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Brulote Nuevo Susan Watkins

Trump fuera de casa

12 de abril de 202615 de abril de 2026
Kalewche

Fotografía de © ZUMA / Zuma Press / Action Press. Fuente: www.stern.de

Tradujimos para nuestros lectores el artículo «Trump Abroad» de Susan Watkins, aparecido en el número 157 de la New Left Review, correspondiente a enero/febrero de 2026. La autora es editora en jefa de la influyente revista británica desde 2003, cuando reemplazó a Perry Anderson en el cargo. Como nos pareció uno de los mejores análisis de la política trumpista escritos hasta el momento, pensamos que valía la pena adelantarnos a la traducción que sacará la NLR en español dentro de algunos meses. Por razones de agilidad y concisión, las referencias bibliográficas o hemerográficas a pie de página han sido suprimidas. Quienes deseen consultarlas, pueden hacerlo accediendo a la publicación original en NLR. Todas las aclaraciones entre corchetes son nuestras.


En 2018, el artículo de Dylan Riley “¿Quién es Trump?” definió al 45º presidente como un elemento disfuncional para el orden dominante estadounidense. Producto híbrido del submundo inmobiliario y la industria del entretenimiento, su ascenso se debió en gran medida a la ira popular provocada por la gestión de los rescates financieros y la Gran Recesión, por parte de unos demócratas de labia fácil. Sería engañoso, argumentaba Riley, asimilar el carácter sui generis de Trump como figura política a cualquier categoría general –autoritarismo, populismo, fascismo, “semifascismo”–; como estudioso del fascismo europeo, Riley se mostraba inflexible al respecto. Trump podría entenderse mejor como una amalgama mal lograda de los tres “modos de gobierno” diferentes, tal y como los había definido Weber, operando como un cuerpo extraño dentro de la burocracia federal. La combinación de un aspirante a líder carismático, que gobierna de forma personalizada y neopatrimonial sobre un Estado legal-racional, dentro de una democracia representativa oligárquica, entrañaba múltiples contradicciones. La incoherencia de la administración era estructural. El entorno de Trump, compuesto por millonarios lumpen y aspirantes a la extrema derecha, era demasiado pequeño e inexperto para dirigir la maquinaria federal, que se jactaba de bloquear su agenda. Más allá de los aranceles a China y la beligerancia contra Irán –además, en el frente interno, de los recortes fiscales, las dádivas a los votantes y los jueces de derecha–, la primera administración de Trump logró muy poco.

Pocos dirían que su segundo mandato ha sido ineficaz. En el extranjero, Estados Unidos ha bombardeado el programa de enriquecimiento nuclear iraní, ha bombardeado Yemen, ha hundido una docena o más de barcos en el Caribe, ha bombardeado Caracas, ha secuestrado al presidente venezolano en ejercicio y a su esposa, ha capturado petroleros, ha lanzado ataques aéreos y con misiles contra Siria, Somalia y Nigeria, ha bloqueado a Irán y Cuba, amenazando a ambos con un cambio de régimen y, en el momento de escribir estas líneas, se está preparando para una guerra a gran escala contra Irán. En el ámbito nacional, ha convertido a la Agencia de Inmigración y Aduanas (ICE) en una fuerza de choque que ha matado a tiros a opositores de las políticas del presidente. Al igual que Johnson en 1965, Trump ha federalizado la Guardia Nacional, pero con el efecto contrario: en lugar de acabar con la segregación en el sur, el ICE está volviendo a segregar las ciudades liberales mediante la criminalización ad hoc de los trabajadores latinos.


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Pero, ¿hasta qué punto resulta todo esto funcional para los imperativos del dominio estadounidense? A grandes rasgos, estos podrían definirse de la siguiente manera. Desde 1945, los principales objetivos de EE.UU. han sido, en primer lugar, estabilizar y defender el orden capitalista internacional; y, en segundo lugar, promover sus intereses económicos, políticos e ideológicos en el seno de dicho orden. Durante el primer medio siglo, aunque el camino fuera un poco accidentado, los gobernantes estadounidenses podían felicitarse por ambos logros, con la derrota del bloque soviético, la globalización de la inversión y la producción, impulsada por un océano de crédito gestionado por Estados Unidos, y la incorporación de todas las grandes potencias a un orden mundial liderado por EE.UU., animado por ideas que un conocedor del tema denominó genialmente el Consenso de Washington. Es cierto que Estados Unidos había acumulado algunas tareas adicionales por el camino, incluido un compromiso con Israel que conllevaba obligaciones extra en Medio Oriente; pero estas estaban fácilmente al alcance de un coloso militar con un aparato político-intelectual bien aceitado.

Sin embargo, a raíz de la crisis financiera de 2008 se reveló que estos prodigiosos éxitos habían contribuido a generar resultados indeseados: el auge de China, como un rival enorme y quizás insuperable, y el vaciamiento del corazón de Estados Unidos, las antiguas regiones industriales de clase trabajadora del Upper Midwest (Alto Medio Oeste), azotadas por la caída de las tasas de crecimiento, el estancamiento de los salarios, el empeoramiento de los problemas de morbilidad, el aumento del coste de la vida y la creciente desigualdad. Post factum, ambos se unieron en el discurso de la derecha estadounidense en la forma de “China nos ha robado los puestos de trabajo”, omitiendo convenientemente la responsabilidad de los consejos de administración y los intereses de los accionistas en la deslocalización de la industria manufacturera. Este doble dilema –que, en el mejor de los casos, señalaba los límites del poder estadounidense y, en el peor, el advenimiento del declive de Estados Unidos– definió un doble imperativo adicional: la necesidad de establecer un mínimo de contención al descontento de la clase trabajadora nacional y de mantener la primacía estadounidense a pesar –o en contra– del auge de China.

El disfuncional primer mandato de Trump fue tanto un síntoma de este doble dilema como un intento desesperado de encontrar una solución de ultraderecha al mismo. La administración Biden, sin embargo, continuó y profundizó las pocas políticas emblemáticas que él había puesto en marcha: sanciones demoledoras contra Irán, apoyo a las atrocidades israelíes en Gaza, embargo de chips semiconductores avanzados para China y una supuesta “política exterior para la clase media” –eufemismo de “clase trabajadora”–, retomando los tropos trumpianos; a lo que Biden añadió su propio sello en la triunfalista defensa por parte de la OTAN de Ucrania frente a Rusia. La discreta preservación por parte de Biden de las medidas de Trump –aunque con un barniz verde, cuyo valor aún está por determinarse– les proporcionó una validación. En ese sentido, al menos, podría decirse que el orden dominante estadounidense había encontrado una función para Trump, a pesar de la disfuncionalidad de su modo de gobernar. Una administración normal, como se enorgullecía de ser la de Biden, podía dar pasos más firmes por el camino que Trump había explorado.

Ahora que Trump ha regresado, acumulando hechos y palabras por los que ser juzgado, tal vez sea posible profundizar un poco más en la cuestión de su funcionalidad para la hegemonía mundial de Washington –es decir, su papel en el avance de los dos imperativos de Estados Unidos–. En Davos ya se han emitido veredictos decisivos sobre si Trump presagia el fin del orden internacional basado en reglas, el inicio de un nuevo tipo de hegemonía depredadora o iliberal, o incluso el amanecer, largamente pospuesto, de una era multipolar, y estos se han desarrollado en las publicaciones de peso de Washington. Reconociendo que, en cuestiones clave, entre las que destaca China, aún no ha surgido una dirección clara para el segundo mandato de Trump, este artículo intenta realizar un ejercicio más preliminar. Se propone examinar la situación sobre el terreno en los cuatro principales escenarios del poder mundial estadounidense –América Latina, Medio Oriente, Europa y Asia Oriental– en busca de indicios provisionales, confiando en que futuros colaboradores intervengan para criticar y corregir cualquier conclusión inicial.


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Pero antes, una breve reflexión sobre cómo ha cambiado el peculiar estilo de gobierno de Trump en su quinto año como presidente. Tanto los comentaristas políticos como los chismes periodísticos se han centrado en el funcionamiento interno de la Casa Blanca de Trump para descubrir el secreto de su poder. Inevitablemente, en un sistema de presidencia imperial, predominan las formas de análisis personalistas o centradas en el carácter: el “Trump-centrismo” (Trump Himselfism), basado precisamente en los aspectos neopatrimoniales que señaló Riley. La inclinación de Trump por el espectáculo y por hacer valer su autoridad, su convicción de que la imprevisibilidad es una fortaleza, su impaciencia con los procedimientos y su preferencia por resultados rápidos: todas estas características tienen efectos en el mundo real, desde la política arancelaria hasta la guerra contra Irán. El enfoque de Trump se describe a menudo como transaccional; pero ese, sin duda, es el modo normal de hacer política. Más bien, él favorece la coacción económica, las demostraciones abiertas de poder que recuerdan las ideas de Charles Tilly sobre el chantaje (protection racket) como modelo de la violencia del Estado1. Pero el “Trump-centrismo” puede ser exagerado. Gran parte del trabajo del Ejecutivo se lleva a cabo sin él; se dice que los asesores han fomentado la extravagancia del Ala Este [los eventos ostentosos organizados en este sector de la Casa Blanca] para quitárselo de encima y poder seguir adelante con la agenda, ya que lo único que él quiere hacer es hablar. Además, existe el riesgo, en el enfoque personalista, de tomarse las declaraciones de Trump más en serio de lo que él mismo (himself) lo hace.

Otro enfoque, más en línea con el análisis de Riley, se centra en el propio proceso de formulación de políticas. Según investigadores del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, este ha pasado, en el segundo mandato de Trump, de un modelo tecnocrático a lo que ellos denominan un modelo faccional. La andanada de lawfare partidista de los demócratas durante los años fuera del poder del republicano garantizó que, cuando Trump y su séquito volvieran a la Casa Blanca en enero de 2025, estuvieran más fuertes y decididos, equipados con los recursos intelectuales y humanos del conservadurismo estadounidense y un manual de la Heritage Foundation [think tank ultraconservador estadounidense de gran influencia en el trumpismo] sobre cómo dirigir el Estado federal. El control de la seguridad nacional se centralizó bajo la figura robótica y de ultraderecha de Stephen Miller [el arquitecto de las políticas migratorias más radicales de Donald Trump], supuestamente el primer ministro de Trump para asuntos internos, quien redactó previamente los cientos de órdenes ejecutivas anti-woke y anti-Palestina emitidas en los primeros cinco meses. Lo que resulta más amenazador es que Miller se hizo cargo del aparato de Seguridad Nacional establecido por Bush hijo y alimentado por Obama como instrumento para un programa de deportación paramilitar.

Mientras tanto, la política exterior se descentralizó y fragmentó. El equipo de Trump se dedicó a vaciar de contenido los niveles superiores del Consejo de Seguridad Nacional y del Departamento de Estado, desmantelando la cúspide del Estado burocrático “legal-racional”. El Consejo de Seguridad Nacional ya no desempeñaría la función de recopilar y filtrar las diversas perspectivas de las agencias militares, políticas y de inteligencia para ofrecer una selección clara de opciones al comandante en jefe. En su lugar, diferentes círculos competirían directamente por la aprobación del presidente. De ahí la “cacofonía estratégica” del segundo mandato de Trump –la vorágine de actividad seguida de retrasos inexplicables, las declaraciones contradictorias y los múltiples planes, con los comentarios improvisados de Trump y los tweets de medianoche coronando la confusión–, mientras las batallas sobre el rumbo a seguir se libraban entre bastidores.

Desde este punto de vista, tres perspectivas de política exterior en conflicto luchaban por ganarse la atención del presidente. Los “moderados” del movimiento MAGA, los partidarios del America First o los “consolidadores”, que institucionalmente eran los más marginales, pensaban que EE.UU. debía dejar de intentar gobernar el mundo y centrarse en sus problemas internos, incluida la frontera sur y, por extensión, América Latina y el Caribe. Su representante en el gabinete era Vance. Los “priorizadores”, o halcones contra China, pensaban, por el contrario, que Washington debía dar prioridad a la República Popular China, la amenaza más grave, y retirarse de Medio Oriente y Europa, donde se había sobreextendido. Representados por la dirección de políticas del Pentágono, el desventurado Hegseth era el líder oficial de los halcones contra China, pero su adjunto, Elbridge Colby, era el operador más eficaz. Por último, los “primacistas”, o internacionalistas, que representaban al establishment tradicional de la política exterior, coincidían en la importancia de China, pero argumentaban que, para hacer frente a Pekín, Estados Unidos tenía que mantener su primacía global y no podía permitirse parecer débil en ningún escenario; además, mediante el uso hábil de sus aliados e instituciones, podía mantener con bastante facilidad su posición actual en Europa y Medio Oriente. Los primacistas tenían una fuerte presencia en el Departamento de Estado, con Rubio como su principal representante, pero también podían movilizar apoyo político externo de Israel y los principales Estados europeos, a quienes los China-firsters amenazaban con marginar.

Además de ellos, hay que incluir a los confidentes y compinches nocturnos de Trump, de quienes se dice que constituyen “su propia pequeña superestructura dentro de la Casa Blanca”. Entre ellos se encuentran Stephen Witkoff, Jared Kushner y Ronald Lauder, el “susurrador de Groenlandia” de Trump; una mayoría de ejecutivos empresariales pro-sionistas con sede en Florida y con importantes intereses en el Golfo [Pérsico]. En el relato del ECFR [Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, por sus siglas en inglés] brilla por su ausencia la bien organizada facción israelí, que incluye a Miller, así como a los confidentes con grandes inversiones en China. Ellos también deben esforzarse por presentar el curso de acción deseado en términos que resulten atractivos para Trump (y por halagar lo que un escéptico ha denominado su creciente pero errónea confianza en su comprensión de los asuntos mundiales).


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El “modelo faccional” tiene el mérito de ofrecer una explicación a los altibajos de la política exterior de Trump. Así, en el caso de Irán: cuando Netanyahu, eufórico por la decapitación de Hezbolá por parte de Israel y el derrocamiento de Assad, presionaba en marzo de 2025 para que EE.UU. dirigiera la fuerza que había reunido para golpear a los hutíes contra “la cabeza de la serpiente” en Teherán, Trump se puso del lado de los moderados del Make America Great Again (Vance, Carlson, Bannon, Taylor Greene) y los que daban prioridad a China (el Pentágono, las agencias de inteligencia), que se oponían a empantanarse en una operación de cambio de régimen en Irán, favoreciendo en su lugar el desgaste económico y restricciones nucleares draconianas; se le dijo a Israel que retrasara su ataque. La posición de Washington en las negociaciones de abril a junio con Irán se endureció entonces, presumiblemente bajo presión israelí, para exigir el fin de todo enriquecimiento nuclear. A principios de junio, Trump dio luz verde al ataque israelí; entusiasmado por su éxito, desempolvó los planes de Obama para un ataque contra Fordow [la planta nuclear subterránea iraní]. Esto supuso una victoria para los sionistas y los primacistas, y un golpe para los moderados del Make America Great Again, incluida Tulsi Gabbard (directora de Inteligencia Nacional), duramente atacada por Trump por afirmar que Irán no estaba fabricando armas nucleares, algo que todo el mundo sabía que era cierto. Le tocó a Vance, el ideólogo de los moderados, rescatar su posición contrastando los magistrales “ataques quirúrgicos” de Trump [en la guerra de los Doce Días] con las guerras eternas de Bush y Obama.

De manera similar, la operación en el Caribe en marcha desde septiembre de 2025 puede interpretarse desde esta perspectiva como una lucha que alía la estrategia antinarcóticos de Miller y a los moderados con los primacistas de Rubio, superando la resistencia de los priorizadores [halcones contra China] al asalto militar contra Caracas con el argumento de que así se le negaría a China el acceso al petróleo venezolano. Rubio se posicionó para ofrecer una victoria a Trump con el secuestro de Maduro, con la intención de apartar a Vance en la lucha por la nominación de 2028; pero no hubo acuerdo sobre lo que debía seguir y la política hacia Venezuela entró en un aparente hiato. De manera similar, la guerra entre Rusia y Ucrania ha visto a los moderados (Vance), los priorizadores (Colby) y los compinches (Witkoff, Kushner) apoyar el impulso de Trump para un acuerdo rápido, mientras que los primacistas pro-OTAN (Rubio, flanqueado por los europeos, Zelensky y halcones antirrusos del Congreso como Lindsey Graham) presionaban para retrasar cualquier acuerdo, insistiendo en garantías al estilo del Artículo 5 [de la OTAN, que establece que un ataque armado contra uno de los miembros será considerado un ataque contra todos] y armas de largo alcance para Ucrania; “escalar para desescalar”, como lo expresó un enviado estadounidense. Cuando los partidarios de dar prioridad a China en el Pentágono impusieron una suspensión de las armas y la inteligencia estadounidenses para Ucrania a principios del verano de 2025, Trump lo vetó. El patrón típico: Witkoff elabora un acuerdo con los rusos –como el Plan de 28 Puntos ideado a finales de 2025 con Kirill Dmitriev, director del fondo soberano ruso, en la guarida de Witkoff en Miami Beach– que los europeos se apresuran a reformular en nombre de Zelensky. Y así continúa la guerra, lo que en sí mismo supone una victoria de facto para los primacistas.

Sin embargo, aunque sea acertado, este tipo de análisis “policial”, como lo habría denominado Marx, tiene sus límites, ya que interpreta los resultados políticos como el resultado directo de complots a puerta cerrada, en lugar de situarlos en el contexto de fuerzas sociales y geopolíticas más amplias. Evaluar el significado de Trump para el sistema internacional implica fijarse no solo en las intenciones de los responsables políticos, sino también en sus actos, ya que estos influyen en lo que la tradición clásica de la izquierda denominaría las contradicciones del desarrollo del mundo real. Para esbozar una visión general muy somera de las lógicas políticas en juego aquí, puede ser útil recordar las distinciones que se establecieron en su día entre, en primer lugar, la “contradicción principal” que rige una situación dada –la lucha determinante, en un momento dado– frente a las muchas contradicciones secundarias en juego; y, en segundo lugar, dentro de esa contradicción principal, cuál de las dos fuerzas opuestas o “facetas” enfrentadas en la lucha es la más dinámica, el “aspecto principal”? ¿Cómo podría este enfoque arrojar luz sobre las intervenciones de Trump en América Latina, Medio Oriente, Europa y Asia Oriental?


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Lo que llama la atención en el contexto de América Latina y el Caribe es el gran número de Estados que han impulsado alternativas de izquierda al neoliberalismo del Consenso de Washington durante el último cuarto de siglo: la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo Morales, el Brasil de Lula, el Ecuador de Correa, la Argentina de Néstor Kirchner. Inspirándose en las tradiciones revolucionarias y republicanas del continente, en la militancia de las poblaciones indígenas andinas o en la autoorganización de los trabajadores urbanos, se levantaron contra las privatizaciones del agua y la tierra o contra los programas de austeridad impulsados por la crisis, logrando modestos avances en materia de prestaciones sociales, tasas de alfabetización, atención sanitaria y reconocimiento social, impulsados por el ciclo de las materias primas que, a su vez, se vio impulsado por la transformación de China en una potencia metropolitana de alta tecnología. Sacaron del aislamiento al experimento socialista de Estado de la Cuba de Castro, revitalizado por el intercambio económico, intelectual y cultural.

La reacción adoptó la forma de nuevos movimientos de derecha virulentos, inicialmente con la base limitada de las antiguas élites gobernantes –los barrios ricos del este de Caracas, los clanes agroindustriales de las tierras bajas de Bolivia, las clases terratenientes y los conglomerados mediáticos de Brasil y Argentina–, pero que se expandió en la década de 2010 para encontrar una base de masas entre las capas pequeñoburguesas resentidas por la emancipación social popular, los jóvenes cuyas esperanzas se habían despertado y luego se habían visto frustradas por los límites de la transformación económica, y las congregaciones evangélicas conmovidas por el apasionado anticomunismo de sus predicadores. El carácter de estas derechas radicales latinoamericanas –Bolsonaro, Milei, Bukele, Kast– es bastante distinto del de los movimientos de extrema derecha en Europa y Estados Unidos. La inmigración apenas es un tema: muchos de los nuevos líderes son hijos de migrantes italianos o libaneses; cuando es relevante, su racismo se dirige contra las masas indígenas. En cambio, lo que los anima es un odio visceral hacia la izquierda.

La principal contradicción aquí polariza a Washington y a estas extremas derechas locales, junto con sus burguesías, contra lo que queda de los Estados y movimientos de izquierda de América Latina. Huelga decir que el primero es el más dinámico y poderoso de estos dos “aspectos”. Dentro de este polo, la Administración Trump ha reforzado a la extrema derecha latinoamericana con enormes ayudas, comprometiendo 20.000 millones de dólares del dinero de los contribuyentes estadounidenses para ayudar a Milei a superar las elecciones de mitad de mandato de octubre de 2025. En relación a Venezuela y Cuba, ha endurecido la política estadounidense varios grados, pasando de una guerra de desgaste a una estrategia de derrocamiento –una novedosa contrarrevolución dentro de la contrarrevolución, por así decirlo, directamente inspirada por su propia base en el área metropolitana de Miami, desde las mansiones junto a la playa de Trump, Witkoff y Kushner hasta los magnates de la televisión venezolana y la mafia de emigrantes cubanos–.2 La “floridización” de la política estadounidense bajo la derecha trumpista se combina con una ideología “sureña” más difusa de pertenencia nacional, con su propia tradición de expansionismo caribeño.

Cuba es el premio, y ningún precio es demasiado alto –el bloqueo criminal de la isla y el secuestro de sus suministros de combustible; el ataque a terceros países que acogen a médicos cubanos– para extinguir los logros sociales alcanzados en la isla, por muy comprometidos que estén por la torpeza burocrática. Única en el Caribe, Cuba fue pionera en una mejora masiva de los niveles educativos, la prestación de asistencia sanitaria, la prevención de la delincuencia y la protección comunitaria contra los huracanes. Luchó con cierto éxito por conservar estos logros, los logros de la Revolución, tras la crisis de 1991-1994, mediante la expansión del turismo y las exportaciones de servicios sanitarios. Los dirigentes cubanos se dejaron llevar en exceso por la apertura de Obama en 2016, retrasada hasta el último año de su segundo mandato, ya en funciones, cuyo objetivo era minar al régimen cubano mediante el doux commerce [el comercio dulce, en términos de Montesquieu]. A su manera, eso funcionó. La Habana puso en marcha una gigantesca expansión de su programa de construcción de hoteles y aplicó un ajuste monetario punitivo en 2021 que provocó hiperinflación y el colapso del valor de los salarios y las pensiones del sector estatal. El auge turístico nació muerto, afectado por la pandemia y socavado por una mala conexión a Internet que impedía a los turistas publicar sus selfies. Entre 2019 y 2024, la economía cubana se contrajo un 11%, casi tres veces más que durante la Gran Recesión occidental; en 2025, se redujo otro 5%. Ha vuelto el hambre, los alimentos se echan a perder durante los cortes de electricidad, junto con epidemias como el dengue y el chikunguña. La basura se acumula en las ciudades, sin combustible para los camiones de recogida. Los escolares, que en su día fueron el orgullo y la alegría de Cuba, mendigan en las calles. Se rumorea que el hijo de Raúl Castro, o tal vez su nieto, está en conversaciones con Rubio, quien ha fijado el mes de diciembre como fecha límite para el cambio de régimen –“la prueba decisiva” para la estrategia de seguridad nacional de la Administración destinada a remodelar la región.


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En Oriente Medio, en medio de múltiples luchas por el rumbo del desarrollo, lo que destaca en la coyuntura actual es el expansionismo militarista de Israel, tanto como potencia colonialista que oprime a la población palestina autóctona como fuerza hegemónica regional, que está transformando lo que en su día fueron sólidas repúblicas nacionales y laicas en un cinturón de microestados étnicos. Esto representa una alteración del equilibrio de fuerzas dentro del polo imperial-colonial, ya que, al menos hasta 1973, Israel había sido un vulnerable puesto de colonización, amparado primero por la protección británica y luego por la estadounidense. Para Tel Aviv, sin embargo, la lógica política operativa siempre ha sido la de la conquista y la consolidación coloniales; un proceso continuo de eliminar la revuelta nativa y buscar líderes locales dóciles con quienes llegar a un acuerdo, al tiempo que se debilita a los Estados circundantes que podrían aliarse con ellos.

Desde cualquier punto de vista objetivo, esto es disfuncional tanto para el desarrollo de la región como para los intereses generales de Washington, ya que requiere una cantidad desproporcionada de tiempo y potencia de fuego, y genera el efecto rebote indeseado de la hostilidad musulmana. La política oficial de EE.UU. siempre ha sido lograr un acuerdo “definitivo”, mediante el cual se compense a los palestinos y los Estados árabes lleguen a un modus vivendi con Israel, que mantendrá su superioridad nuclear y de inteligencia militar en toda la región, permitiendo a Estados Unidos retirarse a un papel más “normal”. Pero el férreo control del lobby israelí sobre el Congreso y su amplia influencia en Washington, respaldados por la enorme inflación de su riqueza patrimonial en los últimos veinte años, han impedido cualquier desenganche. Además, para los visionarios de Israel, el acuerdo definitivo siempre ha ido mucho más allá: un Estado judío con fronteras que se extienden cómodamente más allá de la orilla oriental del río Jordán, llegando hasta el sur de Siria y el Líbano; la expulsión de la mayoría de la población palestina a Jordania, o más allá; la fragmentación de las repúblicas pluriculturales restantes de la región según criterios lingüísticos, culturales y religiosos –suníes, chiíes, árabes, drusos, alauitas, kurdos, turcos, azeríes, persas, armenios, baluchis– creando un mosaico de pequeños Estados étnico-confesionales a su propio modelo, sobre los que ejercerá un dominio supremo, enfrentándolos entre sí.

En la práctica, la política estadounidense sobre ambas cuestiones –la resistencia palestina y los Estados vecinos– ha oscilado históricamente entre dos polos: los intereses regionales percibidos de EE.UU. y los objetivos de Israel. Bajo el mandato de Carter, se mantuvo intacto a Egipto, pero se le obligó a tolerar la ocupación israelí de los territorios palestinos de 1967. Bajo el mandato del primer Bush, Irak fue derrotado, sancionado y despojado de su norte kurdo, lo que proporcionó a Israel un punto de apoyo firme para su influencia y sus servicios de inteligencia. Se inició un “proceso de paz” palestino, que se completó en Oslo bajo el mandato de Clinton, y del que los negociadores israelíes se aseguraron de que no obstaculizara el proyecto de asentamientos en Cisjordania –y abrió el camino a un auge de la inversión extranjera, complementado por la llegada de un millón de judíos rusos altamente cualificados procedentes de la antigua Unión Soviética–. Bajo el segundo mandato de Bush, Irak fue totalmente ocupado y desmantelado por las fuerzas angloamericanas, sin que se derramara una sola gota de sangre israelí; pero Bush permitió que Irán extendiera su influencia por todo el sur chiíta y cometió el error de intentar presentar su proyecto como democrático, permitiendo que los palestinos eligieran a Hamás para dirigir la autoridad gobernante local, lo que requirió un enfrentamiento armado antes de que pudiera restringirse a Gaza. Obama toleró y financió la guerra aérea de Israel contra Gaza en 2009 y 2014. Al imponer duras sanciones financieras a Irán –los ingresos petroleros cayeron un 45%3–, impulsó el acuerdo JCPOA para preservar el monopolio nuclear de Israel y dejar a la República Islámica debilitada pero intacta; para disgusto de Israel. Trump hizo campaña en 2016 con la promesa de derogar el JCPOA [Plan de Acción Integral Conjunto, por sus siglas en inglés, el acuerdo nuclear con Irán firmado en 2015 en Viena] y lo hizo en 2018, imponiendo nuevas sanciones además de las antiguas en una estrategia de “máxima presión” que provocó una turbulencia monetaria crónica, una inflación galopante y el colapso del sector público, con 9 millones de iraníes cayendo por debajo del umbral de la pobreza. Biden mantuvo la presión, colaborando además con el borrado de Gaza por parte de Israel y la matanza de más de 70.000 palestinos.

Sin romper esta tendencia, Israel ha presionado a Trump, en su quinto año de mandato, más que a ningún otro presidente desde la invasión de Irak. Es cierto que finalmente dio un respiro a Arabia Saudí y a los Estados del Golfo al imponer un alto el fuego en Gaza en octubre de 2025, lo que redujo la tasa de bajas de las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] allí de miles a docenas por semana y permitió a Israel conservar más de la mitad de la Franja. Le dio un tirón de orejas a Netanyahu por intentar matar al principal negociador de Hamás bombardeando Doha. Pero el cambio de Trump de una estrategia de desgaste a un asalto militar contra Irán está visiblemente impulsado por la presión de Netanyahu. Desde los últimos meses de 2024, eufórico por sus bombardeos sobre el Líbano y Siria y embriagado por la aniquilación de las defensas aéreas iraníes en los ataques de represalia por el asesinato de Nasrallah, Israel estaba ansioso por sacar el máximo partido a su creciente supremacía aérea sobre la región. En marzo de 2025, Trump se vio envuelto en ataques aéreos y marítimos contra los hutíes que, en solidaridad con Gaza, disparaban contra buques israelíes que se dirigían al canal de Suez.4 Netanyahu le instó a golpear a la cabeza de la serpiente. El 13 de junio, Israel, con el beneplácito de Trump, lanzó 200 aviones de combate contra Irán, mientras que agentes del Mossad desataban una campaña de sabotaje. Las entusiastas publicaciones de Trump dejan en claro lo mucho que disfrutó del momento. En cuestión de días había comprometido a EE.UU. en su primer ataque militar directo contra Irán. El 22 de junio, siete B-2 lanzaron más de 400.000 libras de munición sobre las centrales nucleares de Fordow y Natanz.

Aunque se doblegó ante la insistencia de Trump de que la guerra “se considerara terminada”, Netanyahu tenía otro mensaje para los israelíes: “Debemos completar la campaña contra el eje iraní”5. Starmer, Macron y Merz endurecieron aún más las sanciones contra Irán. Sin salida, el régimen clerical y sus fuerzas de seguridad militarizadas reprimieron el creciente descontento, alienando a los sectores que una vez formaron su base –el sector público, los trabajadores, los pobres– mientras cerraban el camino de la reforma parlamentaria por la que aún votaba una mayoría.6 A medida que el rial se desplomaba hacia los 1,4 millones por dólar a finales de 2025, en medio del colapso comercial y la quiebra bancaria, el secretario del Tesoro de Trump se jactó de que la presión estaba surtiendo efecto, y calificó las protestas de diciembre como la “gran culminación” de los esfuerzos estadounidenses. Incluso antes de que las manifestaciones comenzaran a extenderse, una avalancha de propaganda estadounidense-israelí las estaba incitando. “Estamos listos y preparados para actuar”, tuiteó Trump, y más tarde: “¡Ocupen las instituciones! La ayuda está en camino”. Eso no sucedió. Los manifestantes cayeron bajo una lluvia de balas del IRGC [Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, por sus siglas en inglés] los días 7 y 8 de enero y el régimen cortó Internet.

En el momento de la publicación de este número de NLR, ambas partes se preparan para la guerra. La reanudación de las conversaciones entre EE.UU. e Irán sobre las negociaciones en Omán puede interpretarse como un preludio formal de los ataques estadounidenses e israelíes que podrían producirse en cuestión de semanas o días [que de hecho fue lo que sucedió]. Tal y como ha expresado Trump, los objetivos bélicos de EE.UU. oscilan entre un castigo severo y el derrocamiento del régimen. Israel no aceptará otro acuerdo nuclear, mientras que EE.UU. podría echarse atrás ante la ocupación a gran escala de un país de 90 millones de habitantes, tres veces el tamaño de Irak, defendido por un IRGC de 150.000 efectivos motivado ideológica y religiosamente. Entre ambas opciones se encuentra una versión intensificada de la opción siria: un bombardeo prolongado contra el régimen y la militarización de un levantamiento democrático, con el objetivo de debilitar al Estado por todos los frentes, cortar sus fuentes de ingresos y reducirlo a un remanente deslegitimado que bombardea a su propio pueblo. La denominada “Vía de Trump para la Paz y la Prosperidad Internacionales” ya amenaza el lado armenio de la frontera norte de Irán, que ahora alberga una importante presencia militar y de inteligencia estadounidense. Desde Azerbaiyán, el Mossad se ha dedicado a avivar el secesionismo entre la minoría azerí de 20 millones de personas de la República Islámica. Al oeste, los llamados prisioneros de guerra del ISIS podrían ser movilizados como otro ejército faccioso contra el Estado chií. El coste para esta vasta región de las tácticas de destrucción israelíes, respaldadas –como si la cola moviera al perro– por las fuerzas estadounidenses, es incalculable.


7

En Europa, Estados Unidos ejerce su hegemonía sobre lo que antes de 1945 eran sus rivales como grandes potencias –en un caso, su antigua potencia colonial, ahora su principal subordinado–. Históricamente, esas rivalidades interestatales quedaron subsumidas bajo la gran polarización capitalista-comunista de la Guerra Fría. Desde que esta terminó, las clases dirigentes europeas han tenido importantes incentivos para mantenerse a raya: los profundos mercados de capitales estadounidenses para estabilizar sus sistemas, una ideología en evolución –años 60: mundo libre; años 90: democracia liberal; años 2010: Estado de derecho internacional– con la que era fácil estar de acuerdo. La hegemonía estadounidense se acerca aquí lo más posible al ideal de máximo consenso y mínima coacción; se trata simplemente de amplios derechos de instalación para nuestros misiles nucleares y fuerzas de combate. Por encima de todo, a las élites europeas se les ofreció un papel subimperial en el que aún podían mandar sobre pueblos menores, siempre y cuando lo hicieran en consonancia con los intereses estadounidenses. Gran Bretaña podía desempeñar un papel de apoyo en las guerras y ocupaciones estadounidenses. Francia podía poner su experiencia en el Mediterráneo y el mundo árabe al servicio del bien común. Se podía animar a Alemania a asumir un papel más importante en Europa Central y los Balcanes, bajo la tutela estadounidense. Estos subordinados voluntarios eran considerados, comprensiblemente, especialmente por ellos mismos, como un enorme beneficio para el poder mundial estadounidense, ya que ofrecían un próspero mercado de 500 millones de personas, amplios aeródromos, puertos y puestos de escucha a lo largo del ala occidental de Eurasia, treinta fuerzas armadas nacionales bajo mando estadounidense en la OTAN, apoyo diplomático en todos los foros mundiales y la amplificación ideológica de “Occidente” como la región más civilizada del planeta.

La reunificación de Europa tras el colapso del bloque soviético también supuso una redistribución, bajo la última palabra de Washington: insistiendo primero en la incorporación de Alemania Oriental a la OTAN, para luego extender el privilegio a otros antiguos satélites. Con el Tratado de Maastricht, los gobiernos europeos subordinaron simultáneamente a sus electorados al control supranacional de la UE sobre la mayor parte de la regulación económica, a la que se le imprimió un fuerte matiz neoliberal. La recompensa fue un mar de crédito internacional que llegó con el lanzamiento del euro en 2000, impulsando a todos los barcos, especialmente en los países más pobres de la periferia mediterránea y atlántica; luego se evaporó con la crisis de la zona euro de 2010, dejando a las economías y sociedades europeas en peor situación –más desindustrializadas, más estancadas, más desiguales, más resentidas– que antes. El lento declive del continente bajo su soberanía doblemente comprometida colocó a las clases trabajadoras europeas en una posición defensiva, tratando de aferrarse a los logros del pasado, y por lo tanto objetivamente conservadoras –más abiertas a la solución de la derecha radical, el control de la inmigración, que al programa de la izquierda radical de socialdemocracia diluida–, mientras que sus líderes políticos se volvían más liberalizados, cosmopolitas y ecologistas (compárese a Merkel con Kohl, a Cameron con Thatcher), asumiendo sus roles subimperiales en Afganistán, Irak y Libia y extendiendo la promesa de la civilización liberal-capitalista a los Balcanes, los Estados bálticos y Ucrania.

Pero seguía existiendo una importante contradicción entre la independencia de jure de los europeos y el control de facto del destino del continente –sobre todo, las relaciones con su gigantesco vecino ruso– por parte de una potencia extraeuropea. La lucha entre Washington y Moscú por un límite negociado a la expansión de la OTAN se desarrolló en gran medida por encima de las cabezas de los líderes europeos; Merkel y Sarkozy se vieron entonces obligados a ceder y admitir que “Ucrania y Georgia se unirán a la OTAN” en la cumbre de Bucarest de 2008. Cuando en 2014 Washington respaldó el derrocamiento del gobierno electo en Kiev por parte de milicias de derecha, y Moscú respondió anexionando la Crimea de habla rusa, los instintos subimperiales de los líderes europeos aseguraron que se alinearan con el bando estadounidense (Merkel ha afirmado desde entonces que los acuerdos de Minsk para una república ucraniana federada estaban diseñados para dar largas a Moscú mientras Ucrania se preparaba militarmente para resistir su futuro ataque). Ante la crisis de la invasión rusa en 2022, los líderes europeos se armaron de valor para anteponer su compromiso ideológico con Occidente –es decir, con el liderazgo de Washington– a los intereses de sus poblaciones, considerando que la subida masiva de los precios del combustible, letal para las empresas del Mittelstand alemán, era un pequeño precio a pagar. Además, las atrocidades ampliamente difundidas que supuestamente cometieron las fuerzas rusas en Bucha durante los primeros meses de la guerra, naturalmente, unieron a las sociedades europeas en torno a la causa ucraniana.

De ahí la conmoción, la indignación, las reacciones neuróticas –“¡Papá, Trump!”– y las proclamaciones del fin del orden liberal-internacional por parte de los líderes europeos, al ver que su devoción abnegada se topaba con las barreras arancelarias de Trump y su séquito, las exigencias de dinero en efectivo, las amenazas de retirada militar, los insultos desde el Despacho Oval hacia el ucraniano emblemático de la UE, las cavilaciones sobre Groenlandia, el menosprecio de sus políticas de inmigración, las acusaciones de borrado civilizacional y el apoyo a figuras de la extrema derecha lumpen. Para muchos comentaristas, este trato a los aliados es una prueba irrefutable de la disfuncionalidad de la Administración, que “debilita innecesariamente nuestras redes de poder e influencia”. Más concretamente, señalan que Estados Unidos necesita las capacidades adicionales de sus aliados para hacer frente al desafío que supone la magnitud de la capacidad económica y los recursos humanos de China.

Pero puede que Trump tenga aquí el instinto más agudo. En la práctica, los aliados europeos han respondido en su mayoría apresurándose a obedecer: ofreciendo acuerdos comerciales ventajosos, azotando a Irán, prometiendo destinar el 5% del PIB a defensa, naturalmente sin consultar a los votantes7. A pesar de sus lamentos sobre el Estado de derecho internacional, ninguno ha movido un dedo ante el secuestro de Maduro, el bloqueo de Cuba o el ataque a Irán. Es revelador que el único asunto ante el que lograron armarse de valor fuera el derecho histórico del Reino de Dinamarca a la posesión de Groenlandia, donde se vio herido el orgullo subimperial. Una verdadera estrategia de desvinculación sería muy diferente: declarar el fin de la expansión de la OTAN y de las operaciones fuera de su zona de influencia sería un primer paso; a continuación vendría la retirada de las fuerzas estadounidenses de Alemania, Polonia y Rumanía. Una izquierda europea que se tomara en serio la democratización del continente lucharía para que éste quedara libre de todas las bases extranjeras.

En la práctica, la segunda Administración Trump ha seguido enviando armas a Ucrania, incluyendo armamento de largo alcance e inteligencia sobre objetivos rusos, lo que ha contribuido a prolongar la guerra un año más. Esta incoherencia refleja la división sobre la política hacia Rusia en Washington que se remonta a la década de 1990, enfrentando a Brzezinski con Kennan. Trump puede imaginar cierta afinidad con Putin, pero no es más capaz que Biden –ni que Obama, Bush o Clinton– de reconocer que podría haber un límite al poder estadounidense en este frente. A pesar de la llamativa cumbre de Alaska, su trayectoria en este ámbito ha seguido la de todas las administraciones estadounidenses desde la caída de la Unión Soviética: expandirse hacia el este, hasta verse obligado a detenerse.


8

Las múltiples contradicciones de la relación entre Estados Unidos y China se suceden a un ritmo cada vez más acelerado. Su primer encuentro, en el siglo XIX, se caracterizó por el choque entre dos potencias imperiales: la más antigua de Asia Oriental y la más expansionista de América del Norte. A partir de la década de 1850, Estados Unidos había luchado isla por isla para establecer cabezas de puente a lo largo de la cuenca del Pacífico. Su paradigma para la región era de conquista y comercio, similar a las cabezas de puente impuestas por las cañoneras británicas. A finales de la década de 1940, Estados Unidos había tomado el control de los centros industriales de Asia Oriental, con las ocupaciones de Japón y Corea del Sur, y con bases militares que se extendían desde Okinawa y Taiwán hasta el archipiélago de Filipinas, mientras que China se encontraba en plena modernización mediante la revolución comunista. En 1972, la polarización de la Guerra Fría entre ambos se había transformado en una alianza interestatal contra la Unión Soviética, y luego en una simbiosis financiera y económica de varios billones de dólares entre una superpotencia capitalista global y la sociedad comunista más grande del mundo. De ahí surgió, en torno a 2008, la rivalidad entre grandes potencias que ahora estructura la principal contradicción entre ellas, de la cual China parece estar emergiendo como el aspecto más dinámico.

La polarización entre ambos presenta una serie de asimetrías. Aunque la población de China es cuatro veces mayor, la Armada de los Estados Unidos ha dominado la costa asiática durante más de medio siglo, y sus buques patrullan habitualmente las costas chinas. Aunque ambos compartían la convicción de que el tiempo estaba de su lado, los objetivos estratégicos estadounidenses y chinos eran mutuamente excluyentes. Para los responsables políticos estadounidenses desde la década de 1940 en adelante, una condición previa para la supremacía de EE.UU. sobre el continente euroasiático como potencia marítima era frenar el ascenso de cualquier Estado hegemónico rival en el propio continente bloqueando su expansión (contención) y movilizando a sus vecinos en su contra (equilibrio), con el fin de debilitarlo y, si fuera necesario, destruirlo y reconstruirlo sobre una base más dócil (como ocurrió con Alemania y Japón). Esto se aplicaba con triple intensidad a un régimen adversario que gobernara un sistema socialista de Estado, y ambos debían ser desmantelados en última instancia.

Pero el tamaño de China, su historial diplomático de colaboración con EE.UU. contra la Unión Soviética y la voluntad bien demostrada de Deng de tomar el camino capitalista, combinados con la confianza estadounidense tras la Guerra Fría en la potencia de su ejemplo de libre mercado, sugerían un desenlace más feliz. Como expresaron los redactores de discursos de Bush Jr.: “La libertad económica crea hábitos de libertad, que a su vez crean expectativas de democracia”. Por el contrario, una estrategia de confrontación abierta solo reforzaría a los “radicales” del PCCh. Un documento de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de 1993 definió los imperativos: “apoyar, contener, equilibrar”. La cooperación económica y la tutela siempre iban respaldadas por recordatorios de la “superioridad” militar; la mitad de los buques más grandes de la Armada de EE.UU. estaban estacionados en el Pacífico Occidental y cien mil militares estadounidenses se encontraban allí en despliegue avanzado. Pero la esperanza era que una estrategia de acercamiento ejerciera una influencia moderadora sobre los dirigentes del PCCh, cuyos hijos serían acogidos en las mejores universidades estadounidenses para aprender las costumbres americanas, dando lugar a una clase de Yeltsins y Gorbachovs chinos que descartarían el dogma comunista, desmantelarían el sistema de partido único y, a través de una especie de “transformismo” desde el exterior, provocarían el cambio de régimen que Washington deseaba.

En el momento de la crisis financiera, se hizo evidente que esto no estaba funcionando. A pesar de seguir registrando tasas de crecimiento anual del 10%, China se mostraba cada vez más insistente en que las empresas estadounidenses respetaran sus exigencias y se resistía a las reprimendas en materia de derechos humanos. Estaba ampliando sus redes comerciales a través de África y América Latina, modernizando su ejército y reforzando sus defensas contra un cambio de régimen interno. La sorprendente victoria de Hatoyama en Japón en 2009, que puso en tela de juicio los términos de la alianza de seguridad con Estados Unidos y se mostró abierta a unas relaciones más estrechas con China, acentuó la sensación de peligro. Pero, aunque comprendían la importancia de la cuestión china, los responsables políticos estadounidenses tuvieron dificultades para encontrar una estrategia eficaz con la que abordarla. El “congagement” de Obama, una síntesis mal definida que anteponía la contención [containment] –presión naval en el mar de la China Meridional– al compromiso [engagement], fue lo mejor que se les ocurrió. Las fortalezas y debilidades del PCCh –¿cohesión, corrupción?– e incluso sus intenciones eran difíciles de desentrañar. Ya fuera por reticencia o por incertidumbre, las opiniones de los dirigentes quedaban ocultas tras el impenetrable secretismo de los órganos superiores del partido y las tradiciones milenarias del arte de gobernar chino. En lugar de un Yeltsin, produjo a un Xi Jinping con mentalidad policial. La aparición de un sistema político plural en Taiwán y la dura represión infligida a los islamistas proscritos en Xinjiang también pesaron en la balanza.

En 2010, existía un consenso cada vez mayor de que la mejor opción de Washington era endurecer su postura, una posición favorecida por la política interna estadounidense en plena Gran Recesión, con la nueva derecha lanzando consignas sobre cómo China nos robaba puestos de trabajo. Trump se subió a esa ola para llegar al poder en 2016. Su primer documento de Estrategia de Seguridad Nacional arremetió contra sus predecesores por sus ilusiones sobre una paz liberal-democrática con China y anunció una nueva era de competencia entre grandes potencias, un choque entre las perspectivas del mundo libre y las perspectivas represivas. La directora ejecutiva de Huawei fue tratada como una criminal y la República Popular China se convirtió en el principal objetivo de las guerras arancelarias de Trump en 20188. Los asesores de Biden endurecieron aún más la postura de EE.UU.: Se enviaron buques de guerra estadounidenses a amenazar la costa china mensualmente, se prohibieron las exportaciones de semiconductores y se hizo firmar a los aliados un belicoso documento estratégico de la OTAN que acusaba a la República Popular China de “políticas coercitivas” y “operaciones maliciosas” que perjudicaban la seguridad atlántica. Mientras tanto, China, a pesar de todos sus problemas, siguió avanzando a toda velocidad en paneles solares, vehículos eléctricos, tecnologías médicas avanzadas e inteligencia artificial, mientras que su costa sur se llenaba de armamento avanzado, misiles hipersónicos y nuevos tipos de drones.

El objetivo de China, según una versión, era el desarrollo silencioso de su poderío nacional hasta el punto en que contrarrestarlo pareciera inútil y la única salida fuera acomodarse a sus deseos; ganar sin luchar, según la clásica frase. La capacidad económica era la raíz principal de la que debían nutrirse la cohesión social y la defensa militar. Concretamente, sus objetivos consistían en mantener a Taiwán dentro, a Japón a raya y a Estados Unidos a distancia; o, al menos, preservar una situación ambigua en estas cuestiones hasta que prevalecieran perspectivas más favorables. Tácticamente, la prioridad era estabilizar el interior y centrarse en las amenazas costeras.

Al determinar su enfoque político, los estrategas chinos partieron –según se dice– no de imperativos a priori basados en el modelo estadounidense, sino de una evaluación cuidadosa de los acontecimientos que definían la época, en sus diversos aspectos dominantes y recesivos, y de la relación de fuerzas en juego; con el objetivo de aprovechar las configuraciones más favorables mientras se preparaban para capear los tiempos tormentosos. En 1985, Deng y sus compañeros habían descrito las tendencias predominantes de la época como “paz y desarrollo”, tras la era maoísta de “guerra y revolución” (lo que se contradecía en cierta medida con la esporádica guerra fronteriza que Deng aún mantenía contra Vietnam). La conmoción provocada por el bombardeo de la OTAN en 1999 contra la embajada china en Belgrado durante la guerra de Yugoslavia obligó a una reevaluación a principios de siglo. La paz y el desarrollo seguían siendo los aspectos dominantes, favoreciendo el surgimiento de un mundo más equilibrado y multipolar con la reunificación de Alemania, la recuperación de Rusia y el regreso de la propia China a la escena mundial. Pero esas corrientes se estaban ralentizando; Estados Unidos mantendría su estatus de superpotencia durante otros veinte años y había señales preocupantes de su creciente hegemonismo, en el sentido chino –la disposición a usar la fuerza para aplastar cualquier cosa que se interpusiera en su camino– y de su intervencionismo militar. Al mismo tiempo, Jiang Zemin declaró en el XVI Congreso del Partido en 2002 que las dos décadas siguientes ofrecían “una oportunidad estratégica para lograr grandes cosas”, ya que Estados Unidos estaba absorto en los problemas de Oriente Medio. A finales de 2022, con la guerra de Ucrania en pleno apogeo, Xi anunció una nueva y más difícil configuración, una de “oportunidades, riesgos y peligros”. La respuesta requeriría anteponer la seguridad al crecimiento y –acertadamente o no– concentrar más poderes en manos de miembros leales al partido.

El regreso de Trump en 2025 pareció confirmar en un primer momento el pronóstico de riesgos y peligros. Su segundo mandato comenzó tal y como se esperaba, con un plan escalofriante de contención militar y aranceles a China que se dispararon hasta el 145%. Pero después de que Pekín respondiera con un embargo a la exportación de tierras raras que amenazaba con paralizar nuestra industria manufacturera, la Administración Trump guardó un silencio inusual. Hubo indicios de un giro de 180 grados: se levantó el embargo sobre los chips avanzados de Nvidia y no se permitió la entrada en EE.UU. al presidente taiwanés de camino a Centroamérica. Un intento algo defensivo de disimular este giro de 180 grados como gran estrategia lo describe como “consolidación estratégica”. La distensión geoeconómica, como el autor denomina la retirada de Trump de los aranceles a China, es “una maniobra habitual de las grandes potencias para combatir a un rival económico al tiempo que se preparan para una posible guerra contra él”:

En este momento, EE.UU. necesita un respiro para reconstruir su descuidada base industrial de defensa, aumentar la producción energética… y encontrar un modus vivendia corto plazo con China, al tiempo que cultiva factores de fortaleza a largo plazo.9

Por supuesto, toda la política de Trump en Oriente Medio desmiente esta apología. Pero sigue habiendo un interrogante sobre su actitud hacia Pekín.


9

A pesar de su crueldad, las políticas de Trump se han ajustado en su mayor parte a los imperativos estadounidenses. En América Latina, está defendiendo y ampliando el sistema capitalista frente a los regímenes de izquierda que aún resisten, promoviendo así los intereses económicos, políticos e ideológicos de Estados Unidos. Se afirmó que el golpe de Estado en Venezuela impediría a China acceder al petróleo de Maracaibo, al tiempo que protegería el territorio nacional de los narcotraficantes y los inmigrantes, que serían deportados de vuelta a Caracas. En Oriente Medio, los gobernantes de EE.UU. llevan mucho tiempo haciendo una excepción a su norma nacionalista con el argumento de que promover los intereses de Israel era promover también los de Estados Unidos. En Europa, el capitalismo ya no necesita la defensa de EE.UU.; si el enfoque de Trump ha promovido los intereses estadounidenses aquí es discutible. Si la hegemonía internacional se define como la dirección de un Estado efectivamente subordinado, en asuntos importantes para el hegemón, mediante medios políticos, ideológicos y económicos en gran medida no coercitivos, y la dominación como el recurso a medios sistemáticamente coercitivos, entonces Trump representa un claro giro hacia el lado de la dominación del espectro. Sus ideólogos han descartado explícitamente la visión del mundo liberal-cosmopolita que Estados Unidos enseñó a las élites de la UE a suscribir, y los líderes europeos han sido objeto de diatribas más duras que las dirigidas a China.

Trump puede decir que, al fin y al cabo, fue elegido con la plataforma de que la ideología liberal-internacionalista no había logrado promover los intereses de EE.UU., sino que, por el contrario, había propiciado el auge de China y la desindustrialización de la América profunda. Tiene el mandato de probar otro enfoque y está siendo más fiel al principio demócrata de lo que la UE querría que fuera. Las tácticas han funcionado, en el sentido de que han dado lugar a acuerdos comerciales ventajosos para ciertas empresas estadounidenses y a promesas de invertir cientos de miles de millones en la industria armamentística estadounidense –esto último aclamado (“ya era hora”) por los medios liberales europeos–. Los líderes de la UE, ofendidos, han realizado viajes ostentosos a Pekín, con pocos resultados concretos. Naturalmente, esperan que solo queden otros treinta meses de esto, siempre y cuando no esté Vance en 2028.

En cuanto al tercer imperativo, la cuestión vital de China, los próximos años pueden aclarar la posición efectiva, aunque no teorizada, de Trump. Es comprensible que los comentaristas chinos en línea lo aplaudan irónicamente como “el constructor de la nación” –es decir: el constructor de la República Popular China– y que la comunidad de inteligencia estadounidense se sienta amargada y desconcertada por los recortes realizados a su grupo dedicado a China. Los defensores de Trump pueden replicar que el historial de Obama-Biden no fue más eficaz, pero eso se aplica con creces a su primer mandato.


10

En cuanto al cuarto imperativo –la estabilización, si no la mejora, de la situación de la clase trabajadora estadounidense–, el quinto año de Trump ha sido un fracaso. El carácter de clase de su proyecto quedó claramente de manifiesto en la Ley OBBB [One Big Beautiful Bill]: ayudas fiscales de 97.260 dólares para el 0,1 % más rico, unos 2.000 dólares para las masas y deducciones netas de 600 dólares para los pobres; recortes en los cupones de alimentos y en Medicaid; los jets privados ahora son deducibles de impuestos –como una versión caricaturesca de la lumpen ultraderecha superrica en el poder, en un país que tiene la tasa de pobreza más alta y la mayor brecha de desigualdad (entre ricos y pobres) de todas las economías avanzadas; la peor cobertura sanitaria y la mayor morbilidad por enfermedades crónicas; la esperanza de vida más baja; la tasa más alta de muertes por alcohol, drogas o suicidio; y el mayor número de niños que pasan hambre.

La ley OBBB asignó un presupuesto de 170.000 millones de dólares para la ampliación del programa de deportación de Trump, en el que más de 20.000 agentes del ICE enmascarados, mal entrenados, fuertemente armados y que no rinden cuentas ante los funcionarios electos de las ciudades o los estados, instados por su jefe, el asesor de Seguridad Nacional Miller10 a aprovechar al máximo su impunidad legal y aumentar las cuotas de “extranjeros” arrebatados sin orden judicial de las calles, hogares y lugares de trabajo, para ser encerrados en centros de detención repartidos por las extensas zonas rurales del sur, donde se encuentran recluidos unos 67.000; más de medio millón han sido deportados. La disfuncionalidad de tal política –que divide al país mediante agresiones violentas en los barrios para privarlo de la mano de obra joven, fuerte (y barata) que necesitan sus empresas– es evidente y ha suscitado un amplio rechazo. Tras los asesinatos de manifestantes a manos de ICE en Minnesota este enero, el 65% de los estadounidenses afirmó que ICE había “ido demasiado lejos”, y el 62% consideraba que estaba haciendo que los estadounidenses estuvieran menos seguros. Una mayoría, el 54%, opinaba que la prioridad del Gobierno debía ser bajar los precios, frente al 22% que afirmaba que debía ser la inmigración11.

Los pensadores estadounidenses han sido muy conscientes de la necesidad de equilibrar los compromisos estratégicos con una base económica sólida –para mantener “sus medios a la altura de sus fines”, como dijo Walter Lippmann ya en 1943– y de que el no hacerlo allanaba el camino hacia el declive imperial. Desde 2016, el desequilibrio entre el papel de superpotencia mundial de Estados Unidos y la situación cada vez más precaria de su clase trabajadora ha sido ampliamente reconocido como, por así decirlo, su principal contradicción. Sin embargo, los líderes políticos en deuda con donantes multimillonarios y un Congreso dirigido por las grandes empresas han tenido dificultades para abordarla. Obama agravó la situación, combinando rescates máximos para el sector financiero y una ayuda mínima para los titulares de hipotecas en dificultades, con una austeridad procíclica. Desvinculó a los votantes de la clase trabajadora de los demócratas cuando nombró a la archielitista Hillary Clinton como su sucesora, una candidata aún más sorda a las demandas políticas que él mismo. El primer mandato de Trump coincidió con la tan esperada recuperación de la Gran Recesión, lo que supuso un cierto alivio. Pero sus principales contribuciones a la crisis social fueron ideológicas –“Construir el muro”– y, con los recortes fiscales, regresivas desde el punto de vista fiscal. La extraordinaria oleada de gasto social del Congreso durante la pandemia –que, por primera vez, nos acercó a los niveles de Europa– se dejó expirar bajo el mandato de Biden, ya que el Congreso aplicó fielmente los deseos de las grandes empresas estadounidenses, y los trabajadores se vieron afectados por una crisis del coste de vida causada en parte por los efectos inflacionistas residuales de los subsidios por el COVID-1912.

En el segundo mandato de Trump, la estrategia teórica de “Make America Great Again” (MAGA) de utilizar aranceles para reducir el déficit mientras se estimula la economía con recortes fiscales solo ha reforzado el patrón de crecimiento en forma de K, que no hay planes de reconfigurar. La maquinaria política estadounidense, saturada de dinero, y la economía desequilibrada hacia la cima están ahora tan entrelazadas que el sistema podría ser irreformable. Una estrategia coherente de la izquierda para un “Come Home America” redistributivo tendrá que abordar esta simbiosis político-empresarial inamovible; o, al menos, en un primer momento, hacerla visible.


11

De todos los círculos y facciones que compiten por marcar el rumbo de Trump, a principios de la primavera de 2026, el expansionismo israelí lleva claramente la batuta. Aún no está claro qué papel desempeñan los intereses israelíes a la hora de determinar otras políticas de Washington –en relación con China o con Rusia–. El complejo militar-industrial-de inteligencia israelí mantiene una intensa actividad comercial en China, que a su vez tiene una intensa actividad comercial en Oriente Medio. Naturalmente, hay muchos otros intereses en juego, incluidas las limitaciones materiales del arsenal del Pentágono; pero los halcones de China, al igual que los moderadores de MAGA, parecen haber tenido un mal primer año. En otros frentes, la reacción de Miami avanza bajo la dirección de Rubio. El secretario de Estado primacista también se ganó una ovación de pie de las élites europeas en Davos al informarles de que seguían formando parte de Occidente.

Más allá de esto, la extrema derecha trumpista en el poder apenas ha alterado la lista de amigos y enemigos de Washington. La política estadounidense en Oriente Medio viene determinada más directamente que nunca desde Tel Aviv. En el Caribe y América Latina, el apoyo material a los partidos del “Consenso de Washington” y las operaciones militares o encubiertas contra Cuba y Venezuela tienen una larga historia. La Alianza Europea está más unida que nunca, a juzgar por el gasto de la OTAN. Rusia sigue siendo el antiguo adversario ambiguo con el que Washington no sabe cómo lidiar. China sigue siendo el antiguo aprendiz convertido en gran competidor. En general, las medidas de Trump han supuesto esencialmente una escalada de las políticas existentes: de asesinatos encubiertos a asesinatos realizados abiertamente, de sanciones a bloqueos, de asedios a derrocamientos de regímenes. Pero la categoría de objetivos sigue pareciéndose a la de Clinton, Bush y Obama: Estados relativamente periféricos, debilitados a lo largo de los años por largas guerras de desgaste, maduros para ser cosechados.

¿Significa este endurecimiento de la política exterior estadounidense el inicio de un nuevo orden internacional –o al menos, como han proclamado Carney y Merz, la muerte del antiguo–? El orden internacional basado en normas es un concepto ideológico, como lo fueron antes el mundo libre o la comunidad internacional, y como tal no puede morir13. El patrón operativo del poder mundial desde la caída del bloque soviético ha sido un sistema unipolar de “eje y radios” con EE.UU. en su centro; la panoplia de instituciones internacionales y supranacionales y organizaciones de tratados diseñadas por Estados Unidos, acumuladas a lo largo de los años –ONU, FMI, BM, TNP, OTAN– se pone en primer plano o se deja que se pudra, dependiendo de su utilidad para Washington en cada momento concreto.

Hasta la fecha, las reacciones de las demás potencias ante el quinto año de mandato de Trump han reforzado y perpetuado este sistema unipolar. La coalición de opiniones del Sur Global que parecía estar surgiendo en contra de las políticas occidentales sobre Gaza y Rusia no ha logrado defender a Cuba ni a Maduro, y se queda de brazos cruzados mientras Trump y Netanyahu amenazan a Irán con la aniquilación militar. En Davos, Carney fue aplaudido por reciclar ese tópico de la UE de principios de la década de 2000, una “geometría variable” de alianzas. Pero es inimaginable que una tercera fuerza liderada por Canadá y Alemania enviara una flota para levantar el bloqueo de Cuba u organizara una campaña internacional contra EE.UU. e Israel en defensa de Irán. Al igual que la UE, lo más probable es que formara parte de la retaguardia de las fuerzas estadounidenses, según la descripción de Régis Debray, ocupándose de primeros auxilios y de banalidades. En ese sentido, la extrema derecha estadounidense en el poder sigue trabajando en sintonía con el liderazgo liberal de los principales Estados. La hegemonía estadounidense sigue vigente bajo Trump.

Esto no significa que las cosas sigan exactamente como estaban. Un cambio en el orden internacional puede producirse paso a paso –como con el auge de los programas de ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial para abrir y reestructurar las economías nacionales en los años setenta y ochenta, por ejemplo– así como por catástrofe y ruptura. El único precedente histórico de una potencia hegemónica mundial moderna enfrentada a un rival en rápido ascenso así lo sugiere. Gran Bretaña había adquirido los diferentes componentes de su imperio de forma aleatoria, a lo largo de los años, basándose en la conquista premoderna de Irlanda, la piratería caribeña, las plantaciones de esclavos, las colonias de colonos, la expansión de la Compañía de las Indias Orientales por el subcontinente mediante la guerra y las alianzas, y el imperio informal y en expansión del libre comercio, con sede en la City, respaldado por la Royal Navy, que extendía sus redes desde Buenos Aires hasta Shanghái. A partir de la década de 1870, nuevas y dinámicas potencias industrializadas, en busca de nuevos mercados, parecieron cernirse de repente de forma amenazante sobre este conjunto escasamente protegido: Estados Unidos continental con la mirada puesta en el Caribe, Alemania y Rusia avanzando sobre Oriente Medio, Francia expandiéndose en África. Ya cargada de posesiones, Gran Bretaña respondió iniciando una apropiación preventiva de territorios estratégicos antes de que lo hicieran los demás: Chipre, Egipto, la columna vertebral oriental de África y el delta del Níger; Birmania, Sarawak, Borneo del Norte y Brunei. La creciente resistencia antiimperialista exigió una represión más dura contra al-Arabi, el Mahdi y los bóers. Gran Bretaña desempeñó un papel decisivo en la carrera por el armamento y la expansión territorial de finales del siglo XIX, liderando la transición de un imperio de libre comercio informal al nuevo orden de imperialismos nacionales en conflicto, la formación de bloques y alianzas polarizadas –la hegemonía mundial, como dijo Giovanni Arrighi, “arrastrando a todo el orden internacional bajo su influencia”.

Si este endurecimiento fue una respuesta al inicio del declive relativo de Gran Bretaña, los trumpistas podrían argumentar que, en sí mismo, fue un movimiento exitoso. Pasarían otros setenta años –y 50 millones de muertes– antes de que Londres siquiera comenzara el largo y sangriento proceso de desligarse de su imperio y pasar la antorcha a los Estados Unidos, mucho más poderosos. Es posible imaginar que la dinámica actual ya está evolucionando desde la globalización del libre mercado hacia formaciones rivales de bloques imperialistas, tal y como se describe en La geometría del imperialismo [de Giovanni Arrighi]; impulsada, como siempre, por la acumulación y el desarrollo capitalistas desiguales dentro de un orden preexistente de Estados-nación territoriales –y solo acelerada por el escalofriante nuevo consenso occidental en torno al rearme–. Pero si Trump está encaminando al mundo por esa senda, arrastrando el orden internacional a su antojo, estos son solo los primeros pasos. Mucho depende de si la próxima administración sigue en la misma dirección, como hizo Biden –aprovechándose de la privatización del petróleo venezolano, el cambio de régimen en La Habana, la “sirianización” de Irán y la “consolidación para una futura guerra” contra China–. Por ahora, el camino a seguir sigue sin estar trazado.

Susan Watkins


NOTAS

1 “En el lenguaje estadounidense contemporáneo, la palabra ‘protection’ suena con dos tonos contrastantes. Uno es reconfortante, el otro ominoso. Con un tono, protection evoca imágenes del refugio contra el peligro proporcionado por un amigo poderoso, una gran póliza de seguros o un techo sólido. Con el otro, evoca el racket [negocio mafioso de extorsión] en el que un jefe local obliga a los comerciantes a pagar tributo para evitar daños –daños que el propio jefe amenaza con infligir–”: Charles Tilly, “War Making and State Making as Organized Crime”, en Peter Evans, Dietrich Rueschemeyer y Theda Skocpol (eds.), Bringing the State Back In, Cambridge, 1985. [‘protection racket’ es una expresión tomada del mundo del crimen organizado: un esquema en el que una mafia ofrece “protección” a cambio de dinero, es decir, una forma de extorsión].
2 Este enfoque político-ideológico principal no excluye formas de coerción más comerciales, incluyendo la venta forzada de activos chinos en el Canal de Panamá y la extorsión de concesiones comerciales a México con la amenaza de ataques unilaterales con drones contra cárteles de la droga.
3 Masoud Nili, “Economía de Irán”, 2025; una síntesis de datos del Banco Central y del Centro de Estadística de Irán, elaborada por el ex subdirector del organismo de planificación iraní durante los gobiernos de Rafsanjani y Khatami, asesor económico principal de Rouhani. Nili demuestra que la importante base manufacturera de Irán –productos químicos, automóviles, metales y bienes eléctricos, así como alimentos y textiles– nunca se recuperó del impacto de las sanciones de 2012. Gracias a Kevan Harris por su traducción.
4 En el chat grupal de Signalgate que discutía el ataque a Yemen, filtrado después de que el asesor de seguridad nacional Mike Waltz involucrara accidentalmente al editor de Atlantic, es Miller quien desmiente los argumentos de Vance en contra del ataque: “Transcripción completa del plan de ataque a Yemen del equipo de Trump que se compartió en Signal”, Al-Jazeera , 27 de marzo de 2025.
5 En agosto de 2025, el Reino Unido, Francia y Alemania iniciaron una campaña para restablecer las sanciones de la ONU contra Irán, que habían sido levantadas diez años antes, cuando se acordó el JCPOA [Plan de Acción Integral Conjunto, por sus siglas en inglés, el acuerdo nuclear con Irán firmado en 2015 en Viena]. Aunque Trump había roto el JCPOA en 2018, Starmer, Macron y Merz acusaron a Irán de incumplirlo y exigieron la reimposición de las sanciones de la ONU como castigo, que el Consejo de Seguridad de la ONU impuso en septiembre. Stephen Quillen, “El Consejo de Seguridad de la ONU rechaza la resolución para extender el alivio de las sanciones contra Irán”, Al-Jazeera, 19 de septiembre de 2025.
6 El Consejo de Guardianes, un órgano de clérigos de alto rango soberano sobre el proceso parlamentario según la Constitución de la República Islámica, descalificó a todos los candidatos reformistas en las elecciones presidenciales de 2021, lo que provocó una caída en la participación del 48 por ciento. En las elecciones de 2013 y 2017, la participación había sido del 73 por ciento, y el reformista Rouhani ganó en ambas ocasiones, con el 51 y luego el 59 por ciento de los votos. Otro reformista, Pezeshkian, fue autorizado a presentarse en 2024 y utilizó Baraye [Porque], la canción de éxito de las protestas “Mujer, Vida, Libertad” de 2022, como tema de su campaña. Pezeshkian fue elegido con una participación del 50 por ciento, con el 55 por ciento de los votos emitidos.
7 La política de apaciguamiento europeo hacia Trump ha sido revestida intelectualmente como «realismo» por toda la plantilla de comentaristas del Financial Times, con las notables excepciones de Martin Sandbu y Edward Luce.
8 Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, Washington D. C., 2017. La línea dura de Trump hacia China contaba con el respaldo de la élite atlántica: “Estados Unidos necesita ser fuerte”, editorializó The Economist. “La disposición de Trump a perturbar y ofender puede ser efectiva”: “China contra Estados Unidos”, The Economist, 18 de octubre de 2018.
9 Wess Mitchell, “La gran estrategia detrás de la política exterior de Trump”, Foreign Policy, 14 de enero de 2026.
10 El 13 de enero de 2026, Miller envió un mensaje a los agentes del ICE del Departamento de Seguridad Nacional: “Recordatorio: A todos los agentes del ICE: Tienen inmunidad federal en el desempeño de sus funciones. Cualquiera que les ponga una mano encima, intente detenerlos u obstruir su labor está cometiendo un delito grave. Tienen inmunidad para desempeñar sus funciones, y nadie –ningún funcionario municipal, ningún funcionario estatal, ningún inmigrante ilegal, ningún agitador izquierdista ni ningún insurgente doméstico– puede impedirles cumplir con sus obligaciones y deberes legales”. Citado (en forma abreviada) en Ezra Klein, “Trump se ha superado a sí mismo”, NYT, 1 de febrero de 2026.
11 Encuesta de Marist, “Las acciones del hielo”, 5 de febrero de 2026. Una vez más, el 56% piensa que los aranceles perjudican la economía, y el 67% se opone a la anexión de Groenlandia.
12 La corrupción de los demócratas estaba tan avanzada en esta etapa que, cuando el gabinete de Biden intentó imponerlo al país como un candidato gravemente debilitado y mentalmente incapaz para un segundo mandato, la cúpula del partido fue demasiado sumisa para actuar hasta que fue demasiado tarde y la temporada de primarias había terminado.
13 Es decir: una construcción ideal basada en la proyección del estado de derecho –factible y deseable– dentro de los Estados, dotado de todo el aparato necesario (un poder legislativo que goza del consentimiento popular, policía, sistema judicial y penal) en el plano internacional, donde no existen equivalentes.

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