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Kraken Nuevo2 Sebastián F. Henríquez

¿Quién de nosotros?

29 de marzo de 20261 de abril de 2026
Kalewche

Rodolfo Walsh, detalle de una fotografía tomada probablemente en Cuba, hacia 1970 o antes, mientras el escritor argentino trabajaba para la agencia de noticias Prensa Latina. Fuente: www.infoblancosobrenegro.com

Le pedimos a Sebastián Henríquez si podía colaborar con un artículo para esta edición especial de Kalewche a 50 años del golpe militar. Una semana después, nos envió este texto en el que reflexiona sobre la posibilidad del cambio de postura política, a partir de la figura del enorme Rodolfo Walsh. Eso que parece una obviedad, que los seres humanos –y los intelectuales entre ellos– cambiamos, no siempre es asumido en la práctica. Y estamos hablando de un cambio radical, no de un mero acomodamiento del “propio sillón en dirección de la historia” –eso que, con un resentimiento y una injusticia mayúsculos, echaba en cara Camus a Sartre allá por 1952, luego de la polémica desatada por su libro El hombre rebelde–, en el que la existencia entera se vuelca hacia un proyecto asumido con todas las consecuencias que pueda suponer. Y qué mejor ejemplo que el del propio Walsh, que se jugó la vida por una causa que consideraba justa. Le agradecemos a Sebastián por su generosa colaboración y esperamos poder disfrutar en el futuro de más textos de su autoría.


El inefable Horacio Verbitsky1 tomaba una pregunta que Ricardo Piglia ponía en boca de un personaje en Respiración artificial (1980): “¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?”. Es decir, quién, en el siglo XX, escribiría el texto paradigmático de la lucha política, que fuera, también, una provocación genérica, un texto desbordado por el exceso de implicancias y pretensiones, un monstruo escrito y reescrito sujeto a la violencia y violento él mismo. Verbitsky responde que ya existía: era Operación masacre (1957) de Rodolfo Walsh. Siempre me gustó esa idea: Operación masacre era el Facundo del siglo XX. Las coincidencias son muchas y las diferencias, obvias. Además, Sarmiento es una presencia constante en la primera edición de Operación masacre, la sombra ilustre de la pelea contra la barbarie. Son textos hiperbólicos, desafiantes de las clasificaciones, surgidos para dar respuesta a un imperativo coyuntural, a una urgencia. Pensados para públicos masivos, con intenciones de conmover, de convencer, de indignar y también de triunfar, de tener éxito como hombres. Sarmiento llegó a presidente, pero a diferencia de Echeverría, se había hecho de abajo, precariamente, provinciano, autodidacta. Era a Echeverría lo que Arlt a Borges, forzando los contextos. Los arribistas, los impuros, muchas veces incoherentes, visiblemente contradictorios, arbitrarios.

Walsh, también. Se sabe, pero se neutraliza en el relato de crecimiento heroico: Walsh arrancó siendo antiperonista. Liberal. Antes de Operación masacre, había escrito dos notas homenajeando a los aviadores que habían participado del derrocamiento de Perón que hoy le sacarían saliva en vivo a Majul y Viale. Fueron sus primeros escarceos en el periodismo serio, para Leoplán. Antes de entrar en contacto con el “fusilado que vive” en diciembre de 1956, Walsh venía de una consolidada trayectoria como traductor de novelas policiales y best-sellers. Entre esos best-sellers se encontraban obras basadas en hechos reales con periodistas que revelaban delitos ocultos y desafiaban al Estado. Esos prohombres del liberalismo no sólo triunfaban en la prosecución de la verdad, sino que eran premiados con el éxito económico y la fama. Eso es lo que Walsh tenía en la cabeza cuando entró en contacto con la historia: “Es que uno llega a creer en las novelas policiales que ha leído o escrito, y piensa que una historia así, con un muerto que habla, se la van a pelear en las redacciones, piensa que está corriendo una carrera contra el tiempo, que en cualquier momento un diario grande va a mandar una docena de reporteros y fotógrafos como en las películas. En cambio se encuentra con un multitudinario esquive de bulto”2.

La decepción con esa fantasía fue rápida, pero la elaboración de la salida fue lenta: “Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda”3. El hecho clave, sin dudas, es la Revolución Cubana que Walsh, además, conoció desde adentro, en su etapa embrionaria, cuando transita el camino de declararse socialista y alinearse con la URSS. Ahora hay un país socialista en América Latina y está a pocos kilómetros de la primera potencia imperialista mundial. Una de sus máximas figuras era un argentino. La larga frustración intelectual del progresismo y de la izquierda, insatisfecha con las ambigüedades –y otras cosas peores– de los nacionalismos vernáculos y desencantada hacía rato del estalinismo, tiene su faro.

Entonces, me detengo en dos cosas. Walsh, como Urondo, como Gelman, van hacia el peronismo de la mano del Che, pensando que era la estrategia correcta para hacer la revolución en la Argentina. Otros de la misma generación, como Conti, se mantienen alejados del peronismo, pero se van decidiendo por las opciones más radicales de la izquierda. No son iguales y cada uno tiene y merece su historia. Pero mirados en el gran recorrido de esas décadas, perfilan una serie de figuras, de movimientos. La primera cosa, entonces, es la Revolución Cubana. Sin ese norte socialista, cuesta pensar cómo hubiera sido el devenir de la lucha de clases en Argentina. Para estos escritores, esos hechos permitieron releer su propia ubicación liberal previa. Walsh es el caso paradigmático porque se formó en los 50 embelesado con el grupo Sur, fascinado con Borges, deseoso de ser un gran escritor pero viviendo de la literatura de masas de la que tanto aprendió para hacer Operación masacre, y de la que luego renegó (síntoma ya de alerta de las purezas demandadas dentro de la izquierda). La pureza moral, la voluntad inquebrantable, los hombres nuevos se convirtieron también en justificaciones para las miserias del combate interno y de las disputas políticas. Los diarios personales de Walsh4, sufriendo internamente por la novela «burguesa» que ya no debía hacer, pero que quería hacer, pero que no quería hacer, pero que no podía abandonar. El escritor comprometido como martirio.

La segunda cosa es el cambio. Walsh, Conti, Viñas, etc. Casi nadie nació de izquierda o peronista de izquierda. Algunos venían de trayectorias ya extensas como para imaginar cambios drásticos. El gran ejemplo es Cortázar. Demasiado irreverente y lúdico, o demasiado romántico, para encajar en el grupo Sur, del que también admiraba especialmente a Borges. Era mayor que la generación de Walsh. Tenía ya casi 50 años cuando se publicó su obra de fama internacional, Rayuela, que marca el inicio del Boom latinoamericano. Pone esa fama, pacientemente construida, al servicio de propagandizar desde París los logros de la Revolución Cubana. Sin conveniencia alguna, pues tenía su propio prestigio garantizado. Y las principales críticas que se fueron sucediendo, pasado el primer embeleso, fueron de la misma izquierda. Cortázar hablaba del socialismo desde Francia. Cortázar no escribe literatura revolucionaria. Cortázar no toma las armas. Y si uno se descuida, se encuentra hoy con intelectuales que repiten eso, pero se derriten con Maradona apoyando las causas populares mientras se encargaba una Ferrari negra solo para él. Yo lo que digo es que, en perspectiva, se extraña a Maradona y a Cortázar. Los prefiero. La contradicción es más cercana que la pureza.

La derrota que supuso el advenimiento del golpe del 76 puso algunas de estas cosas en esa perspectiva, ¿o no? Digo, Viñas, que fue uno de los grandes críticos de Cortázar, eliminó de la reedición de Literatura argentina y política de los años 90 sus cuestionamientos sagaces a Cortázar de la edición de los 60. Era lógico. ¿Qué sentido tenía mantenerlas después del horror vivido, de la catástrofe, cuando encima Cortázar había jugado un papel clave en el exilio ayudando y denunciando sin descanso? A Cortázar lo criticaba, curiosamente, la intelectualidad que sobrevivió. Lo defendían los que desaparecieron: Urondo, Conti. ¿Qué nos dice eso?

Todos cambiaron. No todos para bien, ¿no? Digo, Sábato… Apoyó el golpe, en el famoso almuerzo con Videla. Hasta Borges fue más prudente. Castellani, en ese almuerzo, pidió por la vida de Conti, ya destrozado por la tortura. Sábato le dio voz a la teoría de los dos demonios. Y se dio el gusto de volver como representante de la democracia. Borges, caprichoso e infantil muchas veces, intentó volver al liberalismo. Firmó la primera solicitada de las Madres de Plaza de Mayo todavía en dictadura. Dijo que se había conmovido por el relato de esas madres. Dijo algo así como que sus hijos no serían unos santos, pero todo hombre merecía un juicio justo. Liberalismo básico, de manual. Pero en ese momento, no había ni eso.

Entonces, lo que me estoy preguntando no es quién de nosotros escribirá el Facundo u Operación masacre. Me estoy preguntando quién de nosotros cambiará. Y cómo. ¿Quiénes son los liberales que ahora festejan la caída de los restos ya desmoronados de la Revolución Cubana, pero que tal vez mañana, a la luz de los horrores y las maravillas de su tiempo, querrán ser otros distintos? Será importante no andar exigiendo pureza ni olvidar que rara vez se nace del lado correcto de nada.

Peor sería que nada cambie, ¿no?

Sebastián F. Henríquez


NOTAS

1 Horacio Verbitsky, “El Facundo de Walsh”, El Periodista de Buenos Aires, no. 2, septiembre de 1984. Puede consultarse online en https://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/44835.
2 Rodolfo Walsh, Operación masacre, 1964.
3 Rodolfo Walsh. “Nota autobiográfica”, 1965. En www.cultura.gob.ar/rodolfo-walsh-por-rodolfo-walsh-10314.
4 Rodolfo Walsh, Ese hombre y otros papeles personales.

Etiquetado en: dictadura militar argentina de 1976-1983 literatura argentina Operación Masacre Rodolfo Walsh

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