Merz hat Geld, de Kostas Koufogiorgos (2025). Fuente: https://de.toonpool.com
El economista norteamericano Jeffrey D. Sachs, profesor de la Universidad de Columbia, es uno de los analistas más lúcidos de la geopolítica mundial. Sus valientes y constantes críticas a Estados Unidos, la OTAN, la Unión Europea e Israel se han vuelto una referencia obligada por su rigurosidad, agudeza y elocuencia. Autor prolífico de artículos y libros, intelectual siempre solícito como conferenciante y entrevistado, va reuniendo sus intervenciones públicas en la página www.jeffsachs.org.
De allí hemos tomado sus dos cartas abiertas al canciller de Alemania, el conservador democristiano y otanista lamebotas Friedrich Merz, a propósito de la guerra de Ucrania y la demencial escalada antirrusa de la UE en general y Berlín en particular (lanzado a un rearme de altísimo riesgo para la paz europea y mundial, a través del discrecional mecanismo del Sondervermögen o fondo extrapresupuestario). Los cuestionamientos de Sachs a Merz, debidamente contextualizados en perspectiva histórica, son demoledores. No tienen desperdicio. La primera carta abierta data de fines del año pasado. La segunda misiva vio la luz hace tres semanas. Ambas cartas fueron originalmente publicadas en el Berliner Zeitung, uno de los diarios más tradicionales e influyentes de Alemania. La traducción es nuestra, igual que todas las aclaraciones entre corchetes.
PRIMERA CARTA ABIERTA
17 de diciembre de 2025
Canciller Merz,
usted ha hablado repetidamente de la responsabilidad de Alemania en la seguridad europea. Esa responsabilidad no puede eludirse mediante eslóganes, memoria selectiva ni la normalización constante del discurso bélico. Las garantías de seguridad no son instrumentos unidireccionales, sino bidireccionales. Este no es un argumento ruso ni estadounidense; es un principio fundamental de la seguridad europea, explícitamente consagrado en el Acta Final de Helsinki, el marco de la OSCE [Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa] y décadas de diplomacia de posguerra.
Alemania tiene el deber de afrontar este momento con seriedad y honestidad históricas. En este sentido, la retórica y las decisiones políticas recientes resultan peligrosamente insuficientes.
Desde 1990, las principales preocupaciones de seguridad de Rusia han sido repetidamente desestimadas, diluidas o directamente violadas, a menudo con la participación activa o la aquiescencia de Alemania. Este historial no puede borrarse si se quiere poner fin a la guerra en Ucrania, ni puede ignorarse si Europa quiere evitar un estado de confrontación permanente.
Al final de la Guerra Fría, Alemania ofreció a los líderes soviéticos y posteriormente rusos garantías reiteradas y explícitas de que la OTAN no se expandiría hacia el este. Estas garantías se dieron en el contexto de la reunificación alemana. Alemania se benefició enormemente de ellos. La rápida unificación de su país –dentro de la OTAN– no se habría producido sin el consentimiento soviético, basado en esos compromisos. Pretender después que estas garantías nunca importaron, o que fueron meras declaraciones casuales, no es realismo. Es revisionismo histórico.
En 1999, Alemania participó en el bombardeo de Serbia por parte de la OTAN, la primera gran guerra llevada a cabo por la OTAN sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. No se trató de una acción defensiva. Fue una intervención sin precedentes que alteró fundamentalmente el orden de seguridad posterior a la Guerra Fría. Para Rusia, Serbia no era una abstracción. El mensaje era inequívoco: la OTAN usaría la fuerza más allá de su territorio, sin la aprobación de la ONU y sin tener en cuenta las objeciones rusas.
En 2002, Estados Unidos se retiró unilateralmente del Tratado sobre Misiles Antibalísticos, una piedra angular de la estabilidad estratégica durante tres decenios. Alemania no planteó ninguna objeción seria. Sin embargo, la erosión de la arquitectura de control de armas no se produjo en el vacío. Rusia percibió, con razón, que los sistemas de defensa antimisiles desplegados cerca de sus fronteras [Polonia y Rumania] eran desestabilizadores. Desestimar estas percepciones como paranoia era propaganda política, no diplomacia eficaz.
En 2008, Alemania reconoció la independencia de Kosovo, a pesar de las advertencias explícitas de que esto socavaría el principio de integridad territorial y sentaría un precedente con repercusiones en otros lugares. Una vez más, las objeciones de Rusia fueron desestimadas como mala fe en lugar de ser consideradas preocupaciones estratégicas serias.
La constante presión para expandir la OTAN a [las repúblicas postsoviéticas de] Ucrania y Georgia –declarada formalmente en la Cumbre de Bucarest de 2008– cruzó líneas rojas infranqueables, a pesar de las vehementes, claras, consistentes y reiteradas objeciones de Moscú durante años. Cuando una gran potencia identifica un interés fundamental de seguridad y lo reitera durante décadas, ignorarlo no es diplomacia, sino una escalada deliberada.
El papel de Alemania en Ucrania desde 2014 es especialmente preocupante. Berlín, junto con París y Varsovia, negoció el compromiso del 21 de febrero de 2014 [Acuerdo de Asociación] entre el presidente Yanukovich y la oposición, un compromiso destinado a detener la violencia [crisis de Maidán] y preservar el orden constitucional. En cuestión de horas, dicho acuerdo se derrumbó. Le siguió un derrocamiento violento. Un nuevo gobierno surgió por medios extraconstitucionales. Alemania reconoció y apoyó al nuevo régimen de inmediato. El acuerdo que Alemania había garantizado fue abandonado sin consecuencias.
El acuerdo de Minsk II de 2015 debía ser la solución correctiva: un marco negociado para poner fin a la guerra en el este de Ucrania [la guerra civil del Dombás]. Alemania volvió a actuar como garante. Sin embargo, durante siete años Ucrania no implementó Minsk II. Kiev rechazó abiertamente sus disposiciones políticas. Alemania no las hizo cumplir. Exlíderes alemanes y de otros países europeos han reconocido desde entonces que Minsk se trató más de una maniobra de dilación que de un plan de paz. Esta sola admisión debería obligar a una reflexión profunda.
Ante este panorama, los llamamientos a más armas, una retórica cada vez más dura y una mayor “determinación” resultan vacíos. Piden a Europa que olvide el pasado reciente para justificar un futuro de confrontación permanente.
Basta de propaganda. Basta de infantilizar moralmente a la opinión pública. Los europeos son plenamente capaces de comprender que los dilemas de seguridad son reales, que las acciones de la OTAN tienen consecuencias y que la paz no se logra fingiendo que las preocupaciones de seguridad de Rusia no existen.
La seguridad europea es indivisible. Este principio implica que ningún país puede reforzar su seguridad a expensas de la de otro sin provocar inestabilidad. También implica que la diplomacia no es apaciguamiento y que la honestidad histórica no es traición.
Alemania lo entendió en su momento. La Ostpolitik [la “política oriental” de distensión y normalización diplomáticas de la RFA respecto a la RDA y los demás países del Pacto de Varsovia durante la Guerra Fría, iniciada por Billy Brand hacia 1969] no era debilidad; era madurez estratégica. Reconoció que la estabilidad de Europa depende del compromiso, el control de armamentos, los lazos económicos y el respeto a los legítimos intereses de seguridad de Rusia.
Hoy, Alemania necesita recuperar esa madurez. Dejen de hablar como si la guerra fuera inevitable o virtuosa. Dejen de subcontratar el pensamiento estratégico a los discursos de la Alianza. Empiecen a participar seriamente en la diplomacia, no como un ejercicio de relaciones públicas, sino como un esfuerzo genuino por reconstruir una arquitectura de seguridad europea que incluya a Rusia, en lugar de excluirla.
Una arquitectura de seguridad europea renovada debe comenzar con claridad y moderación. En primer lugar, requiere el fin inequívoco de la expansión de la OTAN hacia el este: a Ucrania, a Georgia y a cualquier otro Estado fronterizo con Rusia.
La expansión de la OTAN no fue una característica inevitable del orden posterior a la Guerra Fría. Fue una decisión política, tomada en violación de las solemnes garantías dadas en 1990 [Tratado 2+4] y llevada a cabo a pesar de las repetidas advertencias de que desestabilizaría Europa.
La seguridad en Ucrania no provendrá del despliegue avanzado de tropas alemanas, francesas o de otros países europeos. Eso solo afianzaría la división y prolongaría la guerra. Provendrá de la neutralidad, respaldada por garantías internacionales creíbles. El registro histórico es inequívoco: ni la Unión Soviética ni la Federación Rusa violaron la soberanía de los Estados neutrales [no integrantes del Pacto de Varsovia ni de la OTAN] en el orden de posguerra: ni Finlandia, ni Austria, ni Suecia, ni tampoco Suiza, ni ningún otro. La neutralidad funcionó porque atendió las legítimas preocupaciones de seguridad de todas las partes. No hay ninguna razón seria para pretender que no pueda volver a funcionar.
En segundo lugar, la estabilidad requiere desmilitarización y reciprocidad. Las fuerzas rusas deben mantenerse alejadas de las fronteras de la OTAN, y las fuerzas de la OTAN –incluidos los sistemas de misiles– deben mantenerse alejadas de las fronteras de Rusia. La seguridad es indivisible, no unilateral. Las regiones fronterizas deben desmilitarizarse mediante acuerdos verificables, no saturarse con más y más armas.
Las sanciones deben levantarse como parte de una solución negociada. No han logrado la paz y han causado graves daños a la economía europea.
Alemania, en particular, debe rechazar la confiscación imprudente de activos estatales rusos, una flagrante violación del derecho internacional que socava la confianza en el sistema financiero global. Reactivar la industria germana mediante un comercio lícito y negociado con Rusia no es capitulación, sino realismo económico. Europa no debe destruir su propia base productiva en nombre de una postura moralista.
Finalmente, Europa debe volver a los fundamentos institucionales de su propia seguridad. La OSCE –no la OTAN– debe volver a ser el foro central para la seguridad europea, el fomento de la confianza y el control de armamentos. La autonomía estratégica para Europa significa precisamente esto: un orden de seguridad europeo configurado por los intereses europeos, no una subordinación permanente al expansionismo de la OTAN.
Francia podría, con razón, extender su capacidad de disuasión nuclear como paraguas de seguridad europeo, pero solo en una postura estrictamente defensiva, sin sistemas desplegados en territorio extranjero que amenacen a Rusia.
Europa debería presionar con urgencia para que se retome el marco del tratado INF [Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio, por sus siglas en inglés] y para que se celebren negociaciones estratégicas integrales sobre el control de armas nucleares donde participen Estados Unidos y Rusia, y, con el tiempo, China.
Lo más importante, canciller Merz, es que aprenda de la historia y sea honesto al respecto. Sin honestidad, no puede haber confianza. Sin confianza, no puede haber seguridad. Y sin diplomacia, Europa corre el riesgo de repetir las catástrofes de las que dice haber aprendido.
La historia juzgará lo que Alemania decida recordar y lo que decida olvidar. Esta vez, deje que Alemania elija la diplomacia y la paz, y que cumpla su palabra.
Atentamente,
Jeffrey D. Sachs
SEGUNDA CARTA ABIERTA
27 de mayo de 2026
Canciller Merz,
Cuando le escribí una carta abierta hace medio año, insté a Alemania a apostar por la diplomacia con Rusia en lugar de por la normalización de la guerra. Seis meses después, la situación en Europa ha empeorado drásticamente. Europa y Rusia se están sumiendo en una guerra abierta. Y en esa deriva, canciller, su responsabilidad es singular. Ningún líder europeo –ni en París, ni en Varsovia, ni en Roma– ocupa la posición que ocupa Alemania, ni tiene el poder que usted tiene personalmente, para detener esta catástrofe. ¿Intentará usted lograr la paz?
Usted mismo, junto con la primera ministra Meloni y el presidente Macron, pidió en enero de 2026 que Europa reanudara las relaciones con Rusia y describió a Rusia como “un país europeo”. Sin embargo, no apostó por la diplomacia. Con el futuro de Europa en juego, esto supone una extraordinaria renuncia al liderazgo. ¿Ha intentado usted, en sus meses como canciller, entablar un diálogo sustantivo con el presidente Putin? ¿Ha intentado su ministro de Asuntos Exteriores entablar un diálogo sustantivo con el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov? Conversaciones reales, del tipo de las que pusieron fin a la Guerra Fría. La respuesta, por lo que revelan los registros públicos, es no. Ni una sola vez. Y no por falta de reconocimiento de la urgencia.
Los últimos días han traído consigo una peligrosa escalada que debería ser motivo de preocupación para todos los europeos. Ambas capitales se encuentran ahora bajo un ataque constante: los drones ucranianos de largo alcance han penetrado profundamente en Moscú, alcanzando incluso objetivos civiles; los ataques con misiles y drones rusos contra Kiev se han intensificado considerablemente. Los drones ucranianos han invadido el espacio aéreo de los Estados bálticos [Estonia, Letonia y Lituania], lo que plantea la posibilidad inmediata de un incidente que podría arrastrar a Europa directamente a la guerra. Un horrible ataque ucraniano contra una escuela de niños en Lugansk ha erosionado aún más lo poco que queda de moderación. Y el 25 de mayo, el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, siguiendo instrucciones del presidente Putin, notificó formalmente al secretario de Estado de EE.UU. que las Fuerzas Armadas rusas van a lanzar ahora “ataques sistemáticos y sostenidos” contra instalaciones y centros de toma de decisiones en Kiev. El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso ha aconsejado a EE.UU. y a otros países que “garanticen la evacuación de su personal diplomático y demás ciudadanos de la capital de Ucrania”. Ese mensaje es el prólogo de una escalada importante. La diplomacia es más urgente que nunca.
La forma de defender Ucrania no es continuar con la matanza, sino la paz en términos aceptables para todas las partes. En cambio, nos enfrentamos a una escalada, con más muertes, más destrucción y la perspectiva real de una guerra que se extienda más allá de Ucrania.
Al reclamar cada vez más armas, una capacidad bélica cada vez mayor y demostraciones cada vez más sonoras de “determinación”, y al dar a entender que Alemania se está preparando para la guerra en lugar de trabajar para ponerle fin, ha permitido que Berlín se convierta en un acelerador, en lugar de un freno, de una guerra a escala europea.
La responsabilidad de Alemania: seis aspectos concretos
Alemania tiene una profunda responsabilidad en la situación a la que se enfrenta ahora. Antes de que la política alemana pueda reorientarse hacia la paz, es necesario afrontar con honestidad el historial de Alemania. A continuación, expongo seis graves fracasos de la política exterior alemana respecto a Rusia desde la reunificación alemana en 1990.
Primero: el Tratado 2+4 y la expansión hacia el este de la OTAN. El 12 de septiembre de 1990, en Moscú, Alemania firmó el Tratado sobre el Arreglo Definitivo con respecto a Alemania –el “Tratado 2+4”– que completó la reunificación alemana. Ese tratado se consiguió porque Mijaíl Gorbachov recibió garantías solemnes, por parte de Hans-Dietrich Genscher, de Helmut Kohl, de James Baker y de otros líderes occidentales, de que la OTAN no se expandiría hacia el este. Los documentos desclasificados –incluidos los memorandos ahora públicos recopilados por el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington– son inequívocos: esas garantías se dieron y, en aquel momento, se entendía claramente que se aplicaban más allá del territorio de la antigua RDA, a toda la Europa del Este. Estas garantías se reafirmaron a lo largo de 1990 y 1991.
El Tratado 2+4 limita el despliegue de tropas de la OTAN en la antigua RDA y reitera los principios del Acta Final de Helsinki, que subraya que la seguridad de ninguna nación debe lograrse a expensas de otra. ¿Acaso hay alguien sensato que crea que a la Unión Soviética le preocupaban las tropas occidentales en el territorio de la antigua RDA, pero le resultaban indiferentes los ejércitos de la OTAN en Varsovia, Vilna o Kiev? Por supuesto que no.
La cuestión de la ampliación de la OTAN se debatió en detalle y Alemania dio garantías explícitas a los líderes soviéticos de que no habría ampliación hacia el Este (garantías que luego se incumplieron). Alemania fue la principal beneficiaria de esas garantías, que constituían la contrapartida de la reunificación alemana. Sin embargo, ya en 1993, los líderes alemanes comenzaron a promover el incumplimiento de esas garantías.
Segundo: el propio testimonio de la canciller Merkel. En sus memorias, Angela Merkel escribe con sorprendente franqueza que, en el momento de la Cumbre de Bucarest de 2008, comprendió que invitar a Ucrania y Georgia a la OTAN equivaldría a una declaración de guerra a Rusia. Conocía la línea roja de Rusia. Y, sin embargo, cedió a la presión estadounidense, aceptando el comunicado de compromiso donde se afirmaba que Ucrania y Georgia “se convertirían” en miembros de la OTAN. Esa única frase desencadenó las catástrofes de 2014 [crisis de Maidán, anexión rusa de Crimea y guerra civil del Dombás] y 2022 [invasión rusa de Ucrania]. La franqueza posterior de Merkel es un regalo para sus sucesores: les ha dicho, claramente y con sus propias palabras, lo que se entendía en aquel momento. Alemania no debería ahora fingir lo contrario.
En tercer lugar: la traición al arreglo del 21 de febrero de 2014 [Acuerdo de Asociación]. El 21 de febrero de 2014, en Kiev, el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, junto con sus homólogos polaco y francés, medió en la firma de un compromiso entre el presidente Yanukovich y la oposición. El acuerdo preveía el retorno a la Constitución de 2004, la formación de un gobierno de unidad nacional y la convocatoria de elecciones presidenciales anticipadas. Se consultó al presidente Putin y el acuerdo fue confirmado. Se trataba de un logro diplomático de gran importancia en un contexto de intensa violencia. Sin embargo, en menos de veinticuatro horas, Yanukovich fue derrocado por la fuerza mediante un violento golpe de Estado. Alemania no insistió en el cumplimiento del acuerdo que acababa de garantizar. En cambio, siguiendo el ejemplo de EE.UU., Alemania respaldó al nuevo gobierno, como si no hubiera existido ningún acuerdo. Esa decisión convenció a Moscú de que no se podía confiar en las firmas occidentales.
Cuarto: Minsk II. En febrero de 2015, la canciller Merkel negoció personalmente Minsk II en el Formato de Normandía y prometió el respaldo político de Alemania a través de la Declaración de Apoyo adoptada en Minsk el 12 de febrero de 2015. Durante siete años, la disposición política clave –la autonomía de las regiones del Dombás dentro de una Ucrania soberana– nunca fue aplicada por Kiev. Alemania no presionó a Kiev para que aplicara la disposición de autonomía que había defendido, y Merkel reconoció más tarde que el acuerdo se había utilizado como una maniobra dilatoria para permitir que Ucrania se rearmara. El presidente Hollande dijo lo mismo.
La garantía, en otras palabras, no era una garantía en absoluto. Se trataba de una estratagema (una vez más, a instancias de Washington). Una vez más, el mensaje para Moscú era que no se puede confiar en las firmas occidentales.
Quinto: Nord Stream. El 7 de febrero de 2022, en el Salón Este de la Casa Blanca, el presidente Biden anunció –con el entonces canciller Olaf Scholz a su lado– que “si Rusia invade… entonces ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin”. Cuando se le preguntó cómo, respondió: “Les prometo que seremos capaces de hacerlo”. Los gaseoductos fueron destruidos siete meses después en un acto de sabotaje en el mar Báltico. Las pruebas disponibles –reportajes de investigación en Estados Unidos y Alemania, la pista seguida por la fiscalía federal alemana y las declaraciones públicas de antiguos funcionarios– apuntan de manera abrumadora a una operación conjunta entre Ucrania y EE.UU. El gobierno alemán lo sabe desde hace tiempo. Y, sin embargo, Alemania ha permitido que la culpa pública recaiga sobre Rusia, en contra de las pruebas directas, mientras que un acto de sabotaje industrial contra la economía germana ha quedado sin enjuiciar y sin respuesta.
Sexto: el acuerdo de Estambul de abril de 2022 que estaba al alcance de la mano. Apenas unas semanas después de la invasión rusa en febrero de 2022, los negociadores rusos y ucranianos se reunieron en Estambul para acordar los términos de un acuerdo de paz: la neutralidad de Ucrania fuera de la OTAN, garantías de seguridad multilaterales, límites acordados de tropas y la resolución política de las cuestiones de Dombás y Crimea con el tiempo. El acuerdo estaba a pocos días de firmarse. El ex primer ministro israelí Naftali Bennett, uno de los mediadores, ha confirmado públicamente que el acuerdo estaba a punto de cerrarse y que Occidente –en particular, Estados Unidos y Reino Unido– intervino para bloquearlo. La misión del primer ministro Boris Johnson a Kiev en abril de 2022 para ordenar a Ucrania que no firmara es de dominio público. Cientos de miles de vidas ucranianas y rusas, así como el orden europeo en general, han pagado el precio de esa intervención de EE.UU. y Gran Bretaña. Alemania no ha alzado la voz al respecto, a pesar de que, más que ningún otro Estado europeo, ha soportado las consecuencias económicas.
La segunda catástrofe: la autodestrucción económica de Alemania
Su primera preocupación debe ser la paz. El mensaje de ayer de Moscú nos dice lo tarde que es la hora. Pero hay una segunda catástrofe desarrollándose junto a la primera: la destrucción deliberada de la economía alemana, con Berlín como autor y víctima a la vez.
La economía industrial de Alemania se construyó sobre el comercio con Rusia. La destrucción del Nord Stream y la consiguiente ruptura de las relaciones comerciales de Alemania con Rusia han llevado a Alemania a comprar gas natural [licuado, por barcos] a Estados Unidos a precios varias veces superiores a los del gas ruso [por ductos] que vino a sustituir. Esto es un suicidio industrial. El sector químico alemán, su sector siderúrgico, su industria del vidrio, sus fabricantes de alto consumo energético –los cimientos mismos del Mittelstand [sector pymes]– están perdiendo competitividad internacional día a día. Los puestos de trabajo cualificados están desapareciendo de la economía alemana. Y el contribuyente y el consumidor germanos están provocando una transferencia de riqueza nacional de Alemania a los productores de gas estadounidenses a una escala sin precedentes en la Europa de la posguerra.
Además, el gobierno alemán se está comprometiendo ahora a un enorme aumento del gasto en defensa –cientos de miles de millones de euros durante la próxima década– para armarse de cara a una guerra que la diplomacia podría evitar fácilmente. Se trata de una asignación muy mala de los recursos nacionales. El reto fundamental al que se enfrenta Alemania en este decenio es la competitividad en la era digital. Cada euro gastado en tanques, misiles y proyectiles de artillería es un euro que no se gasta en la capacidad de IA de Alemania, en su capacidad de diseño y fabricación de chips, en su infraestructura energética y en las redes digitales de alta velocidad que Alemania necesita para seguir siendo una de las principales economías mundiales.
La cruda realidad, señor canciller, es que no hay seguridad que se pueda comprar con estas armas que la diplomacia no fuera capaz de adquirir por una mínima fracción de ese costo, y no hay prosperidad posible sin las inversiones digitales y energéticas que este aumento del armamento postergará.
Mi llamamiento
Canciller Merz, más que de ningún otro líder europeo, depende de usted que Europa caiga en una guerra generalizada o que vuelva a la negociación y a la cordura económica. Es ya muy tarde. El mensaje oficial enviado ayer por Moscú a Washington lo dice explícitamente. Por favor, entable un diálogo con el presidente Putin. Por favor, envíe a su ministro de Asuntos Exteriores a Moscú o invite al ministro de Asuntos Exteriores de Rusia a Berlín. Por favor, reabra los canales de la OSCE que Alemania ha dejado atrofiar. Por favor, diga a Kiev que cese sus ataques contra objetivos civiles.
Y lo más importante, por favor, diga la verdad al público alemán: que un acuerdo de paz basado en la neutralidad de Ucrania es la vía realista para salir de la catástrofe, y que restablecer una relación económica normal con Rusia es la vía realista para salir del declive industrial de Alemania.
Los términos de un acuerdo aceptable que Alemania podría proponer son claros. Los combates cesarían en una línea de armisticio. Todas las partes renunciarían a cualquier recurso futuro a la violencia en la cuestión de las fronteras. Ucrania restablecería su neutralidad y la OTAN renunciaría de forma permanente a una mayor ampliación hacia el este.
Europa y Rusia restablecerían sus relaciones económicas y pondrían fin al belicismo. La OSCE volvería a convertirse en el foro central para la seguridad europea, con el principio fundamental de que la seguridad europea es indivisible y no se basa en bloques militares que dividen a Europa. Paralelamente a esta paz, Alemania reorientaría sus recursos nacionales hacia las inversiones en tecnología digital, inteligencia artificial, semiconductores y energía que exige el futuro económico del país.
La historia recordará lo que haga en las próximas semanas y lo que no haga. También lo hará la opinión pública alemana. Y también los pueblos de Rusia, Ucrania y Europa en general. Es hora de la diplomacia, señor canciller. La decisión es suya.
Atentamente,
Jeffrey D. Sachs