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Fernando Rosso Jangada Rioplatense Nuevo

¿Qué hacer ante la crisis de Milei y de la ultraderecha global? Bronca y derrotismo, izquierda y mal menor

4 de octubre de 20264 de octubre de 2026
Kalewche

Ilustración original de Andrés Casciani

Reunimos aquí los últimos cuatro editoriales del periodista argentino Fernando Rosso para El Círculo Rojo, que se emite los sábados al mediodía por FM 89.9 Radio con Vos de Buenos Aires. Además de conducir este programa, de los mejores de la radiodifusión rioplatense, Rosso es director y columnista de La Izquierda Diario Argentina, y colabora asiduamente con diversos periódicos nacionales e internacionales. Es autor del muy recomendable libro La hegemonía imposible (Capital Intelectual, 2022) y militante del PTS dentro del FITU.
Las transcripciones de los audios no son nuestras, sino de LID, donde aparecen semanalmente todos los editoriales de El Círculo Rojo desde su inicio, allá por abril de 2018. Fernando tuvo la amabilidad de autorizar la publicación conjunta de sus cuatro últimas intervenciones, igual que el título general que le propusimos. Nuestra profunda gratitud con él.


LA BRONCA CONTRA MILEI
[sábado 12 de septiembre]

Duró poco. Como era bastante previsible, el llamado “efecto Malvinas” duró uno, dos días. El gobierno, evidentemente, quiere estirarlo: siguió tomando medidas para mantener el tema en agenda. Pero hay un problema: la realidad tiene esa costumbre bastante molesta de volver. Y volvieron, por su propio peso, los temas de la economía cotidiana. Los que no necesitan cadena nacional.

El INDEC dio a conocer dos datos bastante elocuentes. En julio, la producción industrial manufacturera volvió a caer: bajó alrededor de 5% respecto del mes anterior en términos desestacionalizados y 4,9% contra julio del año pasado. Doce de las dieciséis ramas industriales tuvieron resultados negativos y, en los primeros siete meses del año, la industria acumula una caída de 2,6% respecto del mismo período de 2025. La construcción en julio cayó 4,5% interanual y 4,6% contra junio en la medición desestacionalizada.

Y en el medio apareció el dato que siempre fue presentado como el activo económico del gobierno: la inflación. En agosto fue de 1,7%. Pero hay algo interesante: la inflación baja y, sin embargo, no produce hoy el mismo efecto político que producía hace un año. Incluso hay una «pequeña» paradoja en los datos del propio INDEC: mientras el IPC general aumentó 1,7%, tanto la canasta básica alimentaria como la canasta básica total aumentaron 2,6% en agosto. Es decir que, para una parte importante de los hogares, el costo de cubrir necesidades esenciales sigue moviéndose más rápido que el promedio general de precios.

Acá aparece algo de lo que ya hablamos alguna vez: la imagen de Juan Carlos Torre sobre la inflación como una especie de bruma. Mientras todo cambia permanentemente –los precios, los salarios, las tarifas– uno está corriendo todo el tiempo y resulta difícil saber exactamente dónde está parado. Cuando esa niebla empieza a levantarse aparece otra pregunta: bueno, ahora que veo mejor, ¿dónde quedé? Y ese es probablemente uno de los problemas políticos que tiene Milei. Se corre la niebla y una parte de la sociedad mira alrededor y descubre el salario que tiene, el empleo que perdió, el trabajo que no consigue, la deuda que acumuló, el alquiler que paga. O simplemente descubre que, más allá de lo que diga el INDEC, tampoco llega a fin de mes.

Eso se empieza a ver en todas las encuestas. La inflación va perdiendo posiciones entre las principales preocupaciones y suben el desempleo, los bajos salarios y la situación económica.

Y ahí llegamos a la última encuesta de AtlasIntel y Bloomberg, que tiene datos bastante interesantes. Al margen de las variaciones poco significativas: la aprobación del desempeño de Milei está en un 38,1%, y la desaprobación en un 58%. Después aparece otro dato. Cuando AtlasIntel pregunta por Javier Milei como figura política, el movimiento es significativo: la imagen positiva del presidente cayó de 39 a 35% y la negativa subió de 59 a 62%. Es su peor registro de imagen positiva en esta serie.

Y observen esta comparación. La evaluación negativa del gobierno es 52,7%. La imagen negativa personal de Milei es 62%. Hay casi diez puntos entre una y otra. Y esto sí es políticamente novedoso, porque durante mucho tiempo se dijo que Milei era el principal activo del mileísmo. Se podía cuestionar a Karina Milei, a Santiago Caputo, a los Menem, a tal ministro, a tal funcionario. Podía haber enojo con el ajuste, incluso podía haber gente que dijera que el gobierno estaba haciendo las cosas mal, pero que conservaba una valoración particular del presidente. “Milei por lo menos quiere cambiar las cosas”, “Milei está rodeado”, “Milei es distinto”. Esa era una reserva política importante. Bueno, eso se está erosionando. Y no poco.

Y hay otro dato que tampoco debería pasar inadvertido. La dirigente con mayor imagen positiva de todo el ranking es Myriam Bregman. Tiene 43% de imagen positiva y 51% negativa. También tiene diferencial negativo, porque hoy prácticamente toda la dirigencia argentina está en negativo, pero Bregman tiene el menor saldo negativo de todos los dirigentes medidos: −8. Milei está en −27. No significa que mañana haya una elección y la izquierda saque 43%. Pero sí significa algo políticamente. Significa que en una sociedad donde crece el rechazo al gobierno, una figura asociada desde el primer día a una oposición frontal al mileísmo aparece encabezando el ranking.

Y esto nos lleva a la cuestión de fondo. Hay bronca. Hay malestar. Hay inconformidad. Después podemos discutir cuánto, cómo se expresa, si esa bronca se transforma automáticamente o no en una alternativa política. La bronca no tiene dueño. Y ahí empieza una disputa política mucho más interesante que una encuesta, porque una parte importante del peronismo parece estar pensando fundamentalmente cómo contener esa bronca, cómo administrarla, cómo esperar a 2027 y cómo ofrecer una salida más moderada después de Milei.

Días atrás hubo una fotografía bastante ilustrativa. En el homenaje a José Manuel de la Sota se encontraron Sergio Massa, Juan Schiaretti, Martín Llaryora, dirigentes vinculados a Axel Kicillof y hasta el banquero Jorge Brito. Massa reapareció además hablando de construir una “unidad con competencia”. Cada uno tendrá sus matices, por supuesto, pero hay una búsqueda: una reconstrucción de un centro político. Algo que se podría definir como un intento de construir un mileísmo sin Milei. Es decir: sacar los gritos, sacar los insultos, sacar a los personajes más estrafalarios, reconstruir cierta institucionalidad, negociar con gobernadores y sindicatos, darle otra envoltura política al régimen, pero discutir bastante menos algunas de las transformaciones estructurales que Milei vino a acelerar. Normalizar lo que Milei desordenó, administrar lo que Milei modificó y, sobre todo, contener el conflicto social hasta 2027.

Pero existe otra apuesta. Que la bronca no espere. Que se exprese. Que los reclamos que hoy están separados –jubilados, docentes, trabajadores despedidos, discapacidad, ciencia, universidad, movimiento de mujeres, ambientalistas, endeudados– encuentren puntos de contacto. El próximo 19 de septiembre está convocada la Marcha de la Bronca, con una movilización central hacia Plaza de Mayo y acciones en distintos puntos del país. [Rosso le estaba hablando a su audiencia radial el sábado 12/9, una semana antes del evento.] Hay cientos de organizaciones sindicales, sociales, políticas, estudiantiles, ambientales y de derechos humanos adheridas.

Y quizás ésa sea una de las discusiones políticas más importantes de este momento. No si existe bronca. Eso ya parece bastante evidente. La discusión es qué se hace con ella. Si se la administra, si se la contiene y después vemos quién encabeza una boleta, o si empieza a transformarse ahora en organización, coordinación y movilización. Porque el problema para el gobierno quizá ya no sea solamente que la economía no arranca, ni siquiera que sus números empeoren. El problema más profundo es que, cuando se disipa aquella niebla de la que hablaba Torre, una parte cada vez más grande de la sociedad puede empezar a mirar con bastante claridad dónde quedó parada. Y lo que está viendo no le gusta, le da bronca y tiene una posibilidad de expresarla el próximo sábado.


MILEI Y EL MAL MENOR
[sáb. 19 de septiembre]

Hay una forma de hacer política que parece extraordinariamente racional. No exige enamorarse de nadie, no obliga a creer demasiado ni necesita grandes promesas. Solamente pide comparar dos posibilidades y elegir la menos mala. Frente a una amenaza que se considera mayor, todas las contradicciones del otro campo exigen colocarse provisoriamente entre paréntesis. No hace falta entusiasmo: alcanza con miedo. No se necesita un proyecto común: alcanza con compartir un adversario.

Ese razonamiento o esta práctica tiene un nombre bastante menos dramático en la ciencia política: se llama voto estratégico. Millones de personas en todo el mundo votan regularmente de esa manera y no hay nada irracional en hacerlo. El problema empieza cuando una táctica para una elección se transforma en una estrategia para una década o para toda una vida. Cuando el mal menor deja de ser una decisión excepcional ante una disyuntiva concreta y pasa a transformarse en el principal argumento de una fuerza política para conservar adhesiones.

El sistema político argentino conoce bien esta lógica. Durante mucho tiempo, las dos grandes coaliciones que ordenaron la política nacional se alimentaron parcialmente de ella. Una parte importante de sus electorados no votaba solamente a favor de algo, sino fundamentalmente contra lo que podía ocurrir si ganaban los otros. El kirchnerismo podía reunir sectores muy distintos, alrededor de la amenaza de la derecha; el macrismo podía hacer algo semejante, alrededor del temor al regreso del kirchnerismo. Cada elección renovaba el mecanismo y cada uno encontraba en el adversario una razón para postergar las discusiones internas.

En este espacio [el programa de radio El círculo rojo], allá por 2024, discutimos esta idea cuando el sistema de las dos grandes coaliciones ya estaba entrando en crisis y el triunfo de Milei había roto aquella arquitectura. La tesis era que el mal menor había dejado de funcionar como dique porque las alternativas que supuestamente debía contener habían terminado alimentándose de las frustraciones acumuladas por los gobiernos que lo encarnaban. Dos años después, la pregunta puede formularse de manera distinta: ¿qué ocurre cuando la política del mal menor intenta reconstruirse después de Milei?

La oposición tradicional enfrenta un problema evidente. Milei ofrece muchos elementos alrededor de los cuales construir rechazo: conflictos salariales, universidades, jubilaciones, despidos, enfrentamientos institucionales, reformas económicas y sociales. Pero el rechazo a un gobierno no produce automáticamente una alternativa al gobierno. Ese salto suele ser el punto ciego del razonamiento del mal menor. Puede explicar muy eficazmente por qué alguien debería querer que una experiencia termine; explica mucho peor por qué aquello que existía antes debería recuperar adhesiones.

Y disculpen que vuelva sobre la cuestión «teórica» de la hegemonía, que no consiste simplemente en tener más votos ni en sumar todos los rechazos disponibles contra un adversario. Supone construir una interpretación del mundo suficientemente poderosa como para organizar aspiraciones, experiencias y expectativas de sectores sociales diferentes. Es decir, ofrecer alguna respuesta a la pregunta de qué viene después. Una coalición puramente negativa puede ser electoralmente competitiva; una fuerza que quiere transformar y reorganizar de manera duradera una sociedad necesita algo más.

Ese problema se vuelve particularmente visible cuando las fuerzas políticas empiezan a pedir paciencia a sectores que ya tuvieron paciencia. “Primero hay que sacar a éste y después discutimos” es probablemente una de las frases más repetidas de la historia política. A veces, puede describir una necesidad concreta. Pero cuando se repite demasiadas veces aparece una duda legítima: ¿cuándo llega exactamente ese después? Porque muchas experiencias que llegaron al gobierno prometiendo revertir las políticas anteriores terminaron encontrando planes económicos y administrando una parte considerable de aquello que habían cuestionado.

Acá aparece una cuestión estructural que excede a cualquier dirigente. Los gobiernos cambian, pero muchas relaciones de poder permanecen: la deuda, la concentración económica, el peso de los grandes grupos empresarios, la estructura regresiva del sistema tributario, la precarización laboral. Si una alternativa política no modifica esas relaciones, corre el riesgo de que el mal menor se transforme no en una estación de paso sino en una forma permanente de administración de esos límites.

Eso no significa que todas las opciones sean iguales. Evidentemente no lo son: los gobiernos adoptan políticas distintas, amplían o restringen derechos diferentes y producen consecuencias sociales diferentes. Justamente por eso comparar es necesario. El problema empieza cuando la comparación reemplaza al proyecto. Cuando la pregunta deja de ser qué sociedad se propone construir y pasa a ser exclusivamente cuál de las opciones existentes resulta menos perjudicial.

Esto hace que las adhesiones políticas sean mucho más débiles. Muchas veces los grandes terremotos políticos empiezan cuando, quienes administran una coalición, confunden resignación con lealtad y descubren demasiado tarde que una parte de sus votantes ya eligió la salida.

La irrupción de Milei fue, entre otras cosas, una expresión de esa salida respecto del sistema previo. Eso no significa que todo votante mileísta compartiera integralmente el programa ni que el resultado pueda explicarse por una sola causa. Significa que la política del votanos porque los otros son peores encontró un límite histórico muy concreto cuando apareció una fuerza que logró presentarse como ruptura frente a ambos bloques. Una fuerza política fogoneada por los anabólicos del poder.

Por eso, quizás, la discusión de ahora sea menos sencilla que Milei o antimileísmo. Si el rechazo social al gobierno crece, la cuestión política será quién consigue darle forma, qué programa ofrece y qué relación establece con las experiencias anteriores.

Y en ese punto, la Marcha de la Bronca de este sábado [Rosso hablaba por radio horas antes de la movilización] tiene interés como fenómeno político más allá de la evaluación que cada uno haga de sus convocantes. Su apuesta declarada consiste justamente en intentar reunir conflictos que existen de manera dispersa: jubilados, estudiantes, trabajadores, ambientalistas, feministas, sectores afectados por despidos o por el deterioro de los ingresos. Un intento de transformar descontentos separados en una experiencia común, no resignada ante el mal menor; que intenta construir un bien mayor y para eso asume el conflicto, asume la pelea.

Porque la falacia del mal menor viene junta a otra falacia: la búsqueda de todas las formas posibles para evitar el conflicto que está en el corazón de la política. Milei asumió en su momento las dos cosas: dijo no me interesa el mal menor, quiero aplicar un programa de contrarrevolución en la Argentina y para eso voy a asumir el conflicto. Y una parte de la sociedad premió ese decisionismo con su voto (con mucha confusión ideológica, obvio, pero sin miedo a romper lo establecido). Quizá sea el momento de asumir esa audacia desde el otro lado.


LOS FRACASOS DE TRUMP Y MILEI
[sábado 26 de septiembre]

Una noticia importante del escenario internacional tiene mucha relevancia para la Argentina. Donald Trump, el hombre que volvió a la Casa Blanca prometiendo restaurar la autoridad imperial de Estados Unidos, disciplinar al mundo a fuerza de amenazas, aranceles y portaaviones, termina saliendo de Irán por la puerta de atrás. No porque se haya vuelto pacifista o porque haya descubierto de repente las bondades del derecho internacional, sino porque chocó con los límites de su propia aventura.

Había prometido una guerra corta, quirúrgica, ejemplar. Había prometido quebrar a Irán, cambiar el régimen, desarmarlo, humillarlo y mostrarle al mundo que Estados Unidos seguía siendo el árbitro indiscutido del planeta. Pero el resultado fue otro: un memorándum lleno de concesiones, una negociación a las apuradas, críticas dentro del propio Partido Republicano y una imagen mucho menos épica que la que vendía la propaganda trumpista.

Y acá aparece el primer dato político importante: la extrema derecha también fracasa.

Parece una obviedad, pero no lo es. Porque durante años se instaló una lectura casi religiosa de la situación mundial: la derecha avanza siempre, la extrema derecha avanza más, las mayorías populares retroceden inevitablemente y la historia sería una autopista sin retorno hacia la reacción. Esa lectura, además de ser falsa, es profundamente desmovilizadora. Mira solo la fuerza del enemigo, nunca sus contradicciones. Mira solo nuestras derrotas, nunca las crisis de ellos.

Y lo que estamos viendo ahora es precisamente eso: una crisis de los que se presentaban como invencibles.

Trump quiso mostrarse como emperador y terminó administrando daños. Netanyahu quiso arrastrar a Estados Unidos a una guerra regional y terminó mostrando también sus propios límites. El bolsonarismo, que durante años fue presentado como el modelo exitoso de la nueva derecha latinoamericana, está atravesado por condenas, internas, pérdida de iniciativa y una sucesión que no logra ordenar su propio campo. Y Milei, que construyó buena parte de su identidad internacional colgado del trumpismo, tiene que mirar este cuadro con preocupación.

Porque Milei no es solamente un presidente argentino con una política económica brutal. Es también una pieza regional de una estrategia más amplia. Su gobierno se pensó a sí mismo como parte de una Internacional reaccionaria: Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Meloni en Italia, Vox en España, Netanyahu en Israel. Una constelación política basada en la guerra cultural, el autoritarismo, el ajuste social, el negacionismo y la persecución a todo lo que huela a izquierda, sindicatos, feminismo, derechos humanos o protesta popular.

Pero esta Internacional reaccionaria no está viviendo una marcha triunfal sin obstáculos. Está atravesada por crisis. Y esas crisis importan.

Porque detrás del show local, de los insultos, de los gritos hay una realidad mucho más material: el programa de Milei depende de sostener una alianza con sectores del capital financiero, con Estados Unidos, con el FMI, con las grandes corporaciones y con una derecha global que necesita mostrar que su modelo funciona.

¿Y qué pasa si no funciona? Ahí se abre una discusión estratégica.

Porque no alcanza con decir “la derecha está en crisis”. Las crisis no se transforman solas en salidas progresivas. Acá está el punto: no hay que mirar estos procesos desde el balcón. Ni con exitismo ingenuo ni con derrotismo profesional.

El derrotismo profesional dice: “No hay nada que hacer, la derecha ganó culturalmente, la gente se volvió reaccionaria, el pueblo vota contra sí mismo, solo queda resistir en minoría”. Es una mirada cómoda, aunque se presente como lúcida. Porque si todo está perdido, nadie tiene responsabilidad de organizar nada. Si la derecha es invencible, entonces no hay que construir alternativa, no hay que disputar sentido común, no hay que hacer nada.

Pero la realidad es más contradictoria.

La derecha ganó batallas, canalizó bronca social, aprovechó la crisis de los gobiernos tradicionales, se montó sobre la frustración, la inflación, la precariedad, la inseguridad y el hartazgo con las burocracias políticas. Pero también gobierna. Y cuando gobierna, deja de ser solo una promesa rabiosa en redes sociales. Tiene que mostrar resultados. Y ahí empieza a desgastarse.

La crisis de Trump en Irán no va a voltear por sí sola a Milei. Sería absurdo pensarlo. Pero sí puede debilitar el clima de época que lo sostiene. Puede mostrar que la extrema derecha no es una fuerza histórica imparable.

Y eso tiene valor político.

Porque una parte de la batalla es contra la resignación. Contra la idea de que las mayorías populares solo pueden elegir entre ajustadores moderados o ajustadores salvajes. Contra la idea de que el único horizonte posible es aguantar. Contra la idea de que el realismo consiste en aceptar lo que hay.

Hay que partir de estas contradicciones para plantear otra perspectiva. No para embellecer a regímenes reaccionarios como el iraní, porque no se combate al imperialismo apoyando teocracias que oprimen a su propio pueblo. Pero sí para decir con claridad que las aventuras militares de Estados Unidos, Israel y sus aliados no traen democracia, ni libertad, ni paz: traen muerte, saqueo, crisis y más inestabilidad.

La pregunta entonces no es si la derecha tiene crisis. Las tiene. La pregunta es quién las aprovecha. Ese es el debate de fondo.

La extrema derecha no cayó, pero tampoco es invencible. Trump no salió fortalecido de Irán. El bolsonarismo no está ordenado. Milei no gobierna sobre una sociedad derrotada, sino sobre una sociedad golpeada, fragmentada, pero atravesada por broncas, resistencias y aprendizajes.

Y quizás ahí esté la clave del momento: dejar de mirar la historia como espectadores pesimistas y empezar a leer sus grietas como militantes. Porque donde ellos muestran crisis, puede abrirse una posibilidad. Y donde nos quieren convencer de que no hay alternativa, empieza justamente la tarea de construirla.


MILEI Y SUS SALVAVIDAS
[sábado 3 de octubre]

Milei estuvo en Francia en el evento conocido como Argentina Week y la prensa de Presidencia se encargó de «volantear» la foto con los doce o trece gobernadores que lo acompañaron. Hay fotos que muestran poder, pero hay otras que, por el esfuerzo que hacen para mostrar poder, terminan mostrando otra cosa.

La imagen que Javier Milei fue a buscar a París es una de esas. Una docena larga de jefes provinciales (del PRO, radicales, peronistas) puestos alrededor del gobierno. Una foto diseñada para decir dos cosas al mismo tiempo: hacia afuera, que Milei tiene gobernabilidad; hacia adentro, que no está solo y que puede reconstruir una mayoría política de cara a 2027.

También puede mirarse al revés. Un gobierno fuerte no necesita llevarse medio federalismo argentino a París para demostrar que puede gobernar. Un gobierno fuerte no necesita explicarles a los inversores quiénes son los gobernadores que pueden garantizarle los votos que él no tiene en el Congreso. Y no necesita transformar una feria de inversiones en una demostración pública de que todavía conserva aliados. Parece más la foto de sus salvavidas.

El contexto ayuda bastante a entender por qué. Mientras Milei hablaba con empresarios en París, el riesgo país llegó este viernes a los 650 puntos básicos, el valor más alto de 2026. El jueves los bonos soberanos en dólares habían perdido alrededor de 1 o 1,5%; el Merval cayó 2,2% y hubo acciones argentinas en Nueva York que retrocedieron más de 5%. Este viernes hubo un rebote parcial, pero el riesgo país siguió subiendo.

Hay, obvio, un componente internacional: las tasas de los bonos norteamericanos subieron con fuerza y eso castigó a los mercados emergentes. Pero la tendencia argentina viene de antes. A mediados de septiembre, el riesgo país estaba alrededor de los 490 puntos. Hoy está en 650.

Además, está la economía real. El último dato del INDEC mostró que en julio la actividad cayó 2,9% mensual desestacionalizada y 1,4% interanual. Las ventas reales de supermercados bajaron 2,1% contra julio del año anterior y acumularon una caída de 2,7% durante los primeros siete meses del año. La industria manufacturera cayó 5% en julio. El desempleo llegó al 7,9% en el segundo trimestre. Y la pobreza volvió a subir hasta el 32,3% de las personas durante el primer semestre de este año.

Es decir: Milei fue a París a vender futuro porque el presente empezó a complicarse. Por eso repite una promesa bastante curiosa: si gana las elecciones de 2027, dice, 2028 será extraordinario.

Milei habló de la famosa “bazuca” de 75.000 millones de dólares.

Según el propio presidente, ahí contabiliza 20.000 millones acumulados por el Banco Central, 15.000 millones de capacidad en futuros, 20.000 millones del swap con China y otros 20.000 millones del acuerdo con Estados Unidos. Es decir que una parte considerable de la bazuca que Milei exhibe como prueba de autonomía está formada por asistencia financiera externa. Y ahí aparece el primer gran salvavidas: Scott Bessent.

En octubre de 2025, cuando los mercados argentinos atravesaban otra crisis, el Tesoro estadounidense hizo algo extraordinario: compró pesos argentinos y acordó con el Banco Central una línea de swap por hasta 20.000 millones de dólares. El BCRA llegó a utilizar unos 2.500 millones de esa línea, que luego devolvió en enero de 2026.

No es interpretación, es dato: el Tesoro norteamericano intervino directamente. Después llegaron otros salvavidas. Y ahora están los gobernadores.

La escena tiene incluso un antecedente bastante reciente y la comparación seguro causaría la ira de Milei. En julio de 2022, cuando el gobierno de Alberto Fernández se encontraba atravesado por una crisis económica, cambiaria y política, apareció aquella llamada “liga de gobernadores” del peronismo. Se reunían, reclamaban participar de las decisiones nacionales, discutían el rumbo económico y presionaban sobre la Casa Rosada. En ese contexto terminaron siendo actores importantes de la operación que desembocó en la llegada de Sergio Massa al Ministerio de Economía el 3 de agosto.

Obviamente, la historia no se repite, pero a veces rima. Cuando aparece una “liga de gobernadores” alrededor de un presidente en dificultades, conviene mirar no solamente cuánto respaldo le están dando al presidente, sino cuánto poder le están quitando.

Porque los gobernadores no viajaron gratis políticamente a París. Milei necesita sus votos para el presupuesto, para la reforma electoral, para eliminar las PASO y para otras reformas. Y ellos necesitan recursos, obras, autorizaciones y capacidad de negociación con la Nación.

Ese es el problema de los gobiernos asistidos: cada nuevo apoyo los estabiliza un poco, pero también demuestra cuánto necesitaban ser estabilizados. Bessent fue una versión financiera de ese mecanismo. Los gobernadores son la versión política.

Y esta semana apareció también una versión judicial. La Corte Suprema dejó sin efecto el fallo que impedía aplicar el art. 154 del DNU 70/23, el artículo con el que Milei derogó la Ley de Tierras. El efecto concreto de esa decisión fue que volvió a regir el art. 154 y dejaron de funcionar los límites nacionales a la extranjerización de tierras rurales. Es decir, la resolución que se había volteado cuando se trató en el Congreso.

Y esa decisión abrió un problema que el gobierno seguramente no esperaba. Porque el Senado ya había rechazado el DNU 70 en marzo de 2024. Si Diputados también lo rechaza, cae el decreto entero.

Para el 15 de octubre está convocada una sesión especial con ese objetivo. Hacen falta 129 diputados para abrir el recinto. Según el último conteo publicado, todavía faltan alrededor de diez o quince votos para asegurar el quórum. Y ahí empieza otro capítulo interesante de la historia de los salvavidas.

Porque mientras una parte de la oposición en Diputados impulsa rechazar el DNU completo, referentes importantes del peronismo en el Senado como José Mayans y Juliana di Tullio presentaron una alternativa mucho más limitada: derogar únicamente el art. 154 y restablecer la Ley de Tierras. En Diputados, Eduardo Valdés presentó una iniciativa similar.

Eso plantea una paradoja. El mismo problema que abre una oportunidad para discutir el conjunto del DNU también produce una salida que permitiría resolver solamente el capítulo de tierras y dejar intacto el resto del megadecreto.

Dirigentes centrales del peronismo ofrecen simultáneamente una vía institucional mucho más acotada. Y eso vuelve a poner sobre la mesa una vieja especialidad de la política argentina: sostener a un gobierno sin aparecer sosteniéndolo. Corregirle un artículo. Negociarle una ley. Evitarle una derrota completa.

Las alternativas políticas hacia el 15, con las movilizaciones que comienzan esa semana, son básicamente dos: ser parte de algún eslabón de la cadena que –de alguna forma u otra– sostiene a Milei proponiéndole salidas elegantes para que retroceda, o juntar a todos los que quieren derrotar el plan salvaje que viene aplicando hace casi tres años.

Fernando Rosso

Etiquetado en: Argentina izquierda Milei Myriam Bregman neoliberalismo peronismo ultraderecha

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