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Carlos Herrera de la Fuente Kamal Nuevo

El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos (3): Cifra

21 de junio de 202621 de junio de 2026
Kalewche

Detalle de Suprematism (Supremus no. 56), de Kazimir Malévich. Óleo sobre tela, 1915, Museo de San Petersburgo (Rusia). Fuente: https://en.wikipedia.org

Continuando con la publicación en cuatro partes de El espacio ausente. La ruta de los desaparecidos de Carlos Herrera de la Fuente (ver Parte 1: Atopía, Parte 2: Desgarro), ofrecemos hoy a nuestros lectores la tercera entrega del ensayo, titulada Cifra. En esta ocasión, el autor explora la respuesta política del Estado liberal ante el reto de la violencia estructural, la migración forzada, las desapariciones y la anulación absoluta del ejercicio de la libertad en los desclasados, los no-sujetos de la actualidad. Ante esta catástrofe humana, el Estado liberal responde como sólo él lo sabe hacer: con el lenguaje deshumanizador de la cifra. El sufrimiento de los condenados de la Tierra sólo cuenta como una estadística sociodemográfica para la planeación de políticas institucionales que no llegan a representar ni siquiera paliativos para la gravedad y la dimensión del problema. La democracia y la supuesta atención a las causas de los necesitados son, al final, la añagaza con la que el Estado mantiene a la sociedad en la esperanza de algo que nunca llegará. El Estado es, en última instancia, cómplice de los poderes fácticos que organizan la desaparición del espacio y los sujetos. Sólo queda, a lo lejos, la sombra de la utopía. Pero ésta no puede ser ya pensada con las viejas coordenadas del idealismo ingenuo.


Cifra

En el vacío radical de las formas sociales, la cifra serializa el fracaso multiplicado del espacio. Ella traduce el despojo de la identidad y de las relaciones en un tránsito homogéneo de porcentajes y números adosado al discurso perenne de la vigencia del Estado y su combate decidido a la delincuencia organizada. Su misma formulación es ya la abstracción práctica de la realidad que se reorganiza en torno al cálculo estadístico de la desgracia como un mantra que, por sí mismo, debería contextualizar la incapacidad política de enfrentar la violencia, cuando en los hechos no es más que el culmen de la despolitización que alimenta las sociedades liberales. Irónicamente, es sólo desde esta despolitización y desde este despojo violento de realidad que se formulan las “políticas públicas”.

En los órdenes liberales, la política es siempre la continuación de la violencia por otros medios. Si, como lo pensaba Foucault, el poder produce las relaciones sociales mucho antes de que éstas logren fijarse en una ficción naturalista, el dispositivo moderno actúa como una disolución de los lazos que sólo puede reformularse bajo la fachada rígida de la repetición heteróclita de la experiencia cercenada. La política no es aquí, bajo ningún parámetro, la praxis concreta del ligamen, ni siquiera el efecto secundario de la reunión del acto escindido, sino la omnipresencia inercial de los números vivientes bajo la que la preeminencia económica de la sociedad abstracta condena a sus hacedores atomizados, divididos y enfrentados en clases sociales.

El primer acto del liberalismo económico es el de la fragmentación violenta de la sociedad y su reunificación en unidades aisladas que concurren en la comunidad ficticia del mercado. Su ficción consiste en la ilusión duplicada de la igualdad y la libertad en un ámbito en el que los individuos valen únicamente en cuanto cantidades intercambiables y sus objetos obedecen las rígidas leyes monetarias de una totalidad erigida a sus espaldas. La cuantificación esconde las diferencias específicas de las unidades, las cuales, sin embargo, siguen existiendo en la continuidad inerte de la ordenación jerárquica de la sociedad. Pero en el mercado las jerarquías solo valen en tanto oportunidades de ofrecer mercancías diferenciadas: por un lado, bienes de consumo y medios de producción; por el otro, fuerza de trabajo. Las diferencias son, claro, inmensas, pero lo que importa aquí es que la desigualdad de base que subyace al mercado se expresa en él como una contingencia de las actividades y no como contenido inseparable de la base económica. Las divisiones desaparecen, aparentemente, como por arte de magia. Lo que queda es la oferta y la demanda de productos a los que se les puede asignar un precio específico, que, en su dinámica flexible, responden a la valoración cuantitativa del más y del menos. En ese lenguaje castrado, no se habla de poseedores y desposeídos, sino de empleadores y empleados, los cuales reclaman y ofrecen, simultáneamente, algo que ambos necesitan. En qué cantidad y en qué precio, es justo lo que define sus posibilidades de intercambio. Al finalizar, habrá tantos empleados y tantos desempleados, tantas mercancías producidas y tanto desabasto, etc. Las cifras nos darán cuenta del fracaso o del triunfo económico. Las vidas callan.

Al serializarse la experiencia, las identidades quebradas se reagrupan bajo colectivos indiferentes que forman parte de un todo que nadie puede definir. Los sujetos son personificaciones de fuerzas que ellos mismos no comprenden ni pueden controlar plenamente. Sus colectivos derivan en asociaciones seriales que siguen ciegamente los dictados estadísticos de una alteridad en apariencia omnipotente. Los sindicatos luchan por aumentos salariales expresados en porcentajes que están vinculados a otros porcentajes (inflación, devaluación, etc.) y a otros movimientos y cifras de la economía (evolución del Producto Nacional Bruto, expectativas de crecimiento, etc.). Los empresarios exigen, por su lado, menores impuestos y mayores subsidios que el Estado puede o no otorgar, dependiendo a su vez de la situación de las finanzas públicas, del estado de la deuda, del tamaño de la recaudación fiscal, etc. Pero lo importante es que, independientemente de que se cumplan o no todas estas exigencias y reclamos, al final nadie sabe lo que ocurrirá. Las “fuerzas libres” de la economía internacional seguirán su curso y con sus propios recursos estadísticos definirán a los ganadores y a los perdedores, sean éstos individuos, colectivos, empresas o incluso naciones enteras. La impotencia determina el actuar inerte de las colectividades presas de la dinámica mercantil. Todos creen poder controlar o intervenir en la realidad para modificarla, pero en verdad nadie lo puede hacer.

“En efecto –dice Sartre–, la serie se le revela a cada uno en el momento en que cada uno aprehende en él o en los Otros su impotencia común para suprimir sus diferencias materiales”.1

En la política liberal, la cumbre de la seriación se expresa de manera nítida en las elecciones periódicas. El votante es un número que incide, de manera insignificante, en el porvenir de la sociedad, pero al que, en el discurso oficial, se eleva a sustancia última de la democracia. En los hechos, su voto es una unidad ridícula que se enfrenta a opciones predefinidas que él mismo no ha tenido posibilidad de establecer. Los partidos son bloques homogéneos que afirman traducir el interés ciudadano en estructuras institucionales y burocráticas dispuestas siempre a negociar con el mejor postor. La política es, así, negociación, pero negociación de una serie de intereses que contradicen directamente las necesidades de los votantes. Lo que se negocia es siempre lo que el sistema requiere para seguir funcionando, no lo que el ciudadano podría formular si se le diera la opción de discutir racionalmente sus necesidades y carencias. Las leyes surgen en el espacio parlamentario como la confirmación última de la vigencia del poder económico que violenta día tras día la convivencia social. No importa el terror, la criminalidad o la inseguridad predominantes, siempre y cuando las vías de tránsito aseguren la circulación de las mercancías y las normas legales impulsen la continuidad de una productividad desaforada.

Los partidos negocian entre ellos y los miembros de la oligarquía (congregados en grupos de influencia o en lobbies) los mecanismos por los que las leyes laborales habrán de despojar de sus derechos al trabajador para facilitar las inversiones nacionales e internacionales, o la forma en la que las nuevas reglas de seguridad social disminuirán al mínimo las obligaciones de los empresarios, o las vías para exentar impuestos o el procedimiento por el cual se privatizarán los últimos espacios y recursos públicos. Reducidos a una seriación inorgánica, los ciudadanos votan contra sí mismos y convierten su impotencia en la mejor justificación del sistema, cuyos partidos ofrecen distintas versiones del mismo poder despótico que desestructura los espacios de convivencia y los condena a una realidad repetitiva, violenta y desintegrada. La democracia liberal está hecha para asegurarse de que nada cambie.

El tópico del individuo autónomo y racional encuentra, paradójicamente, en las elecciones periódicas su mayor desmentido. En la democracia no hay nadie más impotente que el votante, comprendido por los partidos como un simple número al que es necesario ganar a toda costa y al que sólo se le ofrece (a la manera en la que lo hacen cotidianamente los anuncios publicitarios) las cosas más banales o inverosímiles con tal de extirparle su sufragio. Este dispositivo perverso fue descrito hace ya mucho tiempo (en 1942), de la manera más apropiada y cínica, por el economista austríaco-estadounidense Joseph A. Schumpeter (a quien nadie podría acusar de simpatizante socialista) en su libro Capitalismo, socialismo y democracia.

“En particular –señala–, subsiste todavía la necesidad práctica de atribuir a la voluntad del individuo una independencia y calidad racional que son completamente irreales”.

Y más adelante, relacionando esta impotencia original del individuo en las democracias liberales con su función de elector:

“Finalmente, por lo que se refiere al papel del electorado, solamente hay que mencionar un punto adicional. […] Su decisión –glorificada ideológicamente en la expresión “llamada del pueblo”– no fluye de su iniciativa, sino que es configurada, y su configuración es una parte esencial del proceso democrático. Los electores no deciden problemas pendientes. Pero tampoco eligen a los miembros del parlamento, con plena libertad, entre la población elegible. En todos los casos normales, la iniciativa radica en el candidato que hace una oferta para obtener el cargo de miembro del parlamente y el caudillaje local que pueda llevar consigo. Los electores se limitan a aceptar su oferta con preferencia a los demás o a rechazarla. Incluso la mayoría de los casos excepcionales en que un hombre es elegido auténticamente por los electores entran en la misma categoría por una de estas dos razones: es natural que un hombre no necesite hacer ningún ofrecimiento para obtener el caudillaje si ya lo ha adquirido o bien puede suceder que un leader local, que puede dominar o influir en el voto, pero que no puede o no quiere competir por sí mismo en la elección, designe a otro, que puede parecer entonces haber sido descubierto por los electores obrando por su propia iniciativa”.2

En resumen: el elector es el porcentaje del “día siguiente” que no tiene el menor derecho a externar su opinión y, mucho menos, a configurar sus opciones políticas. Su voz es la fría realidad del guarismo interpretable ad nauseam que, en sí mismo, carece de realidad. En las pocas ocasiones en las que el sistema le ofrece la oportunidad de decir algo (en los extraordinarios casos del referéndum o del plebiscito), aunque sea en la estúpida forma de un sí o de un no, el mismo sistema entra  en un ataque de pánico (el caso de Syriza en Grecia o del llamado Brexit inglés): los mercados se inquietan, las instituciones financieras se preparan para lo peor, las oligarquías amenazan con sacar sus capitales de la nación en cuestión. Al final, todo acaba en un arreglo entre las altas esferas que no modifica absolutamente nada. La charada del sí  y del no, en la primitiva simpleza de su lógica binaria, es tan sólo el proemio de un pacto que se realiza a espaldas de todos.

Lo mismo sucede en el otro extremo del espectro político. Cuando, tras décadas de eterna repetición de lo mismo, emerge un candidato que propone un mínimo cambio real a las reglas del juego y pretende aproximarse, aunque sea un poco, a las necesidades del pueblo (el cual, como lo decía Schumpeter, en realidad no existe desde el punto de vista de las democracias liberales), es acribillado simultáneamente por los medios de comunicación y los “intelectuales” orgánicos, que reducen su propuesta a un burdo eco “populista” y se centran en las críticas ad hominem. El elector tiene que aprender que su voto sirve tan sólo para que todo permanezca igual. Ésa es la explicación de por qué en las “democracias maduras” (el caso ejemplar de Estados Unidos) la participación ciudadana en las elecciones es tan baja.

La economía política del liberalismo es la síntesis serial de la desaparición consuetudinaria del espacio y del pueblo; la conversión de la comunidad en conglomerado inorgánico e inerte en el que se ratifica la inexistencia de la voluntad, la racionalidad y la cooperación en pos de un imperialismo productivo comercial-financiero, él mismo inerte y cifrado. La democracia como el arte de la desaparición de la política.

En el contexto de la deseconomización y la despolitización del espacio, la desaparición física de los individuos marginados y explotados irrumpe en la normalidad serial de las democracias haciendo, por primera vez, visible la ausencia original del espacio. De repente queda claro que la violencia de la cotidianeidad había resquebrajado, hasta su desaparición, las zonas en las que laboraban, habitaban y transitaban los no-sujetos contemporáneos. Estas zonas de desconexión sólo existen en la inercia de una labor que cuartea, día a día, las bases sobre las que ella misma pretende fundamentarse. Es la praxis repetitiva de un ansia desestructuradora en la que el individuo se esfuma mientras más avanza.

De las ciudades perdidas a las maquiladoras se abre el camino del desierto, en el que cada paso señala la ausencia de sentido y expectativas hasta configurar la sombra de un espectro que marcha al ritmo de las bandas transportadoras y las líneas de ensamblaje. Es como si el individuo mismo dejara cada pedazo de su ser entre las cuchillas de una máquina cortadora de carne que cercenara la realidad en trozos disímiles. Algunos de esos trozos pertenecen al mundo legal de la sobreexplotación, dividido en centros de producción, circulación y consumo idiotizante, pero otros son tan sólo las franjas marginales o no tan marginales de una subcultura social en la que el crimen se convierte en la única “afirmación auténtica” de la existencia. Es la violencia cínica a la que el no-sujeto cree tener derecho en su afán de presumirse como expoliador de vidas ajenas. La vida es corta, miserable y radicalmente injusta, y por ello el no-sujeto acepta el reto de arrancarle un pedazo de injusticia al mundo, siempre y cuando sea él mismo el que la pueda ejercer impunemente contra los otros. El capital le da la oportunidad de convertirse en “empresario”, aunque sea por un periodo limitado, y saborear las mieles de la tiranía económica. El no-sujeto se vuelve así el peor enemigo del no-sujeto, actualizando la imposibilidad de la convivencia o de la rebelión bajo el antiguo adagio reaccionario del homo homini lupus y preparando, a su vez, nuevas rutas de explotación y sometimiento.

El estado de excepción es siempre la experiencia dominante de los oprimidos (Benjamin), que sólo llega a su conciencia bajo la repetición del acto que lo inaugura. Sólo en la repetición, como diría Hegel, en el doble fracaso de la vivencia, adquiere la conciencia el grado de conciencia para sí. Todos somos desaparecidos bajo la inercia de un sistema anónimo que desgarra cotidianamente las relaciones intersubjetivas, pero nos aferramos a la continuidad funcional de nuestras actividades con tal de encontrarle un sentido al mundo que reproducimos de manera incesante. El individuo no vale más que como pieza de una tosca maquinaria que puede sustituirlo, mecánicamente, cuando se le antoje. Al desaparecer físicamente, la pieza o el instrumento adyacente percibe la carencia del engrane gracias al cual se vinculaba al dispositivo autónomo. Es ahí cuando la ausencia asume el papel protagonista. El funcionalismo de la vida queda momentáneamente interrumpido ante el despojo de su complemento mecánico. La expresión es burda y violenta, pero así es precisamente la realidad. Sólo en la violencia del despojo se paraliza por un instante para uno (no para la totalidad) la maníaca actividad del sistema.

El individuo parece despertar de su sueño autista a partir del desgarramiento, pero la inercia de su praxis y la verdadera imposibilidad de hacerlo de otra manera lo conduce a los pseudoespacios definidos por el Estado de excepción. El no-sujeto abre los ojos para hundirse en el pantano de la inutilidad burocrática y la desfachatada convivencia de los organismos policíacos con el mundo del crimen organizado. Si fueran sinceros, los no-sujetos reconocerían que eso es algo que sabían desde el comienzo. La desaparición forzada de personas a escala masiva (tras y durante su uso salvaje e inhumano con fines de tráfico, explotación y abuso) sólo puede organizarse con ayuda de los mecanismos operativos e instrumentales de las instituciones que monopolizan “la violencia legítima del Estado” (Weber). Ellos son la violencia encarnada que, en “tiempos de paz”, actúa como el brazo armado de la agresiva normalidad económica en todos sus niveles, legales y extralegales.

Sin la colaboración decidida de las fuerzas policíacas, militares y criminales, algunas de las mercancías fundamentales de nuestra época (drogas, armas, órganos humanos, prostitutas, esclavos, etc.) no llegarían jamás a su destino. El capital depende estructuralmente de su actuación coordinada y no hay posibilidad, a escala mundial, de eliminar esa realidad sin que primero se elimine la sociedad basada en la acumulación privada de ganancias y en las divisiones internacionales que cercenan el globo en países “desarrollados” y “subdesarrollados”.

El no-sujeto serializado completa su “educación” política y psicológica en los centros de atención policíaca. Allí comprende, por última vez, que su destino es el de la continuidad automatizada de la vida productiva que sólo aguarda, un día, el momento de su desaparición forzada.

El Estado, por su parte, comprendido como ese dispositivo institucional igualmente automático, sólo comienza a responder, en menor medida, ante la desgracia masiva que levanta reclamos políticos y sociales, y, sobre todo, ante la presión de los organismos internacionales que, espantados por las atrocidades consuetudinarias de las “naciones pobres”, exigen una mínima rendición de cuentas en aras de lo políticamente correcto. Por supuesto, estos organismos son resultado de la sociedad que hace posible la barbarie, pero su existencia sólo se justifica si son capaces de enarbolar la imagen de una normalidad social acorde con los estándares de las naciones dominantes, esto es,  de aquellas naciones que se nutren y benefician con las mercancías y los “servicios” económicos sobre los que se sustentan el tráfico y la desaparición de personas.

Finalmente, el Estado subsumido a la ley económica responde a los requerimientos de la hipocresía internacional institucionalizada con el único lenguaje con el que puede y sabe hacerlo: el de la cifra. Los desaparecidos son, desde el principio, desde antes de su desaparición, números y porcentajes que el Estado promete abatir con los mismos instrumentos que los originaron. Éste es el único lenguaje que conoce y que, por si fuera poco, incluso las organizaciones no estatales o, ridículamente denominadas de la “sociedad civil”, reproducen en sus exigencias. ¿Cuánto aumentó o cuánto decreció el número de desapariciones forzadas este año? ¿Qué porcentaje del presupuesto se ocupó para revertir este fenómeno? ¿Cuántos efectivos policíacos y militares se encargan de estas tareas?

Bajo el imperio de las cifras porcentuales del Estado, los desaparecidos desaparecen por tercera vez. La cifra culmina, a su forma, la disolución del espacio y la vida social, normalizando al extremo la vivencia dolorosa de los no-sujetos. Ella domestica la desaparición y la convierte en un escenario de trasfondo sobre el que la vida cotidiana tiene que seguir desplegándose pese a la amenaza de su desintegración anónima.

La vida contemporánea es, para la inmensa mayoría de la población mundial, la experiencia frustrante de la impotencia absoluta en todos los niveles posibles. El sistema es un dispositivo cerrado y vacío que no tiene nada que ofrecer y que se alimenta del sacrificio. De ahí ese sueño de fuga que merodea las fantasías vespertinas de los no-sujetos. Un sueño de huida, de escape definitivo. Un sueño que, planteado en su inmediatez e ingenuidad, sigue alimentando el despliegue automático del dispositivo, pero que, desbrozado de esa connivencia sumisa y reaccionaria, y reformulado en sus ambiciones políticas, puede llegar a figurar la instancia inasible de la utopía.

Carlos Herrera de la Fuente

NOTAS

1 Jean-Paul Sartre, Crítica de la razón dialéctica I, traducción de Manuel Lamana, Losada, Argentina, 1995, p. 417.
2 Joseph A. Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, tomo II, Ediciones Folio, Barcelona, España, 1996, pp. 325 y 359.

Etiquetado en: desaparecidos desapariciones migraciones forzadas

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