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Gerardo Bustamante Nuevo Parley

«El Evangelio de la Revolución», una memoria que todavía se mueve y respira

6 de septiembre de 20266 de septiembre de 2026
Kalewche

Detalle de El Cristo campesino (1982-83), de Sergio Michilini, mural con acrílicos en la Iglesia del Barrio Riguero, Managua. Fuente: https://blogosfera.varesenews.it

Quienes formamos parte del Colectivo Kalewche nos reconocemos ateos, y creemos que la religión es un fenómeno social complejo y multifacético, que no puede ni debe reducirse a aquella vulgata marxista-leninista que todos conocemos, y que poco tiene que ver con la concepción sofisticada que tenía el mismo Karl Marx de la religión, por más que aquella se construya sobre la frase –sacada de contexto– del fundador del materialismo histórico: “la religión (…) es el opio de los pueblos. Federico Mare ha publicado al respecto un ensayo breve sobre el asunto, titulado “El concepto de religión en Marx. Crítica al reduccionismo dogmático”, cuya lectura recomendamos. Es por ello que, independientemente de nuestra cosmovisión e ideología, no nos resulta indiferente el “horizonte utópico” –en palabras de Gonzalo Puente Ojea– de algunas religiones, ni desconocemos el caracter revolucionario –o cuanto menos contestatario– de movimientos sociales de inspiración teológica, como el milenarismo, que en determinados momentos históricos ha encarnado la esperanza de una transformación radical del orden establecido, articulando expectativas de justicia social y de emancipación colectiva frente a la opresión vigente. La llamada “Teología de la liberación” representó en Latinoamérica una experiencia de ese tipo.
Compartimos a continuación la reseña que Gerardo Bustamante escribió sobre el documental El Evangelio de la Revolución, un texto que llega justo a tiempo como interludio al próximo sábado 19 de septiembre, a las 10 de la mañana, cuando la película se proyecte en el cine Imperial de Maipú, en calle Pablo Pescara 323, de la ciudad de Mendoza, Argentina. La jornada abrirá con una propuesta artística a cargo de la cantante y profesora de canto Julieta Sosa, junto al guitarrista de la UNCuyo Agustín Colom. Organizan este encuentro la Iglesia Bautista del Centro (al Servicio del Reino de Dios y su justicia) y el Centro Cristiano Internacional Anawin, con el auspicio y la coordinación de la Asociación Otro Mundo Posible, la Asociación de Trabajadores de la Psicología Social AdeTePS, el Espacio Holístico Laguna, la Biblioteca Natalia Elizondo, referentes de diversas iglesias y organizaciones sociales, y el propio cine Imperial. La entrada es una contribución solidaria de una caja de leche. Los invitamos entonces a leer estas líneas y, a nuestros lectores que estén en Mendoza, a sumarse ese sábado “a una Jornada matutina que promete ser como el documental mismo, memoria viva y comunidad en movimiento”, en palabras de Gerardo.



Hay documentales que pegan justo en el cuerpo y logran despertar la memoria dormida de todo un continente. Eso es exactamente lo que consigue El Evangelio de la Revolución, el desgarrador, urgente y necesario largometraje de 2024 dirigido por el cineasta francés François Xavier Drouet. Una pieza fílmica que no solo narra los hechos del pasado, sino que interpela nuestra propia forma de estar y resistir en el mundo.

Resulta fundamental detenerse un instante en quien firma esta cinta, porque su recorrido vital refleja las tensiones y prejuicios de muchos. Nacido en 1979, Drouet estudió Ciencias Políticas y Antropología antes de cursar un máster en cine documental y radicarse en la meseta de Millevaches, en el centro de Francia. Aunque europeo, su imaginario quedó profundamente marcado por América Latina, un territorio al que viajó desde sus veinte años. El levantamiento zapatista de 1994 moldeó su educación política, un interés genuino que lo llevó a presenciar en carne propia la primera elección de Lula en 2002. Drouet se asume abiertamente como un agnóstico, criado bajo una educación católica tradicional de la que eligió alejarse al llegar a la adultez. Él mismo confiesa que durante años sostuvo aquella vieja sospecha marxista de que la religión no es otra cosa que opio para el pueblo, hasta que la realidad histórica lo obligó a repensarlo todo al descubrir que millones de creyentes se habían jugado la vida entera por la justicia. Y lo habían hecho no a pesar de sus convicciones, sino justamente impulsados por ellas. Esa contradicción tan enorme como fecunda, la de encontrarse frente a un dogma capaz de alienar a las masas y al mismo tiempo albergar una fuerza radical para emanciparlas, se convierte en el motor político que empuja todo el relato.

Durante demasiado tiempo, y de manera muy conveniente para los dueños del poder, se impuso a la fuerza un credo espiritualista, intimista y totalmente amputado de las realidades sociopolíticas. Se machacó la idea de que había que mirar al cielo y rezar en silencio, tapándose los ojos ante el infierno de desigualdad que los poderosos construyen a diario en la tierra. Esa disociación intencional no tiene nada de accidental; sirvió durante siglos para deformar el cristianismo y convertirlo en una doctrina vaciada que termina beneficiando a los mismos sectores que, paradójicamente, crucificaron a Jesús de Nazaret. Así nos inculcaron durante generaciones un Cristo desencarnado, una figura de estampita reducida a un espíritu puro y despojado de toda humanidad, esculpido a la medida de los opresores. Nos enseñaron a esperar una salvación pasiva y lejana en el cielo, vaciando el Evangelio de toda exigencia de equidad estructural para este mundo. De manera deliberada ocultaron que aquel obrero de Nazaret no se limitó a repartir panes y peces como un simple acto de asistencia para calmar el hambre del aquí y el ahora, sino que denunció las causas de esa miseria, caminó junto a los marginados y se enfrentó directamente a los poderes imperiales y religiosos de su tiempo para inaugurar el Reino de Dios en la tierra. Nos vendieron un Jesús domesticado e inofensivo, muy útil para consolar resignaciones y mantener intacto el statu quo, pero inmensamente peligroso de imitar en su radicalidad política. Frente a semejante escenario de alienación, el documental irrumpe para hacer estallar desde la raíz aquella vieja idea de la fe como opio del pueblo, devolviéndole su verdadera potencia emancipadora.

La película lanza entonces una invitación urgente a rescatar otra forma de vivir la espiritualidad, una praxis que asume la historia, que se encarna en el barro de las periferias y que es inevitablemente política. La producción pone en el centro del debate al Jesús histórico, al humilde carpintero que trastocó el orden establecido, y nos devuelve esa categoría subversiva y transformadora que es el Reinado de Dios y su exigencia irrenunciable de justicia. Como bien expone el film al recuperar los pasos de la teología de la liberación, para miles de latinoamericanos el valor real de sus creencias nunca se midió por la pasividad de las oraciones, sino por los actos concretos a favor de un Reino concebido materialmente como una sociedad igualitaria. Desde esa mirada profundamente liberadora, Jesús es reivindicado como lo que verdaderamente fue: una figura revolucionaria cuyos pasos exigen ser continuados en la lucha cotidiana contra toda forma de dominación.

Apoyado en un inmenso trabajo de archivo fotográfico y audiovisual que conecta de forma magistral las gestas del pasado con las urgencias de nuestro presente, el relato recorre territorios atravesados a partes iguales por el dolor y la rebeldía, deteniéndose en El Salvador, Brasil, Nicaragua y México. A lo largo del metraje somos testigos de cómo millones de personas, inspiradas por la fuerza del Evangelio, se plantaron con un coraje inclaudicable frente a los regímenes militares y las oligarquías que desangraban el continente. Figuras inmensas como Frei Betto, Leonardo Boff, Hélder Câmara, Ernesto Cardenal y tantos otros rostros, muchísimos de ellos cruelmente anónimos, desfilan por la pantalla como testimonios vivos de esa convicción hecha praxis. El trabajo también se encarga de recordar el altísimo costo de asumir tal postura encarnada, al documentar que más de doscientos miembros del clero fueron asesinados en América Latina por su compromiso total con los desposeídos, entre ellos mártires ineludibles como Óscar Romero y nuestro Enrique Angelelli. El mismo obispo brasileño Hélder Câmara supo resumir el precio exacto de esa opción con una agudeza que el texto audiovisual rescata a la perfección, al recordar su famosa frase que advertía que cuando él daba comida a los pobres le decían que era un santo, pero cuando preguntaba por qué esos mismos pobres pasaban hambre, enseguida lo acusaban de ser comunista. Todos ellos pagaron con su propia sangre el atrevimiento enorme de pensar el mundo parándose desde los más oprimidos, asumiéndolos ya no como objetos dóciles de la caridad cristiana, sino como los verdaderos y únicos sujetos de su propia historia de liberación.

En esa misma sintonía, el valor de lo comunitario y de la participación popular respira con fuerza vital en cada documento rescatado y en cada entrevista que nutre el largometraje. El director subraya el peso incalculable que tuvieron las comunidades eclesiales de base, esos grupos pequeños pero de una potencia arrolladora que lograron infiltrarse orgánicamente en los movimientos obreros, en las asambleas sindicales y en las incansables pugnas indígenas por recuperar la tierra robada. De toda esa red horizontal, tejida en silencio pero con una firmeza inquebrantable, terminaron naciendo experiencias tan masivas y concretas como el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, el levantamiento zapatista en Chiapas y la propia revolución sandinista en Nicaragua. Todo este derrotero se erige como la prueba viva de que la acción colectiva gestada desde abajo es la única fuerza capaz de torcerle definitivamente el brazo a la historia.

Y es precisamente en este punto de inflexión donde la proyección de la cinta adquiere una vigencia insoslayable para nuestra cruda realidad actual. Las Iglesias y los espacios que se ponen al hombro la tarea de presentar El Evangelio de la Revolución aquí en Mendoza no lo hacen movidos por un simple afán de nostalgia por las décadas de los sesenta o setenta. Lo hacen empujados por la urgencia vital de proponer una vuelta real y concreta a la categoría teológica y política del Reino de Dios, entendiéndola como una instancia viva que exige sostener la opción preferencial e innegociable por los más vulnerables. Buscan de esta manera avivar otra vez la llama de la esperanza colectiva para construir un entramado equitativo, profundamente inclusivo y justo, exactamente del mismo modo en que lo propuso a sus contemporáneos aquel simple obrero de Nazaret.

En la misma línea de compromiso, las organizaciones sociales locales que deciden sumarse a esta convocatoria buscan rescatar y poner en valor toda esa rica herencia de construcción comunitaria que siempre germina desde las bases territoriales. El objetivo de fondo no es otro que inspirar y dotar de sentido a los procesos de emancipación popular que nos toca transitar hoy, demostrando que todavía es posible y sobre todo inmensamente necesario seguir articulando fuerzas colectivas. Un desafío que nos convoca a agruparnos incluso cuando nos toca ir a contrapelo de un sistema excluyente que sistemáticamente se encarga de descartar, marginar y oprimir sin piedad alguna.

En definitiva, El Evangelio de la Revolución se convierte en un espejo innegable donde las luchas de nuestro presente deberían animarse a mirar su propio reflejo. El manifiesto visual recuerda a cada instante, haciendo eco de las certeras palabras del teólogo Leonardo Boff citadas en pantalla, que el cristianismo no es de ninguna manera el opio del pueblo, sino que muchas veces se utilizó perversamente como el opio de la burguesía para adormecer su propia mala conciencia. Ahí mismo, donde laten todavía los cantos inmortales de Víctor Jara y Violeta Parra, entre los murales que el poder intentó borrar y las emotivas misas clandestinas que Drouet logra rescatar valientemente del olvido, hay una memoria militante que sigue moviéndose y respirando. Esta pieza termina siendo un grito profundo que nos convoca a todos a recuperar sin miedos ni tapujos la dimensión sociopolítica de nuestra condición humana, invitándonos a no claudicar jamás en las bases y a seguir creyendo con firmeza revolucionaria que el Reino se construye manchándose los pies de barro, peleando hombro a hombro junto a la suerte de nuestro pueblo.

Gerardo Bustamante

Etiquetado en: El Evangelio de la Revolución François Xavier Drouet religión teología de la liberación

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