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Federico Mare Naumaquia Nuevo

¿Por qué diablos no habría de ser genocidio el de Gaza?

23 de agosto de 202623 de agosto de 2026
Kalewche

Una de las pinturas del proyecto de arte infantil The Route Back Home, con sede en Old Palesteine House (Brighton, Inglaterra). Fuente: Middle East Eye.

Desde octubre de 2023, cerca de 73 mil personas han sido asesinadas por el Estado de Israel en la Franja de Gaza, muchísimas más en ataques desproporcionados e indiscriminados de castigo colectivo que en combates con las milicias palestinas. El 80% de la población gazatí muerta violentamente en estos casi tres años (sobre todo en bombardeos, pero también en tiroteos, golpizas y ejecuciones sumarias) son civiles, en su abrumadora mayoría niños, mujeres y ancianos. Aunque se estima que hay más de 14 mil personas desaparecidas bajo los escombros, cadáveres que deberán ser localizados e identificados algún día. Por ende, la población palestina masacrada en Gaza desde que el gobierno sionista de Netanyahu puso en marcha la operación “Espadas de Hierro” ascendería a 87 mil.

Pero The Lancet, revista médica británica mundialmente reconocida por su rigor científico y ecuanimidad humanista, ha alertado sobre las muertes no violentas de civiles causadas por el asedio o bloqueo a la Franja: colapso del sistema sanitario, hacinamiento, falta de agua potable, hambre, insalubridad, escasez de medicamentos, etc. Un cerco brutal, inhumano, de ribetes medievales, que ha provocado de forma deliberada y premeditada, en el marco de una política cuidadosamente planificada (amén de públicamente admitida, justificada y celebrada sin culpa ni vergüenza), una mortandad de varias decenas de miles. Sumando decesos directos e indirectos, se calcula que habrían perecido en Gaza más de 180 mil personas desde octubre de 2023, un 8% de la población total. Y no nos olvidemos de los desplazamientos forzados en masa, otro crimen de guerra y lesa humanidad, otra forma aberrante de castigo colectivo, que han afectado a la inmensa mayoría del pueblo gazatí (90% según la ONU).

Mucha gente, sin embargo, se niega todavía a hablar de genocidio y, en el mejor de los casos, admite de mala gana hablar de “limpieza étnica”, como si la situación humanitaria de Gaza fuese más o menos la misma que la de Cisjordania (expropiación, expulsión, segregación y represión, al estilo del viejo Apartheid sudafricano), lo cual es ridículo y canallesco. Afortunadamente, amplios sectores de la sociedad global se están manifestando en contra del genocidio de Gaza, incluyendo importantes segmentos de la diáspora judía, especialmente entre los jóvenes. Por ejemplo, en muchas metrópolis europeas y anglosajonas: Nueva York, Londres, París, Roma, Sídney… También en Berlín, donde intelectuales y artistas judíos han sido absurdamente censurados y criminalizados como “antisemitas” (!) por un Estado alemán que carga sobre sus espaldas la responsabilidad histórica de la Shoá, el peor genocidio jamás perpetrado contra el pueblo judío. Un síntoma psicosocial muy tortuoso y pervertido de la Kollektivschuld…

El caso neoyorkino resulta especialmente esperanzador, porque la “Ciudad Manzana” cuenta con la mayor colectividad israelita del mundo fuera de Israel (la segunda después de Tel Aviv y antes de Jerusalén). Mamdani, el popular y progresista alcalde demócrata de NY, confesamente musulmán y propalestino, quien declaró que arrestaría a Netanyahu si entrara en su jurisdicción (en cumplimiento a lo dispuesto por la Corte Penal Internacional de La Haya, que ha procesado al líder israelí por crímenes de guerra y lesa humanidad), fue votado no solo por la mayoría del pueblo neoyorquino en general, sino también por el grueso de la comunidad judía que existe en su seno.

Lamentablemente, en otros lugares del planeta, la diáspora judía ha optado por ser cómplice del genocidio en Gaza o, con mucha suerte, mirar para el costado… Un ejemplo claro de esto es Argentina. Salvo una honrosa minoría (Norman Briski, Myriam Bregman, Dani Zelko, Juan Winograd y otros, varios de ellos nucleados en la organización “No en Nuestro Nombre”) la colectividad judía argentina ha cerrado filas con la ultraderecha sionista que gobierna Israel, aliada de Trump y Milei. En la provincia de Mendoza el panorama no ha sido mejor. Intelectuales judíos progresistas por los que sentía respeto y aprecio se han sumado a la hasbará, a la propaganda negacionista (aunque hay excepciones, claro, como el periodista y escritor Julio Rudman, uno de los artífices del blog Los otros judíos). Usan las aulas de la UNCuyo y las redes sociales para predicar con indignación, arrogancia e insensibilidad que la matanza de palestinos en Gaza no es genocidio.

¿Por qué no? ¿Acaso porque el procedimiento técnico no es el de las cámaras de gas, el clásico sistema nazi del Todeslager? ¿Vamos a reducir el genocidio a un aspecto antojadizamente formal, meramente metodológico, desde una mirada oportunista asociada a la sofística y la casuística? ¿Vamos arbitrariamente a fijar un piso porcentual de mortandad en dos dígitos para hablar de genocidio?

Lo peor de todo es que estos intelectuales judíos progresistas no tienen el coraje de afirmar públicamente que otras matanzas racistas o etnosupremacistas a gran escala, donde tampoco hubo modus operandi «campos de exterminio» y/o superación de la cifra del 10%, no fueron genocidios: el caso armenio, Namibia, Ruanda, las mal llamadas “Conquista del Desierto” y “Pacificación de la Araucanía” en la Patagonia, las masacres perpetradas por los japoneses en China y Filipinas (Nankín, Manila, etc.). Claro, sería políticamente incorrecto decirlo… ¿El resultado? Un doble estándar escandaloso: se admite que puede haber otros genocidios aparte de la Shoá, aun cuando no cumplan los requisitos cualitativos y cuantitativos de Todeslager y mortandad de dos dígitos porcentuales, pero a Gaza se la excluye porque se le exigen esos mismos requisitos: “no hay campos de exterminio y la cantidad de muertos es insuficiente”, sentencian o sugieren, pontifican o dan a entender. La vieja falacia no true Scotsman en su versión más infame.

Con demagogia victimista, manipulando ad populum y ad misericordiam la dolorosa memoria de la Shoá (o sea, instrumentalizando políticamente el trauma del Holocausto al servicio de un proyecto de reingeniería social etnonacionalista, etnoconfesional y etnosupremacista basado en un anacrónico colonialismo de asentamiento y sustitución demográfica con ínfulas megalómanas de excepcionalismo providencialista y teocracia escatológica: el “pueblo elegido”, “el Gran Israel”, etc.) cargan siempre las tintas en la violencia “terrorista” de los palestinos. Una violencia que, al margen de que no siempre ha sido realmente terrorista e ilegal (no toda resistencia armada a la opresión colonial lo es necesariamente, sino bajo aquellos modos y argumentos no admitidos por Naciones Unidas en su legislación), es incomparablemente menor a la violencia de Israel. No solo eso: la violencia insurgente del pueblo palestino es una repuesta a la violencia colonial del Estado de Israel. Dicho con otras palabras, primero aconteció la violencia sionista (la «limpieza étnica» de la Nakba, en los orígenes del Estado de Israel) y luego advino la resistencia armada del pueblo palestino. Las derivas fundamentalistas y terroristas de esta resistencia, aunque éticamente condenables, no dejan de ser el resultado político-cultural de la espiral segregacionista, integrista, militarista y eliminacionista del régimen colonial israelí, que ha hecho del despojo de tierras, la marginación por expulsión o discriminación y la represión –incluso el asedio y el exterminio– una política de Estado durante casi ochenta años.

No hay “dos demonios” en el conflicto israelí-palestino. Hay una violencia mayor y primera, que es el colonialismo sionista, gran responsable histórico de la discordia. Y hay una violencia menor y derivada, que es la resistencia palestina, no siempre bien encaminada en sus ideas y métodos antisionistas, es cierto (más allá de las mentiras y exageraciones, el fundamentalismo islámico y el terrorismo yihadista existen), pero rara vez “antisemita” o judeofóbica como muchos insisten hasta el hartazgo en acusarla, confundiendo el antisionismo con el “antisemitismo” o la judeofobia. Quid pro quo perverso si los hay, que además produce un efecto búmeran: si se machaca tanto con que sionismo y judaísmo son la misma cosa, el repudio político a Israel podría erróneamente derivar algunas veces –precisamente a causa de esa falsa identificación– en odio racista o confesional hacia las personas de fe o ascendencia judías, incluso si estas viven en la diáspora y/o rechazan totalmente el sionismo por convicciones religiosas o principios ético-humanitarios. A un sionismo tan paranoico y mitómano, que descubre “antisemitas” por todas partes y no para de denunciarlo con fines propagandísticos de autovictimización, le puede suceder lo mismo que al pastorcito mentiroso o –peor aún– al aprendiz de brujo: incentivar el descreimiento y banalizar un mal ya existente, erosionando el «sistema de alerta temprana» de la conciencia colectiva; o practicar un temerario juego de engaño y manipulación de masas que, paradojalmente, podría crear o agudizar el mismo peligro que se dice querer disipar. Ese mal ya existente, o escenario de peligro, es la judeofobia real.

Una observación al pasar: el sionismo de base confesional no solo es judío. Existe también un sionismo cristiano. Se trata de un poderoso lobby proisraelí asociado a la teología dispensacionalista y la delirante exégesis apocalíptica de algunas corrientes del protestantismo anglosajón. Corrientes que tempranamente influyeron en la Declaración de Balfour del Reino Unido (1917), piedra angular de un Mandato Británico de Palestina (1920-1948) patrocinador de la Aliyá; y que luego impactaron profundamente en Estados Unidos, sobre todo en el Bible Belt. Los sionistas cristianos abrazan un providencialismo cerril, según el cual el Estado de Israel representaría un cumplimiento profético de enorme importancia salvífica, la condición sine qua non para la reconstrucción del Tercer Templo de Jerusalén en los últimos tiempos (sobre las ruinas de las dinamitadas mezquitas del Noble Santuario, uno de los lugares más sagrados del islam). Este apoyo fanático al proyecto colonial israelí, un apoyo con altas dosis de islamofobia y desprecio hacia la causa palestina, de ningún modo excluye creencias y motivaciones «antisemitas». Los judíos solo serían un instrumento escatológico de Dios, «incrédulos» y «deicidas» a quienes les aguardaría inexorablemente, a largo plazo, una merecida encrucijada de destinos: el aniquilamiento físico (dos tercios) o la conversión espiritual a la «verdadera» fe cristiana (el tercio restante).

Por lo demás, esa violencia comparativamente menor y derivada de la resistencia palestina se desarrolla dentro de un complejo y difícil mundo que –toda la verdad sea dicha– dista mucho de lo ideal. Un mundo real donde, al fin de cuentas, la violencia –nos guste o no– sigue siendo la “partera de la historia”: como la de un tal George Washington contra el Imperio Británico, o la de Bolívar y San Martín contra el colonialismo español, dos luchas de liberación nacional donde no faltaron trágicos momentos de terror político, tanto contra uniformados como contra civiles (fusilamientos de prisioneros de guerra y desafectos a la causa patriota, por ejemplo).

Hay genocidio en Gaza, como hay «limpieza étnica» en Cisjordania. Evitemos las argucias de doble rasero y llamemos a las cosas por su nombre. No seamos cómplices cínicos –o indiferentes salomónicos– ante el peor crimen contra la humanidad en lo que va de este siglo XXI. La historia nos juzgará, del mismo modo que ya juzgó a los perpetradores nazifascistas de la Shoá. Muchos activistas e intelectuales nos iluminan el camino con su praxis y su parresía. No solo árabes y musulmanes dentro y fuera de los territorios palestinos ocupados, sino también personas de muchos otros pueblos y cosmovisiones, incluyendo –por fortuna– a una enorme cantidad de judíos –tanto en Israel como en la diáspora– capaces de anteponer la ética humanitaria de la fraternidad internacionalista a la mentalidad de rebaño del chovinismo y fundamentalismo: Ilan Pappé, Gideon Levy, Norman Finkelstein, Yakov Rabkin, Noam Chomsky… También Eli Clifton e Ian Lustick, genial dupla autoral del novísimo libro Israel’s Lobby. America in the Grip of a Foreign Power (Nueva York, Atria/One Signal, 2026), que ya empecé a leer con avidez. Y no olvidemos a intelectuales judías de fuste como la alemana Hannah Arendt, la estadounidense Judith Butler y la israelí Daphna Levit; o la francesa Liliana Córdova Kaczerginski, quien se crio y formó en Argentina entre los tres y veintiún años (1950-1969), antes de emigrar con ilusión a Israel y descubrir con desilusión el apartheid sionista.

La clave del conflicto israelí-palestino no radica en ninguna «esencia» cultural de carácter confesional o étnico, sino, básicamente, en un problema colonial irresuelto, agravado por el histórico padrinazgo imperial del Tío Sam al régimen sionista como aliado estratégico en Medio Oriente y la paridad demográfica entre judíos y musulmanes; amén del declive poblacional de los jilonim (israelitas seculares) en Tel Aviv y otras grandes ciudades de la costa, ya sea por emigración o por baja natalidad, y, en paralelo, el aumento explosivo tierra adentro de los prolíficos y paramilitarizados jaredim (israelitas ultraortodoxos) en los asentamientos ilegales de Cisjordania, la nueva «Tierra Prometida» de la segregación y limpieza étnicas, bajo el nombre bíblicamente actualizado y resacralizado de Yehuda ve-Shomron (Judea y Samaria), antítesis de Amalek… El racismo y la intolerancia religiosa aportan algo de combustible al fuego, sin dudas (ahora más que antes, por culpa del reaccionario Likud y de personajes nefastos como Beguín y Shamir, Sharon y Netanyahu, sin los cuales el islamismo derechista de Hamás, entroncado en la ortodoxia sunita de los Hermanos Musulmanes de Egipto, nunca hubiese logrado desplazar al secularismo progresista de una OLP liderada por Fatah y Arafat), pero no son su causa principal, no. ¡Terminemos con esa cháchara! Cuanto antes nos sinceremos, mejor será.

La descolonización de Palestina es el único camino de solución, dentro de un modus vivendi respetuoso de la democracia sustantiva, la justicia distributiva, el federalismo, la plurinacionalidad, el laicismo y la interculturalidad (y en las antípodas del capitalismo, a mi modesto entender comunista libertario). ¿Un solo Estado o dos? Cuestión espinosa si las hay. Deberíamos sopesar muchas variables, evitando caer en planteos simplistas de reparación histórica en abstracto o puramente declamatoria. Tendríamos que considerar toda una serie de realidades geográficas, demográficas, económicas, culturales, políticas, geopolíticas, ecológicas… La solución de dos Estados suena mejor, pero ¿es realmente una solución? ¿Sigue siendo viable a esta altura del devenir histórico, con todo lo que ha avanzado la colonización israelí desde 1948 y 1967 –con la Nakba y la Naksa– a contramano del plan de partición diseñado por la ONU en 1947? ¿Cuál sería la viabilidad de un Estado palestino espacialmente minúsculo y fragmentado, reducido a un puñado de «bantustanes» inconexos, sin contigüidad territorial, solo nominalmente soberanos, que languidecen en tierras marginales de escaso o nulo potencial productivo por su falta de agua, donde sus habitantes deban trabajar emigrando e inmigrando diariamente hacia y desde Israel? ¿Qué tanto mejor sería eso que lo ya existente de hecho? Los asentamientos ilegales israelíes más recientes pueden y deben ser desmantelados, pero ¿qué hay de aquellos asentamientos más antiguos donde ya se acumulan dos o más generaciones de colonos, es decir, judíos inmigrados pero también nacidos y criados en los territorios usurpados? El paso del tiempo complica cada vez más la solución de dos Estados… Probablemente no a corto o mediano plazo, donde la partición se impondría por la inercia de tantos años de división y violencia, pero a largo plazo la única solución sensata parece ser la de un solo Estado binacional que revierta por completo los procesos de segregación y expulsión que dieron forma al moderno Israel de los sionistas judíos (apadrinados por los sionistas cristianos).

No será sencillo. Ningún proceso de descolonización lo es. Pero el caso israelí-palestino resulta singularmente complejo, sui generis, por la siguiente razón: el sionismo no es –parafraseando a Patrick Wolfe y Lorenzo Veracini– un colonialismo de explotación como el de la vieja India del Raj británico o el Camerún del Mandat francés de 1922-1960 (donde el número de colonos era ínfimo, mucho menos del 1% de la población total), ni un colonialismo de asentamiento mayoritario como el de la conquista del Far West norteamericano y el Outback australiano en la segunda mitad del siglo XIX (donde los settlers superaron demográficamente a los nativos con holgura abrumadora, masacrándolos o expulsándolos, o diezmándolos debido a las epidemias y el exceso de trabajo), ni tampoco un colonialismo de asentamiento minoritario como la Sudáfrica del Apartheid y la Argelia francesa (donde los blankes y los pieds-noirs, no obstante su masificada presencia en los sectores medios rurales y urbanos por fuera del estrecho círculo de la élite, nunca rebasaron el techo del 20-25%, ni siquiera en su pico durante las primeras décadas del siglo pasado). No, el caso de Israel y Palestina es más complicado: globalmente considerados sus territorios, la población judía y la población musulmana son prácticamente iguales en número: 47 y 51 por ciento, respectivamente (el 2% restante reúne a cristianos y drusos, básicamente). Hay empate demográfico y eso es clave políticamente, guste o no guste.

Ya sea como pueblos conciudadanos o como pueblos vecinos, israelíes y palestinos, judíos y musulmanes, colonos asquenazíes y nativos árabes (árabes de todas las religiones abrahámicas: no solo musulmanes, sino también cristianos y drusos, e incluso judíos: los poco recordados mizrajíes), ortodoxos y secularizados de todos los credos, creyentes y no creyentes, tendrán que aprender, tarde o temprano, a convivir en paz y justicia (concretando, además, la repatriación –con reparación– de los palestinos emigrados, que son muchos). Pero la mayor responsabilidad política y moral en esta transición histórica le corresponde a Israel, no a Palestina. Israel es el Estado colonizador; Palestina, la nación colonizada. Equiparar responsabilidades es un acto supremo de hipocresía.

Mientras termino de escribir este texto, leo la noticia de que la Municipalidad de la Ciudad de Mendoza, en convenio internacional con la organización sionista Keren Kayemet LeIsrael (KKL), proyecta crear un espacio de memoria dedicado a las 417 víctimas judías del ataque de Hamás al Festival Nova, el 7 de octubre de 2023. Solamente a ellas, sin ninguna evocación a las decenas de miles de víctimas palestinas en el genocidio de Gaza. Plantarán árboles, uno por cada víctima, al parecer. Un bosque conmemorativo sectario, que excluye a los occisos de la Operación “Espadas de Hierro” por ser árabes de Amalek que no profesan el judaísmo… El intendente derechista Ulpiano Suárez y el KKL piensan que hay vidas humanas que valen mucho más –cientos de veces más– que otras. Juzgan también que solo es terrorismo la violencia de Hamás, porque la violencia de Israel solo sería “legítima defensa”, aunque reúna todos los atributos de un genocidio. ¿Hacen memoria o propaganda?

Federico Mare

Etiquetado en: Apartheid colonialismo Genocidio de Gaza Israel limpieza étnica Palestina sionismo

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