Foto de la primera edición del libro La strabomba de Mario Lodi, ilustrado por Ivo Sedazzari, Firenze, Luciano Manzuoli editore, 1971.
La última dictadura militar en Argentina (1976-1983), además de secuestrar, torturar, asesinar y desaparecer personas, robar bebés y apropiarse de bienes materiales, de sumir a las amplias mayorías en la pobreza, contribuyendo al enriquecimiento de las clases poseedoras, también censuraron a escritores, artistas y libros que no se alinearan con la ideología «occidental y católica» que decía defender el gobierno dictatorial. La literatura infantil no quedó al margen de la represión cultural, y también sufrió los efectos de las tijeras «moralizantes». La estrecha concepción de familia y niñez que tenía la dictadura y sus ideólogos, concordante con la de los sectores más retrógrados de la Iglesia católica, no debía ser cuestionada. Laura Martín Osorio nos comparte algunos momentos de su experiencia de investigación sobre una de las obras infantiles censuradas por el gobierno de facto: la traducción del cuento del escritor italiano Mario Lodi, La ultrabomba, publicada por Rompan Fila Ediciones en 1975. Junto a la traducción del cuento, presentamos un texto del traductor, Augusto Bianco, en el que narra la breve historia del proyecto editoral que dirigía por aquellos años.
Constelación de la memoria
Como en un juego de niña, dibujo líneas entre los puntos que brillan.
Un libro es eso: una constelación posible.
La strabomba es uno de esos puntos. Un pequeño objeto casi cuadrado, monocromático, de una potencia inesperada. El cuento de Mario Lodi, ilustrado por Ivo Sedazzari y publicado en 1971 en la Biblioteca di Lavoro (N.º 8) por Luciano Manzuoli, condensa una crítica aguda tanto a la manipulación mediática, como a la guerra, pero también es una invitación a imaginar otros finales: un pueblo que, unido, alza la voz. La colección nace del trabajo del Movimento di Cooperazione Educativa, un grupo de docentes que, inspirados en las prácticas de Célestin Freinet, pensaron la escuela como un espacio de transformación y publicaron, durante años, materiales para leer, discutir y compartir en el aula.
En 1975, en Argentina, Rompan Fila Ediciones publica su traducción al español rioplatense –La ultrabomba, realizada por Augusto Bianco– como parte de un proyecto pedagógico y político que apostaba por transformar la relación entre docentes, estudiantes y saberes. Un año más tarde, mediante el decreto N.º 1888, la dictadura militar impide su circulación.
La censura no recae solo sobre un libro: intenta clausurar una forma de pensar la infancia, la escuela y la palabra. En el marco de un plan sistemático de terror, lo que estaba en juego no era únicamente qué se leía, sino qué podía decirse, cómo nombrar, incluso cómo imaginar. Los libros para las infancias –con su potencia lúdica, su apertura a lo posible– se volvieron entonces «peligrosos». No por lo que decían de manera explícita, sino por el entramado de sentidos que ponían en juego: una infancia capaz de preguntar, de cuestionar, de participar en la vida colectiva.
Silenciar estos materiales fue también intentar disciplinar la imaginación. Y sin embargo, algo de esa potencia no pudo ser del todo apagado.
Como esa niña, trazo líneas para armar esta constelación desde el punto de partida, que hace visibles los demás. Un amigo, Matías, me trajo de regalo Libros que muerden de Gabriela Pesclevi. Con entusiasmo, empecé a hojearlo. Pronto descubrí, como el Lector de Si una noche de invierno un viajero, que tenía páginas en blanco: grandes huecos que me obligaban a saltar. No se trataba de una intención deliberada de la autora, sino de un simple error de edición. Mientras aguardaba la reposición del ejemplar defectuoso, seguí leyendo así, a los brincos. Buscaba rastros, afinidades, presencias. Y allí estaban…
Durante un tiempo, la investigación fue eso: una serie de aproximaciones, intentos, demoras. Preparé una clase, escribí fragmentos, dejé reposar. Esa investigación empezó a tomar forma también en el aula: primero en la Universidad Nacional de Cuyo, luego en la Università di Bologna, donde volví a poner en circulación estas preguntas.
Desde Italia, en el marco de una estancia académico-doctoral, tracé nuevas líneas. Entré en contacto con Cosetta Lodi, hija del autor del cuento, y viajé a Piadena, la ciudad natal de ambos. Pasé horas en la biblioteca municipal. En un café, conocí a Michela, pedagoga entusiasta que se ofreció a llevarme a Drizzona para visitar la Casa delle Arti e del Gioco. Unos días después, en Génova, en casa de Pino Boero, di con la colección completa de la Biblioteca di Lavoro, y sostuve por fin el libro entre mis manos.
Escribí, pregunté, insistí. Llegué a Augusto Bianco, el traductor. Respondió con generosidad, con precisión, con memoria. Me compartió “Entre el candor y el acierto”, un breve discurso que escribió con motivo de un homenaje a Dourmec y Barnes, que se realizó en el Museo de la lengua el 11 de marzo de 2015 y que reproducimos a continuación.
Algunas piezas empezaban a encajar; otras abrían nuevas preguntas. El artículo, que envié a una revista académica española, se cerró poco antes de regresar. No como último punto, sino como una forma provisoria de ese dibujo.
Hacer memoria es también trazar estas líneas. Reconocer en esos puntos –libros, voces, gestos, encuentros– una trama común, una cadena de generosidades que hace posible la investigación y la transmisión.
En ese entramado, la obra de Mario Lodi y el proyecto de Rompan Fila Ediciones sostienen una misma convicción: que la infancia puede pensar, que la palabra puede abrir, que incluso en los contextos más oscuros es posible imaginar otros modos de estar en el mundo.
La constelación sigue ahí.
Basta levantar la vista.
Laura Martín Osorio
Entre el candor y el acierto
Los orígenes de Rompan Fila Ediciones se remontan a un año sísmico en la historia argentina, 1973. Después de 18 años de proscripción, el peronismo vuelve al gobierno; la presión popular libera a los presos políticos; Perón regresa y asume su tercer mandato, masacre de Ezeiza mediante; hay golpe militar en Uruguay y luego en Chile para derrocar al primer gobierno socialista surgido de las urnas en América del Sur. Faltaba muy poco para que la Triple A comenzara a operar, sin impedimentos y a la luz del día, y para que las organizaciones político-militares (posiblemente a causa de haber invertido los términos) iniciaran su descenso a los infiernos…
Éramos un grupo de profesionales, intelectuales y artistas, con y sin militancia política, que coincidía en un proyecto editorial. Además de Mirta Goldberg, Beatriz Doumerc y Ayax Barnes, recuerdo a Beatriz Ferro, Hilda Fosnik, Augusto Boal, José Luis Mangieri, Franco Garutti, Isabel Carballo, Nora Pagola, Elías Zalcman, Pablo Lijtztain, Tabaré, Raúl Mandrini, Susana Bianchi…
Nuestra intención era abrir un debate en el ámbito cultural y educativo, en la convicción de que no se modifica lo que no se conoce o se conoce mal, y de que a la comprensión y a la creación sólo se accede al cabo de un proceso inevitablemente colectivo y complejo.
¿Qué logramos? Poco. La prohibición de nuestros dos primeros títulos cortó el árbol cuando apenas despegaba del suelo. Aun así, El Pueblo que no quería ser gris y Chile no es un cuento fueron traducidos y publicados en Portugal, Italia, Hungría y Dinamarca.
El Pueblo que no quería ser gris y La ultrabomba salen a la calle en 1975. Eran nuestra tarjeta de presentación en sociedad. El primero exaltaba la voluntad popular, el segundo era un alegato contra la obediencia debida. Dijo de ellos el diario La Prensa: “Se trata de dos libros netamente tendenciosos, aunque con diferencias. La Ultrabomba, texto de Mario Lodi, traducido del italiano, nos parece un burdo engendro doble –texto y dibujo– para hacer proselitismo a favor de ideologías de extrema izquierda y engendradoras de odios de clase. El texto nada tiene que ver con la literatura, ni infantil ni de ninguna especie. Los dibujos de cargados tintes pertenecen al mundo de la historieta utilitaria. El otro, El Pueblo que no quería ser gris de Beatriz Doumerc, se orienta dentro de parecida tendencia, aun cuando el texto sea mejor y los dibujos de Ayax Barnes, expresivos de arrolladora fuerza, pertenezcan a un artista”.
Un año después, lo que temíamos acontece. El 15 de septiembre leímos en La Nación: “Por decreto del Poder Ejecutivo se prohibió la distribución, venta y circulación de las publicaciones La Ultrabomba y El pueblo que no quería ser gris de la editorial Rompan Fila y La Línea, de Granica Editores, ordenándose el secuestro de los ejemplares, tarea que estará a cargo de la Policía Federal. En los fundamentos de la medida se destaca que es deber ineludible del P.E. preservar en todo momento el orden y la seguridad públicos, impidiendo aquellas actividades que puedan alterarlos, y que el análisis de las publicaciones mencionadas, permite advertir que por su contenido e intencionalidad coadyuvan a mantener y agravar las causas que determinaron la implantación del estado de sitio. Se añade que se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica propia del accionar subversivo, y que la prohibición dispuesta se adopta en uso de las facultades privativas del Poder Ejecutivo acordadas por el Art. 23 de la Constitución.”
Además de los títulos mencionados estaban en la calle Chile no es un cuento y El cuento de la Publicidad. Títulos militantes que la velocidad de los acontecimientos dejó volcados a un costado del camino. Los demás, al menos con nuestro sello, no llegaron a la imprenta. Quedaron postergadas, sine die, una colección referida a la práctica docente, una antología del cuento latinoamericano y la Pequeña Historia de América Latina, cada país apretadito en un tomo, siguiendo la consigna de proporcionar materiales capaces de abrir el debate y propiciar prácticas ajustables y siempre incompletas.
Mirando hacia atrás desde esta Argentina tan diferente podríamos convenir con el Pepe Mujica: “fuimos candorosos. Nos habíamos tragado media docena de esquemitas”. Aun así, aquellos dos primeros libros prohibidos mantienen absoluta vigencia.
Augusto Bianco
La ultrabomba
En su fábrica patrón Palanca hacía bebidas con los residuos del petróleo. Pero nadie compraba esas
bebidas porque eran negras y hacían venir dolor de barriga.
Entonces inventó una linda publicidad para convencer a la gente.
“Una bebida de Rey para la mamá, el papá y para vos.”
Todos la bebían…
Y él se hizo rico, muy rico, casi como el rey.
Los ricos son siempre amigos de los reyes y también patrón Palanca se hizo amigo.
Una noche fue a cenar a su castillo y le dijo: —¡Hagamos una gran guerra! Yo te construiré la ultrabomba
y vos me darás cien ultramillones. Yo seré el más rico del mundo y vos el rey de toda la tierra.
—Bien— dijo el rey. —Pero ¿cómo hacemos para convencer a la gente de que haga la guerra por nosotros?
—Me encargo yo— dijo patrón Palanca. Se hizo jefe de la televisión e hizo un noticiero lindo como la
publicidad y todas las noches decía:
—Es lindo combatir y morir por mí y por el rey.
Y la gente creía en sus palabras mentirosas, como bebía sus bebidas negras.
Mientras tanto, patrón Palanca en su ultrafábrica nueva construía la ultrabomba, los aviones, los
tanques, los fusiles y todo lo que se necesitaba para hacer la gran guerra. Y le vendió todo al rey por
cien ultramillones.
El día de la guerra, la gente, en la plaza, miraba en la pantalla de TV al rey y al general Palanca. El general
decía:
—La guerra ha comenzado. Dentro de poco verán al avión que desengancha la ultrabomba sobre
el enemigo que no sabe nada. Nosotros somos los más fuertes y venceremos. Viva yo y viva el rey.
El avión había llegado sobre la ciudad más grande del mundo. El general ordenó:
—¡Tirá la ultrabomba!
El piloto miró hacia abajo y vio los chicos que jugaban. Y pensó: “¡Si desengancho los mato!”
Y volaba, volaba sobre la ciudad que brillaba al sol. Y no obedecía.
—¡Tirá la ultrabomba sobre el enemigo! —gritó el rey enojado.
El piloto volaba y decía:
—Sólo veo chicos y gente que trabaja… al enemigo no lo veo… el enemigo no está.
El rey y el general gritaron:
—¡Son ellos el enemigo! Desenganchá y destruilos.
Pero el pueblo y los soldados gritaron todos juntos:
—¡NO!
Gritaron tan fuerte que el piloto los escuchó. Entonces regresó, voló sobre el castillo y le dijo al rey:
—¡La bomba te la tiro a vos!
El rey y el general escaparon, y desde ese día comenzó otra historia. En toda la tierra, una historia sin
guerra.
Mario Lodi (trad. Augusto Bianco)