Detalle de un collage de la exposición “Joe Hill: el mártir de Gevalia”. Museo Provincial de Gävleborg, Suecia, 2015. Fuente: https://digitaltmuseum.org
Hace un mes, el célebre músico de rock estadounidense Bruce Springsteen lanzó una nueva canción, que se popularizó en toda la Norteamérica de habla inglesa y en el resto del mundo, y que se convirtió de inmediato en un himno de solidaridad y justicia para el activismo de derechos humanos y la militancia de izquierdas: “Streets of Minneapolis”, inspirada en la tenaz lucha del pueblo de Minesota –barricadas y huelga general incluidas– contra las redadas xenofóbicas y racistas de ICE en la mayor ciudad de dicho estado del Medio Oeste, una urbe industrial con larga tradición de rebeldía (como el histórico paro de los Teamsters –los camioneros y otros trabajadores sindicalizados del transporte– allá por 1934, en plena Gran Depresión; y las masivas movilizaciones del Black Lives Matter contra el crimen de George Floyd –también ocurrido en Mineápolis– durante mayo de 2020, en plena crisis pandémica, bajo el primer gobierno trumpista). Springsteen dedicó la canción a la memoria de la poeta Renée Good y el enfermero Alex Pretti, mártires de la resistencia popular a la barbarie represiva de la policía migratoria, quienes fueron impunemente asesinados a balazos en enero del corriente año, a plena luz del día y a la vista de muchos manifestantes o vecinos, sin más motivo que protestar pacíficamente contra las razzias de “la Gestapo de Trump”, como se la apoda merecidamente.
“Streets of Minneapolis” de Bruce Springsteen nos hizo recordar a Un completo desconocido, la estupenda biopic sobre Bob Dylan que James Mangold filmó el año pasado, protagonizada por Timothée Chalamet. El largometraje es más que un homenaje al joven Dylan de los sesenta que, tras emigrar de su Minesota natal a Nueva York, asciende al estrellato y revoluciona el folk electrificando sus instrumentos, para escándalo de los melómanos tradicionalistas del género. Constituye también, en cierto modo, una ofrenda nostálgica a la música de protesta estadounidense del siglo XX, en general. Aparecen durante el largometraje, de forma directa o indirecta, ya sea con momentos de sus vidas o a través de sus repertorios (que otros artistas de generaciones más jóvenes interpretan), personajes como Joan Báez (que tuvo un tormentoso romance con Dylan entre 1961 y 1965, hoy casi legendario en la cultura pop), Pete Seeger y Woody Guthrie (amigos y mentores del músico nacido en Duluth, condado de St. Louis).
Pero hay un cantor de protesta más antiguo y no menos influyente –un precursor, un clásico– que brilla por su ausencia en la película: Joe Hill (1879-1915). Vale la pena conocer su vida y su obra, aunque no haya sido contemporáneo de Dylan ni de Báez, ni tampoco de Seeger y Guthrie. Es uno de los fundadores de la música popular de protesta en la Norteamérica contemporánea. Todos los artistas mencionados se nutrieron de él y le rindieron tributo, interpretando sus viejas canciones o componiendo otras nuevas que lo evocaban. Bob Dylan, por ejemplo, escribió esto en el primer volumen de sus memorias (Chronicles, 2004):
“Había estado escuchando una canción llamada ‘I Dreamed I Saw Joe Hill’ [de Alfred Hayes y Earl Robinson, 1936]. Tenía la idea de que Joe Hill había sido una persona importante, pero no sabía quién era exactamente, de modo que se lo pregunté a Izzy, del Folklore Center. Izzy sacó del cuarto trasero unos panfletos sobre él y me los dio para que los leyera. Todo aquello podría haber salido de una novela de misterio. Joe Hill fue un inmigrante sueco que […] tras llevar una vida austera plagada de penurias, se convirtió en activista sindical en el Oeste, hacia 1910, y llegó a ser una figura mesiánica que aspiraba a abolir el sistema salarial del capitalismo. Mecánico, músico y poeta, lo llamaban ‘el Robert Burns proletario’. Joe escribió la canción ‘Pie in the Sky’ y se lo considera precursor de Woody Guthrie. Eso era todo lo que yo necesitaba saber. […] La historia de su vida es densa y profunda. Fue uno de los líderes de los Wobblies, la organización más combativa de la clase trabajadora norteamericana. […] Joe fue muy popular entre todos los trabajadores del país […], los unió y luchó por los derechos de todos, arriesgó su vida para mejorar las condiciones de las clases bajas, los desheredados, los trabajadores peor pagados y tratados del país”. Dos décadas después de su muerte, “se compuso ‘Joe Hill’. Yo ya había escuchado algunas canciones de protesta: ‘Bourgeois Blues’, de Leadbelly; ‘Jesus Christ’ y ‘Ludlow Massacre’, de Woody [Guthrie]; ‘Strange Fruit’, de Billie Holiday; y algunas otras. […] Si alguien ha merecido jamás que se le dedicara una canción, ese fue él. Joe tenía luz en sus ojos. Llegué a fantasear con que, si yo la hubiera compuesto, lo habría inmortalizado de otro modo, más como a Casey Jones o a Jesse James; era de justicia. Había pensado en dos posibilidades. Una consistía en titular la canción ‘Esparzan mis cenizas por donde sea, menos en Utah’ y emplear esta frase como estribillo. La otra era poner las palabras en boca de un muerto que habla desde el más allá, como en ‘Long Black Veil’. Se trata de una balada en la que un hombre, para salvar la honra de una mujer, se ve obligado a pagar con la vida por un crimen cometido por otro al que protege con su silencio. Cuantas más vueltas le daba en mi cabeza, más se me antojaba que ‘Long Black Veil’ era una canción escrita por el propio Joe Hill: la última. Nunca compuse una canción en su honor. Pensé en cómo componerla, pero no lo hice.”
Quien sí se ocupó de Joe Hill, en una breve semblanza que aquí rescatamos del olvido, fue nuestro entrañable camarada argentino Horacio R. Silva (1953-2023), escritor y periodista, historiador y discípulo de Osvaldo Bayer, autor de varios libros e innumerables artículos que resultan de suma utilidad para conocer y comprender, con ejemplos concretos del pasado rioplatense y universal (la pueblada de la Semana Trágica en Buenos Aires y Mendoza, la filmación de La Patagonia Rebelde, las prosas del mexicano Ricardo Flores Magón, Sandino y la insurgencia sandinista en Nicaragua, etc.), la potente sinergia entre lucha de clases, utopía socialista y arte.
“Se necesitan más que armas para matar a un hombre” fue originalmente publicado hacia febrero de 2020 en la página web de LatiCe (Latinoamérica en el Centro), con la siguiente bajada: “En 1915 era fusilado en la penitenciaría de Utah el obrero sueco Joe Hill, militante del sindicato IWW y precursor de la canción de protesta en los Estados Unidos”. Latice es una organización no gubernamental con sede en Estocolmo que teje lazos de amistad y cooperación entre Suecia y América Latina, abocada a la promoción de los valores democráticos, la justicia social y los derechos humanos. La presente versión del texto ha sido cuidadosamente revisada y ligeramente retocada –correcciones menores de estilo, adiciones mínimas de contextualización– por nuestro compañero Federico Mare, historiador y ensayista, íntimo amigo de Horacio y prologuista de sus dos últimos libros: Elogio de la mentira y otros relatos (Grito Manso, 2022) y De la Patagonia Trágica a La Patagonia Rebelde: crónica de una película (Anarres, 2024).

Nacido en Gevalia (Gävle), sur de Suecia, el 7 de octubre de 1879 como Joel Emmanuel Hägglund, Joe Hill se crió en el seno de una familia numerosa, que sufrió una tremenda crisis cuando su padre –un obrero ferroviario– murió en un accidente de trabajo. Los niños tuvieron que salir a trabajar para comer y el pequeño Joel, de sólo ocho años, se empleó en una fábrica de sogas hasta que tuvo la edad suficiente –diez u once años– para trabajar paleando carbón en una empresa constructora, donde contrajo tuberculosis.
Cuando murió su madre tenía 22 años y un espíritu inquieto. Junto a su hermano Paul decidieron invertir todo el dinero de la modesta herencia, comprando pasajes de barco para emigrar a los Estados Unidos de América, donde ingenuamente esperaban hacer fortuna. Arribaron a la «tierra prometida» en octubre de 1902.
La realidad los golpeó con extrema crudeza. Sin un centavo, para sobrevivir tuvieron que limpiar escupideras en los bares más turbulentos de Nueva York, por unas pocas monedas. Hartos de esa vida miserable, los hermanos se separaron. Joe salió a recorrer las rutas del país.
En 1906 fue testigo del devastador terremoto que destruyó la ciudad de San Francisco, en California. Sobre ese hecho escribió una crónica periodística, que publicó el periódico de Gevalia.
En los siguientes cuatro años llevó una vida errante, moviéndose por las urbes de la Costa Oeste, trabajando en cualquier oficio: minero, estibador, bracero… Durante este período se cambió el nombre, haciéndose llamar Joe Hillstrom.
En 1910, a los treinta años, ya se había formado una opinión sobre la sociedad en que vivía, y de la barrera infranqueable que existía entre pobres y ricos. Por entonces trabajaba como estibador en San Pedro, California, cuando se le acercaron unos activistas obreros, con quienes mantuvo apasionadas conversaciones acerca de la manera de luchar contra los poderosos para lograr “derribarlos del caballo”.
Este grupo pertenecía al recién fundado IWW (Industrial Workers of the World, Obreros Industriales del Mundo), sindicato clasista donde convergían trabajadores norteamericanos e inmigrantes para luchar organizadamente contra el capitalismo. Debido a la dificultad que tenían estos últimos para pronunciar la sigla en inglés, la organización y sus militantes fueron conocidos popularmente con el nombre de Wobblies.
Joe Hillstrom –que para entonces abrevió su apellido a Hill– se adhirió fervorosamente al IWW, participando en las luchas proletarias y en la afiliación de nuevos miembros. Al poco tiempo, sus compañeros lo nombraron secretario del local de San Pedro.
En su tiempo libre hacía música. Desde pequeño había aprendido en forma autodidacta a tocar piano, guitarra y violín. Joe Hill se dio cuenta de que una canción alegre y pegadiza era más eficiente que un panfleto, por lo que se dedicó a componer y cantar para los obreros en huelga. Así nacieron “Casey Jones, el rompehuelgas del gremio”, “La chica rebelde” y “Trabajadores del mundo, ¡despierten!”, entre otras canciones.
En enero de 1911 organizó una brigada de wobblies que ingresó clandestinamente al norte de México para combatir contra la dictadura de Porfirio Díaz, atravesando a pie el desierto hasta Tijuana, donde se unió a las columnas anarquistas de los hermanos Flores Magón. Eran los prolegómenos de la Revolución Mexicana, que más al sur eclosionó en las milicias campesinas de Emiliano Zapata.
Tras los primeros combates lograron desalojar a las fuerzas porfiristas, y llegaron a fundar comunas ácratas en Tijuana y Mexicali. Pero al poco tiempo, fueron vencidos por las tropas de Francisco Madero, tras lo cual debieron replegarse hacia EE.UU.
En 1913 se trasladó a Salt Lake City, en la Utah conservadora de los mormones, donde se dedicó a agitar y organizar a los trabajadores, entre los cuales vivían muchos paisanos suecos.
Pero el 10 de enero de 1914 se produjo un asalto en esa ciudad, en el cual fueron asesinados un comerciante y su hijo. Esa misma noche, sin ninguna conexión con aquel crimen, Joe Hill se hacía atender de una herida de bala producida en un altercado sentimental con un marido celoso, aunque se negó a dar el nombre de la mujer involucrada en el affaire para proteger su identidad y reputación, según declaró a la policía.
Encarcelado y enjuiciado, Joe Hill fue condenado a muerte en un oscuro proceso penal, en el que no se respetaron los procedimientos legales. Mucho peor que eso: nunca se probó su culpabilidad en el doble crimen.
Una vez conocido el veredicto, la IWW inició una fuerte campaña para detener la ejecución, en la que llegaron a interesarse el presidente Woodrow Wilson y la embajada de Suecia. Sin embargo, la sentencia fue confirmada.
En su último telegrama al presidente de la IWW, Joe Hill le escribió: “Muero como un verdadero rebelde. No pierda el tiempo en luto. ¡Organice!”.
Joe Hill fue fusilado por un pelotón en la penitenciaría de Utah, el 19 de noviembre de 1915. Según declaró luego uno de los soldados que lo mató, fue el propio Hill quien dio la orden de disparar.
Sin embargo, el legado de Joe Hill perduró en el tiempo. A un siglo de su muerte, se reconoce la influencia de su música en las composiciones de Woody Guthrie (quien solía alentar con su guitarra las huelgas rurales de los años treinta), en algunos temas de John Lennon como “Héroe de la clase obrera”, y en toda la obra de Bob Dylan.
En la zona céntrica de Gevalia, rodeado de un jardín, funciona un museo dedicado a su memoria. Es la antigua casa de la familia Hägglund, un modesto chalet de madera pintado de amarillo.
Diez años después de su ejecución, el poeta Alfred Hayes lo evocó en un poema, “I Dreamed I Saw Joe Hill Last Night”, que sería musicalizado por Earl Robinson en 1936. La cantante de protesta Joan Báez lo popularizó en el mítico Festival de Woodstock de 1969, hito de la contracultura hippie, con el nombre de “Joe Hill”:
Anoche soñé que vi a Joe Hill
tan vivo como tú y yo.
Le dije: «pero Joe, hace diez años que estás muerto».
“Nunca he muerto”, dijo él.
“Los patrones del cobre te mataron”.
“Ellos te fusilaron, Joe”, le dije.
“Se necesitan más que armas para matar a un hombre.
Dijo Joe: “nunca he muerto”.
Y parado ahí, tan grande como la vida,
y sonriendo con sus ojos,
me dijo: “los que ellos olvidaron matar,
salieron a organizar”.
“Joe Hill no está muerto”, me dijo.
“Joe Hill nunca murió”.
“Allí donde los trabajadores estén en huelga,
Joe Hill estará a su lado”.
“Desde San Diego, hasta el Maine,
en cada mina y en cada lugar de trabajo,
donde los trabajadores defiendan sus derechos,
allí encontrarás a Joe Hill”, dijo él.
Existe una magnífica película sobre este entrañable luchador y artista de los albores del siglo XX: Joe Hill (1971), del director sueco Bo Widerberg, quien también escribió el guion. Filmada en Norteamérica y protagonizada por Thommy Berggren, obtuvo el premio del jurado en el Festival de Cannes, el mismo año de su estreno. Puede vérsela en YouTube.
Horacio Ricardo Silva