Detalle de Alice in Palestine #1, de Maysa Yousef (Gaza, 2021). Fuente: Tricontinental.
A primera vista, un artículo periodístico sobre Palestina redactado antes del dramático parteaguas del 7 de octubre de 2023 –el ataque terrorista de Hamás, que Israel usó como pretexto para poner en marcha el genocidio de Gaza– puede antojársenos demasiado viejo, desactualizado, casi obsoleto… Pero no es así, al menos en este caso, si sabemos centrarnos en lo esencial: tesis y argumentos.
¿La tesis? El pueblo palestino, mayoritariamente arabófono y musulmán (aunque incluye minorías que hablan otras lenguas y profesan otros credos, como el arameo y el cristianismo) es muy anterior a las conquistas árabes y la expansión musulmana del siglo VII por todo Medio Oriente (de hecho, hunde sus raíces en la Edad de Bronce, mucho antes de que nacieran el reino de Israel y la religión judía entre las tribus hebreas). ¿Los argumentos? Un conjunto de inferencias histórico-culturales a partir de recientes estudios genéticos (análisis de muestras de ADN) y lo que ya sabíamos acerca del Levante mediterráneo gracias a las fuentes documentales y el registro arqueológico.
La autora, Yasmin Zaher, una joven escritora y periodista palestina oriunda de Jerusalén que estudió en EE.UU. y hoy reside en Francia (ya hemos traducido del inglés dos textos suyos el año pasado), concluye que no debemos confundir, como hace la derecha sionista liderada por Netanyahu, la ascendencia biológica de los grupos humanos con su identidad nacional o étnica. Confundirlas es alimentar el supremacismo colonial israelí, fuente del odio racista y la intolerancia religiosa que tanto sufrimiento y mortandad han causado al pueblo palestino desde los tiempos de la Nakba (1948) y la Naksa (1967).
«The Enigmatic Genetic Footprint of Palestine» fue originalmente publicado en Haaretz, el 27 de febrero de 2021. La traslación al castellano es nuestra.
El Levante es uno de los lugares más antiguos de la Tierra, ya que ha estado habitado de forma continua desde que los primeros humanos salieron de África. A lo largo de los siglos, multitudes de personas han ido y venido por las comarcas que hoy son los territorios palestinos e Israel: algunas migrando, otras con la misión de conquistar, ya fuera por razones estratégicas o atraídas por el misterio del lugar.
La diversidad cultural resultante de esta huella humana está codificada en las costumbres y dialectos del lugar, y presumiblemente también en el código genético de sus habitantes. Sin embargo, suceden cosas misteriosas cuando los palestinos se someten a pruebas de ADN con el fin de descifrar su ascendencia genética. A algunos se les dice que son italianos, a otros que son judíos sirios, africanos yorubas, coptos egipcios o incluso indígenas americanos. Los resultados varían según el individuo, naturalmente, pero también según la marca de la prueba y la metodología que se emplea.
El ADN no es un conjunto de datos sin sentido, es supuestamente objetivo. Sin embargo, cuando intentamos imponerle categorías creadas por el hombre, como la raza, la etnia y la religión, el análisis se vuelve sesgado. Uno de los principales problemas que distorsiona los resultados es que, hasta la fecha, la gran mayoría de los datos de que disponen los científicos genetistas son de personas de ascendencia europea.
Sin embargo, a medida que se toman más muestras de palestinos y habitantes del Levante, sale a la luz nueva información sobre la historia genética de la región, desde las migraciones masivas provocadas por las sequías en la antigua Mesopotamia, hasta una invasión de hace tres mil años por marineros que propagaron semillas, pasando por pruebas de un marcado grado de continuidad genética desde la Antigüedad, a pesar de las numerosas ocupaciones extranjeras.
Cuando éramos italianos
Marguerite Dabaie es una ilustradora palestino-estadounidense que vive en Brooklyn. Su madre es norteamericana de ascendencia escocesa y su padre es un inmigrante palestino de primera generación, nacido en Ramala. En 2016, el medio hermano de Marguerite por parte paterna le mostró los resultados de su prueba de ascendencia 23andMe y le pidió que se hiciera la prueba para verificar los extraños hallazgos.
Cuando llegaron los resultados, Dabaie se sorprendió al descubrir que era mitad británica, un poquito árabe y muy italiana. “Me quedé atónita”, afirma. “En ese momento pensé que 23andMe no podía equivocarse. Pensé que, dado que Palestina era un ecléctico país marítimo, tal vez un grupo de italianos había desembarcado allí, se había propagado y ahora se les consideraba palestinos”.
Aproximadamente un año después, Dabaie recibió lo que ella considera una “notificación despreocupada” de 23andMe en la cual le comunicaban que su perfil había sido actualizado. Todo ese ADN italiano se había transformado en árabe. Más concretamente, ahora era un 50% levantina, procedente del Líbano.
“Hay muchos factores que influyen en los resultados de estas pruebas de ascendencia”, explica Mohamed Almarri, genetista del Instituto Wellcome Sanger, cerca de Cambridge, Inglaterra. La ascendencia se determina analizando las mutaciones de una persona (esas diferencias que nos hacen únicos a cada uno de nosotros) y comparándolas con un conjunto de referencias (un grupo de personas que representan una raza, etnia, religión o lugar). Estas referencias pueden no ser exhaustivas o pueden contener errores, dice Almarri, señalando una limitación fundamental de estas pruebas de ascendencia.
En los últimos años, los conjuntos de datos de referencia se han ampliado y diversificado gracias al esfuerzo activo de las empresas por recopilar muestras genéticas de grupos no representados, y también porque científicos como Almarri publican sus datos en código abierto. En el caso de Dabaie, 23andMe amplió su conjunto de datos de referencia para incluir a más personas levantinas y luego actualizó el algoritmo que asigna las categorías étnicas.
Aunque 23andMe tiene millones de clientes, su conjunto de datos de referencia para el algoritmo de composición de ascendencia –que muchos clientes creen erróneamente que captura todo el espectro de la diversidad humana– está compuesto por menos de 15 mil personas. Según la empresa, estas fueron “elegidas en general para reflejar las poblaciones que existían antes de que los viajes transcontinentales y la migración fueran comunes”.
La categoría “levantina” de 23andMe está compuesta por 400 muestras de referencia: jordanos, libaneses, sirios y palestinos. Los datos relativos a los palestinos fueron recopilados por el Proyecto de Diversidad del Genoma Humano: 46 palestinos del centro de Israel; 42 drusos del monte Carmelo; y 46 beduinos del Néguev. Según el profesor David Gurwitz, de la Universidad de Tel Aviv, que recogió estas muestras hace unos veinte años, la etnia de los donantes fue autodefinida.
Las subcategorías levantinas en 23andMe, denominadas “Ubicaciones de antepasados recientes”, son Siria, Jordania y Líbano. Pero no hay ninguna categoría palestina. Cuando se le preguntó por qué la empresa no incluye a Israel ni a los territorios palestinos como lugar de ascendencia reciente, 23andMe respondió: “La composición de ascendencia de 23andMe compara el ADN ancestral con las regiones basándose en sus fronteras modernas, y nuestra investigación sugiere que sería difícil hacerlo en este caso”. (Cabe señalar, sin embargo, que 23andMe sí ofrece una categoría transnacional de judíos asquenazíes.)
Para algunos clientes, esto es un reflejo de la negación de la autodeterminación palestina, y existen numerosas peticiones online que exigen que 23andMe “reconozca Palestina”. Pero ¿qué es el ADN palestino? ¿Son los palestinos que se identifican como tales, como grupo, genéticamente distintos de sus vecinos libaneses, sirios o jordanos?
Los estudios científicos sugieren que los individuos de las muestras palestinas, drusas y beduinas del Proyecto de Diversidad del Genoma Humano comparten más mutaciones genéticas entre sí que con otros grupos. También indican que las tres subpoblaciones pueden diferenciarse entre sí. Los palestinos, los beduinos y los drusos pueden, según ese criterio, considerarse un grupo, aunque otros podrían entrar dentro de ese grupo.
Niño Jesús blanco
La historia humana moderna de Palestina comienza tan pronto como el Homo sapiens puso un pie fuera de África. El hueso humano moderno más antiguo, de casi 200 mil años, fue encontrado hace dos años cerca del monte Carmelo, en lo que hoy es el norte de Israel. Sin embargo, este hueso no pertenece a los antepasados de los humanos modernos, sino a una población que emigró del África y más tarde se extinguió.
Esta teoría de múltiples migraciones fuera de África (no solo a través del Sinaí y Palestina, sino también a través del estrecho de Mandeb y Arabia) culminó con la salida exitosa del ser humano moderno de África hace unos 60 mil años. Fue solo hace unos 12 mil años cuando comenzaron la agricultura y los asentamientos permanentes, aparentemente en el Levante, lo que, como era de esperar, provocó un auge demográfico en la zona.
Estos antiguos ocupantes del Levante comparten, de hecho, un vínculo genético con los palestinos modernos. Un estudio realizado por Marc Haber, de la Universidad de Birmingham (Inglaterra), comparó el ADN de las poblaciones actuales de Medio Oriente con muestras de ADN antiguo encontradas en excavaciones arqueológicas. El estudio reveló que los palestinos modernos están genéticamente emparentados con los primeros agricultores del Levante, que a su vez descendían de los cazadores-recolectores natufienses. Curiosamente, los saudíes y yemeníes modernos tienen un vínculo genético más fuerte con estos antiguos levantinos que los palestinos modernos, aparentemente porque estos grupos se separaron y aislaron antes de que el Levante experimentara una importante migración antigua.
Los antiguos levantinos se mezclaron con migrantes del norte procedentes de Anatolia hace ya 10 mil años. También se mestizaron con migrantes de Irán y del Cáucaso, a partir de unos seis mil años, probablemente refugiados que huían de las sequías en Mesopotamia.
Así, hace miles de años, la población del Levante ya era una mezcla de los antiguos habitantes locales y los pueblos que llegaron de otros sitios. Estos migrantes también introdujeron variaciones fenotípicas como los ojos azules (por lo que, aunque “Jesús fuera palestino”, es posible que tuviera el aspecto de un blanco). También se les atribuye importantes transformaciones culturales, como la difusión de las lenguas semíticas.
Ni siquiera romanos
A pesar de los numerosos acontecimientos históricos que llevaron a la ocupación de la región por pueblos procedentes de otros lugares, como se ha dicho, existe una continuidad genética sustancial en el Levante en los últimos tres mil años. “Los levantinos actuales comparten gran parte de su ascendencia con la población de la Edad del Bronce”, afirma Almarri, citando dos estudios que analizaron restos humanos de múltiples yacimientos cananeos.
En términos generales, los palestinos son genéticamente similares en un 80% a los habitantes de la Edad del Bronce, y los beduinos palestinos lo son aún más.
¿Qué hay del otro 20% del ADN palestino? Se añadió un componente del África oriental a la región (una media del 10%, en un gradiente de sur a norte, excluyendo generalmente a la población drusa) y un componente europeo (una media del 8 %, en un gradiente de norte a sur, excluyendo generalmente a la población beduina).
Según otro estudio de Haber, en los últimos dos milenios se han producido numerosas transiciones culturales en el Levante, pero estas no se han traducido necesariamente en grandes transiciones genéticas.
Hubo tres «impulsos» genéticos que contribuyeron a los cambios en el ADN libanés desde la Edad del Bronce. El primero, que introdujo la ascendencia europea, tuvo lugar hace tres mil años durante el llamado colapso de las civilizaciones de la Edad del Bronce, cuando los llamados «pueblos del mar» atacaron el Mediterráneo oriental.
El segundo, que introdujo la ascendencia del centro y el sur de Asia, tuvo lugar hace unos dos mil años durante el reinado de Alejandro Magno, cuyas fuerzas macedonias conquistaron territorios tan lejanos como la India. El tercero, que introdujo (más) ascendencia de Turquía y el Cáucaso, tuvo lugar hace setecientos años, al comienzo del Imperio otomano.
Curiosamente, el estudio no detectó contribuciones genéticas significativas de los romanos o los cruzados. Aunque los cruzados se mezclaron en cierta medida con la población local, Haber descubrió que cualquier rastro genético de los cruzados se diluyó a lo largo de las generaciones.
Todas las familias felices se parecen
El principal factor de diferenciación genética entre los palestinos actuales es la religión y la cultura. Según una encuesta reciente, el 99% de los palestinos se casan dentro de su propio grupo cultural y religioso. Este estudio analizó los tres principales grupos culturales (musulmanes, cristianos y drusos), pero la práctica de la endogamia suele ir más allá, llevando a las personas a casarse dentro de su propia secta, clan o familia.
Con el tiempo, la endogamia detiene el flujo genético entre grupos (mezcla) y da lugar a la diferenciación genética (un patrón de mutación similar). Un ejemplo famoso en la historia europea es la mandíbula prominente de los Habsburgo. Otro son los estudios genéticos que muestran que los judíos modernos descendientes de las comunidades de la diáspora conservaron en general fuertes rasgos de Medio Oriente junto con contribuciones variables de sus vecinos no judíos, según informaron en 2013 el Dr. Harry Ostrer, del Colegio de Medicina Albert Einstein de Nueva York, y el profesor Karl Skorecki, del Campus de Atención Médica Rambam de Haifa.
Haber observó que los cristianos, musulmanes y drusos del Líbano formaban grupos genéticos distintos, y que la afiliación religiosa de una persona es un mejor predictor del perfil de ADN que su geografía.
Además, la fecha de creación de estos grupos genéticos –es decir, el momento aproximado en el que dejaron de mezclarse con otros– se correlacionó con ciertos sucesos históricos. En el caso de los cristianos libaneses, se correlacionó con el dominio helénico hace dos mil años. En el caso de los drusos, se correlacionó con la divergencia de la fe drusa del islam mayoritario hace un milenio. Y para los musulmanes libaneses, curiosamente, no coincidió con la expansión del islam hace 1.300 años, sino setecientos años después, en torno a la creación del Imperio otomano y un Estado semiautónomo en el Líbano.
De hecho, la expansión del islam tuvo el efecto contrario al de la aparición de otras religiones: provocó la mezcla con poblaciones de todo el Imperio islámico, lo que hizo que los musulmanes libaneses se parecieran más a poblaciones lejanas, desde Yemen hasta Marruecos.
El controvertido gen del humus
Mucho antes de que los kits de ADN para determinar el origen ancestral se convirtieran en un popular regalo de Navidad y en una industria multimillonaria, científicos y pensadores de diversas disciplinas advirtieron sobre los peligros éticos del análisis de ADN. Los resultados pueden revelar descendientes secretos, causar confusión en las familias y sacudir la identidad de una persona, y también pueden ser politizados.
En 2018, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, tuiteó un artículo sobre un estudio de ADN que revelaba que los filisteos, un grupo de cananeos costeros que vivían en los alrededores de Gaza, tenían ascendencia europea. El estudio había concluido que un evento migratorio había provocado un impulso genético europeo temporal entre los filisteos de la Edad de Hierro.
Netanyahu explicó correctamente que, a pesar de la similitud semántica, no existe una relación directa entre los palestinos actuales y los antiguos filisteos. Sin embargo, en la misma frase, afirmó erróneamente que los palestinos procedían de la Península Arábiga: “No hay ninguna conexión entre los antiguos filisteos y los palestinos actuales, cuyos antepasados llegaron a la Tierra de Israel desde la Península Arábiga miles de años después. La conexión de los palestinos con la Tierra de Israel no es nada comparada con los cuatro mil años de conexión que el pueblo judío tiene con la tierra”, escribió.
Almarri destaca el peligro de usar la ciencia genética para exacerbar la política del odio y la división. “El peligro radica en confundir la ascendencia con la identidad, que son dos cosas diferentes”, señala. La ascendencia se refiere a los antepasados biológicos de una persona, mientras que la identidad colectiva se refiere al sentido de pertenencia a un grupo. En todo caso, la identidad es en sí misma lo suficientemente poderosa y evolucionó como mecanismo de supervivencia mucho antes de que ningún ser humano pisara Palestina.
Yasmin Zaher