Fotografía de AFP. Fuente: The Straits Times
El 7 de abril del corriente año, en el marco de la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán, la Fuerza Aérea Israelí (FAI) bombardeó la sinagoga Rafi-Nia en el centro de Teherán, cerca de la Plaza Palestina, destruyéndola por completo en medio de la Pascua judía (Pésaj). Según alegó el régimen sionista, que admitió la autoría del ataque calificándolo escuetamente de “lamentable”, se habría tratado de un “daño colateral”, pues el objetivo no era eliminar ese emblemático templo hebreo de la capital iraní, sino a un alto comandante de la República Islámica que se encontraba en el cuartel general de Jatam al Anbiya, en las adyacencias del edificio religioso. Numerosas reliquias bibliográficas –rollos sagrados de la Torá, por ejemplo– quedaron sepultadas bajo los escombros, junto a dos personas que fueron asistidas por la Media Luna Roja en una operación de rescate de alto riesgo. No se reportaron víctimas fatales, afortunadamente. Homayoun Sameh, representante judío en la Asamblea Consultiva del país y jefe de la Asociación Judía de Teherán, repudió el bombardeo: “el régimen sionista no mostró piedad con esta comunidad durante las festividades judías y atacó una de nuestras sinagogas más antiguas y sagradas”. Cuesta mucho creer que la FAI no haya previsto la inevitabilidad del desastre, habida cuenta la ubicación de la sinagoga y la carga explosiva de las bombas que planeaban arrojar.
Cuando se enteró de la noticia, el destacado intelectual judío ruso-canadiense Yakov M. Rabkin, historiador y profesor emérito de la Universidad de Montreal, autor de varios libros imprescindibles para la dilucidación crítica del movimiento sionista y del Estado de Israel (como el clásico La amenaza interior. Historia de la oposición judía al sionismo y el reciente Zionism Decoded in 101 Quotes), quedó impactado. Conocía personalmente la sinagoga de Rafi-Nia y había escrito sobre ella. Decidió por ello redactar un nuevo artículo de reflexión: «Israel is a danger to Jews and non-Jews alike: On antisemitism of Zionism». Lo publicó el 18 de abril en Avlaremoz, una revista digital de Turquía con la que colabora asiduamente, editada por jóvenes progresistas de la colectividad sefardí comprometidos con la promoción de la interculturalidad y el respeto de las minorías étnicas y religiosas. Lo hemos traducido del inglés, junto con ese otro texto suyo de hace casi una década, tan vigente y pertinente: «Jews in Iran: a travelogue», crónica de viaje que vio la luz en Mondoweiss el 20 de febrero de 2017.
Rabkin había volado a Irán para visitar sus comunidades judías, que se cuentan entre las más antiguas del mundo, con orígenes que se pierden en las brumas legendarias del Imperio de los Aqueménidas, cuando la religión mayoritaria y oficial de Persia no era el islam chiita, sino el mazdeísmo predicado por el profeta Zoroastro (que tanto influyó con su credo monoteísta en la formación del judaísmo durante el exilio babilónico). Una de esas comunidades era nada menos que la feligresía de la sinagoga de Rafi-Nia en Teherán, hoy reducida a un montón de ruinas por las bombas criminales de la aviación israelí. Difícilmente haya podido Rabkin imaginar este trágico desenlace cuando la conoció hace casi diez años, en circunstancias más pacíficas que las actuales.
El octogenario historiador nacido en Leningrado –quien emigró de la URSS a Canadá en 1973 buscando más libertad intelectual– quedó maravillado ante la vitalidad y tranquilidad en que viven los judíos de Irán, en un marco de tolerancia amplia e interculturalidad relativa que contrasta fuertemente con los prejuicios tremendistas que Occidente e Israel tienen de la República Islámica, cuyo autoritarismo teocrático, integrismo religioso y conservadurismo patriarcal no son mayores –y en varios aspectos son menores– a los de sus vecinos árabes aferrados al absolutismo monárquico y la ortodoxia sunita en pleno siglo XXI. Vecinos que, por ser vasallos de EE.UU. y socios de Israel (como Arabia Saudita, bastión reaccionario del wahabismo), están totalmente fuera del radar inquisitorial de la prensa hegemónica occidental y sionista, descaradamente errática y oportunista en su defensa de la democracia, las mujeres y los derechos humanos.
Las aclaraciones entre corchetes son nuestras, no del autor.
ISRAEL ES UN PELIGRO TANTO PARA LOS JUDÍOS COMO PARA LOS NO JUDÍOS
SOBRE EL ANTISEMITISMO DEL SIONISMO
Una sinagoga es objeto de un atentado con bomba en plena Pascua judía. A primera vista, se trataría de un acto antisemita. Pocos discutirían lo contrario, a menos, claro está, que el atentado lo hubiera perpetrado la Fuerza Aérea israelí. Mucha gente confunde a los judíos con los israelíes, y el judaísmo con el sionismo. No pueden imaginar que Israel pueda actuar contra los judíos; en otras palabras, que pueda cometer actos antisemitas.
La sinagoga en cuestión se encuentra en Teherán, sede de una de las comunidades judías más antiguas del mundo. Los judíos llevan más de dos milenios viviendo en Irán y son tan iraníes como los musulmanes, los cristianos o los zoroastrianos. Sin embargo, para la mayoría de los israelíes –y sin duda para su gobierno–, los judíos de Irán no son iraníes. Se les considera pertenecientes a una nación diferente, para la que, en apariencia, existe el Estado de Israel, independientemente de las actitudes reales de los judíos de todo el mundo hacia “la patria histórica”.
El atentado contra la sinagoga de Teherán no fue el primer acto antisemita cometido por Israel. En enero de 1951, agentes israelíes lanzaron una granada contra una sinagoga de Bagdad. Este fue uno de una serie de actos destinados a incitar a los judíos a abandonar Irak y trasladarse a Israel. Se organizaron provocaciones similares contra los judíos locales en Egipto y Marruecos. El nuevo Estado sionista, que había expulsado a cientos de miles de árabes palestinos, necesitaba judíos para ocupar los hogares y pueblos vacíos. Avi Shlaim, que tenía cinco años cuando se marchó de Irak, recuerda que su madre le decía: “El sionismo es cosa de asquenazíes”. De hecho, los judíos de los territorios musulmanes [los llamados mizrajíes], que vivían en una paz mucho mayor que sus homólogos en Europa, no desempeñaron ningún papel en el surgimiento del movimiento sionista a principios del siglo XX. Para obligarlos a trasladarse a Israel, los actos antisemitas se consideraron una herramienta conveniente, orquestados con fines políticos.
El antisemitismo, una mutación del racismo y la xenofobia europeos, cobró fuerza en la segunda mitad del siglo XIX. Theodor Herzl, fundador del sionismo político, reconoció que el antisemitismo podía aprovecharse para los fines sionistas, ya que tanto el sionismo como el antisemitismo pretendían librar a Europa de sus judíos. Escribió en su diario: “Los antisemitas se convertirán en nuestros amigos más leales, las naciones antisemitas se convertirán en nuestras aliadas”. Sus palabras resultaron proféticas. El primer ejemplo de apoyo imperial a la colonización sionista de Palestina se produjo en noviembre de 1917 por parte de Arthur Balfour, un político británico que, una década antes, se había opuesto a la admisión en su país de judíos rusos [refugiados asquenazíes que huían del imperio zarista a causa de los pogromos]. Por lo tanto, era lógico que Edwin Montagu, el único judío del gabinete británico, denunciara el apoyo de Balfour al sionismo como antisemita:
“Deseo dejar constancia de mi opinión de que la política del gobierno de Su Majestad tiene un resultado antisemita y se convertirá en un punto de encuentro para los antisemitas de todos los países del mundo. (…) El sionismo siempre me ha parecido un credo político pernicioso, insostenible para cualquier ciudadano patriota del Reino Unido. (…) Cuando a los judíos se les dice que Palestina es su patria nacional (…) se implanta en Palestina una población [de colonos europeos] que expulsa a sus actuales habitantes y se apropia de las mejores tierras del país…”
Al igual que Herzl, Montagu pronunció palabras proféticas. En el período de entreguerras, los sionistas de toda Europa establecieron una cooperación con autoridades antisemitas deseosas de librar a sus países de los judíos. Entre ellas se encontraban funcionarios nazis, que trataban a las organizaciones sionistas en Alemania excepcionalmente bien en comparación con otras instituciones judías. Un alto jerarca de las SS llegó incluso a recorrer las colonias sionistas de Palestina en compañía de un líder sionista alemán. Tras su visita, el periódico nazi Der Angriff, fundado por Goebbels, publicó artículos elogiosos sobre la empresa sionista, y se acuñó una medalla para conmemorar la visita: una esvástica por un lado y una estrella de David por el otro.
El enfoque exclusivo de los sionistas en el establecimiento de un Estado etnonacionalista en Palestina explica su éxito a la hora de frustrar los esfuerzos de rescate que podrían haber salvado a muchos judíos europeos reasentándolos en otros lugares. En 1938, tras la Kristallnacht [“Noche de los Cristales” rotos], que desató la violencia física contra los judíos alemanes, Ben-Gurión afirmó:
“Si supiera que es posible salvar a todos los niños de Alemania trasladándolos a Inglaterra, y solo a la mitad trasladándolos a la Tierra de Israel, elegiría esta última opción, pues ante nosotros no solo se encuentra el número de estos niños, sino el juicio histórico del pueblo de Israel”.
Esta visión de las personas como «material humano» que debe utilizarse en beneficio del Estado sionista también explica los actos antisemitas que los sionistas cometieron en países musulmanes en su intento por judaizar Palestina.
Antes de que el sionismo causara daño a los palestinos, ya había infligido violencia a los judíos y a su patrimonio. Mientras que otros movimientos nacionalistas –polacos, ucranianos o lituanos– buscaban un Estado étnico para preservar la continuidad cultural, el sionismo se esforzó por desarraigar a los judíos de su cultura y lengua tradicionales (el ídish) y crear un Muskeljude o «judío musculoso»: un individuo fuerte, cínico y brutal inspirado en los prototipos arios. El genocidio nazi reforzó la determinación de los sionistas de recurrir a la fuerza bruta para alcanzar sus objetivos. Así, Israel se ha convertido en una de las sociedades más militarizadas, que comete crímenes violentos con impunidad.
Como era de esperar, Israel es hoy el lugar más peligroso para los judíos. Desde finales del siglo XIX, los críticos del sionismo [la ortodoxia jasídica y la izquierda bundista del imperio ruso, por ejemplo] advirtieron de que un Estado sionista se convertiría en una trampa mortal, poniendo en peligro tanto a los colonizadores como a los colonizados. Para estos críticos –especialmente los que se encuentran fuera de Israel–, el experimento sionista es un error trágico. Sostienen que cuanto antes termine, sin causar daño a sus habitantes, mejor será para la humanidad en su conjunto.
El peligro que supone el sionismo para los judíos no es solo físico, sino también moral y espiritual. La reivindicación de Palestina por parte de los sionistas y su comportamiento contradicen drásticamente las enseñanzas del judaísmo rabínico. Los opositores religiosos judíos al sionismo consideran que la violencia persistente y recurrente desde la fundación de los asentamientos sionistas en Palestina es consecuencia de la ruptura radical del sionismo con dos mil años de tradición judía. Según esta cosmovisión, la apropiación física de la Tierra Santa solo puede conducir a la perdición. En palabras del rabino Isaac Breuer: “El sionismo es el enemigo más terrible que jamás se haya alzado contra la nación judía. (…) El sionismo mata a la nación y luego eleva el cadáver al trono”.
En 1948, durante la guerra desencadenada por la limpieza étnica de Palestina llevada a cabo por los sionistas [la Nakba], Hannah Arendt, la destacada intelectual judía que huyó de la Alemania nazi a Estados Unidos, escribió:
“E incluso si los judíos ganaran la guerra (…) los judíos ‘victoriosos’ vivirían rodeados de una población árabe totalmente hostil, aislados dentro de unas fronteras constantemente amenazadas, enfrascados en su autodefensa física (…) Y todo esto sería el destino de una nación que –por muchos inmigrantes que pudiera seguir acogiendo y por mucho que ampliara sus fronteras– seguiría siendo una comunidad muy pequeña, superada ampliamente en número por vecinos hostiles”.
Israel es también un peligro constante para –en lugar de un protector de– los judíos que viven fuera de sus fronteras en constante expansión. Poco después de que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) bombardearan la sinagoga de Teherán, el Dr. Younes Hamami Lalehzar señaló lo obvio: “La afirmación del régimen israelí de que defiende a los judíos no es más que una vergonzosa mentira”.
Además, la brutalidad de Israel y su pretensión de representar a todos los judíos provocan actos de violencia contra los judíos en todo el mundo. Los líderes israelíes fomentan activamente la equiparación de los judíos con Israel, ya que ello sirve a fines altamente estratégicos. Legitima al Estado sionista, refuerza su ideología y aviva el antisemitismo al hacer que los judíos en el extranjero parezcan cómplices de las políticas israelíes, lo que, en última instancia, empuja a los judíos a emigrar a Israel. El antisemitismo ofrece a Israel una situación donde todos salen ganando: los nuevos inmigrantes aportan recursos intelectuales, empresariales y financieros, al tiempo que amplían la cantera de posibles reclutas para las FDI.
Décadas de discriminación, deportación y matanza de nativos palestinos han generado ira, resentimiento y odio. Contrariamente a la autocompasión y la indignación predominantes que siguieron al ataque desde Gaza en octubre de 2023, el legendario guerrero israelí, el general Moshé Dayán, comprendía la difícil situación de los palestinos. En su discurso durante el funeral de un israelí asesinado por un palestino gazatí en 1956, dijo:
“No culpemos hoy a los asesinos. ¿Quiénes somos nosotros para discutir contra su intenso odio hacia nosotros? Llevan ocho años confinados en los campos de refugiados de Gaza, y ante sus ojos hemos estado convirtiendo las tierras y los pueblos donde ellos y sus antepasados vivían en nuestra propia heredad…”
Dayán, en uno de sus momentos de sinceridad brutal, confesó que “no hay ni un solo lugar construido en este país que no tuviera anteriormente una población árabe”.
Hoy en día, en Israel rara vez se oyen palabras así. La arrogancia moral reina por encima de todo. La gran mayoría de los israelíes no árabes apoyan el genocidio en Gaza y respalda a sus fuerzas armadas en los ataques contra Irán, Líbano y Yemen. El uso habitual de la violencia ha embriagado a los israelíes, y parece que solo la fuerza puede impedir que cometan más crímenes de lesa humanidad. Queda por verse si se podrá encontrar esa fuerza.
Según se informa, la sinagoga de Teherán fue bombardeada por aviones que llevaban la estrella de David. Cuando la visité hace diez años, los judíos iraníes parecían estar a salvo. A diferencia de lo que ocurre en París o Berlín, no había guardias en las entradas de las sinagogas ni de las instituciones judías. También visité el hospital judío de Teherán. A diferencia de Montreal, donde el hospital judío surgió como respuesta al antisemitismo del estamento médico –que se negaba a contratar a médicos judíos en las décadas del veinte y treinta–, el hospital judío de Teherán era una contribución voluntaria de la comunidad judía a la población de la ciudad. Espero que el hospital no haya corrido la misma suerte que la sinagoga. Sobre la entrada del hospital, vi un versículo de la Torá en hebreo original y en farsi: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
JUDÍOS EN IRÁN: UN DIARIO DE VIAJE
Conocer a la comunidad judía local era uno de los objetivos de mi visita a Irán. Además de la curiosidad y el interés académico, cuestiones prácticas como encontrar comida kosher y observar el sabbat y la festividad del Purim también me llevaron a establecer contacto con los judíos iraníes. Además, me invitaron a impartir conferencias académicas sobre cómo la ley judía (halajá) aborda el islam y a los musulmanes.
En comparación con muchas otras comunidades judías de todo el mundo en la actualidad, los judíos iraníes parecen estar a salvo. No hay guardias en las entradas de las sinagogas ni de las instituciones judías, como ocurría en su día cuando visité por primera vez lugares de culto judíos en Montreal, Baltimore y París. Mis recuerdos –ciertamente vagos– de la sinagoga de Leningrado durante mi juventud no incluyen ninguna imagen de guardias, y mucho menos de soldados armados custodiando sinagogas en las principales ciudades europeas. La mayoría de los hogares judíos que visité son bastante modestos. Esto, por supuesto, no les impedía ser muy hospitalarios.
Mi descubrimiento de la vida judía en Irán comenzó el sabbat. El viernes por la tarde, fui caminando a la sinagoga por la Avenida Palestina. La calle conduce a la Plaza Palestina, en cuyo centro se erige un monumento a la lucha del pueblo palestino. Por el camino, también vi la imagen de un tanque acompañada de una cita de Jomeini: “Israel debe ser borrado del mapa” (sic). Esta frase estaba escrita en un gran muro cortafuegos que daba a la calle. Se trataba de una traducción errónea y una manipulación que provocó pánico –ya fuera real o fingido– en Israel y entre sus simpatizantes en otros lugares, quienes la malinterpretaron como un llamamiento a “borrar el país del mapa” y, por lo tanto, aniquilar a su población.
Cerca de allí se alza el espacioso edificio de la sinagoga principal, que también alberga una escuela judía, un kolel [instituto de altos estudios del Talmud y la literatura rabínica] y un restaurante kosher. La puerta estaba abierta de par en par y vi que los feligreses se preparaban para los oficios de la tarde. En la entrada había un retrato de Chofetz Chaim colocado en un lugar destacado, junto con algunas frases de su libro contra las calumnias. Pero un amigo de la zona me llevó al otro lado de la calle, a una sinagoga más pequeña, cuyo suelo estaba completamente cubierto de alfombras. Esta es la costumbre en casi todas las sinagogas que vi en Irán. Tras quitarnos los zapatos, nos sentamos en un lugar de honor y comenzaron las oraciones.
En la docena de sinagogas a las que asistí durante mi estancia en Irán, las oraciones, ya fueran del sabbat o de entre semana, nunca se realizaban con prisa. El servicio matutino del Purim en una de las sinagogas de Yazd duró tres horas, incluida la lectura del Libro de Ester. Se percibía la sensación de que todo lo que se leía debía tener sentido. La presentación del rollo de la Torá a la congregación, a menudo bastante superficial en otros países, se toma muy en serio en Irán; el rollo se muestra lentamente para que todos puedan localizar el versículo que están a punto de escuchar. Cada servicio incluye unos minutos de comentarios sobre la Torá a cargo de uno de los feligreses. Excepcionalmente, en esta ocasión, un joven leyó en voz alta los resultados de las elecciones parlamentarias que habían tenido lugar esa semana. Un médico, a quien conocería más tarde, había sido elegido representante de la comunidad judía.
La recitación de oraciones se acerca bastante a la sefardí, pero algunas melodías me recuerdan al ritual yemení. Cuando posteriormente me invitaron con frecuencia a dirigir los servicios en varias sinagogas, a los feligreses les resultó bastante agradable mi estilo, salvo por algunas ayin y het, que los persas no articulan. La decoración de las sinagogas es funcional e incluye los textos del kadish, el modim y algunos salmos, sobre todo “Esa einai el he-harim” (Salmo 121), que goza de una popularidad excepcional aquí, quizá debido a la proximidad de las montañas.
Al día siguiente fui a otra sinagoga, aún más pequeña, bastante acogedora y cómoda. La gente se siente como en casa allí; se sirve té al comienzo de los oficios y vino con una variedad de galletas justo antes de la lectura de la Torá. Al igual que en la mayoría de las sinagogas no asquenazíes, los feligreses dirigen los oficios y leen la Torá sin la ayuda de personal contratado. Había muchos abrazos y besos, y las mujeres se sientan en la parte de atrás, sin mampara (a excepción de la sinagoga principal, que sí tiene una mampara de unos 80cm de altura). Las mujeres participan en los tres servicios diarios, no solo en el sabbat, y la mayoría de ellas rezan y parecen estar familiarizadas con la liturgia.
Mi amigo me llevó a su casa para comer y cenar con sus padres y su hermana. A diferencia de mi amigo y su hermana, que hablan inglés con fluidez, sus padres únicamente hablan persa y solo pudimos intercambiar unas pocas palabras, normalmente tomadas de las oraciones o de la Torá. El ambiente en Irán es propicio para la práctica religiosa. Los niños judíos que asisten a la escuela pública (solo hay una escuela judía en Teherán) están exentos de las clases de islam. En su lugar, se les envía a estudiar con un rabino, que está obligado a calificar su rendimiento y enviar los resultados al colegio. De esta forma, todos los niños judíos reciben una educación judía tradicional siempre que vayan al colegio. Me conmovió mucho lo que ocurrió en Shiraz cuando un niño de siete u ocho años me interrumpió justo cuando estaba a punto de dirigir a la congregación en la bendición al final de la última comida del sabbat. Dijo: “mayim aharonim hova”, recordándome la costumbre de enjuagarse los dedos y los labios antes de recitar la bendición después de las comidas.
En Teherán hay cuatro restaurantes kosher, una escuela judía, una yeshivá [centro de estudios elementales de la Torá y el Talmud] y un kolel, así como quince sinagogas. Uno de los rabinos se graduó en la yeshivá Ner Yisroel de Baltimore, donde pasó ocho años. La comunidad también mantiene contacto con los judíos iraníes de Los Ángeles y Nueva York, de donde obtienen la mayor parte de los libros de oraciones y las ediciones bilingües del Pentateuco. Algunos han vivido en Estados Unidos e Israel y han regresado, a veces para casarse con otra persona iraní.
La gente siempre se mostró servicial y generosa conmigo. Una mañana, tras el servicio en la sinagoga principal de Isfahán, un feligrés, al que le pregunté dónde podía tomar un taxi, me llevó a mi hotel en moto. En otra ocasión, cuando fui al complejo de la sinagoga para comprar comida kosher y me encontré con que el restaurante estaba cerrado (era el Año Nuevo iraní, el Nouruz), un encargado de la sinagoga me ofreció una comida que su mujer me preparó al instante.
En Isfahán oí decir a menudo que la ciudad había sido fundada por judíos exiliados de Tierra Santa durante el Primer Exilio. La ciudad solía llamarse Dar al-Yahud. No es de extrañar que fuera a explorar el antiguo barrio judío de Jubaré. Mientras deambulaba, vi una pequeña estrella de David pintada a mano en una verja. Empujé la puerta y me encontré frente a dos ancianas. Intenté explicarles que era judío, pero seguían teniendo dudas. Intenté hablar con ellas en hebreo, pero tampoco sirvió de nada. Finalmente, pronuncié “Torá tsiva lanu Moshé”, y ellas respondieron con alegría “morasha kehilat Yaakov”. Este es, tradicionalmente, el primer versículo de la Torá que se enseña a un niño: “Moisés nos mandó la Torá, la heredad de la comunidad de Jacob” (Deuteronomio 33:4). Se estableció el contacto y enseguida me conectaron por Skype con una pariente que hablaba hebreo. Al parecer, estaba en Israel, pero insistían en que se encontraba en Estados Unidos.
Al poco rato apareció en la calle un joven con kipá. Dije “tefilat minha”, “oración de la tarde”, y me condujo a una sinagoga claramente señalizada en hebreo y persa sobre la puerta principal. La sinagoga era pequeña y acogedora, con al menos un siglo de antigüedad. Estaba decorada con citas de los Salmos y fragmentos de oraciones. Los hombres se sentaban en un rincón y las mujeres en el otro. Me invitaron a dirigir los oficios y, después, me ofrecieron fruta y galletas en memoria de un feligrés difunto, cuyo aniversario se celebraba ese mismo día.
Al salir de la sinagoga, se produjo una escena que me resultaba familiar, aunque no entendía lo que se decía. Era jueves por la noche y varias personas discutían sobre quién me invitaría a las comidas del sabbat. Renuncié a cualquier intento de influir en los acontecimientos, y no fue hasta el viernes por la noche cuando finalmente me llevaron a la casa de los padres del joven con kipá, que viven en una espaciosa vivienda no muy lejos de la Plaza Palestina, donde se encuentra la sinagoga principal.
Además del joven y sus padres, estaban sus dos hermanas y un hombre que hablaba inglés, ya que había pasado unos años en Queens. Todos nos sentamos en la alfombra, hicimos el kidush y comimos frutas y verduras antes de partir el pan, con el fin de aumentar el número de bendiciones. Comimos principalmente con las manos. Al cabo de un rato me pidieron que dijera unas palabras sobre la Torá e, inspirado por una emisión semanal de Akadem, hablé de los dos nombres del tabernáculo, mishkán y mikdash, que nos enseñan sobre los peligros de la cercanía excesiva y la posesividad. El hombre de Queens hizo de intérprete y el «público» aplaudió. Volvieron a aplaudir cuando les conté que, antes de una conferencia pública en Teherán, en respuesta a la invocación islámica bismillah («en el nombre de Dios»), dije en hebreo “be-ezrat ha-shem ve-yeshuato” (“con la ayuda de Dios y su salvación”). El ambiente fue alegre durante toda la velada, y me marché cerca de medianoche para volver caminando a mi hotel. Atravesé el parque Hasht behesht, lleno de parejas y grupos de adolescentes que, a simple vista, la estaban pasando muy bien.
A la mañana siguiente fui a pie hasta Jubaré en busca de la sinagoga donde me esperaba mi anfitrión para la segunda comida. Me perdí y entré en otra sinagoga, donde nueve hombres esperaban ansiosos al décimo. Dadas las circunstancias, no tuve más remedio que quedarme. El suelo estaba cubierto de mantas, en lugar de alfombras, y la sinagoga parecía más humilde. Un anciano me pidió que dirigiera los oficios y, una vez más, allí estaba yo, recitando oraciones ante los miembros de la comunidad más antigua del mundo. Fue conmovedor rezar en aquella minúscula sinagoga, rodeado de versículos y antiguos ornamentos.
Tras los oficios, el anciano, a quien todos en la sinagoga mostraban respeto, tomó su bicicleta y se dirigió a casa. Entonces vi a otro judío en bicicleta, algo que nunca había visto entre los judíos practicantes. Más tarde descubriría que Ben Ish Hai (1832-1909), importante autoridad en ley judía de Bagdad, autorizaba el uso de la bicicleta bajo ciertas condiciones.
Mi anfitrión me encontró sin dificultad, ya que en Jubaré todo el mundo se conoce. Una familia me invitó a comer: los padres y un hijo de unos treinta años. Aunque es ingeniero de formación, vende ropa en la tienda de un familiar, donde gana bastante más de lo que ganaría ejerciendo su profesión. Más tarde conocí a un matemático que vendía alfombras en el famoso bazar de la ciudad. Son signos de desmodernización, provocados en parte por las sanciones occidentales destinadas a detener el inexistente programa de armas nucleares de Irán.
El corpulento cabeza de familia, al que le faltaban algunos dientes, hablaba algo de francés, ya que en su día había estudiado en la escuela de la Alliance de su barrio. Era hospitalario, aunque no siempre muy riguroso en la observancia del sabbat, y su mujer tenía que ponerlo en su sitio de vez en cuando. Una botella de whisky de un galón llena de vino casero dominaba la mesa, repleta de carnes, guisos y verduras. El anfitrión me contó que la botella era un vestigio de la época prerrevolucionaria. La comida fue abundante e incluyó, para mi sorpresa, una Salade Olivier, que, gracias a la influencia rusa, se había hecho muy popular en Irán. Para entonces ya sabía que los anfitriones suelen ofrecer a sus invitados unos amplios shalvar, pantalones de algodón que se usan para sentarse a comer y, si hace falta, para echar una siesta después. Así fue, y tras la siesta me volví a poner mi ropa y salí a explorar la ciudad. Al regresar al barrio, un judío que tenía las llaves de algunas sinagogas más me saludó con un “sabbat shalom” y tuvo la amabilidad de mostrármelas. Solo están abiertas el sabbat.
Unos amigos de Isfahán me presentaron al señor Sasson, artista, arquitecto y propietario de la galería donde nos reunimos con él. Además, es el único judío que trabaja como perito oficial de edificios en la ciudad. Al entrar en la galería, se ve un cuadro ornamentado de Jerusalén con el versículo bíblico en hebreo: “Si te olvido, oh Jerusalén, que mi mano derecha se olvide de su destreza” (Salmo 137:5). Sigue comprometido con la práctica judía y mencionó que me había visto en la sinagoga. Su hijo imparte clases de música iraní. Sasson, un hombre afable y refinado, me dio una cálida bienvenida y respondió pacientemente a todas mis preguntas sobre la comunidad judía; además, me dio consejos para viajar por el país y algunos contactos. Ha participado en más de cuarenta exposiciones y ha viajado por todo el mundo, mientras que su galería está situada en la planta baja de la casa que solía pertenecer a sus padres, a unos cientos de metros de la sinagoga principal. Al igual que varios intelectuales con los que me he encontrado, dimitió de su cargo de profesor de arquitectura durante los años de Ahmadineyad, cuando –según se dice– las universidades sufrieron un fuerte declive. Al mismo tiempo, cree que Jomeini hizo mucho bien a los judíos, a los que se refería repetidamente como iraníes iguales y “puros”.
Varios iraníes no judíos, incluidos empresarios, me comentaron que los judíos tienen una excelente reputación de honestidad y fiabilidad. Su palabra vale tanto como un contrato escrito. Esta imagen se presenta en desacuerdo con la imagen europea del judío, a menudo considerado “tacaño”, “deshonesto” y “codicioso”. Un empresario judío, un comerciante de alfombras, vino a verme al hotel y habló conmigo en hebreo sin bajar la voz ni sentirse incómodo. Me dijo efusivamente “shalom” al irse y no le dio ninguna vergüenza hacerlo. De hecho, el salam iraní suena mucho a shalom israelí.
Conocí a Sion Mahgerefte, el líder de la comunidad judía de Isfahán, en el vestíbulo del Hotel Kowsar, uno de los más prestigiosos de la ciudad. Las decoraciones de Año Nuevo fueron espléndidas y encontramos un rincón tranquilo cerca. Un amigo interpretó que solo hablaba persa. Me dijo que la mayoría de los judíos trabajan en el rubro textil, generalmente en el comercio minorista. Hay algunos profesionales e intelectuales, pero la mayoría se ganan la vida en los negocios, a menudo heredados de padre a hijo. Sion tiene una empresa de equipos de seguridad (cascos, etc.), pero sus hijos estudian para ser profesionales.
Shiraz me recibió temprano por la mañana y me instalé en el Hotel Niayesh (que significa «oración»), que resultó estar situado no solo cerca del santuario principal de la ciudad, sino también frente a un pequeño edificio que decía Bet ha-knesset ha-hadasha (sic), “La nueva sinagoga”. Pronto conocí a un judío local, un estudiante de posgrado muy elocuente de la Universidad de Shiraz, según él, una de las mejores academias del país. Cuando le pregunté si existía un servicio en la sinagoga para recitar el gomel, una bendición que normalmente se pronuncia en público después de un viaje, comentó que los shirazis son proverbialmente perezosos, y que habría un minyán tardío –el quinto– en la sinagoga principal. De hecho, llegamos con puntualidad al servicio de las 9:30, con unos treinta jóvenes, la mayoría en vaqueros, que formaban parte de la congregación. Más tarde envié una foto del servicio a unos amigos que no sabían dónde estaba, y ninguno sospechó que era Irán, diciendo que la foto podía tomarse en cualquier parte del mundo.
El edificio también alberga un kolel. Después del servicio, vi a un grupo de chicos estudiando la frase inicial de la Mishná, Berajot, bajo la tutela de un joven maestro. Alguien me explicó que eran alumnos judíos de escuelas públicas que estaban obligados a estudiar judaísmo en sinagogas. El rabino los evalúa regularmente e informa los resultados a la escuela. Así, concluyó mi interlocutor judío, la República Islámica crea un marco religioso que facilita ser judío. Varios lugareños judíos me contaron su decepción por la falta de observancia de tantos judíos en Israel. Uno dijo que si se mudara allí, elegiría Bnei-Brak, el bastión jaredí junto a Tel Aviv. Los judíos iraníes no se cubren la cabeza, muchos son bastante mundanos y modernos, pero al mismo tiempo observantes de forma meticulosa. Esto contrasta con el uso de la palabra clave “modernos” para designar judíos poco y nada practicantes entre los asquenazíes. Aquí la modernidad no choca con la observancia judaica.
De camino de vuelta, mi amigo me mostró filas de tiendas de ropa, muchas de ellas propiedad de judíos. Cuando tomé esa calle en sabbat, bastantes tiendas seguían cerradas a pesar del buen negocio que el resto estaba haciendo en la víspera del Año Nuevo.
También encontré un campus judío que incluye una residencia de ancianos, una panadería de matzá, un salón de bodas y fiestas, algunas oficinas y dos bares de snacks para llevar, uno de lácteos y otro de carnes. La entrada al patio estaba completamente abierta, y sobre la entrada se podía ver un cartel con una foto de Jomeini y sus palabras sobre el carácter inclusivo de la sociedad iraní. Como siempre, no había guardia y cualquiera podía pasar con un camión. Más tarde fui allí para saborear un delicioso kebab servido con arroz y verduras a la parrilla.
En el desayuno en mi hotel el viernes conocí a una lituana que se había impresionado tanto con el misticismo persa que se mudó a Shiraz y empezó un negocio trayendo a grupos de sus compatriotas a visitar Irán. Me enseñó el lugar y al final del día, al llegar al hotel, le dije, en ruso, que haría el check-out, pagaría (partiría el sábado por la tarde) y luego iría a la sinagoga. De repente, una señora de mediana edad a mi izquierda me preguntó en francés: “¿Vous avez dit synagogue? ¿Hay alguna sinagoga en la ciudad?”, y me pidió que la llevara allí a ella y a su hijo. En el camino, empezó a lamentar el destino de los judíos iraníes –a quienes nunca había conocido hasta entonces– que debían vivir bajo un “gobierno antisemita”. Por el camino intenté explicarle que la oposición al sionismo no tenía por qué ser antisemita, pero no avanzó mucho. Se considera una orgullosa judía secular y una defensora incondicional de Israel. Su hijo está haciendo una maestría en historia contemporánea en Berlín, es políglota y por lo demás cosmopolita.
En la sinagoga, el joven estaba perdido porque apenas podía seguir las oraciones. Después de las oraciones, no entendían por qué completos desconocidos les invitaban a cenar a su casa. Hice lo que pude para proporcionarles algo de información sobre las costumbres judías, pero me fui antes de que esa historia terminara. El contraste entre los judíos locales y estos fiers juifs laics, orgullosos judíos laicos, no podría ser más marcado.
Mi última parada «judía» fue Yazd, una ciudad conocida por sus dulces y sus hermosas mezquitas (así como por el lugar de nacimiento del desacreditado presidente israelí Moshé Katsav). Como estaba en el sur, decidí prescindir de la oportunidad de leer el Libro de Ester en su supuesta tumba en Hamadán y pasar el Purim con judíos de la pequeña comunidad de Yazd. Mis amigos iban conduciendo hacia allí de todas formas, y tomé un coche con ellos. Cuando el sol empezó a ponerse, el tráfico se volvió imposible y concluí que sería más rápido caminar hasta la sinagoga. El hijo de un amigo iraní fue invitado a acompañarme, y pasamos casi media hora luchando contra las multitudes navideñas que se agolpaban en las calles comerciales. Debió de pedir indicaciones más de una docena de veces, y la mayoría de los comerciantes sabían que había una sinagoga cerca y nos dijeron cómo llegar. De hecho, resultó haber dos sinagogas, una desafectada (pero con una inscripción en hebreo sobre la puerta) y otra que yo ya buscaba desesperadamente. Llegué justo cuando la congregación estaba a punto de comenzar la lectura. Encontré un lugar y un libro, y seguí con el resto de unas cincuenta personas reunidas. La lectura fue solemne y mesurada, y nadie salió corriendo a comer después del día de ayuno que precede al Purim.
Al final del servicio, el jefe de la comunidad se me acercó e invitó a romper el ayuno en su casa. De camino, apenas nos entendíamos, pero en su casa, llena de familiares, sus cónyuges e hijos, algunas personas hablaban algo de inglés y francés. La casa era cálida y hospitalaria. Como quiere la costumbre local, me ofrecieron un shalvar. Dos hijos del jefe de la comunidad se sentían orgullosos de trabajar como contadores para uno de los hombres más ricos de la ciudad. La esposa de uno de ellos trabaja como agente turística. El ambiente era alegre y relajado, la gente iba y venía, se sentaba a comer y beber, y luego se iba de nuevo.
Pregunté si una amiga iraní no judía, que estudia las influencias persas [mazdeístas, zoroastrianas] en el Talmud, podía asistir a los servicios matutinos; él aceptó con gracia, sugiriendo que no dijera que no era judía. Resultó que ella respondió que era kurda, y eso estaba bien para algunas damas curiosas entre las que se sentaba.
A la mañana siguiente, toda la comunidad –unas cincuenta personas– se reunió de nuevo alrededor de las siete de la mañana para escuchar la megila, el Libro de Ester. Como mencioné antes, el servicio duró unas tres horas y tuve el honor de llevar el rollo de la Torá desde el arco.
Tras los servicios, se preparó una comida comunitaria con una variedad de platos iraníes (de nuevo incluyendo Salade Olivier) que las familias traían. El vino casero también fluía libremente, ya que el Purim es la única festividad donde la tradición judía fomenta la abundancia de libaciones e incluso la embriaguez. Por supuesto, nadie se emborrachó a las diez de la mañana en medio de una ciudad iraní.
De vuelta en Teherán, me invitaron a dar una conferencia sobre la oposición judía al sionismo, ya que varios miembros de la comunidad conocían mi libro sobre este tema [A Threat From Within: A Century of Jewish Opposition to Zionism, 2006], que había sido traducido y publicado en farsi [persa]. Tuvo lugar el martes por la tarde, y el público en la pequeña sinagoga donde había rezado en un sabbat anterior estaba formado por unos cincuenta miembros de la comunidad, en su mayoría profesionales. Esta vez nadie se quitó los zapatos: aparentemente esto solo se hace durante las oraciones. Antes de la charla, me presentaron al Dr. Siamach, el diputado judío que acababa de comprar mi libro en persa y estaba repartiendo ejemplares. Las fotos se tomaron colectivamente con una docena de cámaras, y el ambiente era cálido y amistoso cuando empecé a hablar.
Había un vivo interés por la historia del sionismo, por las objeciones rabínicas hacia él, especialmente porque la mayoría se refería a rabinos asquenazíes y a un mundo de división y conflicto ideológicos que los judíos iraníes nunca habían experimentado. (Sin embargo, conocían los graves choques de personalidad entre las autoridades rabínicas. Uno de esos conflictos sobre la comida kosher hace un siglo resultó en violencia física. Se construyó un refugio en el antiguo barrio judío de Teherán para proporcionar refugio a judíos amenazados por otros judíos. Finalmente, fue un ayatolá quien restauró la paz entre los judíos.) Cuatro o cinco personas, incluido el diputado, hicieron la mayoría de las preguntas, y fue realmente conmovedor debatir este tema en Teherán con judíos iraníes, que no necesitan ser convencidos de que el sionismo no es igual al judaísmo. Si hay un país donde los judíos realmente aprecian mi libro, ese es Irán. Sentí que fue para esta comunidad judía, la más antigua del mundo (donde es vital distinguir entre judaísmo y sionismo), que escribí mi libro en realidad. Esto me hizo sentir privilegiado de poder conocerlos.
Al día siguiente, Marjan y su padre, antiguo jefe de la comunidad judía y productor de cine, me mostraron varias sinagogas antiguas, el hospital judío y otros edificios monumentales judíos. Uno era el más antiguo de la ciudad en uso continuo. Me mostró algunos, incluyendo uno que estaba decorado con Salmos, otro con antiguos rimonim (ornamentos de plata) y diversos utensilios de sinagoga, protegidos por la alarma policial. Una de las sinagogas se llama “polaca” en memoria de los refugiados judíos, niños y adultos, que desembarcaron en Teherán durante la Segunda Guerra Mundial. Otra sinagoga, Bet ha-knesset he-hadash, o la nueva sinagoga, fue construida en 1879 como un imaginario Templo de Jerusalén.
Marjan mencionó que su padre Yeshayai solía frecuentar comunistas y otros disidentes políticos antes de la Revolución Islámica. Fue durante ese tiempo cuando entabló amistad con un revolucionario musulmán que acabó emigrando. Regresó años después y era el Ayatolá Jomeini. Ambos mantuvieron su relación, y Yeshayai siguió liderando la comunidad. Tuvo que dimitir bajo Ahmadinejad porque había acusado, en un artículo de revista, al nuevo presidente de tendencias fascistas. El artículo fue publicado, y aunque el autor no fue arrestado, tuvo que dejar el cargo de jefe de la comunidad. Sin embargo, con 84 años, sigue implicado y tenía las llaves de todas las sinagogas que me mostraba.
Marjan también me habló de su trabajo, que incluye un informe sobre el impacto en la salud de las sanciones occidentales a Irán. Desde entonces me lo ha enviado, y es una lectura muy triste. Marjan también me «advirtió» que no es religiosa, pero la encontré bastante competente en asuntos judíos. En el patio de una de las sinagogas crecía un arbusto solitario, aparentemente plantado para hacer havdala alrededor. Tiene un olor agradable y me sugirió que hiciera una bendición atsei vesamim, una bendición sobre sustancias fragantes que normalmente se pronuncia al final del sabbat, pero que siempre viene bien cuando uno siente un aroma dulce.
También vimos el hospital judío. Está claramente señalizado como tal, con un versículo de la Torá en su versión original: “Y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. A diferencia de Montreal, donde el hospital judío fue una respuesta al antisemitismo del entorno médico que no contrataba profesionales judíos en los años veinte y treinta, el hospital judío de Teherán es una obra benéfica judía. Comenzó como una enfermería en una sinagoga, más tarde se donaron algunas casas y finalmente se construyó un hospital completo. Ubicado en un antiguo barrio judío (la mayoría de los judíos se han mudado a zonas mejores), el hospital trata a todos los pacientes por igual. El barrio y sus judíos habían desempeñado un papel importante durante la Revolución Constitucional de 1906-1911 [que modernizó el Imperio persa de la dinastía Kayar convirtiéndolo en un régimen parlamentario regido por una carta magna de inspiración liberal europea]. La última parada de la visita guiada fue un agradable caravasar que solía albergar el primer banco judío y una casa de cambio de divisas. Actualmente es un restaurante (no kosher), pero el edificio lleva una placa conmemorativa.
Después de pasear por el barrio, acabamos comiendo en un restaurante kosher. No se dice que sea kosher, pero la gente lo sabe y, según Marjan, la mayoría de los clientes eran judíos, aunque solo un puñado de hombres se cubría la cabeza. Aunque prácticamente todos respetan las normativas kosher, no necesariamente se ajustan a la costumbre de decir las gracias después de la comida.
Me dijeron que casi todos los judíos iraníes son observantes. La práctica judía es la base de su identidad judía; esto es lo que se hace si se es judío. No hay sustitutos para los mandamientos de la Torá como pilar de la identidad judía, ni sionismo, ni literatura judía secular, ni bailes israelíes, ni tampoco –por supuesto– cursos escolares sobre la defensa de Israel. En este sentido, la comunidad judía se siente parte de una continuidad milenaria, mientras que muchos de sus miembros son hoy en día ingenieros electrónicos, médicos y otros profesionales. No siguen una ideología, ya sea la Torá im-derekh erets (Torá y las actividades mundanas) del rabino Hirsch o las enseñanzas del rabino Soloveitchik; simplemente continúan «viviendo como judíos», mientras siguen siendo iraníes y dedicándose a actividades profesionales modernas.
En una conversación con judíos de Teherán mencioné a Jeffrey Goldberg, que no visitó el país pero publicó un comentario ofensivo comparando a los judíos de Irán con un zoológico interactivo. Mis interlocutores judíos en Teherán conocían el artículo, pero simplemente lo ignoraron.
La calidez y autenticidad de los judíos iraníes que tuve la suerte de conocer me impresionaron profundamente. En Irán encontré judíos comprometidos que llevan la vida moderna de manera aparentemente natural, sin la autoconciencia ni la escisión identitaria de sus hermanos asquenazíes. El hecho de que esto ocurra en un país musulmán conservador señala diferencias drásticas entre la historia de los judíos en los países islámicos y la del judaísmo europeo. No se debe idealizar la vida de los judíos en Irán, que ha tenido su cuota de desafíos. Pero su vida contrasta con una campaña bien aceitada para ensuciar la historia de las relaciones judío-musulmanas al servicio de una agenda política: la agenda de quienes argumentan que no hay lugar seguro para los judíos fuera de Israel.
Yakov M. Rabkin