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Lorena Vargas Ampuero Naglfar Nuevo2

Oficina de Castigos Generales

24 de mayo de 202624 de mayo de 2026
Kalewche

Detalle de Variación sobre el Minotauro, de Martín Marroncle. Microfibras sobre papel, 25 x 35 cm. Parte XXII de la obra Regiones sincrónicas.

Desde El Pedregoso, Chubut, un paraje rural enclavado en el corazón andino de la Patagonia, la camarada argentina Lorena Vargas Ampuero nos envió un breve relato para Naglfar, nuestra sección literaria. Aunque de primera impresión nos pareció un cuento de inspiración o reminiscencias kafkianas, la autora nos aclaró que no, que no se trata de una invención ficcional, sino de la transposición de una experiencia onírica, “con toda su extrañeza y esa falta de lógica propia de los sueños”. ¿Una narración surrealista, entonces? ¿Escritura automática a lo André Breton? El veredicto queda en manos del público lector...
Lorena agradece a la profesora Laura Núñez por haber colaborado en la lectura crítica y edición preliminar del texto, y al artista Martín Marroncle por haber permitido que su dibujo Variación sobre el Minotauro sea reproducido aquí, a modo de ilustración.


Me desperté en mi casa con una taza de café en mi mano. Siempre despierto cansada, con la sensación de no haber dormido bien, pero sí, esta vez sí y mucho. Salí de la habitación. Él se había levantado temprano, como siempre. Es una cualidad que siempre le he admirado. Nunca envidiado. Me dijo que esa mañana había llegado un sobre para mí. Le pregunté: “¿Lo abriste?”. Y contestó: “¿Cómo lo voy a abrir si no es para mí?”. Corté el sobre entonces con el cúter anaranjado. Era una carta donde me condenaban a muerte. Tenía que estar sí o sí al mediodía en el Estadio, debía presentarme. Lejos de ponerme nerviosa ante la muerte, me puse nerviosa eligiendo la mejor ropa que tenía. Formal, pero juvenil; formal, pero casual. Maquillaje que resalte mis ojos, mis pómulos, mi boca. Recuerdo haberme puesto mi blusa preferida. La que me trajo Rosana como regalo cuando vino desde Brasil a visitarnos. El piloto que me había comprado, usado pero hermoso, en el restaurante “La Teta”. Mis zapatos de charol negro con punta roja. Me apresuré a despedirme de mi compañero y de mi hija, de manera amorosa pero casi casual. Recuerdo que la despedida no estuvo a la altura de las circunstancias. Después de todo, si lo pensamos, me iba a morir. Me iban a matar. Y, sin embargo, para mí era un trámite. Me importaba menos morir que llegar tarde a mi ejecución. No recuerdo el camino hacia el lugar de mi muerte. Sólo recuerdo que había mucha gente esperando en fila, entregada, con la mirada vacía. En una espera tediosa que el calor y la humedad empeoraban. Estaban todos realmente resignados. Y yo también. 

Recuerdo que antes de irme de casa, mi compañero me preguntó por qué me condenaban a muerte, mientras doblaba la ropa que habíamos lavado. Le dije que la carta no especificaba nada. Pero era importante presentarme. Él siguió haciendo sus cosas, sin ningún alboroto, con cierta tristeza, pero no mucha. 

Pero volviendo al Estadio, recuerdo que además de la gente resignada, era un espacio muy cuidado. Se destacaba la verde gramilla. Un césped impecable. Nunca me gustó el césped. Siempre me pareció de mal gusto. Una asquerosa obsesión esnob por domar a la naturaleza. Había llovido, creo que por eso había humedad. Volví a mirarme los pies, mis maravillosos zapatos, mis calzas negras. Todo en orden. Busqué la carta que me habían mandado desde el Ministerio General de Final de Vida por Acumulación de Delitos. En ese momento no lo pensé bien. No tenía delitos acumulados. Pero fui a mi muerte sin dudarlo. A partir de ahí hice, creo, todo lo que habían hecho los demás: mirar mi número asignado, buscar el lugar que correspondía (porque no había lugar para errores ni desprolijidades), subir por la escalerita a una especie de podio y ponerme la soga al cuello. Recuerdo haberle preguntado a un hombre del podio a mi izquierda: “¿Sabe si falta mucho para que venga El Verdugo?”. Y añadió: “Hay que tener paciencia y esperar nomás.” 

Cuando llegó mi turno apareció El Verdugo. Ustedes se preguntarán por qué lo escribo con mayúsculas. Ocurre que vestía una camiseta negra. Más bien, una remera musculosa negra, ajustada a los poderosos y muy bien marcados músculos de su cuerpo. Bueno. En esa camiseta, tenía un enorme cartel, escrito a mano y creo que plastificado con cinta scotch, que decía El Verdugo. Reparé en ese detalle de desprolijidad resaltada ante tanta pulcritud. Bueno, repito. El tipo llegó. Era un hombre de estatura media, porque soy bajita. El podio no era tan alto. Sólo tres escalones, lo justo para llegar a la soga. Entonces no debía ser muy alto. Tenía una barba negra llena de rulos y tupida, al igual que su cabello. Corto, pero no tanto. Sin embargo, la barba resaltaba. La musculosa negra dejaba al descubierto una tez blanca y un cuerpo demasiado peludo. Pensé que debía ser incómodo. Y más con un día así, después de llover, con ese calor y esa humedad. Me pidió los papeles correspondientes a la ejecución: Documento Nacional de Identidad actualizado, Carta de Notificación de Muerte en mano. Tenía todo eso y presurosa se lo proporcioné a El Verdugo. El Verdugo inspeccionó los papeles con cara de rutina. Por primera vez, hizo un ademán de frustración. “¿Usted se da cuenta de que falta el número de Calidad Delictiva?”. Contesté avergonzada: “Algo noté, pero no me pareció que fuera importante. Son ustedes quienes nos mandan estos papeles. Se supone que saben lo que hacen”. El Verdugo: “A ver, señora”. Empezó a hablarme con cara de indignación. De todo lo que me dijo, lo que más me dolió es que me llamó señora. Prosiguió: “Esto que estamos haciendo acá es algo serio. Estamos hablando del final de su vida. No es joda. Si la documentación no está en regla, si falta un numerito, es importante. Le pido por favor, que se saque esa soga del cuello y vaya hasta la Oficina de Castigos Generales a que le rectifiquen el error. Sin ese número, no puedo ejecutarla.” Asentí, bajé del podio apresurada. 

No sé cómo llegué hasta la Oficina de Castigos Generales. Era una especie de corredor, lleno de oficinas cuyas paredes estaban hechas de un material al que acá le llamamos durlock. Paredes blancas, poca privacidad. Olor a humedad y lleno de gente trabajando en oficinas con cara de seriedad, resignación y odio por la atención al público. Entré a la oficina que tenía el cartelito y pregunté si era ahí la Oficina de Castigos Generales. Una mujer de mediana edad hizo un ademán pidiéndome la Carta de Notificación de Final de Vida por Acumulación de Delitos. Parecía un trámite de lo más ordinario. Hasta tedioso, diría. La mujer observó el papel y dijo: “Esto no se lo puedo solucionar acá, señora. Tiene que ir hasta la Oficina de Asignación de Números de Castigos Generales. Le aconsejo que saque turno antes de ir. Los turnos se sacan en esta página de internet. Allí le van a asignar un número de trámite y en unos días el número de delito, y el correspondiente número de ejecución”. Me dio una tarjeta con todas las especificaciones y siguió trabajando en su escritorio, también con cara de resignación. En ese momento, en ese único momento, la angustia me poseyó. Sentí que se me encogía el estómago. Por la experiencia de hacer trámites, sabía que no se trataría de unos días. Serían meses, años de trámites, abogados, apelaciones… una especie de purgatorio de innumerables trámites en busca de mi muerte. Sin embargo, más que la muerte, me molestaban los trámites y que, otra vez, me habían llamado señora. Lo que me molesta de ser llamada señora no es la edad. Me molesta que el título de señora implica que a partir de ese momento todo es serio. Una señora ya no podrá jugar, no podrá divertirse. Una señora se convierte en una figura gris a la espera de una muerte que, vía Oficina de Castigos Generales o no, siempre llega. Una señora ya no tendrá sorpresas, sino imprevistos. Una señora se mueve en blanco y negro. Sobria, a lo sumo se le permitirá moverse en sepia.

A partir de ahí, al salir de la oficina sabiendo que la respuesta sobre aquel bendito número sería un largo y fastidioso camino, decidí irme a casa, a buscar la ayuda de mi compañero, alguien mucho más acostumbrado a hacer este tipo de trámites. No me miró sorprendido. Me vio con cierta curiosidad. La curiosidad de ese otro que ya no espera. “¿Qué pasó? ¿Qué te dijeron?”. Le relaté la larga cadena de peripecias con el resultado: sin fecha de muerte. Charlamos un rato sobre los trámites, las posibles opciones. Nos preguntamos si teníamos contactos en algún ministerio como para acelerar la cosa. Él se cambió la ropa de estar en casa y se puso su ropa de salir. Mientras, apresuré a la niña para que se pusiera las zapatillas. No sé cómo llegamos hasta el auto. No recuerdo los detalles. Pero a partir de allí iniciamos el largo camino en busca de mi muerte. Estábamos por llegar a una oficina mustia, ajada por el aburrimiento… Entonces él entró al cuarto con mi taza de café. Lo miré con espanto. “No me vas a creer lo que soñé”, le dije mientras tomaba el primer sorbo. 

Lorena Vargas Ampuero

Etiquetado en: escritura automática literatura narrativa relato surrealismo

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