Jean-Paul Sartre y Rossana Rossanda en Roma, probablemente en 1962, en una conferencia del filósofo existencialista. Fuente: https://ilmanifesto.it
A pocos días de la salida del décimo número de Corsario Rojo, presentamos a nuestros lectores un texto de Rossana Rossanda, la dirigente del ala izquierdista-ingraiana del Partido Comunista Italiano. Rossanda llegaría a ser la máxima responsable del área cultural e intelectual del partido entre 1962 y 1966, cuando fue relevada de sus funciones por una maniobra del ala derechista, encabezada por Giorgio Amendola. En 1969, junto a Aldo Natoli, Luigi Pintor, Lucio Magri y otros miembros del PCI, fundó el periódico il manifesto –en alusión al Manifiesto Comunista de 1848–, desde cuyas páginas expresaron abiertamente una crítica a la URSS, motivada por la reciente invasión de Checoslovaquia, y su apoyo a los movimientos obreros y estudiantiles que desbordaban los cauces en los que la dirección comunista pretendía contenerlos. A causa de esta postura izquierdista, que desautorizaba la línea oficial, Rossanda y su grupo fueron suspendidos del partido –en la práctica equivalía a una expulsión–, medida que se conocía con el eufemismo de “irradiación”. La intelectual y política comunista, radicada por aquellos años en Roma, se convirtió en la interlocutora privilegiada de Jean-Paul Sartre (1905-1980) en Italia. Para conocer más sobre la fructífera relación entre ambos autores, tendrán que esperar al próximo número de Corsario Rojo en el que presentaremos un ensayo de Sandra Teroni titulado “Sartre-Rossanda. Un recorrido por la izquierda italiana”, precedido de un texto introductorio de nuestro compañero Nicolás Torre Giménez, de título “Jean-Paul Sartre, el PCF y el PCI”. El artículo que publicamos a continuación fue presentado por Rossana Rossanda en un congreso del año 1987 en forma de ponencia, y fue extraído y traducido por el colectivo Kalewche del libro de Sandra Teroni (ed.), Sartre e Rossanda. Una ingombrante intransigenza, del año 2025.
No oculto mi incomodidad en este congreso: no soy investigadora, sino una persona política, activamente comprometida en la izquierda, que ha tenido con Sartre una relación vital, en el sentido de que fue vital leerlo, seguir su experiencia y, a veces, combatirla. Por ello, lo que diré carece de la objetividad y la distancia que toda investigación debería tener.
También emocional. Al escuchar las interesantes ponencias y ver cómo hoy se publican y se vuelven a publicar sus obras en Francia, y el trabajo de exégesis que se realiza sobre obras que él había terminado hacía tiempo y había dejado de lado porque ya no las consideraba esenciales o correctas, o tan conocidas como aquellas sobre las que ha trabajado el presente congreso, me resulta difícil no sentir que esta actividad se lleva a cabo ya sobre alguien que no solo está físicamente muerto, sino apagado como aporte actual y vivo de las ideas. Cambian las proporciones, el enfoque y el sentido; Sartre fue pronto sepultado y su obra pertenece au temps révolu [al tiempo pasado]. La biografía de Annie Cohen-Solal y el tipo de homenajes que se le han rendido llevan la misma impronta, con un plus de suficiencia, como la que está de moda ahora hacia el intelectual engagé [comprometido], un utopista, un iluso, tal vez incluso alguien que se dejaba embaucar un poco por la política. En el caso de Sartre, por las tramas de la izquierda. A ese temps révolu y a ese engagement [compromiso], sin embargo, yo aún pertenezco; mi testimonio no es desde fuera, sino “desde dentro” y también por eso es parcial.
En cuanto al mérito. Hecho un balance, no creo que la relación entre el Sartre político y la izquierda italiana haya sido culturalmente decisiva –en el sentido de un aporte modificador– ni para uno ni para la otra. Ciertamente, en el corto plazo, en política valen los alineamientos, las resonancias; bajo ese perfil, existe una relación. Pero en lo esencial de las culturas políticas, no me lo parece.
Sartre establece relación con Italia en 1946, al venir aquí; Italia ya ha establecido relación con él –los intelectuales del Norte vinculados a las universidades, a la editorial Einaudi, al grupo que luego formará Il Politecnico1– en el fermento de ideas que se expresa durante los últimos años de la Resistencia. El fascismo también había predicado una «autarquía» cultural, que era un bloqueo de las comunicaciones con las democracias, por lo que 1945 no es solo la reconquista de un sistema político democrático, es la apertura a la elaboración europea y americana del periodo entre guerras. El Partido Comunista –a diferencia de Francia– es en Italia un vehículo de eso que llamará la “desprovincialización” de la cultura italiana y que marca la primera posguerra; antes del llamado al orden que llega desde la URSS, es zhdánoviano2 en torno a 1947-48.
De esta libertad inicial es prueba también el hecho de que Elio Vittorini, de quien no sé si llegó a afiliarse alguna vez al PCI3, dirigiera el diario del partido L’Unità (edición de Milán) antes de dirigir Il Politecnico; es un hombre activamente interesado en aquel florecimiento de frentes y centros culturales que nacen enseguida, tanto en el Norte como en el Centro, propuestos por comunistas más que por el partido en cuanto tal, y que luego conocerán caminos distintos y a veces divergentes. En aquel entonces, de estas revistas, quizás solo Società, editada por Einaudi y que tiene vicisitudes alternas, está más atenta a lo que llegará a ser el “eje Labriola-Croce-Gramsci” como veta preferente a la que se remite la cultura de los comunistas italianos, es decir, la tradición italiana de la izquierda hegeliana. Milán, tanto en Studi filosofici, revista de Antonio Banfi y su escuela, como en Il Politecnico, el periódico y luego revista de Vittorini, está más interesada en Europa y en Estados Unidos. Sartre forma parte, pues, de este descubrimiento y es “usado” para la construcción de un horizonte cultural, como esta mañana ha dicho Faracovi. En todo caso, dudo que haya sido, como ella piensa, escogido y censurado; ha sido seleccionado y “utilizado” como pensamiento vivo, por aquello que en aquel tiempo nos resultaba más elocuente. Todo Il Politecnico toma, publica, difunde fragmentos, se entrega a una suerte de bulimia, una necesidad de saber que al principio no tiene los tiempos ni las reglas de la buena filología.
Este tipo de relación, también con Sartre, entra en crisis cuando entra en crisis Il Politecnico, y poco después Studi filosofici. Sobre esto, rápidamente quisiera recordar que no se trata tanto de un desfase, que resulta evidente en los años de la Guerra Fría y del zhdánovismo, entre la línea del movimiento comunista internacional y esta cultura democrática, avanzada, anárquica, sin disciplina: se trata también, y quizás esencialmente, en el Partido Comunista, de una lucha interesante y poco estudiada por la “hegemonía” cultural del Norte o del Sur. El Norte se ha formado en la cultura moderna, crítica, abierta a la ciencia –también como ciencia social– sustancialmente contra Benedetto Croce (véase, para entenderlo, la colección Orientamenti que Banfi dirigió en Bombiani aún durante la guerra: esos son los referentes). El Sur se quiere heredero de la vena crociana, revisada desde la izquierda, y del gran meridionalismo democrático de Salvemini y de Guido Dorso. Esta división, que poco tiene que ver con la ortodoxia marxista-leninista, durará hasta los primeros años sesenta. En ella se injerta luego la cuestión de la libertad del intelectual y de la disciplina; sin embargo, me permito observar que el caso es más interesante, porque involucra lo que será luego el fundamento de la –si así puedo llamarla– “ideología comunista italiana”.
Y, en efecto, la aventura de Il Politecnico es vivida por Vittorini y los suyos no solo y no tanto como un problema de libertad, sino de “deslegitimación” respecto a la elección que el PCI de Togliatti, y luego la CGIL4 de Di Vittorio, hacen por una Italia caracterizada por la premodernidad, también con sus valores de tradición, en la cual la cuestión del Sur como cuestión histórica es también un símbolo de la “calidad” que aparece como prioritaria para la izquierda: partir de los más desheredados. De maneras muy distintas –Vittorini más interesado en el florecimiento de las culturas con un toque de anarquismo, Banfi en las escuelas de pensamiento europeo más reciente– los grupos milaneses se sitúan en la corriente que había sido también de Giaime Pintor: buscar la cultura “en los puntos altos del desarrollo”. También la política, en los puntos altos. Pero a esto el PCI llegará solo con el final del centrismo, hacia 1959-635, y no sin una aguda lucha interna, y la CGIL con su V Congreso.
He recordado sumariamente este cuadro porque, sin él, se empobrece toda reconstrucción de la trayectoria cultural, y se comprende poco también la diferencia entre el PCI y el PCF. Este último se alinea incondicionalmente a la línea zhdánoviana de la Guerra Fría, dejando a un hombre “de total confianza”, Aragon, sólo un estrecho margen de libertad en las Lettres Françaises; donde puede escribir quien, sin embargo, tenga al menos sus 32 cuartos de Resistencia o esté trabajando sobre lo “nacional-popular”, como Jean Vilar. La Italia comunista aplaude a Zhdánov, en aquel tiempo pone una tirantez sobre Società, cierra Studi filosofici porque ha defendido a Sartre del ataque de Jean Kanapa en la revista teórica del PCF, pero lanza, al mismo tiempo, la edición de las obras de Gramsci, confiadas al editor Einaudi, que constituyen el vínculo entre la cultura progresista, obrera, en parte marxista, y la vena idealista del Sur, pero nutridas de un análisis y de un historicismo nada dogmáticos. La operación “Gramsci” representa el medio fundamental a través del cual el PCI habla a los intelectuales italianos, y de algún modo, si no fusiona, tiende un puente entre culturas del Norte y del Sur. (De esta “heterodoxia” de Gramsci es perfectamente consciente el PCF que, de la obra del fundador del PCI, como es definido, publica una modestísima selección y a esta se atiene; la edición de las obras será tratada solo en 1964 con el editor Gallimard, encargado de la edición el no comunista Robert Paris, y no sé si haya sido completada).
Para volver a Sartre, esta trayectoria debía darle a él, como a otros, una visión de la izquierda italiana como un conjunto fuerte, capaz de transformar el país (socialistas italianos tan distintos de la SFIO de Guy Mollet, y Togliatti tan distinto de Thorez) e intelectualmente más articulada, menos sectaria. Y en efecto es así, también en el estilo. El PCF vive continuas entradas y salidas, todo se convierte en ocasión de tragedias disciplinarias; el PCI no expulsa a nadie por sus ideas –salvo cuando estas, como después de la condena de Tito, esbozan una línea de disenso dentro del movimiento comunista internacional–.
Así, el PCI está atento al Sartre de “Los comunistas y la paz”, que es, por lo demás, el texto sin lugar a dudas más cercano, entre los de Sartre, al pensamiento comunista: como se recordará, no solo Sartre toma entonces partido contra la derecha, sino también contra la izquierda de Claude Lefort (Castoriadis, creo, o un colaborador cercano suyo) que afirma que los intereses del proletariado son diferentes de aquellos que se fundan sobre él. Es un razonamiento “práctico” y “moral” que lleva a Sartre a atacar duramente a quien, en nombre de una pureza marxiana, dejaría a los obreros desprotegidos y expuestos a una operación de la burguesía y de Estados Unidos. En los años sesenta el PCI publicará estos trabajos suyos en sus ediciones bajo el título Il filosofo e la politica.
En aquellos años la izquierda italiana está muy atenta a quien no es anticomunista, mientras que la francesa, sobre todo, a quien es filocomunista. Sartre no se puede catalogar entre estos, sino entre los otros. Suyo es el célebre “Todo anticomunista es un perro”. Por eso, en la Guerra Fría, se alinea resueltamente, guste o no guste a ese PCF con el que había buscado una relación, inmediatamente fracasada, después de la liberación de París. Los congresos por la paz, como la Revolución china, lo ven en la brecha de la lucha por la libertad y contra el colonialismo. Esto en Italia es muy apreciado. Tampoco existe, por lo demás, un tipo de intelectual similar a él; del todo “comprometido” y libre de disciplinas. Pero los dos acercamientos más significativos de la cultura de la izquierda italiana en los años cincuenta me parecen los de 1956, después de los hechos de Hungría, y de los últimos años cincuenta, durante la Guerra de Liberación de Argelia: aquí no hay solo un frente común “contra”.
Sobre el XX Congreso y 1956 –sobre el cual comenzará en Italia también una larga y lenta división entre comunistas y socialistas– Sartre adopta, en lo sustancial, la posición más cercana a la de Togliatti: “El fantasma de Stalin” es un análisis basado en las categorías de ese Isaac Deutscher que determina también la interpretación más “abierta” italiana, y es recuperable en la conocida entrevista de Palmiro Togliatti en Nuovi Argomenti. Es la tesis según la cual no se minimizan los “errores, culpas y crímenes” de Stalin (quien haya vivido aquellos años recordará cuánto contaba en los partidos comunistas el uso, la dosificación e incluso la prioridad de estas tres palabras, que ahora escribo como están pero entonces habría escrito en el orden inverso, como una indicación de posición interna), sino que se reconducen a la especificidad de una revolución ocurrida no en un terreno avanzado, no en un tejido industrializado y relativamente rico, no durante la crisis de una democracia: las tres condiciones que Marx parecía haber presupuesto –a pesar de sus textos sobre China– al razonamiento de El Capital. Por lo demás, ¿no había llamado ya Gramsci (creo que Sartre no lo sabía) a octubre “una revolución contra El Capital”? (se refería a que no se ajustaba al esquema marxiano). De ahí la dificultad de construir una auténtica “dictadura del proletariado” que fuera, como en la Comuna, liberación de fuerzas autogobernadas, y por tanto prioridad del partido/Estado, de ahí la inmadurez de una sociedad civil pobre (al límite de la subsistencia, la condición sartreana de rareté [escasez]), que habían distorsionado autoritariamente y a un precio enorme el paso de una sociedad precapitalista a una potencia industrial carente de propiedad privada de los medios de producción. Se deducía de la tesis de Deutscher, de Sartre, y también de Togliatti, que con el desarrollo llegaría también la fase de la “democracia socialista”: por lo demás, el XX Congreso no había dicho que era necesaria para un más amplio despliegue de los recursos productivos, ¿también humanos?
El PCF atacó a Sartre con violencia; los italianos siguieron en gran parte esa misma vía dentro del PCI, aunque con prudencia y sin convertir a Isaac Deutscher en profeta. Era un trotskista. Sea como fuere, el impacto de 1956 fue en Italia relativamente atenuado por un cierto desprecio del PCI hacia el antiestalinismo de tipo Jruschov, que lo reducía al carácter de un jefe sanguinario; Deutscher daba una explicación del fenómeno histórico más rica que un mero discurso sobre las formas de la democracia institucional, que con los años se convertirá en el discurso base de los socialistas. Si se añade que por los hechos de Hungría no hubo expulsiones, y que a partir de 1957 la apertura de las luchas reabría también el debate, se entiende la total diferencia de marco, y cómo las relaciones que, personalmente, creo, los intelectuales comunistas de cierto peso en el partido construían con Sartre, su venida frecuente a Italia, la participación en iniciativas comunes (firmas, llamamientos) tenían un alcance no solo táctico.
La segunda ocasión sustancial de encuentro fue la Guerra de Argelia, donde, como es sabido, se verificó la primera crisis pública (las no públicas fueron muchas) entre el PCI y el PCF, cuando un Comité Central del PCI votó una moción a favor del FLN. Hacía tiempo que existían contactos entre comunistas y socialistas del Norte y “insoumis” o red del FLN, especialmente en el Norte, donde el paso de frontera de hombres y materiales era sencillo. Supongo que esta actividad, llevada a cabo con discreción para no ofender en exceso al partido hermano, era vista con buenos ojos (y discreción para no ofender al gobierno amigo) por el gobierno italiano, que nunca persiguió a los “insoumis”, que hizo la vista gorda, con la mirada de Enrico Mattei sobre la política italiana en el Mediterráneo y los países productores de petróleo.
El caso es que, cuando salió el Manifiesto de los 121, atacado por el PCF, una municipalidad comunista (que durante la Resistencia había formado parte de la república del Ossola), Omegna, en el Lago de Orta, otorgó solemnemente el premio a Jean-Paul Sartre, en una velada memorable en la que todas las torres de los valles adyacentes encendieron hogueras. El Ministerio del Interior presentó una protesta, pero esto dio a la ceremonia una resonancia nacional6.
Fueron estos, creo, los dos momentos de acercamiento político de fondo –decisiones comunes y en cierto modo costosas para la parte italiana, con el empeoramiento de las relaciones con el PCF–. Con el inicio de los años sesenta, como también ha recordado la ponencia de Davies, la revista de Sartre Les Temps Modernes dedica mucha atención a Italia. Desde 1960 en adelante, de hecho, una parte de la izquierda italiana –transversal a los partidos, porque formaba parte de ella la vertiente ingraíana7 del PCI, la comunista trentiniana de la CGIL8, la socialista de Foa vinculada al sindicato9, el ex líder socialista Raniero Panzieri de los Quaderni Rossi10, el primer coagulo de una nueva izquierda intelectual– trabaja en una refundación, a la vez radical y teóricamente más ligada a Marx, del análisis y de la perspectiva, con vistas a “volver a poner en el orden del día el problema de la revolución italiana”. Este tema era todo menos pacífico en el PCI, como en todos los partidos occidentales: estos son, como el francés, grandes formaciones protestatarias y “progresistas”, cuya doctrina imbuida de estalinismo no pide insurrecciones o modificaciones revolucionarias, sino el “cumplimiento” de la “revolución democrático/burguesa”. No es casualidad que, como todos saben, en la posguerra se haya hablado muy poco de Marx, en la URSS y en otros lugares. Una temática de los “trabajadores” y de los “derechos” de acceso (al estudio, al trabajo, a la vivienda), y de democracia política sustituye de hecho a una temática rigurosamente clasista: la gran división se produce más en este frente, en el interior, y en el de paz o guerra, a nivel internacional, que no en temáticas marxistas clásicas. En Italia, con el final del centrismo, las grandes migraciones del Sur al Norte, el impetuoso desarrollo del industrialismo y de un proletariado muy avanzado y moderno, con los años sesenta se empieza a preguntar, aunque sea por parte de las minorías –pero con gran peso en la cultura–, si no habrá madurado un problema de transformación radical. Como es sabido, esta temática se volverá ardiente y perdedora en los años setenta.
A esta investigación, que sale de los carriles habituales de las categorías del léxico comunista y socialista, Les Temps Modernes le presta gran atención. Sin embargo, dudaría en decir que la atención es personalmente de Sartre: lo es más de André Gorz y de Serge Mallet, el joven teórico de la “nueva clase obrera” que perecería pronto en un accidente de coche. Si puedo aventurar una hipótesis, Sartre dejó a esta investigación el más amplio espacio, pero realmente no era la suya porque no creo que se le pueda definir como un marxista. Era verdaderamente un hombre de izquierdas, un “radical” al que le interesaba más toda la temática del “poder”, de la subjetividad directa de la persona y del “grupo en fusión”, hasta el simbolismo del “gesto”, que no un apasionado de la historia de la sociedad y de la clase, y de los “poderes” invisibles de la acumulación del capital. En aquellos años, la formación de una juventud rebelde (los “blousons noirs”, “chaquetas negras” en Francia, y en Italia “i ragazzi con le magliette”, “los chicos con las camisetas”) le apasionaba más que el nuevo proletariado que dejaba atrás el Sur y descubría en Turín tanto la organización de lucha como el modelo burgués de los consumos. De ello le vino la persuasión de que Italia era un hervir social de gran interés, a diferencia de Francia, a la que encontraba apagada, pero seguía el renacer de un marxismo efectivo con una total simpatía y una, creo, igualmente total distancia. En esos mismos años, el discurso de la “coexistencia” entre intelectuales con el mundo comunista le interesó y lo ocupó ciertamente más.
A Italia, sin embargo, viene a menudo y sus vínculos con el PCI van de lo personal a lo político. En Roma y en Capri se encuentra habitualmente con el responsable cultural del PCI, Mario Alicata; cuando yo lo sustituí en 1963, me llamó por teléfono, para mi sorpresa, para pedirme una especie de “visto bueno” para la reanudación por parte de la compañía teatral de Gianfranco de Bosio, en Turín, de Las manos sucias, de la que no había autorizado la puesta en escena y temía que ofendiera al PCI. Naturalmente, no lo ofendía en absoluto (y tampoco causó la impresión que causaba en otros tiempos ni siquiera en el público –realmente el horizonte cambiaba–). Le gustó, una o dos veces durante sus estancias en Italia, subir las escaleras de la dirección comunista, sin controles ni rejas; una noche cenamos, él y Simone de Beauvoir, con Togliatti y Nilde Iotti –fue un encuentro amistoso, en la curiosidad recíproca, sin gran interés político–.
Y se mostraba igualmente amistoso, pero creo que no estaba locamente interesado, con el viraje que por mi parte intenté imprimir a la política cultural del PCI: basta de alianzas tácticas con los intelectuales por la paz, o la libertad, etc., unidas a un riguroso sectarismo sobre las orientaciones de su producción, en nombre de lo “nacional popular” y del “realismo” más o menos crítico. Los intelectuales eran libres de producir lo que quisieran; la única “cultura” de la que el partido debía ocuparse era su raíz teórica e histórica, Marx, el marxismo de la vulgata, los “socialismos reales”, las ortodoxias y las herejías, en un redescubrimiento actualizado de una teoría de clase. Así empezamos a publicar los primeros debates del Partido Comunista Bolchevique, Trotski, Zinóviev, Rosa Luxemburgo, volviéndonos más cercanos al ala socialista de Basso, por un lado, de Foa por el otro, y de los herederos de Raniero Panzieri en la vertiente más extrema. Creo que de esto Sartre apreciaba el espíritu de libertad, pero no el objeto de la investigación. Que, por lo demás, terminó con mi exclusión de cualquier cargo de partido en 1966 y, luego, del propio partido en 1969.
Desde entonces, la actitud hacia la izquierda italiana no es diferente, creo, de la que Sartre adopta en Francia a partir de 1968. Ante todo, el sentido, la dirección cultural del primer movimiento es bastante similar en todos los países; en todo caso, es curioso cómo para Jean-Paul Sartre una explosión tan afín a su formación más profunda iba acompañada, sin embargo, como él mismo me dijo, de una fuerte reserva sobre la naturaleza “antiintelectualista” del movimiento. Es curioso porque, en realidad, era un movimiento muy “culto” y lo que ponía en cuestión era, en todo caso, el privilegio social de los “maîtres à penser”, [“maestros del pensamiento”]. Es cierto que, para Sartre y Simone de Beauvoir, el papel de “intelectuales testigos” había sido decisivo, su forma más intrínseca de compromiso social. Sin embargo, el “mayo” debería haber entusiasmado a Sartre, según mis previsiones. En cambio, él lo amó mucho, se acercó a él con cierta vacilación la primera vez que entró, no sé si en el Odéon o en la Sorbona, pero lo sintió como algo que no era suyo, hasta que una parte del movimiento –la que se convertiría en la Gauche prolétarienne, los “maos de Francia”– no lo buscó como aliado y no lo encontró como maestro, sino al menos como igual. Entonces vivió una verdadera fase de militancia, la que desembocaría en On a raison de se révolter, conversación con Pierre Victor (Benny Lévy) y Philippe Gavi. Pierre Victor era el líder de la formación; y creo que es lícito aventurar la hipótesis de que la frecuentación de Sartre tuvo una influencia determinante en alejar a los “maos de Francia” de una deriva que había seguido el movimiento italiano, hacia formas de violencia o “lucha armada”: breve fue el tiempo de la ocupación de las Ardenas, ventilada como “zona liberada” de Francia y de la “resistencia” contra los burgueses, al igual que contra los alemanes. En 1972, la Gauche prolétarienne cambia de rumbo, y para siempre. Sartre permanece con ella. Tiene su papel, comprometido y gestual, en la venta militante por la calle, en La Cause du peuple, en la agencia fundada con Clavel (del cual creo que todo lo separaba), más tarde en Libération. Fue, a decir verdad, un papel de acusador público contra la represión y de financiador privado de estas empresas editoriales.
En Italia dio en 1969 a il manifesto su entrevista más comprometida sobre “Partido y movimiento”, que apareció en la revista del grupo y luego en Les Temps Modernes; pero su simpatía más natural iba hacia el grupo de Lotta continua, los más nuevos, menos clásicos, menos ligados a la tradición obrera. Ya estaba bastante mal cuando les dio, creo, una de las últimas entrevistas en Italia y envió una adhesión al Congreso de Bolonia de 1977; pero no sin antes haberme preguntado de qué se trataba. Estaba a la vez lejos y cerca.
Lo que con el 1968 se había consumado, entre la invasión de Checoslovaquia y el movimiento, había sido el camino accidentado, pero en cierto modo paralelo, de Sartre con las luchas del movimiento comunista. No solo éste ya no luchaba, sino que había aparecido una nueva figura de rebelde, más afín a su formación, más semejante al grupo en fusión, más moderna. Un marxismo “de las necesidades”, la sociedad “deseante” eran, en verdad, un último y difuso fruto suyo, como también la angustia y la crisis; aunque nadie, o muy pocos, reconocen la huella de Sartre en estos eventos, más sufridos que queridos, con la deriva o el reflujo del movimiento. A los comunistas, él ya no tenía nada que decir, ni ellos a él; y si admitía, todavía en 1973, que en Italia seguía en pie un movimiento vasto de la sociedad civil, imbricado con los obreros de los consejos, le bastaba afirmarme que en Francia no existía ni esa tradición ni esa posibilidad, para desplazar su interés hacia el diálogo con los jóvenes franceses de la Gauche prolétarienne, y lo que quedaba de ella.
En cuanto a la cultura socialista –él, democrático y libertario– nunca se interesó por ella, considerándola sustancialmente “burguesa”; esa crítica al movimiento o al partido o al socialismo real le parecía parlamentarista, envejecida, nula. Cuando lo encontré en 1971, pasando por París para ir a Chile, me dijo que la experiencia de Allende no le interesaba en absoluto y se sorprendió cuando, a mi regreso, le describí el nivel de conflictividad que incluso un poder alcanzado electoralmente (él permaneció persuadido de su “élections, piège à con”, “elecciones, trampa para imbéciles”) podía suscitar.
La última parte de su vida es la que en Francia habrá que escribir, cuando los jóvenes con los que se siente por primera vez militante (aunque con un agudo sentido de su vejez, de no poder “correr”, “estar” en la refriega) viran hacia el redescubrimiento de la democracia “burguesa” y cuestionan “el poder en la calle”, remontando paulatinamente desde el gulag hasta Marx y desde Marx hasta la Revolución francesa, como adversarios de un único sistema posible de contrato social regulado. El texto más explícito fue publicado por Benny Lévy en Le Nouvel Observateur, poco antes de la muerte de Sartre, porque Les Temps Modernes no lo quiso publicar; y se puede entender. Sartre era acosado como un “maestro activo”, aquel que predicando “fraternidad” había también predicado la pareja inseparable “fraternidad/terror”. Este último diálogo, en el que el joven culpa al viejo, pero este no concede mucho, me ha parecido muy dramático. En Italia tendrá eco más tarde.
Para concluir, no puedo más que retomar lo afirmado al principio: entre Italia y Sartre hubo amor, no un trabajo político/intelectual común. Este amor tuvo sus altibajos, pero duró esencialmente desde 1946 hasta 1968. Luego Italia sería esencialmente Roma, los amigos, comunistas y no, los largos paseos al sol o al atardecer, ya casi ciego. No sé si sentía que tenía en Francia muchos interlocutores; en Italia no los tuvo. Tampoco en un sentido más estrictamente filosófico después de la muerte de Enzo Paci, discípulo de Banfi, que fue quien más se le acercó. Pero no creo que haya sentido, como Simone de Beauvoir, la soledad. Su curiosidad por el mundo y por la vida siguió encendida como en su juventud, hasta intentar leer con los ojos de otros, escribir con las manos de otros, vivir a través de jóvenes interpuestos. Cuando murió, Italia estaba en el fragor del terrorismo, en cierto modo un país aparte, separado –del cual no tuve ocasión de hablar con él–.
Rossana Rossanda
NOTAS
1 Il Politecnico fue una revista italiana de cultura y política, fundada y dirigida por el escritor de Elio Vittorini, que se publicó en Milán entre septiembre de 1945 y diciembre de 1947. Tras la caída del fascismo, la revista nació con el ambicioso objetivo de “reconstruir” la cultura italiana, abriéndola a las corrientes europeas y americanas que habían estado prohibidas durante la dictadura. Aunque era financiada por el PCI, la línea editorial de Vittorini defendía la autonomía de la cultura frente a la política, rechazando ser un mero instrumento de propaganda. Esto provocó un célebre enfrentamiento con Mario Alicata y el secretario del partido, Palmiro Togliatti, que defendían un control más férreo sobre la cultura por parte del PCI (Nota del traductor).
2 por Andréi Zhdánov, el dirigente soviético que, a partir de 1946, impuso la famosa “doctrina Zhdánov”, una línea cultural e ideológica que dividía el mundo en dos campos: el “imperialista” (capitalista) y el “democrático” (soviético). En el terreno cultural, la “línea zhdánoviana” significaba: 1) combate al “formalismo” y al “cosmopolitismo” en el arte y la literatura; 2) exaltación del realismo socialista como única expresión literaria y artística legítima; 3) control férreo del partido sobre los intelectuales; 4) cierre al influjo de la cultura occidental “burguesa”. Es decir, que el PCI, en su primera fase (1945-46), fue un motor de apertura cultural. Pero hacia 1947-48, antes incluso de que el “llamado al orden” soviético se impusiera del todo, el PCI ya viró hacia la ortodoxia zhdánoviana, cerrando filas y abandonando esa apertura inicial (Nota del traductor).
3 “En 1945, Vittorini era un escritor reconocido, un protagonista destacado de la escena editorial milanesa y, aunque nunca fue un miembro con carnet del PCI, podía considerarse un activista del partido”: Anna Baldini, “Working with images and texts: Elio Vittorini’s Il Politecnico” en Journal of Modern Italian Studies, 21:1, 50-64, http://dx.doi.org/10.1080/1354571X.2016.1112064 (Nota del traductor).
4 CGIL son las siglas de Confederazione Generale Italiana del Lavoro (Confederación General Italiana del Trabajo). Es el principal sindicato italiano, de orientación históricamente de izquierda (vinculado al PCI y al PSI en sus orígenes), y sigue siendo hoy uno de los sindicatos más importantes de Italia (Nota del traductor).
5 Se refiere al agotamiento de la fórmula política centrista en Italia (dominada por la Democracia Cristiana desde 1948) y su reemplazo por la nueva mayoría de centro-izquierda (DC, PSI y otros partidos menores), impulsada por la necesidad de aislar al Partido Comunista Italiano (Nota del traductor).
6 Un episodio de aquel premio retrata su carácter. Sartre llegó a Milán, como siempre, por su cuenta y se alojó por su cuenta, y era toda una empresa invitarlo a cenar (en las casas, se aburría mortalmente). El premio consistía en un millón de liras, que el alcalde de Omegna le entregó en un sobre y que él se guardó al bolsillo, en el dancing en el que se celebraba la ceremonia, y donde por una noche se habló de cosas serias. A la mañana siguiente me llamó muy alarmado desde el hotel; al volver había tirado el sobre a la papelera, y la camarera, al hacer la limpieza, lo había encontrado y había visto que dentro había un cheque. Sartre protestó vigorosamente: estaba convencido de que el premio de un millón era una formalidad, que en el sobre no había nada, que no lo quería en absoluto, que nunca había querido ningún premio –como es sabido– y que había venido al Lago de Orta por una causa política. En conclusión, el millón fue dividido por la mitad: la mitad fue destinada a la defensa de los “insoumis”, la mitad a la construcción que había visto de una guardería en Omegna para hijos de partisanos. El cheque, devuelto al alcalde del pequeño pueblo, tuvo pues esta suerte. Sartre se hizo siempre pagar por los “otros”, por el empresario; y donaba el dinero a las causas que le interesaban; él y Simone amaban viajar, y por lo demás vivían modestamente. Salvo lo que gastaban para dar de comer a media humanidad en el almuerzo y la cena, y las ayudas a los amigos. Un día, cuando reproché a Sartre la adaptación cinematográfica de Los secuestrados de Altona, me dijo alegremente que el cine no le interesaba, vendía los guiones a quien mejor le pagaba y luego no iba a ver el resultado (Nota de la autora).
7 Se refiere a la corriente interna del Partido Comunista Italiano liderada por Pietro Ingrao, periodista, político y dirigente comunista. Ingrao representaba el ala izquierdista y crítica dentro del PCI, que defendía una mayor democracia interna, una apertura hacia los movimientos sociales y una reflexión más radical sobre la transformación de la sociedad, en contraposición a la línea más moderada de Togliatti y luego de Berlinguer. El ala derecha estaba representada por Giorgio Amendola.
8 Corriente de pensamiento dentro de la CGIL (Confederazione Generale Italiana del Lavoro), fuertemente ligada a la figura y las ideas de Bruno Trentin, que se caracterizaba por una búsqueda de autonomía del sindicato respecto al partido y una innovación teórica constante.
9 Por Vittorio Foa, dirigente socialista y sindicalista, importante figura de la CGIL.
10 Intelectual socialista, fundador de la revista Quaderni Rossi, que impulsó una relectura crítica de Marx.