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Federico Mare Naumaquia Nicolás Torre Giménez Nuevo

¿Y si la izquierda toma el cielo por asalto? A propósito de una carta abierta al FITU

26 de abril de 202626 de abril de 2026
Kalewche

Imagen tomada de www.ecured.cu

El miércoles pasado, nuestro compañero Ariel Petrucelli, junto a Aldo Casas, Eduardo Lucita y Juan Pablo Casiello, publicaron en Huella del Sur una carta abierta dirigida al “Frente de Izquierda y de Trabajadores – Unidad (FITU), así como a las organizaciones políticas, sindicales y sociales que simpatizan con esta coalición”. A nuestros lectores que residen fuera de Argentina, les aclaramos que el FITU “es una alianza de izquierda anticapitalista, que existe desde 2011, integrada por el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), el Partido Obrero (PO), Izquierda Socialista y el Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST)”, todas fuerzas enraizadas en la tradición marxista de vertiente trotskista. En la página web del FITU también podemos leer:
“El programa del Frente de Izquierda no sólo plantea una serie de demandas inmediatas en beneficio de la clase trabajadora, sino que apunta a enfrentar los intereses de los capitalistas, señalando la necesidad de ‘expropiar a los expropiadores’, como decía Karl Marx. Nacionalizando los recursos estratégicos de la economía, la banca y la gran propiedad terrateniente”.
El mismo día –probablemente no por casualidad, ya que la carta anterior había estado circulando en organizaciones políticas e intelectuales– el MST publica una carta abierta dirigida sólo “a la dirección del PTS”, el partido de izquierda mayoritario del frente. En ella se presentan planteos similares al de la otra declaración pública, aunque con algunas diferencias de contenido y de matiz.

A continuación, nuestras consideraciones.


El contenido de la carta abierta publicada en Huella del Sur

El texto plantea que la izquierda argentina enfrentaría una oportunidad histórica única: el crecimiento en las encuestas de la imagen positiva de Myriam Bregman –una de las principales referentes del PTS, con mayor presencia mediática– y la intención de votos hacia el FITU abrirían la posibilidad de que un gobierno de trabajadores sea visto como una alternativa real por amplios sectores del país. “Todo indica –dice el documento– que la radicalización no se detuvo en el crecimiento exponencial de la ultraderecha (…). Hay signos que sugieren la posibilidad de una radicalización en sentido opuesto”. Esto exigiría audacia, unidad y un programa revolucionario claro.

El diagnóstico de la situación señala que el crecimiento de la imagen positiva de la principal referente de la izquierda a nivel nacional se da en un contexto de creciente debilitamiento del gobierno ultraderechista de Javier Milei (liberal extremo en lo económico, reaccionario en lo cultural y lo social, plutocrático en lo político), donde la principal fuerza de oposición, el peronismo, aparece fragmentada, desacreditada y sin rumbo, lo que deja un vacío político que la izquierda podría ocupar.

Sin embargo –señala el artículo–, los propios referentes del FITU tienden a subestimar la posibilidad de gobernar, argumentando que todavía no estarían dadas las condiciones (falta de concientización y organización, poder real, etc.). El texto critica esa postura por ser excesivamente defensiva, centrada en la resistencia.

Los autores proponen que la izquierda debe asumir y demostrar una vocación real de poder, además de presentarse como una alternativa de gobierno, no solo como una fuerza de oposición. También se defiende la necesidad de aprovechar el momento para impulsar un proyecto revolucionario. Y bosquejan un contenido de lo que debería ser un programa maximalista con un horizonte anticapitalista: no pago de la deuda externa, control estatal de la banca y del comercio exterior, derogación de las leyes antiobreras de Milei, expropiación de los grandes capitales, implementación de transformaciones ecológicas y productivas. Además, proponen debatir de manera plural cómo sería una democracia socialista concreta y qué nuevas formas de organización política y económica debería darse la sociedad futura.

Como estrategia política se propone impulsar una mayor unidad dentro de la izquierda, construir una fuerza amplia de trabajadores –no necesariamente un único partido–, combinar la movilización social con la vía electoral, y elaborar una plataforma de medidas concretas a corto plazo para ser debatida públicamente, capaz de seducir a las masas.

Finalmente, se insta a aprovechar la “ventana de oportunidades” antes de que se cierre, a postular abiertamente la posibilidad de que la izquierda gobierne, a impulsar la candidatura de Myriam Bregman como presidenta, y a crear comités y una organización militante para sostener ese proyecto.

Para resumir, la carta defiende la idea de que la izquierda, ante esta coyuntura, no debe limitarse a resistir. Tiene, en cambio, que mostrarse como una fuerza capaz de tomar el poder y capaz de transformar radicalmente la sociedad, apoyándose en la movilización de masas y un programa claro. Así debe mostrarse –agregamos por nuestra parte– independientemente de que luego la correlación de fuerzas se lo permita o no, por aquello de que –como reza el refrán– la profecía contribuye a su propio cumplimiento. Si se transmite tanta cautela en vez de optimismo ante la sociedad, el FITU corre el riesgo de ser visto como algo muy bueno, pero meramente testimonial o quimérico. O sea, el FITU debe creérsela para que le crean, aunque en el fondo no se la crea tanto, ni deba hacerlo (optimismo de la voluntad con pesimismo de la inteligencia, como bien enseñaron Gramsci y Mariátegui).


A modo de reflexión

Si bien estamos de acuerdo en lo medular, queremos plantear algunas preguntas que sirvan de disparador para reflexionar sobre la coyuntura argentina, y trazar algunas líneas sobre un programa de transición posible para la Argentina del siglo XXI, un país que ocupa un lugar periférico dentro del capitalismo global.

1) Esa radicalización de la que se habla en el texto (como realidad en lo que respecta a la derecha y como posibilidad para la izquierda), ¿quién la experimentaría o cómo se expresaría? O, para plantearlo de otra manera, ¿cuánto de optimismo desmesurado y de realismo hay en la perspectiva de un gobierno de izquierda en el corto plazo?

Si con “radicalización”, los autores de la carta abierta se refieren al sentido de las políticas implementadas en estos primeros dos años y medio del gobierno de Milei, y a una posibilidad moderada de realizar transformaciones políticas en sentido inverso en un futuro cercano, podemos estar de acuerdo. Si, en cambio, con ello quieren decir que la sociedad se habría radicalizado hacia la derecha y podría radicalizarse hacia la izquierda en el corto plazo, entonces tenemos que poner algunos reparos. Si bien podría hablarse con cierto grado de sensatez de una derechización relativa de las mayorías sociales en la Argentina (los últimos resultados electorales habilitarían tal lectura), creemos que esto no responde, en la mayoría de los casos, a una convicción profunda y una defensa categórica del ideario de derecha del mileísmo (y tan siquiera mucho menos). Así como el triunfo del minarquista con ínfulas de libertador se debió en gran parte a lo que vemos como un malentendido, fomentado e instrumentalizado por la misma ultraderecha (¿cómo llamar si no a esa ilusión por parte de amplios sectores de las clases populares de que la aplicación de las ideas de extrema derecha de Milei podría redundar en una mejora de sus condiciones materiales de existencia?), pues bien, otro malentendido, de características muy diferentes, pero con un trasfondo ideológico común, creemos que está teniendo lugar ahora.

Si bien estamos convencidos de que el FITU es la fuerza política existente en Argentina que mejor representa los intereses de sus trabajadores y clases populares en su conjunto, no creemos que la buena imagen de Myriam Bregman en las últimas encuestas1 responda a una súbita concientización de esos mismos sectores con respecto a su situación de clase y los intereses a ella asociados, es decir, a una supuesta radicalización por izquierda de la sociedad argentina. Creemos que dicha valoración de su figura –que puede ir desde la mera simpatía hasta un apoyo más firme– obedece en gran medida a motivaciones de otra índole, más simbólicas y morales, que materiales y políticas. A Myriam Bregman se la reconoce –principalmente y, más o menos en orden descendente de importancia– como una militante coherente y de fuertes convicciones, que no busca enriquecerse (a diferencia de lo que sucede con la gran mayoría de los políticos de “la casta”, percibidos como corruptos), que siempre ha defendido la misma causa (la de los trabajadores y los sectores más desfavorecidos de la sociedad), y que no se acomoda camaleónicamente al poder de turno (como sí ha sido el caso de buena parte de la dirigencia peronista, radical y de otras fuerzas políticas), una luchadora incansable, que siempre está en la calle, dispuesta a poner el cuerpo contra la brutalidad de las fuerzas represivas de la Argentina, que pone el interés general por delante de los intereses particulares, etc.

Creemos que la principal causa que subyace a las dos formas de lo que llamamos “el malentendido” es el honestismo, la creencia de que es la corrupción de los políticos, en lugar de la política económica neoliberal –en particular– y el sistema capitalista –en general–, los causantes de las desgracias materiales de las clases populares.2 Por eso, la militancia de izquierda debería centrar gran parte de su esfuerzo de propaganda y concientización en hacer ver que el pequeño robo (la corrupción de los políticos) no es más que un epifenómeno del gran saqueo económico que llevan a cabo las clases poseedoras (exacerbado por el gobierno de Milei), y que ahí está “la madre del borrego” de las penurias del pueblo trabajador. Por supuesto que también repercuten en la valoración de la figura de Bregman su dialéctica y retórica, sus ocurrencias e ironías, su humor corrosivo, su rapidez verbal para contestar y su estilo descontracturado, popular y hasta desfachatado (aunque nunca chabacano, ni desaforado, ni tampoco violento como el demagogo energúmeno de Milei). Es lo mismo que sucede con otras figuras de la izquierda o del progresismo que están suscitando el apoyo de grandes mayorías en otras regiones, como Zohran Mamdani en Nueva York y Zack Polanski en Gran Bretaña. En fin, Bregman es una figura que irradia eso que en política se denomina “carisma”. Si bien consideramos que se tratan –por lo menos la mayoría de ellos– de rasgos comunicativos que la izquierda debe fomentar para despertar la simpatía popular (aunque sin caer en personalismos o populismos, y mucho menos en caudillismos), no vemos que el reconocimiento social a su figura esté ligado a las ideas anticapitalistas que defiende (¡ojalá fuere así!). Por eso entendemos que no es tanto el contenido político del personaje Myriam Bregman lo que despierta interés popular, sino más bien –por desgracia– sus formas. Para granjearse el apoyo de la clase trabajadora, ese estilo comunicativo debe usarse para transmitir con claridad, en un lenguaje sencillo y con contundencia, qué proponemos en concreto y qué implica en la práctica un gobierno de, por y para las grandes mayorías.

Si bien esa simpatía mayoritaria hacia una de las principales referentes del FITU podría, llegado el caso, trastocarse en votos en futuras elecciones (y, en ese sentido, tal simpatía es algo que la izquierda debe, sin lugar a dudas, aprovechar y hacer jugar a su favor), no creemos que sea suficiente para movilizar a esos mismos simpatizantes a la hora de tener que sostener a un eventual gobierno de izquierda radical. Eso queda en parte reflejado en el hecho de que las mismas encuestas que señalan una valoración positiva de su figura en un 50% de la sociedad, le dan una intención de voto de poco menos del 10%.3

Para decirlo en pocas palabras, no creemos que los vaivenes del electorado de derecha a izquierda del espectro político (lo que se ha dado en llamar “el péndulo argentino”, tanto en lo económico como en lo político) respondan a cambios de las convicciones político-ideológicas (o, si se quiere, a fluctuaciones entre momentos de conciencia de clase y momentos de falsa conciencia), sino que se parecen más bien a manotazos de ahogado del pueblo argentino que, recorriendo en algunos casos un ciclo que va desde la ilusión hacia el desencanto, pero que en otros se mantiene en el escepticismo político y simplemente se decanta por lo que se percibe como “el mal menor”, se aferra –con mayor o menos convicción– a determinadas figuras y partidos, que prometen lo que no están en condiciones de cumplir –mejorar la vida de las grandes mayorías– simplemente porque las políticas económicas que aplican no apuntan en esa dirección, esto es, porque no están dispuestos a tocar los intereses de quienes se enriquecen a costa del pueblo trabajador. Y las equivocaciones del electorado –porque sí, el pueblo sí que se equivoca cuando las mayorías votan contra sus propios intereses– están ligados en gran medida a eso que Caparrós ha denominado honestismo, y que uno de nosotros ha analizado in extenso en otra parte (ver nota al pie nro. 2).

El rotundo fracaso del gobierno de Fernández-Fernández (2019-2023), el incumplimiento de la mayor parte de sus promesas electorales (en parte debido a la crisis pandémica y una sequía histórica, toda la verdad sea dicha) acompañado de desilusiones previas y el énfasis puesto por los medios hegemónicos en los casos de corrupción, fue la principal razón de la apuesta popular por el verdugo del proletariado argentino, por el outsider de la motosierra. En esa ocasión el péndulo se había corrido demasiado a la derecha, trazando una trayectoria desde el centrismo del llamado “Frente de Todos” a la extrema derecha mileísta. Si bien es cierto que el actual desencanto con el nuevo rostro de las viejas y nefastas recetas neoliberales de siempre podría arrojar al electorado a una opción de izquierda, incluso anticapitalista (vale decir, que habría alguna posibilidad real de que el péndulo, luego de haber recorrido una distancia mayor hacia la derecha, describa esta vez una trayectoria mayor hacia la dirección contraria), resulta importante procurar que el abuso de la metáfora no nos conduzca a conclusiones apresuradas. Pues no es necesario que así sea. No hay ninguna ley de hierro aquí. No estamos hablando de física, sino de política. La izquierda tendría todavía mucho que hacer para transformar esa imagen positiva de Bregman en un apoyo más o menos consciente y decidido a un proyecto de izquierda anticapitalista. Si bien las condiciones objetivas para una transformación revolucionaria de la sociedad están dadas, como la pauperización generalizada y la concentración de la riqueza en pocas manos, falta que las condiciones subjetivas pasen del en-sí (desilusión, hartazgo, bronca) al para-sí (voluntad revolucionaria). Ese pasaje supone dejar atrás la moralina conservadora del honestismo burgués a fuerza de concientización, movilización y autoorganización del proletariado.

2) ¿Qué panorama puede abrirse en el escenario no improbable del triunfo de un “mileísmo” sin los hermanos Milei, o de una oposición moderada que aspire a revertir algunas (contra)reformas superficiales, sin proponerse tocar los intereses de los grandes poderes económicos de la Argentina?

Sería muy probable que el peronismo fuera uno de los protagonistas principales de uno de esos dos casos posibles de gobierno posmileísta. Y que la izquierda quede en un segundo o tercer lugar en las próximas elecciones, que no sería para nada un logro a despreciar. Se trataría, quizás, de un nuevo frente de «todos» (los peronistas, progres y fachos), aglutinados esta vez en una suerte de cordón sanitario antimileísta, una coalición de centro heteróclita, condenada nuevamente a la inacción (y la consecuente conservación del nuevo statu quo mileísta) por causa de los profundos desacuerdos internos. No cuesta tampoco imaginarlo como un gobierno de derecha pero con buenos modales, alejado de los exabruptos mileístas, pero poco o nada diferente en lo que respecta al contenido de sus políticas económicas: lo que se ha dado en llamar mileísmo sin Milei.

Creemos que, en cualquiera de estos dos casos, la izquierda debería mantenerse al margen, señalando la necesidad de vencer no sólo al personaje Milei y sus corruptos secuaces, sino, principalmente, a los poderes económicos que sostienen al gobierno, que no dudarán en soltarle la mano –de hecho, ya lo están haciendo– para pasar a sostener la siguiente gestión política capaz de garantizar –cuando no de volver a acrecentar– sus pingües ganancias. Y deberíamos cuidarnos de usar la desafortunada fórmula “son todos iguales”, no sólo por ser contraproducente, sino porque se trata de una afirmación sólo unilateralmente verdadera, que es casi lo mismo que decir que es parcialmente falsa. Es sólo una verdad de Perogrullo que kirchnerismo y mileísmo son proyectos políticos no anticapitalistas, si es eso lo que se quiere mentar. Pero debemos reconocer que no es lo mismo para los sectores populares llegar con los ingresos a fin de mes, aunque sea con lo justo y después de una jornada extenuante de trabajo para enriquecer bolsillos ajenos, que encontrarse el día diez sin un centavo. Y, por lo tanto, no es lo mismo –por más que a algunos pueda pesarles– un gobierno de conciliación de clases que mejora realmente los ingresos populares (el primer gobierno de Perón y, en menor medida, el primer período kirchnerista, por ejemplo), que la avanzada neoliberal mileísta que ha logrado concentrar cada vez más dinero en menos manos, con una velocidad pocas veces vista. Lo que puede parecer una nimiedad insignificante desde el punto de vista de lo absoluto (¿Dios, para unos? ¿el Comunismo, para otros?), puede ser una diferencia de vida o muerte para un individuo concreto que atraviesa una situación de penuria. ¿Qué opinión le puede merecer, a alguien para quien esa distinción es tan trascendental, aquella afirmación lanzada a bocajarro? La política –a diferencia de la ciencia– debe priorizar una mirada relativa, situada, no absoluta.

Aunque nos pueda parecer poco probable que el FITU llegue al gobierno, sí creemos que hay muchas chances de que dé un gran salto a nivel parlamentario, que deje de ser una fuerza marginal y se convierta en una minoría gravitante en el Congreso y, por lo tanto, adquirir gran capacidad de bloqueo e influencia. Si así fuera, el FITU debería evitar el error de caer en un oposicionismo cerril, de “todo o nada”, ante gobiernos progresistas o de centro que impulsen medidas sustancialmente buenas para la mayor parte de la sociedad argentina, aunque con falencias menores. Votar sistemáticamente en contra por diferencias nimias podría generar antipatía pública y hacer que el FITU quede «pegado» o alineado con la derecha. Una situación tal requeriría suma prudencia para no convertirse en furgón de cola del oficialismo, en meros colaboracionistas del centrismo gobernante, pero tampoco en obstruccionistas facciosos que terminen votando una y otra vez igual que la derecha. O dicho de otra manera, sobreactuar el rol de oposición por izquierda y buscar “la quinta pata al gato” puede llevar a votar de la misma manera que la derecha, lo cual sería claramente contraproducente.

3) ¿Cómo conseguir aumentar la fuerza de la izquierda anticapitalista realmente existente y cómo lograr un apoyo de amplios sectores sociales por un proyecto anticapitalista?

Como plantea nuestro compañero Ariel Petrucelli (conversación personal), si bien todos los modelos organizativos del pasado han sido problemáticos (piénsese tan sólo en la burocratización de los partidos), hay que partir de las organizaciones que nos hemos dado, con sus ventajas y desventajas. Y, a partir de ellas, ampliar y construir más espacios comunes. Sólo en la acción colectiva se irán abriendo nuevas posibilidades, formas superadoras de organización de la clase trabajadora. Se trata de crear, pero no ex nihilo, sino desde lo que hemos construido hasta ahora. Tenemos el FITU con sus partidos y sus militantes, pero están también los simpatizantes del Frente, muchos de ellos nucleados en distintas clases de organizaciones o grupos de pertenencia, participando en sindicatos y asambleas más o menos permanentes (como la Asamblea Popular por el Agua de Mendoza, como la Asamblea de Intelectuales Socialistas, entre otras), en asociaciones culturales y barriales de diversa índole, en colectivos feministas o de disidencias sexuales, en agrupaciones estudiantiles, en organismos de derechos humanos, en organizaciones indígenas, en el colectivo de la discapacidad y un largo etcétera.

Pues bien, el FITU debería ampliarse para incluir de alguna manera a un sinnúmero de simpatizantes de izquierda, trabajadores y estudiantes que acompañan y votan al Frente de Izquierda, pero que no tienen ningún tipo de relación orgánica con el mismo. Tanto desde el FITU como desde los múltiples colectivos de base, se debería promover la creación de comités de lucha antisistema y de discusión de medidas concretas, tanto para oponerse a los embates de la ultraderecha en el poder, como para mejorar las condiciones de existencia de la clase trabajadora en su conjunto, en el aquí y ahora. Es decir, pensar tanto la resistencia como la ofensiva. Y, lo que es fundamental, hay que trazar puentes entre los diversos lugares de lucha. La avanzada neoliberal y plutocrática contra los laburantes ha activado miles de pequeños focos de resistencia en fábricas, organismos públicos, escuelas, universidades, hospitales y en las calles. Esos focos están muy probablemente destinados a fracasar ante la ofensiva neoliberal si no se articulan en un frente unificado, y si no se organizan medidas de lucha que tiendan a coordinar todos los enfrentamientos en una gran batalla contra el mileísmo, pero principalmente contra los poderes económicos a los que el mileísmo representa.

Sabemos que los partidos de izquierda participan de numerosas luchas, y sabemos que ese compromiso militante es lo que ha contribuido a ampliar el apoyo social al FITU. Por lo tanto, esto no debe interpretarse como un reproche a los partidos revolucionarios, sino más bien como un llamado a todas las organizaciones y espacios de izquierda (entre los cuales incluimos al Colectivo Kalewche) a dejar de lado rencillas sectarias, diferencias doctrinarias menores y orgullos personales, para pensar juntos un programa mínimo para la clase trabajadora, y para darnos formas transversales que organicen la resistencia, al tiempo que ponemos las primeras piedras para una ofensiva democrática radical contra la lógica del capital.

Amplios sectores de los votantes peronistas simpatizan con el FITU y con Myriam Bregman, pero creen que, o bien la izquierda es demasiado utópica o sectaria, o bien que al capitalismo se le puede dar un rostro humano. Nuestra tarea es demostrarles, tanto en la práctica como en la teoría, que, por un lado, no somos sectarios y que estamos dispuestos a debatir sin chicanas tanto doctrinas como medidas políticas concretas; y por el otro, que el capital puede dar algunas concesiones cuando ve peligrar su hegemonía, pero en momentos de fuerza (como el actual) demuestra su verdadera naturaleza anti-humana. Por lo menos en teoría, no haría falta mucho para convencer a un kirchnerista desilusionado que pueda ver con simpatía a Myriam Bregman, que, si su principal líder política está presa, es porque la codicia del poder económico es tan pero tan grande, que los grandes empresarios no están siquiera dispuestos a soportar las tímidas reformas del peronismo, cuando pueden realizar su sueño húmedo por medio de Milei (por lo menos hasta ahora, ya que parecen estar buscando un reemplazo en el corto plazo) e ir por todo. Si para algo ha sido «útil» el mileísmo –si se nos permite la figura retórica–, es para dejar al descubierto el verdadero rostro inhumano del poder económico.

4) ¿Qué propuestas concretas a favor de la clase trabajadora pueden pensarse en el corto plazo?

Si bien hay que dejar en claro que lo que nos proponemos a largo plazo es abolir el capitalismo –por ser un sistema económico basado en la explotación del trabajo ajeno, donde la inmensa mayoría aporta la fuerza laboral mientras un puñado se lleva los beneficios–, debemos intentar ganar el apoyo de la clase trabajadora hacia la izquierda con propuestas concretas que tiendan a realizar una transferencia inmediata de recursos económicos de los más ricos a los que menos tienen. Si la izquierda no logra dejar claro que su objetivo es –no sólo a largo plazo, sino también en lo inmediato– realizar un salto cualitativo en la vida de las grandes mayorías, no se conseguirá convertir la imagen positiva de Myriam Bregman en votos en las elecciones, ni –mucho menos– en apoyo popular después, en el caso de un triunfo de la izquierda, cuando haya que resistir la ofensiva destituyente del capital contra el pueblo trabajador (fuga de capitales, lockouts patronales, corridas bancarias, boicot tributario, campañas mediáticas de desinformación y difamación, operaciones de lawfare, acuartelamientos policiales, intentonas golpistas de las fuerzas armadas, etc.). Para que una insurrección popular en defensa del FITU se produzca, y de esa forma evitar lo que le pasó a la Unidad Popular de Allende en Chile, sería necesario que el gobierno de izquierda implementara, inmediatamente llegado al poder, un programa de reformas mínimas y de medidas concretas que le aseguren el respaldo de las masas. No es muy probable que el pueblo se rebele porque al FITU no se le permita socializar los medios de producción, pero sí es más probable que lo haga si un gobierno que ha tomado medidas concretas a favor del pueblo es desestabilizado por el establishment. No es nada seguro que haya una insurrección popular en defensa de un programa máximo anticapitalista de largo plazo, aunque sí es probable que se produzca una insurrección popular en defensa de un programa mínimo pro-clase trabajadora de corto plazo.

Esas medidas concretas deberían ser discutidas entre las bases, en los comités de fábrica, en las asambleas de los lugares de trabajo, en las plazas, tanto por la clase trabajadora formal como por el precariado. Algunas de estas medidas tendrán sentido sólo dentro de un programa de transición, otras serán más permanentes. Unas son fáciles de bosquejar a priori, otras surgirán de las asambleas: ingreso mínimo garantizado que supere con creces la canasta básica, congelamiento de los alquileres, quita del IVA a alimentos y otros artículos de primera necesidad, podrían ser algunas. ¿Por qué no que las empresas de plataformas digitales (Rappi, Pedidos Ya, Uber, Cabify, etc.) suministren vehículos y combustible por su cuenta y cargo a repartidores y choferes? ¿Qué tal si se ocuparan de garantizar baños, seguro de salud, vacaciones pagas y jubilación a sus «socios emprendedores», como gustan considerarlos para encubrir la relación laboral? Si muchos trabajadores de plataformas «compraron» el discurso individualista de Milei, es porque nunca tuvieron derechos, porque nunca conocieron los beneficios de lo colectivo, porque siempre estuvieron solos y tuvieron, efectivamente, que “salvarse solos”.

¿Y qué hacer con el capital concentrado? Podría cobrarse impuestos altos a la riqueza, a la vivienda ociosa, con expropiación inmediata en caso de evasión. Cobrar incluso un impuesto extraordinario por las ganancias no menos extraordinarias que algunos sectores consiguieron en los últimos años, sobre todo durante la pandemia y durante el período del gran saqueo mileísta, principalmente el sector financiero, el agronegocio, la minería y la extracción de hidrocarburos. Habrá que pensar, además, qué hacer con las fuerzas armadas y de seguridad, fuente de probables amenazas para una democracia en transición hacia el socialismo. Y muchas cosas más. Claro que se trata de medidas a corto plazo, que deberían ser compatibles con una transformación revolucionaria a largo plazo que haga realidad la utopía del comunismo.

Nuestra intención fue tan sólo plantear algunas preguntas motivadas por la carta abierta de Aldo Casas, Juan Pablo Casiello, Eduardo Lucita y Ariel Petrucelli. Y bosquejar algunas reflexiones abiertas a partir de ellas. Se trata de estimular el debate, y de plantearnos como un objetivo posible la emancipación radical de la clase trabajadora.

Federico Mare
Nicolás Torre Giménez


NOTAS

1 En distintas encuestas publicadas entre marzo y abril del corriente año, la diputada Myriam Bregman aparece entre el tercer y primer puesto de mejor imagen positiva entre dirigentes de todo el arco político. Ver, por ejemplo, www.laizquierdadiario.com/Nueva-encuesta-rechazo-mayoritario-al-Gobierno-en-medio-de-la-crisis-y-los-escandalos.
2 Ver el ensayo de Federico Mare “Cleptocracia y honestismo. La corrupción desde una mirada anticapitalista”, en Corsario Rojo nro. 9, segundo semestre de 2025, disponible en https://kalewche.com/cr9.
3 Ver, como ejemplo, el artículo de la nota 1.

Etiquetado en: Carta abierta al FITU Elecciones en Argentina 2027 estrategia revolucionaria Frente de Izquierda y de Trabajadores programa de transición socialismo

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