio del proceso por el cual se logra establecer cómo las ideas se van elaborando, se van confrontando con la realidad, y cómo van emergiendo nuevos conceptos. Ese es el sentido de la definición del marxismo de Gramsci como una “filosofía de la praxis”. Y por ello habría que recordar que tanto Mariátegui como Gramsci ejercieron el periodismo como su principal actividad política e intelectual.

La lectura de los libros que Mariátegui publicó –o dejó preparados para su publicación– debe ser afrontada con una metodología distinta. Basados fundamentalmente en artículos publicados previamente en diarios y revistas, reagrupados como ensayos de interpretación, se caracterizan por su coherencia interna, por una estructura orgánica. Estructura orgánica que se basaba en criterios de selección establecidos previamente. Esto lleva a considerar que los libros de Mariátegui no pueden ser comprendidos hoy sin comprender esos criterios de selección, el contexto histórico en que fueron elaborados y el propósito polémico que tenían. Porque otro aspecto que no ha sido relevado de la obra de Mariátegui es que tenía una finalidad de discusión: debatir a personajes y acontecimientos de diferente carácter, en relación a temas relevantes para comprender la realidad y sus posibilidades de transformación. Es decir, los escritos mariateguianos tenían como objetivo esclarecer, orientar, organizar.

Ricardo Portocarrero Grados, “La escena contemporánea de Mariátegui, 1925 ~ 2025. Una revisita a cien años de su publicación”

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