Ceremonia del reentierro de Andryi Melnyk y su esposa en el Cementerio Nacional Militar Conmemorativo, cerca de Kiev, el 25 de mayo de 2026. Fuente: Oficina del Presidente de Ucrania.
El presente artículo de Marta Havryshko fue originalmente publicado en The New Paradigm, el 4 de junio del corriente año, bajo el título «A Conspiracy of Silence? How National Myths Threaten Ukraine’s Democratic Future». The New Paradigm es la revista digital que edita el Institute for New Global Politics de California.
Historiadora ucraniana de familia judía, nacida en Leópolis en 1984, graduada en la Universidad Nacional Iván Frankó de su ciudad natal, Havryshko se ha especializado en el estudio del Holocausto, la violencia sexual contra las mujeres y las ultraderechas etnonacionalistas en Ucrania, desde el clásico banderismo pronazi o filonazi del período de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial –el partido político OUN de Stepán Bandera y su brazo armado UPA, básicamente– hasta Práviy sector y la Brigada Azov –entre otros grupos neofascistas o neobanderistas, fuertemente militarizados como tropas regulares del Ejército o milicias paraestatales– en la actualidad y el pasado reciente postsoviético, más acá y más allá de la crisis del Maidán (2013-2014) que derivó en la anexión rusa de Crimea, la guerra civil del Dombás y la llamada “Operación Militar Especial”. Debido al enrarecido clima chovinista de censura y persecución ideológica en su país, ella se ha radicado en Estados Unidos, donde ejerce la docencia en la Universidad Clark de Worcester, Massachusetts, dentro del Strassler Center. Integra, asimismo, el grupo de investigación internacional SVAC (Violencia Sexual en Conflictos Armados, por sus siglas en inglés).
La traducción del inglés es nuestra, igual que las aclaraciones entre corchetes. Supimos del artículo y su autora por el analista noruego Glenn Diesen, quien la entrevistó para su podcast The Greater Eurasia hace un mes. Recomendamos ver esta extensa entrevista, llena de datos valiosos y reflexiones agudas. La conversión, que tuvo precisamente como puntapié el nuevo texto de Havryshko, está disponible en YouTube. Encontrarán una versión con doblaje automático al castellano aquí.
En 2019, Volodymyr Zelensky se arrodilló ante la tumba de su abuelo, Semen Zelensky, un condecorado veterano de la Segunda Guerra Mundial que luchó contra la Alemania nazi en las filas del Ejército Rojo. En mayo de 2026, se arrodilló ante la tumba de Andriy Melnyk (1890-1964), un ucraniano que colaboró con los nazis.
Pocos de entre el 73% de los ucranianos que votaron por Zelensky en las elecciones presidenciales de hace siete años podrían haber imaginado tal transformación. Para algunos, puede que esto refleje simplemente la evolución de la narrativa nacional de Ucrania en tiempos de guerra. Para otros, puede parecer una traición a los valores y a la memoria histórica que Zelensky parecía encarnar en su día.
Sin embargo, una cosa sigue siendo cierta: la historia y la memoria de la Segunda Guerra Mundial siguen ocupando un lugar central en la sociedad ucraniana actual. Continúan siendo no solo una poderosa fuente de movilización nacional, sino también una línea de fractura persistente que da forma a los debates políticos, a las identidades en conflicto y a las divisiones cada vez más profundas dentro del país y con sus socios.
Esto quedó especialmente patente a finales de mayo, en el contexto de dos acontecimientos. El primero fue el reentierro con honores militares de Andriy Melnyk, líder de la Organización de Nacionalistas Ucranianos (OUN, por sus siglas en inglés), en Ucrania. El segundo fue la decisión de bautizar el Centro de Operaciones Especiales de las Fuerzas de Operaciones Especiales de las Fuerzas Armadas de Ucrania con el nombre de los Héroes del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA).
La ceremonia de reentierro de Melnyk tuvo lugar el 25 de mayo en el Cementerio Nacional Militar Conmemorativo, a las afueras de Kiev, y contó con la presencia del presidente Zelensky, el primer ministro, funcionarios del gobierno, políticos, miembros del clero y algunos ciudadanos. También asistieron soldados de la Tercera Brigada de Asalto del Tercer Cuerpo de Ejército, de origen azovita [por la Brigada Azov, antes un batallón e inicialmente una milicia]. Su presencia resultó especialmente reveladora. De entre las más de 120 brigadas y una fuerza militar que cuenta con aproximadamente un millón de efectivos, se invitó a esta unidad a participar en la ceremonia. Es poco probable que esa elección fuera casual. La Tercera Brigada de Asalto se ha presentado desde hace tiempo como heredera ideológica de las tradiciones de la OUN y el UPA, por lo que su participación resultaba simbólicamente coherente con el mensaje general del acto.
Igualmente digno de mención es el enfoque propio de la brigada respecto a la memoria histórica. En 2023, la Tercera Brigada de Asalto organizó una exposición en el Museo de Historia de Kiev donde soldados en servicio activo recrearon fotografías emblemáticas de combatientes de la División «Galitzia» de las Waffen-SS. La tradición de conmemorar a la División se ha extendido ahora a otras brigadas integradas en el Tercer Cuerpo de Ejército, una formación construida en torno al modelo organizativo y la cultura de la Tercera Brigada de Asalto. Este año, en abril, el Tercer Cuerpo de Ejército conmemoró el aniversario de la División Waffen-SS Galitzia con discursos, un concierto y una marcha con antorchas, sin prestar absolutamente ninguna atención al 8 de mayo, día oficial en Ucrania en el que se conmemora la derrota del nazismo. La conexión es significativa: el propio Melnyk apoyó activamente la creación de la División Waffen-SS Galitzia en 1943.
Hay otro detalle que merece atención. Oleksandr Alfiorov, actual director del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional, también estuvo presente en el nuevo entierro de Melnyk. Antes de asumir su cargo actual, Alfiorov sirvió como oficial en la Tercera Brigada de Asalto. Por lo tanto, es plausible que desempeñara un papel a la hora de facilitar la participación de sus antiguos compañeros en lo que fue, desde cualquier punto de vista, una ceremonia de Estado altamente simbólica.
El nuevo entierro de Melnyk suscitó críticas por parte de las autoridades israelíes y de Yad Vashem, que recordaron a Kiev la colaboración de Melnyk con la Alemania nazi. El hecho de rebautizar una unidad militar en honor a los “héroes del UPA” también provocó objeciones por parte de Polonia, que considera al UPA responsable del genocidio de polacos durante la Segunda Guerra Mundial. Según las estimaciones del Instituto Polaco de la Memoria Nacional, el número de víctimas polacas ascendió al menos a 120 mil.
Según se ha informado, el presidente polaco, Karol Nawrocki, tomó medidas para despojar al presidente Volodymyr Zelensky de la Orden del Águila Blanca, la más alta distinción estatal de Polonia. Marcin Przydacz, director de la Oficina de Política Internacional, insistió en que Zelensky debería llamar personalmente al presidente polaco y disculparse por su decisión. Mientras tanto, el exembajador polaco en Ucrania, Bartosz Cichocki, devolvió la Orden del Mérito de Ucrania que Zelensky le había concedido en 2022. En otro gesto simbólico, el Ayuntamiento de Lublin [una de las ciudades polacas más sensibles a la memoria de la Shoá, por su trágica experiencia histórica de primera mano] retiró la bandera ucraniana de su edificio, donde había ondeado ininterrumpidamente desde 2022.
La parte ucraniana no tardó en compartir la responsabilidad con el personal militar implicado. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Heorhii Tykhyi, subrayó que la decisión de bautizar la unidad con el nombre de “Héroes del UPA” había partido de los propios soldados, quienes, según argumentó, “sin duda no tenían intención alguna de ofender al amigo pueblo polaco”. Según Tykhyi, para estos militares, el legado del UPA simboliza únicamente la resistencia a las políticas imperialistas de Moscú y “no va dirigido en modo alguno contra los polacos”. Militares de otras unidades avivaron la polémica en las redes sociales difundiendo el lema nacionalista ucraniano “Nuestra tierra, nuestros héroes”. La esencia de este lema es que los ucranianos, como nación soberana, son los únicos que tienen derecho a decidir a quién honran como héroes nacionales. Ningún actor foráneo –ya sean gobiernos extranjeros, organizaciones internacionales o críticos del extranjero– puede dictar esas decisiones, incluso cuando provoquen malestar, indignación o conmoción entre otros.
¿De quién es el Panteón Nacional?
Andriy Melnyk fue enterrado en el Cementerio Militar Nacional Conmemorativo de Kiev. Se espera que, en el futuro, sus restos sean trasladados al Panteón Nacional de Héroes, un complejo conmemorativo que las autoridades ucranianas han prometido en repetidas ocasiones crear. No se trata simplemente de una cuestión de disposiciones funerarias. Es un acto simbólico de gran calado que sitúa a Melnyk en el panteón oficial de figuras consideradas dignas de conmemoración nacional y de honor público.
Esto plantea inevitablemente una pregunta fundamental: ¿quién decidirá, y según qué criterios, qué personajes históricos merecen un lugar en este Panteón? ¿Y por qué Melnyk –una de las figuras más polémicas de la historia moderna de Ucrania– es uno de los primeros en recibir este homenaje? ¿Por qué se ha organizado esto precisamente ahora? ¿Cuál ha sido el papel personal de Zelensky en todo esto?
La ironía es difícil de pasar por alto. Melnyk, un hombre ampliamente criticado por su colaboración con la Alemania nazi, está siendo homenajeado con ceremonias de Estado bajo el mandato de un presidente de ascendencia judía. Este nuevo entierro no tuvo lugar bajo el gobierno del presidente Víktor Yushchenko, cuya fascinación por la historia de la OUN y el UPA le llevó a otorgar el título de “Héroe de Ucrania” a otro líder de la OUN, Stepán Bandera. Tampoco se produjo bajo el mandato del presidente Petro Poroshenko, quien impulsó con éxito una legislación que reconocía a los miembros de la OUN y el UPA como “luchadores por la independencia de Ucrania”. En cambio, se materializó bajo el mandato del presidente Zelensky, quien en su día parecía política y culturalmente alejado de esa agenda nacionalista. Zelensky forjó gran parte de su carrera como cómico satirizando el nacionalismo de Ucrania occidental [el histórico baluarte de la ultraderecha chovinista antirrusa, con epicentro en Leópolis] y a sus líderes. Su apoyo a una figura como Melnyk representa, por lo tanto, un notable alejamiento de la imagen y los instintos políticos que antes le definían.
Otro detalle llamativo es que la decisión de volver a enterrar a Melnyk se tomó sin audiencias públicas ni una consulta significativa con historiadores y otros expertos. El gobierno no ha explicado a la ciudadanía en general por qué Andriy Melnyk –un hombre que apoyó los planes nazis para construir un “nuevo orden en Europa”, y cuyos seguidores prestaron servicio en unidades de policía auxiliar en la Ucrania ocupada por los nazis– debería ser incluido en el Panteón Nacional de Héroes. Estos policías auxiliares perseguían a los judíos que se ocultaban, vigilaban los guetos, escoltaban a los judíos hasta los lugares de ejecución y participaban en fusilamientos masivos [como las masacres de Babi Yar en las afueras de Kiev, entre 1941 y 1943, donde perecieron decenas de miles de judíos, comunistas y gitanos]. Sin embargo, la cuestión de si tal legado es compatible con los valores democráticos ha brillado por su ausencia en el debate público.
No obstante, el gobierno ya ha dado a entender que otros miembros de la OUN serán incorporados próximamente al Panteón Nacional de los Héroes, entre ellos Yevhen Konovalets y, muy posiblemente, Stepán Bandera, la figura más emblemática del nacionalismo ucraniano. La tendencia es innegable. El Gobierno de Zelensky parece estar haciendo especial hincapié en los líderes de la OUN y el UPA porque, en el discurso contemporáneo de Ucrania en tiempos de guerra, han llegado a encarnar el ideal de la resistencia sin concesiones al dominio soviético. Desde esta perspectiva, su legado histórico ofrece un poderoso recurso simbólico para la resistencia a la actual agresión rusa.
En una narrativa tan militarizada y centrada en los héroes, queda poco espacio para la empatía hacia las víctimas de la OUN y el UPA. El énfasis en el heroísmo, el sacrificio y la resistencia nacional tiende a eclipsar el sufrimiento de las decenas de miles de polacos, judíos y otros vecinos «enemigos» –entre ellos mujeres, niños y ancianos– que fueron brutalmente asesinados en pos de una «Ucrania ideal».
Como consecuencia, la memoria histórica corre el riesgo de volverse cada vez más selectiva. El último ejemplo de ello es una exposición del Instituto Ucraniano de la Memoria Nacional con motivo del aniversario de la Segunda Guerra Mundial que se celebra este año, en la que la historia de la OUN y el UPA aparece exclusivamente dentro del contexto de su lucha por la soberanía ucraniana. Sin embargo, destaca la ausencia de cualquier mención a su participación en la violencia antijudía, incluido el pogromo de Leópolis de 1941, su complicidad en el Holocausto nazi o el asesinato de judíos que se ocultaban. La exposición tampoco dice nada sobre los crímenes en masa de civiles polacos en Galitzia y Volinia [dos regiones del occidente ucraniano que fueron parte de Polonia]. Estas omisiones difícilmente pueden considerarse accidentales. La misión del Instituto no es afrontar verdades históricas incómodas, sino construir y mantener un mito nacional heroico.
Un silencio ensordecedor
Igualmente llamativo es el hecho de que el nuevo entierro de Andriy Melnyk no haya suscitado críticas por parte de la intelectualidad liberal de Ucrania. El debate público se ha centrado en el lugar de enterramiento, el diseño del monumento y otros detalles de procedimiento, pero no en el nuevo entierro en sí ni en la cuestión más amplia de si Melnyk debe formar parte del panteón nacional de héroes. Ese silencio resulta a la vez revelador y preocupante. Sugiere que cuestiones que en otro tiempo habrían provocado un intenso debate público se dan cada vez más por sentadas. La ausencia de una discusión seria sobre la idoneidad de elevar a Melnyk a la categoría de héroe nacional plantea importantes interrogantes sobre el estrechamiento de los límites del debate aceptable en torno a la memoria de Ucrania en tiempos de guerra. Lo que está ocurriendo en los círculos intelectuales de Ucrania a este respecto puede describirse como una conspiración del silencio.
Las bases de este cambio se sentaron tras la revuelta del Maidán de 2013 y la aprobación de la Ley de Memoria de Ucrania de 2015. Esta ley reconoció oficialmente a la OUN y al UPA como “luchadores por la independencia de Ucrania”, mientras que el art. 6 desalienta y penaliza de hecho las críticas a su legado, que considera una falta de respeto a la memoria de los luchadores por la independencia y una afrenta a la dignidad de la nación ucraniana.
La legislación se promulgó tras la anexión de Crimea por parte de Rusia y en pleno apogeo de la guerra en el Dombás. Sus artífices no ocultaron sus intenciones: la memoria histórica debía servir como instrumento de movilización nacional frente a la agresión externa. En aquel momento, los críticos advirtieron que las leyes podrían reducir el espacio para el debate libre y hacer cada vez más difícil abordar de forma crítica la compleja y controvertida historia de la OUN y el UPA.
Esas preocupaciones no han hecho más que acentuarse desde que Rusia lanzara su invasión a gran escala en febrero de 2022. A medida que la guerra se ha intensificado, también lo ha hecho la tendencia a enmarcar la historia a través del prisma de la resistencia nacional y el sacrificio militar. En un entorno así, cuestionar las narrativas épicas resulta cada vez más difícil, mientras que los debates matizados sobre la responsabilidad histórica, el colaboracionismo y la violencia quedan cada vez más relegados a un segundo plano.
Desde entonces, un número cada vez mayor de intelectuales ucranianos ha adoptado una forma de autocensura. Reacios a «crear problemas» en tiempos de guerra, muchos han defendido que los debates sobre el pasado difícil y controvertido del país deberían posponerse hasta después de la victoria. Las consecuencias de esta mentalidad van mucho más allá de la memoria histórica. En este contexto, las críticas al gobierno –incluso cuando son constructivas, mesuradas y se formulan de buena fe– se ven cada vez más con recelo. En lugar de considerarse un rasgo normal y necesario de la vida democrática, la disidencia se presenta a menudo como algo que socava la unidad nacional y, en ocasiones, como algo que roza la deslealtad.
En un país en guerra, ya no se espera simplemente que uno sea un intelectual. Cada vez más, se espera que uno se convierta en un «intelectual ucraniano» –una «voz de Ucrania ante el mundo»–, encargado de representar la causa de la nación en la escena internacional. En la práctica, sin embargo, este papel suele conllevar obligaciones implícitas. Se espera que el intelectual no se limite a interpretar la realidad, sino que refuerce la narrativa bélica del Estado y contribuya al proyecto más amplio de movilización nacional. La frontera entre la investigación crítica independiente y la defensa patriótica se vuelve cada vez más difusa. El resultado es una esfera pública en la que la reflexión crítica sobre el pasado de la nación queda progresivamente subordinada a los imperativos de la unidad nacional, la lealtad política y las necesidades de la guerra. Las cuestiones que complican las narrativas dominantes suelen aplazarse, suavizarse o no plantearse en absoluto.
Otros creen sinceramente que, en una época que se percibe ampliamente como una guerra existencial, Ucrania necesita mitos históricos unificadores capaces de movilizar a la sociedad en torno a la defensa de la soberanía nacional. Como resultado, algunos académicos, intelectuales públicos y educadores ucranianos se han convertido en partícipes activos de la construcción de una narrativa nacional heroica centrada en la OUN y el UPA. En lugar de cuestionar las narrativas históricas simplificadas, la memoria selectiva o los silencios políticamente correctos, a menudo han contribuido a legitimarlos en nombre de la unidad nacional. La consecuencia es una convergencia cada vez mayor entre el mundo académico, la política de la memoria y los intereses del Estado. Un ejemplo notable es Yaroslav Hrytsak, profesor de la Universidad Católica de Ucrania, quien se pronunció sobre Stepán Bandera –ícono fascista del nacionalismo ucraniano y líder de la OUN– en los siguientes términos: “El mito de Bandera es un mito sobre la resistencia de Ucrania frente a su enemigo. Pero, como ciudadano, no voy a tocar este mito, especialmente en tiempos de guerra. Porque el mito contemporáneo de Bandera no es tóxico”.
Otra razón de este silencio es que el mito de la OUN y el UPA se ha arraigado en la cultura militar ucraniana actual. El lema “Diferentes siglos, el mismo enemigo” ha convertido al UPA en un espejo histórico de la guerra actual contra Rusia. Como resultado, criticar al UPA suele interpretarse como una crítica a las propias Fuerzas Armadas de Ucrania, la institución que goza de mayor confianza en el país. Esto ayuda a explicar por qué los académicos ucranianos han ignorado en gran medida el hecho de que algunas unidades militares llevan los nombres de Nachtigall y Roland (batallones de la Abwehr formados por miembros de la OUN en 1941 que participaron en la invasión nazi de la Unión Soviética, en actos de violencia antijudía y en operaciones contra los partisanos).
Otro sector de la élite intelectual de Ucrania guarda silencio, no porque esté de acuerdo con el giro etnonacionalista de la política de la memoria, sino porque teme las consecuencias de ser considerado desleal. En una sociedad en guerra, donde los autoproclamados patriotas de la retaguardia buscan constantemente una «quinta columna» y supuestos colaboracionistas, es muy fácil convertirse en un objetivo.
Lo sé por experiencia propia. Después de empezar a investigar la violencia de género cometida por la OUN y el UPA, me enfrenté a hostigamientos, prohibiciones de publicación, amenazas de despido, insultos antisemitas, amenazas de muerte y acoso dirigido tanto a mi familia como a mí. La acusación era siempre la misma: que “trabajaba para el Kremlin” o que difundía “propaganda rusa”. Uno de mis artículos académicos sobre las violaciones sexuales y otras formas de agresión contra las mujeres cometidas por miembros de la OUN y el UPA fue incluso citado por la página web extremista Myrotvorets como prueba de mi supuesta hostilidad hacia Ucrania. Lo más revelador es el silencio de mis colegas. Pocos han condenado el uso de la investigación académica como herramienta de intimidación política. Y aún menos han defendido el derecho de los historiadores a investigar verdades incómodas. Mi caso no es único.
Otro de los objetivos en la búsqueda de «enemigos internos» en la Ucrania en tiempos de guerra ha sido el historiador Heorhii Kasianov. Su aclamado libro Ucrania y sus vecinos: política histórica, 1987-2018 ha sido incluido recientemente en una lista oficial de publicaciones consideradas perjudiciales para la independencia de Ucrania por el Comité Estatal de Radiodifusión y Televisión, que citaba información del Servicio de Seguridad de Ucrania. La razón aducida fue que el libro supuestamente promueve el “relativismo histórico” que “socava la identidad nacional” y “desacredita la política de memoria del Estado”, especialmente en lo que respecta al papel de la OUN y el UPA en la formación del Estado ucraniano.
Cualquiera que se atreva a plantear preguntas incómodas sobre la política de memoria de Ucrania hoy en día corre el riesgo de ser acusado de servir a la propaganda rusa o de socavar el esfuerzo bélico del país. La ironía es difícil de pasar por alto. La indignación pública suele dirigirse no contra quienes proporcionan munición a la narrativa del Kremlin sobre la necesidad de «desnazificar» Ucrania, sino contra quienes llaman la atención sobre el problema [neonazismo ucraniano] ante todo.
En este panorama moral invertido, la crítica en sí misma se convierte en ofensa. Quienes cuestionan las prácticas conmemorativas controvertidas son tachados de desleales o irresponsables, mientras que quienes las normalizan son alabados como patriotas. El debate ya no gira en torno al fondo del argumento, sino a los supuestos motivos de quien lo plantea.
Quizá lo más preocupante sea la respuesta de una parte significativa de la élite intelectual de Ucrania. El papel tradicional de los intelectuales no es hacerse eco de las narrativas oficiales, sino analizarlas con rigor y plantear preguntas difíciles cuando otros prefieren guardar silencio. Sin embargo, muchos han optado por alinearse con la agenda del Estado. En lugar de defender el pluralismo, el debate abierto y el análisis crítico, han participado cada vez más en la represión de la disidencia y en la marginación de las voces que cuestionan el creciente predominio de las interpretaciones etnonacionalistas de la historia de Ucrania.
Esta evolución es comprensible, al menos en parte. Ante una brutal invasión rusa, muchos intelectuales sienten la obligación moral de defender a su país y reforzar su posición en la guerra de la información. Pero las buenas intenciones no eliminan las consecuencias políticas. Al tratar de proteger a Ucrania de las amenazas externas, también pueden estar ayudando a las élites nacionales a consolidar su poder y a reforzar las tendencias iliberales en el país.
Es muy posible que Ucrania sobreviva a esta guerra. La cuestión más importante es qué tipo de país surgirá una vez que terminen los combates. Si el pensamiento crítico sigue siendo sacrificado en aras de la unidad nacional, Ucrania corre el riesgo de ganar la lucha por la supervivencia, pero a cambio de renunciar a parte del futuro democrático que dice defender.
Marta Havryshko