Ilustración original de Andrés Casciani.
No es la primera vez que nuestro compañero Nicolás Torre Giménez nos envía un relato satírico sobre la realidad político-económica de Argentina y, en especial, sobre Milei y sus secuaces. No resulta extraño que, tanto la excentricidad de estos personajes ultraliberales rayana en la ridiculez, como el daño material y cultural sin parangón que están llevando a cabo sobre el país austral, despierten la necesidad de combatir su embestida plutocrática y reaccionaria con todos los medios a nuestro alcance, incluso los literarios. Se trata, esta vez, de un relato onírico que imagina no sólo un final posible del trágico experimento libertariano –y de sus figuras más destacadas– sino también un nuevo amanecer para el pueblo argentino.
Anoche tuve un sueño lúcido por primera vez en mi vida, que fue, al mismo tiempo, una suerte de epifanía profana. Un sueño lúcido es aquel en el que el soñador sabe que está soñando. En algunos de ellos, el soñante puede incluso intervenir deliberadamente en el contenido y el desarrollo del fenómeno onírico.
Me levanto temprano, sobresaltado y excitado por el residuo persistente de la fantasía nocturna en la vigilia. Enciendo la computadora y escribo desaforadamente, en un desborde precipitado de palabras que no puedo contener, que no quiero contener, para evitar, en la medida de lo posible, que se pierdan para siempre los más mínimos detalles.
Cómo contarlo… Soñé que el pueblo argentino se hinchaba las pelotas como nunca había sucedido. “Se hartaba”, debería poner. O, “al pueblo argentino lo poseía la indignación” –rever esta parte–. Los sucesos de diciembre de 2001 eran un juego de niños comparado con esto. “Parecían un juego de niños frente a…” “No eran más que una sombra, un ensayo menor de la obra que yo estaba representando y que, a la vez, se ponía en escena ante mí”.
Estoy en una plaza, no es la Plaza Independencia, pero se le parece mucho, hay bengalas de colores, humo, hombres sin remera, mujeres en corpiño. Pero sé que estamos en invierno, en junio de 2026, porque se trata de un sueño lúcido, es decir, sé que estoy soñando, aunque lo que estoy viviendo lo vivo de una manera tanto o más patente que en la vida cotidiana. Veo y siento cuerpos transpirados por todos lados. Nos rozamos y nos pegamos los unos a los otros. Se oye una música, sí, es La Internacional, pero con una letra distinta. Todos y todas la estamos cantando. Es una que aparentemente nos sabemos todos, aunque la letra brota espontáneamente de nuestro interior, como por generación espontánea, en una suerte de ventriloquía, en la que muñeco y actor que lo anima son la misma persona. Somos como zombis, tal vez sonámbulos. La letra no la sabíamos de antes, pero la vamos reconociendo a medida que brota de nuestros labios, como un manantial de agua pura que mana desde las profundidades más recónditas de la tierra. Mi yo consciente sonríe: empiezan a sonar las nuevas canciones, pienso desde el otro lado del sueño. Porque, de alguna manera misteriosa, me desdoblo: soy yo como actor, y a la vez soy yo como espectador. Es un sueño lúcido, ya lo dije varias veces. Veo una cabeza en una pica, a la usanza medieval. Tiene sangre, no del todo seca, por donde fue segada. No sé por qué, pero no me causa ninguna consternación. No entiendo por qué no me escandalizo, no me horrorizo por lo que veo. Me abro paso entre la muchedumbre para intentar acercarme a esa cabeza y verla mejor. Parece de cera, pero es auténtica. El espasmo cadavérico, causado por una muerte violenta y reciente ha dejado esa cara transfigurada. Los ojos saltones parecen de utilería. Lo reconozco: es Cornejo. Sí, el gobernador de Mendoza.
Veo un poco más allá, más cerca de la fuente que corona la plaza, que sigue con sus pedorras aguas danzantes –cambiar “pedorras”, y evitar también “chotas”– una figura casi completamente desnuda, que corre en pañales (¿por qué en pañales?, me pregunto), con los pelos revueltos. Lo veo desde arriba, como en una toma en picada. Él, a su vez, me mira a mí mientras corre. De alguna manera, yo estoy a otro nivel, como flotando en el aire. Él dirige su mirada hacia mí como en contrapicada –redundante–. En el momento en que me mira, yo me miro por medio de sus ojos. Lo que veo es una cámara, y detrás está Oría. Santiago Oría, sí, el laureado cineasta del régimen, sonríe con cara de pelotudo –buscar un eufemismo para decir lo mismo evitando los exabruptos–. El antropoide que corre en paños menores es un hombre entrado en carnes, rechoncho, rollizo –evitar la gordofobia a toda costa–. Su piel blanquecina, su sonrisa desmesurada, su mirada fija y el maquillaje corrido me recuerdan a alguien, pero no logro descifrar a quién. Está corriendo en pañales –ya lo dije–, mientras grita “van a correr zurdos, van a correr”. Entonces entiendo todo. Pero no puede ser, me digo. ¿Qué hacen en Mendoza? Su cara de psicópata –sí, es la palabra, pero evitar psicologizar, en la medida de lo posible– demuestra no entender lo que realmente está pasando: que el que corre es él. Sus perros clonados, negros, gigantes, de pedigrí austríaco, lo persiguen. ¿Cuántos eran? Sólo Dios sabe cuántos perros vi. En tal caso, vi menos de diez perros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos perros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ¿ergo? Se trata de un arcano pitagórico, me digo. Los canes tienen esos collares que tienen los perros de los matones, los skinheads, los neonazis: esos de color negro, decorados con muchas pequeñas pirámides de metal. ¿Cuántas pirámides eran…? –evitar el argumentum pyramidicum, ¿dejar el kynologicum?–
En virtud de una misteriosa teriantropía, los perros se metamorfosean en seres humanos. ¿Qué estoy viendo? ¡Por Anubis! La transformación es inenarrable, pero se van irguiendo de a poco, la postura cuadrúpeda deja lugar a la bípeda. Es como el gráfico habitual que representa la evolución del mono al hombre, pero en mi sueño es con perros, perros negros, austríacos, gigantes, incontables, pero menos de diez perros que se convierten en más de veinte, treinta, cien, mil humanos. Los humanos, que, por una especie de mitosis, se desdoblan constantemente, portan en sus manos motosierras, de las que gotea sangre.
Noto que se ha levantado Laura. No escuché los ruidos que tiene que haber hecho al abandonar la cama. Pero la luz del pasillo me obliga a levantar la mirada de la pantalla blanca. La veo de pie, debajo de las tres máscaras que cuelgan de la pared del fondo del pasillo. A Laura le gustan las máscaras. O le gustaban, porque ya no compra más. Creo que no compra más porque sabe que yo las colgaría todas en las paredes del pasillo. Me mira sin decir nada. Junta los cinco dedos de la mano derecha frente a su pera –mejor: “mentón” o “barbilla”– en una suerte de hatillo digital, en un puñadito de dedos, y los sacude. Claro, Laura es docente de literatura italiana, pienso como reconociéndome de nuevo en la vigilia y todo su plexo de significaciones. Y, más aún, de italiano. El gesto la delata. “Estoy escribiendo algo que no quiero olvidar”, le digo. Por fin, articula palabras: “Son las tres de lam…”. Con la lengua y los dientes superiores hace ese ruido característico que significa “¡ma sí…! Hacé lo que quieras” y sigue camino para el baño.
¿En qué estaba? Ah, sí. Milei, que ahora tiene una nariz roja de payaso, corre y vitupera a sus perseguidores: “putos, la tienen adentro”, “les rompí el culo, lacras inmundas…” Algunas motosierras le rozan el cuerpo, y le dejan marcas rojas, chorreantes. En lugar de gritar de dolor, se ríe, como si los dientes de las herramientas mecánicas de corte le hicieran cosquillas. A cada mordida metálica, el poseso se lleva las manos a la cara, se desprende de una máscara de piel y la arroja a la masa que lo sigue de cerca: reconozco en esos despojos, que la muchedumbre no tarda en despellejar y engullir, el rostro de Macri, de Galperín, de Roca, de Eurnekian, de Brito, de los Neuss y de otros que nunca había visto en mi vida.
Recuerdo que decidí dejar de correr, detenerme y subirme a un montículo de tierra para tener una mirada abarcadora de lo que estaba sucediendo. Con respecto a lo que siguió, no recuerdo si lo induje o simplemente se dio así. El leatherface dio tres vueltas, o cuatro, o cinco –no empecemos de nuevo– a la Plaza Independencia, pues ahora sí la reconozco claramente desde lo alto, siempre insultando y quitándose rostros y arrojándolos a la multitud. Mientras se alejaban de mí, divisé a lo lejos que la misma escena, pero con distintos actores, se repetía innumerables veces en una plaza ahora multiplicada: vi más allá a un Sturzenegger despojándose de sus propias máscaras, intentando también escapar de la turba sedienta de sangre. Los Caputo, Karina y los Menem hacían lo propio en otros espacios de la misma ágora replicada por numerosos espejos en mi imaginación. También vi correr, esta vez cerca de mí, a un Manuel Adorni que, a diferencia de sus compañeros de fechorías, no reía, sino que más bien daba la impresión de estar muy perturbado y, por más que se clavara las uñas en el rostro para emular a los suyos, no conseguía desenmascararse para intentar saciar por un rato el hambre de la multitud, que parecía inagotable. Por ello fue alcanzado primero que nadie, en una escena verdaderamente dantesca, en cuyo desarrollo creo reconocer el concurso de mi voluntad –¿para qué negarlo?–, y de la que sólo referiré el plano final: un cuerpo sobre un charco de sangre; clavado sobre el pecho se alza un cartel con la leyenda “fin”.
Me bajo del promontorio para no perderme lo que pasa en mi parte de la plaza. Los miles, millones ya, de humanos se han fundido en uno solo, imponente, de diez metros de alto, por lo menos, que carga en sus manos una motosierra acorde a su tamaño. Los dientes del artefacto rugiente finalmente desgarran el pañal del perseguido –evitar la analidad a toda costa– y, siguiendo una trayectoria ascendente, lo troncha en dos. Las dos partes del libertariano demediado siguen corriendo y gritando a dos voces, ambas tan megalómanas y presuntuosas como la entidad misma de la que proceden, sus medias mentiras: “nos van a dar el Nobel de economía”, “estamos haciendo el mejor gobierno de la historia”, “somos los máximos exponentes de la libertad a nivel mundial”. Cada uno de los medios Mileis es, finalmente, alcanzado por los perros, tanto los reales, como los imaginarios. Es la masa proteica, que ha recuperado su forma canina. Conan I y II, Murray, Milton, Robert, Lucas y Junior se dan un festín, mientras todos entonamos La Internacional.
Los otros fugitivos de la justicia popular acababan de correr la misma suerte. Esto último no lo vi con mis propios ojos, pero sí lo supe por esa forma de clarividencia que tiene lugar en los sueños. La luz del pasillo está nuevamente apagada. Laura tiene que haber vuelto a la cama. “Arriba, parias de la tierra”: las estrofas clásicas se combinan ahora con las nuevas. Amanece. Un nuevo sol brilla sobre este bendito país.
Nicolás Torre Giménez