Se viene el décimo número de Corsario Rojo, nuestra revista semestral en PDF, que se las trae. Confiamos poder lanzarlo hacia fines de junio, antes del receso invernal. A modo de anticipo, compartimos las primeras páginas de “¿Argentina zurda?”, el ensayo político que está escribiendo nuestro compañero rioplatense Federico Mare para la sección Bitácora de Derrotas, donde retoma algunos análisis y reflexiones que desarrolló con otro camarada de Mendoza, Nicolás Torre Giménez, en su artículo “¿Y si la izquierda toma el cielo por asalto?”, publicado originalmente en Kalewche el 26 de abril, y luego difundido en otros medios, como La Izquierda Diario y Huella del Sur. Tanto Federico y Nicolás como Ariel (Petruccelli) firmaron el documento “Vos hacés falta. Convocatoria a organizar comités junto a Myriam Bregman”, lanzado hace menos de una semana por el PTS.
En otro artículo1 que escribí con mi camarada Nicolás Torre Giménez fijamos nuestra posición respecto a lo que se ha dado en llamar “fenómeno Myriam Bregman”, del que tanto se está hablando y debatiendo en Argentina (e incluso a nivel internacional), dentro y fuera de las izquierdas anticapitalistas, incluyendo, por supuesto, aquellas que integran el FITU, distintos partidos anclados en la tradición marxista-leninista de vertiente trotskista. Podríamos resumir nuestra posición como mesuradamente optimista. Dicho de otro modo: esperanza con los pies sobre la tierra, sin wishful thinking. Voluntad utópica acompañada de racionalidad crítica. Desde estas premisas, hemos firmado con mucha conformidad, convicción y confianza el documento “Vos hacés falta” lanzado públicamente por el PTS el martes 19 de mayo. Se trata de una “Convocatoria a organizar comités junto a Myriam Bregman”, donde se propone “impulsar las luchas y debatir la construcción de un Movimiento por un Partido de la Nueva Clase Trabajadora”2.
Mesuradamente optimista, decíamos. ¿Por qué? Por dos razones:
Por un lado, porque no comulgamos con la euforia casi triunfalista –o demasiado optimista– de algunas interpretaciones que adolecen de insuficiente rigor intelectual y/o realismo analítico en su diagnóstico de la coyuntura sociopolítica, según las cuales ya se estaría desarrollando un proceso pendular de “radicalización por izquierda” de la sociedad argentina, desencantada no solo con la ultraderecha libertariana mileísta que gobierna (versión extrema o minarquista del neoliberalismo), sino también con el variopinto peronismo y la centroderecha gorila tradicional que gestionaron el país anteriormente, conteniendo o acelerando los daños del capitalismo neoliberal, disciplinando o compensando a sus víctimas desde la brutalidad draconiana del “libre mercado” o desde el paternalismo asistencial del “Estado presente”. Radicalización por izquierda es lo que está sucediendo en Bolivia, por ejemplo. Argentina no está en ese peldaño de la escalera.
Por otro lado, porque estamos lejos del pesimismo sobreactuado –o inconscientemente exagerado– de camaradas que se han dejado dominar por el derrotismo purista del confort testimonial (la solitaria tribuna de la torre de marfil) o el posibilismo escéptico de la adaptación pragmática al status quo. O bien, por algo no menos pernicioso, a nuestro humilde entender: la hybris del faccionalismo, la desmesura del fanatismo sectario, es decir, por todas esas «pasiones tristes» –en sentido spinoziano– que tanto daño le ha hecho históricamente al universo de las izquierdas. Nos referimos al dogmatismo escolástico, al invierno perpetuo de desconfianza y suspicacias, a la mentalidad de rebaño y la tirria elevada a quintaesencia identitaria, a las internas tribales a cielo abierto o puertas adentro, al orgullo herido, a las chicanas tóxicas, a los diálogos de sordos y las logomaquias, a los viejos rencores y la maledicencia sin fin, a la mezquindad, al odio y la envidia disfrazados de doctrina o estrategia, a la obcecación, al maniqueísmo teórico y práctico, a la rigidez de pensamiento y praxis que asfixian la criticidad y malogran la mancomunidad, a los personalismos pueriles o valetudinarios de toda laya, al obstruccionismo como «genialidad táctica», a las falacias ex silentio ylos muñecos de paja, a la acritud atávica y preventiva, a la vehemencia pendenciera por exceso de bilis, a los sambenitos inquisitoriales de “traición” o “claudicación”… En suma, la agonalidad feroz, la rivalidad desmadrada y destructiva de una lucha de tendencias desquiciada, que ha perdido la brújula moral, política e intelectual, el sentido de la fraternidad socialista, de la camaradería revolucionaria entre quienes comparten –aunque lo olviden– luchas urgentes y fines últimos, quehaceres inmediatos y designios cardinales.
No repetiré aquí las consideraciones analíticas y reflexivas de aquel escrito, “¿Y si la izquierda toma el cielo por asalto?”. No tendría sentido hacer eso. Voy simplemente a intentar añadir nuevos argumentos, nuevas apreciaciones, a partir de aquella base que tuvo una amplia recepción, en general favorable. Me limitaré a esbozar, sin concatenación sistemática, un punteo de ideas, opiniones y propuestas sueltas que quedaron en el tintero.
1
La cuestión del honestismo –parafraseando a Caparrós– me parece clave, aunque muchos la ignoren o minimicen. La simpatía que generan Myriam Bregman y el Frente de Izquierda en la clase trabajadora, los sectores medios y las mayorías populares en general, si bien es un fenómeno complejo y multicausal, tiene un componente troncal: la búsqueda de outsiders, de figuras políticas emergentes por fuera de “la casta”. Más allá de reconocérseles otros atributos, como la coherencia y la combatividad, el valor de la «decencia», de la «honestidad», es clave. No me gusta que esto sea así, pero es lo que sucede. Constato un hecho. Negarlo no tiene sentido. Sería como matar al mensajero…
La gran mayoría de la sociedad argentina, profundamente desencantada y enojada con Milei por la pésima situación económica, tiende a atribuir este problema no al sistema capitalista, ni tampoco siquiera al modelo neoliberal, sino a la corrupción o al “choreo” de los gobernantes actuales y anteriores. Su interpretación de la macroeconomía es ingenua y precientífica, de sentido común, muy superficial y moralista, poco y nada estructural, demasiado biempensante y voluntarista, casi mágica. Todo se solucionaría (recesión, bajos salarios, empleos precarizados, desempleo, caída del consumo, pobreza, desigualdad, etc.) simplemente encontrando y votando políticos que no roben, tras muchas pruebas y errores. Una panacea intuitiva y sanseacabó.
La izquierda debe librar una “batalla cultural” sin cuartel contra el honestismo, que no es solo un fenómeno de clase alta o media con exceso de “gorilismo antipopular” y “republicanismo ñoño” en sangre (con toda su hipocresía farisea y doble rasero), sino también un prejuicio muy extendido al interior de la clase trabajadora y las capas más pauperizadas de la población. Diversas encuestas revelan la centralidad explicativa que tiene la noción de «cleptocracia» en la percepción popular de la macroeconomía, en la interpretación que las masas se han formado –en gran medida por influjo de los medios hegemónicos– de las dificultades materiales que las aquejan.
Por ejemplo, la de Atlas Intel,3 que sugiere una fortísima correlación entre el malestar con la performance económica (el 68% opina que es mala), la caída en picada de la imagen positiva de Milei (apenas un 35,5% aprueba su gestión) y la sensación general según la cual la corrupción política sería la madre del borrego (más del 50% considera que se trata del mayor problema del país, y un 29% reserva el primer lugar a un problema que se le superpone muchísimo, casi totalmente: la impunidad y el mal funcionamiento del sistema judicial). Es cierto que las variables macroeconómicas (inflación, desempleo, etc.) están desagregadas y que podrían unificarse, pero no deja de ser sintomático que la mayoría de la sociedad argentina juzgue la corrupción como la gran calamidad nacional. Si uno examina la lista de problemas, se encuentra con tópicos manidos como inseguridad, narcotráfico, inmigración e impuestos altos. Pero cuestiones medulares para el anticapitalismo, como la explotación y la desigualdad, la deuda externa y la precarización laboral, no figuran. Este es el piso de conciencia desde el que partimos. No hay que idealizar o romantizar a la clase trabajadora y los sectores populares, confundiendo malestar económico e indignación honestista –que van de la mano, en una relación explicativa tan empirista como falaz– con radicalización política hacia la izquierda. Esa radicalización es una posibilidad abierta, una potencialidad a desarrollar, no una realidad efectiva, ya existente. Comerse la cena en el desayuno sería un gran error intelectual y político.
Un sondeo anterior, hecho en noviembre del año pasado por La Sastrería (la reconocida encuestadora de Raúl Timerman), acerca de quiénes son los estamentos más corruptos e impunes de la sociedad argentina,4 revela un panorama cognitivo poco sofisticado y no muy esperanzador: el 53,1% respondió “los presidentes y su entorno”; el 51,7%, “los funcionarios del Poder Judicial”; y el 48,7%, “los legisladores”. Es decir que los tres primeros puestos del ranking quedaron reservados a “la casta política”, en sus tres ramas clásicas. ¿Los empresarios figuran en el cuarto lugar, aunque sea? ¡De ninguna manera! El 47,6% de la población argentina confiere ese «mérito» a los sindicalistas, cuya reputación es casi tan mala como la de los políticos. Los capitalistas recién aparecen en el quinto lugar del ranking con el 39,6% de las opiniones compulsadas, un porcentaje sensiblemente más bajo que los dirigentes políticos y gremiales.
Algo más hay que decir: existe, incluso, un honestismo plebeyo de débil moralismo, poco principista, dispuesto a tolerar la corrupción desde una lógica pragmática y adaptativa de malmenorismo: el famoso “roban pero hacen”. Es tarea primordial e impostergable de la izquierda crear conciencia crítica en la clase trabajadora y el pueblo en general respecto a la estructura y dinámica de funcionamiento del capitalismo, respecto a las consecuencias de este sistema económico y los efectos de las políticas neoliberales, respecto a las causas reales de los problemas materiales que afectan a las grandes mayorías. El honestismo se ha vuelto, en la sociedad burguesa contemporánea, uno de los componentes fundamentales del velo ideológico que oculta la explotación del trabajo por el capital. La difusión masiva de la economía política marxista (sus explicaciones en clave materialista e histórica, su énfasis dialéctico en las contradicciones dinámicas y la mirada totalizadora de la realidad social, su preocupación por constatar objetivamente la apropiación del plusvalor, su fuerte acento en la desigualdad estructural de clases y sus antagonismos) constituye un quehacer contrahegemónico –en sentido gramsciano– de vital importancia.
Hay, pues, que librar una guerra a muerte contra el honestismo burgués. Debemos ser capaces de darle más sustancia intelectual a la simpatía popular por Bregman y el FITU, más espesor teórico y político, más calidad y profundidad en términos de criticidad y radicalidad. No obstante, tenemos que admitir que toda esa simpatía popular hacia Myriam y el Frente de Izquierda es un promisorio punto de partida, una valiosa oportunidad. Debemos ser capaces de aprovechar eso, elevando el umbral de la conciencia de clase, convirtiendo el honestismo superficial (sentido común) en anticapitalismo de fondo (socialismo revolucionario).
He analizado en detalle todo este asunto en “Cleptocracia y honestismo. El fenómeno de la corrupción desde una mirada anticapitalista”. Es un ensayo extenso, que salió publicado en el noveno número de nuestra revista semestral en PDF Corsario Rojo, disponible en nuestro sitio web de forma libre y gratuita. Pienso que la corrupción es un tema más complejo e importante de lo que suele creerse en la izquierda, que lo ha abordado poco y nada.5
2
La izquierda tiene en el peronismo un adversario ineludible. No hay alianza posible con una fuerza política que acepta el statu quo capitalista, que carece de todo horizonte emancipador socialista y de toda voluntad transformadora revolucionaria. Esto, sin embargo, no debe conducir a dos errores interrelacionados.
El primero de ellos es negar que dentro del peronismo existen matices: Axel Kicillof no es lo mismo que Sergio Massa, ni Juan Grabois es lo mismo que Ángel Pichetto, ni tampoco Ofelia Fernández es lo mismo que Guillermo Moreno. No está mal tener siempre presente que las distintas tendencias del peronismo, más allá de sus diferencias (progresistas y conservadores, neoliberales y neokeynesianos), acuerdan en lo sustancial: creer que no hay alternativa al capitalismo, ya sea por convicción panglossiana o por resignación derrotista. Sin embargo, sería un acto de necedad postular que da lo mismo un gobierno neoliberal de ultraderecha como el de Milei, abiertamente regresivo o reaccionario, virulentamente minarquista y oscurantista (con ribetes autoritarios y fascistoides, incluso), que gobiernos centristas como los de Néstor Kirchner y CFK, que impulsaron políticas compensatorias y reformistas más o menos progresivas, aunque sea muy tímidamente y con muchas contradicciones. Afortunadamente, importantes referentes del Frente de Izquierda tienen esto muy claro y no lo ocultan: Myriam Bregman, por ejemplo. Pero no podría decirse eso de la totalidad de los cuadros del FITU. El maniqueísmo sigue siendo gravitante en las izquierdas anticapitalistas de Argentina, y ese maniqueísmo aleja del FITU a muchos kirchneristas desencantados y disgustados con sus dirigentes, que bien podrían girar a la izquierda si no escucharan a una parte de esta pontificar –de forma disparatada, arrogante y provocadora– que Milei no es peor que sus predecesores, y que todos ellos son igualmente neoliberales, porque hasta la China posmaoísta sería neoliberal (sic). La supresión maniquea de todos los matices analíticos puede generar desconfianza y rechazo en personas progresistas que, sintiéndose traicionadas por el peronismo, decepcionadas con el kirchnerismo y otras expresiones del justicialismo, podrían radicalizarse bajo el influjo de una izquierda intransigente en sus convicciones y objetivos, pero intelectualmente rigurosa en sus diagnósticos y políticamente no sectaria en su labor de propaganda y proselitismo.
El segundo error frente al fenómeno peronista es negar u omitir que el gorilismo tiene un fuerte componente clasista. Como han explicado y demostrado numerosos sociólogos, historiadores y politólogos, el antiperonismo, o mejor dicho, el antipopulismo en general (porque antes del gorilismo existió en Argentina el antiyrigoyenismo, no lo olvidemos), sería ininteligible sin el odio de clase de las élites burguesas y los sectores medios hacia las masas trabajadoras. La rabia gorila contra figuras como Eva Perón y CFK, demonizadas como demagogas tiránicas o populistas corruptas, condensa altas dosis de clasismo oligárquico y pequebú. ¿Reconocer esto implica una alianza política o un acercamiento ideológico de las izquierdas anticapitalistas con el peronismo? Por supuesto que no, en absoluto. Que el justicialismo tenga bases obreras y populares porque ha sostenido, con grandes oscilaciones de intensidad e incluso con sinuosidades que no han excluido la renegación y defección absolutas (desde el primer peronismo de Posguerra hasta el kirchnerismo y Alberto Fernández en el siglo XXI, pasando por el tercer gobierno peronista de la Triple A y el Rodrigazo en los setenta, sin olvidarnos del nefasto decenio menemista de los noventa y su ofensiva neoliberal, a la sombra de la caída del Muro de Berlín y el Consenso de Washington), políticas redistributivas y asistenciales que beneficiaron relativamente a la clase trabajadora y al pueblo dentro de los límites del capitalismo (que se han ido volviendo cada vez más estrechos con la globalización neoliberal y el declive del Estado de bienestar), eso no significa que sea socialista ni revolucionario. Siempre ha sido populista y, en sus mejores momentos, reformista desde premisas bonapartistas. Pero nunca anticapitalista ni maximalista.
Por supuesto que hubo dentro del peronismo, en los sesenta y setenta, una Tendencia Revolucionaria que, influida por Cuba y el Che, e insuflada por el pensamiento de Cooke y Hernández Arregui, asumió posiciones abiertamente antiimperialistas y a favor de la lucha armada con tácticas de guerrilla, y que decía bregar por el “socialismo nacional” (un concepto muy difuso y ambiguo), la cual tuvo como principal expresión a la JP y Montoneros. Aquí no podemos entrar en un debate con el peronismo revolucionario y su “socialismo nacional”, porque excedería totalmente el propósito y espacio de este escrito. Baste con señalar que el peronismo revolucionario, hoy muy minoritario e incluso marginal, nunca fue dominante dentro del movimiento justicialista, dentro del llamado “pan-peronismo”, ni siquiera en sus mejores tiempos, durante la “primavera camporista” (que por cierto resultó muy contradictoria, inestable y efímera).
Retomemos nuestro hilo conductor: lo importante, para las izquierdas anticapitalistas de Argentina, es comprender y asumir que el antiperonismo no puede ser reducido, sin más, a un odio faccioso de una fracción de la clase dominante y una fracción de la pequeña burguesía contra otras fracciones de esas mismas clases. Es cierto que, en las élites y los sectores medios, no todos fueron ni son gorilas. Hubo y hay también en su seno peronistas, desde operarios fabriles hasta empresarios industriales. Pero las investigaciones históricas y encuestas sociológicas no dejan margen para la duda: la clase dominante y la clase media de Argentina fueron y son, en su gran mayoría (especialmente las élites y las capas medias altas), antiperonistas. Lo fueron y lo son porque su egoísmo y miopía de clase las ha vuelto, en general, muy hostiles a cualquier política redistributiva, por mínima que sea, al punto tal que cualquier morigeración benefactora o asistencial del neoliberalismo por parte del Estado se les ha antojado abominablemente “estatista” o “demagógica”, e incluso “comunista” o “socialista”, aun cuando a largo plazo buscara beneficiarlas y de hecho las beneficiara estratégicamente, en la medida que, tácticamente, a corto plazo y mediano plazo, contribuía a contener el malestar social y neutralizar el peligro de una radicalización política por izquierda que pudiera poner en jaque al statu quo (la continuidad del capitalismo). Desde luego que hay coyunturas históricas (grandes descalabros económico-sociales y políticos, correlaciones de fuerzas poco favorables, bonanzas agroexportadoras de excepcional rentabilidad, etc.) donde el establishment ha aceptado a los gobiernos populistas –bonapartistas o no– y sus reformas más o menos progresivas, pero lo ha hecho a disgusto y solo transitoriamente. Por ejemplo, tras la crisis de 2001-2002 y durante el boom de los commodities en el mercado mundial (la soja ante todo, en el caso argentino), hasta el conflicto de las corporaciones ruralistas con el gobierno de CFK en 2008, por las retenciones a las exportaciones agropecuarias de la región pampeana
En síntesis, que el antiperonismo tenga un fuerte componente clasista, un talante elitista y pequebú muy antiobrero y antipopular (con dosis de racismo, incluso), no significa que el peronismo sea una expresión autónoma y revolucionaria de un proletariado autoorganizado y combativo, con conciencia de clase y con horizontes de emancipación socialista. En absoluto. El populismo justicialista siempre ha estado contenido dentro de los límites del capitalismo, y en sus mejores momentos nunca trascendió el reformismo bonapartista: Perón en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, allá por agosto de 1944, alertando a los dueños de la Argentina sobre el peligro de un “cataclismo” revolucionario por culpa de esos “agentes de provocación roja” actuando entre “las masas obreras argentinas”; Perón diciéndoles a los grandes terratenientes y capitalistas que “es necesario dar a los obreros lo que éstos merecen por su trabajo y lo que necesitan para vivir dignamente, a lo que ningún hombre de buenos sentimientos puede oponerse, pasando a ser éste más un problema humano y cristiano que legal”; y mucho más concretamente, apelando a la Realpolitik pura y dura, afirmando que “es necesario saber dar un 30 por ciento a tiempo que perder todo a posteriori”6.
Las izquierdas anticapitalistas de Argentina, desde luego, tienen muy claro que el peronismo no es revolucionario ni socialista. Se trata de una verdad de Perogrullo. Pero algunos camaradas suelen ser renuentes a reconocer –especialmente en público– que el gorilismo es intensamente clasista, como si el solo hecho de enunciar esa verdad supusiera un acercamiento non sancto al justicialismo, y hasta una claudicación o traición sin atenuantes. Esta posición cerrilmente sectaria, fanática, resulta absurda y contraproducente. Es una posición que revela inseguridad y algo peor: la persistencia de un histórico rencor con el éxito bonapartista-reformista del primer peronismo, cuando las masas obreras y populares se alejaron de las izquierdas seducidas por el Estado benefactor de Perón y Evita, y se hicieron justicialistas, al tiempo que las viejas vanguardias del movimiento obrero (socialistas, anarquistas, sindicalistas, comunistas ortodoxos y disidentes) eran duramente perseguidas o astutamente cooptadas con palos y zanahorias.
Esa situación desesperada llevó a gran parte de la izquierda argentina a cometer un grave error del que nunca se repondría, un auténtico suicidio político: el PS y el PC se engancharon al tren gorila de la Unión Democrática en la campaña y las elecciones de 1945-1946, como furgón de cola de la derecha, sobre la premisa delirante de que el peronismo era –con un poco de delay– la encarnación vernácula del nazifascismo derrotado en Europa. Aunque es cierto que la dictadura militar del GOU y el emergente movimiento peronista contenían bolsones autoritarios y oscurantistas (desde nacionalistas católicos que simpatizaban con Franco y Salazar hasta sectores pro-Eje más o menos admiradores de Hitler y/o Mussolini, especialmente dentro del Ejército y la Iglesia), y aunque también es verdad que Argentina –en contraste con el cardenismo mexicano, netamente progresista, laicista y antifascista– acogió a muchos emigrados europeos nazifascistas o colaboracionistas, tanto antes como después de que Perón se convirtiera en presidente, conceptualizar el peronismo como un totalitarismo de ultraderecha, en vez de como un populismo reformista de centro, no resiste ningún análisis histórico serio. Constituye una simplificación extrema y tendenciosa, una tergiversación.
Las masas proletarias y las mayorías populares de Argentina nunca olvidaron ni perdonaron a las izquierdas por su gorilización, ni siquiera cuando el peronismo perdió su impulso reformista-redistributivo ya entrada la década del cincuenta. Tampoco cuando dejó de ser gobierno y sobrevinieron los largos años del exilio de Perón y de la proscripción del peronismo. El proceso fue más complejo, por supuesto: no todas las izquierdas cometieron el suicidio de gorilizarse, y algunas de ellas incluso se peronizaron durante la época de la Resistencia. Pero visto el cuadro histórico en conjunto, es evidente que el antiperonismo penetró con profundidad y amplitud en las izquierdas, haciéndoles mucho daño. ¿La solución era adoptar la táctica del entrismo o la estrategia de la peronización, como creyeron algunos sectores? No pienso eso, de ninguna manera. Solo me interesa señalar que las izquierdas argentinas pagaron un costo altísimo cuando se gorilizaron durante el primer peronismo, y que hoy deberían evitar que viejos rencores e inseguridades perpetúen o reaviven en ellas un antiperonismo obtuso que encierra fuertes dosis de clasismo y racismo.
Pienso que la izquierda argentina de hoy está mayormente libre de gorilas, pero no en todos los casos ni completamente. Tenemos un ejemplo positivo muy notable en el PTS, la principal fuerza del FITU, que a través de Bregman y otros referentes repudiaron no solo el intento de magnicidio contra CFK en 2022, sino también, ulteriormente, a mediados de 2025, la condena a prisión domiciliaria de CFK por corrupción –y su inhabilitación como candidata– como un caso escandaloso de lawfare revanchista, proscripción política y doble rasero; sin que esta defensa del debido proceso y de las libertades democráticas, ni la denuncia contundente de otras cleptocracias burguesas (léase: macrismo y mileísmo), implicaran el desacierto de postular la inocencia de CFK, acerca de la cual existen muy razonables suspicacias, debido a lo irregular y opaco que fue el incremento patrimonial de la familia Kirchner cuando Néstor era gobernador y presidente.
Debemos estar alertas, pues, para que la necesaria crítica y la oposición sin concesiones al peronismo, como uno de nuestros mayores adversarios político-ideológicos, no vuelvan a degenerar en gorilismo. Que la intransigencia de nuestra voluntad no nuble la perspicacia de nuestra inteligencia. Que la pasión con que militamos contra el capitalismo no afecte el rigor con que pensamos el peronismo, ni la capacidad de persuadir a los sectores peronistas más progresistas (Patria Grande, sobre todo) de que no hay transformación emancipadora posible dentro del actual sistema económico, ni tampoco dentro del movimiento justicialista. La salida solo puede ser por izquierda y por abajo: una clase trabajadora autoorganizada, radicalizada y movilizada en prosecución de una revolución socialista, que empiece a hacer posible la utopía comunista.
Federico Mare
NOTAS
1 https://kalewche.com/y-si-la-izquierda-toma-el-cielo-por-asalto-a-proposito-de-una-carta-abierta-al-fitu.
2 www.laizquierdadiario.com/Vos-haces-falta.
3 www.lapoliticaonline.com/politica/la-desaprobacion-de-milei-llega-al-63-por-ciento-y-myriam-bregman-es-la-dirigente-con-mejor-imagen.
4 www.youtube.com/watch?v=s0amul2G-8M. Reproducir el video desde 1h 50min 40s.
5 https://kalewche.com/cr9.
6 https://cdn.educ.ar/repositorio/Download/file?file_id=da8289f8-a130-488d-b287-98decb485b3d.