Fotografía publicitaria del Moskvich 408, un clásico automóvil soviético de tipo familiar fabricado por MZMA entre 1964 y 1976. Siguió siendo muy popular hasta la caída del Muro de Berlín, tanto en la URSS como en otros países de la Europa del Este. Fuente: Puerta a Rusia.
Para amenizar la espera del nuevo número de Corsario Rojo, cuyo lanzamiento está muy próximo, compartimos otro fragmento de “¿Argentina zurda?”, el nuevo ensayo de nuestro camarada argentino Federico Mare, historiador por formación y polímata a discreción. Pueden leer el extracto anterior aquí.
En esta Argentina del “fenómeno Myriam Bregman” y un revitalizado debate político-intelectual entre las izquierdas revolucionarias (dentro y fuera del FITU), convendría detenernos un poco en la herencia soviética y el llamado “socialismo real”, que tienen no solo relevancia y vigencia per se, en general, sino también una pertinencia específica para las fuerzas anticapitalistas del siglo XXI. El trotskismo ha sido muy crítico de las derivas estalinista y maoísta del marxismo-leninismo en las posrevoluciones rusa y china: la burocratización, el autoritarismo, el culto a la personalidad, el “socialismo en un solo país”, las pulsiones hegemonistas en política exterior, etc. Ni qué decir el anarquismo1, cuya impugnación de lo que tradicionalmente ha considerado “socialismo autoritario” va mucho más allá del estalinismo y el maoísmo, hasta abarcar todo el espectro marxista-leninista, incluyendo al propio trotskismo, no siempre con razón pero muchas veces no sin razón (y aun al marxismo libertario, una desmesura de dogmatismo sectario que el ácrata francés Daniel Guérin cuestionó con sensatez e intrepidez –y no poca lucidez– desde una postura dialoguista y unionista que suscribo totalmente).
Tengo muchos acuerdos sustanciales con esta doble vertiente de crítica antiburocrática, antiautoritaria. El antiestalinismo –teórico y práctico– siempre me ha parecido muy necesario, no solo con respecto al modelo soviético original, sino también con respecto a otros procesos revolucionarios influidos por él, como los de la China maoísta y la Cuba castrista, por no hablar de la Corea del Norte que gobierna la «dinastía» creada por Kim Il-sung (“Líder Supremo” y “Presidente Eterno de la República”), último reducto estalinista del mundo, aunque también allí hubo cierta desestalinización (muy limitada y gatopardista, a la manera juche del PTC). La caída del Muro de Berlín, el fracaso estrepitoso del “socialismo real” (incluso en los dos únicos países donde se las ha ingeniado para sobrevivir, bajo el asedio feroz del imperialismo yanqui: Cuba y Corea del Norte), nos impone el deber de revisar críticamente, sin concesiones, el legado soviético y maoísta. Si vamos a proponer nuevamente una revolución socialista a escala mundial en pos de la realización de la utopía comunista, tenemos que tener muy claro en qué nos equivocamos y cómo podríamos corregir esos errores mirando al porvenir.
Por supuesto que muchos historiadores e intelectuales –trotskistas y no solo trotskistas– han escrito regueros de tinta al respecto. Ya tenemos varias certezas importantes bastante consensuadas. El colapso de la Unión Soviética fue un fenómeno histórico multicausal, como tantos otros. La fuerte presión imperialista del capitalismo –la Guerra Fría– tuvo una incidencia no menor, sin dudas: por un lado, aislamiento relativo de las economías socialistas, con sus secuelas en términos de abastecimiento e innovación tecnológica; por otro lado, hipertrofia del aparato militar y de inteligencia, con su sangría de recursos. También coadyuvó, en cierta medida, la crisis de los independentismos/separatismos nacionales dentro del Pacto de Varsovia y dentro mismo de la URSS: el Otoño de Naciones y el Desfile de Soberanías no deberían ser minimizados.
Pero las causas de mayor peso fueron otras dos. En el plano superestructural o político-cultural, el autoritarismo y la burocratización: la dictadura de partido único, el avasallamiento de las libertades públicas e individuales, la censura y represión de la disidencia, la rigidez y el gigantismo del Estado, la corrupción de la nomenklatura como bofetada al principio de igualdad, los excesos de la planificación central de la economía, el filisteísmo educativo y artístico, el dogmatismo intelectual, etc. Pero la clave principal radica en las condiciones materiales de existencia del pueblo trabajador. La URSS y los demás países socialistas lograron, amén de disminuir enormemente la desigualdad económica, establecer un piso alto en satisfacción universal de las necesidades primarias o básicas (alimentación, salud, vivienda, pleno empleo, legislación laboral, sistema previsional, escolaridad, etc.), en claro contraste con las sociedades capitalistas, donde esa universalidad nunca se ha dado, ni siquiera en los países más desarrollados y welfaristas como los escandinavos, con altas mediciones del coeficiente de Gini. No obstante, la Unión Soviética y los otros países del “socialismo real” fallaron en algo. Fijaron un techo bajo en satisfacción de las necesidades secundarias asociadas a cierto “confort” o bienestar. No establecieron un nivel de consumo menos racionado y más diversificado de bienes y servicios, ni mayores umbrales de disfrute cotidiano de los últimos avances técnicos, ni formas menos estandarizadas de ocio, ni tampoco modos de vida más emancipados de ese rigorismo proletario casi espartano heredado de los hard times del estalinismo (las urgencias y penurias de la colectivización agraria y la industrialización pesada contra reloj, las exigencias y dificultades de los primeros planes quinquenales, los esfuerzos productivistas a destajo del estajanovismo, los descomunales sacrificios materiales y humanos de la Gran Guerra Patria contra la invasión nazi)… Lejos estoy de querer reivindicar el consumismo capitalista y el hedonismo extremo. Cierto grado de sencillez y austeridad es saludable, tanto por razones psíquico-filosóficas como de ecología política. La sobreproducción de bienes, el lujo y otras variantes de voluptuosidad (satisfacción ilimitada e inmediata de deseos) nos hacen daño, tanto individual como colectivamente. Y dañan la naturaleza, además: extractivismo, contaminación, calentamiento global, pérdida de biodiversidad, etc. Pero, dicho todo esto, debemos admitir que el socialismo real no logró elevar lo suficiente el techo del bienestar individual y social. Subió notablemente el piso: erradicar el hambre, la indigencia, el desempleo, la precariedad laboral, la falta de acceso a un buen sistema de educación y salud públicas, la mala cobertura en previsión social (pensiones y jubilaciones). Todo esto es cierto, pero no menos cierto es que hubo un déficit en satisfacción de necesidades secundarias; necesidades secundarias que no tienen por qué ser consumistas o antiecológicas, ni desmesuradamente individualistas, hedonistas o narcisistas. Este fue el talón de Aquiles del “socialismo real”: una austeridad excesiva, demasiado divorciada del confort o bienestar. La antigua ética estoica, en contraste con la moral cristiana y budista, nunca postuló la antihumana erradicación del goce, sino una prudente moderación. No veo razón para que las izquierdas anticapitalistas no debamos recuperar selectivamente –críticamente– una porción importante del estoicismo como Lebensphilosophie o «filosofía de vida».
El techo bajo del “socialismo real” fue el resultado de los problemas económicos y tecnológicos (cuellos de botella en la asignación de recursos, estímulos insuficientes a la productividad laboral, anquilosamiento de la ciencia básica y aplicada, etc.) que generaron la planificación estatal excesivamente centralizada y rígida del Gosplán (sustituto muy defectuoso del mercado, que también es muy imperfecto, por cierto, aunque por otras razones)2 y el crecimiento elefantiásico del complejo militar-industrial bajo la dirección del VPK (demasiado empoderado por la carrera armamentista contra la OTAN, la amenazante alianza liderada por el hegemón imperial estadounidense). Cabe hacerse esta pregunta contrafactual: ¿qué hubiera sido de la Unión Soviética si hubiese iniciado su modernización socialista desde un peldaño histórico más alto que el atrasado imperio zarista, y sin los límites ni las presiones del imperialismo capitalista? La pregunta es pertinente por varias razones, entre otras, estas dos: 1) porque el máximo bienestar del “socialismo real” se alcanzó no casualmente en la RDA y Checoslovaquia, las únicas zonas del mundo donde ese sistema económico se implantó sobre bases capitalistas altamente desarrolladas; y 2) porque la Unión Soviética llegó a destinar cerca de un 15 por ciento de su PBI3 (probablemente más: hasta un 20 o 25% en la tardía década del ochenta) a los gastos en defensa, desproporción ruinosa, muy superior a la de Estados Unidos.
Maticemos: el techo bajo del “socialismo real” no siempre fue tan bajo, ni en todas partes. En la década del cincuenta, cuando la Segunda Guerra Mundial ya había quedado atrás y la reconstrucción posbélica estaba completada, cuando Kruschev se convirtió en secretario general del PCUS y puso en marcha la desestalinización (parcial), los obreros de algunos países y áreas metropolitanas de la Europa del Este alcanzaron un grado de bienestar considerable, similar al de los países capitalistas más desarrollados, pero con niveles más altos de universalidad en la satisfacción de necesidades primarias y secundarias: RDA y Checoslovaquia, Moscú y Leningrado… realidades muy distintas a la RSS de Tayikistán y la Mongolia del PRPM, a la China de Mao y el Vietnam de Ho Chi Minh, naciones abrumadoramente campesinas o pastoriles, poco o nada industrializadas. Pero promediando la década del sesenta, con el gran salto tecnológico de la Tercera Revolución Industrial (auge de la electrónica, boom de la informática, etc.) y el advenimiento del posfordismo, la URSS y los demás países socialistas empezaron a rezagarse. Fue la época del Zastoy o «estancamiento», prolongado período de marasmo económico que coincidió grosso modo con el liderazgo de Brézhnev (1964-1982), y que devino en declive irreversible y crisis terminal con Gorbachov y su fallida Perestroika, hasta la caída del Muro de Berlín (1989) y el colapso de la Unión Soviética (1991).
En China, el ambicioso proyecto de modernización económica del “Gran Salto Adelante” (1958-1962) terminó muy mal, en catástrofe humanitaria (“Gran Hambruna”). El desarrollo tecnológico e industrial a gran escala acontecería tras la muerte de Mao, desde que el revisionista Deng Xiaoping fue nombrado líder supremo de la República Popular a fines del 78, en el marco de la “Reforma y Apertura” (la intrincada transición inversa desde el socialismo de Estado al capitalismo de Estado), proceso muy dilatado de transformaciones que se aceleraría notablemente con la incorporación formal de China a la OMC en 2001; broche de oro a su integración creciente en la globalización neoliberal, primero como proveedora masiva de manufacturas de bajo valor agregado y luego como mayor potencia del mundo en producción fabril (hacia 2010) e innovación high-tech (en torno a 2021-2023).
¿Cuba? Al socialismo cubano cuesta mucho juzgarlo… Un país demasiado pequeño en superficie y población, demasiado modesto en recursos naturales y demasiado próximo a Estados Unidos, su todopoderoso e inescrupuloso archienemigo. La ayuda material y protección militar de la Rusia putinista, las relaciones económicas con China, sin desmerecerlas, palidecen con las que otrora ofreció la Unión Soviética. La cruda realidad del bloqueo imperialista a la isla, que lleva más de sesenta años, no puede ser ignorada ni minimizada. Hasta la disolución de la URSS, era muy legítimo formular críticas constructivas y responsables por izquierda al régimen castrista, tanto por razones políticas como económicas (críticas en gran medida similares a las que se le hacían a la Unión Soviética). Pero con el advenimiento del “Período Especial” durante los noventa y el endurecimiento de las sanciones estadounidenses, el margen para hacer eso se fue reduciendo drásticamente. En el siglo XXI, la expansión del turismo receptivo (actividad generadora de empleo y divisas), la importación abundante de hidrocarburos a bajo precio desde la Venezuela bolivariana y el atemperamiento del embargo yanqui con Obama parecieron rehabilitar la posibilidad de discutir constructiva y responsablemente al experimento socialista cubano, sin infravalorar sus grandes logros (mejoras en sanidad y educación, descenso de los niveles de pobreza y desigualdad, avances en I+D, jerarquización de deportes olímpicos, etc.) en comparación con otros países de la región como Haití, o con el pasado prerrevolucionario y semicolonial de la propia Cuba. Sin embargo, la ventana de oportunidad comenzó a cerrarse pronto, con la primera presidencia trumpista y el recrudecimiento del bloqueo, que Biden no revirtió en lo sustancial. El secuestro manu militari de Maduro a principios de 2026 –para un gran circo de lawfare en Nueva York– y el vasallaje de Caracas con un Trump 2.0 fuertemente vinculado –por intermedio de su secretario de Estado, Marco Rubio, hijo de emigrados cubanos– al lobby anticastrista de Miami, acompañados de un cerco inusitadamente exacerbado a la isla (un asedio inhumano de ribetes medievales, como el que Israel ha impuesto a Gaza con fines genocidas), vuelven bastante absurdo e injusto –o cuando menos muy inoportuno– someter a crítica al régimen socialista de Cuba en esta coyuntura de emergencia existencial. Hubo un tiempo en que Cuba pudo haber hecho mejor las cosas, pero hoy apenas sobrevive y merece toda nuestra solidaridad fraternal, en honor al antiimperialismo y al internacionalismo socialista.
¿Y Corea del Norte? Su poder de disuasión nuclear, su alianza militar con la adyacente Rusia y su vecindad e intensos vínculos económicos con China habilitan una crítica severa sin ambages a su sistema económico y político. Un sistema con demasiadas rémoras del estalinismo puro y duro, desde la centralización estatista asfixiante hasta una dictadura totalitaria de contornos distópicos orwellianos, pasando por un culto a la personalidad de niveles grotescos, casi patológicos. Corea del Norte debe ser nuestro antimodelo de socialismo, sin que eso nos impida solidarizarnos con el pueblo norcoreano cada vez que sufra atropellos imperialistas.
Las izquierdas marxistas y anarquistas ya tienen una explicación satisfactoria del fracaso del “socialismo real”. Han hecho, asimismo, un balance crítico sin concesiones de aquella experiencia histórica revolucionaria que se quedó a mitad de camino en la larga marcha hacia la utopía comunista, en el luengo derrotero rumbo a la “asociación de productores libremente asociados”. El trotskismo, por ejemplo, con su robusta tradición de disidencia intelectual y oposición política al estalinismo, ha producido obras valiosas. Pero esta historiografía crítica asociada al campo de la militancia y sus debates político-estratégicos permaneció anclada, mayormente, en el mar aproximativo e interpretativo –altamente conjetural– de las generalidades, de las hipótesis totalizadoras como las que intenté sintetizar líneas arriba, a vuelapluma. Necesitamos mucho más que eso. Necesitamos también erudición sovietológica con experticia especializada, aunque libre de las taras del academicismo: fragmentación descriptivista, profesionalismo «despolitizador», interrogantes superfluos, constataciones perogrullescas, etc. No basta con que sepamos, en trazo grueso, por qué el “socialismo real” fracasó. Tenemos que cartografiar ese fracaso con todo detalle analítico y precisión empírica: aspecto por aspecto, lugar por lugar, época por época. Debemos poner la sovietología al servicio de la autocrítica, para que la autocrítica sea rigurosa y no cháchara especulativa; para que nos resulte fecunda, útil, capaz de iluminarnos el camino venidero de la construcción de un nuevo socialismo que conduzca –esta vez sí– al auténtico comunismo. Una autocrítica, en suma, capaz de aleccionarnos, de ayudarnos a no cometer los mismos errores en el futuro.
Y algo más necesitamos, no menos relevante, y acaso más relevante: saber qué cosas se hicieron bien en el “socialismo real”, para recuperarlas y perfeccionarlas en un nuevo amanecer socialista. Trotskistas y anarquistas, por obvias razones de sesgo ideológico, han tendido siempre a «contar todas las costillas» del estalinismo y del maoísmo, evitando –por lo general– sopesar en la balanza ningún elemento positivo. Este ultracriticismo tan mezquino y contraproducente ha tenido un fuerte componente de dogmatismo sectario e inquina facciosa. No se trata de lavarles la cara a Stalin y Mao, de volvernos cómplices indulgentes de las absurdidades o barbaridades del estalinismo y maoísmo, sino de cultivar la mesura crítica de forma constructiva. No puede haber sido todo invariablemente malo en el “socialismo real”, y de hecho no fue así. Quienes en las izquierdas revolucionarias pontifican lo contrario, que todo fue pésimo sin excepción ni atenuantes, que nada –absolutamente nada– provechoso podría rescatarse de aquella vasta experiencia histórica, de aquel enorme experimento económico-social que duró tantos años (más de setenta en la Rusia bolchevique, cerca de treinta en la China maoísta) incurren en prejuicios políticos, en un apriorismo abstracto de lo más miope y fútil. Deberíamos superar estas pasiones tristes con temperancia racional y rigor crítico, e iniciar una ancha senda de investigaciones empíricas a fondo, de estudios meticulosos, con mucha historia comparativa e historia contrafactual que potencien nuestra imaginación utópica y nuestro pensamiento estratégico.
¿Qué hizo exactamente mal y bien la URSS en materia de producción, trabajo, salud, educación, vivienda, transporte, previsión social, género, minorías étnicas, cultura, infraestructura, medio ambiente, investigación y desarrollo, discapacidad, ocio, deporte, etc.? ¿Y qué ocurrió con los otros países europeos de la esfera de influencia soviética como RDA, Checoslovaquia, Hungría y Polonia? El historiador ruso Aleksandr Nogovishchev y la etnógrafa estadounidense Kristen Ghodsee, entre otros autores, están haciendo aportes notables a la sovietología desde una perspectiva revisionista de izquierda. ¿Y qué hay de ese socialismo tan sui generis –menos estatista, menos centralizado– que se desarrolló en la Yugoslavia de Tito, con heterodoxia y autonomía respecto al Kremlin y al Pacto de Varsovia? ¿Nada de nada se puede rescatar del “socialismo real” en China, Vietnam y otros países del Asia oriental? ¿La Revolución Cubana es solo una acumulación de errores y fracasos sin ningún legado, sin ninguna enseñanza? La realidad siempre es más compleja y matizada que nuestros prejuicios ideológicos…
Intuyo una objeción facilista por parte de muchos militantes –y algunos intelectuales– de izquierda: estás cayendo en el pecado de la nostalgia. Dado que el “socialismo real” ha fracasado rotundamente, dado que el estalinismo y el maoísmo persiguieron con ferocidad al trotskismo y otras izquierdas disidentes, el socialismo del futuro deberá ser –aducirán mis detractores– totalmente novedoso, vuelto a crear desde cero. El “espejo de la historia” (experiencias de la URSS, la China maoísta, la Yugoslavia socialista, etc.) puede servirnos solo por la negativa, de advertencia general, para no cometer las mismas equivocaciones, y nada más. Pero no puede sernos de utilidad por la positiva. Estamos condenados a la innovación absoluta, sin un legado teórico-práctico reivindicable. Este filoneísmo extremo y arrogante constituye una sofistería de lo más perniciosa. No se trata de volar como Ícaro en el cielo de las añoranzas evasivas y sus idealizaciones autocomplacientes, sino de mantener los pies sobre la tierra del realismo y la practicidad. Nada de esto se puede lograr sin una memoria e historiografía críticamente equilibradas, capaces de discernir tanto lo malo que nos ha dejado el “socialismo real” (muchas lecciones amargas, que no quepan dudas) como lo bueno (varias enseñanzas luminosas, debiéramos admitir con ecuanimidad, sin culpa ni vergüenza).
Extraviarse en la nostalgia soviética o socialista no tiene sentido, pero sí lo tiene comprender por qué tanta gente en la Europa oriental y central experimenta ese sentimiento. En las regiones germanas que integraron la RDA (Sajonia, Brandemburgo, Turingia, etc.), el fenómeno está muy extendido y tiene una impronta peculiar, a punto tal que se acuñó en alemán un chispeante neologismo: Ostalgie, que juega con la paronimia de Nostalgie (nostalgia) y Ost (Este). En 2019, con motivo del trigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, el Instituto Allensbach dio a conocer una encuesta que causó conmoción: el 57% de los alemanes orientales opinaba que estaba materialmente mejor en tiempos de la RDA. El 49% matizó esta opinión admitiendo el problema político y cultural de la falta de libertades democráticas, pero un 8% aseveró categóricamente que era más feliz bajo el socialismo. Vale decir que, para una mayoría clara de la sociedad germano-oriental, la reunificación nacional bajo el régimen capitalista había significado un deterioro económico y social, no solo a corto plazo (coyuntura transicional de shock, preludiando los noventa), sino a largo plazo (resultado final del proceso, treinta años después).4
En Rusia y otras repúblicas de la antigua URSS ocurre algo similar, igual que en varios países que integraron el Pacto de Varsovia. En lo que va de este siglo, diversas encuestadoras eslavas y occidentales –la ONG rusa Levada y la multinacional estadounidense Gallup, por solo mencionar dos especialmente conocidas– han sondeado el fenómeno en diferentes lugares y momentos, y siempre los resultados causan asombro y perplejidad a los grandes medios –liberales otanistas o prorrusos soberanistas, pero en ningún caso revolucionarios anticapitalistas– que difunden la noticia: una proporción muy significativa de la población declara añorar los tiempos de la Unión Soviética y del “socialismo real”. El fenómeno es fluctuante pero muy persistente. Se viene registrando desde los noventa –tan tempranamente como 1992-93, inmediatamente después del colapso de la URSS– hasta la actualidad. Hacia 1999, cuando Yeltsin concluía su largo gobierno neoliberal de shock, la nostalgia soviética rondaba el 75% de la sociedad rusa, sentimiento que venía creciendo desde un piso nada bajo, por cierto: a inicios de su gestión, el 50% ya decía estar arrepentido de haber abandonado el régimen socialista. Con la estabilización y recuperación económicas del primer decenio putinista, la nostalgia soviética descendió hasta el 40/50 por ciento de la población rusa. Pero luego repuntó durante los tiempos difíciles de recesión o estancamiento provocados por las sanciones occidentales y la crisis pandémica, hasta alcanzar el 65% en 2020 y el 63% en 2021, últimos años compulsados por Levada (al parecer, la escalada de la guerra contra Ucrania en febrero de 2022, a causa de la llamada “Operación Militar Especial”, derivó en censura putinista o autocensura por efecto rally ‘round the flag: se consideró antipatriótico seguir midiendo la añoranza por la URSS)5. En 2013, una encuesta de Gallup realizada en once de las quince repúblicas postsoviéticas (Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Moldavia y todas las del Asia transcaucásica y central, con excepción de Uzbekistán)6 reveló que el 51% consideraba la disolución de la URSS como más perniciosa que beneficiosa, con picos de 66 y 61 por ciento en Armenia y Kirguistán, respectivamente. En 2017, el Pew Research Center constató algo similar: la mitad o más de los armenios, bielorrusos y moldavos echaban de menos la estabilidad económica e integración social de los tiempos soviéticos.7 Durante estos últimos años, con la espiral bélica de Ucrania y el retorno anacrónico de la retórica Cold War, los sondeos de nostalgia soviética se han vuelto algo tabú, desde luego, tanto en la Rusia putinista como en el Occidente rusofóbico. Ni hablar en Alemania, donde la tergiversación y demonización de la Ostalgie ha alcanzado ribetes delirantes, so pretexto del crecimiento de la ultraderecha neonazi, principalmente de la AfD (fenómeno que ha discurrido en paralelo con la criminalización del movimiento propalestino, bajo la etiqueta mendaz y difamatoria de “antisemitismo”, aplicada incluso a personas judías, antisionistas o no).
¿Qué hay detrás de la nostalgia soviética o socialista? Las encuestas son elocuentes. Se añora una sociedad que, más allá de sus carencias y desviaciones, de sus errores y horrores (desde las ineficiencias burocráticas de la planificación central hasta las aberraciones dictatoriales del partido único, pasando por la eritrocitosis del complejo militar-industrial y la anemia de bienes y servicios asociados al confort), garantizaba muchos derechos esenciales de forma universal: pleno empleo, estabilidad laboral, salario digno, condiciones de trabajo progresivamente reguladas, educación y salud públicas de calidad, cobertura robusta de seguridad social, acceso facilitado a la vivienda, etc. También ofrecía otro beneficio: bajos niveles de desigualdad económica e injusticia social, al menos en comparación con el capitalismo. Desde los noventa, la ofensiva capitalista destruyó todo eso: privatización de servicios públicos, precarización laboral, desfinanciamiento de la sanidad y escolaridad… ¿Cómo no añorar entonces los años soviéticos, especialmente aquellos que precedieron al estancamiento brezhneviano y la debacle gorbachoviana? Tal nostalgia no supone, por lo general, ninguna negación acrítica de los serios problemas que aquejaban al “socialismo real”. La gran mayoría de los nostálgicos encuestados admite que la falta de democracia y el techo bajo de confort eran motivo de frustración y padecimiento. No obstante, priorizan el piso alto de necesidades básicas satisfechas. Y algo más, no menos importante: saben por experiencia que el confort capitalista no es para todos (ni parejo), y que la democracia liberal es una farsa plutocrática. En la Alemania oriental, donde otrora existió la RDA, muchos de estos nostálgicos traccionaron con su voto –no hace tanto, aunque no parezca– el masivo crecimiento electoral de Sahra Wagenknecht, un fenómeno político tan complejo y peculiar (expresión de un proletariado disconforme y autoorganizado, a la vez que manifestación de una izquierda reformista y desradicalizada, con intensa vocación de conciliación policlasista frente al Mittelstand) como incomprendido y estigmatizado (tergiversación y descalificación de cualquier crítica al wokismo, por sensata que fuere, como “rojipardismo”).
¿Idealización del pasado? ¿Malmenorismo retrospectivo? Quizás un poco, pero sería necio y arrogante reducir el fenómeno a eso. El “socialismo real” cosechó logros muy reales, bien tangibles. Hubo un medio vaso vacío, no hay dudas. Pero también hubo, innegablemente, un medio vaso lleno: universalidad de derechos esenciales garantizados, universalidad de necesidades básicas satisfechas.
El desafío por delante está muy claro: completar el vaso del socialismo con democracia sustantiva y confort moderado. Aunque apresurémonos a sumar un tercer elemento, hoy más imprescindible que nunca: una perspectiva ecológica radical, pero sensata y responsable en su decrecentismo (léase: no hacer tabula rasa de las asimetrías sociales y geopolíticas, o dicho más claramente, no equiparar abstractamente a los capitalistas superricos con los obreros precarizados, las personas indigentes y los campesinos en vías de proletarización; ni a las grandes potencias hiperdesarrolladas del Norte Global, como Estados Unidos y China, con los países periféricos del Sur Global largamente expoliados y pauperizados, como Somalia y Haití).
Es lógico que progresistas y derechistas del “extremo centro” desprecien la nostalgia soviética con ceguera y altanería, pero es preocupante –e indignante– que tantos trotskistas y anarquistas hagan lo mismo. No se trata de arriar la bandera del antiestalinismo, tan valiosa para las izquierdas consecuentemente comunistas y libertarias (o democráticas), sino de mantenerla en alto con temperancia crítica, sin dogmatismos sectarios. En todo naufragio quedan restos a flote para aprovechar. No podemos darnos el lujo de practicar un utopismo ex nihilo, memorioso en su pesimismo y amnésico en su optimismo. Así como conocemos y comprendemos al dedillo en qué falló el “socialismo real” y por qué, debemos ser capaces de conocer y comprender en qué acertó. La dialéctica hegeliana nos enseña a aprehender los “momentos de verdad”. Si los aprehendemos, aprenderemos a ser mejores socialistas, es decir, revolucionarios anticapitalistas con la sapiencia necesaria no solo para reinstaurar el socialismo en las nuevas circunstancias del siglo XXI, sino también para encauzarlo –esta vez con éxito– hacia la utopía comunista.
Federico Mare
NOTAS
1 “Anarquismo” a secas únicamente debiera significar –se sobreentiende, por su etimología griega– anarquismo de izquierda, o sea, acratismo socialista (en el sentido más amplio y primigenio de esta última palabra: anarquismo colectivista a lo Bakunin, anarcocomunismo a lo Kropotkin, anarquismo mutualista a lo Proudhon y otras formas de economía socializada sin Estado), o bien, acratismo individualista no capitalista (léase: un anarquismo a lo Tucker, quien abogaba por una sociedad libertaria e igualitaria basada en la pequeña propiedad personal y la circulación simple de mercancías, sin dinámicas de expoliación, acumulación y explotación que generen estratificación de clases). El autopercibido “anarquismo de derecha”, el sedicente “anarcocapitalismo” de Rothbard y sus epígonos, no merece llamarse así, puesto que el anarquismo siempre ha combatido –desde sus orígenes– toda forma de arché o dominación, no solo la estatal e imperial, sino también la clasista y patriarcal, entre otras. Quien lea la Política de Aristóteles, por solo mencionar una fuente clásica, comprobará fácilmente que los antiguos griegos de ningún modo restringían la arché al gobierno de la polis. Tampoco a lo que hoy llamaríamos “relaciones internacionales”: el imperialismo ateniense, por ejemplo, que Tucídides conceptualizó como arché en su célebre Historia de la guerra del Peloponeso (para referirse al expansionismo coercitivo de Atenas sobre la Liga de Delos, en reemplazo de la hegemonía o liderazgo consentido que se había desarrollado durante las dos primeras Guerras Médicas). En el oikos, en el ámbito doméstico, el patriarca –asimilado a la figura de un rey– ejercía la arché tanto sobre su mujer e hijos (arché basiliké) como sobre sus esclavos (despoteia). El anarquismo debe su nombre a su finalidad utópica, en el buen sentido: la anarquía (o acracia), que proviene del griego anarchía, «sin poder» o «sin dominio» en general: ausencia no solo de dominación estatal o arché politiké (en fraseología aristotélica), y de imperialismo a nivel geopolítico, sino también ausencia de patriarcado, esclavitud y cualquier otra forma de opresión de clase. Ergo: “anarcocapitalismo” es un oxímoron farsesco, aunque Milei cacaree lo contrario. En relación a la presunta postura “anarcocapitalista” del jefe de Estado argentino (metáfora del topo) y su coexistencia paradojal con el minarquismo «realmente existente» (un tanto sinuoso, por cierto: neoliberalismo extremo de doble rasero, según la clase), véase mi ensayo “Protesta y represión, memoria y negación. Pensar subversivamente Mileilandia”, en Corsario Rojo, nro. 9, primer semestre 2025, pp. 55-62. Disponible en https://kalewche.com/cr8.
2 En la distribución de bienes y servicios a través del mercado, mediante la ruda y ciega espontaneidad e inmediatez de unos agentes privados regidos exclusivamente por sus intereses privados, el equilibro entre oferta y demanda se logra espasmódicamente, con irracionales tardanzas, carestías y despilfarros. Por otra parte, y no menos importante, la pendiente resbaladiza de la circulación mercantil desde su forma simple (M-D-M) hacia la valorización capitalista (D-M-D’) ha generado una desastrosa espiral de concentración económica de altos costos sociales: desigualdad, desempleo, pobreza, desnutrición, morbilidad, etc. La experiencia histórica es muy elocuente al respecto.
3 Cf. José L. Rodríguez, “El impacto del gasto militar en el mundo: 1950-2013”, en Revista de Estudios Estratégicos, La Habana, enero-junio 2014, pp. 117-125.
4 Cf. https://grokipedia.com/page/Ostalgie.
5 La Rusia de Putin evolucionó desde la ortodoxia neoliberal más pura y dura (el laissez faire salvaje heredado en 2000 de un Yeltsin aspérrimamente globalista y occidentalista, despiadadamente ajustador y privatizador-desregulador) hacia la heterodoxia soberanista y bonapartista del capitalismo de Estado. Un capitalismo de Estado sustentado en dos pilares: el populismo patriotero y conservador del movimiento Yedínaya Rossíya (Rusia Unida) y el gran augeexportador de los commodities energéticos (hidrocarburos). Durante muchos años, el capitalismo de Estado de la Rusia putinista –que incluye el interregno de Medvédev entre 2008 y 2012– fue muy timorato en sus avances desarrollistas y redistributivos, en claro contraste con la China posmaoísta de Xi Jinping y sus predecesores. Sin embargo, debe admitirse que el proceso se aceleró sensiblemente en 2022 con la guerra de Ucrania, subrogada por la OTAN. Bajo esta amenaza existencial de Occidente, el capitalismo de Estado de la Federación Rusa ha dado un gran salto adelante en términos de variables macroeconómicas y políticas de bienestar social, apalancado por el “keynesianismo militar”, en palabras del sociólogo marxista ucraniano Wolodymyr Ischtschenko. Véasesu artículo pionero de intervención pública “Russia’s military Keynesianism”, en Al Jazeera, 26 de octubre de 2022. Para un tratamiento académico más riguroso, dotado ya de una mayor amplitud diacrónica, puede leerse su paper –en coautoría con Ilya Matveev y Oleg Zhuravlev– “Russian Military Keynesianism: Who Benefits from the War in Ukraine?”, en PONARS Eurasia Policy Memo, nro. 865, nov. 2023.
No hay que hacerse ninguna ilusión socialista con Putin y sus adláteres de Rusia Unida. En reiteradas ocasiones han hecho «profesión de fe» anticomunista. Le reprochan a los bolcheviques su anticapitalismo y ateísmo/laicismo, y también sus medidas “disolventes” contra la “grandeza imperial” de Rusia y el orden patriarcal tradicional. El putinismo es un típico movimiento burgués conservador –aunque no liberal, ni en lo económico ni en lo político– basado en el cuadrinomio “Dios, patria, familia y propiedad”. Por supuesto que el putinismo se ve obligado a hacer una gran excepción histórica con el Stalin de la Gran Guerra Patria y el apogeo soviético en la Guerra Fría (especialmente bajo el liderazgo de Kruschev). La victoria de la URSS sobre los nazis, el avance triunfal del Ejército Rojo por toda Europa del Este, la anexión de las repúblicas bálticas a la Unión Soviética, la hegemonía de Moscú sobre los países signatarios del Pacto de Varsovia y la conversión del coloso eurasiático en una superpotencia mundial –desde la carrera armamentista y nuclear hasta la carrera espacial, pasando por la competencia olímpica– son hechos incontrastables. Nunca Rusia fue tan poderosa y respetada –o temida– como durante el período estalinista y postestalinista, ni siquiera en el cenit del imperio de los Romanov, con el zar Pedro el Grande y la zarina Catalina la Grande, o con el emperador Alejandro I, némesis de Napoleón en la Guerra Patria de 1812 y musa inspiradora del arte clásico ruso (Tolstói, Chaicovski, etc.). Lo mismo le pasó a la derecha monárquica y ultramontana francesa con la mística imperial napoleónica. ¿Cuándo Francia fue más grande que con el “Pequeño Corso”, el máximo genio militar del mundo moderno, aquel conquistador y estadista extraordinario, “tirano monstruoso” engendrado por la Revolución Francesa, culmen de la “subversión” e “impiedad”? A Gran Bretaña le hubiera pasado lo mismo con el regicida y puritano de Cromwell, personaje estelar de la Revolución Inglesa. Pero la reina Victoria y su Pax Britannica –la gran talasocracia capitalista y colonialista del siglo XIX, el mayor imperio intercontinental de la historia universal– revirtieron esa «anomalía humillante», que atormentaba las conciencias biempensantes de Tories y Whigs por igual.
6 Las otras tres repúblicas postsoviéticas no incluidas en la encuesta fueron las bálticas. Es probable que esta decisión se haya debido a la rusofobia visceral de Estonia, Letonia y Lituania, tardíamente ocupadas y anexionadas por la URSS –durante la Segunda Guerra Mundial, dos veces– con magros niveles de consentimiento popular. Sin embargo, hay que recordar que allí las minorías rusoparlantes son considerables, no tanto en Lituania (8%), pero sí en Letonia (34%) y Estonia (30%). Las personas que se reconocen como étnicamente rusas ascienden al 6% (Lituania) y 25% (Letonia y Estonia). Estas personas sufren graves discriminaciones sociales y legales, civiles y políticas. Su ciudadanía es de segunda categoría, un escándalo del que no se habla en la prensa hegemónica occidental.
7 Cf. https://grokipedia.com/page/Nostalgia_for_the_Soviet_Union.