Asamblea del soviet de Petrogrado, junio de 1917. Fuente: en.wikipedia.org
La lucha de clases en la Argentina la viene ganando –por ahora– una burguesía parasitaria y extractivista que no sólo requiere muy poca mano de obra para saciar su codicia, sino que también precisa destruir la industria manufacturera –pequeña, mediana y grande–, con su reformateo de la economía y del marco jurídico –desregularizaciones mediante– sobre el que ésta opera. Minería, hidrocarburos, intermediación financiera y agroindustria son los verdaderos grandes ganadores del modelo Milei, del que se benefician, en general, los sectores de mayor poder adquisitivo (en los últimos tres años han obtenido beneficios impositivos, amén de exenciones, francamente obscenos). Los principales perdedores de su gobierno explícitamente plutocrático son los trabajadores activos –principalmente los formales y del sector público–, a causa de la destrucción de la industria, el comercio y la construcción; pero también los pasivos, los jóvenes desempleados, los sectores pauperizados –en claro ascenso, a pesar de las mentiras del relato oficial, del INDEC y de los voceros oficiosos del gobierno que trabajan para la prensa–, que han sufrido una pérdida fenomenal del poder adquisitivo de sus ingresos, por haber tenido que asumir los costos de la fiesta de unos pocos. El engendro que gobierna el país austral de la mano de la llamada “oposición blue” –que critica exabruptos y otros aspectos formales del libertariano, pero aplauden y acompañan el contenido de sus políticas económicas–, responde a los intereses de aquellos sectores concentrados de la economía, y a los designios de Washington. Y esto no parece, en principio, nada nuevo. Pero la verdadera novedad radica aquí en la intensidad y el carácter explícito, rayano en la obscenidad, de esta pleitesía. Este modelo que genera desempleo o empleo de mala calidad –por ejemplo, por medio de plataformas uberizadas– y grandes bolsones de pobreza e indigencia, por un lado, mientras que por el otro produce ingentes ganancias, ha traído aparejado –como no podía ser de otra manera– un nuevo descontento inorgánico con la casta política, que albergamos la esperanza de que pueda extenderse al poder económico y generalizarse al capitalismo en general, además de cristalizar en formas organizativas que se propongan cambiar el sistema económico de raíz. La indignación de amplios sectores hacia el mileísmo se ve potenciada por el hecho de que un gobierno que se llenó la boca hablando de honestidad, transparencia, lucha contra la casta y una serie interminable de imposturas hipócritas teñidas de moralina de baja estofa, terminó siendo uno de los gobiernos más corruptos de la historia argentina.
Parte de este descontento se traduce en el crecimiento inédito de Myriam Bregman y Nicolás del Caño en las encuestas, dos de las figuras del trotskismo argentino con más presencia en los medios. Este fenómeno extraordinario responde –creemos– a distintas causas, que habrá que sopesar en su justa medida: la crisis de la oposición tradicional –macrismo, radicalismo y peronismo han asumido frente a la ultraderecha posiciones que van desde el cogobierno, pasando por la sumisión a cambio de cargos y prebendas, hasta la inacción y una oposición meramente declamativa–, la coherencia y presencia en las calles y en las luchas por parte de las fuerzas del PTS y de otros partidos de la coalición electoral FITU, cierta consolidación de una identidad –quizás demasiado difusa– de izquierda como contraposición a las amenazas del gobierno del tipo “zurdos, van a correr”, la credibilidad y coherencia de la izquierda anticapitalista en el país, como así también la reputación de probidad –un valor nada despreciable para el honestismo argentino–, el carisma de Myriam Bregman, etc.
Este crecimiento de la imagen de algunas figuras de la izquierda radical en la Argentina ha alimentado un debate que empezó –toda pretensión de comienzo en debates intelectuales tiene su cuota de arbritrariedad– con la carta abierta que escribieron Aldo Casas, Ariel Petrucelli, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello el 22 de abril de 2026 en Huella del Sur con el título “La izquierda ante un gran desafío”. El mismo día –probablemente no por casualidad, ya que la carta anterior había estado circulando en organizaciones políticas e intelectuales– el MST publica una carta abierta dirigida sólo “a la dirección del PTS”. En ella se presentan planteos similares al de la otra declaración pública, aunque con algunas diferencias de contenido y de matiz. El día 26 de abril, Kalewche se sumó al debate con “¿Y si la izquierda toma el cielo por asalto? A propósito de una carta abierta al FITU”, de Federico Mare y Nicolás Torre Giménez. Un día después, Rolando Astarita publicó en su blog “Discusión en el FIT-U sobre elecciones y toma del poder”. En esos días, también Eduardo Sartelli metió cuchara en el debate con “Dejar el pasado atrás y olvidar todo. Las posibilidades electorales de Myriam Bregman y las tareas de la izquierda”. Ariel Petruccelli, a su vez, respondió las críticas de éstos últimos en Ideas de Izquierda: “Sobre algunas repercusiones de la carta abierta «La izquierda ante un gran desafío»”. Astarita replicó con “Respuesta a Ariel Petruccelli” y, éste con “Los dilemas de la revolución en el presente. Para continuar la conversación con Rolando Astarita”. Después apareció una segunda carta de los firmantes de la primera, titulada “La izquierda ante un gran desafío II. Algunas reflexiones sobre las tareas que tenemos por delante” (Periodismo de Izquierda, 26/5), y una tercera, “Argentina: Sobre los comités de base por un gobierno de trabajadores (La izquierda ante un gran desafío III)” (Viento Sur, 13/6). Mientras tanto, el 19 de mayo, había salido “Vos hacés falta. Convocatoria a organizar comités junto a Myriam Bregman”, firmado por distintos intelectuales argentinos. A los pocos días, Federico Mare publicó en Kalewche un adelanto de su ensayo “¿Argentina zurda?”, que saldrá en el próximo número de Corsario Rojo. Un segundo fragmento del mismo ensayo salió en el número siguiente de nuestra revista, con el título “¿Qué hacemos con la herencia soviética y el llamado «socialismo real»?”
La primera carta abierta, además de ser republicada por diversos medios, suscitó la entrevista que le hicieran Christian “Chipi” Castillo, Jesica Calcagno y Patricio del Corro del PTS a Ariel en Se viene el zurdaje. El mismo PTS publicó dos entrevistas a Emilio Albamonte, en las que el histórico dirigente del partido revolucionario se refiere al asunto: “¿Cómo utilizar la ubicación de la izquierda en la situación nacional? Entrevista con Emilio Albamonte” (Ideas de Izquierda, 17/5) y “De nuevo sobre cómo aprovechar la ubicación de Myriam Bregman y la izquierda en la situación nacional. Entrevista con Emilio Albamonte” (Ideas de Izquierda, 7/6). El MST, por su parte, publicó “Resolución del Congreso del MST Nos integramos a los comités de apoyo a Myriam Bregman y al debate sobre cómo construir una nueva fuerza política común” (Periodismo de Izquierda, 25/5) e “Izquierda, comités, partido y estrategia. Podemos avanzar mucho más” (Periodismo de Izquierda, 22/6). El PO, “Pongamos en pie comités unitarios del FIT-U” (Prensa Obrera, 5/6) e IS, “Respuesta a una carta enviada al FIT Unidad. La izquierda puede y tiene que gobernar” (Izquierda Socialista, 13/5). Además, un sinnúmero de videos sobre el tema fueron publicados en YouTube, Instagram y otros medios. En paralelo a este debate en el mundo virtual, numerosos comités y foros de discusión están teniendo lugar en el mundo real, en muchas provincias del país.
Ariel Petruccelli, ya en 2019, cuando nadie podía adivinar, ni el ascenso de la ultraderecha en la Argentina, ni el crecimiento de la imagen de figuras del FITU, hablaba de la necesidad de crear comités de base en un artículo intitulado “La izquierda y la crisis” (Ideas de Izquierda, 23/6/19), en el que reflexionaba sobre las perspectivas de la izquierda en el país. Para coronar este debate –por ahora, claro está–, queremos compartir con ustedes el último ensayo de nuestro camarada patagónico, en el que, partiendo de un repaso histórico por las experiencias del socialismo real del siglo XX, se adentra en las posibilidades de una transformación revolucionaria de la Argentina.
Las ideas socialistas en su sentido más general pueden ser rastreadas hasta épocas remotas: algunos pasajes de Platón, ciertas tradiciones milenarias chinas, determinados componentes del comunitarismo andino en América, documentos asociados a las revueltas campesinas en tiempos de la reforma protestante. Sin embargo, como ideología bien articulada y asociada al proletariado su historia es más breve. El Manifiesto Comunista fue redactado en 1848. La Primera Internacional fue fundada en 1864. La comuna de París tuvo lugar en 1871 y los primeros movimientos socialistas de masas datan de finales del siglo XIX. Habría que esperar hasta 1917 para asistir a la primera revolución socialista triunfante, aunque Lenin advirtió reiteradas veces que la URSS sólo podía considerarse socialista porque ese era su objetivo, pero que estaba muy lejos de haber sentado las bases del socialismo y mucho menos del comunismo. En cualquier caso, entre 1917 y 1961 el socialismo pareció avanzar primero lentamente y luego a gran velocidad. La Revolución rusa inspiró levantamientos en muchos países, aunque fueron aplastados casi sin excepción. Salvo Mongolia, durante los años veinte y treinta la URSS era el único Estado socialista. Se trataba, por lo demás, de un socialismo con el que difícilmente Marx se hubiera sentido identificado: un país pobre e industrialmente atrasado; una clase obrera diezmada; los soviets (organismo de la democracia proletaria) reducidos a un esperpento; un Partido Comunista que ejercía una dictadura sobre el proletariado. Aun así, su economía –en gran medida estatizada y bastante planificada– avanzaba a todo vapor, explotando de manera inmisericorde la fuerza de trabajo de obreros y campesinos koljosianos, y utilizando tecnologías y formas de trabajo copiadas del capitalismo. Sin desconocer las enormes contradicciones del proceso, la existencia de la propiedad estatal, el monopolio del comercio exterior y la planificación económica a gran escala permitían pensar que una revolución política por abajo, o una reforma política por arriba, podrían encauzar el rumbo de ese “Estado obrero burocratizado” en un sentido genuinamente socialista, sobre todo si la revolución se extendía al resto del mundo: el socialismo, se dijo siempre, será internacional o no será.
Durante la tormenta de la Segunda Guerra Mundial, el mundo comunista se expandió velozmente: China y Yugoslavia hicieron por cuenta propia sendas revoluciones. El Ejército Rojo de Stalin llevó la revolución desde arriba y desde fuera, manu militari, a Rumania, Polonia, Hungría, Albania, Checoslovaquia y Alemania Oriental. El comunismo parecía avanzar geográficamente. Y, sin embargo, en gran medida se estaba hundiendo. Nada parecido a una democracia socialista se había erigido en ninguno de esos países. En los Estados capitalistas más avanzados, la democracia liberal había finalmente logrado cooptar o domesticar a las fuerzas antisistémicas. La socialdemocracia (o burocracias sindicales de diferente tipo) encauzaron a los movimientos obreros más numerosos y organizados por una senda de conciliación de clases en el marco de una economía rebosante. Las convulsiones más agudas se desplazaron, en tal contexto, del centro de la economía capitalista a su periferia. En Asia, África y América Latina florecían los movimientos anticoloniales y las guerrillas de izquierda enfrentaban a no pocas dictaduras en Estados independientes, en un clima social en el que el socialismo era una opción que despertaba simpatía en grandes segmentos de los trabajadores y era defendida por numerosos intelectuales. En 1959 triunfó la revolución cubana, tan influyente en América Latina y en África, la cual proclamó en 1961 su carácter socialista e inició un proceso de expropiaciones a gran escala. Sin embargo, este fue casi el último intento de su tipo: de allí en adelante la propiedad privada de los medios de producción prácticamente no sufrió amenazas de expropiación sin pago a gran escala. Entre tanto, el destino de las antiguas colonias se hallaba muy lejos de las expectativas anticoloniales: el regalo envenenado de la liberación nacional se cobraba su precio.
Tras la dura derrota de EE.UU. en Vietnam, se ocultaba el desarrollo molecular de un triunfo estratégico en gestación. Ningún efecto dominó se generó tras la caída de Saigón. Por el contrario, en Indonesia (un país con una población tres veces mayor que la de Vietnam) medio millón de militantes y simpatizantes del partido comunista fueron asesinados con total impunidad. La economía de la URSS sólo había logrado cierta paridad militar con EE.UU. al precio de un muy bajo nivel de consumo para su población. China iniciaba su lenta, al principio, y luego rápida conversión a la economía capitalista. Poco después, entre 1989 y 1991, la URSS se desplomó sin que ningún proletario derramara una lágrima. China aceleró sus reformas procapitalistas mientras acentuaba el carácter policial de su Estado. En Occidente, las reformas neoliberales avanzaban a toda marcha, mientras los otrora poderosos movimientos obreros se reducían en número y se diluían cualitativamente. La industria cultural y el desarrollo de la cultura audiovisual derruyeron las viejas formas de autonomía obrera, popular o campesina. Las izquierdas se hallaban en la mayor confusión y, por defecto, casi todas ellas viraban hacia la derecha: la socialdemocracia devino incluso menos que social-liberalismo; los viejos Partidos Comunistas se extinguieron o adoptaron posiciones socialdemócratas, pero con menos pretensiones, autenticidad y fe que la vieja socialdemocracia. Las izquierdas abiertamente revolucionarias quedaron reducidas a una exigua minoría casi insignificante.
Las dos últimas décadas del siglo XX y los primeros dos o tres lustros del siglo XXI fueron de apogeo neoliberal. Ni siquiera los llamados progresismos latinoamericanos lograron romper con este patrón. En ningún caso se logró avanzar realmente en un sentido socialista. En términos comparativos, sin excepción, todas esas experiencias se quedan muy por detrás de los desarrollos socialdemócratas e incluso populistas del pasado: expropiaciones hubo muy pocas y casi invariablemente por medio de rigurosos pagos. Ningún avance en la planificación es digno de mención en estos procesos. El abandono de cualquier veleidad sovietista no implicó ningún intento serio de crear una democracia “de otro tipo” que fuera más allá de la democracia liberal, ya sea por medio de la extensión del principio democrático a la producción o por medio de la invención de novedosos mecanismos políticos específicos (como lo fueron los soviets), e incluso se destruyeron o corrompieron las experiencias de base comunitaria indígena-campesina, en Bolivia, Perú y Ecuador. Antes o después, el desgaste de las fuerzas políticas “progresistas”, cambios desfavorables de los precios internacionales o el agotamiento de recursos no renovables determinaron el fin de esos gobiernos. La clase capitalista ha salido fortalecida de esas experiencias, y la clase trabajadora debilitada y, lo que suele ser peor, confundida.
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Sin embargo, desde hace aproximadamente una década, dos como mucho, el mundo en su conjunto parece haber ingresado en una época de turbulencia acelerada, motorizada por unas tasas de crecimiento económico insuficientes para garantizar buena rentabilidad a todos los capitales y mejoras ostensibles en las condiciones materiales de la mayoría trabajadora, pero excesivas para paliar el agudo deterioro ambiental o tornar manejable el tendencial agotamiento de los recursos no renovables. Eso ha llevado a una crisis de los sistemas políticos allí donde las condiciones de vida de las nóveles generaciones se quedan muy por detrás de sus expectativas o de las posibilidades de sus padres, y a un renacimiento de las pujas entre potencias y del militarismo para controlar unos recursos cada vez más escasos. Si algo queda del keynesianismo distributivo de “los 30 gloriosos”, es un keynesianismo militar y belicista.
La crisis del 2008 tuvo una magnitud potencial semejante a la de los años treinta. Pero los gestores del capitalismo globalizado lograron sortearla con pocas convulsiones y casi sin amenazas para el capital. La ideología liberal dominante consiguió que el descontento y la inestabilidad política no rozaran los intereses de los propietarios. Los levantamientos populares de la llamada “primavera árabe” derrocaron gobiernos dictatoriales en nombre de una democracia ya desgastada en su tierra de origen, sin tener nada que decir en términos económicos. En muchos casos lo que vino después fueron guerras civiles sin ganadores claros.
Pero para las grandes mayorías las cosas no mejoraban. Con astucia, el populismo de ultraderecha se apresuró a mostrar un engañoso y falaz discurso “antisistema”, logrando en ocasiones capitalizar políticamente el descontento, pero sin lograr revertir las tendencias a la crisis y al declive. No es de extrañar que semejantes “éxitos” discursivos se consiguieran también por medio de un “populismo de izquierdas”. El problema, sin embargo, no es cambiar o radicalizar las formas discursivas. El problema es ofrecer una auténtica y radical alternativa social.
Mientras una ola de descontento se hacía sentir desde Hong Kong hasta Chile, la gran encerrona de la pandemia puso un freno general (no total) a las movilizaciones populares por casi dos años. Luego las protestas continuaron por oleadas, con un patrón claro: participación juvenil masiva; movilización fuertemente asociada a las plataformas digitales; críticas centradas en la corrupción de los gobernantes y en el sistema político. El régimen de propiedad quedaba mayormente por fuera del radar del descontento, que invariablemente mostraba una carencia casi total de una alternativa social, económica y política al sistema vigente. La ausencia de alternativa socialista visible, deseable y creíble es la gran nota de nuestro tiempo.
Lo dicho hasta acá permite extraer algunas conclusiones para el presente y el futuro inmediato. Aunque pueda haber estabilizaciones relativas, la tendencia de los tiempos es de crisis. Los márgenes de acción para reformas progresistas en el capitalismo actual globalizado son exiguos y fácilmente reversibles. Una alternativa socialista revolucionaria puede y debe ofrecer soluciones a la creciente explotación, alienación, empobrecimiento y falta de sustentabilidad. Sin embargo, el socialismo se halla por fuera del imaginario de las grandes mayorías: es necesario reponer ese horizonte a gran escala. Esta es la gran tarea común que las izquierdas tenemos en el presente. No se trata tanto de disputar la dirección de una clase trabajadora bien organizada y más o menos genéricamente socialista, sino de algo mucho más básico: reconstituir organizativamente a la clase trabajadora y reinstaurar el horizonte revolucionario en el imaginario social. Ahora bien, los problemas que han mostrado todos los intentos revolucionarios del pasado nos obligan a inventar nuevas posibilidades concretas inspiradas en los mismos principios. En este sentido, el alejamiento del grueso de los intelectuales de izquierda de la política práctica, su reclusión en espacios académicos y el excesivo hincapié concedido a la dimensión crítica y filosófica de la labor intelectual, ha limado su capacidad de influencia práctica y reducido a un mínimo la elaboración de propuestas concretas. La escasez de propuestas más o menos claras y detalladas atañe al orden político democrático socialista viable (¿cómo combinar instancias de democracia directa e indirecta?, ¿cómo ir más allá de la democracia burguesa sin caer en ilusiones insostenibles?); a las nuevas formas de planificación económica (capaces de solventar los inocultables problemas que mostraron las experiencias pasadas tanto como de adecuarse a las nuevas realidades); a las estrategias de lucha política; a los planes de expropiación de los capitalistas, etc. La investigación, la reflexión y el debate sobre la mayor parte de estas cuestiones avanzaron poco en las últimas décadas. Aun así, hay algunos buenos intentos de pensar formas institucionales específicas para una eventual democracia socialista, mecanismos de planificación a la altura de las presentes circunstancias, criterios económicos capaces de incluir más convincentemente que en el pasado las cuestiones ecológicas e incluso energéticas y muchos otros temas de gran interés para la transformación revolucionaria de la sociedad. Pero estos materiales son por lo general escasamente conocidos en los ambientes militantes. Aquí no se puede soslayar el problema de la tendencia a la separación entre los intelectuales y las organizaciones políticas de las izquierdas. Tender los puentes necesarios es una tarea intelectual y política de enorme importancia
Indudablemente, el retraimiento político de los intelectuales fue paralelo al retraimiento de la clase trabajadora. De hecho, hoy en día el grueso de los intelectuales somos asalariados. Si el socialismo moderno fue en gran medida resultado de la confluencia del movimiento de la clase trabajadora con las ideas socialistas elaboradas por intelectuales de origen burgués o pequeño burgués, el retroceso del ideario revolucionario fue paralelo a la proletarización de los intelectuales. No se puede saber qué nos deparará el futuro. Pero no se puede descartar una hipótesis por la que vale la pena luchar: un renacer del ideario revolucionario como consecuencia de los golpes de la crisis y las elaboraciones teóricas de intelectuales materialmente fusionados con la clase trabajadora.
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Hay muchas razones para pensar que uno de los pasivos más grandes de las experiencias socialistas del siglo XX –y de las causas que la llevaron a la caída o al descrédito- fue la carencia de democracia. Históricamente, el socialismo fue la primera corriente de pensamiento moderno que defendió el principio democrático. Los representantes del liberalismo de los siglos XVIII y XIX eran mayoritariamente partidarios de las monarquías constitucionales, no de la democracia. Para Marx la democracia era el suelo que permitiría el desarrollo del movimiento obrero socialista. Pero Marx no era dogmático. Aunque pensaba que la revolución socialista debía tener lugar en las naciones industrialmente más avanzadas, no descartó la posibilidad de una revolución en la Rusia campesina, donde instituciones arcaicas como la obschina y el mir se oponían a la penetración del capitalismo en el campo. De hecho, falleció esperándola. Marx consideraba que, en algunas circunstancias, los revolucionarios podían llegar al poder por medio de elecciones; pero también estimaba probable que debiera mediar un proceso insurreccional. Valoraba positivamente los enormes esfuerzos desplegados por las pequeñas “sectas comunistas”, pero no dejaba de ver los límites de esas experiencias. Apreciaba a los movimientos obreros de masas (como el cartismo inglés), sin dejar de señalar sus falencias intelectuales, ingenuidades políticas o insuficiencias programáticas. Marx anhelaba una clase obrera masiva y democráticamente organizada, con claridad de propósitos sociales y políticos, unida a la hora de golpear a sus enemigos, intelectualmente autónoma y capaz de un gran coraje subjetivo. La realidad difícilmente podía coincidir con ese anhelo; y Marx era muy consciente de ello. Como ha escrito Giovanni Arrighi, “obligado a elegir, tanto teórica como políticamente, entre un movimiento obrero fuerte pero reformista en Gran Bretaña y uno revolucionario pero débil en Francia, Marx eligió no elegir y dejó la cuestión en el aire”, esperando en vano que el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, cuyos dirigentes se reivindicaban marxistas, resolvieran el intríngulis. Sus seguidores, sin embargo, no tendrían el panorama mucho más claro. Pero tarde o temprano había que elegir, y ellos eligieron. El movimiento se escindió en dos grandes alas, la una reformista y la otra revolucionaria. Los revolucionarios hicieron revoluciones y llegaron al poder en muchos países, pero todos ellos periféricos dentro de la economía-mundo capitalista y en los cuales el proletariado era sólo una minoría social. En esas condiciones, la democracia proletaria o socialista no halló un terreno fértil para desarrollarse. Los reformistas, por su parte, desarrollaron en los países más ricos “Estados benefactores” cuando la situación económica y política lo hizo posible; pero luego de unas décadas, cuando la situación cambió, colaboraron en su desmantelamiento junto con los neoliberales confesos.
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Quizá las más original de las creaciones que procuraron desarrollar una forma de organización que mereciera llamarse democracia socialista fueron los soviets, que nacieron en la revolución rusa de 1905 como organismos de lucha contra el zarismo. Renacieron en 1917, cuando cumplieron un gran rol en la Revolución de febrero y luego fueron la base de la Revolución de octubre, que se realizó bajo la consigna “todo el poder a los soviets”. Tenían unas características, una legitimidad y una fuerza cualitativamente diferentes a otras organizaciones. Estaban integrados por los obreros y soldados (estos últimos, en su mayoría de origen campesino) que habían derrocado al zarismo; estaban armados y, a pesar de tener inicialmente una dirección conciliadora, que a poco andar se incorporó al gobierno provisional, impusieron una especie de constitución no escrita: en toda discrepancia referida a la suerte de la revolución, la última palabra correspondía a los soviets. Más allá de las agudas diferencias y enfrentamientos, el conjunto de los partidos y organizaciones obreras y de izquierda estaba integrado en estos organismos, que florecieron como hongos en el vasto territorio del antiguo imperio. Su creación supuso indudablemente una significativa innovación. Hasta entonces, el movimiento obrero y socialista se había basado en dos instituciones principales: los sindicatos y los partidos. Hubo otras –como las cooperativas o un abanico de organizaciones culturales relativamente independientes, incluyendo los clubes sociales–, pero el binomio partido/sindicato constituía el núcleo fundamental. A diferencia tanto de los partidos como de los sindicatos, los soviets pretendían representar al conjunto de los trabajadores, no solamente a los afiliados, entre los que se incluían las masas campesinas pobres, que constituían el 80% de la población. Y a diferencia de los parlamentos liberales, en su seno todos los trabajadores podían participar, pero las clases explotadoras estaban excluidas.
Los soviets eran una original creación que parecía sentar las bases de una democracia proletaria diferente a la liberal: su epicentro eran los lugares de trabajo, más que geográficos; se asentaba en mecanismos directos en sus instancias más bajas, estructurándose piramidalmente; mantenía una ambigua relación en lo que hace a la división de poderes; pero era una organización multipartidista y fuertemente deliberativa. Su organización típica eran las asambleas de base, que elegían representantes para las instancias superiores: el soviet de una ciudad, los congresos regionales o los de toda Rusia. Diferentes grupos políticos más o menos organizados pugnaban en su interior por influir en las decisiones. El estado de deliberación en su seno era enorme: largas asambleas que tenían lugar prácticamente todos los días. Esa dinámica era evidentemente muy difícil de sostener fuera de períodos de excepcional efervescencia política. Tras la primavera democrática de la Rusia revolucionaria entre 1917 y 1918, la guerra civil, la invasión extranjera, el duro legado de los largos años de “guerra imperialista”… todo conspiró contra el afianzamiento de la democracia soviética. Hacia 1921 los soviets se habían convertido en un cascarón vacío. En el resto de las revoluciones triunfantes por lo general ni siquiera vieron la luz; aunque organismos equivalentes se desarrollaron en algunos procesos revolucionarios que no llegaron a desembocar en revoluciones exitosas.
¿Podían los soviets haber evolucionado hacia una forma institucional más estable, menos dependiente del estado de ánimo de las masas trabajadoras? Eso es lo que intentó el gobierno revolucionario de Lenin y Trotsky. Pero el intento fracasó. Durante décadas se ha discutido hasta qué punto el fracaso se debió a las circunstancias tremendamente adversas en las que tuvo lugar; a errores puntuales de los dirigentes; a falencias estructurales asociadas a la naturaleza misma de los soviets; al debilitamiento de la clase obrera. El debate sigue abierto y, dada la escasez de ejemplos históricos con los que realizar comparaciones, toda conclusión que se extraiga será necesariamente incierta y fuertemente especulativa. En cualquier caso, los soviets plantearon tres problemas capitales que toda transformación revolucionaria socialista deberá abordar de una manera o de otra, pero ineludiblemente: a) la participación democrática a gran escala de las clases laboriosas; b) la lucha de masas por el derrocamiento del capitalismo; c) la gestión de los asuntos políticos y económicos de la sociedad en revolución, de manera directa, por la población trabajadora.
Los sindicatos consiguieron en algunos momentos y lugares incluir a segmentos significativos, a veces ampliamente mayoritarios, de la población trabajadora. Pero, como tales, son organismos creados para luchar por reivindicaciones inmediatas en los marcos del capitalismo, no para derrocarlo. El “sindicalismo revolucionario” creyó que los sindicatos podrían ser un agente revolucionario. Y Marx mismo los consideró en alguna ocasión “escuelas de comunismo”, por el ejercicio de participación que propiciaban. En contadas ocasiones (España en 1936, Bolivia en 1952) cumplieron un rol central en algunos procesos revolucionarios, pero por regla general fueron más un puntal del orden capitalista que una amenaza para el mismo. Irónicamente, si en algún lugar los sindicatos fueron los encargados de llevar al triunfo a una revolución, ese sitio es Polonia: pero allí lo hicieron para derrocar un gobierno comunista y restaurar el capitalismo, antes de que la organización sindical Solidaridad desapareciera engullida por las propias fuerzas que tan equívocamente había desatado.
Como organismos, los soviets permitieron una participación masiva de la población trabajadora urbana, de los campesinos y de los soldados, aunque nunca incluyeron a la totalidad de la ciudadanía. En su interior, diferentes partidos luchaban por convencer a la población trabajadora de las propuestas políticas que preconizaban. Como organizaciones populares de lucha mostraron un alto grado de institucionalización, una sorprendente y admirable capacidad de participación, un gran poder de movilización y una enorme capacidad de deliberación. Sin embargo, como organismos de gobierno de la sociedad mostraron problemas rápidamente: en pocos meses su existencia era más virtual que real. Las condiciones no eran, desde luego, las más propicias. Quizá en otras circunstancias pudieran haber evolucionado de mejor manera. Pero, de todos modos, en pocos procesos revolucionarios surgieron organizaciones equivalentes. En cualquier caso, en la Revolución rusa los soviets fueron el gran organismo de participación de la población trabajadora, que pudo ver en ellos la alternativa no sólo al régimen zarista, sino también a la democracia liberal.
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Los soviets fueron claves en la revolución rusa. Pero no lo fue menos la voluntad política concentrada en el partido bolchevique. Fue esta voluntad la que organizó la insurrección que otorgaría todo el poder a los soviets. Ahora bien, si los soviets serían en el futuro una forma de organización de vida intermitente y por lo general efímera, el partido de cuadros de cuño leninista basado en el “centralismo democrático” tendría mucho mejor fortuna. Todas las organizaciones de la III Internacional, buena parte de sus herederas luego de su disolución y todos los grupos que se reivindican de la IV Internacional reclaman el “centralismo democrático” como la base de su organización. En teoría el principio es muy sencillo y suena muy bien: máxima deliberación al interior de la organización; política unificada hacia el exterior para intervenir con la mayor potencia posible. Pero, evidentemente, la manera en que se concibe teóricamente este principio, las precisiones estatutarias en las que se plasma (que pueden contemplar mayores o menores poderes, por ejemplo, de los Comités Centrales para intervenir en las regionales, etc.) y la manera en que se lo practica (dos organizaciones con estatutos idénticos pueden cobijar realidades muy distintas), ha diferido significativamente. En ocasiones (el estalinismo es el caso más extremo de retorcer el principio para convertirlo en lo contrario) el polo centralista terminó engullendo al polo democrático. En otros casos las instancias de deliberación y debate eran más vitales. Pero incluso en las mejores experiencias había un punto ríspido: la existencia o no de fracciones al interior del partido, y la organización vertical de los debates: primero en el Ejecutivo, luego en el Comité Central, después en la direcciones regionales y por último en la base. En general, el centralismo democrático acepta la existencia de diferentes puntos de vista compatibles con el programa general del partido, pero rechaza la existencia de fracciones permanentes. El supuesto es que los miembros del partido se alinearán entre sí de manera cambiante ante cada asunto, no existiendo bloques permanentes. La elección de la dirección, en tales circunstancias, se realiza teóricamente teniendo en cuenta las condiciones personales de los candidatos, no sus puntos de vista. En el congreso se elige a la conducción dentro de una lista común, siendo los más votados los elegidos. No existen listas separadas. Este mecanismo puede dar lugar a una gran eficiencia en la intervención pública. Pero presupone un grado de acuerdo sumamente grande. Como el mismo rara vez se consigue, las organizaciones basadas en el centralismo democrático se han caracterizado o bien por un centralismo que destruye el polo democrático (así ha sido en los PC que gobernaron Estados y en la mayor parte de los PC occidentales), o bien, allí donde la vida interior es efectivamente más rica, por una interminable lista de rupturas o expulsiones (que ha sido lo característico de la tradición trotskista). Sin embargo, en favor del centralismo democrático y del trotskismo, hay que decir que en las últimas décadas de profunda reacción capitalista, han sido este tipo de organizaciones las que consiguieron mantener a lo largo de un tiempo demasiado prolongado tanto la lealtad a los objetivos revolucionarios como agrupaciones políticas sólidas, si bien pequeñas. De manera comprensible, en todo el mundo las fuerzas políticas más laxas y masivas, menos preocupadas por demarcarse programáticamente, tuvieron pocos contrapesos que les impidieran ser arrastradas por una marea política crecientemente domesticada y masivamente influida por los intereses sistémicos del capitalismo. Rodeada de masas mayormente satisfechas, atragantadas por la publicidad a todas horas (que fue poco a poco construyendo subjetividades cada vez más compatibles con el dominio del capital), alejadas de todo vínculo con la tradición socialista (cuando no aterradas por el recuerdo de la feroz represión de los años setenta), la “izquierda” que aspiraba a hacer una política de masas (en lugar de concentrarse en organizar a una “vanguardia”) se fue encaminando hacia reformas discursivas y simbólicas que renunciaban incluso a las reformas redistributivas de la vieja socialdemocracia. En paralelo, la expresiones más “espontaneístas” pero todavía con voluntad revolucionaria, como el autonomismo (en lo esencial heredero de la tradición anarquista), también sufrieron las presiones de un medio político y cultural no revolucionario y ni siquiera reformista, al tiempo que en no pocas ocasiones se vieron paralizadas por la búsqueda infructuosa del consenso o por las dificultades a la hora de sostener la lógica asambleística más allá de cierta escala. Los movimientos sociales que rechazaron la construcción de estructuras permanentes semejantes a las de los partidos o los sindicatos fueron presa casi sin excepción de lo que la intelectual feminista Jo Fernández denominó con acierto “la tiranía de la falta de estructuras”: el peso desmedido de figuras públicas con capacidad para llegar a los grandes medios y que hablaban en nombre de un “movimiento” que carecía de todo mecanismo institucional para designar o controlar a sus voceros.
Quien conozca la historia de las revoluciones no podría ignorar la importancia de las fuerzas políticas altamente cohesionadas y decididas. Pero no se debería desconocer los problemas que las mismas han conllevado a la hora de construir un orden posrevolucionario. Por otra parte, la historia de las organizaciones revolucionarias está llena de ironías y paradojas que no niegan, pero si relativizan, la importancia de los programas y de los principios organizativos. En el caso clásico, la distinción entre bolcheviques y mencheviques puede ser reconstruida retrospectivamente como la diferencia entre revolución y reforma. Pero a lo largo de muchos años la cosa no era clara. Tanto los bolcheviques como los mencheviques consideraban que la revolución rusa sería burguesa, no socialista. Sus diferencias eran tácticas y, en cierto modo, organizativas (aunque en la práctica las diferencias organizativas eran pocas, dado que las condiciones de clandestinidad hacían muy dificultosos los debates internos y favorecían la centralización). Quien poseía una perspectiva estratégica claramente diferente era Trotsky, pero carecía de organización propia. En los hechos, poco después de la revolución de febrero de 1917, Lenin aceptó (sin reconocerlo abiertamente) la estrategia de Trotsky, y en sus famosas “tesis de abril” modificó mucho más que la táctica de apoyo crítico al gobierno provisional que los bolcheviques habían mantenido hasta entonces, produciendo una verdadera conmoción en su partido. Poco después Trotsky aceptaría los principios organizativos de Lenin: ingresaría al partido Bolchevique y sería un actor clave de la revolución. Luego de la toma de poder, y con la intensión de afianzarlo, el gobierno revolucionario, que era un gobierno de coalición entre bolcheviques y socialistas revolucionarios de izquierda, adoptaría el programa agrario de estos últimos (que en el fondo no era más que legalizar la revolución que estaba teniendo lugar de facto, por medio de la ocupación y reparto de los latifundios por parte del campesinado). La cohesión de los bolcheviques era real, pero no total. El “centralismo democrático” no impidió que Sinoviev y Kamenev denunciaran en la prensa los planes de insurrección, por considerarlos una equivocación política. Y este acto, que perfectamente podría ser considerado una traición, no determinó la expulsión de ambos (cosa que hubiera sido perfectamente comprensible), por una razón pragmática: la revolución no andaba sobrada de cuadros y dirigentes. Aunque las fracciones no eran incentivadas por el bolchevismo, los hábitos de discusión y polémica interna estaban tan arraigados que las mismas se formaban naturalmente. En dramáticas condiciones, fueron prohibidas en 1921 en lo que, visto retrospectivamente, fue una de las muchas decisiones coyunturalmente comprensibles, pero que sumadas a lo largo del tiempo allanarían el camino a la dictadura de Stalin.
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Entre fines del siglo XX e inicios del XXI, mientras la clase obrera se disgregaba organizativamente en sus núcleos tradicionales, crecía cuantitativamente y se afianzaba en otros espacios geográficos: sobre todo en Asia. Pero en ellos no dio lugar a un nuevo horizonte político ni logró formas relevantes de autoorganización (en parte debido al carácter fuertemente represivo de esos regímenes). En el mundo occidental, el retroceso del movimiento obrero organizado y el declive del ideario socialista (acentuado luego de la debacle de la URSS) favorecieron la eclosión de todo tipo de movimientos sociales concentrados en la lucha por demandas puntuales (muchas de ellas sumamente relevantes), pero desmembradas de una impugnación global del sistema capitalista, intelectualmente cada vez más alejados del socialismo y con escasos vínculos prácticos con la clase trabajadora organizada.
Entre tanto, el desarrollo imparable de la cultura audiovisual a partir de los años sesenta fue derruyendo la base de sustentación de los partidos políticos. De todos, no sólo los de izquierda. La política se fue convirtiendo crecientemente en un espectáculo. En la actualidad, las elecciones se asemejan más a un mercado que a cualquier otra cosa. Un buen publicista puede más que cientos de militantes organizados. Por esta vía la democracia se fue pervirtiendo. Perry Anderson habló con acierto del “encanallamiento de la política”. Los regímenes democráticos se fueron envileciendo y desvirtuando cada vez más, reducidos, para decirlo en las palabras de Wolfgang Streeck, a una mezcla de elecciones en las que se vota pero no se elige, y entretenimiento público. Hay quienes llegaron a pensar que el capitalismo digital habría conseguido instaurar el más perfecto sistema de dominación, por medio de mecanismos que en sustancia recuerdan más a la distopía consensual de Un mundo feliz, de Huxley, que a las técnicas más represivas retratadas por Orwell en 1984. Sin embargo, no hay sistema de dominación perfecto. Mientras la situación económica no sea particularmente angustiante para las mayorías, el tinglado puede mantenerse. Pero en todos lados se avanza en mayor o menor medida en la dirección opuesta, y ello va generando hartazgo, bronca y descontento. Por otra parte, los nuevos dispositivos tecnológicos están produciendo un efecto divergente, contradictorio, sin que esté claro qué costado tendrá a la larga mayor peso. Por un lado, han servido para enlodar el debate público, enterrando la capacidad de intelección bajo una montaña de información que nadie puede procesar adecuadamente y un vendaval de noticias falsas. Pero, por el otro, han permitido que ideas contrarias a los grandes poderes y sin el aval de los grandes medios puedan difundirse a gran escala y velocidad. El descontento generalizado se manifiesta de diferentes maneras: abstención electoral, revueltas callejeras o apoyo electoral a candidaturas percibidas (en general sin razón) como antisistema. Pero en todos lados esto ocurre en medio de la ausencia de un destino más o menos claro hacia el que dirigirse.
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En este panorama general, hay casos particulares. Argentina es uno de ellos. Se halla envuelta en una decadencia económica que lleva décadas, y actualmente el gobierno de Milei atraviesa una crisis política de gran calado. El “activo” de haber frenado la inflación pesa cada vez menos en el marco de una recesión aguda: el crecimiento prometido sigue sin llegar. Los escándalos de corrupción resultan cada vez más inocultables y el que fuera su electorado se muestra cada vez menos tolerante con los mismos. La oposición peronista atraviesa una crisis no menor luego del desastroso gobierno de Fernández-Fernández. En tanto que la derecha más tradicional no sólo arrastra el recuerdo aun relativamente reciente del mal gobierno de Macri, sino que muchos de sus referentes se han integrado al actual gobierno, lo que dificulta “despegarse” del mismo para presentarse de manera creíble como una alternativa diferente. De momento, por lo demás, ningún outsider (como lo fuera Milei) asoma en el horizonte.
En este contexto, Myriam Bregman –en 2023 candidata presidencial por el FIT-U– se cuenta entre las figuras políticas con mayor imagen positiva, y de todas ellas es la que tiene menor imagen negativa. La intención de voto que se le atribuye según diferentes encuestas oscila entre el 10 y el 14 %, muy por encima del 2,7 que obtuviera en 2023. A la hora de explicar este fenómeno cabe destacar los méritos del FIT-U al haber mantenido por tres lustros la unidad y una consecuente oposición parlamentaria a todos los gobiernos, el tesón de la militancia de izquierda a la hora a apoyar las luchas populares y el propio carisma de Bregman. Sin embargo, no se puede desconocer el peso de dos condiciones de posibilidad más estructurales: el impacto acumulado de la cultura audiovisual (con sus muchas sombras a las que ya me he referido), y el grado de crisis de las democracias liberales tras varias décadas en las que su expansión cuantitativa (por ejemplo en América Latina desde los años ochenta) se vio acompañada por una gradual pérdida de calidad institucional y de entusiasmo popular. Sin estas dos condiciones de base, sería imposible que una fuerza de izquierda pudiera alcanzar un peso electoral potencial de primera línea mientras posee, por ejemplo, una presencia sindical mínima. En todos los casos del siglo XX en los que una fuerza de izquierda logró un peso electoral significativo, por lo menos dirigía una central sindical de las más grandes. Esta aparente incongruencia se explica por la confluencia de tres grandes fenómenos: la dinámica del mundo audiovisual; el aumento de los sectores laborales informales o precarizados y, lo que no es menos importante, el peso de una burocracia sindical, que en el sector privado sobre todo alcanza cotas de corrupción y de subordinación al poder político y económico increíbles. Esta es una de las razones por la que muchos trabajadores ven en las elecciones una posibilidad de acción más a la mano y más segura que la lucha sindical. Hay que ver la realidad con todas sus contradictorias aristas. Por otra parte, aunque la crisis de la democracia liberal es enorme a escala planetaria, dispone aún de la ventaja de la ausencia de una alternativa clara y creíble de una democracia de otro tipo: ofrecer cuando menos los contornos de la misma es una tarea de importancia capital para las fuerzas revolucionarias. En cualquier caso, la hipótesis de la recomposición de la clase trabajadora por medio de un movimiento político general (incluso con un fuerte componente electoral), antes que por la suma de sus múltiples reivindicaciones sectoriales o sindicales, debe ser apropiadamente calibrada. La actual dispersión y fragmentación de la clase trabajadora podría ser superada por medio de un nuevo horizonte político, un renovado entusiasmo por construir un orden social radicalmente distinto a las miserias del presente. En la actualidad y en nuestras circunstancias, me parece la vía más probable. Y a escala mundial es más que necesario que emerja una alternativa, de masas y revolucionaria, al capitalismo: necesitamos un nuevo horizonte, una nueva esperanza, un nuevo movimiento ideológico capaz de unir los viejos principios del socialismo con los más actuales problemas sociales y ambientales. En una obra reciente defendí una perspectiva general que llamé “ecomunismo”.
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A diferencia de otras expresiones consideradas de “izquierda” en los últimos años –que por lo general enarbolaban propuestas que quedaban muy por detrás de la socialdemocracia en sus buenos tiempos– Myriam Bregman y el FIT-U representan una fuerza genuinamente revolucionaria, muy a la izquierda de cualquier socialdemocracia conocida. El FIT-U, de hecho, es una coalición electoral de partidos trotskistas: una absoluta rareza en el panorama mundial.
¿Puede la izquierda revolucionaria argentina acaudillar un proceso revolucionario? No se lo puede descartar, aunque los desafíos son enormes. Aquí quisiera exponer un esbozo de posibles vías de actuación, más bien a la luz de nuestras circunstancias específicas que de una teoría general preconcebida. Para hacerlo es conveniente juntar los diferentes hilos que he estado desenvolviendo en las páginas precedentes y agregar algunos nuevos.
¿En qué situación estamos? A diferencia de las revoluciones que tuvieron lugar en el siglo XX, Argentina es un país mucho más urbanizado e industrializado. Si hubiera que establecer analogías posibles, ni Rusia en 1917, ni China en 1947, ni Cuba en 1959 parecen casos comparables. Los ejemplos más o menos equivalentes podrían ser el Chile de Allende y, quizá, en menor medida, la “Viena Roja” de los años veinte o el Portugal de 1975. Pero las diferencias con cualquier caso precedente son más significativas que cualquier semejanza: la cultura audiovisual se ha vuelto claramente dominante; la “redes sociales” han alterado los patrones del comportamiento social y político; el ideario socialista ha dejado en general de tener presencia de masas. En contraste, la crisis política tiende a ser un estado permanente a escala global, la economía sigue sin repuntar, los problemas energéticos se agudizan, la crisis ecológica se vuelve cada vez más inmanejable y las tensiones geopolíticas de agravan: un escenario propicio para fuerzas radicales.
Aunque hoy en día no parece la hipótesis más probable, un estallido social no puede ser descartado, sobre todo conociendo la historia de nuestro país. Pero un gran ascenso electoral parece un escenario más factible para la izquierda argentina. ¿Podría ese crecimiento ser tan grande como para colocarla en el gobierno? Falta mucho para las elecciones. En el presente esa posibilidad parece lejana. Pero quien recuerde que la coalición que capitaneaba Milei tenía en 2021 la misma cantidad de votos que el FIT-U, será cauteloso a la hora de descartarla.
Por supuesto, para una fuerza revolucionaria un triunfo electoral puede ser una trampa: su objetivo no es gestionar el sistema, sino derrocarlo. No podría, por consiguiente, comprometerse con un irrestricto apego a la ley. Tampoco se puede descartar que haya alguna forma de interrupción del proceso electoral si la izquierda revolucionaria pudiera llegar al poder. De todas formas, al menos en teoría, hay una salida para la eventual encerrona en la que podría verse un gobierno revolucionario que llegara al poder por medios constitucionales, no insurreccionales. Una Asamblea Constituyente Libre y Soberana tendría legitimidad para rehacer el orden social por completo. Y un gobierno que ganara las elecciones tendría legitimidad para convocarla y emprender esa tarea. Por supuesto, la legitimidad es necesaria, pero la fuerza no lo es menos. Un gobierno legítimo pero sin fuerza será impotente. Aquí se abre un abanico de grandes problemas clásicos. Pero, en su sentido más general, la fuerza de un gobierno de trabajadores depende ante todo de la unidad de los trabajadores y de su grado de organización y movilización.
Cuando, junto a un grupo de compañeros, propusimos armar comités de base por un gobierno de trabajadores, la clave de la propuesta era precisamente generar unidad y organización. En Argentina no existen soviets ni hay a la vista, preexistiendo, ningún organismo capaz de desempeñar un papel equiparable. Pero, si tuvieran efectivamente un carácter masivo, los comités de base podrían convertirse en algo así como el “equivalente funcional” de los soviets. Desde luego, serían muy diferentes de los originales: por la sencilla razón de que las condiciones son muy distintas. Ciertas circunstancias propias de la Rusia del momento fueron particularmente favorables a los soviets en su forma particular. La clase obrera rusa tenía una concentración sin precedentes: se agrupaba en unas pocas ciudades en las que, además, abundaban las grandes fábricas de miles de obreros. La pervivencia de tradiciones comunitarias campesinas (en las que los narodniki y el mismo Karl Marx cifraron esperanzas de que fueran una base socialista) hicieron relativamente sencillo el afianzamiento de los soviets campesinos, que en gran medida no eran más que los viejos consejos de aldea con una bandera roja al frente. Por último, la movilización masiva por la guerra creó un ejército de millones de soldados, en cuyas concentraciones surgieron los soviets de soldados. Nada de esto tenemos nosotros.
Sin embargo, en nuestras circunstancias, la difusión de ideas y la convocatoria a la acción pueden emplear canales inexistentes en 1917. No se puede saber si los comités de base podrían llegar a tener el alcance de los viejos soviets. Pero vale la pena intentarlo. Si no lograran tener un alcance equiparable (cosa muy posible), su existencia crearía al menos las bases de un frente único, lo cual sería un paso muy importante en relación a lo que actualmente es el FIT-U: apenas una coalición electoral. Como equivalente funcional de los soviets (de máxima) o como expresión de un frente único socialista (de mínima) la existencia de comités en el que todas las fuerzas favorables a un gobierno de trabajadores pudieran participar y hacer oír su voz apuntalaría un proceso de politización acelerada de grandes contingentes de la población, ejercitándola en la democracia participativa y deliberativa, un elemento esencial de todo cambio revolucionario genuino.
La pretensión de querer conjugar lo mejor de cada quién no siempre es posible, y aun cuando lo fuera puede no dar los frutos esperados. Sin embargo, pienso que valdría la pena intentarlo. Después de todo, la propia diversidad de la nueva clase trabajadora (y de las fuerzas de lucha al menos parcialmente anticapitalistas) en el presente, hace muy difícil encauzar esas energías por canales estrechos: demanda capacidad de articulación y unificación de lo muy diverso. Argentina posee una enorme cantidad de trabajadores, activistas y militantes muy críticos con el capitalismo; con un volumen, de hecho, mucho mayor que el existente en otros países. Pero se halla fragmentado hasta lo indecible. Una parte se agrupa en los partidos de cuadros que integran el FIT-U (y en menor medida en partidos semejantes que no lo integran); otra parte se organiza en movimientos sociales o sociopolíticos (feminismos, ambientalismos, movimientos territoriales, etc.) que no forman parte de esta coalición y que no reivindican el modelo leninista de organización; existe una intelectualidad de izquierdas numerosa pero, en general (como en el resto del mundo), muy academizada; en los sindicatos son cuantiosos los activistas independientes que luchan contra la burocracia sindical, casi siempre en las condiciones más adversas; son numerosos los simpatizantes con la izquierda en general, más que con alguna de sus fuerzas en particular. Los comités de base podrían ser el lugar en el que todas estas fuerzas confluyan, creando un verdadero laboratorio de experimentación política.
Desde luego, todo proceso de agitación política y de lucha radical tiene componentes impredecibles e incluso caóticos. Los comités, con seguridad, incluso si pudieran desarrollarse con robustez, no serían los únicos organismos en juego. Sobre la marcha, habrá que construir puentes entre diferentes expresiones, muy diversas, de autoorganización popular, que podrán integrarse total o parcialmente a los comités, e incluso operar por fuera de los mismos, y que pueden ir desde sindicatos o seccionales sindicales, hasta asambleas barriales, bibliotecas populares y, por qué no, hinchadas de fútbol.
Los comités tendrían la posibilidad de convertirse en organismos al menos tendencialmente sovietistas, consejistas o de poder popular (si se prefiere esta expresión), pero ello no socaba la posibilidad o la importancia relativa de poseer una organización política en el sentido más clásico: un partido. Con todo, en la situación argentina (en la que hay muchos pequeños partidos revolucionarios) y en el contexto cultural contemporáneo de hipertrofia audiovisual y fragmentación identitaria, los pasos en esta dirección deberían ser cautelosos. No es sencillo que partidos de cuadros con décadas de existencia y lucha entre sí puedan fusionarse. Pero tampoco es indispensable que lo hagan. En una democracia socialista habrá diferentes perspectivas, que tanto cooperarán como disputarán entre sí. En los comités de base ningún partido estaría obligado a disolverse ni a fusionarse con otro, pero tanto dentro como fuera de los mismos estas cuestiones se podrían analizar y discutir fraternalmente. Y quizá, a la luz de la acción mancomunada en un contexto de lucha revolucionaria, en algún momento las viejas diferencias puedan ser dejadas atrás. Después de todo, todas las fuerzas del FIT-U comparten el mismo objetivo e incluso, al menos en teoría, la misma perspectiva estratégica. Sus diferencias son más bien de orden táctico. Pero al haberse incubado a lo largo de muchas décadas, su peso efectivo resulta infinitamente mayor que el que ameritaría su sustancia. En cualquier caso, sus diferencias no son las que dividen a la reforma de la revolución, ni a la lucha armada de la lucha pacífica, ni a la participación de la abstención electoral, ni a la conciliación de clase de la lucha de clases.
Quienes tengan reservas sobre las posibilidades y/o la conveniencia de la participación electoral podrían tener lugar en los comités de base por un gobierno de trabajadores: después de todo, lo electoral no es más que una táctica y la lucha se da en todos los frentes. Quienes desconfíen de las organizaciones muy estructuradas podrían hallar en ellos un espacio apropiadamente asambleario. La militancia de los diversos movimientos sociales podrá llevar a los mismos sus preocupaciones, a sabiendas de que las mismas no tendrán carácter exclusivo y que se les solicitará compromiso con otras luchas y otras demandas. Los intelectuales podrían hallar un saludable espacio de desacademización y podrían tener una amplia audiencia; a cambio, deberían estar dispuestos a emprender las investigaciones específicas que los comités les soliciten por considerarlas un insumo indispensable para la elaboración política. Los partidos revolucionarios, en tanto que fuerzas organizadas, disciplinadas y de alcance nacional deberían tener, a priori, mayor influencia que los individuos sueltos o las fuerzas menos cohesionadas; también dispondrían de un espacio propicio para sumar militantes. Todo el mundo, sin distinción, podría hacer una invaluable experiencia de democracia de base. Y se podría generar un proceso capaz de ir más allá de lo meramente electoral, interviniendo en las diferentes circunstancias de la lucha de clases y con potencialidad para atraer o influir en los más amplios segmentos sociales y políticos: de los peronistas descontentos a los votantes frustrados de Milei.
Y quién sabe: si hacemos las cosas bien, podríamos hacer historia.
Ariel Petruccelli