El más perturbador de nuestros vestigios evolutivos es el coxis, mi madre lo llamaba huesito dulce; se trata nada menos que del resto de una cola, de un rabo. Increíble, ¿no? Un guiño de esa cola aparece en los embriones, entre la semana seis y ocho, todos tenemos una. Es inusual que ese rabo sobreviva al parto; cuando lo hace, no pasa de una triste imitación. El más largo de los rabos modernos medía unos veintidós centímetros y pertenecía a un joven de la llamada Indochina Francesa. El segundo en longitud se lo amputaron hace poco a un adolescente sirio, ese llegaba a los dieciocho centímetros. Ninguno de esos rabos tenía huesos ni articulaciones. Eran endebles, inútiles. No servían ni para espantar las moscas.

El mío era distinto, muy distinto. 

* * *

Tampoco es tan loco si uno lo piensa, era una cuestión de imagen corporal: del mismo modo que otros se ven gordos o flacos, feos o lindos, yo tenía un rabo. Además, ¿no había acaso un pedacito de cerebro destinado a controlar nuestra cola? He leído que dependía del hipotálamo, como los escalofríos o la sudoración. Quizás fuera un caso similar al de la pierna ausente de un amputado: el cerebro extraña, los pacientes sienten picazón y hasta cosquillas en la zona vacía, nostalgia. Aunque lo mío no se agotaba en una cuestión nostálgica: mi rabo abundaba en comportamientos inéditos, cosas que ni los rabos de los monos aulladores son capaces de hacer. Cuando se mostraba como tentáculo era agresivo, proactivo, como si dijera, “Correte, dejame a mí”, y disfrutaba estrangulando a mis oponentes –que por supuesto ni se enteraban del ataque–. El colmo era la cabeza de serpiente –o más bien de diplodocus–, en esa versión tenía la capacidad del lenguaje, aunque más le hubiera valido no tenerla. 

* * *

Muchas veces me vi tentado de preguntar a alguno si por casualidad no tenía un rabo como el mío. Sobre todo a las personas reservadas y serias. No soy una persona muy expresiva, nunca lo fui. Quizás el rabo fuera una explosión, un brote. En ese caso, bienvenido sea, de seguro prevenía algún desastre peor, a la manera de un fusible. Si lo pensaba de ese modo, casi le tenía cariño, lo imaginaba salvándome la vida con cada aparición, rabo de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día.

* * *

¿Por qué se lo conté a Georgette? 

Llevábamos juntos casi un año y ella hablaba de tener un hijo, era mi deber decirle. ¡Además qué alivio! Ya no tendría que disimular que el rabo me rodeaba, o que estaba golpeando el suelo, o que acababa de decir un chiste de muy mal gusto. 

Pasé semanas dándole vueltas a la idea. ¿Cómo decirle sin que se espante, sin que salga corriendo? 

—Amor, hay algo que quiero confesarte. Es una cosa importante, y rara. No, no te asustes, todavía. Esperá a que te cuente. Hace años que tengo un… No es fácil ¿Cómo lo digo? A ver… Parece un… Es una cosa imaginaria, pero…. Es como… 

—¿Lo que te sale por detrás? ¿A eso te referís?

—…

—Sos malo disimulando. Si no lo mencioné fue para que no te sintieras mal. Y supuse que en algún momento me lo contarías.

—¿Cómo puede ser que lo veas? 

—Lo vi desde un principio, o casi. Desde la primera vez que dormimos juntos. En un momento, a mitad de la noche, en realidad no sé qué hora era, desperté agitada. Intenté moverme, y no pude. 

—No, no, no –me agarré la cabeza.

—No podía moverme porque algo me envolvía. Vos roncabas. Estuve a punto de gritar, pero noté una vibración, como un ronroneo, eso me tranquilizó. Desde el pasillo llegaba un poco de luz. Me tomé el tiempo de observarlo. Parecía una boa constrictora de esas que salen en las noticias porque se comieron a un hombre entero, pero… 

—No, ¡qué espanto!

—Tranquilo. A lo que quiero llegar es que no me da miedo. Esa cosa sale de vos, amor, es parte tuya, y cada noche me envuelve, me cuida, es muy tierna. 

Al escucharla, me emocioné. Nos abrazamos y lloré como un chico. Al fin podría relajarme. Me alegré de mi suerte: haber encontrado a alguien capaz de ver lo mismo que yo. ¿Qué más se puede pedir?  

Pero Georgette también tenía su secreto:

—Hay algo más, me da vergüenza decirlo… de hecho, me gusta tanto que un par de veces… no, no puedo, es muy vergonzoso.

—No, no, decime, ¿qué? 

—Es una parte tuya, amor. ¿Cuál es el problema?

—¿Qué hiciste, Georgette?  

Nunca pensé que fuera capaz de actos como los que me describió. Era francamente asqueroso. 

La desprecié, le dije que no quería volver a verla.

Cayó de rodillas repitiendo “es una parte tuya”, a los gritos. Cuando notó que eso solo me enojaba más, se deshizo en perdones. Dijo que me amaba como a nadie, que moriría de tristeza sin mí. Lloró y maldijo. Hasta se rasgó una manga del vestido en el arrebato. Su pasión parecía tan real, tan poderosa, que estuvo a punto de conmoverme. Creo que le hubiera dado una segunda oportunidad de no haber sido por el maldito rabo: mientras Georgette lloraba y maldecía, el muy descarado le acariciaba la pierna, la consolaba, hurgaba bajo su vestido.  

* * *

El psicólogo que me recomendaron habló de Imagen corporal y aseguró que la terapia lo eliminaría de raíz.

Luego de ponerlo al tanto de mi problema, y de quejarme largo y tendido, la mía era una historia de contratiempos e incomodidades, deslicé una preocupación: desde que Georgette no estaba, desde que había mudado sus vestidos, zapatos y maquillajes a casa de su madre, mi rabo no hacía más que colgar, blando y rendido. ¿El muy traidor estaba triste?

El psicólogo se golpeó la pera con el lápiz, una, dos, tres veces, miró un punto sobre mi cabeza, y dijo:

—Hay un mito hebreo en el que Adán tiene una cola que termina en púa. Dios corta ese rabo y con él da forma a Eva. Digo, es interesante para pensar el vínculo entre el rabo y la mujer.

Yo no sabía nada de mitos hebreos, pero la idea me inquietó. Luego dijo:

—Comienzo a pensar que ese rabo suyo se vincula con una represión sexual –y tosió hasta quedar exhausto.

Esa, a grandes rasgos, fue nuestra primera sesión. Volví a casa animado. Al fin podría entender mi rabo y alguien se tomaría la molestia de ayudarme. Comencé a buscar información sobre rabos humanos y todo eso. Casi que me volví un especialista.

En cada nuevo encuentro, en cuanto tenía oportunidad, y a veces ni tanto, me despachaba con una muestra de mi erudición.

—¿Sabía que todos tenemos un rabo en un momento de nuestra vida?

Pero el psicólogo no mostraba gran aprecio por la información, por los datos duros. Me escuchaba impaciente, a veces hasta resoplaba, fuuuuu. Cierto día, fue directamente grosero:

—Es su rabo el que nos interesa, no todos esos datos sobre el coxis y los monos aulladores. ¿Qué tienen que ver los monos aulladores con usted?

—Ese es el punto, tenemos mucho que ver, ¿sabe cuánto porcentaje de ADN compartimos?

—Por favor se lo pido, limítese a hablar de su rabo. ¿Se da cuenta de que toda esa información resulta una manera bastante onerosa de evitar el tema?

Pasaron los meses y la terapia comenzó a aburrirme. De verdad era un proceso lento y circular: todo lo que hacía era narrar episodios vergonzosos, y explicar el funcionamiento del tentáculo, del látigo y de la cabeza parlanchina. 

—Esos comportamientos simulan ser parte de un extraño sistema de defensa. ¿No le parece? –decía el psicólogo. 

—¿De qué podría defenderme un rabo imaginario?

—¿De su madre?

—¿A qué viene eso de mi madre?

—La idea lo incomoda. Ya veo –e hizo un dibujo o anotó algo, ya no sé. 

Y una tarde, después de preguntar y tomar notas por meses, dijo:

—Tengo la solución. Hable con su rabo. Usted mencionó que cuando es un –revisó su libreta– diplodocus, habla. Le propongo que lo confronte, que lo mire a los ojos… Ah, cierto que no tiene ojos… En fin, tenga usted una charla con su apéndice. Trate de saber qué lo motiva, qué función cumple. Y luego pídale amablemente que se vaya.

—Es la idea más estúpida que escuché en mi vida, doctor. Le dije que hace meses que no habla. ¡¿Por qué no revisa sus notas?!

Aquel fue el último día de terapia. Cargué el rabo para no tropezar –ya ni siquiera tenía la delicadeza de enroscarse en mi cintura– y volví a casa. Sentía que había estado perdiendo el tiempo, una soberana pérdida de tiempo, y hacía cálculos deprimentes en mi cabeza. Sin embargo, esa misma noche, cuando ya estaba acostado, con una revista entre las manos, ensayé unas palabras, tan solo para confirmar lo estúpido de la idea.

—¿Se puede saber qué carajos querés? 

Y, tal como imaginaba, no hubo respuesta. 

Me dormí leyendo un comentario sobre El origen de las especies. Estaba suscripto a varias publicaciones de ese tipo, pseudoacadémicas.

 De madrugada me despertó un mordisco. 

* * *

Elegí una mesa cerca del ventanal, no quise caer en la cursilería de esperarla en nuestra mesa de siempre.

 Georgette estaba preciosa, hasta parecía más alta, o más joven. 

Comencé hablando del clima, consultando por el estado de las alergias de su madre, y cosas así. Pero ella no estaba dispuesta a una charla amena.

—No tengo mucho tiempo. ¿Para qué querías verme?    

Definitivamente estaba muy cambiada. 

 —No fue mi idea, del todo, encontrarnos, fue del… 

 —No sigas. Pensé bastante en lo que pasó entre nosotros y yo estaba muy mal con vos, solo que no lo notaba. No estaba satisfecha, al punto de alucinar con un abrazo, con un cariño que… O sea, imaginate lo mal que estaba. Es para reírse. 

—El cariño era real, no digas eso. Todo era real. No podés pensar así. Teníamos planes, Georgette. ¿Cómo fue que cambiaste tanto?

—En todo caso, cambié para mejor, evolucioné.

—¿También hacés terapia? ¿Y cómo te…

—¿Sabés qué? Fue una mala idea venir, no sé en qué estaba pensando. Me tengo que ir. ¿Te pido un favor? No vuelvas a llamarme. Ah, y mi madre se encuentra muy bien, gracias a Dios y la Virgen.

Se levantó, torció la boca, llena de orgullo, y se alejó tropezando, bamboleándose. Es normal, cuesta agarrarle el ritmo.

Terminé mi café y dejé unos billetes sobre la mesa. 

Vendrían días extraños, pero me sentía confiado.

Carlos Salgado


Nota.— Carlos Salgado es un docente y escritor argentino. Nació en San Carlos de Bariloche. Actualmente vive en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro. Ha sido galardonado en diversos concursos de poesía y cuento. En 2022 se publicó su primera novela, Eso que pasa mientras (Yzurlibros). Ese mismo año fue beneficiado con una beca de creación del Fondo Nacional de las Artes. Integra la antología de Cuento Urbano (Palabra Herida) de próxima aparición.