Fotografía de Angela Weiss para AFP. Fuente: France 24.
El presente artículo del historiador estadounidense David A. Canton, historiador especializado en estudios afroamericanos y profesor asociado de la Universidad de Florida, fue originalmente publicado en la revista californiana The New Paradigm, el 29 de junio. La traducción del inglés es nuestra.
Aunque el texto tiene su interés y sus aciertos, como la problematización de los prejuicios racistas en el fútbol y sus nexos con las ultraderechas xenofóbicas en Occidente (de la Norteamérica anglosajona a Australia, y de la Europa nórdica a la mediterránea), pensamos que adolece de varios problemas, como la falta de una mirada crítica sobre el sistema capitalista y la globalización neoliberal (en general y en relación particular con el deporte, la crisis migratoria y la cuestión de clase), amén de su chocante omisión del neocolonialismo francés en África.
Quienes deseen contrapesar todo esto, pueden leer el extenso ensayo “Racismo albiceleste. Mundial de fútbol, rivalidad con Francia y polémicas sobre afrodescendencia”, de nuestro camarada argentino Federico Mare, publicado en Corsario Rojo II. Si bien este texto ya tiene varios años (se refiere al Mundial anterior, Catar 2022), lo más medular de sus análisis y reflexiones conservan plena vigencia. Para una somera actualización de los datos estadísticos a 2026 respecto a la selección francesa y el tópico de la negritud, véase esta nota periodística de TyC Sports.
Los 48 equipos que compiten en el evento deportivo más visto del mundo son un reflejo de un mundo en constante cambio, marcado por la migración y las historias coloniales. Entre las diecinueve selecciones que se identifican como naciones «occidentales» (Austria, Australia, Bosnia y Herzegovina, Bélgica, Canadá, Croacia, Chequia, Inglaterra, Francia, Alemania, Países Bajos, Nueva Zelanda, Noruega, Portugal, Escocia, España, Suecia, Suiza y Estados Unidos), el 24% de sus jugadores son de ascendencia africana.
El protagonismo de los deportistas negros en el Mundial masculino de 2026 tiene su origen en éxitos anteriores. Para el Mundial de 1998, el seleccionador francés Aimé Jaiquit seleccionó a cinco hombres de ascendencia africana para una selección nacional en la que figuraba Zidane, cuyos padres eran argelinos. Derrotaron a Brasil por 3 a 0 y ganaron el primer Mundial para Francia.
En 2025, Les Bleus cuentan con quince jugadores de ascendencia africana, entre ellos la fenomenal superestrella Mbappé. Del mismo modo, Inglaterra, que solía seleccionar solo a dos o tres afrodescendientes, cuenta ahora con catorce, entre ellos la superestrella Saka, cuyos padres emigraron de Nigeria.
A pesar de la gran habilidad de Saka, Mbappé y otros futbolistas de ascendencia africana, los futbolistas profesionales negros siguen enfrentándose a obstáculos extraordinarios en Europa, entre ellos tener que jugar ante un público racista. Hay numerosos ejemplos de estrellas como Ebenezar Akinsanmiro, un nigeriano que juega en el Inter de Milán, que han tenido que soportar gritos de “¡mono!” por parte de la afición.
En 2024, la FIFA puso en marcha la iniciativa “No al racismo”. Se suponía que los jugadores recibirían una tarjeta roja (expulsión inmediata del partido) por realizar comentarios racistas. Aunque estos esfuerzos son loables, no han sido suficientes para castigar a los aficionados racistas.
Ver el Mundial es otro recordatorio del complicado papel que desempeña la raza en la construcción de las identidades nacionales en Occidente. Esto se ha hecho aún más evidente desde el auge de los partidos conservadores y de las ideologías y partidos políticos de ultraderecha en Estados Unidos y Europa.
Este verano, las selecciones multirraciales compiten con el telón de fondo de movimientos políticos cada vez más poderosos que quieren frenar la inmigración no blanca. Dieciséis de las diecinueve selecciones con jugadores de ascendencia africana cuentan con partidos de extrema derecha que se oponen a la inmigración no blanca.
En todo Occidente, el número de partidos que se caracterizan por su postura antiinmigración es abrumador. Entre ellos se encuentran el Partido de la Libertad de Austria, Una Nación en Australia, Vlaams Belang en Bélgica, el Partido Conservador en Canadá, Reform en Inglaterra, Agrupación Nacional en Francia, Alternativa para Alemania, el Partido por la Libertad en los Países Bajos, el Partido del Progreso en Noruega, First en Nueva Zelanda, Chega en Portugal, Reform UK en Escocia, Vox en España, los Demócratas de Suecia, el Partido Popular Suizo y el Partido Republicano/MAGA en Estados Unidos, por citar solo los más importantes. En cada uno de estos países, que desde hace tiempo asociamos con los «valores occidentales», no faltan ideólogos a los que les gustaría ver expulsadas a todas las personas no blancas.
El Mundial coincide con otro tipo de momento global: la ultraderecha internacional está bajo el hechizo de una idea racista que sostiene que las “élites globales” animan a los inmigrantes negros y de piel morena a quitarles los puestos de trabajo, el poder electoral, los derechos y los privilegios a los trabajadores blancos.
Esta idea atrajo la atención de los medios de comunicación en 2017 en Estados Unidos, cuando los neonazis se manifestaron en Charlottesville en una concentración denominada Unite the Right (Unir a la Derecha), portando antorchas y coreando “los judíos no nos sustituirán”. Sin embargo, tal y como señala Ibram X. Kendi –titular de la cátedra Dr. Carter G. Woodson de la Universidad de Howard– en su nuevo libro Chain of Ideas: The Origins of Our Authoritarian Age, los orígenes de esta visión del mundo se remontan a la popularización de la obra de un escritor francés, Renaud Camus, autor de El Gran Reemplazo en 2011 y de No nos reemplazarán en 2018.
La llamada “teoría del Gran Reemplazo” es una ideología en auge en los partidos conservadores de derecha de Estados Unidos, Europa y América Latina, donde sus partidarios culpan a los inmigrantes negros y morenos de la desigualdad económica y la delincuencia, e insisten en que estos inmigrantes proceden de culturas y entornos religiosos que, supuestamente, promueven valores antioccidentales. Los musulmanes deben hacer frente a otra capa más de recelo.
Sin embargo, cuando se trata del fútbol –y del papel clave que desempeñan los afrodescendientes en él–, estos mismos ideólogos se muestran más discretos en lo que respecta al “reemplazo”. Por supuesto, los nacionalistas blancos no están del todo satisfechos con la composición demográfica actual de sus selecciones nacionales. En consonancia con las burdas teorías del pensamiento racial contemporáneo, muchos creen que los jugadores negros tienen una ventaja «injusta» debido a su composición genética. Esto ya era así incluso en 1996, cuando el político francés de ultraderecha Jean-Marie Le Pen criticó la composición de la selección nacional, protestando porque era “artificial traer a jugadores del extranjero y llamarlos selección francesa”. Para subrayar su desdén, afirmó que la mayoría de ellos ni siquiera se sabían La Marsellesa, el himno nacional.
Hoy en día, el Mundial pone de relieve contradicciones cruciales en la ideología de la derecha. Al alentar a una selección nacional con jugadores estelares cuya raza y origen religioso o cultural aborrecen, los nacionalistas blancos deben –en cierto modo– reconocer la meritocracia cuando la ven. Puede que incluso vislumbren la posibilidad de que la igualdad se traslade del estadio de fútbol a la arena política nacional.
Además, la fama futbolística podría tener efectos políticos progresistas. Ver el éxito de los deportistas negros podría frenar el racismo. Hay algunos futbolistas, como Mbappé, que están utilizando su influencia para incitar a los ciudadanos franceses a no votar al partido racista y xenofóbico Agrupación Nacional.
Francia está representada en el escenario más destacado del fútbol por profesionales que son a la vez inmigrantes y ciudadanos franceses. En lugar de «callarse y gambetear», Mbappé está utilizando su voz para plantar cara a los partidos de extrema derecha.
Hay otras lecciones que se pueden extraer del Mundial para otros deportes profesionales –y para la sociedad– más allá del fútbol. Todas ellas tienen que ver con nuestra forma de concebir la meritocracia.
El fútbol americano y el básquet en EE.UU., así como el críquet y el fútbol en Europa, son profesiones donde los afrodescendientes están sobrerrepresentados. Cuando se les pregunta, la mayoría de los blancos dirán que el deporte es la forma más pura de meritocracia.
Pero persisten los ecos de antiguas concepciones racistas. Los deportistas de la diáspora africana pueden ser «demasiado» atléticos. Las visiones anticuadas sobre las diferencias biológicas pueden alimentar otras narrativas sobre el «reemplazo».
El Mundial es otro escenario en el que los supremacistas blancos pueden presentarse como «víctimas».
Más allá del fútbol, estas inquietudes pueden ayudarnos a comprender cómo concebimos las «métricas objetivas» en otros ámbitos del mundo de los negocios, las profesiones liberales y el campo académico de los Estados Unidos.
Sea cual sea el score, nuestros prejuicios no desaparecen. El arco no está fijo.
Puedes ser el candidato más cualificado para cualquier puesto. Pero, si eres negro, musulmán, trans, mujer, gay, obeso o encajas en cualquier otra categoría de exclusión que uno pueda imaginar –pero no admitir–, de repente los «criterios objetivos» pierden todo su significado.
En el deporte, puede que el arco no se mueva para los jugadores… hasta que se presentan para convertirse en entrenadores principales y directivos de primera línea, momento en el que muchos se topan con el «techo negro y moreno».
El Mundial ofrece a la gente la oportunidad de contemplar la grandeza y la pompa del “juego bonito”. Pero hay otra faceta que revela, al mismo tiempo, lo bello y lo grotesco de nuestras concepciones modernas de la ciudadanía.
Si eres una persona de ascendencia africana, ¿a qué equipo alientas cuando Francia juega contra Senegal? ¿Se alienta a Mbappé, pero al mismo tiempo se desea que los franceses pierdan porque se desprecia a la ultraderecha? O, como afrodescendiente, quizá quieras que gane la selección francesa porque eso podría convencer a algunos ciudadanos blancos de que la inmigración de personas negras y morenas no es mala para Francia.
Sin embargo, si la selección francesa pierde, es probable que la extrema derecha culpe a Mbappé. Se referirán a él como “negro” o “de Camerún” (donde nació su padre), y dirán que al equipo le faltó disciplina (un eufemismo racista que los blancos utilizan para describir a los equipos con mayoría negra y su estilo de juego); y entonces ya no será francés.
David A. Canton