Milicianos y carabineros marchando en julio de 1936 por la calle Ample de Barcelona. Fotografía de Carlos Pérez de Rozas. Fuente: Sortides amb gràcia.
Se cumplen noventa años de la Revolución Española, y Kalewche no se olvida. Nueve decenios de las épicas jornadas insurreccionales de julio de 1936, sin dudas, una de las mayores gestas populares antifascistas y anticapitalistas del siglo pasado.
Aquel contragolpe obrero-campesino por izquierda buscó denodadamente, con barricadas y trincheras, no solo aplastar el cuartelazo de la derecha burguesa y terrateniente acaudillada por el general Franco (y bendecida por la Iglesia católica), sino también radicalizar el sinuoso devenir histórico de la II República alumbrada en 1931. El conflicto escaló de inmediato a una cruenta y larga guerra civil, verdadera antesala y laboratorio de la Segunda Guerra Mundial, con fuerte intervención de la Alemania nazi, la Italia de Mussolini y la Unión Soviética de Stalin. Aunque la Guerra Civil Española tuvo un trágico desenlace en 1939, dejando un saldo aterrador de muertos y refugiados republicanos (amén de los que quedaron presos del franquismo), “llegó a ser recordada y sigue siendo recordada por quienes fueron jóvenes en la época –señaló con certera belleza Hobsbawm– como la indeleble memoria rompecorazones de un primer amor grande y perdido”.
A modo de homenaje, desempolvamos varias prosas no ficcionales –crónicas, ensayos, memorias– del periodista y escritor argentino Rodolfo González Pacheco (1881-1949), figura prominente del anarquismo latinoamericano y la dramaturgia rioplatense, quien partió hacia la Península Ibérica desde las pampas australes (su terruño: nació y se crio en Tandil, y vivió mayormente en la ciudad de Buenos Aires) a fines del 36, para colaborar en retaguardia cultural con la causa revolucionaria, cuando la Guerra Civil Española aún no mostraba su peor cara a las milicias del bando republicano, y cuando todavía era posible soñar –¡qué tiempos aquellos!– con una derrota militar de la barbarie franquista y –mucho más importante– con una victoria política de la utopía comunista, que en el caso de González Pacheco y sus compañeros libertarios de la CNT-FAI poco tenía que ver con el «comunismo» estalinista del Kremlin y del PCE.
Esto dice el historiador Horacio Tarcus acerca de Pacheco y su experiencia en España, en su Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas (2023): “Allí se había publicado su obra teatral Compañeros. El 27 de abril de 1937 llega a Barcelona, donde comparte habitación de Diago Abad de Santillán. Se integra a la Compañía del Teatro del Pueblo de la CNT como ‘director literario’, montando puestas de teatro social como Venciste Monatkoff del ex comisario de Justicia soviético Isaac N. Steinberg, Los Mesianistas, inspirada en el proceso de Sacco y Vanzetti, y Como gustéis de Shakespeare. La primera se estrenó en Teatro Circo Barcelonés en julio de 1937, interpretada por un conjunto de aficionados y con dirección de González Pacheco. A fines de ese mes tenía a su cargo las palabras de cierre del festival teatral y musical organizado por la Sociedad de Amigos de México en el Teatro Apolo de Valencia, en agradecimiento al apoyo brindado por ese país a la causa republicana. Dirige además los cuadernos quincenales Teatro Social y luego la revista Nosotros (Valencia, 1937). También colaboró con Umbral. Pero los bombardeos impiden continuar con la labor teatral y González Pacheco se embarca en el puerto de Boulogne para retornar a Buenos Aires el 25 de diciembre de 1937, un año después de haber partido.”
Aquí recuperamos cinco prosas de sus Carteles de España, una obra de gran valor literario e histórico-testimonial que injustamente ha caído en el olvido (a ambos lados del Atlántico). El libro fue editado por el propio autor en Argentina, allá por 1940. Los textos que escogimos son “Nadie se muere la víspera”, “España”, “La Revolución”, “La Mancha” y “Déjame entre los muertos”.
Hemos publicado varios textos del ácrata Pacheco en estos años, entre ellos, varios de temática gauchesca y otro intitulado “Con los rebeldes siempre”, también referido a la España republicana (la insurrección asturiana de 1934). Pueden leerlos aquí.
NADIE SE MUERE LA VÍSPERA
En las revoluciones se conoce al hombre. Realistas de lo social, antes de ellas –y después– olvidamos un minúsculo detalle: el imponderable humano; su realidad. A la suya, eterna, contraponemos la nuestra, histórica. Inefable escamoteo; trampa a la vida, que nos contempla irónica.
A ver, sabroso optimista o podrido escéptico: ¿qué conocíais de este Hombre que hoy se os revela en España con el impudor solemne con que una hembra, en trance de alumbramiento, enseña el sexo? Menos que un niño de su diablo o su ángel. Porque éste realiza imágenes, y vosotros imagináis realidades. Él es poesía y vosotros sois retórica. Por eso os asusta ahora, u os admira, el horror o el heroísmo que veis, mucho más que a él el infierno o el paraíso que viera.
Las revoluciones arrasan con lo social. Leyes y fines, morales y principios se queman o se apagan. Eran linternas o harapos con que se alumbraba o vestía al pueblo. Al Hombre, que seguía tiritando, perdido en la oscuridad de su miedo a Dios o al amo. Pero, por abajo de eso, él tenía también su vida, indesvirtuable y caliente, como una gota de luz. Y el revolucionario lo sabía. Y por años, o por siglos, picó o frotó su caparazón helado con la ansiedad de un salvaje que busca chispas de fuego en la piedra o en el palo. Hasta que las arrancó y logró la hoguera. Y ahora arden los españoles.
Humazo hediondo; claridad fragante. Olor a Hombre encendido. Quien no ha olfateado su ramo de podre o de nardos, no le conoce. Ahí está su entero ser, con sus dos fases, la endemoniada y la angélica, y ensangrentadas las dos. ¡Bésalas, ahora! Tu sangre las enmascara; tu sangre las ilumina. ¡Todo es tu sangre!
Las revoluciones, como los genios, se gestan en cualquier vientre. Pueden nacer de un programa filosófico, de un cuartelazo o de un mitin. El itinerario no es el pasajero. Éste se revela a su llegada al pueblo: en las pasiones e instintos que desata y pone en marcha; cuanto más hondos y fuertes, más fieles a su destino: destruir lo histórico; recrear lo humano. Erguir al Hombre en la alegría o el tormento de conocer sus entrañas.
Sin este conocimiento: ¿cómo podríamos hablar de él, nosotros, los anarquistas? Para lo que fuimos siempre, o para no serlo más, lo primero de todo, sentir al Hombre. Salpicarnos de su sangre, transirnos de sus congojas, remecernos en sus sueños. Si sobrevivimos a esto, habremos ganado una vida, humanidad, realidades. Y si nos matan… gauchos somos, que es decir: fatales. Nadie se muere la víspera. ¡A España vamos!
ESPAÑA
Las “fronteras naturales”, igual que la “sangre pura”, son metáforas políticas; tropos que nos harían reír, si a otros no los hicieran matarse. Como éste, que ahora le cuelgan a Hitler: Jesucristo no es judío, porque es hijo de Dios. Y Dios es ario…
Lo grave de todo embuste es que es la deformación de alguna realidad, siempre. No hay razas, pero hay pueblos que, a través de la más larga existencia y la más movida historia, perduran en una suerte de cohesión de especie. Por debajo de las superestructuras que los dividen en clases, viven un solo temperamento. Y ello no por un milagro de herencia o de ética, sino por algo más estrictamente físico. Lo telúrico, que colora nuestra piel y remece nuestra voz, nos da la temperatura de las ideas y el color de las pasiones. Todo será un mismo hierro, pero en diferentes puños. Hay lo ingénito español, que no es lo ruso o lo chino.
España ha sido ganada por los más opuestos regímenes de fuerza o liberalismo, desde los romanos a los franceses; hacia ella canalizaron las más diversas culturas, desde la mora a la hebrea; sobre su campo acamparon clanes, civilizaciones y barbaries. Y todo fue como el agua, el aire o la luz; elementos con que nutrió, cada vez más, lo español. No hubo injerto ni cultivo que obnubilara o matara esta flor de sus sustancias: la exaltación española.
Desde sus propias entrañas, tozudos hombres geniales se han alzado a transformarla. A lanzadas o a caricias han pretendido acuñarle un nuevo cuño, otro ser, una imagen de otra postura y otro calibre. Y no pudieron tampoco. El mineral de su vida se hacía cruz, espada o pluma, pero conservando siempre el fuego, el timbre y el filo del mineral peleador: el de Cortés o Cervantes, el de El Cid o Santa Teresa. Todos sus héroes lo han sido por su rotundo fervor para el mal o para el bien. (…)
Un pueblo así, que vivió siempre tan en grande, tan en sí mismo y tan invariable, tenía, al fin, que escindirse, alzándose a la grandeza que hoy vive: bárbaramente tendido hacia los extremos de la dictadura y de la anarquía; tironeando hacia la gruta ancestral y haciendo pie en una playa desconocida. Y entre ambos bandos, la quemazón de sus respectivas naves para ni soñar siquiera con un retorno a la paz, si antes no logra uno u otro su botín de tiranía o libertad. (…)
Porque, ¡no y no! La España viva y eterna nunca podrá ser la anfibia, mitad agua y mitad fuego, que quieren hacérnosla republicanos y bolcheviques. Es esta que cumbrea ahora: que presintió Bakunin, pulsó Fanelli, amó tanto Malatesta, y se puso a trabajar de gañán en gañán, de sangre a sangre, Salvochea. Éste es el pueblo español, sobre el que hasta lo divino tiene que ser popular, sencillo y fuerte para absorber amores y maldiciones. Pues si no hay otro en la tierra que haya puesto más fe en Dios, tampoco hay otro que lo haya mandado más veces al gran coño.
Es que allí todo es llano, hasta las cumbres. (…) El español trata de tú a la vida, porque la quiere. No había, pues, más que enseñarle a quererla libre y justa para que quisiera la anarquía. Este anarquismo con que ahora ilumina el orbe: recto y rotundo, de conquistas y de hogueras. Españolazo.
¡España, España! Decían, por denigrarte, que África empezaba en tus Pirineos. Era un socorrido tropo, pero, como todo embuste, en base a una realidad. Sí. Eres fuego, pasión, fuerza. Siempre lo fuiste. Y por eso, como ayer para engrandecer los mapas, hoy hay que contar contigo para engrandecer las almas. Ayer con tus capitanes. Y hoy con tus anarquistas.
LA REVOLUCIÓN
Tendrá su ley, como todo. Pero, ¿quién pueda explicarla? Cae como el rayo; barre lo muerto y lo vivo, como un vendaval, basura y flores. Ya sería hora de que aquéllos que, en la impotencia de organizarnos la vida como un reloj, le cargan a dios o al diablo el mal o el bien que nos falta, o que nos sobra, incluyeran en su elenco este relojero: la revolución.
¿Desde qué espacio –cumbre o abismo, odio o amor– se desata? ¿Por cuánto tiempo y hacia qué rumbo arreará –pastor que viene quemando los pastizales– al asustado o furioso rebaño humano? ¿Qué torre de hierro o piedra hará polvo a manotones? ¿Qué estéril brizna o fecundo polen se llevará, como un niño dormido, sobre sus alas?
No hay sociología, materialismo o dialéctica que prevean lo espantable o candoroso que ella sumerge o remonta. Reja que da vuelta tierra mesturada con reptiles: entraña nuestra, rebelde o envilecida, que estalla miel o ponzoña: la ineditez del hombre… Prever la revolución a través de la evolución, es prever el huracán a través del aire de nuestros ventiladores.
Claro, también, que yo no hablo del motín que trueca un rey por un presidente, o un zar por un comisario. Eso está dentro de un orden político o económico, cuya marcha, como en la vía de los trenes, puede volcar a la izquierda o a la derecha, con sólo mover palancas cualquier practicón o cualquier audaz: Lenin, Mussolini, Hitler.
Hablo de las revoluciones a la española. Y no de la que ha sido, también aquí, derivada hacia una guerra en la que el pueblo es solamente soldado: la negación de un revolucionario. Hablo de aquélla que fue el 19 de julio. Y de aquella otra que ayer vi estallar en la Plaza Cataluña.
¡Cuánto candor y fiereza! ¡Qué densa y humeante vida rompe y recuesta en la tierra esta aradora del Hombre, de la que nunca se sabe desde qué punto ni a qué hora va a poner su arado en marcha! Pero que, por eso mismo, uno ha de esperarla siempre. ¡Para sembrar sus surcos!
LA MANCHA
Es la Pampa. La misma llanura ondeada, de cuna que mueve el viento; igual silencio, hasta oírse el trotecito del cimarrón en las sienes. El hombre que la ande mucho tiene que dar en bandido, como allá el matrero. Le queda otra disyuntiva, que es la que eligió Cervantes para su protagonista: volverse loco.
Vides y olivos; caldenes y pajas bravas: los valores son distintos, pero el clima espiritual idéntico. El pintor de esta estampa pintó aquélla. Con tierras negras y untuosas creó el panorama que aquí es polvo gris y reseco. Llevó la meseta al valle.
Y su obsesión tremenda: la soledad. Soledad de ánima en pena, que va y que viene desde horizonte a horizonte, bajo un cielo también solo, sin una nube ni un ave. Soledad de horas y leguas.
Hasta, al fin, una posada, como allá una pulpería. Y en ella la parquedad de nuestra gente paisana:
—Sí, señor.
—No, señor.
Y el silencio como un yelmo que no se quitan si no es para la sentencia, arrastrada o erguida, a lo Quijote o Sancho; como allá a lo Martín Fierro o Viejo Vizcacha.
Y venimos chamuscados. El auto es como un brasero al que la velocidad sopla las brasas. ¿Dónde habrá agua? Donde haya un montón de rocas. El llano es igual al pueblo: apeñuzca durezas para esconder sus ternuras. Nuestro cimarrón sediento olfatea unos peñascales. Y la halla.
Nos chapuzamos la vida. “Ya con el pie en el estribo”, nuestro volante señala un punto lejano. Rebota al compás del trote. Es un jinete.
Lo esperamos. Y cuanto más se aproxima, más también nos equivoca el paisaje y su habitante. ¿Ésta es la Mancha o la Pampa?
El caballejo, arratonado y flacón, pero atento a los hoyos y cascotes, como un chico que conduce a un ciego, es criollo. Y el hombre, que lo sofrena frente a nosotros, también. Lo están cantando sus ojos de fanático o de «ido»; su sombrero con barbijo, y el saludo, que más parece una bendición.
—Güenas tardes les dé Dios.
—Buenas, paisano… ¿Viene de lejos?
—Algo, señor.
—¿Va a Madrid?
—No, señor.
Y silencio, como si estuviera solo. Cruza la pierna en la manta que atraviesa en su montura, como los nuestros el poncho; extrae una tabaquera y empieza a liar un cigarro. Se pone en ese trabajo, minucioso y alerta, como si, en vez de tabaco, estuviera liando nuestras intenciones.
—Si gusta.
Correspondemos con otro, que él enciende en las chispas de un yesquero, entrecerrando los ojos, hasta no vérsele más que una claridad filuda, de cuchillo o lanza. Conocemos este hierro; es el que fraguan allá los matreros y los locos, en la soledad de las horas y las leguas.
—Entonces… pasarlo bien.
—Pasarlo.
Toca apenas su sombrero, y marcha el hombre. Como engrapado al caballo. Más que pesarle en el lomo, parece que le levanta y sostiene el ritmo del trotecito. ¡Ah, el gaucho!
¡Velay, mi Pampa! ¿No habría sido más, entonces, que una recreación de La Mancha? Linda albricia para mí. Ahora comprendo por qué quiero tanto a España. De aquí he salido; aquí me hallo. ¡Bienhaya todos mis trotes desparejos y solos! Eran los de la vuelta a mi pago.
“DÉJAME ENTRE LOS MUERTOS”
Cayó con el arma al puño sobre un montón de cadáveres. La metralla fascista pudo más que el coraje de los nuestros, mal armados. Cayó ella entre ellos, acribillada. Pero no estaba muerta todavía, y alguien, hermano o hijo –¿quién no es hijo o hermano de una mujer que pelea por la libertad del pueblo?– intentó levantarla, huir con ella a la rastra, como un león con su leona mal herida. Y abrió los ojos entonces. Reconoció al compañero, y le sonrió al preguntarle:
—¿Hemos ganado?
—¡No! –rugió el nuestro–. Hemos perdido. ¡Ven!
—¿Hemos perdido? –se desasió de sus brazos, y volvió a dejarse caer sobre los cadáveres–. ¡Déjame entre los muertos!
Rodolfo González Pacheco