Ilustración original de Andrés Casciani.
El argentino Claudio Katz, investigador del CONICET y docente de la Universidad de Buenos Aires, es uno de los intelectuales marxistas más lúcidos y destacados de América Latina. La economía y la geopolítica son sus principales campos de análisis crítico y reflexión teórica, con especial énfasis en estos tópicos: las dinámicas contemporáneas del sistema-mundo capitalista, el imperialismo estadounidense y occidental, la dependencia estructural y los procesos de resistencia de nuestra región, el ascenso multipolar de los BRICS+ (con China y Rusia a la cabeza, en lo económico y militar) y las complejas realidades del Sur Global en general.
Nacido en Buenos Aires en 1954, Katz se formó en la UBA, donde obtuvo la licenciatura en Economía (1987) y el doctorado en Geografía (1997). Dirige varios proyectos de investigación en esa academia, coordinó un grupo de trabajo en el CLACSO e integra el Instituto de Investigaciones Económicas de Argentina. Se desempeña como profesor en su alma mater, en las cátedras de Economía para Historiadores (Facultad de Filosofía y Letras) y Economía II (Facultad de Ciencias Sociales). Es docente de seminarios de doctorado y posgrado, y ha sido profesor invitado en universidades de varios países. Autor prolífico y parresiasta, de incesantes intervenciones públicas e intenso compromiso político, tiene una página web en el sitio La Haine, donde publica sus artículos con asiduidad, que son ampliamente leídos y comentados, debatidos y difundidos internacionalmente.
De allí extrajimos estos datos biográficos adicionales sobre Katz: “Participa activamente en los foros sociales internacionales de impugnación del neoliberalismo, el libre comercio, el endeudamiento externo y la militarización. Trabaja junto a varias organizaciones de izquierda de América Latina. Recibió tres menciones honoríficas del Premio Libertador al Pensamiento Crítico por sus libros Bajo el Imperio del Capital (2011), Las disyuntivas de la izquierda en América Latina (2008) y El porvenir del socialismo (2004). También circulan varias ediciones de su ensayo El rediseño de América Latina. ALCA, MERCOSUR y ALBA (2006) y La economía marxista, hoy. Seis debates teóricos (2010). Es miembro del consejo editorial de varias revistas académicas y desarrolla una intensa actividad en sindicatos, movimientos sociales y organizaciones políticas de Argentina, como integrante del colectivo Economistas de Izquierda (EDI).”
Compartimos aquí su último escrito, “El declive de Estados Unidos”, publicado en dos partes, los días 9 y 17 de agosto del corriente año. Katz incluyó estas sinopsis:
1. “El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar su retroceso con agresiones militares. El predominio del siglo XX quedó tan atrás como la unipolaridad y es muy visible el declive frente al rival chino. La primera potencia concentra desequilibrios económicos capitalistas y fracasos bélicos mayúsculos, que fueron anticipados por los críticos de la resurrección imperial. Las analogías con Roma explican la violencia autodestructiva y las comparaciones con Gran Bretaña ilustran la dificultad para remodelar el imperio.”
2. “La regresión de Estados Unidos es negada por sus gobernantes. El liberalismo justifica ese desconocimiento con falacias de excepcionalidad, superioridad idiosincrásica o hipocresías de valores democráticos. Asigna míticas cualidades a un poder blando que perdió sus viejos cimientos. Mientras los neoconservadores repiten el mismo mensaje exaltando la fuerza militar, el realismo reconoce la adversidad omitiendo su basamento capitalista. El acertado diagnóstico de la sobreexpansión militar exige una complementaria conceptualización del imperialismo y las teorías del declive relativo retratan escenarios sin explicar tendencias subyacentes. La ausencia de reemplazantes no altera una caída con varios desenlaces posibles.”
Agradecemos al autor por habernos permitido difundir su texto, de gran valor e interés para las izquierdas anticapitalistas; y también a nuestro ilustrador de cabecera Andrés Casciani, por su magnífica creación digital, libremente inspirada en el grabado de Durero Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1498), una de las estampas xilográficas más célebres del Renacimiento.
PARTE I
El retroceso del liderazgo norteamericano es reconocido con mayor énfasis que en otros momentos. Actualmente se verifica una generalizada coincidencia en torno a un diagnóstico, que suscitó numerosas controversias en el pasado.
Es importante constatar, describir y explicar ese declive para captar la principal tendencia del escenario contemporáneo. El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar con agresiones militares su retroceso económico y su pérdida de primacía geopolítica. Busca preservar por la fuerza un comando que ya no tiene los cimientos del pasado.
Esta caracterización ordena la evaluación de los principales acontecimientos mundiales. Permite reconocer quién es el principal responsable de las tragedias bélicas del planeta y cuál es la causa de esas sangrías.
Si esta evaluación es relativizada o diluida, el debate sobre la regresión estadounidense queda enmarañado en interminables discusiones sobre aspectos específicos, como el retroceso del dólar, la gravitación de Wall Street, el impacto Hollywood o la incidencia del Pentágono. En esas discusiones, el declive de Estados Unidos ya no es indagado para clarificar las tremendas consecuencias militares de ese descenso para el resto del mundo. El esclarecimiento de ese impacto queda reemplazado por especulativas evaluaciones del nivel agudo o acotado de la regresión norteamericana.
En esas mediciones, el análisis del principal proceso geopolítico del siglo XXI queda sustituido por ejercicios descriptivos de los factores que acentúan o contrapesan el declive. Se omite que lo importante de esa caída no es su variable intensidad, sino las guerras imperiales que suscita. Indagar el problema con el foco puesto en esas convulsiones permite comprender las principales consecuencias del declive imperial.
Cronología del descenso
Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial como la potencia preponderante de Occidente, con un inédito nivel de primacía sobre sus rivales. El fin de las conflagraciones entre imperios y la custodia que asumió del capitalismo le otorgaron un predominio mayúsculo entre 1945 y 1970.
Esa superioridad se asentaba en la preponderancia bélica y la preeminencia económica. No solo comandaba la OTAN y controlaba un centenar de bases militares distribuidas por todo el planeta, sino que manejaba la mitad del producto bruto mundial y el 60% de la fabricación planetaria, con un tesoro que albergaba el 80% de las reservas auríferas totales. Basta observar que esos porcentuales han caído en la actualidad al 25, al 17 y al 25 por ciento, respectivamente, para notar la magnitud del poder económico que detentó el gigante norteamericano y su dramática reducción actual.
El período de auge fue acertadamente denominado la “Edad del Imperialismo” para subrayar esa preeminencia. Con los marines desplegados por el grueso del planeta, el dólar funcionaba como moneda mundial, aceptada sin ninguna vacilación por los socios y subordinados del hegemón. Con esa conducción operó el imperialismo colectivo de la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón), que consagraba el alto nivel de entrelazamiento y sometimiento de dos grandes aliados al comando norteamericano.
Bajo esa dirección se configuró un sistema imperial con jerarquías y funciones definidas por la primera potencia. Las tradicionales diferencias entre los rivales de Occidente perdieron connotaciones bélicas y se procesaron como acotadas controversias comerciales o financieras.
Ese período de auge estadounidense afrontó varios momentos de erosión. En los años 60, la acelerada reconstrucción de Alemania y Japón restauró la competitividad de ambas economías, que comenzaron a erosionar la superioridad de las empresas norteamericanas. Washington contrarrestó esa amenaza con medidas comerciales y monetarias, que sofocaron el desafío de sus subordinados. El poder del Pentágono sobre los dos grandes perdedores de la Segunda Guerra Mundial bloqueó por completo ese despertar germano y nipón.
En la década siguiente, la descontrolada emisión de dólares y el desbordante endeudamiento del gendarme yanqui afectaron la confiabilidad de la divisa estadounidense hasta tornarla inconvertible al oro. Frente a esa adversidad, el Departamento de Estado recurrió al sostén de sus subalternos del mundo árabe y apuntaló el mecanismo de los petrodólares para preservar el reinado del dólar. Los monumentales excedentes financieros que generaba la exportación de crudo del Medio Oriente fueron reciclados en los mercados bajo control yanqui, para asegurar esa continuidad del imperialismo del dólar.
En los años 80, Reagan añadió a ese refuerzo el inicio del modelo neoliberal –con privatizaciones, aperturas comerciales y desregulaciones laborales– que recompusieron los beneficios de las grandes empresas, recortando los salarios y los gastos sociales. Esa agresión contra los trabajadores restauró las ganancias, pero no revirtió la continuada regresión estadounidense frente a sus rivales. La decreciente competitividad internacional de la economía yanqui no fue modificada y el declive persistió como un problema irresuelto.
Pero ese descenso pareció súbitamente contenido en la década siguiente por la inesperada implosión de la Unión Soviética. El antagonista ruso nunca amenazó a su rival en el plano económico, pero lideró durante decenios el denominado “campo socialista”, que afectó seriamente el poder de Occidente. La existencia de ese contrapeso facilitó las revueltas sociales contra el capitalismo y las resistencias nacionales contra las agresiones imperiales.
Adversidades autoinfligidas
La imprevista implantación de un orden unipolar a fin del siglo XX –con preeminencia total de Estados Unidos– le brindó a la primera potencia una gran oportunidad para recrear su preponderancia económica y geopolítica. Pero en lugar de consumar esa restauración, Washington se embarcó en una escalada de aventuras bélicas con resultados adversos. Dilapidó recursos, erosionó su autoridad, socavó sus alianzas y terminó agravando el declive precedente.
Las campañas militares en el Gran Oriente Medio (Afganistán, Irak, Libia, Siria Palestina e Irán), la expansión de la OTAN en Europa del Este, el provocativo rearme en Asia Oriental y el continuado intervencionismo en América Latina jalonaron ese desborde belicista, que sepultó todos los atisbos de recomposición norteamericana. El Pentágono demolió países y destruyó sociedades, sin recrear los procesos de inversión requeridos para rentabilizar a las empresas estadounidenses.
La dinámica del Plan Marshall no se repitió en ninguna de las incursiones de las últimas décadas y la pérdida de posiciones de la economía norteamericana se acentuó con el nuevo despliegue internacional de los marines. A diferencia de lo ocurrido en Europa durante la posguerra, las intervenciones bélicas estadounidenses no dieron lugar a negocios florecientes. Esa incapacidad para transformar acciones militares en beneficios económicos retrata la agudeza del declive.
Ese retroceso se tornó más transparente en los últimos veinte años, con la extinción del espejismo unipolar. Estados Unidos quedó enfrentado a su pérdida de primacía, en un nuevo contexto de creciente redistribución mundial del poder.
Ese escenario emergió a la superficie en la crisis financiera de 2008, cuando el socorro estatal evitó el colapso de los principales bancos norteamericanos. El país logró escapar de ese abismo con mayor oxígeno que sus rivales de Europa o Japón, pero quedó como un nítido perdedor frente a China. Desde ese momento, afronta las duras consecuencias del despertar asiático y del surgimiento de nuevos centros de acumulación divorciados –o autonomizados– de la tradicional centralidad estadounidense.
Ese desplazamiento es una consecuencia imprevista de la globalización neoliberal, que Estados Unidos impulsó para recrear su dominio y terminó padeciendo como una gran desventaja. Beijing (y no Washington) fue el gran favorecido por esa expansión mundial del comercio, y por esa razón continúa auspiciando las transacciones globales, contra la reacción proteccionista del auspiciante inicial de ese rumbo. Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano que esa ventaja lograda por el rival chino a partir de un proyecto originalmente propiciado por Estados Unidos.
El determinante económico
El retroceso del coloso norteamericano tiene un pilar primordialmente económico. Es un declive perceptible en todos los ámbitos, pero derivado de la regresión industrial y productiva que padece el país. Esa caída se verifica en la financiarización y el consiguiente desborde especulativo. El episodio más reciente de esa secuencia fue el rescate estatal de 2008, que evitó el quebranto de los bancos, pero legó un endeudamiento mayúsculo que perpetúa la vulnerabilidad de todo el sistema.
Por esa razón, los temblores que periódicamente afectan a las distintas entidades suscitan el pánico a un reinicio de las grandes convulsiones. Ese temor fue visible, por ejemplo, en 2023, con la quiebra del Silicon Valley Bank; y también en 2024, cuando el desplome de la bolsa japonesa hizo temblar a Wall Street.
El pavor a otro estallido financiero se localiza actualmente en la burbuja tecnológica, que ha inflado con incuantificables inversiones a los títulos de las siete megacorporaciones del universo digital. En 2023, esas compañías canalizaban la mitad de las ganancias del principal índice bursátil. La capitalización de esas firmas que comandan la inteligencia artificial supera cualquier cálculo de ganancias o ingresos acordes a su captura de fondos.
Esos indicadores de continuada financiarización de la economía estadounidense son la contracara del deterioro productivo. Los bajos rendimientos en la esfera industrial motorizan la emigración de capitales al ámbito especulativo, recreando la clásica tendencia de los capitalistas a contrarrestar ganancias reducidas en la producción con altas remuneraciones en las finanzas.
Ese persistente comportamiento de la élite dominante agrava el estancamiento de la productividad, el deterioro de la base industrial y la pérdida de negocios frente a China. En la batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados –que gobierna la acumulación capitalista– Estados Unidos tiende a quedar relegado.
El pasaje de la globalización neoliberal al estatismo neomercantilista refleja este nuevo escenario, signado por la retracción del capitalismo estadounidense hacia políticas de mayor resguardo interno y menor audacia externa.
El declive económico de la primera potencia también se verifica en una deuda pública gigantesca, que se amplifica con el bajo crecimiento del PBI. Cada recuperación cíclica se consuma con mayores niveles de endeudamiento, costeados por el imperialismo del dólar.
Esa dominación financiera permite solventar las monumentales erogaciones internas con el sostén de una moneda que preserva su reinado mundial, pero afronta la pérdida de privilegios. La desdolarización es un proceso lento pero persistente, que puede acelerarse súbitamente si se acrecienta la vulnerabilidad geopolítico-militar de la primera potencia. Las reservas en dólares de los bancos centrales se mantienen en un alto nivel, pero han caído del indisputado porcentual previo. La mitad de todos los pagos transfronterizos se liquidan en dólares, pero esta divisa continúa perdiendo fortaleza a medida que China compra oro y reduce la participación de los billetes norteamericanos en sus caudales.
La tendencia de los BRICS+ a desdolarizarse se afianza en los mercados de materias primas, que ya operan con otras monedas; y en las transacciones de combustible, ese viraje es más llamativo. Todo el circuito del petrodólar, que durante décadas sostuvo la primacía yanqui, está en revisión. Muchos expertos observan con atención que los inversores extranjeros poseen más activos estadounidenses, que los inversores estadounidenses en activos foráneos. En este escenario, los desenlaces geopolíticos desfavorables para Washington tienen un impacto erosivo muy directo sobre el imperialismo del dólar.
La primera potencia emergió del temblor de 2008 sin resolver ninguno de los desequilibrios estructurales que afronta una economía inflada, con capitales sobrantes que no se desvalorizan. Los remedios neoliberales y keynesianos –para lidiar en las últimas dos décadas con esa desventura– fueron infructuosos y por esa razón la guerra a gran escala despunta como la principal salida que avizora el gran capital. El gasto bélico y la reconversión militarista son concebidos como la carta de salvación al continuado deterioro económico.
El declive de Estados Unidos no es una mera regresión de un competidor en desgracia frente a sus rivales en ascenso. Desde hace mucho tiempo, la economía del norte opera como pilar del capitalismo mundial y su deterioro es un signo de la alicaída salud de todo el sistema.
Estados Unidos concentra dos grandes desequilibrios de la época actual: la desigualdad social y la catástrofe del medio ambiente. Por esa condensación de trastornos sistémicos, también comanda la devastadora salida militarista que tantea el capitalismo para lidiar con su crisis.
El imperialismo norteamericano es experto en esa respuesta, porque compensa desde hace decenios su deterioro económico con belicismo. Ese contrapeso se forjó al calor de la primacía del “complejo industrial-militar” sobre toda la estructura económica del país. La posibilidad de financiar con emisión ilimitada en dólares acentuó esa gravitación del dispositivo bélico.
Estados Unidos ha desarrollado una compulsión militarista que lo empuja a guerrear en incontables rincones del planeta, optando siempre por desenlaces bélicos en desmedro de soluciones negociadas. Ejerció durante todo el siglo XX su dominio con actos de fuerza, bombardeos de población civil y demolición de sociedades. En ningún momento de los últimos veinticinco años introdujo algún paréntesis en ese destructivo accionar. Pero los resultados de su conducta ilustran otro costado del declive norteamericano.
Los fallidos militares
Los efectos económicos negativos del gigantismo bélico se multiplican con el creciente intervencionismo de los marines. El “complejo industrial-militar-digital” acrecienta ganancias a costa del grueso del sistema productivo, que pierde posiciones a escala internacional. Los beneficios que acaparan los proveedores del Pentágono erosionan la competitividad de las empresas del país.
Esas adversas consecuencias se han verificado al cabo de incursiones victoriosas (Yugoslavia) y de palpables fracasos (Afganistán, Irak). Estos segundos fallidos han sido la norma de las últimas décadas. En lugar de forjar una nueva supremacía mundial, Estados Unidos se autoinmola, agotando su tesoro en largas y costosas conflagraciones que no logra ganar. Esos contratiempos en el campo de batalla se han corroborado también en los operativos puntuales contra Somalia o Yemen, en las improvisaciones bélicas contra Irán y en las desventuras acumuladas en Ucrania.
Dicha impotencia bélica es rigurosamente ocultada por el Departamento de Estado, mediante manipulaciones del sistema comunicativo global. Los medios desinforman para sostener el mito del poderío y la invencibilidad de las tropas yanquis.
Transmiten una imagen inflada de las capacidades del Pentágono, distorsionando la propia historia de esas fuerzas. Lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial quedó incorporado como un patrón de esas deformaciones, que la propaganda estadounidense ha repetido en forma invariable.
En esa oportunidad ocultó que el nazismo fue doblegado por el heroísmo de la Unión Soviética, que destruyó al 75% del ejército alemán luchando contra las mejores divisiones de la Wehrmacht en el Frente Oriental. Por el contrario, los Aliados occidentales se enfrentaron tardíamente y con gran lentitud a tropas de segundo nivel.
Hollywood desvirtuó ese desenlace con relatos que glorificaron imaginarias gestas del ejército norteamericano y extendió la misma adulteración a lo ocurrido en Vietnam, Irak o Afganistán. En esos casos transformó humillantes derrotas del invasor en insustanciales episodios, carentes de vencedores o vencidos. Siempre eludió contar el revés sufrido por los marines hiper-armados frente a los resistentes mal aprovisionados.
El Pentágono mantiene un esquema mundial de bases militares forjado durante la Guerra Fría que ha perdido operatividad. Esa inadecuación fue muy visible en la reciente guerra contra Irán. El costoso gigantismo naval fue totalmente ineficaz frente a la efectividad y baratura de los drones, que anticipan la dinámica de las confrontaciones contemporáneas.
Esa inadaptación se extiende también a las pulseadas atómicas. Todo el sistema de control nuclear –establecido durante la Guerra Fría para contener la proliferación– ha quedado sepultado. Ya hay ocho naciones con armas nucleares y otras treinta con pericia para construirlas.
Los tratados de equilibrio atómico que durante décadas renovaban Washington y Moscú han perdido efectividad y Estados Unidos no sabe cómo gestionar un escenario que escapa a su mando. Esa desorientación conduce a replanteos de todo tipo. Algunos generales proponen reconsiderar la estrategia de la Destrucción Mutuamente Asegurada (MAD, por sus siglas en inglés) y otros retoman la doctrina del primer golpe, para una eventual confrontación con China.
La renovación de la “guerra de las galaxias” que auspician los consejeros de Trump forma parte de esos replanteos. Las cúpulas doradas –con miles de satélites en el espacio orbital controlados por la inteligencia artificial– son concebidas para una conflagración atómica, por la empresa de fabricación aeroespacial Space X del milmillonario Elon Musk.
Ese tipo de proyectos se inscribe en la privatización de las guerras y el creciente uso de mercenarios, que desde hace varios decenios administra el Pentágono. Luego del fracaso de Vietnam, esa preeminencia de los contratistas se tornó dominante. Pero la conversión de conflictos bélicos en un simple campo de negocios introduce dos problemas al intervencionismo imperial. Por un lado, erosiona la legitimidad política de esas acciones, que son percibidas por el grueso de la población como acontecimientos lejanos y no patrióticos. Por otra parte, multiplica el descontrol de los mercenarios, que tienden a autonomizar sus operativos, privilegiando sus intereses o asumiendo metas propias. Fue lo ocurrido con viejos socios de la CIA como Bin Laden y con otros legionarios del yihadismo.
La capacidad de los imperios para gestionar sus posesiones con tropas de otro cuño siempre dependió de la vitalidad de esas configuraciones. En su esplendor, Roma otorgaba la ciudadanía a cambio del servicio militar e Inglaterra llegó a manejar casi la mitad de sus fuerzas con reclutas de las colonias. Pero esas modalidades resultaron contraproducentes en el declive de ambas potencias, y ese mismo infortunio con los cipayos afecta a Estados Unidos en la actualidad.
La sustitución de la confrontación bélica por el terrorismo es otro indicio de las desventuras que afronta el Pentágono. De la misma forma que ha optado por delegar en vasallos los operativos más riesgosos y que elude el uso de tropas propias, recurre a los métodos mafiosos del asesinato selectivo en su accionar internacional.
Hillary Clinton festejó el crimen de Gadafi y Obama celebró el homicidio de Bin Laden con la misma naturalidad con que Trump exaltó el magnicidio de Jameneí. Israel introdujo y generalizó esa modalidad de ultimar opositores, que tradicionalmente diferenció al hampa de la punición estatal.
Ese desprecio por el derecho internacional parece un acto de dominación, poder o impunidad, pero en los hechos es otro signo de impotencia del declinante imperialismo norteamericano. Como no logra ejercer su tradicional preponderancia, recurre a vetustas modalidades de salvajismo. El uso reciente de la IA para programar masacres de civiles en Palestina, Líbano o Irán es otro indicio de la misma tendencia.
Estados Unidos afianza esta variedad de militarismo atropellado como desorientada respuesta a su pérdida de autoridad geopolítica. Ninguno de sus gobiernos asume que el fin de la unipolaridad obliga a la primera potencia a actuar en un nuevo tablero de disperso poder multipolar.
Los antecesores de Trump ignoraron ese cambio y el magnate ha intentado manejar sin ningún éxito este adverso escenario. No logró ese control con amenazas económicas coercitivas en 2025 y menos aún con las aventuras bélicas de 2026. Ese bienio aportó nuevas confirmaciones de un declive derivado de tendencias de mayor porte.
Anticipos, percepciones y aciertos
El retroceso de largo plazo que afronta Estados Unidos fue diagnosticado con gran anticipación por varios estudiosos del tema. De ese pelotón sobresalió un pensador, que subrayó la triple dimensión del declive en el plano financiero, económico y militar: Giovanni Arrighi, autor de El largo siglo XX (1994).
Destacó que el primer indicador era característico del ocaso padecido por todas las potencias en repliegue. Describió cómo en el caso estadounidense, la financiarización socavó el aparato productivo y atribuyó esa regresión fabril a la expansión de empresas transnacionales, que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Precisó, además, la forma en que el neoliberalismo acentuó la sobreacumulación, afectando a la economía del Norte. Detalló también cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio.
Partiendo de esa evaluación, estimó que el ocaso no era contenido con exhibiciones de poder militar, ni por sus efectos en inconsistentes recuperaciones. En su artículo para el nro. 32 de la New Left Review, «Hegemony Unravelling – Part I» (2005), recordó, además, que los fracasos bélicos inaugurados con Vietnam no fueron revertidos por ninguna contraofensiva posterior.
Ese diagnóstico permitió percibir en forma muy temprana el ascenso de China y señalar la existencia de una aguda contraposición entre dos modelos (territorialismo capitalista y economía mercantil), determinantes de retroceso estadounidense y del ascenso chino. Fue una mirada que capturó en su embrión dinámicas de largo plazo que desbordaban la mera competencia económica entre Occidente y Oriente.
En contraste con otras visiones (Wallerstein, por ejemplo), que situaban el declive estadounidense en un tobogán de inexorable autodestrucción de todo el sistema mundial, ese enfoque avizoró distintos desenlaces posibles, sin postular un devenir predeterminado. Evitó identificar la crisis del capitalismo norteamericano con un derrumbe cronológicamente previsible, señalando que el declive no seguía un patrón de automaticidad económica. Remarcó la conexión de ese retroceso con procesos sociopolíticos divorciados de cualquier calendario preestablecido.
Muchos analistas posteriores han destacado las distintas aristas del declive estadounidense, ilustrando cómo la continuada financiarización de esa economía ha obstruido los intentos de recomposición productiva. Recuerdan, especialmente, que la sostenida exacción de recursos del resto del mundo no logra ser utilizada internamente para contrarrestar el ocaso.
Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive (Johan Galtung, entre otros) enfatizan la variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída al efecto combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el hegemonismo político y la ideología misional. Con esa visión subrayan la multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción.
El declive fue vislumbrado también por los críticos del comportamiento imperial estadounidense y por personajes de la élite de ese sistema, que en forma circunstancial o sistemática dieron cuenta de esa regresión con el propósito de revertirla.
El registro de esas lecturas enriqueció la compresión del fenómeno, especialmente durante el auge de la unipolaridad. Su análisis permitió confrontar con los erróneos pronósticos de resurrección imperial norteamericana, que al poco tiempo fueron desmentidos de la realidad.
Analogías con Roma
El declive de Estados Unidos suscita instructivas comparaciones históricas, especialmente con el antecedente romano, que también operó como un sistema de dominación asentado en normas de coerción, expansión y jerarquía. La denominación latina imperium alude a esa estructura, contrapuesta con el concepto griego de hegemonía, que siempre fue asociado con formas de sometimiento más consensuadas.
Muchas comparaciones resaltan similitudes de Estados Unidos con Roma en el terreno de la violencia autodestructiva. Las semejanzas son extendidas a otras esferas, como el estancamiento productivo, la depredación de los recursos naturales, el despilfarro de riquezas o la sobreexpansión militar.
Las potencias declinantes suelen forzar la extracción de excedentes de sus súbditos para conservar el poder, quebrantando los equilibrios que facilitaban la prosperidad precedente. Por esa compulsión confiscatoria, Roma terminó devorándose a sí misma, cuando la expropiación de la población circundante no alcanzó para financiar el descontrolado gasto militar. Esa práctica de confiscación guerrera agotó al imperio.
La misma corrosión afecta actualmente a Estados Unidos en el plano de los ingresos y la deuda pública. Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente desdolarización de las transacciones mundiales.
Roma ejercía su poder mediante la fuerza, pero manteniendo contrapartidas de protección, seguridad y beneficios con sus súbitos y aliados. Cuando rompió ese equilibrio, perdió capacidad para preservar su dominación. Esa misma fractura de alianzas afecta a Estados Unidos, desde que tiende a transformar a sus socios en vasallos. Ese cambio de relaciones corroe, por ejemplo, el pacto transatlántico que durante toda la segunda mitad del siglo XX sostuvo al sistema imperial.
Un contrapunto esclarecedor entre los efectos de la expansión agrícola romana y la globalización contemporánea ilustra el búmeran que emparenta al declive de los dos imperios. Al extender sus cultivos fuera de sus fronteras, Roma deterioró su vieja primacía rural a favor de sus vecinos, en un proceso semejante a la mundialización económica que inició Estados Unidos y empoderó a China.
En ambos casos, las ventajas iniciales de la potencia dominante en sectores estratégicos fueron capturadas por sus adversarios, en la propia dinámica expansiva del hegemón. En las dos situaciones, las metrópolis plantaron las semillas de su propia regresión. En la Antigüedad, compartiendo prácticas agrícolas; en la actualidad, exportando industrias, tecnologías y servicios, que fueron recreados con mayor productividad por sus destinatarios.
Otro rasgo del declive que emparenta a Roma con Estados Unidos es la perduración temporal de ese descenso, luego del propio agotamiento del sistema. Esa decadencia se extendió durante centurias en la Antigüedad y se verifica en las últimas décadas de regresión norteamericana.
La analogía entre ambos imperios se extiende también a la forma en que las contradicciones económicas internas fueron agravadas por el accionar militar. Las guerras contra Cartago le permitieron al coloso de la Antigüedad controlar el Mediterráneo y la provisión de esclavos para su economía doméstica. Pero ese suministro incentivó expansiones militares ulteriores que socavaron esas ventajas. El gendarme norteamericano padece el mismo síndrome, como custodio internacional de la opresión capitalista.
Las semejanzas también se verifican en la virulencia imperial. Esa ferocidad es una consecuencia directa del declive, que reduce la capacidad para generar consensos y desplegar la hegemonía, generando formas más inestables y violentas de dominación. Los imperios nunca declinan de manera suave, aceptando pasivamente la pérdida de su poder. Multiplican las amenazas, exigen mayor obediencia y se tornan más agresivos.
Esa conducta de Roma fue reproducida por las atrocidades de la Corona española para mantener sus dominios americanos, por el genocidio de los armenios durante el ocaso del Imperio Otomano, por la crueldad de los británicos frente la pérdida de su joya en la India y por el baño de sangre que perpetró el colonialismo francés para evitar la independencia Argelia. Desde hace décadas, el imperialismo norteamericano repite esa conducta, con guerras que destruyen países sin generar ninguna contención a su declive.
Otros contrapuntos históricos
La confrontación entre Estados Unidos y China ha recreado también el interés por la moraleja histórica de la trampa de Tucídides. Esa referencia es utilizada para ilustrar el resultado adverso que afronta una potencia emergente cuando intenta destronar a destiempo a su rival dominante. Atenas era la ascendente ciudad-estado marítima, que tenía todo a su favor para doblegar al antiguo dominador terrestre espartano. Pero esas ventajas no le alcanzaron para ganar su apuesta bélica. Ese inesperado resultado es recordado, a veces, para imaginar situaciones victoriosas del dominador estadounidense, si el desafiante chino captura Taiwán y termina sufriendo la misma derrota que padecieron los atenienses.
Pero la reincorporación de esa isla al territorio unificado de China sigue una pauta estratégica de otro tipo y ya anticipada por la asimilación de Hong Kong. Es concebida como un proceso más económico que militar y no se inscribe en políticas imperiales expansivas por parte de China. La analogía con Atenas y Esparta es además forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida en declive y el agredido (China) es un emergente que elude el uso de la fuerza.
Justamente por ese posicionamiento, la trampa de Tucídides fue explícitamente aludida por Xi Jinping en su reciente encuentro con Trump. El presidente chino convocó a evitar el aprisionamiento mutuo en un conflicto bélico. Consideró esa referencia histórica como un enredo que todos los involucrados deben rehuir para impedir inútiles sangrías.
Algunos autores han estudiado la enseñanza de Tucídides con esa misma finalidad, distinguiendo cuáles fueron los conflictos entre potencias desafiantes y predominantes que desembocaron en guerra y cuáles sortearon ese desenlace. A partir de ese cómputo, destacan que la contienda fue evitada en varios casos y puede ser igualmente soslayada en el futuro. Señalan que el ejemplo más reciente de esa tensión sin guerra final fue la confrontación que mantuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Entienden que ese antecedente debería ser reproducido en la disputa actual entre Washington y Beijing.
Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible porque, al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano.
Otro antecedente ilustrativo –muy distante de lo ocurrido entre los Estados Unidos y la URSS– fue la confrontación que desató el hegemónico Imperio Británico (retador) contra el desafiante rival alemán (retado), a principio del siglo XX. Pero esa pugna se dirimió en el campo de batalla e involucró a enemigos con estrategias y conductas muy distintas del contexto actual. China no es comparable con Alemania, y Estados Unidos no se asemeja a Gran Bretaña.
En el primer caso, porque Beijing está embarcado en una expansión económica mundial, que no sigue la pauta del militarismo imperialista. Despliega negocios y no invasiones, con la atención puesta en sostener su crecimiento y no en la ocupación formal o informal de territorios ajenos. Esta conducta se ubica en las antípodas del imperialismo alemán de la primera mitad del siglo XX.
Por otra parte, varias diferencias separan a Estados Unidos de su antecesor británico, ante todo, en el plano económico. Reino Unido era un acreedor mundial que exportaba capitales, financiando la inversión mundial con fondos que fluían desde la metrópolis hacia la periferia. Por el contrario, Estados Unidos es un deudor que recepta esos capitales. Acumula, además, un monumental déficit comercial con su retador chino que financia con emisión y endeudamiento.
Es cierto que la industria británica declinaba con la misma tónica que su sucesor norteamericano actual y que también recurrió al proteccionismo para contrarrestarla, pero nunca afrontó la escala que presentan esos procesos en Estados Unidos. Y esa diferencia de intensidades es muy relevante para una potencia norteamericana que se expandió a partir de su propia base territorial.
Mientras que Gran Bretaña, que se vio obligada a salir tempranamente al exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su preeminencia financiera, la economía estadounidense se desenvolvió en forma paulatina con parámetros autocentrados. No emergió de una localización pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino de un enorme asentamiento poblado con torrentes de inmigrantes. El declive actual de su industria afecta duramente esa trayectoria.
Estados Unidos no cuenta, además, con la flexibilidad que tuvo Gran Bretaña para consumar su repliegue, amoldándose a nuevas circunstancias históricas. Mientras que Reino Unido pudo realizar su traspaso del comando mundial al socio ascendente, su ahijado no tiene a mano ese candidato y no puede repetir esa transferencia.
La inflexibilidad norteamericana obedece a fuertes determinantes militares, que lo diferencian del antecesor británico. La primera potencia actual ha forjado una estructura bélica cualitativamente superior a la construida por Gran Bretaña, puesto que asumió un rol de protección del capitalismo mundial que su predecesor nunca desenvolvió. Por esa razón, Washington no se embarca en los caminos para deshacer el imperio que siguió Londres y refuerza su ofensiva de guerras imperiales, en todos los rincones del planeta.
Existen también comparaciones de la regresión estadounidense con lo ocurrido con la Unión Soviética, pero son contrapuntos poco pertinentes. Omiten que la URSS nunca tuvo una impronta imperial, porque tampoco cobijó un sistema capitalista.
Careció de una clase propietaria asentada en la acumulación de plusvalía y sujeta a las reglas de la competitividad entre empresas.
Esa ausencia explica la política conservadora que desenvolvía el Kremlin, evitando el expansionismo y bregando por recrear el statu quo con su par norteamericano. Por el contrario, Estados Unidos es el imperialismo global más agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las contradicciones del capitalismo del siglo XXI.
Es importante tener presente las diferencias de regímenes sociales en que se asientan las potencias en declive. El poder de Roma descansaba en la propiedad territorial, el trabajo esclavo y la expansión fronteriza, mientras que el imperio del capital estadounidense se sostiene en la explotación del trabajo asalariado, la competencia y la productividad de las empresas. Y lo mismo vale para los contrapuntos con otros casos. Ese reconocimiento es importante, para notar que las semejanzas en los declives de los distintos imperios no suponen desemboques análogos.
El interés por mirar el pasado con preocupaciones de futuro siempre fue el propósito de esas comparaciones. Las primeras analogías de la decadencia de Roma con su posible repetición en Inglaterra –que formuló Gibbon en 1776– eran impulsadas por la pretensión de evitar ese descenso, con mayor estímulo del comercio y la industria.
La trampa de Tucídides es reiteradamente recordada para alertar sobre las inmanejables consecuencias de cualquier chispa bélica, pero también para postular singularidades de Estados Unidos que lo eximirían de cualquier declive. Ese negacionismo constituye otro aspecto clave del escenario actual, que analizaremos en la segunda parte.
Resumen
El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar su retroceso con agresiones militares. El predominio del siglo XX quedó tan atrás como la unipolaridad, y es muy visible el declive frente al rival chino. La primera potencia concentra desequilibrios económicos capitalistas y fracasos bélicos mayúsculos, que fueron anticipados por los críticos de la resurrección imperial. Las analogías con Roma explican la violencia autodestructiva y las comparaciones con Gran Bretaña ilustran la dificultad para remodelar el imperio.
PARTE II
Las enormes adversidades que afronta Estados Unidos son vistas en los principales círculos del poder como contratiempos pasajeros. No reconocen el declive, ni tampoco el rechazo externo al belicismo norteamericano o la pérdida de incidencia geopolítica del país. Esa negación es conceptualizada con argumentos disímiles por los autores liberales y neoconservadores, que cierran los ojos frente a los contundentes indicios de esa regresión.
El declive es en cambio avizorado por los teóricos del realismo, que registran la evidencia de la caída; y por analistas del liberalismo crítico, que observan un retroceso relativo causado por desaciertos de la política exterior o por deformaciones en la gestión interna. Esta amplia gama de opiniones influye de manera muy variable sobre las corrientes políticas que disputan primacía en la élite gobernante.
El negacionismo liberal
Lo teóricos liberales suelen reflotar los mitos de la identidad estadounidense para justificar su postura antideclinista. Algunos estiman que el país sigue siendo el principal referente internacional de un orden global de convivencia y progreso. Estiman que el tradicional rol norteamericano de “ciudadano prominente” de ese sistema tiende a perdurar por el excepcional legado que concentra la primera potencia. John Ikenberry es un ejemplo.
Con más recato que en el pasado, este diagnóstico recrea la vieja idealización de Estados Unidos como una potencia singular que despierta admiración, respeto o envidia en el resto del mundo. Esa visión omite todos los indicios de pérdida de esa centralidad, a la vez que continúa enalteciendo al país como un caso excepcional que lo exime de los infortunios afrontados por otros imperios.
Esa mirada olvida que todas las potencias proclamaron su invariable supremacía, alegando inimitables singularidades. Los ingleses exaltaban su origen aristocrático, los franceses su liderazgo cultural y los alemanes su capacidad organizativa. Todos aludían a virtudes de su identidad nacional, que los glorificadores de Estados Unidos suponen exclusiva.
El “destino manifiesto” en que se asienta esa ponderación se nutrió de alegatos de primacía anglosajona, frente a los aborígenes exterminados, los negros esclavizados y los latinos explotados. La apropiación de la denominación “América” tan solo para Estados Unidos supuso de entrada una descalificación del resto del continente. Esa desvalorización se acentuó con la identificación de la prosperidad, el bienestar o el padrinazgo con el Norte; y del subdesarrollo, la corrupción o la incapacidad para autogobernarse con América Latina.
Pero esa contraposición ha quedado erosionada por el declive del imperio. “América” persiste como sinónimo corriente de Estados Unidos, pero sin la carga de elogio, admiración o reverencia del pasado.
Muchos liberales desechan ese distanciamiento, señalando que Estados Unidos conserva grandes capacidades para recrear su preeminencia internacional. Afirman que el declive es una falsa percepción, alimentada por cuestionamientos internos, heridas autoinfligidas o malestares en el humor de su población. Atribuyen las tesis decadentistas a esa mutable psicología de los propios ciudadanos del país.
Pero esos registros no son volubles impresiones, ni cambiantes sensaciones, sino capturas reales de las transformaciones que afronta Estados Unidos. El ocaso del “sueño americano” se verifica en el acentuado deterioro del nivel de vida de la población, que ilustran los indicadores de ingresos, salud, educación, esperanza de vida o movilidad social. El número de personas encarceladas, los decesos por armas de fuego y las quiebras familiares por endeudamiento confirman ese diagnóstico. El alicaído estado de ánimo refleja los dramas de una sociedad fracturada, violenta y desigual.
La mirada convencional ignora o menosprecia estas evidencias, porque identifica a Estados Unidos con la autoconfianza y la consiguiente capacidad para sobreponerse a cualquier malestar. Pero no se entiende por qué razón esa cualidad sería tan exclusiva de esa nación. La historia del siglo XX indica que un gran número de países han logrado superar situaciones más traumáticas que las padecidas por Estados Unidos. Este país siempre libró guerras fuera de sus fronteras y nunca tuvo que lidiar con la tragedia de las invasiones, que por ejemplo sufrieron Rusia o China.
El antideclinismo liberal postula que Estados Unidos encarna los valores universales del liberalismo y tiende a exportar esos ideales al resto del mundo. Sería el portador de la democracia a todos los rincones del planeta y esa promoción de la civilización lo diferenciaría de otros imperios.
Pero esa autoasignación de virtudes educativas oculta la hipocresía de una potencia que utiliza estandartes altruistas para justificar incursiones brutales. Esos operativos invocan los derechos humanos, la justicia, la contención de enemigos impiadosos o el auxilio de poblaciones afectadas, cuando en los hechos simplemente apuntalan los negocios de los capitalistas. Con alabanzas a la concordia y la cooperación, consuman matanzas para favorecer a la élite de enriquecidos que comanda al país. Además, Washington siempre emitió mensajes salvadores para edulcorar intervenciones, que invariablemente empeoran los escenarios a enmendar.
El imperialismo norteamericano ha ejercido desde la mitad del siglo XX un control armado del planeta a través de un sistema de bases militares que sustituyó al dispositivo colonial europeo. Asentó su predominio en un coercitivo mecanismo, ubicado en las antípodas de cualquier cooperación.
La duplicidad liberal oculta ese basamento, recreando los engaños de respeto a la soberanía ajena. Esa tolerancia siempre tuvo un alcance limitado para los socios o vasallos y fue directamente nula para los adversarios o desafiantes. El liberalismo persiste como el principal transmisor de las falacias estadounidenses y por eso desconoce el descreimiento que actualmente suscitan esas falacias.
El mito del poder blando
Cada tanto, los teóricos liberales (Joseph Nye, entre otros) reconocen el declive de Estados Unidos, pero asignándole una escala acotada. Destacan que su país conserva ventajas de geografía (rodeado por océanos), moneda (primacía del dólar), demografía (renovación de la fuerza laboral) y tecnología (especialmente digital). Pero desconocen las nuevas adversidades en esos campos e ignoran la limitada relevancia de esas áreas, en comparación al desmoronamiento industrial y la baja productividad de la economía estadounidense.
Las miradas condescendientes suelen considerar que Estados Unidos vencerá a China por atributos de larga data. Con anteojeras eurocéntricas, no registran que el desafiante asiático está conquistando, uno tras otro, todos los podios en disputa. La férrea defensa que exhibe Beijing del libre comercio, contra el renacido proteccionismo de Washington, trasparenta quién detenta la mayor competitividad.
Pasando por alto estos cruciales basamentos económicos, el antideclinismo liberal proclama que Estados Unidos vencerá por el poder blando de atracción que mantiene frente a un rival carente de esa cualidad. Destacan la enorme capacidad de persuasión que conserva la potencia dominante para que otros hagan lo que ella anhela. Estiman que Estados Unidos puede recrear y actualizar esa modalidad de poder para perpetuar su primacía.
Pero esa enorme influencia ideológica, cultural y política no deriva de los valores universales que el liberalismo remarca e idealiza, sino de la pujanza que exhibió el capitalismo yanqui en el pasado. En ese vigor económico y productivo se asentó el “americanismo” como ideología exaltadora del capitalismo en estado puro.
Los mensajes de contractualismo espontáneo, de las conveniencias de la desigualdad social y de los méritos de la privatización ilimitada –que tradicionalmente difundió Estados Unidos– atrajeron la admiración de las clases dominantes de todo el mundo. Todas quedaron fascinadas por la adulación de la empresa privada como un campo de cristalización del talento, que despliega el espíritu aventurero de los inversores y la creatividad de los gerentes.
Ese elogio de la compañía capitalista fue complementado con la veneración del individualismo como virtud suprema de la personalidad y con la exaltación de la acumulación como larga travesía de capitalistas heroicos. El poder blando de Estados Unidos se afianzó por la internacionalización de esa ideología, que reverencia al capitalismo en forma irrestricta.
La posguerra fue la edad de oro de ese “americanismo”, que logró una sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero esa ideología actualmente pierde atractivo, en estricta correspondencia con el declive su inspirador. Estados Unidos ya no es visto como un exportador de bienestar, sino como artífice de tremendos procesos destructivos. Su poder blando no resucitará por simple nostalgia de un contexto ideológico que ha desaparecido.
El ensalzamiento general del capitalismo persiste. Fue revitalizado por el neoliberalismo y alcanzó un nuevo cenit con la ultraderecha, pero ha perdido su asociación con la superioridad o primacía de Estados Unidos. La celebración del mercado y las expectativas de rápido ascenso social ya no son sinónimo del sueño americano.
El liberalismo desconoce ese cambio cualitativo, imaginando que Estados Unidos persiste como una sociedad innovadora y potente, capaz de proyectar su poder sobre el resto del planeta por el dominio ideológico que forjó en el pasado.
Pero esa mirada sobrevalora la capacidad que mantienen las mercancías culturales, los consumos mediáticos y los controles de las redes sociales para sostener esa influencia. No alcanza con la consolidación del inglés como lengua franca, o con la cooptación educativa de las distintas élites del mundo por los centros académicos norteamericanos. El poder blando opera sobre esas aristas, pero no puede recrearse y pierde efectividad por el gran retroceso que sufren los basamentos productivos de ese mando.
El liberalismo comparte el diagnóstico globalista, que presenta la regresión estadounidense como un episodio coyuntural, derivado de la alocada gestión de Trump. Supone que, una vez reconstruida la institucionalidad mundial quebrantada por el magnate, Estados Unidos recuperará su autoridad moral y su preponderancia ideológica. Imagina que tan solo bastará con reconstruir las alianzas multilaterales del pasado para recuperar el mando yanqui de Occidente, resucitando la influencia de Washington que Trump degradó hasta un piso nunca visto.
Pero el deterioro de esos atributos precedió a Trump y se consumó bajo la gestión de sus antecesores liberales y globalistas. Del fracaso de esas administraciones emergió el magnate, y sus fallidos han confirmado que el declive del poder blando no obedece tan solo a la prepotencia despectiva del actual presidente. Fue el desplome de la globalización neoliberal lo que potenció la erosión de esa fuerza. La confianza liberal en que Estados Unidos puede sobreponerse a sus desventuras –y recuperar hegemonía por su gran capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias– es un simple mito.
El declive de largo plazo que afronta la primera potencia demuestra lo contrario. El país exhibe una manifiesta dificultad para reconocer y amoldarse al escenario multipolar. Por eso depende de acciones militares, que los propios promotores del poder blando observan como un recurso insoslayable para sostener la primacía mundial. Auspician especialmente en Ucrania políticas ultrabelicistas que contradicen la relevancia formalmente asignada al poder blando.
Ese contrasentido no es la única, ni la menor contradicción que rodea al liberalismo. La negación del declive les impide comprender el problema básico que afronta el país.
La crudeza del poder duro
La variante neoconservadora de negación del declive comparte con su par liberal la exaltación de los valores universales, que Estados Unidos exportaría al resto del mundo. Pero discrepa sobre el pilar de esa fuerza benévola. En lugar de situar ese cimiento en el poder blando de Occidente, lo atribuye al poder duro que exhibe el Pentágono.
Esa mirada enfatiza el rol de la primera potencia como custodio del planeta e imperio benévolo. Destaca que el abandono de ese papel quebrantaría el orden mundial y desembocaría en un escenario de inmanejable caos. Recuerda que Washington hace valer su protección del mundo mostrando fuerza y que la renuncia a esa ostentación afectaría el liderazgo que necesita la civilización para subsistir.
Este enfoque resalta la deuda que todo el mundo mantiene con Estados Unidos por el sostén que el Pentágono brinda a la democracia, la libertad y el progreso. Repite esos lugares comunes del discurso liberal, con un agregado de explícita agresividad belicista. Este añadido militarista aporta el ingrediente neoconservador específico al discurso clásico del “americanismo”.
Robert Kagan es un renombrado auspiciante de estos mensajes, que concentra en su propia trayectoria la furia militarista de su vertiente. Fue uno de los principales teóricos del “nuevo siglo americano” en los años de Bush y justificó sin ningún reparo la invasión a Irak y la devastación de Afganistán. Posteriormente, estuvo involucrado en el golpe de Estado perpetrado en Ucrania para promover el ingreso de ese país a la OTAN y provocar una confrontación con Rusia.
En la actualidad es un estrecho aliado del genocida Netanyahu, rechaza cualquier reconocimiento del escenario multipolar, exige el rearme de Europa y Japón, y auspicia alianzas internacionales reconstructoras de la supremacía norteamericana.
Últimamente asumió una postura de indignado halcón contra la humillación propinada por Irán. Despotrica contra la actitud vacilante del Pentágono, que a su juicio expresa la conducta de una “superpotencia rebelde, que no quiere luchar”. Propone embarcar al imperio en la escalada que Trump intentó soslayar, luego efectivizó a medias y por momentos abandona con inverosímiles maquillajes.
En la óptica neoconservadora, el declive no es un estado de ánimo pasajero, sino un efectivo peligro derivado del repliegue bélico de Estados Unidos. A diferencia de los liberales, los neocons no disimulan ni relativizan la centralidad de la acción armada para sostener el estatus dominante de la primera potencia. Subrayan sin ningún filtro esa característica, la ponderan como un ADN del país y recuerdan que el Pentágono es artífice de todas las ventajas logradas por el gigante del Norte.
Esa reivindicación de la coerción se inserta en la narrativa tradicional de un país que naturalizó la guerra como devenir inexorable de un pueblo elegido para cumplir con mandatos patrióticos. Ese relato oculta la violencia ejercida en los países invadidos y las masacres cometidas por los marines. La dureza de la guerra es simplemente asumida como un dato invariable. Por esa razón, el escenario bélico ha quedado incorporado al sentido de común de gran parte de la población estadounidense.
El matrimonio de Hollywood con el Pentágono contribuyó a generalizar esa ideología, disolviendo el contenido sanguinario de la guerra en la fascinación de las imágenes. Permitió masificar la apariencia misional de los marines como salvadores de una civilización amenazada por cambiantes enemigos. La fisonomía racial, idiomática y nacional de los adversarios fue periódicamente modificada para penalizar a comunistas, musulmanes o narcotraficantes, según la conveniencia de cada momento.
El trumpismo soberanista retomó esa exaltación del militarismo estadounidense. Capturó con ese mensaje a una masa plebeya receptiva a los mitos del “americanismo” y descontenta con las élites globalistas de las costas. Esas leyendas no solo realzan la genialidad de los estadounidenses, sino que enrostran ingratitud al resto mundo por desconocer lo que Estados Unidos ha hecho por ellos.
Todo el discurso de MAGA se asienta en creencias de ese tipo. El mensaje de restaurar la grandeza de Estados Unidos está siempre emparentado con una retribución pendiente al benefactor yanqui. El proteccionismo, las exigencias monetarias, los reclamos de reindustrialización o las demandas de territorios, recursos naturales y localidades estratégicas que brutalmente formula Trump se basan en ese presupuesto de recompensa adeudada al filántropo yanqui.
El trumpismo resalta, además, el fundamento religioso del credo neoconservador, que presenta a Estados Unidos como un país elegido por Dios para consolidar la superioridad anglosajona y las creencias protestantes. Marco Rubio complementa ese cimiento con un revival de la ideología macartista. Esos prejuicios de la Guerra Fría le asignan a cualquier acción de Occidente un contenido salvador de la única civilización que merece perdurar y gobernar al género humano.
Diagnósticos realistas
Las miradas negacionistas pierden actualmente auditorio ante la manifiesta contundencia del declive estadounidense. Por el contrario, sus adversarios declinistas (entre los que se destaca John Mearsheimer) ganan terreno con explicaciones de distinta índole. La influencia de este campo se verifica en los teóricos realistas de las relaciones internacionales, que reconocen el retroceso asignándole un cimiento geopolítico.
Afirman que Estados Unidos desperdició el momento unipolar que sucedió a la implosión de la URSS, librando guerras inútiles para instalar gobiernos del propio cuño en Irak, Afganistán, Libia, Siria, Líbano, Sudán y Somalia. Estiman que la primera potencia dilapidó sus energías y derrochó sus recursos en esos inservibles operativos, que han generado consecuencias negativas de mayor gravedad en Ucrania. Destacan que Estados Unidos quebrantó alianzas y perdió influencia política por sus fracasadas aventuras militares.
Esta mirada estima que los desaciertos de varios gobiernos desubicaron a la primera potencia frente al nuevo escenario multipolar. Convocan a registrar que Estados Unidos ya no puede imponer su agenda y debe considerar las demandas de otros jugadores, especialmente las exigencias de sus dos grandes rivales: Rusia y China. Proponen la adopción de políticas de amoldamiento al mundo actual.
Pero con este enfoque, enaltecen el pragmatismo y eluden indagar la existencia de procesos determinantes de la regresión estructural que afecta a la primera potencia. Por eso el declive no ocupa un lugar significativo en su visión. El realismo evita evaluar la dinámica histórica subyacente de los procesos de auge y caída de las potencias. No conecta en ningún momento esos ciclos con contradicciones del capitalismo o con desequilibrios estructurales de ese sistema.
El realismo tan solo estudia las relaciones entre potencias, entendiendo que están determinadas por la tensión, desconfianza o rivalidad que genera la disputa por el poder. Resalta la presencia de actores que buscan supremacía, guiados por impulsos de predominio o autopreservación; y señala que estas percepciones suscitan agresividad, miedo o desconcierto. La dinámica sociohistórica determinante de estos cursos es tan ignorada como su basamento en el capitalismo. Desconocen la forma en que este régimen social condiciona todas las tensiones en juego.
Esa indagación es reemplazada por la mera evaluación del estado de los conflictos entre las potencias, a partir de un diagnóstico de invariable provisionalidad de la supremacía lograda por algún contrincante. Destaca que el predominio global nunca puede eternizarse en el largo plazo y que la proyección de poder solo es estable a una escala regional de menor alcance. La propia superioridad militar que disuade a los rivales está siempre sujeta a la erosión de ese comando por los avances bélicos que consigue el enemigo.
En este marco analítico, el declive de Estados Unidos es visto como un episodio de rivalidades eternas que irrumpen con cierta contundencia en el contexto actual. Se observa ese retroceso como resultado de la simple acumulación de poder por parte de una potencia, que suscita la respuesta equilibradora de sus contrincantes.
En el siglo XXI, esta reacción contra el hegemonismo estadounidense es vista como un inevitable correctivo de la prepotencia exhibida por los auspiciantes del “nuevo siglo americano”, que desbalancearon el equilibrio mundial. Esta mirada induce a buscar políticas de amoldamiento de la primera potencia al nuevo contexto global.
Trump intentó seguir ese rumbo con su estrategia inicial de contención bélica, buscando reposicionar a Estados Unidos en el plano económico frente al avasallante competidor chino. Pero al cabo de un año de proteccionismo infructuoso, retomó la receta militar, que es el curso familiar a todos los gobiernos yanquis para lidiar con sus fracasos. El magnate se ha empantanado en su ensayo de algún camino sustituto del aventurerismo militar, porque enfrenta el mismo dilema sin solución de todas las administraciones confrontadas con el declive de Estados Unidos.
Los teóricos del realismo no registran el fracaso de esta experiencia reciente de su propio recetario y repiten propuestas correctivas sin ofrecer soluciones a las disyuntivas que genera el retroceso de la primera potencia. Reafirman ciertas obviedades –como la imposibilidad de eternizar el dominio de un hegemón– omitiendo los determinantes históricos de esa incapacidad.
En los hechos, participan de las mismas fluctuaciones políticas que exhiben los pensadores de otras corrientes de la élite gobernante. El realismo aporta argumentos de justificación a la política exterior de los trumpistas, antitrumpistas, soberanistas, aislacionistas o neoconservadores.
Apuntalan en ciertas circunstancias al “americanismo” y en otras al globalismo, porque la propia concepción realista tan solo jerarquiza una acertada evaluación de las relaciones de fuerza internacionales y el consiguiente comportamiento de sus actores protagónicos. No cuenta con un diagnóstico del sentido histórico de la regresión que afronta Estados Unidos.
Sobreexpansión militar
Algunos exponentes del liberalismo crítico han expuesto diagnósticos del declive de Estados Unidos centrados en la sobreexpansión militar de esa potencia. Es una mirada de larga data que se ha renovado en forma periódica. En contraposición a sus pares convencionales, reconoce la regresión y le atribuye un determinante bélico.
Un exponente clásico de esta mirada, Paul Kennedy, estima que el gigante norteamericano repite un síndrome que afectó a todos sus antecesores históricos, centrado en la ruptura del equilibrio entre el desenvolvimiento económico y el poder militar. Considera que esta segunda esfera se amplió por encima de sus posibilidades, en creciente conflicto con el cimiento productivo que lo sostiene.
Su enfoque objeta la dilatación bélica de Estados Unidos, señalando que luego de conquistar el dominio mundial con ventajas económicas, el gigante norteamericano quedó entrampado por la adversidad militar. Ilustra cómo ese deterioro ha sido convalidado por todos los ocupantes de la Casa Blanca.
Remarca, además, el impacto negativo del belicismo sobre todas las áreas de la economía y recuerda que ese mismo tipo de déficit fiscal y endeudamiento afectó al reinado español, al imperio otomano y demolió tanto a los Habsburgo en el siglo XVII, como a Gran Bretaña en el XIX.
La explicación del declive yanqui por su sobreexpansión militar fue especialmente expuesta en los años 80, cuando Reagan inauguró el neoliberalismo e instauró un modelo de ofensiva del capital sobre el trabajo para recomponer los beneficios de las clases dominantes. Buscó por esa vía restaurar la deteriorada economía estadounidense frente a la alta competitividad de las exportaciones japonesas. Se propuso, asimismo, relanzar la primacía militar norteamericana con amenazas a la Unión Soviética.
El rearme del Pentágono a través de la “guerra de las galaxias” fue en esos años un típico ejemplo del uso del poder militar como instrumento de compensación del retroceso económico. Aportó nítidas evidencias de los efectos negativos de esa expansión bélica.
Pero esa adversidad quedó enmascarada por la inesperada implosión de la URSS y la consiguiente extinción del denominado “campo socialista”. Ese acontecimiento redujo también la incidencia conceptual de la sobreexpansión imperial estadounidense, que había logrado una alta recepción en los años 80 y quedó relegada a ámbitos minoritarios en la década posterior. El desplome de la URSS recreó la imagen un poder perdurable de Estados Unidos, primero con el episódico revival del reaganismo y luego con el espejismo unipolar.
Ese transitorio período –equiparable al pasajero renacimiento que tuvo Gran Bretaña a principios del siglo XX (Belle Époque)– fue observado como el reinicio de un “siglo americano”. Suscitó lecturas equivocadas, que ignoraron la dinámica prolongada de los declives generados por el descontrol militar. Esos retrocesos de largo plazo pueden ser interrumpidos por efímeros resurgimientos, que no alteran el repliegue estructural de la potencia. Esa regresión subyacente resurgió a pleno posteriormente en la presidencia de Bush (hijo) y se verifica a pleno en la actualidad.
La guerra de Irak, la ocupación de Afganistán, la incursión contra Libia, la devastación de Siria y el conflicto de Ucrania ilustraron la forma en que opera la sobre expansiónmilitar como un rasgo de períodos decadentes. Ese declive no obedece tan solo a políticas exteriores específicas de uno u otro gobierno, sino que deriva de los nocivos efectos que generan los desbordados operativos imperiales.
En todos los casos, la embestida comienza con gran aliento, cantos de victoria y expectativas de florecientes negocios, pero al poco tiempo los invasores quedan atrapados en el mismo pantano que anticipó Vietnam. Los éxitos de la edad ascendente del imperio ya no se repiten y la guerra se convierte en una carga insostenible para su iniciador.
Ese efecto es un dato abrumador de las últimas décadas. Salta a la vista que Estados Unidos ha sobreexpandido su capacidad de acción, con o sin tropas propias. En el caso más reciente de Irán soslayó esa evidencia y sufrió la misma derrota, comprometiendo un descomunal despilfarro de recursos en acciones con resultado adverso.
El diagnóstico de la sobrecarga imperial ha sido formulado por otros autores, que remarcan su efecto nocivo sobre la estabilidad de la primera potencia. La prueba más palpable es el deterioro de la competitividad, a medida que los contratistas del Pentágono acrecientan ganancias a costa del grueso de la economía.
Este efecto negativo del militarismo no es un principio invariable de cualquier época o coyuntura, ni una desventura para todos los dominadores. Depende de la era en que se encuentra cada imperio. El belicismo apuntaló la economía estadounidense en la primera mitad del siglo XX y se convirtió a posteriori en su gran desdicha. Es la preeminencia de etapas de auge o declive lo que determina ese resultado disímil.
En un período del primer signo, las nuevas tecnologías desarrolladas en el área militar se reconvierten en rentables innovaciones de la esfera civil. Por el contrario, en las etapas opuestas, esa mutación queda bloqueada. Lo mismo ocurre en la industria. El estímulo militar a los nuevos procesos de fabricación en cierta fase se transforma en su opuesto obstructor en los momentos inversos. Basta observar la desindustrialización y la baja productividad fabril de Estados Unidos para notar en qué período de esa secuencia se encuentra el país. El contrapunto con China confirma ese retrato.
Los autores que sitúan el determinante del declive estadounidense en la sobreexpansión bélica suelen proponer la reducción del gasto militar como el remedio a la enfermedad que socava al país. Postulan un repliegue imperial que corrija esa afección, repitiendo la trayectoria que siguió Gran Bretaña.
Pero ese curso tendría enormes implicaciones para un orden mundial forjado en torno a la supremacía estadounidense. El análisis de esos efectos exige situar la teoría de la sobreexpansión militar en el marco conceptual de dos nociones –capitalismo e imperialismo– que el marxismo privilegia y el liberalismo crítico relativiza o ignora.
¿Declive relativo?
En los análisis sobre el declive (Anne-Marie Slaughter, por ejemplo) son muy frecuentes las descripciones, las evaluaciones del debate y los registros de opiniones que evitan definir el acierto de una u otra postura. Se destacan, por ejemplo, las cambiantes funciones que cumplen los planteos declinistas y antideclinistas como argumentos de las élites para justificar distinto tipo de políticas exteriores.
En otros casos, se retrata cómo un enfoque consiguió más relevancia que el opuesto en los variables escenarios de la historia norteamericana contemporánea. En estas revisiones, como la de Marcos Reguera, se recuerda que hasta los años 60 prevalecía un optimismo sin referencias al declive, mientras que en la década posterior se impuso ese señalamiento, al compás de lo ocurrido con Vietnam, la crisis del petróleo y el avance de los procesos socialistas.
Las tesis antideclinistas volvieron a primar en los años de unipolaridad y confianza en el resurgimiento del “siglo americano”, pero perdieron nuevamente relevancia en las últimas dos décadas de retroceso económico y fracasos bélicos.
Las miradas descriptivas suelen aportar fundamentos para los enfoques que buscan situarse en un punto intermedio de relativización del declive. No niegan el retroceso, pero moderan su alcance, acotan su relevancia o destacan la existencia de una caída contrarrestada a través de secuencias cíclicas.
Esos enfoques intermedios, como el de Marco D’Eramo, repasan los debates entre los exponentes de una u otra postura para constatar la perdurable reaparición de la controversia. Consideran que esa problemática aparece, se disuelve y resurge periódicamente sin quedar nunca zanjada. Estiman que esa oscilación conceptual refleja la dinámica de un proceso de regresiones contrabalanceadas. Lo que Estados Unidos suele perder en el plano económico lo recuperaría en la esfera militar, tecnológica o financiera, introduciendo límites que le permitirían concretar un periódico renacimiento.
Pero esa mirada impide reconocer cuáles son las tendencias subyacentes que determinan el devenir general del país. Computan la existencia de fuerzas en direcciones contrapuestas suponiendo que no definen resultados. Con ese enfoque no logran explicar el problema. La forma agresiva, descontrolada y autodestructiva que asume el belicismo yanqui es divorciada del declive y esa disociación obstruye la comprensión de la lógica de un militarismo desenfrenado.
Las tesis de la regresión relativa tuvieron gran predicamento en los años de unipolaridad, en polémica con la tesis de la continuada declinación norteamericana. Objetaron las exageraciones de este último enfoque, cuestionando su desconocimiento del repunte logrado por la primera potencia. Convocaron a estudiar todo el problema como una contradicción y no como un inexorable curso de la historia.
Pero el declinismo no es una petición de principio que organiza el análisis de Estados Unidos presuponiendo un destino predeterminado para esa potencia. Constituye un registro de tendencias efectivas, que reproducen comportamientos análogos de los imperios precedentes. Con esa mirada se explica por qué razón el epicentro del capitalismo mundial sostiene a este sistema con un vandalismo militar acorde a la decadencia de ese régimen social. El declive de Estados Unidos expresa la pérdida de poder de la primera potencia en un sistema afectado por su propia regresión.
Esa gravedad de la crisis norteamericana –por el carácter capitalista de la estructura que intenta apuntalar– ilustra a pleno el escenario actual. Estados Unidos intenta contrapesar desequilibrios propios y sistémicos con incursiones externas. La dinámica del capitalismo y del imperialismo se entrecruzan en su accionar, mediante una confluencia mayúscula de desequilibrios.
Contrapesos sin tendencias
Autores como Paul K. MacDonald y Joseph Parent no definen el declive absoluto como una situación que definitivamente impide a la potencia afectada revertir su regresión. Consideran que Estados Unidos no se encuentra en ese estadio, sino que puede recobrar poder con políticas adecuadas.
Encaran esa evaluación mediante un análisis empírico del declive norteamericano en comparación al afrontado por otras dieciséis potencias desde 1870 hasta la fecha. Indagan el retroceso del producto bruto interno y también la solvencia geopolítico-militar de los involucrados. De ese contrapunto deducen la presencia de un declive estadounidense acotado y reversible.
Pero la propia evaluación en esos términos no parece procedente, porque el lugar dominante que alcanzó Estados Unidos no se asemeja a cualquier gama de contendientes. El gigante del Norte alcanzó un grado de primacía mayúsculo, cuyo devenir debe contrastarse con las potencias que alcanzaron ese podio, como Roma, España, los otomanos o Gran Bretaña.
La insistencia en subrayar el alcance acotado del declive estadounidense actual apunta a señalar que el país experimentará desventajas en la próxima década frente a China, pero con efectos manejables. Podría sobreponerse a ese impacto y lograría timonear ulteriormente el nuevo escenario. No afrontaría una categórica caída, ni tampoco conseguiría un rotundo éxito frente a su retador.
Pero ese cauteloso optimismo constituye una simple profesión de fe que soslaya los procesos determinantes de la pugna en curso. Estados Unidos declina porque concentra desequilibrios capitalistas que China logra gestionar con un Estado regulador y autónomo de las clases dominantes. Su oponente carece de ese atributo y opera con una administración sometida a los milmillonarios del mundo digital. Esa diferencia no se corrige con ningún cambio de políticas oficiales.
China evita, además, el uso de la fuerza frente a un competidor que intenta recuperar primacía con desenfrenado belicismo. De esta contraposición pueden deducirse pronósticos muy variados, pero omitiendo esos determinantes, no hay forma de ensayar previsiones de alguna consistencia.
El otro fundamento habitual para postular el carácter acotado del declive es la continuidad de ciertos pilares de la preeminencia estadounidense. Se afirma que el dólar persiste como moneda mundial, Wall Street como epicentro del sistema financiero, los gigantes digitales como líderes de alta tecnología y el Pentágono como cabeza del poder militar global.
Estos cuatro factores efectivamente indican que la caracterización de primera potencia aún se ajusta al lugar que ocupa Estados Unidos en el planeta. Pero lo que está en debate no es ese reconocimiento, sino las evidentes tendencias al retroceso estructural de esa preeminencia.
La desdolarización sigue un curso lento pero persistente y está erosionando la capacidad de Washington para emitir sin control y endeudar al fisco. Wall Street alberga una nueva burbuja financiera, asentada en la capitalización sin contrapartida en los ingresos de las megaempresas digitales.
Esas compañías efectivamente lideran la IA, pero se enfrentan con la creciente productividad del rival chino, que fabrica con mayor eficiencia y menores costos los mismos productos. Finalmente, el propio Pentágono debe lidiar con guerras que pierde, utilizando su obsoleto arsenal en operativos fallidos. El declive de Estados Unidos es un proceso estructural estrechamente asociado a la dinámica del capitalismo y del imperialismo. Soslayando esos dos condicionantes, las explicaciones no logran salir de la superficie.
¿Ausencia de sustitutos?
Un argumento de peso para postular límites o contenciones al descenso de Estados Unidos es la ausencia de un reemplazante para ejercer la dominación mundial. Esa carencia de sustituto en el liderazgo global es señalada como una restricción que perpetuaría o al menos recrearía la supremacía norteamericana.
La primera potencia podría decaer, pero nadie lograría suplantarla y esa ausencia de reemplazante amortiguaría el descenso, lo tornaría más lento o le permitiría a Estados Unidos gestionar su propio repliegue. Esta es la tesis de Michael Mann.
Pero ese contrapeso no desmiente el declive, sino que describe los límites y obstáculos de esa regresión. La ausencia de un suplente no anula ni revierte la tendencia declinante y ese retroceso es el dato central del diagnóstico.
La carencia de un sustituto puede, además, convivir con un escenario de variados dominadores emergentes en reemplazo del hegemón previo. En esa posibilidad se asienta el pronóstico abierto que expusieron algunos teóricos –como Arrighi o Galtung– al entrever escenarios de irresuelto equilibrio entre varias potencias. Esa opción es incluso avizorada por la propia tesis de un freno al declive por carencia de sucesores.
La caída sin reemplazo es una perspectiva abonada por la singularidad del principal desafiante, que no actúa en los hechos como potencia imperial. La cautelosa política exterior de China, su aversión al uso de la fuerza y su exclusivo énfasis en los negocios crea un contexto poco convencional.
Esa peculiaridad de China coexiste, además, con un marco de multipolaridad y dispersión del poder que se aleja del clásico retrato de belicosos aspirantes al trono hegemónico. Los BRICS+ no se comportan, por ejemplo, como la entente que forjaron Alemania, Italia y Japón en el período de entreguerras.
El diagnóstico de un declive de Estados Unidos impedido por la ausencia de sustitutos presupone que el futuro repetirá el pasado y que la existencia de una potencia hegemónica es indispensable para sostener el sistema mundial.
Ese presupuesto recuerda lo ocurrido con Gran Bretaña –que pudo declinar traspasando su dominación al socio transatlántico– y resalta el hecho que su reemplazante no forjó un ahijado del mismo porte. Por eso se considera que la orfandad sustitutiva de Estados Unidos genera una situación sin salida para la continuidad del sistema mundial. Pero la emergencia de China y los BRICS+ ha dado lugar a un escenario distinto.
La tesis de un declive estadounidense tan solo relativo –por la ausencia de reemplazante– podía concebirse, en todo caso, para el período de crisis (1990-2008) del sistema imperial, pero ya no para la etapa en curso. En aquellos años, el coloso del Norte mantenía el lugar de custodio del capitalismo, que todas las potencias occidentales le habían delegado con anterioridad.
El guardián había cumplido ese rol sofocando levantamientos populares en África, Asia y América Latina. Pero ese papel se modificó sustancialmente a fin del siglo XX, primero con el reflujo de las revoluciones y la implosión del campo socialista, y posteriormente con la emergencia de China, la multipolaridad y las fracturas de la alianza occidental.
Nuestra propia mirada del sistema imperial realzó la gravitación de Estados Unidos, tanto en el cenit como en la crisis de esa configuración. Destacamos el primordial rol contrarrevolucionario del gestor de la OTAN y su función vigilante del capitalismo, observando cómo ese papel interactuaba sobre la crisis económica de largo plazo que afectaba a la primera potencia. Nuestros señalamientos de esa relación destacaban la existencia de una recomposición periódica del poder estadounidense que no lograba enmendar la fragilidad de sus bancos y el retroceso de su industria.
Pero estos diagnósticos –que subrayaban la presencia de una contradicción irresuelta– correspondían a un período ya extinguido y no al contexto actual. Esa diferencia tiene enormes implicancias que analizaremos en los próximos textos.
Resumen
La regresión de Estados Unidos es negada por sus gobernantes. El liberalismo justifica ese desconocimiento con falacias de excepcionalidad, superioridad idiosincrásica o hipocresías de valores democráticos. Asigna míticas cualidades a un poder blando que perdió sus viejos cimientos. Mientras los neoconservadores repiten el mismo mensaje exaltando la fuerza militar, el realismo reconoce la adversidad omitiendo su basamento capitalista. El acertado diagnóstico de la sobreexpansión militar exige una complementaria conceptualización del imperialismo y las teorías del declive relativo retratan escenarios sin explicar tendencias subyacentes. La ausencia de reemplazantes no altera una caída con varios desenlaces posibles.
Claudio Katz